Archivo | septiembre, 2011

Pasto de tiburones

30 Sep

“Un buen director es aquel que no te aburre.”

Howard Hawks

 

 

Pasto de tiburones

 

Año: 1932.

Director: Howard Hawks.

Reparto: Edward G. Robinson, Zita Johann, Richard Arlen.

 

 

 

            A inicios de la década de 1930, el prolífico y versátil Howard Hawks, también automovilista, aviador e ingeniero aeronáutico, descollaba en el cine de gángster con The Criminal Code y Scarface, el terror del hampa, aunque, muestra de su amplio registro y adaptabilidad a cualquier tema, en ese mismo año, 1932, estrenaba a su vez un drama automovilístico, Avidez de tragedia, y un drama romántico enmarcado en la industria pesquera de San Diego, esta Pasto de tiburones.

            La película presenta a Mike Mascarenhas (Edward G. Robinson), un experto pescador portugués, personaje pintoresco, bravucón, visceral, pero entrañable, que encuentra el amor en la figura de Quita Silva (Zita Johann, en el año que alcanzaría la fama con La momia, frente al legendario Boris Karloff), la hija de un anciano miembro de su tripulación fallecido en alta mar. Ambos son seres heridos, física o anímicamente, por el tiburón, verdadero instrumento del destino, que acaban por unirse en matrimonio por anhelo de superar sus heridas con una vida feliz junto a una bella mujer uno, y a modo de agradecimiento por el soporte en los momentos más bajos otra. Un matrimonio condenado al fracaso y que pillará por medio a Pipes Boley (Richard Arlen), el mejor amigo de Mike, la tercera punta de un triángulo amoroso cuya tensión no termina de estallar y, cuando por fin se decide, lo hace con poca lucidez.

            Y es que el tiempo ha hecho su mella en un filme mejorable en el desarrollo argumental dentro de un tema, el del enredo amoroso a tres bandas, que Hawks llevaría a mejor puerto en numerosas y chispeantes comedias, y que, por otro lado, exhibe como principales virtudes el buen hacer de un director incapaz de crear una cinta aburrida, que rueda con convicción una historia con unas magníficas escenas de pesca del atún; además de unas notables interpretaciones entre las que destaca el siempre efectivo Edward G. Robinson con pendiente de oro, dotando de dignidad y sustancia a un personaje tragicómico que en otras manos estaría abocado a ser la caricatura del estúpido extranjero exótico.

            Con indudable calidad, pero menos fresca que otras de uno de los más grandes directores de la historia del cine.

 

Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6.

United 93

29 Sep

“Si te soy sincero, si he usado cámara al hombro es porque no pude conseguir trípodes.”

Paul Greengrass

 

 

United 93

 

Año: 2006.

Director: Paul Greengrass.

Reparto: Khalid Abdalla, Lewis Alsamari, Jamie Harding, Christian Clemenson, David Alan Basche, Ray Charleson, Patrick St. Spirit.

Tráiler

 

 

            Después de transportar el cine de espías al siglo XXI con El mito de Bourne, el británico Paul Greengrass tomaba las riendas de la dirección y, de nuevo, el guion para componer, como en Bloody Sunday, el filme que le había puesto en el escaparate internacional, otro ejercicio de recreación histórica: la reconstrucción de uno de los intentos de atentados del 11 de septiembre de 2001, en concreto el secuestro del avión United 93 y su fallido intento de hacerlo estrellar en Washington.

            Como en la anterior, Greengrass busca la máxima verosimilitud por medio de un ingente trabajo de documentación que trata de plasmarse en la pantalla con un tratamiento de apariencia improvisado, casi documental, con cámara en mano, varias localizaciones –el propio avión, las torres de control de Boston y Cleveland, el centro de control aéreo nacional en Virginia y la base de la fuerza aérea de Nueva York- y protagonismo coral con rostros poco conocidos que no distraigan la atención del transcurso de los hechos.

Unos acontecimientos que muestran las reacciones y comportamientos humanos ante la tragedia, ante un horror incomprensible que aparece de improviso, sin rostro, sin origen, indetectable y, por tanto, aparentemente inevitable para aquellos que tienen la fortuna de verlo, aterrados, desde la distancia, igual de inexplicable, pero pavorosamente palpable, para los pasajeros que sufren la locura en sus carnes.

