Tag Archives: Incesto

Kiss Kiss Bang Bang

4 May

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Año: 2005.

Director: Shane Black.

Reparto: Robert Downey Jr., Michelle Monahan, Val Kilmer, Corbin Bernsen, Dash Mihok, Rockmond Dunbar, Shannyn Sossamon, Angela Lindvall, Larry Miller, Harrison Young.

Tráiler

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         “Lo único que se necesita para hacer una película es una chica y una pistola”, decía Jean-Luc Godard. “Beso beso, bang bang”, le replica Shane Black, igual de conceptual, todavía más gamberro, bastante más divertido y desde luego menos pedante.

La metarreferencialidad de Kiss Kiss Bang Bang no está demasiado alejada de la cinefilia compulsiva de los autores de la Nouvelle Vague. El relato está construido precisamente a partir de una serie de noveluchas pulp, con sus propias versiones cinematográficas de saldo, que son las que determinan la existencia de los personajes de un filme cuyo libreto, sarcásticamente, insiste en asegurarles que lo que viven ni es un filme ni una novela. Pero el narrador, que es el protagonista en primera persona, no está del todo de acuerdo. Recita sus desventuras como si fuera una trama propia de Raymond Chandler, enrevesada y sórdida como mandan los cánones -asesinatos, dinero, violencia, incesto…-, e incluso estructura sus capítulos con homenajes a títulos de su bibliografía. Sin embargo, lo hace consciente de sus limitaciones; es solo un aficionado. Su narración es por momentos caótica y la cuarta pared no existe para él. No es un creador con ínfulas, sino un chorizo de poca monta. Y le está contando una historia a personas que considera sus iguales. A espectadores que esperan un argumento de emoción e intriga para entretenerse. Un punto de vista frontalmente subjetivo, ostentado además por un hombre dudoso, que ya de primeras pone en cuestión que todo esté, o deba estar, necesariamente ajustado a una verosimilitud estricta. Y además, quien está detrás de este individuo, escribiéndole las ideas, es un cineasta mordaz y posmoderno que debutaba como director tras labrarse un nombre en los guiones de cintas tan cañeras como coñeras.

         Casi por necesidad, Kiss Kiss Bang Bang está ambientada en el entorno de Hollywood, la fábrica de sueños, el lugar donde cualquier cosa, por descabellada que parezca, es posible. Black lo sintetizará años después en la introducción de otra historia de detectives, Dos buenos tipos, bajo la mirada de un chaval al que la playmate que desea con fervor adolescente se le aparece de repente, en la misma postura que en la revista que sostiene, en el patio trasero de su casa. Pero es un sueño, efectivamente. Un espejismo que espantará un humor negro que no hace prisioneros: la playmate ha aterrizado allí víctima de un accidente mortal. La crueldad de Black es hoy extemporánea, en tiempos donde la universalidad del comentario que proporcionan las redes sociales somete a estricta revisión cada coqueteo con los límites del humor. Aquí el coqueteo es, directamente, metida de mano. La violencia y el sexo son incluso menos brutos que la comedia que los enmarca. Hasta el punto de que no siempre consigue desactivar su truculencia mediante esa pátina de fantasía frívola.

         En cualquier caso, regresando al concepto de fábrica de los sueños, el verdadero leit motiv de Kiss Kiss Bang Bang no es tanto la conspiración criminal como otro de los grandes temas del cine y de la literatura de tres al cuarto: la chica de los sueños y cómo conseguirla. Su formulación -el chico que se reencuentra con el amor platónico del instituto en el momento y el lugar más insólito- es tan delirante como la investigación que desarrollan a medida que capean con la atracción y sus problemas.

         Por todo ello, Kiss Kiss Bang Bang es tan enloquecida como inevitablemente irregular. El protagonista está en lo cierto cuando advierte de que es un poco desastroso hilando argumentos. A veces es una película pasada de revoluciones en su acción y su ironía, en otras decae y no termina de calibrar del todo bien ese juego con la colisión entre la realidad y la ficción entendidos como vasos comunicantes. Pero es sin duda una obra con personalidad y encanto propios.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6.

