Tag Archives: Siglo XIX

El gatopardo

5 Feb

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Año: 1963.

Director: Luchino Visconti.

Reparto: Burt Lancaster, Alain Delon, Claudia Cardinale, Romolo Valli, Paolo Stoppa, Rina Morelli, Lucilla Morlacchi, Serge Reggiani, Terence Hill, Pierre Clémenti, Leslie French, Giuliano Gemma.

Tráiler

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         El gatopardo es un filme sobre el apocalipsis. El príncipe de Salina contempla el universo que lo rodea y percibe punzantes las pulsiones de su muerte. Todo cambio es inquietud, es trauma. En el peor de los casos, es extinción.

El príncipe de Salina es un hombre “a caballo entre dos mundos”, sin arraigo en ninguno de ellos, con las ilusiones olvidadas o destruidas por el paso y el cambio de los tiempos. Las conclusiones políticas que condensaba Giuseppe Tomasi di Lampedusa en el original literario -que todo cambie para que nada cambie-, se antojan un tanto reduccionistas, por más que haya hecho fortuna entre los escépticos y decepcionados y se aplique con insistencia al convulso panorama actual. La obra triunfa porque es el retrato íntimo y monumental del temor ante el cambio; una experiencia conmovedora y universal, que percibe en carne propia tanto el noble decadente como el precariado de a pie, pues se trata en esencia de un proceso psicológico consustancial al ser humano, dependiente de mil y una circunstancias sociales, políticas, económicas… pero, principalmente, personales.

         Con greñas de león fatigado, Don Fabrizio desatiende el baile, se resigna a perder el calor de la belleza juvenil femenina y se refugia en un despacho, donde se detiene ante una pintura sobre la agonía. Antes, Luchino Visconti había enfatizado su caducidad convirtiéndolo en estatua polvorienta, en dueño de ruinas, en político y amante impotente. De cuna aristocrática como él, comprometido en su tiempo con la izquierda comunista, Visconti demuestra un afecto y una identificación absoluta con el príncipe de Salina. Ya había abordado en Senso el tema de las subversiones de clases sociales que trajo consigo la definitiva demolición del Antiguo Régimen con el Risorgimento, la unificación nacional italiana, si bien las aproximaciones a figuras de sensibilidad extemporánea, o cuanto menos marginal, es una constante en su filmografía. Una perspectiva a la que también podría asimilarse el solitario Lampedusa, otro creador de vetusta ascendencia aristocrática y que se había inspirado en su propio bisabuelo para escribir la novela.

A pesar de que intentan confirmar la sentencia del literato -una apertura revolucionaria que conduce a un cierre donde se fusilna simbólicamente los ideales del movimiento-, los decisivos sucesos históricos que comparecen en el filme, pues, son un telón de fondo o, más bien, una de la espitas que dinamitan el apacible y orgulloso palacio mental de Don Fabrizio, semejante a la mole donde habita su familia, asimilado incluso al paisaje siciliano, imponente, rotundo y eterno. Parte inamovible de él. La invasión de los camisas rojas garibaldianos y el resto de acontecimientos ayudan a componer de este modo un escenario crepuscular, hostil; completado con el viento, el polvo, el calor. Donde los monstruos de esta historia de terror suben las escaleras palaciegas embutidos en un frac hortera; donde la derrota y la muerte tienen como heraldo a una hija enamorada, o a una muchacha de pujante e inalcanzable hermosura.

         En El gatopardo parece asomar el tópico del rejuvenecimiento a través de la conquista sexual. El macho alfa que demuestra su prevalencia dominando el harén. Pero este cliché literario permanecerá solo latente, como una vibración que se agrega a la estrecha relación entre el patriarca Don Fabrizio y su heredero por adopción, su sobrino Tancredi.

Visconti realiza un notable trabajo en la dirección, respectivamente, de Burt Lancaster -imposición de renombre de la Twenty Century Fox- y Alain Delon. Pero una de sus grandes dedicaciones se concentrará en la minuciosa reconstrucción de época, exhibida en magníficos y suntuosos decorados y vestuarios que no obstante, en su exceso, no recargan el drama, sino que refuerzan esa idea de tiempos perdidos, de trasnochada obsolescencia. Son estancias asimismo habitadas por otras criaturas que comparten ese trágico desfase, aunque menos conscientes de ello: una joven casadera desplazada por la mutación de las prioridades sociales, una esposa de costumbres medievales, un colectivo de rancio abolengo que baila para cerrar los ojos al final de sus días.

La caída de los dioses.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 8,5.

