Tag Archives: Hermanos

Personal Shopper

20 May

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Año: 2016.

Director: Olivier Assayas.

Reparto: Kristen Stewart, Lars Eidinger, Sigrid Bouaziz, Nora von Waldstätten, Ty Olwin.

Tráiler

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          En cierto modo, Personal Shopper parece una pieza desgajada de Viaje a Sils Maria, la anterior película de Olivier Assayas, pues ambas está protagonizadas por la asistente personal de una celebridad -interpretada en ambos casos por Kristen Stewart, empeñada en cambiar su vitola de ídolo ‘teen’ por la de musa ‘arty’- y están dominadas por una sensación de pérdida y desorientación, que en este caso se encuentra directamente ligada con el duelo de la joven por el fallecimiento de su hermano gemelo, víctima de una cardiopatía congénita también presente en ella. 

          A través de este estado de luto, por el que la muchacha se encierra en París a la espera de confirmar su supuesto don como médium y comunicarse con el espíritu de su hermano, Assayas va planteando una serie de conflictos presentes en la sociedad contemporánea, los cuales proceden fundamentalmente de la colisión entre el materialismo exacerbado -el consumismo que canaliza la protagonista como encargada de compras ajenas, su servilismo laboral, las paradojas de las redes sociales entre la información y el aislamiento, las alusiones a relaciones sentimentales movidas exclusivamente por lo físico, las acciones supuestamente altruistas que esconden detrás un objetivo comercial…- y una necesidad espiritual insatisfecha -el simbólico contacto más allá de la vida, su rebelación contra lo prohibido incluso-.

No obstante, debido al duelo insuperable que experimenta la mujer, casi obsesivo -y además trabucado por los tics de Stewart-, el filme parece cuestionar asimismo la fijación exclusiva por lo inmaterial, que conduce igualmente a la alienación y convierte en fantasmas a sus relaciones más cercanas y emocionales -su novio, apenas un holograma que se manifiesta desde el ordenador-.

          En un París lánguido y triste, de cielos plomizos, suelos mojados y mansiones solitarias, el cineasta despliega esta suma de pulsiones y deseos contradictorios, desbordando la percepción y la mente de una protagonista cada vez más confundida en su transitar entre dos mundos y, sobre todo, consigo misma. Esta duplicidad se expresa por medio de una trama que, desde el drama intimista, avanza topándose con elementos del terror sobrenatural y el thriller, entre los fantasmas psicológicos de Ingmar Bergman y el violento desquiciamiento de Brian De Palma, dibujando una evolución para la que recurre a soluciones discutibles aunque acordes con el discurso general -las extensas y fatigantes conversaciones por mensaje de móvil- y un juego con el misterio, el subconsciente y, en definitiva, la abstracción y el cripticismo siempre abierto a interpretaciones y ambigüedades.

          Tras los abucheos en la sala, cosecharía el premio a la mejor dirección en el festival de Cannes, compartido con Cristian Mungiu por Los exámenes.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 6,5.

Zatoichi

28 Abr

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Año: 2003.

Director: Takeshi Kitano.

Reparto: Takeshi Kitano, Tadanobu Asano, Yuuko Daike, Daigoro Tachibana, Michiyo Okusu, Guadalcanal Taka, Yui Natsukawa, Ittoku Kishibe, Saburô Ishikura, Akira Emoto, Ben Hiura.

Tráiler

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            Dentro de esa exótica hibridación entre el jidaigeki japonés, el western estadounidense y el spaghetti western mediterráneo, explícito en películas como Los siete samuráis, Los siete magníficos, Yojimbo (El mercenario) o Por un puñado de dólares, el masajista y espadachín ciego Zatoichi vendría a encarnar el arquetipo del justiciero errante que desface entuertos allí por donde para. Un personaje fértil -protagonizó una saga de 26 películas y un centenar de episodios de televisión hasta 1989-, al que Takeshi Kitano ya había parodiado en Getting Any? debido a su popularidad en el país asiático, y del que se iba a apropiar en esta Zatoichi, remozando el modelo con su propia personalidad incluso a pesar de que la idea de recuperarlo para el cine había procedido de terceros. Casi por encargo, por así decirlo.

