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La noche del escándalo Minsky’s

18 Mar

La vida es una obra de burlesque. La noche del escándalo Minsky’s para el especial de Cine Archivo sobre William Friedkin.

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La ciudad de las estrellas (La La Land)

16 Ene

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Año: 2016.

Director: Damien Chazelle.

Reparto: Emma Stone, Ryan Gosling, John Legend, Rosemarie DeWittFinn Wittrock, J.K. Simmons.

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          Uno de los pilares fundamentales del Hollywood dorado, degradada su popularidad por la evolución en las mudables apetencias del público, el género musical, al igual que western, con el que comparte trayectoria de apariencia decadente, resurge periódicamente en la actualidad ofreciendo ejemplos un tanto aislados pero que, en algunos casos, conquistan el beneplácito de la taquilla y de los galardones oficiales (Moulin Rouge, Chicago, Los miserables…).

A la espera de que materialice estos vaticinios favorables, La ciudad de las estrellas (La La Land), última resurrección del musical, llega a las salas respaldada por la vitola de ser una de las favoritas en la carrera de los Óscar, récord en los Globos de oro mediante, si es que eso significa algo o tiene alguna importancia.

          Ambientada en un Hollywood atemporal -la acción es contemporánea, el diseño de producción remite a décadas pasadas, sus protagonistas poseen aspiraciones anacrónicas de ser divas y músicos de jazz a la vieja usanza y sobrevuela el escenario el brillo del glamour de los grandes estudios y las sombras que proyectan las estrellas inmortales-, La La Land es una película que logra funcionar con autonomía respecto de su bien medida nostalgia y de sus posibles referencias genéricas -quizás por desconocimiento de un particular, cabría consultar otros artículos con mayor experiencia en este campo– para elevarse por derecho propio y alcanzar esa aludida magia que factura -al menos si creemos en sus máximas publicitarias- la fábrica de los sueños.

Los sueños precisamente -como no podía ser de otra manera- son los que fundamentan esta historia de presuntos perdedores en busca de su destino en la tierra de las oportunidades -Hollywood, redundando el eslogan nacional de los Estados Unidos-. Un esquema que, por otro lado, el director y guionista Damien Chazelle ya ensayaba en Whiplash, donde comparecía empero revestida de un ambiguo mensaje moral.

          En cualquier caso, se apreciaba en aquella una fuerza visual que aquí se confirma a través de unos números donde la espectacularidad de las coreografías, de exuberante movimiento y colorido, se conjuga con un montaje vibrante y unos planos secuencia rotundos y fluidos, perfectamente integrados en la dinámica de la acción, virtuosamente elaborados pero sin rechinar en el mero exhibicionismo formal dentro de un género que, por definición, maneja el artificio como herramienta con la que alcanzar un universo diferente al que habita el espectador. Es decir, para transportarlo a un nuevo mundo de emociones y vivencias transformadas en pura música existencial, exaltadas por el palpitar del ritmo y la melodía.

A tal fin, la canción que escoge La La Land -una de entre la miríada de fragmentos personales que componen la sinfonía de Hollywood, según indica el atasco en el que se abre deslumbrantemente el filme- es impecable, pues sabe conjugar humor y drama, melancolía e ilusión, a partir de una encantadora base de romance que queda definitivamente potenciada gracias a la excelente química de Emma Stone y Ryan Gosling, a la que a buen seguro ayuda sus anteriores colaboraciones en Crazy, Stupid, Love y Gangster Squad (Brigada de élite).

Su coprotagonismo es un acierto de cásting, puesto que, aparte de intérpretes talentosos -en especial la primera, infravalorada actriz-, saben cómo resultar muy humanos, muy cercanos al espectador, sin perder un ápice de su carisma cinematrográfico. A un servidor, pasando a un plano estrictamente privado, le son dos actores simpáticos, lo cual también contribuye al propósito de compartir los anhelos e inquietudes, esperanzas y desencantos, que atraviesan a lo largo de una narración que si bien posee algún ligero altibajo -no cabe duda de que es difícil mantener el pulso que arranca a revoluciones tan altas- logra culminar su apuesta con un broche adecuado por su imaginación y su emoción.

