Tag Archives: 70’s

Encuentros en la tercera fase

19 Oct

.

Año: 1977.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Richard Dreyfuss, Melinda Dillon, François Truffaut, Cary Guffey, Teri Garr, Bob Balaban, Roberts Blossom, Warren J. Kemmerling, J. Patrick McNamara, Lance Henriksen, Shawn Bishop, Justin Dreyfuss, Adrienne Campbell.

Tráiler

.

         La obsesión del protagonista de Encuentros en la tercera fase tiene algo de experiencia religiosa. No creo que sea casual que, justo antes de ser literalmente iluminado desde el cielo por una nave alienígena, estuviese viendo en su casa Los diez mandamientos, ya que él, al igual que Moisés, deberá adentrarse en la montaña para hallar respuestas a sus inquietudes. Roy Neary se somete a una prueba de fe que desafía las convenciones de los incrédulos, de quienes no han sido ungidos y dotados con el don de la visión. Las escenas en el norte de la India muestran a multitudes entregadas a la plegaria; en México un anciano explica que el Sol, elemento divino desde el nacimiento de la humanidad, salió en plena noche y le cantó en privado. “Simplemente lo sé”, responde este técnico de líneas eléctricas cuando debe argumentar el porqué de lo que condiciona sus actos, aparentemente irracionales. “Esto significa algo, es importante”, cavila obcecado con el misterio.

         Desde este punto de vista, siento curiosidad sobre qué podría haber contenido y cuánto sobrevive del primer libreto de Paul Schrader, experto en tormentos íntimos con la influencia religiosa como clave de la encrucijada. No obstante, Steven Spielberg terminaría cambiando tanto la historia que este renunciaría a firmar cualquier acreditación como guionista. El de los seres de otro planeta era un asunto que a Spielberg le interesaba de siempre, como demuestra esa obra de adolescencia, Firelight, en la que, al igual que aquí, mostraba su presencia a través de unas inquietantes e intensas luces que, en cambio, revelaban unas intenciones amenazadoras. Sin embargo, el relato de Encuentros en la tercera fase ofrece un contrapunto curioso dentro de su corpus, puesto que, en lugar de esa ausencia paterna que marcará muchas de sus obras, en este caso es la familia la que deserta y él quien ha de emprender la aventura en solitario. Una aventura que, en este caso, busca algo que trasciende la simple realidad cotidiana de un operario que vive una vida corriente, con su casa de vallas blancas, su esposa y sus tres hijos que hacen deberes de matemáticas, rompen juguetes, protestan por las verduras y corren hacia adelante tratando de hacerse adultos sin fantasía antes de tiempo.

En el fondo, Spielberg hace que la aparición de naves espaciales no desentone con el mundo que retrata. La furgoneta del protagonista, perdida en mitad de la noche, la niebla y el vastísimo territorio rural de los Estados Unidos -corazón del país en el que también aterrizará E.T. pocos años después-, circulaba como si fuese un platillo volante en las profundidades de un espacio que es cercano y extraño al mismo tiempo. El manejo del paisaje es una de las muestras del soberbio trabajo que se realiza con la iluminación y la fotografía, que entrega imágenes de gran fuerza estética. Lo mismo ocurre con los vehículos que se cruza en el camino hasta que uno de ellos, en efecto, es un ovni. En paralelo, la irrupción de helicópteros y todoterrenos en el desierto de Gobi está planteada también como si se tratase de una aparición extraterrestre, de tan repentina y extraña. No digamos ya los helicópteros militares que, actuando como auténticos invasores, acosan a los acampados a la espera de un nuevo encuentro con lo desconocido.