            Entonces, Zatoichi aparece en pantalla con el cabello rubio platino pero con sus habilidades de esgrima intactas, con las que se enfrenta a una piara de villanos cobardes y sin honor. Es una visión irreverente, acorde al sentir de Kitano, a quien su pesaroso e irredimible fatalismo le convierte en un ironizador ácido y peligroso.

Pero también, siguiendo esta sensibilidad característica del cineasta, es una visión un tanto melancólica, marcada por las cicatrices del pasado, la conciencia de la muerte omnipresente y la preparación de un duelo entre iguales, entre marginales anacrónicos que, como los siete guerreros heroicos y trágicos de Akira Kurosawa, ya no tienen cabida en la sociedad, toda vez que esta última misión a la que se enfrentan desprende ya palpitaciones terminales.

            De esta confluencia -análoga a la encrucijada de caminos y de violencias donde convergen Zatoichi, un ronin en busca del honor perdido y dos geishas que pretenden regenerarse desde la venganza-, nace una obra poética -la sangre indisimuladamente digital que se transforma en pinceladas artísticas- y patética -las incursiones humorísticas cercanas al slapstick, sintetizadas en la imagen que cierra el metraje-. Una obra que narra de forma similar la acción sangrienta y el humor cándido -el típico juego estático de Kitano con una imagen inicial de causa y otra final de consecuencia, frecuentemente elidiendo la transición entre ambas-. Una obra musical de repeticiones rítmicas entre recuerdos pretéritos y acciones presentes, entre evocaciones y reacciones. De ahí la participación de unos labriegos que parecen marcar con sus movimientos y herramientas el ritmo de la vida, que sigue fluyendo una vez concluya la trama -el festivo, chocante y encantador número de baile-.

            Recuperando de nuevo la conexión a través de las culturas, Zatoichi también tendrá un par de versiones foráneas: la italiana El justiciero ciego (Blindman) y la americana Furia ciega, amén de otros homenajes como el que aparece en la reciente Rogue One: Una historia de Star Wars.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8.

El otro lado de la esperanza

11 Abr

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Año: 2017.

Director: Aki Kaurismäki.

Reparto: Sherwan Haji, Sakari Kuosmanen, Simon Al-Bazoon, Ilkka KoivulaJanne Hyytiäinen, Nuppu Koivu, Niroz Haji.

Tráiler

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           Aki Kaurismäki es un desencantado con esperanza, aunque cada vez parezca que le cuesta más esfuerzo sostener esa línea de defensa terminal frente a las tendencias de la sociedad occidental, en los últimos tiempos sometidas a la destrucción de los equilibrios sociales a causa de la crisis económica -el hundimiento de la clase media, el nacimiento de redes de solidaridad popular, los crecientes desajustes nacidos de los privilegios y elitismos económicos-, los dilemas y paradojas de la convivencia multicultural -la aceptación del inmigrante, la competencia social, el choque de costumbres, la paranoia del terrorismo islamista- y la estridencia del resurgir de movimientos políticos de ultraderecha.

A pesar de que, con extraordinario juicio, el autor finlandés siempre cita a Charles Chaplin como el ideal del séptimo arte, su cine tiene algo de Buster Keaton. Y no solo en el estatismo de sus imágenes, análogo a la cara de palo de Keaton y utilizado con similares efectos cómicos, como si fuese una metáfora de su estoicismo frente a los vaivenes del porvenir. También porque, desde ese mismo estoicismo, sus personajes sacan fuerzas de la flaqueza y tratan de sobreponerse a las circunstancias que los asedian. Son serios en su naturaleza patética, pues la tienen asumida y, con técnica de expertos judocas, hasta la pueden utilizar en su favor.

           La situación social y geopolítica de Europa y el mundo no ha progresado en nada desde el estreno de El Havre hace seis años, último largometraje dirigido en solitario por Kaurismäki -entre medias se encuentra su respectivo episodio en la película coral Centro histórico– y en el que, con tierno optimismo, consideraba que aún podían obrarse milagros en un Viejo Continente cada vez más enfermo de insolidaridad -especialmente desde un punto de vista institucional-.

