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El hilo invisible

14 Feb

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Año: 2017.

Director: Paul Thomas Anderson.

Reparto: Daniel Day-Lewis, Vicky Krieps, Lesley Manville, Brian Gleeson, Harriet Sansom Harris, Gina McKee, Julia Davis.

Tráiler

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           Creo que jamás he querido tanto a mi madre como cuando he enfermado viviendo en el extranjero. Igualmente, llegado cada momento, sabía quién hacía falta que me acariciase el pelo o me abrazase en silencio durante unos minutos para reconfortarme de algún varapalo. En el padecimiento de la vulnerabilidad -tanto física como anímica-, o al menos en la consciencia de la misma, se descubren los afectos más poderosos, los que verdaderamente permiten mantener firmes los pilares de la vida. Parte de ello, observado alternativamente desde uno y otro lado del sufrimiento, hay en El hilo invisible.

           Su relato es el de un amor de tono enfermizo, que podría entenderse incluso como una variación psicológica del sadomasoquismo, a tenor del juego con la dominación que se establece entre sus dos amantes. Dado que el encuentro se traba entre un modista y una modelo, la cuestión es extensible al sempiterno vínculo del autor y su musa -precisamente a su conexión sadomasoquista aludía literalmente la reciente La venus de las pieles-.

Pero la disputa también posee un aire de iconoclastia religiosa, de destrucción mitológica o de humanización de los viejos dioses. Porque a Reynolds Woodcock se le dota de cierta aura divina en su presentación, evocado como un demiurgo hacedor de deseos, retratado con pulcros y solemnes rituales, encaramado en las alturas de una casa de luminosidad y blancura inmaculada, las cuales se enfocan con un profundo contrapicado.

           Con apenas una intromisión personal y la supresión de la banda sonora, Paul Thomas Anderson convierte una escena de tierna intimidad en un frío examen científico. La intriga latente de El hilo invisible recuerda por instantes a la de Rebeca. Su ambientación gotico-británica, el improbable romance entre un atildado hombre entrado en años y una joven de carácter sencillo y natural; la sombra de una presencia -la madre- y la estricta guardiana de las esencias -la hermana-; la muerte que acecha.

Pero El hilo invisible es tan Rebeca como Pozos de ambición podía ser El tesoro de Sierra Madre. Palpitaciones difusas que se asimilan y transustancian en los fotogramas de Anderson, director y aquí de nuevo guionista original, experto durante los inicios de su filmografía en apropiarse de los patrones genéricos y cada vez más independiente -de géneros, de convenciones, de estructuras narrativas- en su manera de rodar, lo que da lugar a piezas singulares en las que, con todo, se percibe como centro de gravedad la confrontación en duelo de dos psicologías turbulentas –Pozos de ambición, The Master-.

           Como de costumbre, cobra gran relevancia la partitura de Jonny Greenwood, de marcada y hasta atosigante ascendencia, si bien con ello contribuye a acentuar la atmósfera enrarecida, tóxica, que inunda de obstáculos y humo los planos de la película. 

A ratos distante como el comportamiento de su protagonista, a ratos metódicamente cerebral como la labor creativa de este, El hilo invisible se desarrolla con paso milimétrico, avanzando con apenas miradas que se entrecruzan, liturgias obsesivas, confesiones veladas y sonoros ataques tras los que siempre subyace esa lucha de poderes entre dos personas que se intercambian, que se necesitan en su fortaleza, en su debilidad.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

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Call Me by Your Name

28 Ene

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Año: 2017.

Director: Luca Guadagnino.

Reparto: Timothée Chamelet, Armie Hammer, Michael Stuhlbarg, Amira Casar, Esther Garrel, Victoire Du Bois, Vanda Capriolo, Antonio Rimoldi.

Tráiler

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          El verano es la huida de la rutina, el abrazo del calor y el color de la vida, la exploración de lo desconocido, la esperanza en la consecución de una plenitud que, sea como fuere, esta igualmente condenada a ser transitoria, ligada a la temporalidad de la estación, a la extinción inexorable que impone el paso del tiempo. Como ocurre, en cualquier caso, en la vida misma.

El cine rinde culto al verano como época decisiva en la existencia, como escenario de los rituales de paso y de las experiencias iniciáticas. El primer beso, el primer amor, están bañados en rayos de sol, en olor a fruta madura y sal marina. Call Me by Your Name se apoya en este locus amoenus estival, ubicado en una idílica villa del norte de Italia en el año 1983 -un espacio que las imágenes saben capturar sensorialmente en su belleza y voluptuosidad-, para abordar este tópico de la ficción universal que es el amor de verano.

