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El autoestopista

13 Abr

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Año: 1953.

Directora: Ida Lupino.

Reparto: Edmond O’Brien, Frank Lovejoy, William Talman.

Filme

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          Pocos centenarios más oportunos que el del nacimiento de Ida Lupino para un Hollywood contemporáneo que vive un periodo de gran reivindicación feminista. Ya con una notable trayectoria como actriz, en la que había pagado con suspensiones de sueldo sus negativas a abordar determinados papeles que no le interesaban, Lupino comenzó a labrar su carrera como guionista y directora en el cambio de década de los cuarenta y los cincuenta, una etapa particularmente reaccionaria en la historia de los Estados Unidos. En 1949, la enfermedad de Elmer Clifton durante el rodaje de Not Wantedpelícula que ella coproducía y de la que era autora del guion- le había permitido debutar, sin acreditación, como realizadora, hecho que le descubrió un anhelo inopinado. Para materializarlo, fue imprescindible obtener la necesaria autonomía frente a las majors, lo que consiguió fundando su propia productora junto a su marido.

Esta ambición quedaría oficialmente saldada antes de acabar el año con Never Fear. Solo firmaría otros cuatro largometrajes tras las cámaras, puesto que, con la única excepción de la cinta de encargo Ángeles rebeldes, a partir de 1953, y sobre todo con el cierre de su productora, su obra quedará constreñida a los platós de televisión, un territorio que, merced a sus menor valoración artística, era tradicionalmente favorable a acoger a creadores marginados por distintas circunstancias, algunas de ellas de índole política o social.

El autoestopista es una de las películas más conocidas de su filmografía, y coincide con que es su principal inmersión cinematográfica como realizadora en un territorio considerado a priori masculino como es el cine negro, en el que se convierte por tanto en pionera.

          De nuevo también a las riendas del libreto, la producción se inspiraba en el caso criminal de Billy Cook, un forajido que, tras acabar con la vida de cinco personas, secuestró y obligó a dos cazadores que lo habían recogido en la carretera a que lo llevaran a México en coche. Cook sería ejecutado pocos meses antes del estreno del filme.

Esta historia mínima le serviría a Lupino para desarrollar un ejercicio de serie B reconcentrada, en la que la caracterización del villano permite dotarle incluso de atributos fantásticos y abstractos, que superan algunas dificultades originadas por la historia real como que, desde luego, el recorrido del prófugo sería más fácil de acabar con la vida de sus dos compañeros. Explosivo, paranoico y a ratos chocantemente indeciso, su composición es extraña, para bien y para mal. Imprevisible. Con un ojo permanentemente entrecerrado, el malvado se encuentra en constante vigilia, en un acecho incesante sobre sus víctimas, que al igual que su antagonista poseen detalles insólitos, pues se les refleja vulnerables, frágiles. Muy distantes del paradigma del hombre heroico que somete al enemigo por su coraje y la fuerza de su determinación.

          Uno de los secuestrados está encarnado por Edmond O’Brien. Y, como le ocurrió cuatro años atrás en Con las horas contadas, su personaje afronta una carrera contrarreloj contra una muerte cierta, que en este caso le aguarda al término de un puerto mexicano, al final de la escapada del malhechor que lo encañona. La consciencia de que la amenaza fatal posee una fecha determinada permite a Lupino trazar un recorrido de tensión creciente, en el que la acción contra el mal se percibe inevitablemente impotente hasta este desenlace climático cada vez más próximo.

La británica inscribe la carrera en escenarios pelados e inhóspitos, que caen a plomo sobre los automovilistas y su polizón. El tradicional decorado que asoma ficticio por la luna trasera del vehículo ni siquiera es estable, pues se bambolea y desaparece al ritmo de los vaivenes del miserable camino surcaliforniano para estimular esta sensación atosigante. Así, a medida que se aprieta la convivencia, Lupino mantiene el ritmo de la narración, con un pulso sostenido en unos agradecidos 70 minutos.

          “Me encantaría ver a más mujeres trabajando como directoras y productoras. Es casi imposible a menos que una sea una actriz o una guionista con poder… Yo no dudaría en contratar de inmediato a una mujer con talento si el tema fuese el adecuado”, declararía Lupino en una entrevista en los años setenta.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

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La escapada

10 May

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Año: 1962.

