Tag Archives: Elitismo

Parásitos

4 Nov

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Año: 2019.

Director: Bong Joon-ho.

Reparto: Choi Woo-sik, Song Kang-ho, Park So-dam, Jang Hye-jin, Cho Yeo-jeong, Lee Seon-gyun, Jung Ji-so, Jung Hyun-jun, Lee Jeoung-eun, Myeong-hoon Park.

Tráiler

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         Michael Moore comentaba acerca de Joker, vencedora del último festival de Venecia, que es una película habla sobre “el Estados Unidos que Trump nos ha dejado”, esto es, un país “donde los inmundamente ricos se vuelven más ricos e inmundos”. La lucha de clases, la revuelta de los desesperados contra el statu quo plutócrata, es uno de los elementos que avalanza el filme hacia una violenta catársis. En Parásitos, triunfadora en el  ultimo festival de Cannes, una  familia de marginales que sobrevive a duras penas en un semisótano se las apaña para engañar a una familia acaudalada para que los vaya contratando uno a uno y poder instalarse así, como quien no quiere la cosa, en su elegante mansión. Aunque la metáfora social que subyace bajo esta tragicomedia, bañada en mala baba, es todavía más complicada gracias a los giros que se reserva el guion. Y, precisamente, el olor a inmundicia desempeñará un papel fundamental para su desenlace.

         Bong Joon-ho, que sobrevivió a su periplo internacional sin renunciar a su personalidad –Rompenieves (Snowpiercer) y Okja, precisamente dos fábulas que arremeten contra el clasismo y el ultraliberalismo-, es un autor que emplea este corrosivo sentido farsesco como una lupa con la que desvelar la injusticia, la mezquindad y el absurdo que domina la Corea contemporánea, extensible luego al resto de países de la OCDE -e incluso, poniéndola al sol, con la que achicharrar a los pobres individuos que retrata en ellas-. También es un experto en crear historias insólitas que, a la par que sorprendentes y salvajes, poseen por debajo múltiples capas críticas, sembradas de explosivas cargas de profundidad.

         En Parásitos, el cineasta coreano planta a dos familias en confrontación, conviviendo en un espacio cuya estrechez no hace más que evidenciar la honda brecha que los separa. Es difícil saber a cuál de ellas se refiere el título, si a aquellos que tratan de invadir y robar las migajas a los poderosos o a aquellos que explotan sin miramientos a quienes, por culpa de la inequidad del sistema, se ven en la obligación de subastarse hasta las últimas consecuencias por dos monedas. La miseria financiera, la miseria moral.

Bong no toma partido; los golpes se van repartiendo por igual entre unos pudientes aislados de la cruda realidad que los rodea y unos parias a quienes las circunstancias empujan a las malas artes pero que, al mismo tiempo, son gente carente de toda conciencia de clase y de solidaridad. Una dualidad que se complicará todavía más al incidir un tercer elemento en liza, el cual redobla la apuesta por las alegorías subterráneas, las lecturas socioeconómicas y el humor despiadado.

         Bong consigue llevar a buen puerto el complejo equilibrio en el que se mueve la cinta. La precisión formal con la que se filma el escenario confluye con un ajustado ritmo narrativo; el hiperbólicamente sarcástico juego con el cine de género -una intriga de surrealismo e incluso terror de interiores que firmaría Roman Polanski– engrasa la agresiva denuncia a la que va dando cuerpo -con imágenes simbólicas que despertarían la sonrida de Luis Buñuel-. Lo indignante, lo sublime y lo grotesco del relato. El divertimento lúdico y la riqueza del fondo para debatir. La comprensión y el maltrato hacia sus personajes; la ternura y la ruindad que desprenden. Creatividad, entretenimiento, rotundidad.

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Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 8.

El infierno del odio

1 Nov

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Año: 1963.

Director: Akira Kurosawa.