         Frente a esta hostilidad que puede corresponderse con tiempos de Guerra Fría, y a diferencia de los parámetros generales de la ciencia ficción -que no obstante también se habían deslizado antes, dejando tras de sí una inquietante ambigüedad, en la poderosa escena de abducción-, el contacto definitivo con los alienígenas se revela como una secuencia en la que los puntuales momentos de inquietud dejan paso a una sensación de armonía y concordia. De hecho es, en cierta manera, un reencuentro. Dentro de este trasfondo místico, avanza una noción de entendimiento, de aceptación de lo extraño, de plenitud fraternal. De emoción casi eufórica. La idea la ha ido sembrando un mito, François Truffaut, que aceptó interpretar al ufólogo francés que lidera las investigaciones, llevadas a cabo por un grupo de gente que parecen críos jugando con el entusiasmo desatado. El sistema de luz y sonido con el que tratan de comunicarse con los extraterrestres no deja de asemejarse al xilófono de colores que utilizaba antes un niño pequeño que, precisamente, nos presentaba a los visitantes a través de su sonrisa.

.

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

Alien, el octavo pasajero

11 Sep

.

Año: 1979.

Director: Ridley Scott.

Reparto: Sigourney Weaver, Tom Skerritt, John Hurt, Yaphet Kotto, Veronica Cartwright, Harry Dean Stanton, Ian Holm, Bolaji Badejo, Helen Horton.

Tráiler

.

         A finales de los setenta, la era de lo taquillazos se abría paso dejando tras de sí un tentador reguero de dólares. Se suelen citar dos películas icónicas para ilustrar este amanecer, Tiburón y La guerra de las galaxias. Episodio IV: Una nueva esperanza. Alien, el octavo pasajero posee un depredador letal que opera igual que el asesino implacable de un slasher -otro género que arrasaba entre el público- en un entorno donde el ser humano se encuentra en inferioridad de condiciones, el espacio exterior, uno de los escenarios privilegiados por ese tirón popular de la ciencia ficción. No es de extrañar que, en este momento determinado y luciendo semejantes ingredientes -que entroncan además con clásicos del género como El enigma de otro mundo, que en este tiempo también se reeditaría con La cosa-, la primera irrupción del xenomorfo en el cine sentara las bases de una saga de culto.

Estas corrientes cinematográficas vendrían de la mano de auténticos cineastas cinéfilos. John Carpenter, devoto del cine de género, sería precisamente quien actualizaría El enigma de otro mundo. Provenía de la Universidad de California, de donde salió con un irreverente proyecto de ciencia ficción, Estrella oscura, armado junto a Dan O’Bannon. Responsable de buena parte de las ideas del desenfadado guion y del diseño de unos descaradamente estrafalarios efectos especiales, en esta cinta O’Bannon se las hacía pasar canutas al sargento Pinback poniéndolo a perseguir a su mascota extraterrestre por los pasillos de la nave Dark Star que daba nombre al filme. Es decir, una semilla que, desnudada de comedia paródica, germinaría en Alien, el octavo pasajero, también con la participación en la escritura de Ronald Shusett -con quien O’Bannon colaborará posteriormente en otro conocida producción del género, Desafío total-, amén de posteriores retoques a cargo de Walter Hill, David Giler y Gordon Carroll, propietarios de los estudios Brandywine y que velarían, de aquí en adelante, por la coherencia de los siguientes capítulos de la serie.

         En realidad, el armazón argumental de Alien, el octavo pasajero se puede encuadrar perfectamente dentro de la serie B por su sencillez conceptual y su concisión narrativa -luego, paradójicamente, inflada de filosofía mística en el devenir de la franquicia, en especial en las pretenciosas entregas actuales con las que Ridley Scott se empeña en rebuscar las monedas que hayan podido quedar olvidadas en viejos cajones-.