Volver

28 Dic

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Año: 2006.

Director: Pedro Almodóvar.

Reparto: Penélope Cruz, Yohana Cobo, Carmen Maura, Lola Dueñas, Blanca Portillo, Leandro Rivera, María Isabel Díaz Lago, Neus Sanz, Pepa Aniorte, Antonio de la Torre, Carlos Blanco, Yolanda Díaz, Chus Lampreave.

Tráiler

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        En La flor de mi secreto, la protagonista escribe una novela en la que una mujer esconde el cadáver de su marido en un arcón congelador. En La mala educación, un cartel informa del protagonismo de Carmen Maura en una película ficticia titulada La abuela fantasma. Volver llevaba tiempo fraguándose en la mente de Pedro Almodóvar y en ella vuelca, por supuesto, todas sus esencias existenciales y cinematográficas.

        Dos hermanas y la hija de una de ellas limpian la lápida de su madre y abuela, respectivamente. En este pueblo de La Mancha, azotado por el inclemente viento solano y donde la muerte convive con la vida como costumbre arraigada, tres generaciones se encuentran igualadas y encadenadas por una atroz tragedia que, sin embargo, se manifiesta con tono de comedia surrealista, lo que ensancha el espacio para que encaje sin problemas el tremendismo de su melodrama, fundido con total coherencia con el fiel costumbrismo, con las imágenes del recuerdo del autor, con esos besos estruendosos y esa jerga regional.

El negro luctuoso está reemplazado por el ardiente rojo. Como en Todo sobre mi madre, Almodóvar perfila los lazos femeninos y la sororidad compartida como vía más probable de poder romper el círculo que se repite una y otra vez a través de los siglos, de sanar definitivamente unas cicatrices nunca sanadas. A pesar de los secretos inconfesables, de las deudas y de los desconsuelos.

        Las interpretaciones terminan de potenciar la vida que el autor logra insuflar a sus fuertes personajes. La arrolladora Raimunda, hecha carne por una arrolladora Penélope Cruz, propulsa la narración. Almodóvar cita Bellisima, pero Cruz y Yohana Cobo paracen asemejarse incluso más a otra madre e hija inmersas en una batalla sin tregua, las de Dos mujeres. Es una madre coraje de otra época, en la que la belleza de la actriz es a la vez nostálgica y actual. Al igual que sus curvas, sus maneras, propias de tiempos del éxodo rural, parecen anacrónicas en los arrabales madrileños contemporáneos, con el claro contraste que ofrece su hija. Una fantasía rescatada del pasado e implantada en el presente, con cierto toque consciente. Idéntica, por tanto, a esa escena en la que el tiempo parece detenerse, transportada a otra dimensión con Cruz cantando el Volver de Carlos Gardel con la voz de Estrella Morente.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 8.

Chinatown

7 Dic

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Año: 1974.

Director: Roman Polanski.

Reparto: Jack Nicholson, Faye Dunaway, John Huston, Perry Lopez, Burt Young, John Hillerman, Darrel Zwerling, Roman Polanski.

Tráiler

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         Los títulos de crédito ya remiten sin tapujos a las formas de los años cuarenta, la época de esplendor del filme noir más clásico. Por aquellos comienzos de la década de los setenta, en plena efervescencia del Nuevo Hollywood y sus cineastas cinéfilos, autores como Robert Altman habían dado la vuelta al género, desmitificando en parte sus convenciones pero sin perder el respeto, en obras como El largo adiós. El gángster también había cambiado, entre la violencia estilizada de Bonnie & Clyde y el romanticismo monumental de El padrino. Pero Chinatown, en cambio, es una apropiación extemporánea, una resurrección de una serie de códigos originarios de tiempos pretéritos pero que se disfrutan inmarcesibles, como las joyas de la familia, a través de las generaciones -también es cierto que abundaban por entonces películas repletas de nostalgia del ayer, caso de Verano del 42, Como plaga de langosta, El gran Gatsby, Luna de papel, Tal como éramos o American Graffiti-. El homenaje se extiende incluso al reparto, donde figura John Huston, a quien Paul Schrader consideraba inaugurador del cine negro, como categoría plenamente definida, con El halcón maltés.