Reparto: Toshirô Mifune, Tatsuya Nakadai, Tsutomu Yamazaki, Yutaka Sada, Kyôko Kagawa, Tatsuya Mihashi, Isao Kimura, Kenjirô Ishiyama, Takeshi Katô, Jun Tazaki, Nobuo Nakamura, Yûnosuke Itô, Toshio Egi, Masahio Shimazu, Takashi Shimura.

Tráiler

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           Desde la atalaya donde mora el acaudalado hasta los bajos fondos donde los heroinómanos se pudren en vida, El infierno del odio recorre la ciudad al completo. Sus estratos evidentes, sus vergüenzas ocultas.

           Tomando como punto de partida un texto original de Evan Hunter, Akira Kurosawa realiza una tortuosa radiografía social que se vertebra mediante dos partes diferenciadas: un intenso drama psicológico y un tenso policíaco.

La primera pivota sobre el infortunado dilema de un alto ejecutivo situado en la encrucijada entre su carrera empresarial y el rescate del hijo de su chófer, secuestrado por error. La premisa inicial, acaso un tanto forzada, se plantea desde un clima de competitividad homicida, a partir de un tono de conspiración en el que bien se pueden trazar equivalencias con las célebres adaptaciones shakesperianas del autor japonés. Es una pieza casi teatral, escenificada exclusivamente en las aparentemente inexpugnables y soberbias alturas desde donde el poderoso contempla la urbe indiferente, atareada en sus ritmos y quehaceres diarios. Un castillo, pues, que termina tornándose opresivo y asfixiante bajo el asedio de un captor sin rostro, que todo lo observa sin que nadie lo detecte. El manejo de la atmósfera es esencial, al igual que la intensidad de la interpretación de Toshirô Mifune, que consigue exudar la angustia de una trama a contrarreloj que lo apremia y oprime.

La resolución de este relato moral, que para lo posterior dejará al protagonista empequeñecido en el plano, es la que desencadena después el cambio de tercio y de punto de vista hacia una película detectivesca que destaca por la rigurosidad en su reflejo de la ardua y laboriosa investigación de la Policía. Esta solidez en la plasmación del imprescindible y antiépico trabajo de campo de los agentes otorga una poderosa veracidad a la intriga, sin que esta deje de ser absorbente y fascinante, impulsada además por un ejemplar tempo narrativo.

           El infierno del odio prosigue así, lanzado a las calles de la ciudad, con su virulento retrato de caracteres. Con pesimismo, los desplazados se igualan en mezquindad con los privilegiados. Paso a paso, la historia conduce hacia rincones desesperados, capturados con una fotografía de trágico contraste. Una tenebrosidad cercana al expresionismo dentro de la cual se coquetea incluso con detalles fantásticos u oníricos -la danza macabra del síndrome de abstinencia, el impactante empleo de las gafas de sol-. Hasta entonces, en unos fotogramas en severo blanco y negro, el único e insólito trazo de color había servido como alerta para delatar una culpabilidad. En su última escena, El infierno del odio aparece ya transformada en una auténtica obra de terror.

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Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 8,4.

Nota del blog: 9.

Joker

14 Oct

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Año: 2019.

Director: Todd Phillips.

Reparto: Joaquin Phoenix, Robert De Niro, Zazie Beetz, Frances Conroy, Brett Cullen, Shea Whigham, Bill Camp, Glenn Fleshler, Leigh Hill, Josh Pais, Sharon Washington, Brian Tyree Henry, Douglas Hodge, Dante Pereira-Olson.

Tráiler

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          El Gwynplaine de El hombre que ríe procuraba llevar el rostro embozado. Así ocultaba la mueca que le desfiguraba la faz con una perpetua y exagerada sonrisa que se contraponía frontalmente a la constante desgracia que asolaba su existencia, azotada por el sadismo, la tiranía y el engaño. Al Arthur Fleck de Joker le revienta la risa a borbotones cuando le golpea la crueldad de una sociedad enajenada. Es una carcajada que humilla, que repugna, que asfixia. La grotesca e impactante estampa que imaginaba la película de Paul Leni sería el germen de uno de los principales rivales de Batman, consagrado como personaje trágico por cómics como La broma asesina, de Alan Moore, y solemnemente inscrito en la mitología popular del cine por El caballero oscuro, de Christopher Nolan.

Joker es una obra alejada de la espectacularidad -sombría o luminosa- propia del cine de superhéroes, uno de los grandes filones comerciales del cine contemporáneo. Joker es fundamentalmente una tragedia construida sobre la incomodidad. Los fotogramas y el libreto de Todd Phillips -escrito este último junto a Scott Silverconvierten a Arthur en una presencia tremendamente incómoda en la pantalla, de la misma manera que su compañía y su naturaleza como enfermo mental incomoda a aquellos que lo rodean. El bufón que da vergüenza ajena, el desgraciado cuya miseria repele. Es imprescindible para ello la actuación de Joaquin Phoenix, dueño de un aura asociado a criaturas torturadas. Su característico y anticanónico estilo, tan ausente como intenso según la ocasión, se combina con una anatomía que es puro escombro retorcido. Phoenix interpreta hasta con la escápula.

          De esa constante incomodidad, Joker extrae poder perturbador, pero también una profunda tristeza. Porque el personaje sufre situaciones que se comprenden, desoladoras maldades cotidianas -la mezquindad, la falta de empatía, el desprecio, el clasismo…-. Cualquiera puede estallar el día menos pensado, sugiere. Antitético de la épica y el glamour del archivillano, el martirio de Arthur, parejo a su definitivo despeñamiento hacia una locura irreparable, va dibujando un retrato social decididamente tenebroso. La oscuridad, la soledad y la tortuosidad que ofrecen las composiciones visuales -esa figura siempre sola o rechazada, envuelta en trances penosos, crispados y tétricos, cercada de mugre y fealdad- es la semblanza moral de una Gotham en crisis que surge como una ciudad asediada por la basura, por las ratas, por la suciedad, la pobreza y la desesperación.

          La estética del filme se remite a los años setenta, una de las décadas más turbulentas y volátiles de la historia reciente de los Estados Unidos, que se manifestaría en el séptimo arte a través de un Nuevo Hollywood poblado de antihéroes atormentados y dudosos. Joker trata de dialogar con esas cintas de obsesión reconcentrada y sangrienta, de rebeliones a sangre y fuego emprendidas desde los márgenes abandonados de la megalópolis, con ejemplos manifiestos como Taxi Driver y El rey de la comedia. Robert De Niro, protagonista de ambas, surge como catalizador evidente de estas referencias, pero también con un puñado de guiños sembrados por el camino.

A través de esta guía espiritual, Joker habla de un sistema diseñado para que el pez grande se coma al pez chico, así como de los monstruos abisales que engendra esta injusticia flagrante, egoísta y homicida. Los privilegiados, satisfechos con su caridad purificadora, ríen mientras contemplan las desdichas de Charlot, el eterno vagabundo que, al mismo tiempo, podría transmutarse en el pérfido Adenoid Hynkel, dictador de Tomania. Curiosamente, el guionista Konrad Bercovici demandaría a Charles Chaplin acusándole de que El gran dictador era un plagio del filme King, Queen and Joker, donde el hermanastro del genial cineasta, Sydney, encarnaba por igual al primero y al último de los personajes. Rey y bufón, bufón y rey. Todo uno. Siniestramente intercambiable.

          En Joker se empatiza con Arthur Fleck, pese a que su mente se aboca cada vez más al delirio psicótico. Con todo, hay detalles de lenguaje que lo muestran más ajeno que grandioso. El primer asesinato del yuppie o el seguimiento obsesivo de la vecina están filmados con tomas relativamente alejadas del personaje. Relativamente frías, objetivas, dentro de una función en la que abundan los primeros planos.

          Esa cercanía se percibe asimismo en cuestiones bastante menos positivas. Phillips insiste por momentos en subrayar líneas conceptuales -“esta gente no nos quiere”, remacha la funcionaria del servicio de salud tras mencionar los recortes presupuestarios- o elementos del relato -el narrador poco fiable-, al igual que abusa de recursos de impacto cargados de significado -esa carcajada tan simbólica-.

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Nota IMDB: 8,9.

Nota FilmAffinity: 8,5.

Nota del blog: 7,5.

Mi tío

24 Dic

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Año: 1958.

Director: Jacques Tati.

Reparto: Jacques Tati, Alan Bécourt, Jean-Pierre Zola, Adrienne Servantie, Dominique Marie, Betty Schneider.

Tráiler

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         El señor Hulot ya se había dado a conocer cinco años antes disfrutando de sus vacaciones -y fastidiándoselas al resto de adultos embrutecidos de civilización- en un balneario de la costa Atlántica. En Mi tío, la extravagante creación de Jacques Tati -digno heredero del Charlot de Charles Chaplin por su dominio de la pantomima y su humanidad en contraste con la sociedad que lo rodea- reaparece en sus quehaceres cotidianos, que básicamente se limitan a pasear la vida mientras ofrece un referente de diversión anárquica y de respetabilidad olvidada a su sobrino.

         No sería descabellado etiquetar a Mi tío como una película distópica. Es una obra concebida desde la nostalgia. Una historia de dos ciudades en la que una, dominada por los potentados, devora casi literalmente, a golpe de martillo neumático, a la otra, en la que apenas sobrevive la tradicional vida en comunidad. La primera, distinguida por sus terroríficos edificios modernistas, está retratada con una luz blanca, fría, y aturden en ella una gama infernal de sonidos mecánicos, donde los vecinos viven aislados por cercas y puertas, a merced de un humor absurdo que los deja desnudos ante sus costumbres impostadas, ridículas hasta lo surrealista. La segunda se presenta con una iluminación dorada, cálida, con una arquitectura reconocible y amable, de aromas y sabores palpables, abierta a una convivencia que desborda comedia costumbrista.

Tati elabora esta dicotomía de conjunto a partir del encadenamiento de gags sueltos, con aire de viñeta, de colores vivos y sonidos potenciados; adición a unas acciones con espíritu de cine mudo. En este entorno enfrentado, sometido a los instintos predatorios de una élite de snobs palurdos, el señor Hulot se revela como un agente del caos que ha de ser extirpado por mor del presunto progreso. No tiene cabida ni en los procesos industriales que antes habían intentado devorar a Charlot en sus engranajes, ni en las reuniones de sociedad, ni en los marcianos espacios que impone el avance técnico. Su lugar está entre los niños, aún inocentes, buenos salvajes.

         La sátira de Mi tío es rebelde contra los usos que proliferan en la Francia moderna de entonces, que bien sirve para cualquier país actual dada la perpetuación de esta psicología colectiva de los estamentos pudientes. Pero se muestra más adolorida que salvaje, con un humor de apariencia ingenua, con un predominio físico y visual de preparación y ritmo preciso, apegada al recuerdo a pie de calle, a travesuras y disfrutes vividos y compartidos. La mezcla obtenida es realmente entrañable y reconfortante. Porque además, a pesar de todo, Mi tío deja abierta una pequeña puerta de esperanza, en la que los gérmenes contaminantes del señor Hulot prevalecen resistentes.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 9.

Sueños de juventud

7 May

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Año: 1935.

Director: George Stevens.

Reparto: Katharine Hepburn, Fred McMurray, Fred StoneAnn ShoemakerFrank Albertson, Evelyn Venable, Charley Grapewin, Hedda Hopper, Jonathan Hale, Grady Sutton, Hattie MacDaniel.

Tráiler

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          Hay un cuento de hadas en Sueños de juventud, pero no se refiere esencialmente al romance potencial entre una muchacha de familia proletaria y un joven acaudalado. Escenificado en un pueblecito cualquiera de los Estados Unidos, este cuento apunta, en el fondo, a la conciliación entre clases sociales, entre capitalistas emprendedores y esforzados operarios. El cortejo entre Alice y Arthur es una de las ramas de este gran pacto social, la vía primero de intermediación y luego de posible sellado de la armonía y el compromiso entre ambos, por mor de la prosperidad del país de las oportunidades. Aquello que le distingue de ser una tragicomedia británica para ser plenamente norteamericana.

          Sobre esta concepción, George Stevens dota de un tono de cuento al relato, que plasma con pasión las ilusiones y anhelos de su personaje principal, y transmite sus sensaciones a través de una puesta en escena que bien puede lucir destartalada y asfixiante -la interminable cena llena de tratos, torpeza y calor-, bien idílica -la cena en el restaurante, algún encuentro en el porche-.

La influencia del punto de vista de Alice, pues, es determinante en el aspecto visual, pero Stevens también juega maliciosamente con él, atacándolo. Así pues, en determinada escena su hermano le recriminará que se relaje, ya que nadie la está mirando -es decir, que niega su condición de protagonista de una historia-. En otra, igualmente simbólica, su madre le cortará abruptamente la música que viste su suspirante ensoñación nocturna. A veces, la descastada Alice ni siquiera tiene derecho a banda sonora.

          Son detalles que sobresalen sobre un argumento al que le pesan los años, a pesar de que las tribulaciones de Alice Adams por encajar en un determinado contexto social no dejen de ser una constante generacional, un rito de paso casi obligado que atraviesa, con mayor o menor fortuna, todo adolescente. Las preocupaciones socio-sentimentales de la muchacha, un tanto reiterativas además, se sostienen con dificultad, dado que el envejecimiento afecta directamente a la generación de empatía. En paralelo, el conflicto de Sueños de juventud posee un planteamiento tan ingenuo como las conclusiones que llegan de la mano de una moraleja simplista.

De este modo, si la película se sostiene entera es gracias a la desbordante vitalidad juvenil de Katharine Hepburn, a la convicción con la que da vida a la dulce, entrañable, insegura y soñadora Alice.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6.

La ciénaga

19 Mar

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Año: 2001.

Directora: Lucrecia Martel.

Reparto: Graciela Borges, Mercedes Morán, Martín Adjemián, Leonora Balcarce, Silvia Baylé, Sofía Bertolotto, Juan Cruz Bordeu, Noelia Bravo Herrera, María Micoll Ellero, Andrea López, Sebastián Montagna, Franco Veneranda, Diego Baenas, Daniel Valenzuela, Fabio Villafane.

Tráiler

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         Como emulando el alegórico estanque-vertedero de El ángel borracho, Lucrecia Martel arracima a sus desdichados personajes entorno a una piscina de aguas pútridas, corrompida por la decadencia y la dejadez que dominan el lugar y a sus gentes.

Paralizados como dinosaurios viejos que contemplan el cielo a la espera del meteorito que los extinga definitivamente, los terratenientes de La ciénaga reciben con estupor el agua de la tormenta que se cierne permanentemente sobre ellos y mueven sus traseros, cuadrados con la forma de los asientos, con un arrastrar de zombi.

         Martel arranca a la ofensiva, trazando el marco general levemente satírico donde detallará el retrato de una clase embargada por la decrepitud. La hacienda huele a sudor, a alcohol revenido, a sábanas mil veces usadas, a perro sucio, a sexualidad frustrada o a medio contener.

La realización de la cineasta argentina es hábil transmitiendo estas sensaciones, que se derivan en excreciones sociales y vicios como el racismo expansivo, el clasismo endogámico, el alcoholismo, los celos, la envidia, la ignorancia… de nuevo con sus pares físicos -las malformaciones en los ojos y en los dientes-.

Sus criaturas se repliegan en sí mismas acosadas por el chirrido constante de los insectos, por el incesante crujido del trueno, advertencia de un diluvio sanador que no termina de desencadenarse.

         La visión familiar de Martel se asimila a una visión nacional también empantanada, repleta de fracturas, oquedades y quistes. Probablemente, esta inmersión retratística, estática y no narrativa en su estancamiento consustancial, tampoco requería de un remate de tragedia explícita.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7,5.