Por aquellas fechas, Scott, que traía el bagaje de una prolija carrera en la publicidad, trataba de consolidar su nombre como director de cine, después de llamar la atención con Los duelistas. Alien, el octavo pasajero lo consagraría como uno de los nombres a seguir. Sus imágenes llevarían a buen puerto la creación de atmósfera que invoca un soberbio diseño de producción en el que H.R. Giger consigue uno de los trabajos más celebrados del séptimo arte. El director, por su parte, dominará el terror mediante el tempo de la escena. Las explosiones de violencia gráfica abren la veda para dejar claro al espectador lo que se le viene en cima -y, según la conocida anécdota, también a un reparto que no sabía lo que iba a acontecer sobre la mesa donde se retorcía la víctima-; pero a la postre son contadas. Un páramo de oscuridad, niebla y desolación; una tensa espera entre estancias lóbregas, la asfixia claustrofóbica de un túnel donde se avanza con torpeza con un tosco lanzallamas, las sombras que se manifiestan desde la nada, cegadoras luces estroboscópicas… Los formatos con los que provocar inquietud son variados y estimulantes.

         En cualquier caso -y de nuevo al igual que el desenlace de Tiburón-, esos mimbres narrativos servirían para conectar otra vez con Howard Hawks -quien se dice que dirigió buena parte de El enigma de otro mundo-, y por consiguiente a un admirador suyo como Carpenter, a partir de un relato de supervivencia extrema en el que se observa el comportamiento de un grupo humano sometido a un asedio homicida. Y, como los personajes hawksianos, los de Alien, el octavo pasajero son personajes vivos, con personalidades definidas con tanta concreción como eficacia. En contraste con la aparatosa ingeniería espacial -no siempre sofisticada, no obstante-, la tripulación del carguero comercial Nostromo está conformada por currelas que hacen coñas durante el almuerzo, protestan por el reparto de tareas, discuten por la paga extra y se enfrentan como buenamente pueden -esto es, a trancas y a barrancas, con una desesperación que poco ayuda a encauzar una actuación colaborativa- contra una entidad que no solo sobrepasa sus capacidades de lucha, sino que además cuenta con el traicionero respaldo de la empresa.

La identificación por estos sufridos empleados de multinacional, prescindibles a ojos de sus jefes y abandonados de la mano de Dios -aquí Madre, la personificación de la tecnología que gobierna la nave-, es de una importante efectividad. A ello contribuye asimismo una acertada elección del reparto, alejada de prototipos artificiales en su edad y su aspecto, acaso coletazos de ese Nuevo Hollywood que declinaba arrasado precisamente a mamporros de blockbuster. En este contexto, adquiere pleno sentido la prosaica sordidez de ese componente sexual que arraiga en el terror de Alien -y que irá más allá en entregas posteriores-, con el desasosegante e invasivo abrazacaras, la explícita alusión al “hijo” de Kane, las insinuaciones fálicas en una de las muertes y, por último, ese tradicional enfrentamiento entre la bestia y una doncella que, en esta ocasión, y aun estando en paños menores, será de armas tomar.

.

Nota IMDB: 8,4.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 8.

Capricornio uno

2 Sep

.

Año: 1978.

Director: Peter Hyams.

Reparto: Elliott Gould, James Brolin, Brenda Vaccaro, Hal Holbrook, Sam Waterston, O.J. Simpson, Karen Black, Telly Savalas, David Huddleston, James Karen, David Doyle, Robert Walden, Norman Bartold.

Filme

.

          El director de asignaciones del periódico pone como ejemplo de periodismo de investigación a Carl Bernstein y Bob Woodward, quienes desvelaron el caso Watergate que terminaría llevándose por delante la presidencia de Richard Nixon, a la vez que reprocha a su reportero díscolo sus presuntas exclusivas acerca de un segundo tirador en el asesinato de John Fitzgerald Kennedy o sobre el paradero de Patty Hearst tras su secuestro por el Ejército Simbiótico de Liberación. Capricornio uno -que de hecho tiene en el elenco a Hal Holbrook, James Karen y Robert Walden, participantes un par de años atrás en Todos los hombres del Presidente– es una película de tiempos convulsos, de paranoia, mientras que, en ella, la prosperidad del American Way of Life queda manifestada por medio de un entorno tan estandarizado y aséptico como un Holiday Inn, que no deja de ser un decorado carente de personalidad y de verdadera calidez humana; una estéril emulación del confort producida en cadena.