Director: Dino Risi.

Reparto: Vittorio Gassman, Jean-Louis Trintignant, Catherine Spaak, Luciana Angiolillo.

Tráiler

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          El milagro económico italiano, exultante llegando a la década de los sesenta después de las penurias y las contriciones de posguerra, conduce a toda máquina un Lancia Aurelia B24 Spider, materialización del progreso industrial, tecnológico, energético y pecuniario del país. De copiloto viaja un ciudadano común de clase media, concienciado con sus deberes y con su responsabilidad social, aunque distanciado por igual de los nuevos ricos y del proletariado rural. Y, en un plano personal, a causa de este mismo sentido de la obligación y la necesidad, cohibido para la satisfacción de sus deseos más hedonistas y primarios.

        Dos años antes, La dolce vita empleaba ya el esquema de la odisea para descubrir y desnudar la sociedad italiana de su tiempo. En La escapada, Bruno (Vittorio Gassman) y Roberto (Jean-Louis Trintignant) se embarcan en una road movie que nace inesperadamente del vacío mágico de la Roma en Ferragosto para recorrer, con tono costumbrista y al son de los éxitos musicales del momento, el paisaje urbano y humano de una región en pleno éxodo vacacional.

        Aunque Bruno se mantiene un tanto más estereotipado, más adherido a sus funciones alegóricas, Dino Risi, que se había formado como psicólogo, consigue construir, plasmar y transmitir con gran credibilidad y potencia la naturaleza de Roberto y las emociones que atraviesa a lo largo del itinerario por las carreteras, los pueblos y los encuentros del país. Ahí aparece su incomodidad ante la presencia invasiva de su compañero de aventuras y el autocuestionamiento no solo por el modelo de triunfo social que supone este -que, irredimiblemente frívolo, se lanza y agarra cuanto se le antoja para dar cumplida cuenta de sus apetencias-, sino por las limitaciones y contradicciones que descubre en su propio carácter, a priori marcado por la responsabilidad y sobre todo la timidez. También su paulatina liberación desde las restricciones y el recelo inicial hasta el ulterior optimismo esperanzado con las vitalistas posibilidades que le ofrece el viaje.

Para aquellos que como Bruno “se pasen por ahí” los frescos históricos y sociales italianos, quizás de ese estudio de caracteres, cuya apreciación es más universal, provenga la resistencia en el tiempo de un filme de tan marcado contenido localista.

        La tragicómica convivencia -o podría decirse duelo- entre estos dos personajes antagónicos destila sentimientos enfrentados en el aspecto psicológico y, especialmente, en el idiosincrásico. El rechazo, la conexión, la prepotencia, la ternura, el descontrol, el gozo, el oportunismo, la conciencia, el machismo, el compromiso, la realización, la destrucción.

Con ello, Risi cuestiona tanto las aparentes bonanzas de la liberación económica y moral de este periodo de recién conquistada opulencia, como las pequeñas represiones internas que coartan el disfrute de la existencia de una forma de ser en exceso reconcentrada. Ambos, reflejos de una misma identidad nacional que avanza a velocidad irreflexiva, acometiendo ese ‘sorpasso’ histórico y automovilístico al que alude el título original, hacia un destino igualmente simbólico.

        La escapada se convertiría en un hito cultural de Italia.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 7,5.

El sabor de las cerezas

24 Abr

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Año: 1997.

Director: Abbas Kiarostami.

Reparto: Homayoun ErshadiAbdolrahman BagheriMir Hossein NooriSafar Ali Moradi.

Filme

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           El sabor de las cerezas es una road movie. Es una road movie que da vueltas y vueltas en círculos al igual que el señor Badii, que es quien conduce. Da vueltas y vueltas sobre la idea que monopoliza su pensamiento: hallar a una persona que acepte enterrarle tras el suicidio que pretende cometer en un agujero excavado bajo el único árbol que sobrevive en un extrarradio de Teherán.