Así las cosas, Kaurismäki toma el pulso de nuevo al paciente y no lo encuentra en mejores condiciones; más bien al contrario. El drama de la emigración se ha recrudecido, incluso. En El otro lado de la esperanza, Khaled no llega a costas finesas solo en busca de un futuro mejor, sino que es refugiado de la guerra Siria. Y quienes lo hostigan en esta nueva tierra -aparte de la sempiterna Administración, deshumanizada hasta el ridículo- no son un vecino desaprensivo, como aquel que delataba al pequeño Idrissa por pura malicia, sino jaurías de neonazis entregados a una xenofobia sin cuento, totalmente lamentable en sus motivaciones. “¡Maldito judío!” le espetará uno de ellos en cierta escena dejando tras de sí la más negra muestra del lacónico y corrosivo sentido del humor del cineasta nórdico. Será porque, como observa uno de los refugiados iraquíes, conviene siempre tener una disposición alegre, puesto que a los tristes son los primeros a los que repatrian. Haremos bromas, pero bromas tristes; aunque solo sea por sobrevivir al desastre.

Quizás por todas estas cuestiones, el retrato humano que compone El otro lado de la esperanza posee menor grado de calidez, o de abierta ternura, que el que arrojaba la reconfortante El Havre. En Finlandia el sol luce menos que en la costa normanda.

           Pero, contra viento y marea, contra las soberanas palizas que traen consigo los acontecimientos, Kaurismäki, como haría Keaton, persevera. Maestro de la composición de atmósfera y tono narrativo, en El otro lado de la esperanza la melancolía fluye a ríos, impulsada por la decepción, si bien la corriente impacta ocasionalmente contra rocas o, mejor dicho, contra objetos absurdos anclados en el cauce, y que son dueños de una comicidad insospechada, que salpica y refresca momentáneamente. En El otro lado de la esperanza chocan entre sí la huida hacia adelante de Khaled y la huida hacia delante de sí mismo que emprende Wikström, un comercial de camisas hastiado de su trabajo y de su matrimonio, y que entrega al simple azar su reconversión en empresario de la hostalería. Otro desheredado de la tierra, por otros motivos distintos.

De esta forma, el filme traza un encuentro semejante al que protagonizaban el viejo limpiabotas Marcel Marx y el joven Idrissa, arrinconados en unos márgenes donde, rebelde, se ha conformado una especie de comunidad de parias, último refugio de los que no tienen nada. Aquí, esa comunidad se concentrará en un bar-restaurante de ánimo tan desorientado como su gerente, que solo pretende hallar su sitio en medio de toda esta farsa tragicómica.

“Amo Finlandia, pero si sabes cómo puedo salir de aquí, avísame”, dice Khaled. La felicidad es un derecho negado para un inmigrante, para un nativo y para un extranjero que desea naturalizarse. Es un problema todavía más grande, de orden universal, parece insistir el realizador y guionista, quien lleva décadas sumergido en las ruinas de la clase proletaria. Y, sin embargo, Kaurismäki no desiste de cerrar la función con una sonrisa, aunque esté bañada en amargura.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

La propuesta

3 Abr

La propuesta

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Año: 2005.

Director: John Hillcoat.

Reparto: Guy Pearce, Ray Winstone, Emily Watson, Danny Huston, David Wenham, John Hurt, Robert Morgan, David Gulpilil, Tom Budge, Tommy Lewis, Richard Wilson.

Tráiler

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           La propuesta, segunda colaboración entre John Hillcoat y Nick Cave después de Ghosts… of the Civil Dead -y obviando la filmación del concierto Live at the Paradiso y el video musical Baby I’m on Fire-, provino precisamente de una propuesta: la que director le hizo al músico -y guionista a tiempo parcial- para componer una banda sonora de corte westerniano que, al final, trajo consigo su propio libreto bajo el brazo.

Será un western, no obstante, en una frontera al Oeste del Oeste, acorde a la raigambre australiana de ambos. Los paisajes desérticos del Outback conforman así un escenario igual de sobrecogedor, dueño incluso de un esoterismo exótico y perturbador que deslizará el relato, poco a poco, hacia territorios metafísicos.

