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El libro de la selva

18 Feb

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Año: 1942.

Director: Zoltan Korda.

Reparto: Sabu, Joseph Calleia, Patricia O’Rourke, Rosemary De Camp, John Qualen, Frank Puglia, Ralph Byrd, Faith Brook.

Filme

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          Los hermanos Zoltan, Alexander y Vincent Korda -realizador, productor y director artístico, respectivamente- serían los primeros en llevar a la gran pantalla los relatos de El libro de la selva, una de las obras más populares del bardo de la India colonial británica, Rudyard Kipling

Fascinado por las evocaciones fabulosas del África y la Asia remota, recurrentes en su filmografía, Zoltan Korda y sus hermanos llevarían a cabo el proyecto en Hollywood, a donde habían llegado huyendo de los bombardeos nazis del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial y donde habían completado ya otro clásico de aventuras exóticas y mitológicas, El ladrón de Bagdad, y el drama de época Lady HamiltonA instancias de Alexander, avezado y excéntrico productor, el filme se convertirá en un sueño fabuloso, donde la exuberancia de la selva oriental estalla en los intensos cromatismos del technicolor para dar cobijo a una espesura maravillosa y embriagadora, poblada de animales y fieras extraordinarios, y que hace empequeñecer el orgullo de los humanos que osan morar o adentrarse en sus misterios.

En este sentido, el texto sobre el que se construye el filme no es fiel al escrito de Kypling, pero sí al espíritu que de él emana, crítico con las voraces apetencias de la autodenominada civilización y devoto del poder sagrado, eterno, de la naturaleza, a la que reverencia con devoción. Las ruinas de Ozymandias devoradas por las higueras indómitas.

          El libro de la selva es una aventura que no especula. Está filmada desde la ingenuidad de la fábula -donde por tanto tienen cabida las arcaicas caracterizaciones embetunadas y los evidentes aunque bellos decorados pintados-, la cual en realidad es una engañosa máscara bajo la cual infiltrar dilemas trágicos y terrores abisales.

Dentro de su pasión narrativa, propia del cuentacuentos que ejerce como maestro de ceremonias de la función, la película vierte sobre la belleza deslumbrante de la jungla la dualidad humana, su combate entre su tendencia creadora y destructiva, entre su cainismo y su solidaridad con el prójimo, entre su rostro salvaje y su rostro racional; intermediadas todas ellas por una criatura entre dos mundos: Mowgli -a quien pone rostro jovial y habilidades circenses Sabu, al que los Korda habían conocido en Sabu – Toomai, el de los elefantes, otro viaje a Kypling, y a quien habían vuelto a emplear en las aventuras de Revuelta en la India y El ladrón de Bagdad-. Una dualidad siempre en conflicto, incluso en guerra abierta.

          Hay, pues, una noción trascendente en los fotogramas de El libro de la selva, en los que se cita a Juan el Bautista y a Buda y que están impregnados de un poderoso hálito animista, panteista, pagano. Un misticismo antiguo, perdido, que se ha de recuperar para orientar el curso de una humanidad enzarzada en la destrucción por su propia mano. Los animales que se comunican con el buen salvaje, que admiten y tutelan a los inocentes de corazón puro y que destierran o aniquilan a aquellos arrogantes que pretenden expoliarla saltándose sus atávicas, universales e inmarcesibles leyes morales. La virtud primigenia, el pecado original. El edén sublime donde todo es posible de nuevo, mas de nuevo frágil a la iniquidad.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 8.

El hombre sin edad

22 Jun

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Año: 2007.

Director: Francis Ford Coppola.

Reparto: Tim Roth, Alexandra Maria Lara, Bruno Ganz, André Hennicke, Marcel Iures, Alexandra Pirici, Matt Damon.

Tráiler

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          El comienzo y el final de la filmografía de Francis Ford Coppola parecen tocarse a través de la experimentación y de la libertad creativa, marginal y casi, o aparentemente, indiferente a las consideraciones exteriores, si bien en este último trecho con el alivio económico de los prósperos viñedos californianos que posee el cineasta y empresario. Desde el estreno de Legítima defensa en 1997, diez años tardó en retomar la cámara el que, independientemente ya de lo que haga o deje de hacer, es uno de lo grandes titanes del cine contemporáneo -y eso en Estados Unidos, puesto que El hombre sin edad no llegó a España hasta 2012 y en formato DVD-. Y, después de esta dilatada espera, desconcertó con una película fragmentada y azarosa, recogida entre retazos de sueños, recuerdos e ilusiones, y fundada sobre profundas inquietudes filosóficas, religiosas e intelectuales.