          Como buen musical, domina La La Land un reconfortante tono vitalista, pero tampoco confunde optimismo con ingenuidad y sabe relativizar tanto los triunfos como los fracasos que encadenan la experiencia de sus personajes. A fin de cuentas, los sueños influyen y remueven nuestro interior, pero se evaporan entre los dedos si intentamos asirlos. Y alcanzar la cumbre partiendo de la llanura suele requerir un sacrificio, sostiene la función.

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Nota IMDB: 8,8.

Nota FilmAffinity: 8,3.

Nota del blog: 8.

La viuda alegre

20 Oct

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Año: 1935.

Director: Ernst Lubitsch.

Reparto: Maurice Chevalier, Jeanette MacDonald, Edward Everett Horton, George Barbier, Una Merkel, Minna Gombell, Ruth Channing, Sterling Holloway, Donald Meek, Herman Bing.

Tráiler

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          El concepto de guerra de sexos, un paradigma tradicional de la comedia romántica, adquiere en La viuda alegre tintes casi literales, de igual modo que, andando la filmografía de Ernst Lubitsch, también lo hará en Ninotchka a partir de una visionaria guerra fría entre el hedonista Occidente y el disciplinado bloque comunista, tornada finalmente en alianza cálida merced a la sonrisa de la Garbo.

          Apropiación de la célebre opereta -por otro lado profusamente adaptada al cine: antes de ésta se contaban ya cuatro versiones-, en La viuda alegre Lubitsch juguetea con una conquista amorosa transformada en misión política, económica y sexual a cargo de un país ficticio, Marsovia, que se vanagloria de desplegar sus estandartes bélicos solo en pos de la conquista femenina.

Un combate cuerpo a cuerpo en el que las tropas marsovias están oficiosamente encabezadas por su campeón de duelos, el conde Danilo (Maurice Chevalier, justificando la leyenda que le atribuye ser la inspiración del Pepe Le Pew de los Looney Toones), experto en trabar ‘relaciones diplomáticas’ con el bello sexo y que debe seducir a una viuda extremadamente acaudalada para salvar a su nación de la bancarrota. Frente a él, repite su principal pareja artística en este tipo de producciones musicales, Jeanette MacDonald, en la cuarta y última de sus populares colaboraciones con Lubitsch –o quinta, si se cuenta la versión en francés de la película que se rodó simultáneamente-.

          El guion, firmado por Samson Raphaelson y Ernest Vajda, fieles aliados del autor, desarrolla así un torrente de diálogos y sentencias ricas en dobles sentidos y alocadas confusiones. Es ahí donde chispea la vis cómica de la obra, en ocasiones con descacharrante inspiración, y estimulada además por el extraordinario tempo que el cineasta alemán les aplica desde la realización. Lubitsch sabe asumir la naturaleza ligera del original potenciando sus gags y espoleando su faceta coqueta y adúltera sin renunciar por ello a la calidad de la dirección y la creatividad narrativa, desplegada en refinados ambientes aristocráticos y extraordinariamente precisa para dibujar el contexto social y la esencia psicológica de los personajes –como, por ejemplo, la sombra negra que es la viuda transitando por su níveo palacete, donde sus ropajes de luto e incluso su perro faldero son, no obstante, frívolas piezas de su armario, perfectamente intercambiables al antojo de la situación-.

          Vistas desde el presente, estas virtudes humorísticas y los hallazgos expresivos se conservan más frescas que las escenas musicales que jalonan la obra, no especialmente deslumbrantes a pesar de un par de aparatosas coreografías colectivas por los salones y pasillos de la embajada. El tiempo ha pasado por ellas, relegándolas a lo incómodamente accesorio.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7,5.