           El villano de La propuesta es un monstruo legendario que se guarece en las caprichosas formaciones rocosas del paisaje, en comunión y comunicación con la naturaleza, renegado de y repudiado por la incipiente civilización que ansía instaurar por lo civil o lo criminal el capitán Stanley, recién llegado a una colonia agreste, aún fiel a su origen como continente-penitenciaría.

Sin embargo, en La propuesta las categorías dramáticas se diluyen en una pátina de surrealismo cercano al acid-western y sus pulsiones de muerte, la cual se desarrolla a  lo largo del trayecto del forajido Charlie Burns (Guy Pearce), agente del destino histórico y personal, y el dilema que le plantea su misión forzada. Quizás hubiera sido mejor ubicar a un actor con más presencia que Danny Huston al final de esta cabalgada al corazón de las tinieblas.

           Se podría sospechar la influencia de la prosa solemne, telúrica y metafísica de Cormac McCarthy en los fotogramas del filme, reforzada por el hecho de que Hillcoat llevaría luego a la pantalla una de sus novelas: La carretera (The Road), otro itinerario apocalíptico.

La propuesta dibuja un universo ancestral y terrible contra el que trata de abrirse paso una no menos violenta sociedad moderna, cuya falta de piedad e incluso sinrazón se advierte en su primitiva concepción de la Justicia y, en especial, en el conflicto abierto y sangrante entre colonos y aborígenes. De este choque nacen asimismo detalles instalados en el absurdo -el jardín inglés, el vestuario del mayordomo, la celebración de la navidad…- y que refuerzan la atmósfera irreal que dominan una obra con encomiable personalidad.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

Solo el fin del mundo

10 Ene

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Año: 2016.

Director: Xavier Dolan.

Reparto: Gaspard Ulliel, Nathalie Baye, Léa Seydoux, Vincent Cassel, Marion Cotillard.

Tráiler

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            Comentaba con un amigo de referencia -sobre todo si corresponde hablar de Xavier Dolan-, que el director, guionista y actor canadiense debía de haber sido un gran observador de su propia madre, a tenor de la finura, la complejidad, la compasión y finalmente el amor con la que retrata a esta figura trascendental en toda existencia, que además supone un pilar capital en sus crispados y turbulentos retratos familiares -a excepción de Los amores imaginarios, matizaba su tocayo Javier-. Lo cierto, me informaba, es que el propio cineasta así lo había reconocido en alguna de sus entrevistas. Esta capacidad brilla de nuevo en Solo el fin del mundo, lo que puede percibirse como parte de las remodelaciones que Dolan efectúa sobre la obra teatral de Jean-Luc Lagarce, de elevada carga autobiográfica -una adaptación de piezas dramatúrgicas a la que Dolan, habitual diseñador de sus propios libretos, solo había acudido en Tom en la granja, aunque no cabe duda de que el original contiene inquietudes que coinciden de pleno con las evidenciadas en su filmografía-.

La madre, decíamos, es posiblemente el personaje más luminoso y cabal de Solo el fin del mundo, dentro de que también comparte la desorientación que atormenta al conjunto de criaturas reunidas para celebrar el regreso a casa de uno de los hijos, huido del hogar por motivos privados doce años atrás. El filme, por tanto, se afilia el esquema del encuentro familiar como campo de batalla; un tópico recurrente a partir del cual Dolan desarrolla una puesta en escena muy elaborada -hasta la puntual ampulosidad- que sobresale por encima de la teatralidad no despojada de los diálogos, que tienden a la torrencialidad y, en ocasiones, a la sobreabundancia.

            Después de una presentación en la que se manifiesta el juego de relaciones y jerarquías que configuran el ambiente enfermizo y obsesivo de este núcleo familiar disfuncional -de igual modo que el trayecto en taxi hasta la vivienda parecía apuntar a la existencia de otros hogares que nada tienen que ver con los falaces patrones tradicionales-, Solo el fin del mundo mantiene un esquema de patente raigamente dramatúrgica con encuentros entre el protagonista -enfermo terminal que retorna a los orígenes de su trauma, la familia, para intentar demostrar que ha conquistado el pleno dominio de su vida- y el resto de personajes. Son escenas en las que prácticamente se convierte en un agente pasivo a la escucha de los respectivos desahogos de sus interlocutores, a través de los cuales se despliegan los rituales, las heridas, la memoria colectiva, las poses autodefensivas y los vínculos afectivos que componen esta comunidad limitada y universal.