            Greengrass hace una nueva exhibición de talento para este tipo de historias, con una estructura de localizaciones paralelas que contribuye en mucho a aligerar la cinta sin restarla empaque y con ese trabajado estilo de pretensiones realistas que triunfa en su traslado de las emociones de los personajes a la piel del espectador, al que logra remover sus sensaciones, transmitirle la claustrofobia del encierro en la carlina, el olor a muerte que flota en el pasaje, con el postrero recuerdo que tan solo puede dedicarse a los seres queridos y la tensión extrema de la lucha desesperada, último recurso que se sabe fútil pero que es la única esperanza a la que aferrarse.

Vívida. Impactante.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8,5.

Horizontes de grandeza

28 Sep

“He dirigido más de cuarenta westerns. Aún solía quedarme despierto por las noches pensando en nuevas maneras de subir y bajar del caballo.”

William Wyler

 

 

Horizontes de grandeza

 

Año: 1958.

Director: William Wyler.

Reparto: Gregory Peck, Jean Simmons, Carrol Baker, Charlton Heston, Charles Bickford, Burl Ives, Chuck Connors, Alfonso Bedoya.

Tráiler

 

 

            En unos tiempos en los que el western experimentaba, renovándose, con diversos matices y variantes temáticas que lo convertían en un cine que no ya solo se recreaba la epopeya de la fundación de la nación estadounidense, sino que se erigía como campo de batalla de sentimientos y pasiones universales, William Wyler, uno de los artesanos clásicos de Hollywood, habitual retratista del comportamiento humano, proponía con Horizontes de grandeza el eterno choque cultural entre el civilizado forastero venido del Este, James McKay (Gregory Peck), marino en tierra hostil, y el salvaje Oeste, terreno aún creciente en la anomia, bien bajo pactos tácitos entre caballeros, bien sometido a la ley del más fuerte.

            Un recién llegado a unas áridas praderas en las que soplan vientos del noir: un mundo poblado por personajes de dos caras y medias verdades, en las que el mal llamado sentido del honor y del deber sirven de disfraz para las ambiciones de una moral decrépita en un territorio tan extenso que no es sino una cárcel igual de infranqueable y opresiva que las masificadas junglas de asfalto y cemento.

            Horizontes de grandeza es, por tanto, la lucha de un hombre, solo ante el peligro, por conservar la razón y la dignidad en un entorno feroz, de disputas territoriales entre dos despiadados caciques que juegan cada uno con sus propios medios, a su manera. Será una batalla externa, frente a unas gentes que parecen perder su humanidad con cada acción, incluida la mujer a la que ama, la única razón que justifica y debería justificar su presencia en el lugar; al mismo tiempo que interior, en la que para alzarse con la victoria McKay no puede traicionarse a sí mismo; lo que no significa el poder emplear las armas que con tan vacuo engreimiento proponen sus contendientes.

            Con el apoyo de un reparto maravilloso, con un Gregory Peck que pese a su limitaciones sabe hacer bueno un papel a su medida, perfectamente acompañado por unos secundarios entre los que Charlton Heston rebaja su nivel de estrella para lucirse a base de miradas rencorosas y de agresividad latente como visceral contrincante del mesurado McKay, Wyler impone una factura visual impecable, donde los hombres son reducidos a meros figurines atrapados en la inmensidad de un país inabarcable, y un firme pulso narrativo que hace que no sobre ni uno solo de los 160 minutos de metraje, sin rendirse a facilidades para ganarse a la platea como conceder mayor peso a heroicidades gratuitas o a una historia de amor que no podría haber sido en modo alguno tan redonda como el resto del filme de no ser por la sutileza con la que se trata, sino que mantiene un crescendo en la turbiedad de este soleado western donde casi nada es lo que pretende aparentar, removiendo unas obsesiones y sentimientos disimulados que solo no pueden conducir a la explosión final de un mundo que o se rehace desde la razón o termina fagocitándose a sí mismo.

Excelente película.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 9.

La corona de hierro

27 Sep

“En mi opinión, Blasetti es uno de los grandes. Nunca será superado. Ha inventado todo, incluso el Neorrealismo. Desde luego, Blasetti tiene cerebro de cineasta.”

Guido Celano

 

 

La corona de hierro

 

Año: 1941.

Director: Alessandro Blasetti.

Reparto: Massimo Girotti, Elisa Cegani, Gino Cervi, Luisa Ferida, Rina Morelli.

 

 

 

            Desde los comienzos de su industria cinematográfica, Italia siempre mostró gran predilección por la aventura y el drama de corte histórico. Tanto es así, que es en el belpaese donde se definirán en firme, en tiempos anteriores a la Gran Guerra, las características del peplum y del kolossal en base a obras de directores como Luigi Maggi, Enrico Guazzoni, Giovanni Pastrone y otros.