Privilegio

4 Jun

Una estrella de rock para dominar al mundo. Distopías pop en el bullente Swinging London de los sesenta. El concierto completo, en Bandeja de Plata.

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Lisztomania

26 Abr

“Cuando escuché anteriormente de la racha de desmayos que estallaron en Alemania y especialmente en Berlín cuando Liszt se mostraba a sí mismo allí, me encogí de hombros avergonzado y pensé: los tranquilos alemanes sabatarianos no quieren perder la oportunidad de conseguir el poco ejercicio necesario que permiten… En su caso, pensé, se trata del espectáculo por el espectáculo en sí… Así me explico esta Lisztomanía y lo vi como una señal de las condiciones políticas carentes de libertad existentes más allá del Rin. Sin embargo, me equivoqué, después de todo, y no me di cuenta hasta la semana pasada, en el teatro de ópera italiano, donde Liszt dio su primer concierto… Fue verdaderamente un sentimiento no germánico, sentimentalizando a la audiencia berlinesa, antes de que Liszt tocara, totalmente sólo, o mejor dicho, acompañado únicamente por su genio. Y, sin embargo ¡cómo les afectó convulsivamente su apariencia! ¡Qué estrepitoso que fue el aplauso cuando lo vieron! ¡Qué aclamación! Una verdadera locura, ¡sin precedentes en los anales del furor!”

Heinrich Heine

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Lisztomania

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Lisztomanía

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Año: 1975.

Director: Ken Russell.

Reparto: Roger Daltrey, Sara Kestelman, Paul Nicholas, Veronica Quilligan, Fiona Lewis, Ringo Starr.

Tráiler

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           Y con Liszt llegó el delirio. Después de intentar apresar en sus garras el alma íntima y artística de los compositores Piotr Chaikovski y Gustav MahlerLa pasión de vivir (La otra cara del amor) y Mahler, una sombra en el pasado, respectivamente- el británico Ken Russell escoge el llamativo y polémico concepto de Lisztomanía –un término que se refiere a los episodios de locura y éxtasis que arrebataban a los fanáticos de Franz Liszt durante sus conciertos, antecedente directo de las groupies- como punto de partida para construir una ópera (o más bien un cabaret) desequilibrada y excesiva en la que el pianista y compositor húngaro queda equiparado a una estrella pop al estilo de la Gran Bretaña de entonces. De acuerdo con esta idea, su rostro en pantalla lo pondrá Roger Daltrey, cantante de The Who y con quien en ese mismo 1975 Russell también había estrenado Tommy.

           Recitales de piano asegurados con cordón policial para hacer frente a las masas de chicas enfervorecidas, penes y vaginas a escala gigantesca para representar el desenfreno sexual del ídolo y el posterior sometimiento de su alma creativa a la mujer/mecenas, su sobrino y protegido Richard Wagner transformado en una mezcla de vampiro, Frankenstein y ‘mad doctor’ nazi y a quien el Papa, encarnado por Ringo Starr, considera un Anticristo a erradicar de la faz de la tierra. Cualquier ocurrencia tiene cabida en la sucesión de sketches desmesurados que componen Lisztomanía, incluso el nuevo sonido Dolby Stereo del que es pionera en el cine. Es decir, como una de las comedias de Mel Brooks pero todavía más alucinada, desmesurada y anárquica.

           Ese descontrol definitorio, no obstante, es lo que acaba obrando en contra de la película. Desligada de casi toda realidad y de toda contención, Lisztomanía pierde la colisión de tragedia y música que al menos sostenía la demasiado excitada La pasión de vivir o el romanticismo agónico pero superviviente de Mahler, una sombra en el pasado, la cual ya incidía en esa especie de arias humorísticas y grotescas donde el antisemitismo y la posterior ligazón de la obra de Wagner con el nazismo ejercía el papel de catalizador del humor.