          Sobre estas aguas turbulentas, Peter Hyams, en funciones de guionista y director, concibe un futuro inmediato en el que la llegada del ser humano a Marte no es sino un simple producto televisivo, grabado en un hangar secreto del ejército. Ni siquiera, como la célebre teoría sobre la llegada a la Luna, Stanley Kubrick estará ahí para otorgarle credibilidad a las imágenes. En realidad, el del programa Capricornio uno puede considerarse incluso un engaño barato, resuelto con un chantaje bruto y tres tomas de estudio.

Porque, en el fondo, los motivos que llevan a este aparatoso montaje ni siquiera son grandilocuentes, sino bastante miserables y, por ello, veraces: todo se trata de una maniobra de los lobbys implicados en la carrera espacial ante la amenaza de que los copiosos fondos destinados a ella queden reconducidos hacia asuntos terrenales, como las desigualdades sociales o la lucha contra el cáncer, por ejemplo. En la misma línea, el personaje sobre el que recae el papel de villano de la función es un tipo amable pero desesperado, cuyo idealismo y bonhomía han sido destrozados por los mazazos de los cálculos políticos. Interpretado por Holbrook, actor de aspecto nada amenazador, parece un hombre arrastrado por las circunstancias. Casi una víctima más.

          La introducción ya había deslizado subrepticiamente este apunte cercano a la sátira. La actitud despreocupada y bromista de los astronautas restaba épica al histórico acontecimiento, lo que se subrayará con el rápido, hábil y afilado retrato de los políticos invitados al palco de honor, que muestran una personalidad absolutamente corriente -gorrones, salaces, enredados en pequeñas cuitas-. El libreto contiene buenos retratos de caracteres y unos ingeniosos y trepidantes duelos dialéctivos entre los habitantes del mundillo de la prensa.

En cambio, Hyams -que posteriormente sí saldrá al espacio exterior en Atmósfera cero, la relectura cósmica de Solo ante el peligro, y 2010: Odisea dos, la continuación de 2001: Una odisea del espacioquizás no esté tan afinado a la hora de reflejar el atroz maquiavelismo de quienes mueven los hilos sin rastro de piedad. El plan de los conspiradores da la sensación de dejar muchos cabos sueltos, aunque es cierto que la improvisación es un rasgo mucho más habitual de lo que se presupone. Pero hay pistas demasiado forzadas, como la de Flat Rock, y sorprende la inconstante vigilancia que se practica sobre los hombres clave que pueden tirar por tierra el asunto.

En cualquier caso, Capricornio uno filtra una interesante crítica hacia la ruindad con la que se gestionan los proyectos públicos y sobre la capacidad manipulativa del cine y la televisión, medios de masas, para fijar una verdad conveniente. Curiosamente, en otra de sus incursiones en la ciencia ficción, Permanezcan en sintonía, Hyams dejará al ciudadano medio literalmente atrapado por la televisión.

.

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

Mi vida es mi vida

7 Ago

.

Año: 1970.

Director: Bob Rafelson.

Reparto: Jack Nicholson, Karen Black, Susan Anspach, Lois Smith, Billy Green Bush, William Challee, Toni Basil, Helena Kallianiotes, Sally Ann Struthers.

Tráiler

.

           En Easy Rider (En busca de mi destino), Jack Nicholson interpretaba a un joven burgués que, después de años de ahogar la desidia en alcohol, se unía a la marcha de los moteros protagonistas hacia el Mardi Grass prometido. Se pueden trazar paralelismos entre aquel George Hanson de trágico final y el Robert Dupea que en Mi vida es mi vida vuelve a encarnar Nicholson en la segunda de sus constantes colaboraciones con Bob Rafelson y en otro testimonio de su prolijo rol en el despertar de un Nuevo Hollywood a partir de un cine independiente de las convenciones y directrices de los viejos estudios, apegados a la crisis existencial de un país que atraviesa un periodo especialmente traumático.