           Con ecos bergmanianos en el concepto del viaje de autoanálisis rumbo a una muerte cierta, El sabor de las cerezas es un filme de fuerte contenido simbólico y alegórico en el que el protagonista atraviesa tres etapas o, mejor dicho, experimenta tres encuentros: con un joven soldado originario del Kurdistán iraní, con un seminarista inmigrado de Afganistán y con un anciano taxidermista. Cada uno de estos episodios expone una vertiente de las relaciones con la sociedad e incluso de la existencia de este personaje encargado de encarnar a un individuo común, tan abstracto que ni siquiera se conocen los motivos tras su decisión de quitarse la vida.

No significa esto que se produzca un diálogo, puesto que no existirá un intercambio de ideas entre los interlocutores en el sentido de que uno influya o consiga penetrar en la mente del otro, mientras que los actores ni siquiera compartirán encuadre en ningún momento, distanciados por el juego de plano y contraplano que establece Abbas Kiarostami. De este modo, en su enfrentamiento contra estos tres personajes también de alta carga simbólica, el señor Badii no halla consuelo ni en las dulces memorias de juventud, ni en la prédica espiritual de una religión de interpretación monolítica que no ofrece respuestas a las inquietudes terrenales, ni, al parecer, en la empatía que le ofrece el anciano en su hondo conocimiento humanístico, procedente de haber calzado las mismas sandalias que su prójimo y de comprender su dolor.

           No obstante, este último careo ofrece elementos de diferenciación desde la irrupción del mismo, puesto que es el único cortado por una elipsis, elemento gramatical infrecuente en una película de extensas tomas, ajustadas a la vivencia si rebajar del protagonista, lo que permite hasta la intrusión del sonido ambiente por encima de sus palabras. Además, tarda en aparecer un rostro que otorgue corporeidad al taxidermista, que invade el automóvil solo con su relato vitalista, de gran hermosura y capacidad inspiradora, como parecen mostrar asimismo las imágenes con el adentramiento del recorrido en un pequeño valle donde por fin se percibe vida, con árboles frondosos, agua y el trino de los pájaros. Un escenario contrapuesto por tanto al paisaje deshumanizado y feísta que hasta entonces habían compuesto los vertederos, casas derruidas, industrias polvorientas y laderas áridas de un suburbio cuyo centro está enclavado en un hoyo abandonado de la mano de Dios, sobrevolado por los cuervos y rodeado por los gañidos lastimeros de los perros callejeros.

           Me da la impresión de que el ascetismo del estilo cinematográfico empleado por Kiarostami -planos de largo minutaje, conversaciones pausadas, ritmo moroso-, identificado con una grave y sustanciosa solemnidad -a pesar de la comparecencia de algún detalle de ironía, caso del amago de accidente y de, quizás, una desconcertante coda que intuyo orientada a relativizar o poner distancia con la trascendencia de la decisión final del señor Badii-, contribuye a que se sobrevalore la complejidad del discurso que entraña El sabor de las cerezas.

Sea como fuere, convenció al jurado del festival de Cannes, que la consideró merecedora de la Palma de oro exaequo con La anguila.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6,5.

Noche en la Tierra

3 Mar

Jim Jarmusch entraba en la década de los noventa como había dejado la de los ochenta: con una película fragmentaria y capitular que, en este caso, dibuja la realidad del urbanita contemporáneo a través de nexos en común que encuentran su lugar común en la noche y en la cabina de un taxi. Noche en la Tierra, cuarta toma de Jim Jarmusch para Ultramundo.

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Fuga sin fin

20 Ene

“Al final, el mundo viejo sucumbe a la vitalidad del mundo nuevo, como debe ser.”

Omero Antonutti

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Fuga sin fin

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Fuga sin fin

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Año: 1971.

Director: Richard Fleischer.

Reparto: George C. Scott, Tony Musante, Trish van Devere, Colleen Dewhurst, Aldo Sambrell.

Tráiler

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           En realidad, tampoco importan demasiado las (escasas) variables argumentales que posee ese subgénero de criminales rocosos, honestos y sobre todo crepusculares que, desde el fin cierto de sus días, se abocan a tumba abierta a la última de sus correrías. Es una vertiente firmemente pautada, con unos códigos y una liturgia muy delimitada que condiciona de manera inexorable un relato que por lo general se fundamenta en la combinación, en distintos grados, de fatalismo y tempus fugit.