El hombre sin edad se basa en la novela Tiempo de un centenario, del pensador e historiador rumano Mircea Eliade, pero el guion adaptado lleva, por derecho, la firma de Coppola. Desde los títulos de crédito y la introducción se pueden rastrear constantes presentes en su corpus. Los relojes como doliente símbolo de muerte de La ley de la calle, los océanos de tiempo atravesados para encontrar al ser amado de Drácula de Bram Stoker. Son las herramientas con las que se compone el drama del anciano profesor Dominic Matei, quien atravesado por un rayo en el Domingo de Resurreción de 1939, rejuvenece milagrosamente para, tal vez, poder completar la obra de su vida.

          Coppola sumerge el proceso sobrenatural en una textura onírica y ambigua, en la que se duda sobre la naturaleza del prodigio, sea concesión divina de una segunda oportunidad inesperada, sea frustrante condenación mitológica, sea alucinación póstuma, como el remordimiento del individuo que repasa su vida y ajusta cuentas consigo mismo que comparecía en la saga de El padrino. El curso inexorable del tiempo, la existencia que se escurre entre los dedos sin saber aprehenderla ni aprenderla, The End.

Entre hipermnesia iluminada, sueños lúcidos y dualidad psicológica y moral, Matei avanza hacia un dilema esencial, situado en la encrucijada entre la realización romántica o emocional y la realización intelectual o filosófica. El amor, el conocimiento. El sacrificio de la tragedia griega, el retrato de Dorian Grey, el eterno retorno, la metempsicosis, la filosofía oriental que subvierte la perspectiva y las concepciones occidentales acerca del tiempo y la materia. Cuestiones envueltas en un mundo igualmente inestable, al borde o abocado al abismo pero que, en cierta forma, parece conectado a la experiencia subjetiva del protagonista -su enfrentamiento con el doctor Rudolf y la sucesiva evolución de la guerra-.

          La poliédrica carga metafísica del argumento desemboca en lo que parecen ramales deshilvanados que se entremezclan con algunos problemas de coherencia narrativa, los cuales derivan en confusión fortuita y ocasional distanciamiento. El hombre sin edad es a ratos indagación existencial o ensayo reflexivo, a ratos cine de género, pero sin conjuntarse ambas partes demasiado bien.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 6,5.

Narciso negro

18 Abr

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Año: 1947.

Directores: Michael Powell, Emeric Pressburger.

Reparto: Deborah Kerr, David Farrar, Kathleen Byron, Sabu, Jean Simmons, Judith Furse, Flora Robson, Jenny Laird, May Hallatt, Eddie Wahlley Jr., Esmond Knight.

Tráiler

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          El purgatorio de las monjas es un serrallo indio aislado en el Himalaya, poblado por objetos y lenguas paganas, ornado con pinturas eróticas, enfrentado a una diosa desnuda y a un santón de trascendencia inexpugnable, resonante de ecos de misterios ancestrales, a las puertas de los placeres de la carne, situado al borde del abismo.

Narciso negro es una película compuesta a través de terribles duelos: la mujer reprimida contra el hombre desengañado, el cristianismo contra las divinidades exóticas y arcanas; la fragilidad humana contra la hostil naturaleza que se manifiesta en los elementos y la orografía; la capacidad personal contra la presión del deber, la devoción contra la tentación, las cárceles psicológicas contra las liberaciones espirituales, las monjas contra sus jerarquías de poder y sus deseos enfrentados; cada una de ellas contra sí misma.

          Michael Powell y Emeric Pressburger, The Archers, componen con extraordinaria hermosura y con punzante profundidad la atmósfera del palacio donde cinco monjas pretenden levantar una escuela, un hospital y un convento. “No es lugar para fundar un monasterio”, les advierten. Los cineastas construyen para ellas un escenario de sobrecogedor poder telúrico y de desconcertante exuberancia, creación de deidades superlativas a las que nada interesa el recogimiento, el sacrificio y la contrición; sino que se regodean en la belleza natural y humana, en el deseo satisfecho, en la expresión desatada de los potenciales y las emociones.