El relato de Luca Guadagnino, sobre el guion de James Ivory y a su vez a partir de la novela homónima de André Aciman, escapa no obstante de los clichés establecidos, y no solo por extender el argumento hacia un romance homosexual, obviamente. Está ahí la perspectiva del adolescente que se ve deslumbrado por el hallazgo maravilloso que bien vale para justificar una vida entera, pero la construcción de personajes transgrede los arquetipos desde este mismo protagonista, que en lugar de ser un actor pasivo en esta aventura existencial se convierte en una pieza fundamental para su consumación y desarrollo. Atrevido hasta mostrar un punto de arrogancia, más frágil y dubitativo tras lo que aparenta esta toma de la iniciativa, el Elio de Timothée Chalamet, en una rotunda interpretación, rompe así con el cliché del maestro/aprendiz, más si cabe frente al hombre-anuncio-escultura griega al que a veces queda convertido su partenaire.

          Este diseño de caracteres, que no solo se restringe a los dos sujetos principales, sino también a los secundarios que los rodean -en especial a los padres del joven, a quienes se regala un desenlace de altura emocional- es, pues, uno de los puntos fuertes de Call Me by Your Name, el cual se antoja decisivo para que la historia tenga un recorrido más allá de la enésima reapropiación personal de otro cineasta más o de la simple variación LGTBI de un cuento mil veces contado.

Esta virtud se va haciendo patente a medida que avanza el metraje desde un inicio entiendo que voluntariamente indolente, pero también un tanto moroso o frío, y se va acompañando de otras rupturas con la idealización cinematográfica del romance -la comentada escena del albaricoque como ejemplo palmario, pero hay otros detalles más discretos e igual de efectivos, que con todo cabe decir que no rompen con la relativa amabilidad de la narración-, las cuales contribuyen a aportar naturalidad, frescura y riqueza de matices a un conjunto en el que, asimismo, se procura controlar la exaltación de las escenas climáticas. Aunque, ocasionalmente, la obra también deja traslucir un trabajo de cálculo evidente que, de nuevo, resta emoción pura a este, decíamos, tópico de la ficción universal que es el amor de verano.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7,5.

A Ghost Story

24 Ene

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Año: 2017.

Director: David Lowery.

Reparto: Casey Affleck, Rooney Mara, Kesha, Sonia Acevedo, Will Oldham, Rob Zabrecky.

Tráiler

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         Desde El fantasma y la señora Muir hasta Ghost: Más allá del amor, pasando por otras obras como Fantasma de amor, La historia de Marie y Julien o Contracorriente, el cine ha revisado la figura del alma en pena, atrapada dolorosamente entre la vida y la muerte, desde una perspectiva romántica, acaso como también ha ocurrido con otros seres tenebrosos como, en el ejemplo más evidente, Drácula -desde la encarnación televisiva de Jack Palance de 1973 hasta el Drácula de Bram Stoker de Francis Ford Coppola, pasando por la saga Crepúsculo y derivados-.

         A Ghost Story acomete una reinterpretación de este paradigma y, en una maniobra loablemente arriesgada, un pelín pretenciosa y no siempre exitosa, se desmarca de premisas y cánones sentados. Por decirlo así, su relato, narrado desde el punto de vista del fantasma, se aproxima más a una inmersión espiritual como la de Enter de Void -inspirada en el Libro tibetano de los muertos– que, desde luego, a la exaltación de la sensiblería de Patrick Swayze y Demi Moore modelando barro, prototipo de fórmula cinematográfica. En paralelo, podría afirmarse que el fantasma atraviesa océanos de tiempo para encontrar a su amada, al igual que la ópera coppoliana sobre el vampiro, si bien su recorrido se aleja asimismo de la épica amorosa.

Siempre extraña y singular -en lo bueno y en lo malo-, A Ghost Story sigue su propio camino, en el que se recurre a la ironía para reflejar sus aspectos potencialmente tétricos -el empleo de una banda sonora propia del cine de terror en situaciones con una atmósfera paradójicamente mundana y sosegada- y en el que los códigos del cine romántico colisionan igualmente con una mirada desconcertante en su falta de complejos -la apariencia tan tradicionalmente naif del fantasma-. Todo ello queda inserto en un conjunto que trasciende la restringida concepción existencial de la vida del individuo, por lo general encadenada a su esencia material y finita.