Y aun así, a pesar de esta reconocible previsibilidad, es éste uno de los rincones del cine que un servidor disfruta con mayor fruición. El porqué, probablemente, se encuentre así en la potencia del lirismo elegíaco que se logre imprimir en los fotogramas, la melancolía exudada por el antihéroe agotado y por el combate entre su escepticismo de superviviente y la postrera llama de furia o pasión que, de improviso, le devuelve a la contorsionada dimensión de los vivos.

           De título evocador, Fuga sin fin es una nueva revisión de este universo terminal, puro melodrama masculino que bien vale tanto para el western –al fin y al cabo también raíz de la estructura de road movie que posee la presente cinta- como para el noir. Asimismo, su protagonista es un conductor especializado, el más zen de los delincuentes marginales, condenados a cobrarse en B el sueño americano vetado para la mayoría de nosotros -y sí, la vigencia de su mística atraviesa las décadas para encontrarse recientemente en Drive, reflejo en charcos nocturnos y neón de precedentes casi homónimos como Driver-. Como le iluminará la jovencita en el asiento de copiloto, más vale escapar constantemente de la autoridad y de los gánsteres que languidecer a lo largo de otra penosa huida: a la que someten los poderes establecidos –el banco, las facturas, el trabajo, el consumismo- al individuo común.

Si no hay nada que perder, por qué no intentarlo todo una última vez, por más que se marche a combatir contra espejismos improbables –la forma en la que entrega el dinero a su confidente, en la que quema la foto y acomete sus rituales de preparación-.

           El filme conjuga con acierto la elocuente dirección de un artesano dotado como Richard Fleischer –sustituto de John Huston, que abandonó el proyecto por diferencias artísticas con George C. Scott-, una cuidada factura estética –fotografía de Sven Nykvist, banda sonora de Jerry Goldsmithy un guion dueño de una notable ración de frases afiladas y expresivas; todo ello condensado en el rostro de Scott, que aúna en sus hombros el vigor de su pasado criminal y, en sus arrugas, la decepción de un matrimonio hundido y el desgarro de un hijo enterrado.

Aquí, la sempiterna oportunidad de redención para este hombre retirado en el apacible Algarve portugués, lugar donde no pertenece por mucho que lo intente, proviene precisamente de la oportunidad de cerrar estas heridas a partir de un tardío regreso al trabajo –transportar a un preso fugado desde el sur de España hasta la frontera francesa- y de las vicisitudes derivadas de la misión –la inmadurez de este joven que sueña con los grandes gánsteres de los años treinta; el atractivo de la mujer que lo acompaña-.

           De esta forma, la inmersión en la agonía espiritual del conductor, su dignidad inquebrantable y los fulgores de esta resurrección insospechada, concitan el interés de una propuesta donde Scott se halla bien acompañado de Tony Musante y de Trish van Devere, una atípica femme fatale que agrega a su encanto físico una profunda comprensión de la psicología humana. Para el temperamental actor, que accedió a interpretar el papel principal porque le recordaba a las viejas películas de Humphrey Bogart, el proyecto supondrá el salto entre su matrimonio con Colleen Dewhurst –que encarna aquí a la prostituta de buen corazón, el amor melancólico entre desclasados e iguales- y Van Devere, con quien luego compartirá reparto en unas cuantas películas, como El día del delfín, The Savage is Loose o Al final de la escalera

           El vibrante existencialismo de Fuga sin fin, encadenado al rumor del motor de un BMW 506 convertible de 1957, palpita en verbos e imágenes y se funde con el desencanto característico del thriller de los setenta, sin caer además en las tentaciones espurias de una ambientación extranjera caricaturesca –con bastante elegancia dentro de lo exigible, tratándose de territorio ibérico-.

Sobria y doliente, concisa y estilizada a su modo, Fuga sin fin es un pedazo de cine jugoso y con personalidad, disfrutable sin reparo alguno.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7,5.

