Tag Archives: Elitismo

Sueños de juventud

7 May

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Año: 1935.

Director: George Stevens.

Reparto: Katharine Hepburn, Fred McMurray, Fred StoneAnn ShoemakerFrank Albertson, Evelyn Venable, Charley Grapewin, Hedda Hopper, Jonathan Hale, Grady Sutton, Hattie MacDaniel.

Tráiler

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          Hay un cuento de hadas en Sueños de juventud, pero no se refiere esencialmente al romance potencial entre una muchacha de familia proletaria y un joven acaudalado. Escenificado en un pueblecito cualquiera de los Estados Unidos, este cuento apunta, en el fondo, a la conciliación entre clases sociales, entre capitalistas emprendedores y esforzados operarios. El cortejo entre Alice y Arthur es una de las ramas de este gran pacto social, la vía primero de intermediación y luego de posible sellado de la armonía y el compromiso entre ambos, por mor de la prosperidad del país de las oportunidades. Aquello que le distingue de ser una tragicomedia británica para ser plenamente norteamericana.

          Sobre esta concepción, George Stevens dota de un tono de cuento al relato, que plasma con pasión las ilusiones y anhelos de su personaje principal, y transmite sus sensaciones a través de una puesta en escena que bien puede lucir destartalada y asfixiante -la interminable cena llena de tratos, torpeza y calor-, bien idílica -la cena en el restaurante, algún encuentro en el porche-.

La influencia del punto de vista de Alice, pues, es determinante en el aspecto visual, pero Stevens también juega maliciosamente con él, atacándolo. Así pues, en determinada escena su hermano le recriminará que se relaje, ya que nadie la está mirando -es decir, que niega su condición de protagonista de una historia-. En otra, igualmente simbólica, su madre le cortará abruptamente la música que viste su suspirante ensoñación nocturna. A veces, la descastada Alice ni siquiera tiene derecho a banda sonora.

          Son detalles que sobresalen sobre un argumento al que le pesan los años, a pesar de que las tribulaciones de Alice Adams por encajar en un determinado contexto social no dejen de ser una constante generacional, un rito de paso casi obligado que atraviesa, con mayor o menor fortuna, todo adolescente. Las preocupaciones socio-sentimentales de la muchacha, un tanto reiterativas además, se sostienen con dificultad, dado que el envejecimiento afecta directamente a la generación de empatía. En paralelo, el conflicto de Sueños de juventud posee un planteamiento tan ingenuo como las conclusiones que llegan de la mano de una moraleja simplista.

De este modo, si la película se sostiene entera es gracias a la desbordante vitalidad juvenil de Katharine Hepburn, a la convicción con la que da vida a la dulce, entrañable, insegura y soñadora Alice.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6.

La ciénaga

19 Mar

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Año: 2001.

Directora: Lucrecia Martel.

Reparto: Graciela Borges, Mercedes Morán, Martín Adjemián, Leonora Balcarce, Silvia Baylé, Sofía Bertolotto, Juan Cruz Bordeu, Noelia Bravo Herrera, María Micoll Ellero, Andrea López, Sebastián Montagna, Franco Veneranda, Diego Baenas, Daniel Valenzuela, Fabio Villafane.

Tráiler

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         Como emulando el alegórico estanque-vertedero de El ángel borracho, Lucrecia Martel arracima a sus desdichados personajes entorno a una piscina de aguas pútridas, corrompida por la decadencia y la dejadez que dominan el lugar y a sus gentes.

Paralizados como dinosaurios viejos que contemplan el cielo a la espera del meteorito que los extinga definitivamente, los terratenientes de La ciénaga reciben con estupor el agua de la tormenta que se cierne permanentemente sobre ellos y mueven sus traseros, cuadrados con la forma de los asientos, con un arrastrar de zombi.

         Martel arranca a la ofensiva, trazando el marco general levemente satírico donde detallará el retrato de una clase embargada por la decrepitud. La hacienda huele a sudor, a alcohol revenido, a sábanas mil veces usadas, a perro sucio, a sexualidad frustrada o a medio contener.

La realización de la cineasta argentina es hábil transmitiendo estas sensaciones, que se derivan en excreciones sociales y vicios como el racismo expansivo, el clasismo endogámico, el alcoholismo, los celos, la envidia, la ignorancia… de nuevo con sus pares físicos -las malformaciones en los ojos y en los dientes-.

Sus criaturas se repliegan en sí mismas acosadas por el chirrido constante de los insectos, por el incesante crujido del trueno, advertencia de un diluvio sanador que no termina de desencadenarse.

         La visión familiar de Martel se asimila a una visión nacional también empantanada, repleta de fracturas, oquedades y quistes. Probablemente, esta inmersión retratística, estática y no narrativa en su estancamiento consustancial, tampoco requería de un remate de tragedia explícita.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7,5.