           Mi vida es mi vida tiene también un notorio componente de road movie, configurada como un viaje hacia los orígenes -el regreso a la casa familiar- que, en realidad, sirve para evidenciar que el protagonista es un hombre en constante huida. De su herencia de clase medio-alta culta, de las expectativas, del compromiso emocional, de la simpleza de la clase baja, de uno mismo. No por nada, será allí donde este desarraigado y nihilista trabajador de refinería se reencuentre con su segundo nombre, Eroica, tomado de la Sinfonía número 3 de Ludwig van Beethoven y que revela el camino que, a priori, le aguardaba como concertista. El peso de un nombre.

Las muestras de música clásica o quedan cercenadas o directamente están ridiculizadas -el desprecio hacia una interpretación sentida, el vaciado de sentimiento de una pieza sencilla-. En cierta escena, Robert, borracho después de su despido y atrapado en un sofocante atasco de carretera, se sube a una camioneta que carga un piano hasta que se lo lleva por un desvío. El personaje siempre va en dirección contraria -el cruce en el embarcadero; el poderoso y desolador último plano-.

           Rafelson expone este viaje mediante un montaje raudo, de planos de breve duración y cortes tajantes que trasladan una impresión de que la historia de Robert es un puzle recompuesto, a veces de forma un tanto arbitraria o errática. Como en lo argumental, los rasgos estéticos anclan en cierta manera el drama a su época. Mi vida es mi vida engarza encuentros que tratan de retratar ese espíritu de un periodo inquieto hasta lo delirante, caso de la peculiar pareja que se dirige a Alaska en busca del último territorio sin contaminar por una suciedad producto del materialismo -un papel para el que, al parecer, Nicholson quería a Janis Joplin-. Se encuentran en consonancia con los personajes secundarios que orbitan en torno al protagonista: el ligue que sintetiza esa sensación de que todos son personas con la marca del repudio de Dios, la rígida camarera obsesionada con cumplir las normas del establecimiento, el compañero de trabajo al que se le niega absurdamente el presente por un error del pasado, su pareja embobada frente al televisor, esa intelectual que categoriza fríamente cada individuo y su destino prefijado; esa novia tan vulnerable como vulgar que, en plenas contradicciones, tiene el rostro entre hermoso y grotesco de Karen Black -otra actriz que, al igual que Toni Basil y Helena Kallianiotes, participaba también en Easy Rider-.

           Curiosamente, partiendo de esa órbita marginal conseguiría el éxito en la taquilla y las nominaciones al Óscar a mejor película, guion original, actor principal y actriz secundaria.

.

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6,5.

Contrato en Marsella

10 Jul

.

Año: 1974.

Director: Robert Parrish.

Reparto: Anthony Quinn, Michael Caine, James Mason, Maureen Kerwin, Marcel Bozzuffi, Alexandra Stewart, Maurice Ronet, Patrick Floersheim, Catherine Rouvel.

Tráiler

.

         En 1971, The French Connection, contra el imperio de la droga, se había convertido en un clásico instantáneo del thriller, premiado con los óscares a mejor película, director, actor, guión adaptado y montaje. Tres años después se estrena Contrato en Marsella, una producción británica con estrella invitada del otro lado del Atlántico, Anthony Quinn, que repite tema -la acción policial contra el narcotráfico-, elemento francés -la localización- y villano elegante -allí Fernando Rey, aquí James Mason-.

         Contrato en Marsella parece tratar de arraigarse también en ese desencanto crepuscular del noir del que, además, tan bien se habían apropiado algunos cineastas galos con su propia versión, el polar, entre cuyos rostros destacaba Lino Ventura, con quien comparte apellido el agente de la DEA estadounidense que interpreta Quinn, quién sabe si por homenaje. Es precisamente este personaje el que sintetiza dicha sensación pesimista. Es un hombre que camina hacia el ocaso con las manos en los bolsillos en un muelle solitario, como un héroe trágico del western. Un león ahora encadenado a la silla de la burocracia. Un amante furtivo sin derecho al último beso.