         Combinado con planos celestes y de la naturaleza, hermosa y neutra, destaca el original empleo de la elipsis para reflejar esta idea temporal y cósmica. David Lowery embotella el filme en una fotografía nebulosa y en sonidos distantes que dotan al relato en una textura de ensoñación. Son recursos con los que el cineasta extrae escenas de maravillosa intimidad, de una delicadeza serena, frágil y misteriosa que se adentra en los sentimientos profundos de los personajes, pero que a la par los pone en distancia al enmarcarlos en un escenario mayor e indiferente a sus vivencias. 

Menos justificación encuentra el ratio del fotograma, que es prácticamente cuadrado y posee las esquinas redondeadas, similar a la de una diapositiva doméstica. Quizás tenga sentido, pero no creo que sea necesariamente adecuado o efectivo. Los experimentos con el formato de la imagen, en cualquier caso, acostumbran a ser los más artificiosos, vanidosamente intrusivos y, en definitiva, difícilmente excusables.

         Porque A Ghost Story también tiene buena parte de ejercicio de estilo. Lowery deja transcurrir algunas secuencias hasta la extenuación un poco gratuitamente y, por otro lado, rellena el argumento romántico -la pérdida, la ausencia, el vacío, la dependencia, el enfrentamiento,  la superación…- con una evolución -la incipiente crónica familiar, las reflexiones acerca de la eternidad y la nada, la despersonalización del futuro- que no termina de funcionar demasiado bien o, al menos, de forma compensada.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

Un sol interior

21 Nov

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Año: 2017.

Directora: Claire Denis.

Reparto: Juliette Binoche, Xavier Beaubois, Nicolas Duvauchelle, Laurent Grévill, Alex Descas, Valeria Bruni Tedeschi, Gérard Depardieu.

Tráiler

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         “No existe ese príncipe azul de Walt Disney, ni el de ahora de las sombras de Grey“, afirmaba en una entrevista la actriz y escritora Mar Regueras. Uno de los estereotipos más frustrantes y nocivos de las fantasías románticas, potenciadas especialmente por el cine, es la idea de la realización amorosa predestinada y correspondida.

La protagonista de Un sol interior vaga por París hecha un paño de lágrimas en busca de su amor verdadero y definitivo. En su camino, tan solo se cruza con empresarios sinvergüenzas, artistas intensitos, oportunistas carroñeros, intelectuales pagados de sí mismos e idilios irremediablemente marchitos.

         Esta es la película romántica de Claire Denis, un género apenas transitado de forma frontal –Viernes noche– por esta cineasta con querencia por argumentos recios, hasta con un punto de sordidez. Y, en efecto, por medio de las peripecias de la despechada, fracasada y solitaria Isabelle (Juliette Binoche), tomadas de una novela de Roland Barthes, la directora y coguionista hace escarnio de las películas románticas al mismo tiempo que arremete contra los códigos que falazmente han implantado en la concepción amorosa extracinematográfica. 

Por el camino, invalida asimismo los consejos existencialistas de tres al cuarto e incluso, en el genial equívoco final -que por medio de su interesante inserción en los títulos de crédito se erige a la vez en resumen y anticipo de un relato inconcluso y acaso irredimible-, las teorizaciones psicoanalíticas del cortejo y el enamoramiento humano. Sin embargo, y a pesar de todo, pervive en ella una pequeña y cálida sensación de esperanza, quizás meramente ilusoria. 

         Un sol interior no es una película clemente hacia sus personajes, ni siquiera hacia una Isabelle inconstante, contradictoria y muy, muy despistada. Pero más cruel es en el retrato masculino, poblada por galanes lamentables, estúpidos, atolondrados o simplemente egoístas. Denis abre el filme con su protagonista al desnudo, aunque el contacto que la ofrece se asemeja más una embestida que una muestra de cariño o, cuanto menos, de deseo. La caricia -de haberla- es un sobeteo burdo, las conversaciones apenas transmiten nada y el desamparo de la mujer se acentúa poco a poco, encuentro a encuentro, desencanto a desencanto. 

El tono narrativo, de paladeable acritud y acidez, tarda un tanto en asentarse, por lo que la empatía hacia la función va en línea ascendente, toda vez que se comprende y se acepta el agreste y común ridículo en el que vive y se desespera Isabelle, que tiene rasgos perfectamente reconocibles para todo aquel que no sea un absoluto triunfador en los amores.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7.

En cuerpo y alma

5 Nov

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Año: 2017.

Directora: Ildikó Endeyi.

Reparto: Géza Morcsányi, Alexandra Borbély, Zoltán Schneider, Ervin Nagy, Réka Tenki, Éva Bata, Itala Békés.