         En Chinatown, el detective privado vuelve a ser el agente encargado de desvelar y reparar las podredumbres de una sociedad civilizada a la que no pertenece -si acaso como ignorado habitante de sus márgenes ocultos-, en esta ocasión a causa del peso de un trauma pasado cuya influencia fatalista trata de disimular mediante una coraza de cinismo y trajes finos. Más feroz en su retrato históricosocial de lo que era admisible tres décadas atrás, los pasos de Jake J. Gittes -un Jack Nicholson que va como anillo al dedo- terminan por componer una destructiva crónica de la construcción de los Estados Unidos, donde el villano queda en manos de uno de esos próceres iluminados del liberalismo económico más ambicioso e implacable, que por la fuerza de su voluntad de patriarca bíblico, fundada sobre el dólar, se adueña y dispone a su antojo de bienes, cuerpos y espíritus, forjando el territorio a su imagen y semejanza.

         Largo tiempo le había costado al productor Robert Evans que su primera película como director ejecutivo de la Paramount, revitalizada bajo sus órdenes, fuese dirigida por Roman Polanski -con quien había firmado el éxito de La semilla del diablo– debido a la reticencia de este a regresar a la ciudad donde había sido atrozmente asesinada su esposa, Sharon Tate. Y curiosamente será el último filme del realizador polaco en suelo estadounidense a causa de las acusaciones contra él de abusos sexuales a menores.

Sea como fuere, armada sobre un impecable libreto de Robert Townereconocido con un Óscar-, Polanski logra dotar de un aire denso y viciado al soleado y desecado Los Ángeles donde se ambienta este relato de corruptelas flagrantes y poder desmedido que fructifica en una serie de pecados atronadores frente a los que, desguarnecido bajo una ley y un orden moral que son simple apariencia de escaparate, el individuo común solo puede inhibirse o dejarse engañar. La intriga está perfectamente dosificada para el espectador, que la sigue a la par de las averiguaciones del detective, incluso con un punto de vista asociado a planos subjetivos que, al igual que una fotografía más bien naturalista, rompen la pura fidelidad formal a sus modelos.

         Chinatown, en definitiva, posee un carisma y una calidad que trasciende la mera imitación devota. Y en cierta manera, en un presente donde vuelve a arreciar el ultracapitalismo y el descrédito de los valores públicos e inmateriales, la vigencia de su amargura, propia de una época de compromiso desencantado y desconfianza hacia el poder, se muestra tan actual como su pasión por el noir.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 9.

Los chicos terribles (Les enfants terribles)

8 Mar

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Año: 1950.

Director: Jean-Pierre Melville.

Reparto: Nicole Stéphane, Edouard Dermithe, Renée Cosima, Jacques BernardJean Cocteau.

Tráiler

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           Tras su rotundo debut en la dirección de largometrajes, El silencio del mar, Jean-Pierre Melville continuaría su trayectoria con Los chicos terribles, otro relato que construye y condensa un microcosmos particular en una sola estancia -por más que se trate de varias, en realidad es siempre la misma reproducida en distintos espacios-, habitada por unos pocos personajes que desarrollan entre sí estrechas relaciones en las que, el roce propiciado por la cercanía física -y paulatinamente emocional-, provoca el desencadenamiento de pulsiones procedentes de la profundidad de su espíritu.