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Loving Vincent

17 Ene

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Año: 2017.

Directores: Dorota Kobiela, Hugh Welchman.

Reparto: Douglas Booth, Robert Gulackzyk, Jerome Flynn, Saoirse Ronan, Helen McCrory, Chris O’Dowd, Aidan Turner, Eleanor Tomlison, Cezary Lukaszewicz, John Sessions, Martin Herdman, Bill Thomas, Piotr Pamula.

Tráiler

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         La pintura es una de las madres del cine, amén de un espejo en el que este aún se mira con atención. Alguno de los cineastas que impulsan la configuración de un lenguaje puramente visual, libre de las servidumbres del texto escrito, como forma de expresión identitaria del séptimo arte, caso de Peter Greenaway o David Lynch, proceden o poseen fuertes vínculos con la pintura. Son cientos los cuadros que muy diversos cineastas han homenajeado o emulado en sus planos. Incluso determinados filmes, con ejemplos recientes como El molino y la cruz con la obra de Pieter Brueghel el Viejo o Shirley: Visiones de una realidad con la de Edward Hopper, han tratado de fundir en uno ambos artes.

Loving Vincent lleva la apuesta un paso más allá y constituye el primer largometraje de la historia narrado exclusivamente mediante pintura al óleo, con 65.000 fotogramas que, a partir de un rodaje con actores en escenarios físicos, están ilustrados por más de un centenar de artistas que reproducen en sus imágenes el estilo y la técnica de Vincent van Gogh, estandarte del postimpresionismo.

         Aunque el pintor holandés es un personaje grato para el cine gracias a su leyenda de excentricidad, interpretado en diferentes producciones por Kirk Douglas -la popular El loco del pelo rojo-, Tim RothVan Gogh (Vincent y Theo)-, Tchéky KaryoVincent y yo-, Jacques DutroncVan Gogh– o hasta Martin Scorsese en la capitular Los sueños de Akira Kurosawa; Loving Vincent intenta seguir los postulados del propio retratado y conferirle voz a través de sus lienzos, por lo que se aproxima más a las intenciones del documental Van Gogh, de Alain Resnais, y sobre todo a Vida y muerte de Van Gogh, donde las cartas a su hermano Theo también desempeñan un papel fundamental, al igual que ocurría en el docudrama Van Gogh: Painted with Words.

De esta manera, la cinta alterna la perspectiva del pintor, en la que se animan escenas y personajes extraídos de su corpus, con especulaciones en un blanco y negro casi fotográfico donde se imaginan pasajes de sus vivencias y que, a la vez, proporcionan cierto descanso visual frente a los colores intensos y las pinceladas marcadas que caracterizan la estética del neerlandés.

         Para reconstruir la personalidad Van Gogh y los últimos instantes de su vida, el libreto se decanta por el tópico de la investigación personal, en la que un tercero, que representa al espectador anhelante por resolver el misterio de una biografía intrigante y excepcional, se adentra en la búsqueda azarosa de la verdad sobre el investigado, que se desvela paulatinamente por medio de entrevistas que arrojan una semblanza caleidoscópica, compleja y aun así todavía difusa o contradictoria, tal y como canonizaba Ciudadano Kane. La fórmula, pues, no es nueva, ni Dorota Kobiela y Hugh Welchman, en su doble función de directores y guionistas, intentan darle otra vuelta de tuerca, lo que provoca que esta constante intercalación de flashbacks componga un relato que termina por anquilosarse.

         Pero, en cualquier caso, cabe valorar Loving Vincent como una hermosa declaración de amor al arte, aspecto dentro del que cobra pleno sentido el consustancial formalismo de este filme-cuadro. Un concepto revolucionario para honrar la memoria de un revolucionario. Loving Vincent se erige entonces como una reivindicación de la persecución de la belleza como sentido de la existencia, como un elogio de la mirada diferente que se eleva sobre las limitaciones mediocridad y la convención; como una defensa de la frágil y vulnerable sensibilidad del genio visionario que descubre mundos completamente nuevos y sorprendentes.

Propósitos necesarios, loables y emocionantes frente a la pujanza del materialismo economicista como sistema regidor de la sociedad actual, y que consiguen hacer bueno el deseo de Van Gogh de que se perciba el sentimiento y la ternura de sus creaciones.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7.

Luis II de Baviera, el rey loco

19 Ago

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Año: 1973.

Director: Luchino Visconti.