The Square

18 Dic

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Año: 2017.

Director: Ruben Östlund.

Reparto: Claes Bang, Elizabeth Moss, Dominic West, Terry NotaryLise Stephenson EngströmLilianne MardonChristopher Læssø, Marina Schiptjenko, Elijandro Edouard, Daniel Hallberg, Martin Sööder.

Tráiler

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         “Ayuda” o “socorro” es la palabra que más se pronuncia en The Square. Ruben Östlund tiene un mensaje sobre la sociedad contemporánea. Es un mensaje cáustico y diáfano, y el cineasta sueco sabe como sintetizarlo. De ahí que no necesitase 142 minutos para exponerlo, porque de tantas variaciones y ángulos que aplica, la tesis termina por quedar un tanto redundante, tanto o más cuando además, arribando al desenlace, el realizador también procederá a compendiarla en una secuencia -la presentación en el museo- y un discurso -el vídeo del móvil-. O incluso se aprecia deslavazada en su estructura narrativa, que a ratos se asemeja a una sucesión de sketches. Hay expertos que lo identifican, creo que con tino -aunque luego habría que debatir los matices-, con cierta tendencia del cine de autor actual.

         Inmisericorde azotador de los clichés, las poses y las convenciones destinadas a conservar la apariencia de civilización de la sociedad y a revestir de cierto prestigio del individuo ante sus semejantes, Östlund arremete en The Square contra una comunidad que considera salvaje e irracional, cuya presunta respetabilidad y raciocinio solo reside en aspectos externos y autocomplacientes como -en un rasgo especialmente nórdico pero no exclusivo- la corrección política.

El individualismo a ultranza, la persistencia del prejuicio y su filtración en microprejuicios, el egoísmo frente al prójimo, la tasación material como único valor reconocido… Son elementos que extrae de un colectivo amoral en el que sus unidades se han distanciado tanto entre ellas que el Otro -el diferente convertido en enemigo por la fuerza de la ignorancia- ya no es siquiera el extranjero, sino el vecino, el compañero de trabajo, el colega, el amante.

         El director y guionista aplica esta visión pesimista sobre las desigualdades económicas en la tierra del Estado del bienestar, el clasismo social, profesional o intelectual; el desprecio de los valores inmateriales, la incomprensión hacia quienes no cumplen los estándares, la ausencia de confianza en los otros, la insolidaridad… Y lo hace desde la sátira, resaltando la vergüenza ajena y el patetismo que supuran las vivencias de un hombre a priori ejemplar: conservador de museo, de posición acomodada, elegante y atractivo. Las miserias de la burguesía, por lo tanto, que se revelan a través de situaciones incómodas que despojan al protagonista de su honorabilidad, como ocurría en Fuerza mayor con los estereotipos y principios de masculinidad.

         Östlund muestra su talento en el manejo del humor negro, el tempo interno de la escena y su ambientación -el decorado, el color, especialmente el sonido…- para provocar estas sensaciones irritantes e hilarantes que, asimismo, sirven para trazar rimas y paralelismos en el desarrollo del relato, puesto que los gritos de auxilio pueden convertirse en una simple instalación artística -los ruegos que se oyen desde el portal reducidos a una grabación repetida; el chirrido de las sillas a punto de caer en momentos de acoso emocional…-.

Al mismo tiempo, la representación de la película en el entorno museístico también le sirve para reflexionar acerca de los límites del arte y del discurso artístico, de su validez, su compromiso o su vacuidad, y de su comunicación con el espectador al otro lado -o más bien dentro- de la propuesta exhibida, con guiños a la polémica performance de Oleg Kulik como hombre-perro en Estocolmo o la estafa del artista conocido como Pierre Brassau. El absurdo, en definitiva, que define la deshumanización en unos tiempos donde se entrecruzan las demandas neoliberales en pro de una ley de la jungla económica y el ascenso de tendencias políticas fundamentadas en el odio y la separación.

         Palma de oro en el festival de Cannes.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

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