Tráiler

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          La ganadora de la edición de 2017 de la Berlinale es una película intimista que se funda sobre el tópico romántico, también potencial sustento de una comedia dramática, del amor entre almas solitarias, ambas tullidas a su manera -físico, psicológico-. Es cine húngaro como podía ser indie americano. A su vez, esta premisa nuclear alberga otro cliché, este con peores resultados, que se refiere a la construcción del personaje femenino, cuyos desórdenes mentales dan la sensación de estar compuestos de una forma tan manida que reducen a la mujer a una muñeca sobada, repleta de automatismos en sus complejos y sus reacciones -nota bene para advertir acerca de esta afirmación y de la validez de la crítica que le sigue: expertos psicólogos de absoluta confianza insisten en que el de En cuerpo y alma es uno de los mejores retratos del autismo en adultos que ha visto en pantalla-.

          Ildikó Endeyi realiza un elaborado trabajo para plasmar mediante la puesta en escena, y especialmente a través de la iluminación, la condición cotidiana y el estado anímico de estos individuos apenas conectados a través de los sueños, aislados en un mundo helado, que solo llena su presencia. De hecho, la realizadora y guionista a veces se esfuerza tanto en planificar las imágenes que termina cayendo en una tendencia al esteticismo que, contraproducentemente, refuerza la impresión de artificialidad del relato. Contrasta con la ternura y la emoción que desprenden ciertas asociaciones visuales, como se demuestra en la apertura del filme -la ternura del leve roce de la pareja de ciervos, la mirada perdida de las vacas a las puertas del matadero, el sol que aparece y reconforta-.

          En cuerpo y alma muestra sentimientos al límite y, dentro de su halo doliente, contiene contrapuntos de humor casi grotesco, pero huye del exceso y de las revoluciones altas, acorde a la cautela y la fragilidad de sus protagonistas. Procura ser delicada sin ser fría, aunque también esa calculada contención ofrece evidentes dificultades para empatizar, implicarse y emocionarse. Se percibe un estatismo semejante al que domina la figura de esa muchacha desvalida, en quien se confunde la vulnerabilidad con rigidez.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6.

Porto

16 Oct

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Año: 2016.

Director: Gabe Klinger.

Reparto: Anton Yelchin, Lucie Lucas, Paulo Calatré, François Lebrun.

Tráiler

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          Porto, en principio, iba a ser una película ambientada en Atenas. Probablemente, las ruinas clásicas de la capital griega podrían estimular la idea de la eternidad del amor, y de su valor como esencia fundamental de la humanidad, de la vida, a través de un simbolismo semejante al que empleaba Roberto Rossellini con los cuerpos petrificados de Pompeya en Te querré siempre. No obstante, los avatares de la producción trasladarían el escenario de rodaje a las calles de Oporto. Escoger la melancolía hermosa y apagada del país de la saudade tampoco semeja una mala opción para ambientar la historia de un breve encuentro que, sin embargo, condiciona el tiempo presente, futuro e incluso pasado de sus protagonistas.

          Por medio de la fragmentación de la linea temporal de la narración -distribuida en tres capítulos rashomonianos y también troceada y recompuesta desordenadamente en cada uno de ellos-, Porto consigue trazar esta citada sensación de eternidad romántica, de su influencia total y absoluta en el curso la existencia humana, como un círculo inagotable e irrompible. De tal modo, el director y guionista Gabe Klinger presenta la reunión maravillosa, prácticamente predestinada, de dos almas solitarias albergadas por dos seres rotos, gemelos complementarios. Y, en paralelo, confronta este descubrimiento ideal con el camino pretérito y venidero que han recorrido y recorrerán ambos alejándose del trastornador centro de gravedad que supone este instante mágico, decisivo y breve.

Con ello, aun en sus momentos de luminosidad, la película consigue desprender multitud de emociones encontradas -el amor realizador, la esperanza de vislumbrar al fin el sentido de la existencia, las frustrantes represiones de las circunstancias, la angustia ante la incapacidad de controlar plenamente la propia vida, la desesperación ante la pérdida…-. En cierta manera, su felicidad recuerda a la conmovida alegría, ya bañada por la tristeza de la pérdida inexorable, que Lou Reed imprimía en Perfect Day. También, por supuesto, se rastrea la pista de otros breves encuentros del cine, como la referencial obra de David Lean y, en especial, al clásico moderno Antes del amanecer, de Richard Linklater, foco de atención del cineasta brasileño en su anterior documental Double Play: James Benning and Richard Linklater y uno de los nombres que aparecen listados en los agradecimientos, junto a otros modelos de inspiración como Chantal Akerman o Manoel de Oliveira.