Reparto: Helmut Berger, Romy Schneider, Trevor Howard, Silvana Mangano, Gert Fröbe, Umberto Orsini, Helmut Griem, Sonia Petrovna, John Moulder-Brown, Izabella Terezynska, Heinz Moog.

Tráiler

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          Siete años después de su estreno oficial y cuatro años más tarde de la muerte de su director, Luchino Visconti, llegaría a las salas la versión íntegra, tal y como había sido originalmente concebida por el cineasta milanés, de Luis II de Baviera, el rey loco, monumental semblanza de casi cuatro horas de duración y colofón de la trilogía germánica del realizador. Y no es este un metraje exagerado para adentrarse en una figura turbulenta y fascinante, soñadora e irresponsable, frágil y extravagante; controvertida hasta su misma muerte, ocurrida en circunstancias sin esclarecer. Un enigma para siempre.

          Luis II de Baviera, el rey loco arranca desde una promesa de esperanza, de esplendor del arte y la ciencia, y concluye en una noche oscura, tormentosa y funesta. Con la minuciosa y fastuosa ambientación histórica típica de su obra, Visconti expone la colisión entre la sensibilidad del idealista y la prosaica realidad con la que le grava la política de su cargo, a las que se suman las imposiciones de la convención social lanzados al acoso del diferente, del incomprendido -lo que abarca también uno de los elementos clave de su filmografía: la homosexualidad-.

El director arroja sobre los fotogramas una frustración histórica y amorosa que se va marcando en el rostro del protagonista, encarnado por Helmut Berger, quien asume sus circunstancias y sus demonios como si se tratase de una ópera romántica de su admirado Richard Wagner (aquí un Tervor Howard bien caracterizado). El montaje paralelo sella con un beso el anuncio de la desgracia.

          Enfundado en la armadura de Tristán, Luis II cabalga de la ilusión a la paranoia y la autodestrucción, incapaz de interpretar la realidad que le rodea, zarandeado por la amenaza de la locura congénita, de las ambiciones imperialistas de Prusia y Austria, de la ruina de su Estado, de las intrigas palaciegas. Entre testificaciones judiciales que ofrecen distintas versiones de su psicología, los planos se centran en los cristalinos ojos azules de Berger para manifestar su paso del deseo a la desorientación, apagándoles progresivamente entre capas de rugoso maquillaje. Frente a ello, se opone el escapismo de la fantasía épica, el disfrute culposo y enfangado de los placeres terrenales, aparente único privilegio de la libertad del rey.

Visconti muestra a Luis II y a su prima Isabel de Baviera -otro de los grandes nombres de la ficción trágica y romántica de la monarquía, para el que Romy Schneider retoma su papel más popular- como seres vulnerables, cruelmente encerrados en una jaula de oro.

          Un dios del Olimpo entre hombres mezquinos. En su espíritu anacrónico y su orgullo megalómano, la biografía colosal de Luis II recuerda en parte a la de Lawrence de Arabia, otro hombre en rebeldía contra todo y contra sí mismo. Pero el retrato de Visconti, aunque sabe capturar la pasión que desprende el halo del monarca bávaro, no es tan arrollador como el de David Lean, y su fulgor estético no exuda con tanta potencia su conflicto interno, sino que termina acumulando demasiado peso en su bagaje. El colorismo de los fotogramas, por momentos incontenido por el uso de la iluminación, le otorga incluso un toque kitsch casi más cercano al de los desaforados biopics que rodaba por entonces Ken RussellY, al contrario que Lean, Visconti se apoya menos en el contexto histórico del personaje -también complejo, tumultuoso y atractivo, pues se enmarca nada menos que en el proceso de unificación nacional de Alemania-, gracias al cual el inglés dotaba de dinamismo al drama íntimo de T.E. Lawrence.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6.

Master and Commander: Al otro lado del mundo

4 Ago

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Año: 2003.

Director: Peter Weir.

Reparto: Russell Crowe, Paul Bettany, Max Pirkis, James D’Arcy, Robert Pugh, David Threlfall, Lee Ingleby, Max Benitz, Bryan Dick, Chris Larkin, Billy Boyd.

Tráiler

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          La guerra en el mar parece gozar de un aura romántica de la que el combate en tierra firme carece. En ella no comparece el barro de la trinchera, el encontronazo desesperado entre batallones que se masacran entre sangre y mugre. Su lucha se libra en espacios abiertos e infinitos, bajo el limpio empuje de unos elementos que se tragan de inmediato a los que perecen, entre contingentes reducidos que parecen preservar códigos de honor y de reconocimiento mutuo desvanecidos sobre el campo de batalla terrestre, todo histeria y degradación -si acaso, cabría mencionar como excepción justas singulares como la que entablan los francotiradores de Enemigo a las puertas-.