El desconocido

11 Oct

“…y ya de paso entro en cuatro oficinas de cuatro multinacionales que yo me sé y, eh, sin especular ¿eh? No quedaría nadie vivo. Y después secuestro al presidentazo de un bancazo de estos y… me-me-me cagaría en la puta. Hacerle sufrir. Torturarle. Y luego, sacar la recortada y… ¡pum! ¡Por fin! ¡Libre! ¡Desnudo! Y toda la gente ahí ‘aaaay… Está loco, pero es encantador. Le queremos’.”

Albert (Murieron por encima de sus posibilidades)

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El desconocido

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El desconocido

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Año: 2015.

Director: Dani de la Torre.

Reparto: Luis Tosar, Javier Gutiérrez, Paula del Río, Marco Sanz, Elvira Mínguez, Fernando Cayo, Goya Toledo, Antonio Mourelos, Ricardo de Barreiro, María Mera, Luis Zahera.

Tráiler

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            La violencia en los tiempos de las preferentes y del cénit kafkiano del terrorismo institucional-corporativo contra el individuo desamparado, al que se le puede despojar de un plumazo de ahorros, vivienda, trabajo y dignidad para, además, alentarle luego con pitorreo con un par de eslóganes de pensamiento positivo para que los clave en su muro de Facebook. Trabaje precariamente, que conocerá mundo. Emprenda, que experimentará la adrenalina de la aventura económica en la ruleta del turbocapitalismo.

            Dentro de una obra cómicamente subversiva como Relatos salvajes -tan argentina como universal-, el episodio Las ratas –prolongado asimismo por el mítico Bombita– arrojaba contra la cara del espectador alelado a una lúcida heroína con moral de western que sabía cuál era la única manera de atajar de raíz el insoportable e incesante atropello. En un mundo de villanos, es deber del ciudadano responder con idéntica violencia contra los desmanes del poder, erigido en mafia con sonrisa de ortodoncia, educación de colegio privado, traje diplomático y gomina de hormigón.

El protagonista de El desconocido (Luis Tosar) es víctima y, a su vez, es verdugo –dentro de esa difusa ambivalencia en la que se dirimen los asuntos morales de esta sociedad absolutamente desorientada cuando los valores no son cuantificables, ni se someten a balances de cuentas-. Tan víctima, decíamos, como el viejo Ebenezer Scrooge cuando es asustado por los fantasmas de las navidades pasadas. Tan verdugo como él, quintaesencia del potentado capitalista de la Revolución industrial. Y, por el contrario, su antagonista en el filme es verdugo y, expuesto con la debida empatía, o con otro punto de vista del libreto –acaso semejante al del de Murieron por encima de sus posibilidades-, podría haber sido el héroe que quizás merezca esta Gotham contemporánea y cotidiana de fuera de los fotogramas.

            El desconocido es un ejercicio de acción con coartada social en el cual un frío vendedor de derivados tóxicos se adentra con su coche, acompañado de sus hijos, en un cuento moral narrado desde un teléfono móvil por una voz que le reclama, en compensación por sus fechorías, el pago íntegro de sus ahorros familiares. El discurso social confluye –por desgracia diluido- con una estructura popular en la que resulta imposible no citar Speed: Máxima potencia, clásico noventero del género, o incluso otras cintas de escenario prácticamente fijo y negociación intensa como Última llamada o Buried (Enterrado).

            En contraposición al solvente pulso que demuestra el monfortino Dani de la Torre en su debut en el largometraje –a pesar del abuso de los movimientos de cámara, casi contraproducentes en su pretensión de imprimir tensión a las imágenes-, el guion, cargado con algún que otro tópico insustancial –la crisis familiar- y una buena ración de lugares comunes, no resulta tan potente en la explotación de esta valiosa idea crítica que conduce a la moraleja final, cuyo jugo deja la sensación de quedar desaprovechado.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6.

Mad Max: Furia en la carretera

27 May

“¡Max, estás hecho una pena!”, le cantaba Siniestro Total. Después de treinta años perdido entre las arenas posatómicas, Mad Max vuelve más loco que nunca para sembrar Furia en la carretera. Y arranca motores en Ultramundo: ¡Sed testigos!

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