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Sed de mal

31 Ago

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Año: 1958.

Director: Orson Welles.

Reparto: Charlton Heston, Orson Welles, Janet LeighMarlene DietrichJoseph Calleia, Akim Tamiroff, Valentín de Vargas, Ray Collins, Mort Mills, Dennis Weaver, Mercedes McCambridge, Joseph Cotten, Zsa Zsa Gabor.

Tráiler

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         En su exégesis del género, Paul Schraeder la consideraba el epitafio del cine negro. Orson Welles ya había transitado las turbias sombras del noir en cintas como El extraño, La dama de Shanghai e incluso Mister Arkadin, pero en Sed de mal llevará sus tinieblas heredadas del expresionismo alemán a su punto álgido, entorno adecuado para convocar la pesadilla febril que embarga el imperio de Hank Quinlan, la destrucción definitiva del detective policial.

Un lugar fantasmagórico situado entre dos mundos, la noche que todo lo envuelve, la sórdida amenaza que acosa y se esconde en los rincones de la carcasa urbana, la babélica confusión de lenguas y jerarquías, la muerte que se manifiesta entre luces apenas palpitantes… Un microuniverso inestable que se captura desde unos contrapicados más salvajes que nunca, desde unos planos que no consiguen mantener la verticalidad, desde una profundidad de campo que se exagera hasta deformar la escena, al igual que ocurre con los sofocantes primerísimos planos de los rostros. La frontera como espacio físico que se traslada a una dimensión moral donde todo se emborrona.

         Enorme, cojitranco, mal afeitado y sudoroso, Quinlan asegura ser capaz de presentir el mal en la misma médula de huesos, quizás producto de la desgarrada cicatriz que marca su fuero interno desde sus inicios en el servicio. Si el arquetipo cinematográfico del agente de la ley había ido corrompiéndose tímidamente bajo el influjo de unos tiempos extremadamente confusos, en Sed de mal esta concepción se encuentra ya por completo degradada, tal y como anticipa la grotesca caracterización de Welles, contrapuesta a la finura de galán de Heston en su papel de Vargas, al que ni siquiera se molestará en otorgar acento mexicano. Su moreno postizo, supondrá, ya es suficiente definición. Su principal aportación al filme, y hasta al séptimo arte, fue la de haber conseguido que Welles, prófugo de Hollywood, se pusiera tras las cámaras, reconocerá posteriormente la estrella.

         Sed de mal arranca con un célebre plano secuencia que se ancla al enmarañado ir y venir de personajes y peligros. Y parece mantener una estructura narrativa semejante a lo largo del filme a uno y otro lado de la frontera, tras los pasos de Miguel Vargas, comisario mexicano contra el narcotráfico que se entrecruza con la gargantuesca figura de Quinlan en una encrucijada de casos criminales contra los que este arremete desde la pulsión irracional de su instinto, paseándose por los escenarios como un coloso tiránico, con rencoroso desprecio hacia todo y hacia todos. En ocasiones, Welles parece dibujarlo casi como una deidad crepuscular de tiempos remotos, perdidos.

El desconcierto de la trama -que los productores tratarían de enmendar con un montaje a traición que no sería parcialmente reparado hasta décadas más tarde- se empareja con la ambigüedad moral que inunda las vías que conducen a su resolución. Esta percepción visceral de Quinlan, perturbada además por el alcohol y la desesperación, es la que sumerge la obra en un estado de alucinación donde la tensión dramática se eleva hasta alturas shakespearianas.

Pero dentro de esta espiral de pesadilla es posible toparse asimismo con un oasis íntimo entre las paredes de un garito decadente que regenta otra figura semilegendaria, imantada esta por el gesto de Marlene Dietrich. Ahí, la intensidad emocional se invoca apenas con un intercambio de miradas brumosas, con sentencias punzantes que desnudan la naturaleza de los personajes y el fatalismo al que atienden sus acciones. Es donde sale a flote la humanidad de Quinlan. Hay patetismo en el delirio, como demuestran las extrañas criaturas que pululan por el relato y puede que también la paradójicamente festiva partitura de Henry Mancini -que ya no tendrá espacio alguno en un desenlace que se libra en solemne y trágico silencio-; también destellos de ternura y de compasión.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 9.