The Square

18 Dic

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Año: 2017.

Director: Ruben Östlund.

Reparto: Claes Bang, Elizabeth Moss, Dominic West, Terry NotaryLise Stephenson EngströmLilianne MardonChristopher Læssø, Marina Schiptjenko, Elijandro Edouard, Daniel Hallberg, Martin Sööder.

Tráiler

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         “Ayuda” o “socorro” es la palabra que más se pronuncia en The Square. Ruben Östlund tiene un mensaje sobre la sociedad contemporánea. Es un mensaje cáustico y diáfano, y el cineasta sueco sabe como sintetizarlo. De ahí que no necesitase 142 minutos para exponerlo, porque de tantas variaciones y ángulos que aplica, la tesis termina por quedar un tanto redundante, tanto o más cuando además, arribando al desenlace, el realizador también procederá a compendiarla en una secuencia -la presentación en el museo- y un discurso -el vídeo del móvil-. O incluso se aprecia deslavazada en su estructura narrativa, que a ratos se asemeja a una sucesión de sketches. Hay expertos que lo identifican, creo que con tino -aunque luego habría que debatir los matices-, con cierta tendencia del cine de autor actual.

         Inmisericorde azotador de los clichés, las poses y las convenciones destinadas a conservar la apariencia de civilización de la sociedad y a revestir de cierto prestigio del individuo ante sus semejantes, Östlund arremete en The Square contra una comunidad que considera salvaje e irracional, cuya presunta respetabilidad y raciocinio solo reside en aspectos externos y autocomplacientes como -en un rasgo especialmente nórdico pero no exclusivo- la corrección política.

El individualismo a ultranza, la persistencia del prejuicio y su filtración en microprejuicios, el egoísmo frente al prójimo, la tasación material como único valor reconocido… Son elementos que extrae de un colectivo amoral en el que sus unidades se han distanciado tanto entre ellas que el Otro -el diferente convertido en enemigo por la fuerza de la ignorancia- ya no es siquiera el extranjero, sino el vecino, el compañero de trabajo, el colega, el amante.

         El director y guionista aplica esta visión pesimista sobre las desigualdades económicas en la tierra del Estado del bienestar, el clasismo social, profesional o intelectual; el desprecio de los valores inmateriales, la incomprensión hacia quienes no cumplen los estándares, la ausencia de confianza en los otros, la insolidaridad… Y lo hace desde la sátira, resaltando la vergüenza ajena y el patetismo que supuran las vivencias de un hombre a priori ejemplar: conservador de museo, de posición acomodada, elegante y atractivo. Las miserias de la burguesía, por lo tanto, que se revelan a través de situaciones incómodas que despojan al protagonista de su honorabilidad, como ocurría en Fuerza mayor con los estereotipos y principios de masculinidad.

         Östlund muestra su talento en el manejo del humor negro, el tempo interno de la escena y su ambientación -el decorado, el color, especialmente el sonido…- para provocar estas sensaciones irritantes e hilarantes que, asimismo, sirven para trazar rimas y paralelismos en el desarrollo del relato, puesto que los gritos de auxilio pueden convertirse en una simple instalación artística -los ruegos que se oyen desde el portal reducidos a una grabación repetida; el chirrido de las sillas a punto de caer en momentos de acoso emocional…-.

Al mismo tiempo, la representación de la película en el entorno museístico también le sirve para reflexionar acerca de los límites del arte y del discurso artístico, de su validez, su compromiso o su vacuidad, y de su comunicación con el espectador al otro lado -o más bien dentro- de la propuesta exhibida, con guiños a la polémica performance de Oleg Kulik como hombre-perro en Estocolmo o la estafa del artista conocido como Pierre Brassau. El absurdo, en definitiva, que define la deshumanización en unos tiempos donde se entrecruzan las demandas neoliberales en pro de una ley de la jungla económica y el ascenso de tendencias políticas fundamentadas en el odio y la separación.

         Palma de oro en el festival de Cannes.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

Small Time

4 Ene

small-time

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Año: 2013.

Director: Joel Surnow.

Reparto: Christopher Meloni, Devon Bostick, Dean Norris, Bridget Mynahan, Xander Berkeley, Ashley Jensen, Garcelle Beuvais, Amaury Nolasco.

Tráiler

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           A través del documental Salesman, los hermanos Maysles sintetizaron el alma de los Estados Unidos -y con ella el desencanto que caracterizaba la colisión entre la realidad y las falacias de la propaganda del sueño americano- en la figura de los viajantes y vendedores a domicilio, esencia de una nación cuyos valores ideales se sustentan en la iniciativa individual y la presunta certeza del triunfo mediante el abnegado sacrificio personal.