Si en aquella tomaba como inspiración una historia corta de Vercors, en la presente acomete la popular novela homónima de Jean Cocteau, de cuya adaptación se encarga el propio artista, el cual sea arroga la voz del relato incluso de forma literal, puesto que suyo es el papel de narrador omnisciente y ‘suyo’, en un metafórico sentido amoroso, es uno de los protagonistas: Edouard Dermithe. En una muestra más de su dominio sobre la película, una ilustración firmada por él también servirá para componer el póster promocional de la producción.

           Quizás por esta omnipresencia autoral, el filme parece no poder despegarse de su origen literario ni de las obsesiones de su polifacético creador. El particular lirismo de la letra en negro sobre blanco no logra traspasarse al blanco y negro de la fotografía, firmemente sujeto por una tiránica voz en off que coloniza el desarrollo del relato cinematográfico pese al esfuerzo de Melville en la composición del encuadre, con una realización que posee instantes y movimientos de una audacia que permiten situarla como ascendente directa de la venidera Nouvelle Vague.

           No obstante, Los chicos terribles no alcanza el hipnotismo de un cuento contemporáneo, hechizante y siniestro, sino que sus personajes aparecen como monigotes artificiosos -e insoportables- que, intermediados por interpretaciones horrendamente teatrales y sobreactuadas, se mueven a partir de impulsos y represiones amorales y provocadoras -la homosexualidad, el incesto-, dentro de un universo reconcentrado y excluyente que conduce por consiguiente a la inserción en el relato de una dimensión trágica y puede que también distanciada -el parlamento de la hermana acerca de ser tan repulsiva que hasta el drama “la expulse”-, las cuales en todo caso parecen mal trenzadas y prolongan la precedente impostura de la obra.

Son conceptos de fondo que, a pesar de suponer entonces una drástica ruptura con los cánones que por ejemplo predominaban en el habitualmente mojigato cine estadounidense, hoy se perciben bastante envejecidos. El paso del tiempo no ha favorecido en absoluto a Los chicos terribles.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 5.

Pola X

5 Feb

“Tras cada hombre viviente hay treinta fantasmas, pues esa es la razón en la que los muertos superan a los vivos” 

Arthur C. Clarke

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Pola X

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Pola X

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Año: 1999.

Director: Leos Carax.

Reparto: Guillaume Depardieu, Yekaterina Golubeva, Catherine Deneuve, Delphine Chuillot, Laurent Lucas, Patachou.

Tráiler

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             No es un autor contenido Leos Carax. Sus películas navegan encadenadas al albur de sus criaturas, sometidos a feroces heridas existenciales y emocionales que, además, el cineasta propulsa desencadenando sobre los mismos fotogramas, con arrolladora fuerza expresiva, estas inquietudes íntimas. Equilibrios sobre el alambre, que el director francés acostumbra a salvar por la potencia de su convicción artística, por la honestidad sin fisuras con las que aborda sus relatos, innegociablemente personales. Quizás sea indicativo esto de las taras que, a mi juicio, lastran y condenan a Pola X.

             La cinta, basada en una novela maldita de Herman Melville, nace con un estilo narrativo con una apariencia inusualmente clásica, dentro de lo que cabe, al menos hasta pasada la mitad del metraje. Como si el espíritu indomable de Carax se diluyese en un relato que costó diez borradores alumbrar, de ahí la X que corona el título –otro dato significativo acerca del tortuoso y dubitativo proceso que conllevó elaborar esta obra que, precisamente, basa su conflicto en los desgarradores dilemas del protagonista-.

             Da la impresión de que, después de esa engañosa ‘convencionalidad’ del comienzo, Carax libera su sensibilidad torrencial sobre el desarrollo del filme, tratando por fin de echar el lazo a las imágenes y cabalgar sobre los lomos desbocados de este argumento excesivo y definitivamente encabritado por la mente alterada del protagonista, un joven escritor que destruye su próspero futuro por la obsesión de redimir unos presuntos fantasmas familiares, ocultos en un armario sellado –y vacío- y manifestados a través de una pesadillesca (e hipnótica) declamación en las tinieblas del bosque.