La presentación de personajes es hábil para retratar la personalidad de los sujetos. Ubicado en el jardín de una mansión mediterránea, Mason aparece rico, distinguido y presumiendo de relaciones sociales y políticas. La imagen del éxito, alcanzada por las vías del mal -¿por cuáles si no?-. En cambio, el sicario que encarna Michael Caine, tercer vértice de este excelente triángulo de protagonistas, surge en una habitación oscura y vacía, arreglando un dispositivo con precisión y paciencia mientras en la alcoba le aguarda una mujer atractiva.

         Los diálogos que entrega el libreto también contribuyen a convocar esta atmósfera de hastío y cinismo, algunos de ellos con líneas rotundas y jugosas. Contrato en Marsella es una historia de hombres que tienen que hacer su trabajo, unos limitándose al convenio -“soy un hombre de familia, no puedo cambiar el mundo”-, otros llevándolo más allá – “no me pagan suficiente por mis emociones”-. Pero, más allá de este puñado de sentencias, el guion no está del todo madurado. Según asegura en sus memorias, Caine aceptó participar en la película antes de leerlo.

A medida que avanza el relato -que necesita de unas cuantas inconsistencias forzadas para moverse hacia adelante-, el equilibrio entre los protagonismos se va descompensando cada vez más, hasta dejar a Quinn bastante desconectado de un asunto al que se le volverá a integrar con torpeza. La evolución psicológica del agente -quizás el personaje que encerraba más potencial- está poco trabajada, uno de los puntos fundamentales para explicar por qué el filme no logra alcanzar fuerza dramática. E incluso la ambigüedad y la amoralidad del asesino a sueldo queda desdibujada. Con todo, hay un par de escenas resueltas de forma curiosa, y ambas relacionadas con el baile: una danza de cortejo con coches deportivos y una ejecución con pasos de vals.

.

Nota IMDB: 6.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 5,5.

Excelentísimos cadáveres

19 Jun

.

Año: 1975.

Director: Francesco Rosi.

Reparto: Lino Ventura, Tino Carraro, Luigi Pistilli, Paolo Bonacelli, Renato Salvatori, Fernando Rey, Max von Sydow, Alain Cuny, Charles Vanel.

Filme

.

            “La verdad no es siempre revolucionaria”, sentencia en la última escena un burócrata profesional para apuntillar una trama de poder, ambición y oscurantismo. En Excelentísimos cadáveres, Francesco Rosi, que entendía el cine como una investigación documentada, siempre enfocada desde un firme compromiso político, pone al inspector Rogas (Lino Ventura) a perseguir fantasmas, sombras y reflejos difusos a través de la Italia de los años de plomo y la ‘strategia della tensione’, un polvorín a punto de reventar en mil pedazos. Su inspiración es un escritor, Leonardo Sciascia, que también hizo de la cara oculta de la sociedad italiana, especialmente concentrada en su Sicilia natal, su terreno de juego.

            El filme comienza en las catacumbas de Palermo, entre momias de notables conservadas a lo largo de los siglos, y concluye en el Museo Nacional Romano, entre conmemorativas estatuas de mármol. El poder que se perpetúa generación tras generación, como un ente que va más allá de lo terrenal, esculpido en el tiempo. Entre un escenario y otro, queda un reguero de cadáveres de fiscales, procuradores y jueces que hace temblar el frágil equilibrio del país. El avezado inspector busca explicaciones que no se reduzcan a la cómoda hipótesis del loco homicida, pero el precio es sumergirse progresivamente en una paranoia por donde asoma una conspiración.

En su camino, Rogas viaja desde los defenestrados por el sistema hasta las altas esferas de la sociedad, desde la indagación a pie de calle hasta los asépticos laboratorios de la policía política y sus sórdidas mazmorras de interrogatorio. Palacios, rincones y escondrijos que llegan a descubrirse hasta de forma un tanto gratuita, destinada a subrayar ciertas consideraciones. El aplomo que tan bien encarna Ventura se va desarmando paso a paso.