Los siete magníficos

18 Jul

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Año: 1960.

Director: John Sturges.

Reparto: Yul Brynner, Steve McQueen, Horst Buchholz, Charles Bronson, James Coburn, Eli Wallach, Robert Vaughn, Brad Dexter, Vladimir Sokoloff, Rosenda Monteros, Jorge Martínez de Hoyos, Pepe Hern, John A. Alonzo, Rico Alaniz.

Tráiler

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          Las mitologías tienen unidades universales, invariables a través de las formulaciones de las distintas culturas. El ronin honorable japonés, antiguo samurai condenado a permanecer en los márgenes de la sociedad en la que hace justicia, conecta directamente con el arquetipo del forastero errante del western. Los siete magníficos es la simbiosis natural de un mito muñido en un todavía más lejano Oeste. En la década de los sesenta, el género, cada vez más desviado del clasicismo, enjugaba por entonces su evolución a través de relatos de duelos librados en las interioridades psicológicas del protagonista, de crónicas que cuestionaban la celebración histórica oficial de la conquista, de aproximaciones a un realismo sucio desmitificador, de elegías de redención crepuscular. También incorporará elementos procedentes de más allá de la frontera, a medio caballo entre el homenaje y la parodia, a raíz del éxito de la Trilogía del dólar de Sergio Leone, la cual se abría precisamente con Por un puñado de dólares, que Akira Kurosawa denunciará como un plagio de su Yojimbo (El mercenario) que, por su parte, reproducía un esquema muy similar al de Cosecha roja, referente de la literatura noir.

          Heredera de Los siete samuráis -una de las más grandes obras del séptimo arte-, Los siete magníficos entronca con esa citada noción del fin de una era, la cual estaba ya firmemente presente en la cinta de Kurosawa. En el lirismo agónico de unos hombres que arrastran consigo el peso de su pasado hasta que, conscientes de que se les ha agotado el futuro, deciden inmolarse cometiendo un acto ético; la reprobación última del perpetuo cinismo con el que han tenido que vivir su existencia de pistoleros. En un mundo en cambio -y no necesariamente a mejor-, es la conquista suicida y postrera de un botín estrictamente moral, análoga a las que estallan en los fotogramas de otros hitos del periodo como Los profesionales y Grupo salvaje.

          Los siete magníficos consigue tener personalidad y carisma propio. Tal es así que, si bien no fue un gran éxito de taquilla en los Estados Unidos, contará con numerosas secuelas e imitaciones. No es parco logro, dado el colosal antecedente que le precede. El reparto, sin duda, es una gran baza para ello, rebosante de virilidad y presencia: Yul Brynner, Steve McQueen, James Coburn, Charles Bronson, Eli Wallach… incluso a pesar de la célebre disputa que tuvieron los dos primeros durante el rodaje. El argumento incorpora ligeras modificaciones -la fusión de dos personajes en el joven arrogante que encarna Horst Buchholz, la variación de la estructura del asedio para evitar unas repeticiones que, todo sea dicho, no pesaban en la original- y mantiene la fuerza de su reflexión acerca de las vertientes del valor y de la cobardía, del orgullo y del miedo, de la humanidad y de la civilización.

Al mismo tiempo, Los siete magníficos observa la leyenda del género, juega con ella y la admira, pero también la expone a sus dudas, explora sus dobleces y debilidades. La mezcolanza entre la epopeya enardecedora y el fatalismo amargo está conjugada con sentido dramático y poético, lo que dota de claroscuros y profundidad a la épica intrínseca del relato.

          Una dignísima apropiación. Valga decir que, en esta ocasión, Kurosawa quedaría tan complacido que, en reconocimiento del trabajo realizado, le regalaría una catana ceremonial a Sturges.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

Sicario: El día del soldado

3 Jul

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Año: 2018.

Director: Stefano Sollima.

Reparto: Benicio del Toro, Josh Brolin, Isabela Moner, Elijah Rodriguez, Jeffrey Donovan, Catherine Keener, Matthew Modine, Daniel Castañeda, Manuel García-Rulfo, Bruno Bichir, Shea Whigham, Raoul Max Trujillo.

Tráiler

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         Sicario ya planteaba un relato moral en el que la buena agente se ponía a prueba -y solo para quedar reducida a la impotencia- a la guerra sucia, de mierda y sangre, contra los cárteles de la droga mexicanos. Si de aquel relato se derivaban ciertas conclusiones ambiguas, en esta Sicario: El día del soldado los claroscuros se volatilizan, hasta el punto de que el especialista/mercenario amoral termina por ser el encargado no solo de cumplir con la necesidad de eliminar por lo civil o lo criminal el mal que acecha en el horizonte, sino de restaurar igualmente un sistema contaminado de elementos inmorales. El antihéroe heroico.

Taylor Sheridan, guionista y director que muestra querencia por las reminiscencias del Oeste, y que acaba de estrenar precisamente una visión épica de la guerra contra el terror, 12 valientes, enfrenta a su grupo salvaje contra una hidra maléfica a las puertas de la nación, la cual cuenta incluso con miríadas de células dudosas en su interior, capaces de convertirse en muyahidines, integrarse en cruentas organizaciones mafiosas, sobornar a individuos vulnerables o, como poco, escandalizarse por actuaciones controvertidas fuera del territorio estatal. Asimismo, intenta trazar un drama de redención dotado de esos aromas westernianos, merced a su pistolero errante que se encuentra con la inocencia salvadora de una niña a la que, no obstante, hacen hablar y actuar como si tuviera 30 años. Este cliché, unido a lo anteriormente aludido, elimina finalmente unas asperezas que le hubieran sentado bien a la narración.

         Volviendo a Sicario, sobrevolaban sobre ella ecos además de La noche más oscura (Zero Dark Thirty), los cuales, en la presente, parecen materializarse en la presencia de ese factor terrorista, introducido un tanto alegremente por un guion, probablemente inspirado en las acusaciones vertidas por la DEA y el secretario de Estado estadounidense, Rex Tilleson, que conectan con las políticas migratorias propugnadas por la Administración Trump. En conjunto, el libreto adolece de una evidente ración de detalles de lógica cuestionable, no solo la teoría del incremento del control de la frontera como ventaja empresarial perseguida por los cárteles; también de las decisiones de los personajes de distinto escalafón de poder que empujan al relato hacia la catársis -aparte de algunas presentaciones de personajes poco inspiradas y un todavía más chusco epílogo-. En cualquier caso, Sicario: El día del soldado se mantiene como un thriller de frontera contra el narco, un leviatán que todo lo domina, explícita o subrepticiamente.

         La secuela mantiene el pulso férreo de su antecesora, con unas imágenes aceradas en las que, incluso, el italiano Stefano Sollima busca la coherencia estética con el canadiense Denis Villeneuve heredando ciertos recursos formales -el uso de los cenitales o del montaje, por ejemplo-, bañados en una fotografía sombría y nocturna, y alimentados por una banda sonora de resonancias y vibraciones al estilo de la que compusiera el finado Jóhann Jóhannsson -de hecho, queda a cargo de ella su colaboradora Hildur Guðnadóttir-. Benicio del Toro y Josh Brolin aportan una rotunda presencia desde el reparto, acorde a la satisfactoria tensión, la contundencia y la credibilidad con la que se plasma la acción y la violencia.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6.

Coco

11 Jun

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Año: 2017.

Directores: Lee Unkrich, Adrián Molina.

Reparto (V.O.): Anthony González, Gael García Bernal, Benjamin Bratt, Alanna Ubach, Renee Victor, Jaime Camil, Alfonso Arau, Herbert Sigüenza, Selene Luna, Sofía Espinosa, Edward James Olmos, Natalia Cordova-Buckley, Cheech Marin, Ana Ofelia Murguía.

Tráiler

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         Parece darse una tendencia contemporánea en el cine de animación, de público mayoritariamente infantil, que lidia con la aceptación de la pérdida y de la muerte, temas siempre presentes en el género pero quizás abordados ahora con mayor atención y con una interesante madurez psicológica. Del revés (Inside Out) y Kubo y las dos cuerdas mágicas son grandes ejemplos.

Así, tras el dilema que se le plantea al niño protagonista de Coco -la entrega a la pasión vocacional frente al respeto hacia la pertenencia familiar, confrontación desarrollada a través de una narración un tanto trillada y previsible- subyace una oda a la memoria -tanto íntima como colectiva- de los seres queridos que nos han dejado, pues estos ancestros forman, literalmente, parte de uno mismo. Porque ¿quién no se ha sorprendido tomando decisiones idénticas a las que hubiese optado su padre?

         La herencia familiar, pues, es el gran tema de Coco, si bien imbricado en un hermoso canto a la música como elemento primordial de la existencia y, decíamos en el párrafo anterior, como monumento histórico para la trasmisión y pervivencia oral del pasado. Una apología, en cualquier caso, que es extensible a todo arte. A la denostada búsqueda de la belleza, en definitiva; propósito intrínseco a la naturaleza humana y acaso cada vez más sepultado por la cortedad de miras y la interesada necedad del materialismo, que es un erial repleto de espejismos que no contiene respuestas de nada.

         En el pueblo de Santa Cecilia, patrona de los músicos, el pequeño Miguel persigue su camino por la pragmática realidad física y por su fantasioso reflejo en negativo, el inframundo, merced al Día de Muertos -una festividad que también centralizaba recientemente, y con similitudes en la premisa argumental, otra cinta de animación: El libro de la vida-. Coco despliega un fastuoso y colorista decorado que se fundamenta en la imaginería del fascinante folclore mexicano, dentro del cual, fruto de un persistente sustrato mesoamericano y su sincretismo con las costumbres católicas, la muerte posee una dimensión diferente. Más cercana, más tangible, más presente; equivalente a la vida. El Mictlán, con su propio Dante que lo acompaña y guía en el viaje por el más allá.

Pero, a pesar de las abigarradas miniaturas, los simbolismos mitológicos y las referencias culturales -en ocasiones dotados de un arriesgado toque lisérgico que, junto a otros detalles, ayuda a que el filme trascienda el apropiacionismo acomodado al paladar globalizado-, pocas imágenes hay más bellas y cálidas, más palpables y amorosas, que el rostro arrugado de la bisabuela Coco.

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Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7.

Kill Bill: Volumen 2

28 May

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Año: 2004.

Director: Quentin Taratino.

Reparto: Uma Thurman, David Carradine, Michael Madsen, Daryl Hannah, Perla Haney-Jardine, Gordon Liu, Christopher Allen Nelson, Michael Parks, Bo Svenson, Samuel L. Jackson.

Tráiler

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         Silenciosa y letal como un ninja, catana de Hattori Hanzo en ristre, la Novia irrumpe en la caravana donde Budd mora en medio del desierto. Un cañonazo de cartuchos de sal la repele sin paliativos.

Con excepciones -la formación heroica de Pai Mei, el breve lance a espada de la conclusión-, Quentin Tarantino cierra el díptico de Kill Bill cambiando de espíritu tutelar. Agotada la agitación melodramática del kung fu, se pasa a invocar la melancolía del fin de los tiempos propia del western crepuscular, acorde a la ambientación californiana y mexicana del filme -de nuevo con salvedades, como la aventura en China que recupera el estilo de la acción hongkonesa mediante recursos como la fotografía o los zooms-.

         De la coctelera de Tarantino sale un néctar de sabores más maduros y calmados, de degustación más reposada pero aún potente. Con menos estridencias que te saquen del disfrute. Y más intensa. Los duelos explosivos se reducen a uno y medio -la angosta pelea contra Elle Driver- mientras el tono elegíaco va apoderándose del relato a medida que este se acerca al desenlace, al jefe definitivo, a Bill.

Dentro de esta tendencia terminal, los apartes en blanco y negro encuentran su razón de ser. También se encuadra la mayor presencia del diálogo y el monólogo, donde Tarantino concentra su habilidad de contador de historias a través de la voz profunda de David Carradine, perfecta caja de resonancia para sus líneas de guion y buen contrapunto como gurú místico, como figura de referencia al término del viaje transformación.

         Kill Bill: Volumen 2 se detiene más en mirar al héroe que en la acción heroica, a ratos enturbiada además por un mundo desesperado del que manan el cinismo, el engaño o la resignación. Tras regresar transformada de entre los muertos, la heroína halla por fin su destino, cuya consecución supone siempre, en cierta manera, su propio final. Su extinción, completa o parcial. De ahí la sensación agónica de unas conclusiones que se resuelven prácticamente sin violencia. Al menos si se compara con el paroxismo cinético de la lucha contra los 88 maníacos.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

El autoestopista

13 Abr

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Año: 1953.

Directora: Ida Lupino.

Reparto: Edmond O’Brien, Frank Lovejoy, William Talman.

Filme

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          Pocos centenarios más oportunos que el del nacimiento de Ida Lupino para un Hollywood contemporáneo que vive un periodo de gran reivindicación feminista. Ya con una notable trayectoria como actriz, en la que había pagado con suspensiones de sueldo sus negativas a abordar determinados papeles que no le interesaban, Lupino comenzó a labrar su carrera como guionista y directora en el cambio de década de los cuarenta y los cincuenta, una etapa particularmente reaccionaria en la historia de los Estados Unidos. En 1949, la enfermedad de Elmer Clifton durante el rodaje de Not Wantedpelícula que ella coproducía y de la que era autora del guion- le había permitido debutar, sin acreditación, como realizadora, hecho que le descubrió un anhelo inopinado. Para materializarlo, fue imprescindible obtener la necesaria autonomía frente a las majors, lo que consiguió fundando su propia productora junto a su marido.

Esta ambición quedaría oficialmente saldada antes de acabar el año con Never Fear. Solo firmaría otros cuatro largometrajes tras las cámaras, puesto que, con la única excepción de la cinta de encargo Ángeles rebeldes, a partir de 1953, y sobre todo con el cierre de su productora, su obra quedará constreñida a los platós de televisión, un territorio que, merced a sus menor valoración artística, era tradicionalmente favorable a acoger a creadores marginados por distintas circunstancias, algunas de ellas de índole política o social.

El autoestopista es una de las películas más conocidas de su filmografía, y coincide con que es su principal inmersión cinematográfica como realizadora en un territorio considerado a priori masculino como es el cine negro, en el que se convierte por tanto en pionera.

          De nuevo también a las riendas del libreto, la producción se inspiraba en el caso criminal de Billy Cook, un forajido que, tras acabar con la vida de cinco personas, secuestró y obligó a dos cazadores que lo habían recogido en la carretera a que lo llevaran a México en coche. Cook sería ejecutado pocos meses antes del estreno del filme.

Esta historia mínima le serviría a Lupino para desarrollar un ejercicio de serie B reconcentrada, en la que la caracterización del villano permite dotarle incluso de atributos fantásticos y abstractos, que superan algunas dificultades originadas por la historia real como que, desde luego, el recorrido del prófugo sería más fácil de acabar con la vida de sus dos compañeros. Explosivo, paranoico y a ratos chocantemente indeciso, su composición es extraña, para bien y para mal. Imprevisible. Con un ojo permanentemente entrecerrado, el malvado se encuentra en constante vigilia, en un acecho incesante sobre sus víctimas, que al igual que su antagonista poseen detalles insólitos, pues se les refleja vulnerables, frágiles. Muy distantes del paradigma del hombre heroico que somete al enemigo por su coraje y la fuerza de su determinación.

          Uno de los secuestrados está encarnado por Edmond O’Brien. Y, como le ocurrió cuatro años atrás en Con las horas contadas, su personaje afronta una carrera contrarreloj contra una muerte cierta, que en este caso le aguarda al término de un puerto mexicano, al final de la escapada del malhechor que lo encañona. La consciencia de que la amenaza fatal posee una fecha determinada permite a Lupino trazar un recorrido de tensión creciente, en el que la acción contra el mal se percibe inevitablemente impotente hasta este desenlace climático cada vez más próximo.