Mientras, él reacciona a sus efectos -el examen de las cicatrices aún dolorosamente visibles en el presente y su responsabilidad en ellas; el recuerdo eufórico que bien tiene forma de videoclip de manual, bien parece remitir a Marcel Proust por la aparición de un olor o un contacto-. De este modo, se expone su angustia emocional frente a la evaluación de sí mismo que supone este reencuentro; este final infortunado que trata de unirse con el principio infortunado en pos de una catársis definitivamente satisfactoria.

            Desde esta base, Dolan confecciona una película irregular, donde su personalísima inmoderación desemboca en detalles de una notable calidez e intensidad íntima -el proceso que desde el silencio atraviesa el protagonista, que al fin y al cabo es el meollo de la cuestión, y en especial, de nuevo, la comunión maternofilial-. Y, a la par, también en otras escenas sobredirigidas y sobredialogadas -sobreexcitadas en definitiva-, donde sus criaturas parecen demasiado sujetas a los dictados del guion y del creador que las piensa, ahogadas bajo el peso del texto y la imagen, irritantes en su vociferante frenesí encerrado en planos saturados y sudorosos.

            No es esta bipolaridad, sin embargo, un rasgo inesperado o extraño a Dolan, que para bien o para mal siempre apuesta fuerte en sus proyectos, siempre fieles hacia su propia sensibilidad personal, hacia su propia voz cinematográfica y hacia su propia ambición autoral; innegociables frente a sus no escasos detractores. Respecto a esta disparidad interna -en el saldo del filme, en su estilo- y externa -en su acogida-, para muestra un botón: Solo el fin del mundo arrancó sonoros abucheos de la platea de la crítica durante su exhibición en el festival de Cannes para luego alzarse con el Gran Premio del Jurado del certamen.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6,5.

El rapto de Bunny Lake

9 Dic

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Año: 1965.

Director: Otto Preminger.

Reparto: Carol Lynley, Keir Dullea, Laurence Olivier, Martita Hunt, Noël Coward.

Tráiler

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          En ocasiones, el cine es víctima de la evolución de la ciencia. El género de la ciencia ficción, gracias a su componente fantasioso, no tiene por qué ser la principal víctima de estos cambios técnicos y teóricos. Su mella se hace más visible cuando ciertos conceptos científicos centran el objeto del filme.

Probablemente, su manifestación más evidente se dé en las intrigas psicológicas debido a los inexorables cambios, actualizaciones y revisiones de los paradigmas que sostienen a un campo tan vasto y complejo como este, en el que las teorías y las prácticas más firmes pueden quedar desacreditadas en apenas décadas. Recordemos, por ejemplo, que estrellas como Frances Farmer o Gene Tierney sufrieron en sus carnes los efectos de terapias psiquiátricas tremendamente erróneas y crueles como el electroshock, entre otras.

De este modo, lo que hace sesenta años podía verse como un retrato crudo y estremecedor de la enfermedad mental, en el presente se percibiría como una aproximación naif en el mejor de los casos o, por desgracia, especialmente sensacionalista e incomprensiva.

          La estrafalaria composición psicológica que resuelve el misterio de El rapto de Bunny Lake es uno de estos ejemplos. Con una interpretación a juego, igualmente extravagante y desorientada, su irrupción en la intriga afea los resultados de una cinta en la que, por otro lado, Otto Preminger había conseguido imprimir un agraciado tono que, desconcertantemente, sumía esta terrible investigación de la desaparición de una niña en el Londres de los sesenta en una especie de cuento infantil donde es difícil discernir entre realidad y fantasía, sordidez criminal e imaginación alucinada.

Hasta parece sumergirse de otro crimen sin crimen londinense, un año anterior: el de Blow-Up (Deseo de una mañana de verano) –aunque sin caer en su sopor narrativo y su afectada ansia de trascendencia-. Como en aquella, el misterio termina por constituirlo una galería de personajes extraños envueltos en circunstancias extrañas y que, cuanto más se cree conocer de ellos, más extraños resultan.