Small Time es una película protagonizada por otro estereotipo identitario del paisaje norteamericano -el vendedor de coches usados- que, insertado en un relato fundado también en otro cliché de la ficción cinematográfica -el verano decisivo de nuestras vidas-, hace balance de su existencia mientras celebra un reencuentro con el hijo de su matrimonio fracasado gracias a la intención de éste de renunciar a sus estudios universitarios para sumarse al inestable negocio paterno, contraviniendo las normas sociales que trata de imponerle su madre, enriquecida en brazos de un próspero inversor.

           No cuesta esfuerzo imaginarse que Joel Surnow, habitual guionista televisivo que con esta cinta da el salto a la dirección pasada ya la sesentena, se identifica cariñosamente con sus humildes criaturas, a las que dota de la carismática picardía del desclasado -ayudan Christopher Meloni y sobre todo Dean Norris, ese cuñado-. Rodado con un estilo ‘casual’ no excesivamente refinado -acorde por tanto a sus criaturas-, en el filme se desarrolla un debate acerca de pilares fundamentales de la cosmovisión estadounidense: la cultura del éxito, el materialismo como modo de expresión de la conquista social o el elitismo basado en la condición económica.

En su exposición aparecen referencias a la coyuntura presente -los apuros patrimoniales, el broker cínico, la generalización de mecanismos financieros especulativos- y el discurso se posiciona en favor de una conciliación entre la sabiduría popular del individuo “de medio pelo” (‘small timer’), de conformista vitalismo, y la búsqueda de un futuro mejor tratando de aprovechar las oportunidades que abre el dinero.

           En el camino maneja evidentes artimañas dramáticas para ganarse la adhesión del espectador -el personaje de la exesposa, que termina siendo grotesco de tanto retorcerlo para acomodar unas conclusiones-, y en su visión crítica de las ambiciones sociales del ciudadano unas veces resulta refrescante y otras simplemente garrula, siempre con notables paradojas que, a la postre, admitirá el propio protagonista cuando declara no estar ya seguro de nada.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,2.

Nota del blog: 6.

El último hurra

24 May

El Príncipe, reescrito por John Ford. La política ideal, el populismo honesto y la melancolía del fin de una época. El último hurra para la sección de cine clásico de Bandeja de plata.

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High-Rise

23 May

“La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases.”

Manifiesto comunista (Karl Marx y Friedrich Engels)

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High-Rise

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High-Rise

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Año: 2015.

Director: Ben Weathley.

Reparto: Tom Hiddelston, Jeremy Irons, Sienna Miller, Luke Evans, Elisabeth Moss, James Purefoy, Keeley Hawkes, Peter Ferdinando, Sienna Guillory, Reece Shearsmith, Enzo Cilenti, Augustus Prew, Dan Renton Skinner, Louis Suc.

Tráiler

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            High-Rise es la primera adaptación literaria de Ben Wheatley, un autor que, aliado en la escritura de historias con su pareja sentimental, Amy Jump, tiene como seña de identidad la demolición de los géneros cinematográficos como herramienta con la cual diseccionar, a golpe limpio, las aberraciones que proliferan en la sociedad contemporánea: enfermiza, aturdida y fundamentalmente patética.

            Recuperada en el túnel del tiempo desde los años setenta, cuando la novela fue publicada por uno de los adalides de la distopía inminente, J.G. Ballard, el relato de High-Rise sirve como profecía realizada en la actualidad –o más bien como atropello repetido- de una sociedad extremadamente clasista que se estratifica a partir de la posesión material, convertida en un culto cuasi religioso, y que combate con enconada violencia para conservar o conquistar su privilegios.

Para mantenerse o ascender por estos escalones sociales que, aquí, quedan simbolizados explícitamente por un rascacielos: una de esas formas arquitectónicas que ejercían de punta de lanza de la planificación urbana con intenciones sociológicas, territorio donde se abarcarían desde las teorías de la ciudad radiante de Le Corbusier hasta las del espacio defendible de Oscar Newman –punto central, por cierto, de la reciente y estupenda serie Show Me a Hero-.

            Se trata por tanto de un tema perfectamente ajustado a la sensibilidad sádica y satírica de Wheatley, tanto o más cuando su nacionalidad británica le pone en contacto directo con un sistema de clases especialmente estricto e impermeable, incardinado a su vez en ese elitismo de corte capitalista que, a raíz de la crisis, ha intensificado la ya ostensible brecha entre ricos y pobres, llevándose a la clase media por delante en esta diferenciación ampliada.

Precisamente el protagonista de High-Rise, el fisiólogo Robert Laing (Tom Hiddelston), podría ejercer de representante de esta casta que se encuentra a medio camino entre los frívolos y acaudalados habitantes de los pisos superiores y los bulliciosos y menos boyantes moradores de las primeras plantas, todos ellos mezquinos y egoístas por igual, y ambos desconectados a la par de la realidad dentro de este edificio autosuficiente, desligado del resto de la urbe e incompleto en todos sus aspectos.