Es en los años del régimen fascista de Benito Mussolini cuando se recupera este género del colosal, que comenzaba a sentirse ya caduco, con múltiples producciones destinadas a legitimar la política imperialista italiana, signo de un dictador que vio en el cine un arma más de lucha.

El romano Alessandro Blasetti será considerado en sus inicios como uno de los más importantes directores de este periodo y contexto debido a películas como Sole!, su debut tras las cámaras, una defensa de los valores fascistas del régimen del Duce, o Vecchia guardia, apología de la marcha sobre Roma de 1922.

            Cineasta atrevido, versátil e innovador –suyas son las primeras investigaciones del cine transalpino en el sonoro (Resurrectio) y el uso del color (Caccia alla volpe nella campagna romana)-, Blasetti procurará con La corona de hierro alejarse de interpretaciones políticas en pos de la evasión -como ya había tratado anteriormente en otro filme de época, Un’avventura di Salvator Rosa-, un trabajo que retoma el espíritu de los viejos colosales italianos a través de una aventura medieval en tono pacifista, batiburrillo de leyendas históricas, mitologías y cuentos tradicionales mediterráneos, europeos y universales.

            La cinta relata la historia del joven príncipe Arminio, hijo póstumo del justo y noble Licinio, soberano del imaginario reino de Kindaor, destronado y asesinado por el malvado Sedemundo, su hermano, padre también de la bella Elsa, que crecerá como su hermana de Arminio hasta su destierro, fruto de los temores de Segismundo a las profecías del destino, que vaticinan al niño como futuro rey de Kindaor y causante de la muerte por amor de Elsa.

            La corona de hierro se muestra como una película con un enorme sentido de la aventura, ambientada en un pasado medieval mágico e indefinido, con una compleja puesta escena fantástica, tremendamente sugestiva, casi onírica, de fastuosos escenarios y decorados. Un marco en el que deambulan unos personajes de tragedia griega, seres humanos que viven y sienten impotentes ante los retorcidos designios de los hados, encadenados a un destino despiadado del que no pueden escapar.

Es ahí, en ese drama fatalista, donde reside el mayor atractivo de una obra en la que Blasetti hace gala de sus virtudes de narrador pero que será dilapidada en parte por su indefinición, derivada del contraste con unas pretensiones populistas que conceden unas escenas humorísticas fuera de lugar, con manieristas interpretaciones y momentos infantiloides por medio de pizpiretos saltimbanquis en mallas, prácticamente elemento indispensable del cine de aventura de aquellos tiempos.

            Primera película italiana en la que se muestra el pecho desnudo de una actriz, honor que recae sobre Vittoria Carpi.

Vencedora de la Coppa Mussolini de 1941, antecedente del León de Oro de la Mostra de Venezia.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,1. 

Nota del blog: 6.

La Patagonia rebelde

26 Sep

“No fue venganza; yo no vi en Varela al insignificante oficial. No, él era todo en la Patagonia: gobierno, juez, verdugo y sepulturero. Intenté herir en él al ídolo desnudo de un sistema criminal.”

Kurt Wilckens

 

 

La Patagonia rebelde

 

Año: 1975.

Director: Héctor Olivera.

Reparto: Luis Brandoni, Héctor Alterio, Federico Luppi, José Soriano, José María Gutiérrez.

Tráiler

 

 

            Los años sesenta verán nacer en Argentina una nueva manera de entender y de hacer el Séptimo Arte, el autodenominado Tercer Cine, que dará a luz obras que, en un entorno políticamente confuso y convulso, arremeterán contra la industria cinematográfica precedente, acusada de burguesa, y que servirá de testimonio y denuncia contra las injusticias sociales y el neocolonialismo en el país.

Por su parte, Héctor Olivera, iniciado primero como ayudante de dirección, luego como productor en Aries Cinematográfica Argentina, cofundada con el también realizador Fernando Ayala –que aquí colabora en el guion-, y finalmente como director, comenzaba su andadura tras las cámaras con obras ligeras, populares e intrascendentes para más tarde dar paso a una carrera en la que destacarán filmes con un gran peso de la crítica sociopolítica, al igual que ese nuevo Tercer Cine, en la que La Patagonia rebelde será la primera entrega, luego seguida de otras como No habrá más penas ni olvido y La noche de los lápices, duros alegatos contra la dictadura militar.