Un universo desconocido y deslumbrante de luz, color y pureza en comparación con los tenebrosos muros donde las religiosas acostumbran purgar su vida terrenal al servicio de Dios. The Archers ponen a prueba la firmeza de sus convicciones infiltrando signos infieles en sus hábitos cotidianos, con frescos hindúes y campanas budistas. Atruenan los estímulos de vida ante la mirada de unas religiosas sometidas a un examen espiritual que se torna gradualmente en existencial, a medida que se presentan los fantasmas del pasado, de las ilusiones rotas, de las oportunidades aún posibles. Cada mañana, una de ellas ha de tañir la campana a los pies del colosal precipicio.

          Con idéntica habilidad expresiva, Powell y Pressburger cultivan y espolean la tensión del drama, abonada por esta sucesión de dilemas íntimos y colectivos, desencadenados por la pérdida de las referencias de una vocación obsesivamente abnegada que esconde traumas enquistados de tiempos pretéritos, enterrados pero no muertos.

En el encierro todo se magnifica. Especialmente en una celda desbordada de pasiones y gozos ante los que solo cabe ignorarlos, abstrayéndose en una búsqueda metafísica, o entregarse a su llamada primaria y visceral. Un lápiz de labios contra una Biblia.

El elemento sobrenatural palpita en este mundo fascinante y perturbador que la hermana superiora Clodagh es incapaz de comprender y frente al que no sabe reaccionar -algo semejante a lo que le ocurrirá de nuevo a Deborah Kerr en Suspense, donde encarna a otra mujer piadosa recluida en compañía de fuerzas irracionales y desasosegantes-. Ya se le percibía durante la presentación de la cuidadora del gineceo, quien aparece en perfecta conexión con los misterios naturales, precedida por el viento, en comunicación con las aves. También en el incesante azote de las corrientes que descienden desde las montañas. Pero con los ojos como espejo del alma -y con algunos planos realmente impactantes todavía hoy-, su clímax se alcanza en el desenlace, narrado con la gramática propia de un filme de terror, y luego ratificado de nuevo por la influencia de los fenómenos atmosféricos -la niebla, la lluvia-.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8.

Viaje a Darjeeling

19 Mar

Es la peor considerada entre los fans de Wes Anderson (entre los que no me incluyo), pero a mí me parece, dentro de su irregularidad, de las más simpáticas y menos ensimismadas de su filmografía. Cine Archivo, de viaje a Darjeeling.

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Alejandro Magno

23 Ene

“Antes que nada ser verídico para contigo mismo. Y así, tan cierto como que la noche sigue al día, hallarás que no puedes mentir a nadie.”

Hamlet

 

 

Alejandro Magno

 

Alejandro Magno

Año: 2004.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Colin Farrell, Angelina Jolie, Jared Leto, Val Kilmer, Elliot Cowan, Jonathan Rhys Meyers, Rosario Dawson, Anthony Hopkins.

Tráiler

 

 

             Hay ocasiones en las que un hombre, para poder ser llamado como tal, ha de afrontar su madurez, levantar la vista y asumir sus decisiones. A mí, Alejandro Magno es una película que me gusta. Y bastante, además.

             Casi tres horas de duración, un inadecuado y lastimoso protagonismo de Colin Farrel luciendo una horrenda melena oxigenada como punta del iceberg de una pésima dirección de actores, la presencia del repelente Jared Leto, Val Kilmer con manga ancha y doblado por Jordi Brau, una tremenda irregularidad de la realización y alardes de experimentación estética innecesarios y fallidos como el uso de filtros de color rojo en medio de una batalla, diálogos inflados y acartonados,… Son muchas, y de peso, las razones para denostarla.

Sin embargo, me fascina el personaje histórico, no tanto en su condición de héroe conquistador sino en la de indómito aventurero; me fascina la Mesopotamia antigua y la resonancia épica de nombres como Gaugamela, Ecbatana, Bactria, Sogdiana o Gedrosia; me fascinan los conseguidos movimientos de masas y la creíble e impactante coreografía de las batallas, me fascina la exploración de esos pueblos y regiones ignotas relegadas a los traslúcidos márgenes de la historia, me fascinan los sobrecogedores paisajes que se revelan ante los ojos maravillados de la quimérica, demente y genial expedición del rey macedonio, me fascina Angelina Jolie -sin ser el mayor fan de la diva- en la película donde más guapa aparece y me fascina Rosario Dawson en pelota picada.