Aquí, las composiciones del genio húngaro se disuelven en un mar de imágenes desorbitadas y extravagantes, de escenas desopilantes y confusas, hipertrofiadas en forma y fondo. La renuncia a dotar a la función de una mínima coherencia narrativa hunde el filme en el estupor y un aburrimiento contradictorio con la disparatada y apoteósica sucesión de escenas bufonescas; unas curiosas, otras directamente lamentables. Hasta una simple gota de mesura en medio de este océano de enloquecimiento hubiera servido para rescatar un par de sus hallazgos, ahogados en el regodeo orgiástico en la comedia kitsch y el puro abotargamiento visual.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 5,6. 

Nota del blog: 3,5.

Tommy

25 Abr

Maltratos familiares, discapacidad psicosomática, ídolos de barro, efervescencia hippie y música pop. Ken Russell y The Who unen sus fuerzas para llevar al cine la ópera rock Tommy. Análisis para la sección Films de culto del siglo XX de Cine Archivo.

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La pasión de vivir (La otra cara del amor)

22 Abr

“Si no fuera por la música, habría más razones para volverse loco.”

Piotr Chaikovski

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La pasión de vivir

(La otra cara del amor)

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La pasión de vivir (La otra cara del amor)

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Año: 1970.

Director: Ken Russell.

Reparto: Richard Chamberlain, Glenda Jackson, Kenneth Colley, Izabella Telezynska, Christopher Gable, Sabina Maydelle, Bruce Robinson, Max Adrian.

Tráiler

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            Tras iniciar su carrera en el cine operador de cámara, Ken Russell se había curtido en el terreno de la dirección confeccionando documentales biográficos teatralizados para la prestigiosa BBC. A lo largo de su filmografía de ficción, Russell reincidiría en múltiples ocasiones en el biopic atraído, frecuentemente a causa de su melomanía, por figuras torturadas, problemáticas e incomprendidas de artistas como los compositores Piotr ChaikovskiLa pasión de vivir (La otra cara del amor)-, Gustav MahlerMahler, una sombra en el pasado– y Franz LisztLisztomanía– o el escultor Henri Gaudier-BrzeskaEl mesías salvaje-, siempre desde ese prisma particular suyo proclive a la controversia y el amarillismo.

            Después de alcanzar la celebridad merced a las cuatro nominaciones al Óscar y el desnudo frontal masculino de Mujeres enamoradas, en La pasión de vivir (La otra cara del amor) Russell se adentraría en otro tabú sexual, en este caso de la mano de Chaikovski y el tormentoso dilema que le suponen sus inclinaciones homosexuales naturales y la necesidad de casarse con una mujer con el fin de acallar los rumores que, en la Rusia Imperial, le acarrearían un estigma insuperable para su impetuosa carrera musical.

La pasión de vivir es un turbulento acercamiento a la figura del genio intermediado por las evocaciones que, al igual que les sucede a los personajes del relato durante el primer concierto de piano, manan de sus partituras.

            La filmación de la música como esencia de la vida –o incluso mejor que la vida- es el aspecto más destacado de la cinta. Porque mientras escenas como la antes citada capturan con fuerza e inspiración la influencia que la música ejerce sobre la mente y los sentimientos, la mayor parte del metraje no consigue reproducir el alma arrebatada e incluso operística de la obra de Chaikovski (Richard Chamberlain, que comparte con su personaje la orientación sexual) y, por el contrario, convierte su visceralidad doliente, eufórica y desgarrada en puro delirio y frenesí, manifestado en unos personajes desquiciados y carentes de alma en su histeria y su exceso.

Russell logra hallazgos y pasajes con potencia visual y expresividad, pero desdeña medir sus arrebatos dionisíacos, más interesado por epatar que por emocionar. Es decir, que se toma a la tremenda el ‘patetismo’ que con el que Chaikovski titulaba la su sexta sinfonía, aquella que, según los expertos, pretender condensar en retrospectiva su propia existencia.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 5,5.

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