            Basado en el libro del periodista e historiador Osvaldo Bayer, el filme recoge los infaustos sucesos acontecidos las protestas sindicales en la Patagonia de 1921, unos movimientos de igualdad y justicia social que acabaron por ser acallados por el ejército del teniente Héctor Benigno Varela –cambiado a Zavala en la película- a sangre y fuego.

            Olivera opta por el protagonista colectivo de la organización sindical Federación Obrera Regional Argentina, sin centrarse en ningún personaje concreto, como era de recibo para un movimiento colectivo. Unas acciones de protesta contra la pudiente burguesía urbana y los latifundistas de la Patagonia que busca la igualdad social y el reparto racional de la riqueza, en lo que es un movimiento esencialmente pacifista, que trata de llevar a buen puerto sus peticiones mediante huelgas y boicots incruentos y, finalmente, negociación y cumplimiento de lo pactado frente a las inmovilistas clases pudientes. Unos motivos que, en un primer momento, el teniente Zavala (Héctor Alterio) también considera legítimos.

            El devenir dramático de una protesta que se enturbia y avanza abocándose a la tragedia por medio de la traición de sus justificados principios por parte de ambos bandos aunque, sobre todo, del poder militar en defensa del conservadurismo –demasiado abrupto el cambio de parecer del razonable Zavala hacia su posterior carácter sanguinario-, queda retratado por un Olivera que rueda con intensidad, convicción y ritmo ágil, apoyado a su vez en un magnífico elenco, unos hechos que no por ser cincuenta años anteriores debía quedar en el olvido de los argentinos.

Una advertencia sobre la necesidad de diálogo, de igualdad y justicia social, de respeto hacia el hombre y su dignidad que poca mella haría en un país que repetiría actos de similar barbarie muy poco tiempo después.

Como curiosidad, participa como extra el futuro presidente de la república, Néstor Kirchner.

 

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,6. 

Nota del blog: 8.

Caídos del cielo

25 Sep

“La mayoría de la gente gasta la mitad de su energía tratando de proteger una dignidad que nunca ha poseído.”

Raymond Chandler

 

 

Caídos del cielo

 

Año: 1990.

Director: Francisco J. Lombardi.

Reparto: Gustavo Bueno, Marisol Palacios, Carlos Gassols, Mónica Domínguez, Delfina Paredes, Rafael Garay, Nelson Ruiz.

Tráiler

 

 

            Dentro del cine peruano, menos popular que el de otros países vecinos de América del Sur como Brasil o Argentina y sin una industria reconocible en la década de los ochenta, sobresale la figura de Pancho Lombardi como el principal realizador a nivel internacional, obteniendo incluso nominación al Oscar a la mejor película extranjera en cuatro ocasiones, una de ellas adaptando novelas de su compatriota Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros, y el resto por Maruja en el infierno, La boca del lobo y esta Caídos del cielo.

            Con Caídos del cielo, Lombardi, sobre el libro de cuentos Los gallinazos sin plumas, de otro autor peruano, Julio Ramón Ribeyro, traza a través de tres historias una metáfora de un país que se aboca a su decadencia, ávido de enriquecerse dentro de su propia pobreza. Así, el catalizador de las tres historias será una pareja de pudientes ancianos venidos a menos que enfilan sus últimos días de vida obsesionados con dejar huella tras su muerte en forma de mausoleo familiar, aún a costa de empeñar en el intento lo poco que queda, material y físico, de su propia existencia.

Es esta pareja quien regala un cerdo cobrado del alquiler de sus muchas viviendas a una antigua ama de llaves, quien apura ahora su vejez en la indigencia viviendo en los alrededores del basurero de la capital peruana en compañía de sus dos nietos. Un animal que significa una nueva, quizás la última, oportunidad de salir adelante, así sea a costa incluso de la salud de su descendencia, hipotecada por el bien del puerco, en lo que es, a su vez, una demostración de que la ceguera de la anciana no es solo física, sino también moral, provocada por el egoísmo que únicamente puede producir la más absoluta desesperación y el rencor de una vida desperdiciada al servicio de otros.

También es la pareja de ancianos los dueños del piso en el que habita Humberto, locutor de radio que desde su alta torre de marfil se permite el lujo de conceder vacuos consejos de vida para los desesperados –como lo están todos los componentes de las tres historias-, adalid radiofónico de las causas perdidas que verá la oportunidad de redimirse en la realidad, de superar sus propios traumas físicos y de estima que se manifiestan en las cicatrices de su cara, por medio de una misteriosa joven a la que salva del suicidio, un ser herido, como él, en lo más profundo, un alma gemela que no demostrará sino la hipocresía y los de ese héroe de la autoayuda y del éxito al alcance de toda persona que piense en positivo y mantenga la mente abierta, libre de unos prejuicios que él mismo es el primero en sacar a la luz.