De esta manera, los tonos dorados que gobernaban ese arranque ilusoriamente paradisíaco –aunque infestado por una presencia perturbadora que se ramifica en traumas y complejos privados y colectivos, así como en relaciones brumosas de incesto, poligamia y homosexualidad sugeridos-, entran en contraste con la grisura, el frío y la suciedad del tour de force emprendido al asumir esta perturbación irresistible, que en su crudeza surreal incluye escenas de sexo explícito –mera anécdota sin relevancia, aunque en su día bastante comentadas-. ¿Es pura alucinación esta segunda mitad que transcurre en una especie de arca de Noé sectaria, acomodada así al despertar de Carax y su delirio compositivo? ¿Es una trasposición de la imaginación del artista durante su proceso creativo, a través de la cual se fuga de una realidad anodina que aborrece? ¿O esto lo era ya, por completo, toda la historia?

             Supongo que cualquiera de las tres opciones resulta válida. Como es igualmente válido señalar el insuperable desequilibrio que produce este cúmulo de desbarres simbólicos-conceptuales e incontinencias formales, el cual termina por asemejar a Pola X a un desvaído David Cronenberg; abotargada, descompuesta y sobrepasada por su fallida megalomanía.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 3.

Maps to the Stars

12 Ene

“Amo Maps to the Stars más que a mi propio bigote”

John Waters

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Maps to the Stars

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Maps to the Stars

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Año: 2014.

Director: David Cronenberg.

Reparto: Mia Wasikowska, Evan Bird, Julianne Moore, John Cusack, Olivia Williams, Robert Pattinson, Sarah Gadon.

Tráiler

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           No era descabellado que el canadiense David Cronenberg, incesante diseccionador de las deformidades viscerales y sociales de Occidente, encontrase un gustoso vertedero de aberraciones y monstruosidades que explorar en uno de los motores de la cultura contemporánea como Hollywood, industria de la que ha procurado mantenerse independiente y a distancia durante su particular trayectoria –de hecho, esta es la primera vez que rueda en suelo estadounidense-. No por nada, los tumores de la fábrica de sueños han sido advertidos y expuestos ya desde el periodo silente.

           Así pues, cabe preguntarse si Cronenberg, autor inquietante, encuentra un nuevo ángulo de enfoque en el retrato del amorfo leviatán americano, apoyado además sobre la escritura del novelista y guionista Bruce Wagner, infiltrado desde hace décadas en los submundos hollywoodienses –ahí queda su libreto Escenas de lucha de sexos en Beverly Hills o Women in Film, en las que se pueden encontrar un par de puntos en común con la presente-.

Maps to the Stars se sumerge en la podredumbre de Hollywood empleando la sátira como hoja de ruta con la que identificar y fotografiar cada sórdido rincón y cada ruina desmoronada que se oculta bajo la luminosidad del cielo californiano y la despampanante ostentación de las mansiones, avenidas y tiendas de lujo de la ciudad-estudio, capturada con una puesta en escena casi aséptica y convencional –comparable, por tanto, a la intencionalmente empleada en la soleada Suiza de Un método peligroso, también contradictoria con la oscura psicología de sus protagonistas-.

Aquí, bajo este sol deslumbrante y estos inmaculados jardines con piscina, la cinta se topa con una enmarañada galería de personajes, organizados en dos familias a las que el término disfuncional les queda incluso generoso, dueños todos sus miembros de horrendas cicatrices –a la vista o en sus entrañas-, zarandeados por la desesperación y la locura –de nuevo, certificada o no-, y acosados por fantasmas de toda índole y por la insaciable máquina de devorar seres humanos que es La Meca del cine.

           Sin embargo, hay algo en Maps to the Stars que deja frío. La fatigante artificiosidad de su tremendismo de tragedia mitológica en el Olimpo moderno; la falta de malsana seducción de su atmósfera que tan perturbadoras hace a las mejores obras de Cronenberg; la sensación de que este melodrama patético y delirante ya ha sido contado con mayor pegada. Algo que, en lugar de agarrarle de las solapas a uno, atrapado por su desgarrado delirio, desemboca en cambio en distanciamiento y desinterés, y que la terminan por convertir a la película en una propuesta un tanto fallida.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 5,5.