          Klinger, a pesar de sus evidentes deudas, consigue mantener una personalidad propia dentro de este romance sublimado -y hasta con toques oníricos-, despegado del sencillo realismo con el que el director texano capturaba su emocionante y a priori fugaz idilio perfecto de Jesse y Céline sobre las aceras de Viena -de nuevo la vieja y romántica Europa-. La fotografía queda dominada por un filtro nostálgico, de colores crepusculares y textura vintage. Aunque en ocasiones cercana al ejercicio de estilo de un director debutante con afán de exhibir talento -lo que resta emoción natural-, la cámara del brasileño permanece atenta a rincones marginales y pequeños lugares, fracciones desgajadas de la postal y de un retrato personal que se irá completando y adquiriendo pleno sentido a medida que se exponen las piezas del puzzle, siempre a la par de la colisión afectiva de Mati y Jake. Un choque que, en su último tercio, en el que parece plantearse una exposición un tanto más objetiva, se construye ya con una gramática y una estética más sobrias.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 7,5.

Larga es la noche

11 Oct

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Año: 1947.

Director: Carol Reed.

Reparto: James MansonKathleen Ryan, Denis O’Dea, W.G. Fay, Robert Beatty, Cyril Cusack, Dan O’Herlihy, Kitty Kirwan, F.J. McCormick, Robert Newton, Ewyn Brooke-Jones, Fay Compton, Beryl Measor, Roy Irving, Joseph Tomelty, William Hartnell.

Tráiler

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         En el argumento de Larga es la noche se respira un clima de violencia, peligro y desesperación, pero prácticamente nunca se escuchará en ella un grito nervioso o una orden agresiva. En la apertura del filme, se desgrana el plan para perpetrar un atraco que provea de nuevos fondos a la ‘Organización’, un ente que, en el relato, asume la función del IRA en lucha armada contra el poder británico en Irlanda del Norte. Las instrucciones se dan con voz calmada, son casi susurros cansados.

Carol Reed no pretende tensionar al espectador con la expectativa de una trama criminal adrenalínica, sino adentrarlo en el pesimismo doliente y romántico que dominará la atmósfera de la obra. Su trama, de hecho, es una agonía que se extiende de principio a fin, en la que un hombre herido -por una bala en un hombro y por la sombra de los remordimientos de su paso por prisión- recorre las calles y las gentes en pos de su improbable salvación.

         El camino de espinas de Johnny McQueen (James Manson, precisamente actor de gestos suaves y educados) recuerda en parte al calvario de culpa que Gipo Nolan padecía en El delator desde el otro lado de esta ‘Organización’, aunque su lirismo amargo puede considerarse también heredero del realismo poético francés. El espacio urbano de Belfast, filmado a pie de calle y sumido en la oscuridad de la noche, hasta extremos cercanos al expresionismo alemán, se convierte en un escenario de trágica poesía a la espera del reencuentro de McQueen con su redención, que porta el rostro abnegado de Kathleen Ryan.

El frío, la humedad. Reed convierte la ambientación en un poderoso elemento sensitivo que hace acompañar y sentir el peso con el que carga McQueen, al mismo tiempo que transmite la amenaza y la inquietud de la situación a través de huidas y carreras por los callejones y la cara oculta de la ciudad, prefigurando con ello la escapada de El tercer hombre por las alcantarillas de la Viena derruida y despiezada, uno de los momentos más célebres y celebrados de su filmografía.

         Las campanadas de la torre anuncian constantemente que llega la hora final, tan frías y fatalistas como el perseguidor que sigue la pista de McQueen, para quien no existe el Bien y el Mal, sino los inocentes y los culpables, los individuos libres y aquellos a quienes se debe ejecutar. Y McQueen, aunque prófugo del penal, no es un hombre libre.

Desde su retrato costumbrista, engarzado en los distintos encuentros que traban McQueen y Kathleen, y que sirve para trazar una semblanza episódica de la sociedad norirlandesa de posguerra, Larga es la noche también se adentra en la reflexión acerca de la condición humana. De su misericordia, su egoísmo, su sometimiento a las circunstancias terrenas y su capacidad de trascendencia religiosa o moral. Un sacerdote y un mendigo conversan alegóricamente sobre los valores materiales e inmateriales, sobre la verdadera riqueza del ser humano. Un pintor y un médico, ambos indigentes marginales, discuten sobre el cuerpo y el alma de un hombre que, de fondo, se desmorona.

         Emocionante y terrible, el conflicto en el que se desangra Larga es la noche va más allá de una liberación física o legal.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8,5.

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