Algo así reflejaban Michael Powell y Emeric Pressburger en La batalla del río de la Plata, un duelo donde sobrevivía una noción de caballerosidad entre combatientes a pesar de estar basada nada menos que en un episodio de la Segunda Guerra Mundial, el horror absoluto. Y algo de ello se percibe también en Master and Commander: Al otro lado del mundo, donde la persecución y huida recíproca entre la fragata británica Surprise y el buque de guerra francés Achelon, enfrentados por los avatares de las Guerras napoleónicas, deja a su paso evidentes paralelismos entre ambos contrincantes -“lucha como tú, Jack”- y cierta sensación de respeto recíproco, casi deportivo, dentro de una lid eterna.

          El filme se inspira en la serie de novelas históricas y náuticas de Patrick O’Brian protagonizadas por el capitán Jack ‘Lucky’ Aubrey y el naturalista y cirujano Stephen Maturin, aquí encarnados por Russell Crowe y Paul Bettany, respectivamente -quienes por cierto venían de triunfar como cabezas de cartel de la oscarizada Una mente maravillosa-. Master and Commander hace gala de abundante documentación para describir la vida cotidiana a bordo del navío con minucioso realismo, aunque insertándola asimismo como parte de la aventura. Esto se debe a que esta faceta a priori accesoria le sirve a Peter Weir para ir dibujando la personalidad, los vínculos y los rituales comunitarios que dan cuerpo a este colectivo en estrecha convivencia.

De este modo, dentro de la acción aventurera -la navegación y la contienda, quizás un tanto confusa en ocasiones-, la psicología de los personajes tampoco queda descuidada -los contrastes de la camaradería, la lealtad, la hostilidad y la volatilidad de la tripulación; el escepticismo racionalista de Maturin, intermediario del espectador para conocer los detalles de la jerga naval y ofrecer un punto de vista más moderno de la odisea; la complejidad de Aubrey, un hombre bajo la sombra del héroe Horatio Nelson, atado al deber con el Almirantazgo y sus hombres, al orgullo propio, a su leyenda afortunada, a la tentación de la hibris…-. Rasgos dramáticos que aportan madurez a la obra, en conclusión.

          No obstante, el verismo de la realización de Weir se combina con elementos propios del fantástico y el terror para crear suspense, en concordancia con el sobrenombre de “fantasma” que recibe el barco enemigo, el cual emerge de improviso desde las profundidades de un banco de niebla o aparece al acecho empleando el punto de vista subjetivo.

El conjunto se completa además con una reconstrucción histórica sobre un tiempo en el que el descubrimiento de la maravilla -el trabajo como biólogo de Maturin, con manifiestos ecos darwinianos; los avances técnicos, aunque sean de aplicación bélica- están aún en conflicto con pulsiones arcaicas -las supersticiones marineras, la defensa del autoritarismo como garantía del orden social-, lo que configura un doble escenario de lucha: el marcial y el científico.

          El resultado es una película muy equilibrada, de agradecido sentido aventurero, fundada sobre principios adultos y elaborados; estimulante en su ambientación y aderezada con detalles reflexivos de interés.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8.

Moby Dick

7 Jul

John Huston se sumerge en las lecturas simbólicas y trascendentales de la novela monumental de Herman Melville para reducirla y concentrarla en un atronador largometraje acerca del enfrentamiento entre el individuo y los poderes superiores a él -Dios, la naturaleza, la consciencia de la muerte inexorable-. Acerca de la moral, el pecado, la obsesión, la venganza irracional. Moby Dick resopla en la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

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Zatoichi

28 Abr

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Año: 2003.

Director: Takeshi Kitano.

Reparto: Takeshi Kitano, Tadanobu Asano, Yuuko Daike, Daigoro Tachibana, Michiyo Okusu, Guadalcanal Taka, Yui Natsukawa, Ittoku Kishibe, Saburô Ishikura, Akira Emoto, Ben Hiura.

Tráiler

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            Dentro de esa exótica hibridación entre el jidaigeki japonés, el western estadounidense y el spaghetti western mediterráneo, explícito en películas como Los siete samuráis, Los siete magníficos, Yojimbo (El mercenario) o Por un puñado de dólares, el masajista y espadachín ciego Zatoichi vendría a encarnar el arquetipo del justiciero errante que desface entuertos allí por donde para. Un personaje fértil -protagonizó una saga de 26 películas y un centenar de episodios de televisión hasta 1989-, al que Takeshi Kitano ya había parodiado en Getting Any? debido a su popularidad en el país asiático, y del que se iba a apropiar en esta Zatoichi, remozando el modelo con su propia personalidad incluso a pesar de que la idea de recuperarlo para el cine había procedido de terceros. Casi por encargo, por así decirlo.