La británica inscribe la carrera en escenarios pelados e inhóspitos, que caen a plomo sobre los automovilistas y su polizón. El tradicional decorado que asoma ficticio por la luna trasera del vehículo ni siquiera es estable, pues se bambolea y desaparece al ritmo de los vaivenes del miserable camino surcaliforniano para estimular esta sensación atosigante. Así, a medida que se aprieta la convivencia, Lupino mantiene el ritmo de la narración, con un pulso sostenido en unos agradecidos 70 minutos.

          “Me encantaría ver a más mujeres trabajando como directoras y productoras. Es casi imposible a menos que una sea una actriz o una guionista con poder… Yo no dudaría en contratar de inmediato a una mujer con talento si el tema fuese el adecuado”, declararía Lupino en una entrevista en los años setenta.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

Revenge

24 Nov

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Año: 2017.

Directora: Coralie Fargeat.

Reparto: Matilda Ann Ingrid Lutz, Kevin Janssens, Vincent Colombe, Guillaume Bouchède.

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          En Revenge, tres hombres corren jadeantes y sudorosos, como una jauría de lobos, tras la joven a la fuga que uno de ellos acaba de violar impunemente. Escuché recientemente, a propósito de otro filme acerca de la persistencia de las estructuras de opresión patriarcal y su estreno paralelo con el juicio a ‘la manada’ por el caso de violación en grupo a una adolescente en los Sanfermines de 2016, que en ocasiones la ficción dialoga con la realidad de forma sorprendente. Pero, en este tema particular, lo cierto es que la coincidencia no es tal. Sucede lo mismo que con las acusaciones contra Aaron Ramsey por la relación entre sus goles con el Arsenal y las inmediatas muertes de celebridades de todo tipo: no es una cuestión de casualidad, sino de probabilidad muy elevada. La sociedad actual es todavía un espacio demasiado confortable para determinada clase de monstruos.

          Con guion y dirección a cargo de la francesa Coralie Fargeat, debutante en el largometraje y premio a la mejor realización en el festival de Sitges, Revenge aborda la situación con rebeldía gamberra, recuperando las premisas clásicas de un subgénero verdaderamente correoso: el rape & revenge, el thriller de violación y venganzaLa última casa a la izquierda, La violencia del sexo, Desenlace mortal (Thriller – en grym film), Ángel de venganza, A Gun for Jennifer, Fóllame, Freeze Me…-. La inocente ultrajada que, cual ave fénix, renace de sus cenizas en forma de despiadado ángel justiciero. Tampoco es accidental que el cine de venganzas femeninas acostumbre a revolverse contra el estereotipo del macho dominante, que aquí queda encarnado por un pijo aficionado a la caza y sus dos socios de negocios, todos ellos patéticos por igual.

Entonces, la protagonista de Revenge se subleva frente a su esencia como mujer objeto -florero, trofeo…-, y de paso contra el posible prejuicio negativo del espectador -la incisión en los pálpitos machistas de la platea-, para transformarse en una fémina de presencia autónoma, rostro duro y actitud implacable. A la par, en uno de los detalles del sarcasmo insurgente de la función, Fargeat reserva la tradicional exhibición de desnudos integrales gratuitos para su rival masculino.

          Desbordada de heridas atroces, sangre de mentira y resistencia más allá del límite natural, Revenge es una película deliberadamente exagerada y grotesca, como un combate de pressing catch. También se asemeja en la sencillez nuclear de su planteamiento de base. Y, al igual que el pressing catch, sus festivos excesos alcanzan cierto punto de saturación y agotamiento.

Sin embargo, se aprecia en ella fuerza compositiva, alternada con la fisicidad de la acción -los primeros planos presuntamente sensuales o decididamente repulsivos, la carne destrozada-, amén de una ironía macarra que salpimenta la función y la hace disfrutable, divertida. Que no estoy seguro de que sean los epítetos más apropiados cuando se toca un asunto tan peliagudo como el que nos referíamos al principio.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 5,5.

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