Antes de la revolución

2 May

“Bertolucci es extraordinario en su capacidad de percibir, es un poeta…”

Marlon Brando

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Antes de la revolución

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Antes de la revolución

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Año: 1964.

Director: Bernardo Bertolucci.

Reparto: Francesco Barilli, Adriana Asti, Morando Morandini, Crecope Barilli, Cristina Pariset, Allen Midgette.

Tráiler

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          Después de iniciarse en el séptimo arte como ayudante de dirección en Accattone, firmada por su vecino Pier Paolo Pasolini, de realizar dos cortometrajes amateurs y de debutar en el largometraje con La commare secca (La cosecha estéril), Bernardo Bertolucci emprendería ya de manera más evidente con su segunda película, Antes de la revolución, la senda temática, estilística y en definitiva autoral que caracterizará su filmografía, repleta de personajes arrinconados por las circunstancias y sometidos a la incertidumbre de un cambio que amenaza con derribar las certezas que amueblan su vida. Apenas tenía 22 años.

          Inspirado por La cartuja de Parma de Stendhal, Bertolucci encuentra en la Italia de los sesenta y su crispación político-social el escenario perfecto donde ubicar a Fabrizio (Francesco Barilli), un joven burgués dispuesto a renegar a su clase social y a la enamorada que la representa para, en cambio, comprometerse con una hipotética e inminente revolución comunista en el país y, en paralelo, en una relación con su tía Gina (Adriana Asti, pareja del cineasta), devastada por la neurosis que le provoca una atroz soledad.

Con profunda delicadeza, sin concesiones iniciales para la comprensión de su tormento, Bertolucci expone el drama de los dos amantes trágicos: su sumisión a una realidad hostil que no comprenden y de la que les es imposible participar; su asfixia dentro del insoportable cerco vital que les estrecha. El paisaje desolado de la charca, la confusión anónima de la plaza mayor, los pequeños refugios, las danzas íntimas compartidas por Gina y Fabrizio en la distancia y la proximidad, la envarada jerarquía de los asientos en la ópera. El montaje fragmentado y convulso; el trasluz del sol. Reverberan ciertos ecos de la angustia de la Nouvelle Vague en el blanco y negro de sus fotogramas.

El encuentro fugaz de Fabrizio y Gina significa una oportunidad inesperada, nacida en otoño y condenada irremediablemente a la extinción, pero cuanto menos se erige en un remanso de alejado del mundanal ruido donde, quizás de forma inútil, intercambiar por calor humano sus heladores traumas internos –el inexplicable fallecimiento ahogado de su amigo más cercano y el vacío existencial que no llenan las consignas políticas memorizadas en el caso de él; la orfandad y el cruel abandono sentimental en el de ella-.

          Antes de la revolución queda lejos, por supuesto, de la fascinación morbosa por el incesto. A pesar de la afectación que parece caracterizar a los personajes en el comienzo de la cinta, a medida que avanza el metraje y se impregnan las emociones resulta sencillo y lacerante encomendarse con ellos a ese amor secreto en el que ambas partes, por igual, hallan un exangüe apoyo en el que apenas calmar su dolor cotidiano.

Bertolucci filma el romance exaltando su elegíaca latencia agónica, capturando con conmovedora sensibilidad la desesperación que los amantes transmiten en cada beso, paralelo en sus pulsiones de muerte a la extinción inexorable de tantas cosas bellas que en el mundo perecen bajo el yugo del tiempo. En su enardecimiento poético, el osado director parmesano infiltra también algún exceso formalista que, no obstante, se tolera gracias a la desgarrada honestidad del conjunto, donde la pasión, la capitulación y el desconsuelo se confunden en un océano de melancolía.

 

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

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