            Como se deduce del argumento, una película a tres bandas de irregular interés –la historia de amor entre marginales resulta alargada y repetitiva- que parece enfocada a alcanzar el desenlace amable y esperanzador, subrayado en todo momento en sus sentimientos por la banda sonora, pero que se va trocando en un relato sombrío y agrio que se vuelve sin piedad en contra de sus personajes, en verdad individuos distanciados de la realidad, ya sea por el falso sentido de la apariencia que supera la misma situación verdadera, por la pérdida de la perspectiva que produce la ilusoria esperanza en un mundo mejor inalcanzable o por una falsedad de espíritu que arrastra en su engaño al propio individuo.

            Un planteamiento amargo, imagen de los males que achacan a un Perú que no encuentra salida a una decadencia que parece crónica pero que, desgraciadamente, acaba por abandonarse en un tremendismo exagerado, si bien de demoledora carga simbólica, que condena al filme.

Goya al mejor filme extranjero de habla hispana de 1990.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 5.

El crack

24 Sep

“El cine negro es mi género favorito entre mis géneros favoritos.”

José Luis Garci

 

 

El crack

 

Año: 1981.

Director: José Luis Garci.

Reparto: Alfredo Landa, Miguel Rellán, Manuel Tejada, Raúl Fraire.

Tráiler

 

 

           Primero como crítico, después como guionista y más tarde como director, José Luis Garci demuestra en todas sus creaciones una enorme huella cinéfila y una cultura cinematográfica de excepción, de origen autodidacta, procedente de la pasión.

           En 1981, ya como una de las principales figuras del cine de transición del país pero aún sin el reconocimiento internacional que le vendría con su Oscar por Volver a empezar, Garci se disponía con El crack a rendir pleitesía a su género favorito con un spanish noir que trataría de recoger las esencias de un cine de denominación de origen estadounidense.

De este modo, convertirá a Alfredo Landa con cara de pocos amigos y a un Madrid gris y mugriento en su Humphrey Bogart y su Nueva York particulares, una ciudad opresiva en la que el detective privado Germán Areta (Landa) deberá encontrar y rescatar a la hija de un acaudalado viudo de entre el lumpen y los garitos de mala muerte, de la sórdida fauna urbana con argot cheli y la corrompida y amoral alta sociedad, mientras trata de sobrevivir a oficinas insalubres, gimnasios con pósters de Rocky Marciano y olor a linimento, partidas de mus nubladas por humo de tabaco y barberos añorantes de una Nueva York casi de leyenda y una relación con una madre abandonada por su marido y la suerte.

Un antihéroe que recibe una presentación al más puro estilo Harry Callahan, observando impertérrito, con su figura achaparrada, bigote viril y gesto adusto, cómo dos quinquis perpetran el atraco a un bar de carretera mientras él da debida cuenta de un plato combinado y oye pontificar a Butanito para más tarde, inmutable, patear las pelotas a los malhechores.

El género negro, versión ibérica.

           Garci, prolijo en conocimientos del Séptimo Arte, construye una cinta que sí sabe conservar y hacer palpables esos elementos del noir, ya entonces irremisiblemente perdidos, pero retorciéndolos para hacerlos encajar y adaptarse a un ambiente y dimensión propia, la de un país y una ciudad que ni tienen la resonancia de decadencia épica de ciudades como San Francisco y Nueva York, y un protagonista lejos del poder de seducción y la clase agotando el pitillo de Bogart o Mitchum, pero que lleva, en lo que es una gran interpretación de Alfredo Landa, el papel de marginal rescoldo de obediencia a un código moral, aunque sea propio e intransferible, con idéntico temple y convicción e igual respeto hacia sí mismo.

           Un buen ejercicio de intriga que resulta mucho mejor cuando, a partir de esos códigos originales, toma rutas originales e independientes, más auténticas, con un libreto sólido y contundente en su desarrollo, quizás más precipitado en su parte final, que cuando se queda en la imitación-homenaje nostálgico y el guiño autocomplaciente metido con calzador, lo que desencadena excesos de guion innecesarios como el a todas luces sobrante desenlace en un Manhattan al que se ofrenda un admirado canto de postal turística

Muy meritoria recuperación de un género perteneciente a otros tiempos y otros lugares.

Habría segunda parte dos años posterior.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

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