              Oliver Stone dibujaba una nueva aproximación a su tema favorito, el poder, por medio de la figura de uno de los personajes más destacados de la Historia, Alejandro Magno. Una vida aún problemática para la historiografía, sujeta a muchos claroscuros, mitos y ambigüedades, que el realizador estadounidense convierte en un drama encadenado a los complejos míticos de la tragedia griega: el peso y la soledad del trono, el conflicto entre ambiciones, ideales y realidad, el lacerante coste que acarrea en igualdad de proporciones toda gloria, la influencia de los antecedentes y su inapelable unión al fatalismo.

Una mirada más comprensiva que complaciente que proporciona un jugoso trasfondo al que, en muchos momentos, un marcado aire discursivo -producto de unos pomposos diálogos, declamados con afectación para mayor daño- amenaza con sepultar y que en su día fue despreciado con tremenda injusticia por las acusaciones de regodeo en el escándalo por el (supuestamente) generoso reflejo la relación homosexual de Alejandro y su lugarteniente Hefestión.

Más allá de que sea así o no, el hecho tampoco merece mayor atención dada su cotidianeidad en el contexto cultural de la Antigua Grecia y el afortunado aunque todavía evidentemente inconcluso proceso de normalización social actual, irrelevante además en comparación con otros elementos más cuestionables de la película, como los citados anteriormente.

              Aparte de un ritmo aceptablemente fluido a mi entender, que deja respirar a la aventura intrínseca a las campañas militares de Alejandro en el Oriente Medio -también culturales y cartográficas según numerosas interpretaciones, incluida la del filme-, destaca la cuidada y sugerente ambientación histórica del relato tanto en el aspecto argumental como en la puesta en escena, con la salvedad de los inevitables ajustes dramáticos -por ejemplo, la exigencia de la princesa persa Estatira de ser respetada como tal y su consiguiente aceptación por parte de Alejandro, hecho que, en realidad, aconteció con el rey indio Poros– y los mínimos errores cronológicos -la exactitud plena es un imposible-, que no evitan que, en este aspecto, sea bastante superior a la media.

Descuartizada por la crítica, estéril en la taquilla.

 

Nota IMDB: 5,4.

Nota FilmAffinity: 5,2.

Nota del blog: 8.

La tumba india

21 Ene

“Cada película tiene una especie de ritmo que sólo el director puede darle. Tiene que ser como el capitán del barco.”

Fritz Lang

 

 

La tumba india

 

Año: 1959.

Director: Fritz Lang.

Reparto: Debra Paget, Paul Hubschmid, Walter Reyer, Claus Holm, Sabine Bethmanm.

Tráiler

 

 

            La tumba india es la película que, estrenada originalmente dos meses después, da continuidad y cierra definitivamente El tigre de Esnapur, la cinta de aventuras exóticas que había supuesto el retorno de Fritz Lang a Alemania tras sus periplos francés y estadounidense que siguieron a su exilio tras la afirmación del nazismo en los organismos de poder del país.

            En esta ocasión, el protagonismo del arquitecto alemán y su romance con la bella Sheeta, bailarina de la diosa Shiva, se diluye a favor de las tramas secundarias, a saber: la rebelión del los cortesanos refractarios a la modernización del reino, la investigación de los arquitectos alemanes recién llegados sobre el paradero de su cuñado, hermano y colega de profesión –personajes accesorios, planos y algo irritantes que vienen a potenciar el carácter de choque entre lo civilizado y lo barbárico del relato-, y la lucha de Sheeta contra el matrimonio con el príncipe y contra la inapelable condena impuesta por este: su ejecución y sepultura en una tumba monumental edificada sobre los cimientos del despecho y el rencor que van de la mano del desengaño amoroso más brutal.

            La película queda configurada más como una continuación tras un intermedio que como una segunda parte autónoma –el final abierto de aquella dejaba todos los cabos por atar, ésta comienza reciclando imágenes de la anterior a modo de resumen-; tal es así que en el año posterior ambos filmes, cuya popularidad manifiesta el hecho de que entonces ya fuera la tercera adaptación que se hacía de la novela de Thea von Harbou –antigua colaboradora y esposa de Lang-, se exhibirían en sesión única bajo el epígrafe Journey to the Lost City.