          La atmósfera onírica es por tanto la virtud más destacable de una obra donde el libreto es bastante menos convincente. Un pero que, al menos visto desde la actualidad, perjudica el impacto del desenlace, donde se llega al clímax de esa conflictiva combinación entre el juego inocente y la amenaza violenta con la tensión exacerbada por el cineasta austriaco mediante escenas calculadamente dilatadas; hipnóticas e inquietantes a partes iguales.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6.

Mi hija, mi hermana

25 Jun

“Uno de los dilemas de la humanidad es que está destinada a luchar.”

Clint Eastwood

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Mi hija, mi hermana

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Mi hija, mi hermana

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Año: 2015.

Director: Thomas Bidegain.

Reparto: François Damiens, Finnegan Oldfield, Ellora Torchia, Agathe Dronne, Djemel Barek, John C. Reilly, Mounir Margoum, Iliana Zabeth.

Tráiler

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          Ethan Edwards era hijo de la guerra, transformado en una fiera aberrante después de tres años consumiendo los últimos resquicios de su humanidad en un limbo obsesivo de odio y muerte. Pero Ethan Edwards no era hijo de la Guerra de Secesión estadounidense –o al menos no exclusivamente-, sino de una guerra eterna: la del Nosotros contra el Otro. Aquella que continúa indeleble en este presente donde los periódicos atentados terroristas recuerdan por la fuerza que la sociedad occidental no atraviesa tiempos de paz. Que permanece sumida en una tensión bélica y de amenaza latente que conforma un perfecto caldo de cultivo para individuos que, por pura convicción o a causa de experiencias lacerantes, mantienen vivo el fuego de la separación o del enfrentamiento entre el Nosotros y el Otro.

Mi hija, mi hermana dedica un exagerado –y un poco absurdo- esfuerzo a explicitar su filiación con el territorio del western, donde Centauros del desierto surge como un paralelismo más que obvio. El protagonista también atraviesa un limbo, condensado en una poderosa elipsis, en el que se resuelve, fuera de campo, la transición en la que este padre francés, cuya hija se ha fugado con un joven fundamentalista musulmán, se transforma en una alimaña herida que se embarca en una búsqueda demencial como quien arremete contra el enemigo. También, dirá el guion en un momento determinado -aunque en referencia a su hijo y sucesor, que replica al sobrino Martin de la enseña de John Ford-, es uno de esos hombres que ocupan demasiado espacio como para rehacer su vida en el calor cotidiano del hogar –esa idea que hacía que la puerta se cerrara a la espalda del tío Ethan, mientras éste regresaba a la nada de donde había surgido-.

          En su curso, Mi hija, mi hermana habla de heridas abiertas que nunca sanan, sino que supuran y reabren –Nueva York, Madrid, Londres-; de traumas generacionales que se enquistan y se perpetúan por herencia dentro de una Europa donde se confunden la multiculturalidad y el gueto, donde convive un prejuicio de superioridad moral –la reacción del padre con la familia del chaval- con una ingenuidad pasiva –la confianza de la madre en su hija- frente a quien es vecino y extraño al mismo tiempo. Y, a través de una escena introducida un tanto con calzador, incardina estas cuestiones dentro de una estructura circular, cíclica, sobre la que se reflejan, corresponden y contraponen una historia de obsesión y muerte –el padre- y una historia de redención y vida –el hermano, que desarrolla una búsqueda que adquiere tintes más existencialistas-.

          Debut como director del guionista galo Thomas Bidegain –que recientemente trazaba, en calidad de coautor, otro relato de tormentos internos, regeneraciones familiares y ecos westernianos en Dheepan-, el filme goza de una notable intensidad durante este primer tramo, sostenido sobre los hombros de un colosal François Damiens, que realiza un derroche de presencia en pantalla y expresa con sutiles matices el mar de angustias y paradojas de su personaje. Su segunda mitad, donde Finnegand Oldfield desempeña asimismo un buen papel, se antoja en ocasiones algo más convencional, aunque está filmada con elegancia visual, mantiene el interés y solventa el argumento con coherencia narrativa y densidad emocional.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

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