            Entonces, Zatoichi aparece en pantalla con el cabello rubio platino pero con sus habilidades de esgrima intactas, con las que se enfrenta a una piara de villanos cobardes y sin honor. Es una visión irreverente, acorde al sentir de Kitano, a quien su pesaroso e irredimible fatalismo le convierte en un ironizador ácido y peligroso.

Pero también, siguiendo esta sensibilidad característica del cineasta, es una visión un tanto melancólica, marcada por las cicatrices del pasado, la conciencia de la muerte omnipresente y la preparación de un duelo entre iguales, entre marginales anacrónicos que, como los siete guerreros heroicos y trágicos de Akira Kurosawa, ya no tienen cabida en la sociedad, toda vez que esta última misión a la que se enfrentan desprende ya palpitaciones terminales.

            De esta confluencia -análoga a la encrucijada de caminos y de violencias donde convergen Zatoichi, un ronin en busca del honor perdido y dos geishas que pretenden regenerarse desde la venganza-, nace una obra poética -la sangre indisimuladamente digital que se transforma en pinceladas artísticas- y patética -las incursiones humorísticas cercanas al slapstick, sintetizadas en la imagen que cierra el metraje-. Una obra que narra de forma similar la acción sangrienta y el humor cándido -el típico juego estático de Kitano con una imagen inicial de causa y otra final de consecuencia, frecuentemente elidiendo la transición entre ambas-. Una obra musical de repeticiones rítmicas entre recuerdos pretéritos y acciones presentes, entre evocaciones y reacciones. De ahí la participación de unos labriegos que parecen marcar con sus movimientos y herramientas el ritmo de la vida, que sigue fluyendo una vez concluya la trama -el festivo, chocante y encantador número de baile-.

            Recuperando de nuevo la conexión a través de las culturas, Zatoichi también tendrá un par de versiones foráneas: la italiana El justiciero ciego (Blindman) y la americana Furia ciega, amén de otros homenajes como el que aparece en la reciente Rogue One: Una historia de Star Wars.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8.

En el corazón del mar

7 Abr

En el corazón del mar

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Año: 2015.

Director: Ron Howard.

Reparto: Chris Hemsworth, Benjamin Walker, Cillian Murphy, Tom Holland, Brendan Gleeson, Ben Whishaw, Michelle Farley, Frank Dillane, Osy Ikhile, Gary Beadle, Joseph Mawle, Paul Anderson, Charlotte Riley.

Tráiler

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            No deja de resultar paradójico el planteamiento de En el corazón del mar, que parece aspirar a encontrar la realidad detrás de la historia concebida en Moby Dick -relato fundamental de la literatura estadounidense y universal-, pero al mismo tiempo termina por entregarse a lecturas alegóricas y trascendentales semejantes a las de una novela ubérrima en interpretaciones morales y merafísicas.

            La traducción del mito literario a realidad factual -bastante similar esas innecesarias precuelas que buscan la recomposición psicológica de personajes populares concebidos prácticamente desde la abstracción-, se orienta en En el corazón del mar hacia la exposición de un mensaje de actualidad -la superposición del beneficio económico sobre cualquier otra consideración, la rebeldía que supone regresar a valores humanísticos y ecológicos-, en el que el elemento precipitador es, de nuevo, una ballena de proporciones y comportamiento sobrenaturales -el acecho sigiloso como un monstruo de cine de terror, su contacto sensorial y casi místico con el protagonista, su identificación con la tormenta como instrumentos de la voluntad, las admoniciones y las enseñanzas de fuerzas superiores al hombre-.

            Aunque narrada con pulso solvente -a pesar de decisiones estéticas cuestionables en algunos primerísimos planos de fotografía demasiado digital o con exceso de añadidos veristas- esta situación deja al filme navegando entre dos aguas y sin terminar de adentrarse en ninguna de ellas, puesto que ni es una película de aventuras marinas y supervivencia particularmente vibrante -le falta fisicidad, sensación de sufrimiento entre tanto trabajo de ordenador- ni su faceta reflexiva y/o espiritual posee demasiado calado -también con tópicos del género como el duelo en cubierta entre personalidades antagónicas-.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6.

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