El cineasta no muestra especial preferencia –o clemencia- por ninguna de las partes implicadas en el conflicto que estalla por el propio peso de una organización flagrantemente injusta por naturaleza y, además, por convicción ideológica, ya que absolutamente todo, desde el ser humano hasta los ideales utópicos, son mercancía degradada, objeto con precio marcado. Las pontificaciones de la Thatcher, uno de los grandes monstruos políticos de la segunda mitad del siglo XX, así lo subrayan.

            El filme ahonda en la deshumanización fomentada por el materialismo exacerbado, como otras de esas alegorías coetáneas de tiempos de recesión y precariado, caso de la audaz Juegos sucios. La progresiva y agresiva alucinación de su argumento no hace sino manifestar la absurda situación de base, que es aquella afincada en la realidad exterior al rascacielos, a la pantalla de cine, al patio de butacas.

La ferocidad desbocada de Wheatley, autor sin concesiones, inyecta en los fotogramas un caos lisérgico de imágenes con enorme potencial simbólico y brutalidad discursiva; un barroquismo asfixiante y destructivo encuadrado en una estética setentera que es a la vez pasado y futuro. Pero este enfebrecido voltaje argumental y formal también supone que la obra sea un tanto irregular en su desarrollo, con tendencia a provocar fatiga en el espectador, atiborrado de miseria y patetismo -cuestión por otro lado que acecha a la mayor parte de la filmografía del director-.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 6,5.

El señor de Hawaii

24 Jul

“El racismo se justifica, como el machismo, por la herencia genética: los pobres no están jodidos por culpa de la historia, sino por obra de la biología. En la sangre llevan su destino y, para peor, los cromosomas de la inferioridad suelen mezclarse con las malas semillas del crimen. Cuando se acerca un pobre de piel oscura, el peligrosímetro enciende la luz roja, y suena la alarma.”

Eduardo Galeano

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El señor de Hawaii

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El señor de Hawaii

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Año: 1963.

Director: Guy Green.

Reparto: Charlton Heston, Yvette Mimieux, George Chakiris, Frances Nuyen, James Darren, Aline MacMahon, Elizabeth Allen, Marc Marno.

Tráiler

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            El señor de Hawaii es una película sobre el cambio. Sus fotogramas recogen las convulsiones de una sociedad, la estadounidense, que en plena Guerra Fría y en plena evolución, se cuestiona a sí misma y sus ideales. El racismo, la igualdad entre géneros y el clasismo son varios de los mimbres que urden la espesa trama del filme, enhebrados con filamentos de megalómana tragedia shakesperiana en el empleo del poder y la sangre como signos de una maldición inexorable, transmitida y heredada a través de los tiempos y el destino.

No parece casual, pues, que el protagonista, Richard Howland (Charlton Heston), un terrateniente isleño a punto de transformar su ascendencia sobre el recién creado Estado en un sillón senatorial en Washington, sea conocido en todo Hawái como ‘el rey’, benefactor caciquil y paternalista de los nativos y trabajadores a su cargo. El peso que porta su apellido, y la hipocresía elitista del ‘haole’ –individuo de ancestro europeos-, comienza a revelarse cuando su hermana pequeña, Sloane (Yvette Mimieux), le desvela sus intenciones de casarse con un ‘kama’aina’ -lugareño hawaiano-.

            A partir de ahí, El señor de Hawaii comienza a trazar la metafórica y literal caída de este monarca obsoleto y a desmontar el paraíso tropical del archipiélago, como si de fichas de dominó se tratase, para sacar a la luz los innumerables antagonismos y conflictos que subyacen bajo la alfombra de la sociedad norteamericana. Simbólicamente, por tanto, la función tampoco se aleja demasiado de una cinta de catástrofes épicas, como las sacudidas por una erupción volcánica o un tifón –íntimo, en este caso- que se abaten sobre estos territorios exóticos y coloniales, siempre ajenos a la naturaleza del hombre blanco.

            Sin embargo, pese a la abundancia de material explosivo –o quizás debido a ello-, el británico Guy Green no consigue dotar de intensidad y desgarro a la obra, que termina por ser más un melodrama un tanto plúmbeo que una ácida película de compromiso social, por lo que se desinfla poco a poco.

El filme condensa su potencia en el texto del guion y, en consecuencia, priman las exposiciones discursivas, y no tanto la narración por medio de la fuerza de la imagen, que desaprovecha incluso las atronadoras lecturas sexuales de unos vínculos entre personajes sorprendentemente ambiguas –las relaciones del ‘rey’ con su hermana y su cuñada-. Por desgracia, le falta atrevimiento para empuñar el detonador y reventarlo todo por los aires.

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Nota IMDB: 6.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 6.

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