            Analizándola independientemente, La tumba india repite las características –holgura medios, grandes escenarios y masas, colorismo…-, los defectos –poca tensión dramática a causa de un guion algo romo, cierto anquilosamiento, una dirección demasiado funcional y unas actuaciones mejorables- y las escasas virtudes que presentaba su antecesora, que de nuevo, aparte de un ligero dinamismo mayor en la transición de escenas, recaen en la exuberancia física de la norteamericana Debra Paget, habitual en papeles de belleza exótica, y sus casi gratuitos pero aún más sensuales bailes, capaces de hipnotizar por igual a una cobra que a un espectador masculino.

En cambio, las tramas abiertas se clausuran por lo general de manera poco satisfactoria, muy endeblemente -sobre todo en el caso de la revuelta de la nobleza local contra el joven y obcecado príncipe, resuelta con desgana-, fruto de un libreto poco pulido al que le sobrepasó la mayor atención recibida por los fastos de la puesta en escena.

De nuevo, prescindible.

Se aconseja ver ambas como una sola (del tirón o en partes), por más de tres horas que ello suponga.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 4,5.

El tigre de Esnapur

19 Ene

“La historia y el estilo empleado para contarla son los que hacen que una película sea buena o mala, no el procedimiento técnico de la misma.”

Fritz Lang

 

 

El tigre de Esnapur

 

Año: 1959.

Director: Fritz Lang.

Reparto: Paul Hubschmidt, Debra Paget, Walter Reyer, Luciana Paluzzi, René Deltgen.

Tráiler

 

 

            Fritz Lang, con una trayectoria considerada ya en aquel entonces en decadencia y enfrentado enconadamente con el sistema de estudios hollywoodiense, fruto de su natural temperamentalidad así como de la interferencia de estos en el montaje y el freno a su participación en el guión de las películas, decidió poner fin a su periodo norteamericano y emprender el regreso a Alemania, país que había abandonado años atrás huyendo del advenimiento del nacionalsocialismo.

            Para su primera película, Lang retoma un argumento menos trascendente que el de sus anteriores filmes, de evasión, que no es otro que el de la novela La tumba india, obra de Thea von Harbou, escritora, guionista, simpatizante nazi, ex esposa y colaboradora habitual suya –libreto de la primera adaptación al cine del presente relato incluido-.

Se trata de una historia clásica de aventuras exóticas ambientada en la India colonial que abarca amenazas naturales, hijos expósitos de orígenes inciertos, romances apasionados, rivalidades de amor, conflictos entre tradición y modernidad en el seno del poder local y las imprescindibles intrigas palaciegas.

De gran popularidad, será su tercera adaptación, tras las versiones de 1921 y 1938.

            Lang disfrutará para ello del boato de las grandes cintas épicas de Hollywood, aunque esta vez provenientes de una financiación alemana más comprensiva con la libertad artística del furibundo director. Esto se traduce en lujosos escenarios de estudio y al aire libre, fotografía colorista, grandes movimientos de masas, muchedumbres nativas y teutonas con la piel convenientemente barnizada de cobre,…; elementos que recrean un aspecto de aventura old school dentro de su ostentosidad de superproducción popular.

Todo tan clásico que provoca que la cinta se perciba tan acartonada como las interpretaciones del reparto en general y de Paul Hubschmidt, protagonista, en particular, si bien quizás cabría rescatar la deslumbrante belleza y las sugerentes danzas de la estadounidense Debra Paget, ya acostumbrada a meterse en la piel de beldades exóticas en su país de origen.

            El vienés aborda una trama que resulta muy vista, poco estimulante, mediante una dirección a grandes rasgos, y pese a contar en su haber con algún acierto en la puesta en escena, sin fuerza -hecho que se evidencia especialmente en el laxo rodaje de las escenas de acción más pura-, que acaba por comprometer el interés de esas peligrosas intrigas y prohibidos devaneos amorosos que no llevan a ningún puerto, también debido a su configuración casi a modo de díptico o miniserie en combinación con La tumba india -lo que implica hasta un final con cliffhanger-.

De hecho, ambas serían exhibidas un año después como una sola bajo el título Journey to the Lost City.

Mejor hubiera sido aprovechar el filón menos accesible pero más rico que le brindaba la magia de los misterios de una India oculta, mística y crepuscular que se aproximaba a una modernización traumática e irrefrenable, con el tigre, otrora regio, salvaje e indómito, aniquilado o encerrado entre barras de acero como máximo emblema.

Prescindible.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 4,5.

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