            Las pistas confluyentes que persigue Rogas no acaban de congeniar dentro de un relato que da la sensación de no estar del todo bien estructurado, con una trama en la que la tensión de la intriga termina siendo bastante irregular y que se dirige hacia un remate no demasiado creíble en su formulación. El argumento resulta confuso incluso más allá de esa idea conceptual que puede formar parte del fondo que expresa Rosi, tan turbio -o enturbiado por una terrible ambigüedad moral y política- que es prácticamente imposible entrever qué ocurre entre esas sangrientas bambalinas. Tan opaco que el excluido ciudadano común, por muy comprometido y tenaz que sea, se encuentra desprotegido ante su poder. Un poder que atraviesa indemne los siglos, perpetuándose.

.

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6.

Crónica negra

20 May

.

Año: 1972.

Director: Jean-Pierre Melville.

Reparto: Alain Delon, Richard Crenna, Catherine Deneuve, Riccardo Cucciolla, Michael Conrad, Paul Crauchet, Simone Valère, André Pousse.

.

         Un coche avanza con tranquilidad por una calle vacía. Los cortes de montaje, súbitos y fulminantes, asestan profundos y oscuros tajos a la imagen. Al fondo, las formas de una ciudad, siluetas azuladas sumidas en la bruma, se pierden en la abstracción. Suena una música suave que procede del interior del vehículo, pero las olas baten con ferocidad contra los espigones, pugnando por acallarla. Espera. La lluvia se desploma contra el parabrisas. El letrero del banco se ilumina y dos de los hombres se apean y entran. Espera. Varios transeúntes imprevistos acceden a la sucursal y los hombres se intercambian una mirada. El cajero sospecha. Un tercer ocupante del coche, casi conminado por la mirada dura del chófer, también acude al banco. El dominio de la tensión, de la inquietud y de la agonía están expresados con implacable rotundidad en la apertura de Crónica negra, el filme con el que un coloso, Jean-Pierre Melville, ponía el colofón inesperado a su obra, poco antes de que un infarto se lo llevara a la tumba.

         Un lacónico fatalismo impregna el filme. Es el mismo que impregnaba su anterior El círculo rojo, donde los personajes están condenados de antemano. En esta, todos parecen ser conscientes de cómo funciona la partida, sin necesidad de explicaciones. Ni al espectador ni a ellos mismos. La velada amistad entre el comisario y el ladrón. El vértice femenino en el que convergen, conformando un ambiguo triángulo que se traza con miradas. La esposa que barrunta el destino de su marido. Este que también olfatea lo inexorable. Pero, ¿qué otra cosa puede hacerse que jugarla? La poesía de Melville no se recita canturreando. La vida es el rostro de Paul Crauchet.

         Estoicos y melancólicos, los ladrones preparan con rectitud y precisión el golpe. La tensísima ejecución de Melville, con suspense en tiempo real, consigue hacer olvidar el empleo de unas maquetas hoy difícilmente admisibles. En paralelo, el policía, -con el rostro/máscara de Alain Delon a su servicio, después de haber estado al otro lado de la línea de la ley en El silencio de un hombre y El círculo rojo– patrulla una ciudad sumida en la nocturnidad y el vicio, con sus valores morales degradados -también hay conservadurismo en la perspectiva que lo refleja, es verdad-. Hasta Papá Noel forma parte del complot. Los compañeros también conspiran contra nosotros, con sus propios intereses, como los directores que prefieren lucir en la prensa que culminar un trabajo bien hecho. La comisaría es un edificio prácticamente surrealista, cuyas líneas parecen plegadas, torcidas, líquidas, mientras en su interior se sugiere un interrogatorio a mamporros.

         En Crónica negra, el vencedor se aleja dejando atrás el arco del triunfo, cada vez más distante en el retrovisor.

.

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

A %d blogueros les gusta esto: