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Nuestro hombre en La Habana

11 Jul

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Año: 1959.

Director: Carol Reed.

Reparto: Alec Guinness, Maureen O’Hara, Burl Ives, Ernie Kovacs, Noël Coward, Ralph Richardson, Paul Rogers, Jo Morrow, Grégoire Aslan.

Tráiler

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         Espionaje internacional, contrición católica. Elementos a partir de los cuales se acostumbra a bosquejar las líneas maestras del corpus literario de Graham Greene. En esencia, también están presentes en Nuestro hombre en La Habana, solo que esta vez abordadas desde un punto de vista satírico. En especial el primero de estos pilares -presuntamente inspirado aquí, no obstante, por los procedimientos de un agente doble español al que Greene decía haber conocido en Portugal-.

La burla contribuye a contrarrestar el presunto glamour de una actividad dudosa, exaltada por unos tiempos de Guerra Fría en los que, aunque sea de reojo, el abismo se observaba siempre desde el filo. No por nada, en 1958, cuando se publica la novela, las aventuras del agente 007 creado por Ian Fleming llegaban a su sexto volumen. También posibilita reforzar el dolor y la tristeza que provocan las consecuencias de este juego funesto a las órdenes de poderes leviatánicos, indiferentes a la suerte del individuo.

A pesar de ser nominalmente una comedia, la adaptación de Nuestro hombre en La Habana transcurre desde una ensoñación tropical hasta una noche de planos torcidos y embriagados, oscuros y nerviosos. Sombrío expresionismo marca de Carol Reed, emparentado con la angulosidad y la tiniebla que había aplicado a otra aproximación anterior a Greene, la célebre El tercer hombre. Otra inmersión en el descalabro moral de unos tiempos desquiciados y confusos.

         Nuestro hombre en La Habana, pues, parece material escrito para el Alfred Hitchcock más travieso o para los hermanos Joel y Ethan Coen. La persona corriente a la que el azar o el infortunio enreda en una trama que, a priori, excede a sus capacidades naturales. El apocado señor Wordmold (Alec Guinness) es un gris vendedor de aspiradoras que queda atrapado entre las fuerzas subterráneas que enfrentan al mundo a una lucha a muerte. Pero igualmente, en un plano privado, es un varón de mediada edad asfixiado por su propio envejecimiento y su propia molicie existencial, condensadas principalmente en su relación con una hija caprichosa que está a punto de abandonar el nido familiar, ya quebrado por la desaparición de una esposa que, se entiende, huía de estos mismos terrores.

         En cierta forma, Nuestro hombre en La Habana es la revolución del tipo común contra estas fuerzas visibles u ocultas que juegan con él como un peón sobre el tablero de ajedrez, arrojándolo al enfrentamiento sin empacho alguno o sacrificándolo si es menester. Y en paralelo, por supuesto, es su alzamiento contra la vida misma que lo devora. Esta revolución, además, converge con la Revolución cubana, otra manifestación de este combate fratricida y sin cuartel, de este enloquecimiento histórico que baña en sangre y miedo a los individuos “torturables”, como observa el capitán Segura, ‘el Cuervo Rojo’, en su análisis social de la Cuba agónica del dictador Fulgencio Batista, exportable al resto del escenario internacional.

         Reed logra conservar la potencia destructiva de la combinación y confrontación de la corriente desmitificadora -el espía reducido a una vulgaridad circunstancial, la torpeza humana y práctica del reclutador, la estupidez de un alto mando que no sabe mirar un mapa, la irrisoria eficacia del espionaje en definitiva-, y la vertiente de denuncia del argumento -los crímenes que, con todo ello, se cometen a resultas de esta actividad, por falaz o absurda que sea-. En ella, podría aventurarse igualmente una lectura metalingüística acerca de la responsabilidad del escritor sobre los textos que crea, tanto o más cuando surgen de hechos y personas reales.

Pero, en cualquier caso, Nuestro hombre en La Habana se sostiene como una apasionada defensa del ciudadano de a pie frente a los necios y destructivos poderes fácticos que tratan de imponerse política o económicamente sobre su libertad, independencia y capacidad de amar al prójimo. De amar a un amigo, a una hija, a una pareja.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

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Road to Nowhere

18 Abr

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Año: 2010.

Director: Monte Hellman.

Reparto: Tygh Runyan, Shannyn Sossamon, Waylon Payne, Dominique Swain, Cliff De Young, John Diehl, Rob Kolar, Fabio Testi.

Tráiler

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         Monte Hellman llevaba 21 años sin firmar un largometraje como director. Y Road to Nowhere, estrenado en 2010, es por el momento el último de su filmografía, siempre marginal, siempre con la independencia que garantiza encontrarse relegado en los sótanos de la industria.

Road to Nowhere es una película metacinematográfica. Por lo general, la metaficción tiende a ser el refugio de la falta de inspiración, el recurso a lo que el artista tiene más a mano. A su experiencia instantánea, a su inquietud creativa. Y Road to Nowhere es cine negro enclavado en una película que rueda un relato de cine negro. “True story”, aseguran los títulos de cierre.

         A través de los saltos entre capas de presunta realidad, el filme cavila a propósito el papel dual del cine como creador de la realidad -la pretensión de la actriz/criminal- y como herramienta para comprender la realidad -la pretensión del cineasta-, aparte de sobre el placer intrínseco de fabular historias.

No obstante, el desenlace de la película tampoco acierta a resolver con entidad este marco teoricista y se diría que prefiere zanjar el asunto con un giro efectista, a pesar de incluir un postrero salto autoconsciente y distanciador entre estos niveles de separación entre la ficción y la realidad. ¿Víctima o provocadora?, reformulan las conclusiones mientras el plano se acerca al misterio, a la nueva mujer del cuadro sobre la que converge todo, defendida por el magnetismo de Shannyn Sossamon -lo puesto a Tygh Runyan y el resto del casting-.

         Como una mixtura de guerrilla de Fraude, Laura y Mulholland Drive, Road to Nowhere reconstruye sus historias convergentes a través de retazos de montaje en crudo en la que los mismos actores interpretan al personaje original y a su sosias cinematográfico.

Obviamente, la marejada de situaciones a uno u otro lado de esa cámara delante de la cámara exige un esfuerzo por parte del espectador, pero los resultados de este rompecabezas son más atropellados y confusos que intrigantes. Porque Road to Nowhere ni termina de ser inmersiva, como propone la secuencia inicial con la imagen superpuesta del ordenador o la final con el retrato de la femme fatale, ni de distanciarse reflexivamente, como plantea el argumento.

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Nota IMDB: 5,5.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 4.

Jackie Brown

16 Mar

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Año: 1997.

Director: Quentin Tarantino.

Reparto: Pam Grier, Robert Foster, Samuel L. Jackson, Robert DeNiro, Bridget Fonda, Michael Keaton, Michael Bowen, Chris Tucker, Tommy ‘Tiny’ Lister, Sid Haig.

Tráiler

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         En la cresta de la ola, después de reventar definitivamente los sismógrafos de salas de cine, cubiles críticos y galas de premios; habiendo revolucionado la manera de ver y entender el séptimo arte dejando a su paso una horda de imitaciones lingüísticas y temáticas, Quentin Tarantino, en una decisión que tampoco se reeditará en su carrera venidera, apartará ligeramente a un lado su gargantuesca personalidad para adaptar un material que no es suyo, si bien procede de su admirado Elmore Leonard -que da su aprobación entusiasta a la traducción- y prosigue la inmersión en el relato pulp que había loado y recuperado para las nuevas generaciones en su anterior obra.

Pero, aunque asimismo coral, Jackie Brown no abocará sus personajes a la ruptura de estereotipos por medio de retratos pintorescos, a medio camino entre el arquetipo y su propio fetichismo; ni los enzarzará en verborréicas discusiones cargadas de coprolalia y cultura pop; ni mostrará placer por sórdidas ocurrencias violentas; ni hará escabechina en la sala de montaje para reensamblar su particular álbum de viñetas; ni centrará sus prioridades en el sampleo de influencias -aquí prácticamente monopolizadas por la densidad noir de su inspiración literaria con coquetas y bien asimiladas gotas de blaxploitation-. Jackie Brown es, probablemente, la película más clásica de Tarantino. La demostración de su potencia, de sus conocimientos y de su talento como director; faceta en demasiadas -y a mi juicio erradas- ocasiones puesta por debajo de sus competencias como guionista. 

Las constantes de su filmografía permanecen vivas y palpables, pero él no parece sentir la necesidad de subrayarlas en fosforescente, gritarlas a la cara o arrojar las riendas por la ventana y masturbarse compulsivamente con su juguete -que también es el del espectador, no lo olvidemos-. Prácticamente libre de estridencias -¿quizás algunos veloces e impulsivos cortes de edición?, ¿algún grafismo cuidadamente demodé?, ¿algún golpe de violencia cínica?-, Jackie Brown podría considerarse como un filme zen de Tarantino. Su sello de autor de estirpe estadounidense -la de Howard Hawks, la de Raoul Walsh, la de John Ford…- y no nouvellevaguiana.

         El eje fundamental de la historia lo ofrece el sentimental fiador encarnado por Robert Foster, quien posee los rasgos y la quietud interpretativa de un forastero triste del western de serie B, de un galán otoñal de los años cincuenta al que se le ha acumulado el polvo encima. Por este motivo, la auténtica la pulsión dramática de Jackie Brown se encuentra en la relación que amanece entre el taciturno y fatigado Foster y la rotunda y corajuda azafata en apuros que asume Pam Grier, patente en un remate que trastoca por completo las conclusiones que semejaban haberse establecido a través de su hilo más evidente, con el que Tarantino sostiene la tensión narrativa.

Esto es, el juego del ratón y el gato que, en una Los Ángeles carente de todo glamour urbano o cinematográfico, ambos establecen con un traficante de armas -amenaza y víctima al mismo tiempo- y, secundariamente, con los agentes de la ley que siguen sus pasos. La trama, puro cine negro y con sabor a genuino cine negro, se completa con expresidiarios perdidos para la vida y mujeres florero con aspiraciones de mujer fatal.

         El cineasta plantea con maestría las escenas de peligro -como por ejemplo en el pulso de dominación que se produce entre Grier y Jackson en casa de la primera- e instaura una atmósfera precisa que huele a melancolía, a supervivencia, a corrupción, a miedo. Pero a miedo no solo por el evidente riesgo físico de su situación, sino especialmente por el acecho de un matón todavía más despiadado: la existencia misma. Las conversaciones de los protagonistas sobre la caducidad de sus cuerpos y de sus ilusiones, el brillo de esperanza que se enciende en las miradas, la entrega que el fiador le dedica a la dama. Son detalles de emoción soterrada bajo espesas capas de desencanto y adversidad pero a la vez ardiente e incluso desesperada, perfectamente acompasados a un género en el que los exalta como pocos.

         Un peliculón de gusto atemporal.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 9.

Suburbicon

17 Dic

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Año: 2017.

Director: George Clooney.

Reparto: Noah Jupe, Matt Damon, Julianne Moore, Gary Basaraba, Tony Espinosa, Karemiah Westbrooke, Glenn Fleshler, Alex Hasell. Oscar Isaac.

Tráiler

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         Con su cine negrísimo a todo color, Suburbicon es incuestionablemente una obra de los hermanos Joel y Ethan Coen, firmantes del guion. Pero, en la frontalidad de su mensaje político, Suburbicon también es incuestionablemente una obra de George Clooney, actor, director, productor, rostro del compromiso sociopolítico de izquierdas del Hollywood actual y cofirmante del guion junto con su sempiterno aliado Grant Heslov -por su lado realizador de la igualmente coeniana, y muy decepcionante, Los hombres que miraban fijamente a las cabras-.

         De esta manera, Suburbicon se instala en la postal rockwelliana del American Way of Life de los años cincuenta para pintarlo todo de negro por medio de una farsa neonoir desbordada de humor color azabache que, en definitiva, expone ante la cámara el herrumbroso dorso que se oculta tras la fachada del cartel publicitario del país.

Pero asimismo, en un crescendo paralelo al que conduce la vorágine de escabrosos acontecimientos protagonizados por individuos comunes que planean tramas delictivas por encima de sus posibilidades, desde un segundo plano -aunque siempre bien enfocado, hasta el punto de reforzar la noción de que se trata de una idea inseminada artificialmente en un relato que quizás no sea de todo el suyo, a pesar de formar parte del mismo universo de violentas reacciones de imbecilidad- se muestran las dificultades de una familia afroamericana recién llegada al corazón del sueño americano y cuyos hostiles vecinos construyen un muro alrededor suyo. Esto es, una lectura del presente estadounidense tan sutil y elaborada como suena, acorde a los pronunciamientos del cineasta al respecto y puede que, por desgracia, no tan alejada del nivel de debate y acción que se lleva a cabo en la realidad.

         Suburbicon está narrada con un tono que recuerda inevitablemente a Fargo, si bien con una crueldad física casi más cercana a la desconcertante Sangre fácil, quizás porque, dentro de la caricatura, el retrato de los personajes es más decididamente áspero; quizás porque Clooney no mira a estas criaturas tan corrientes en su mezquindad con la extraña y comprensiva ternura con la que suelen hacerlo los hermanos, conscientes del fatalismo irreparable que pesa sobre sus actos. Los Coen, además, saben moverse mejor en las proximidades al cartoon. Esto no es óbice para que el filme resulte divertido y que, al mismo tiempo, perturbe por su agresividad.

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Nota IMDB: 5,4.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

El silencio de Lorna

25 Mar

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Año: 2008.

Directores: Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne.

Reparto: Arta Dobroshi, Jérémie Renier, Fabrizio Rongione, Alban Ukaj, Morgan Marinne, Olivier Gourmet.

Tráiler

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          En apenas tres minutos de metraje, se suceden en El silencio de Lorna tres intercambios de moneda, a través de los que además se establecen las relaciones de la protagonista con el país -el acceso al capital mediante una adquisición de derechos también relacionada con el dinero- y con sus habitantes -la frialdad con la que convive con su marido de conveniencia, un adicto a la heroína que representa al único nativo ‘puro’ con peso en la función-.

El filme de los hermanos Dardenne dibuja con sutileza, sin recurrir a énfasis, un escenario -Occidente- donde todo se encuentra mercantilizado, desde el matrimonio hasta la nacionalidad, desde el estatus de ciudadano legal hasta la muerte del prójimo. Este es el decorado de fondo donde se narra la historia de la inmigrante albanesa Lorna (Arta Dobroshi) y de sus dilemas internos, su adquisición de conciencia y su rebeldía moral, que se alza contra las desesperantes imposiciones de unas circunstancias adversas y contra la disolución de los valores éticos en una comunidad materialista e individualista.

          Un elemento de género como la mafia relacionada con la trata de blancas se convierte en manos de los autores en un elemento de rotunda verosimilitud, auspiciada por la humana complejidad de sus integrantes. en este caso un taxista con iniciativa empresarial y que no posee ningún rasgo particular o cinematográfico que lo pueda identificar como un potencial villano. Igual ocurre con el crudo patetismo y la triste ternura que inspira el yonki encarnado por Jérémie Renier.

          Envuelto en una estética hosca aunque cercana a sus personajes, más clásica que en anteriores ejemplos y no exenta de talento expresivo -la elipsis con la que se parte en dos el filme-, El silencio de Lorna expone así una narración moral a propósito de los remordimientos -e intentos de redención, quizás menos natural y menos logrado en esta ocasión- del ser humano como víctima de una sociedad inmoral y despiadada; cuestión que acecha con mayor fiereza en aquellos colectivos que no cuentan con el amparo general y el adormecimiento de conciencia que proporciona la riqueza, y que son los protagonistas habituales de la firme filmografía de los Dardenne.

Premio en Cannes al mejor guion.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

La gran apuesta

15 Dic

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Año: 2015.

Director: Adam McKay.

Reparto: Ryan Gosling, Christian Bale, Steve Carell, John Magaro, Finn Wittrock, Rafe Spall, Hamish Linklater, Jeremy Strong, Brad Pitt, Marisa Tomei.

Tráiler

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           Si La gran apuesta sirve para que numerosos espectadores se informen y desarrollen una conciencia crítica acerca del fenómeno histórico más decisivo del siglo presente –la crisis económica oficializada en 2008, las causas que la sustentan, los fundamentos que se mantienen o reviven años después de la debacle, y su inserción indisociable en la cultura estadounidense y occidental-, bienvenida sea. Su necesidad está entonces sobradamente justificada y es digna de aplauso. Ahora bien, su calidad artística es otro asunto.

           La gran apuesta adopta los códigos del thriller popular contemporáneo para recrear, en tono de farsa aunque con bastante fidelidad, los instantes previos a la confirmación del desastre y los razonamientos lógicos que llevaron a un puñado de buenos observadores -en absoluto visionarios- a preverlo con total certeza.

En paralelo, el acopio de información que maneja queda expuesto casi de forma de documental. No por el estilo narrativo ni por la gramática cinematográfica empleada, como decimos, sino porque se descerraja a través de apartes que rompen con la cuarta pared, entrevistas disfrazadas de diálogos, interrupciones explicativas y textos sobreimpresionados que desgranan la oscurantista jerga ‘neocon’, recapitulan los pasos hacia el desastre y abundan en los detalles y las consecuencias de los mismos. Como hacía Concursante -esa sí bastante visionaria-, pero de manera decididamente más desinhibida y exagerada.

           Por momentos, la película parece una dramatización como esas que aparecen en los programas de sucesos criminales de la TDT, si bien con un reparto de estrellas de Hollywood repletas de compromiso en su propósito de denunciar la jungla sin ley legal o moral en la que depreda un catálogo de malvados, imbéciles y egoístas engendrados por las codiciosas babas de Gordon Gekko y cía -directivas de agencias de calificación que trabajan con gafas de invidente, ese es el nivel de sutileza de sus sugerencias visuales-. Los personajes, reducidos a caricaturas, no poseen entidad propia, de ahí que los puntuales intentos de aportarles relieve dramático resulten ridículos o como poco improcedentes, tal y como ocurre en especial con las dudas y los traumas que arrastra el Mark Baum -rebautización del inversor Steve Eisman– encarnado por Steve Carell.

Algo semejante se produce en el relato, constantemente torpedeado por estos paréntesis aclaratorios que acaban por sacarle a uno por completo de la historia que trata de contar sin que, además, resulten finalmente compensibles los términos financieros que maneja. Al menos tiene la decencia de incluir en ellos un cameo de Margot Robbie.

           Ni buen thriller ni buen documental, en definitiva. Útil en todo caso. Y con cinco nominaciones al Óscar, entre ellas las de mejor película, mejor director y mejor guion adaptado -ofende compararlo con la traslación que Aaron Sorkin y Steven Zaillian realizan en Moneyball: Rompiendo las reglas a partir de otro libro de no ficción de Michael Lewis-.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 5.

¿Ángel o diablo?

2 Dic

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Año: 1945.

Director: Otto Preminger.

Reparto: Dana Andrews, Alice Faye, Linda Darnell, Charles Bickford, Anne Revere, Percy Kilbride, Bruce Cabot, John Carradine.

Tráiler

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           Durante el planteamiento de ¿Ángel o diablo? puede percibirse con claridad el reparto de estereotipos que prepara el argumento: desde el buscavidas desencantado y de vuelta de todo que se da de bruces con su destino porque no tiene dinero para llegar más lejos, hasta el policía veterano con el instinto curtido en mil batallas, pasando los primos que servilmente le bailan el agua a la respectiva femme fatale de este lugar dejado de la mano de Dios. No existe rastro, pues, de la dicotomía que plantea el título en español del filme –originalmente un más trágico Fallen Angel, “ángel caído”-.

Corresponde entonces al desarrollo ir desdibujando las líneas prefiguradas de los personajes hasta, curiosamente, igualarlos por el efecto pernicioso de la vampiresa, bajo cuyo influjo seductor subyace una sociedad corrompida hasta la médula.

           ¿Ángel o diablo? retrata paulatinamente las miserias de un pueblo cualquiera donde cada uno de los individuos que lo moran comparte una profunda podredumbre moral que termina exhibiendo de una u otra manera. Incluso el protagonista no duda en emplear para sus propósitos las artes propias de esa figura de femme fatale. Sin requerir siquiera del tradicional efecto opresivo de la arquitectura urbana –la de la vecina San Francisco por ejemplo, una de las capitales del noir- semejante paisaje humano se basta para degradar la atmósfera noir del filme hasta, de la mano firme de Otto Preminger, hacerla irrespirable. No solo por la villanía que se palpa en ella, sino especialmente por el descorazonador patetismo que exuda esa colección de acciones inicuas provocadas por el hechizo de una mujer con el rostro de la perdición (Linda Darnell).

           Mediante un contundente giro de guion, el conflicto criminal se torna en conflicto moral, representándose definitivamente ese dilema antes aludido en las entrañas del perdedor natural Eric Stanton (Dana Andrews), acosado por las faltas propias y el comportamiento dudoso, obsesivo o amenazador de aquellos extraños que le rodean. Ya había demostrado antes ser un playboy atípico, que juega al despiste volcando sus cartas encima de la mesa, lo que convierte en más inquietantes las reacciones que se encuentra a su jugada, sobre todo por parte de June (Alice Faye), a quien a priori le atañe personificar a la virgen inocente.

           La tensión que provoca primero el hechizo y posteriormente el enrarecido clima psicológico desencadenado permite funcionar a un engranaje argumental que presenta algunas piezas flojas y otras encajadas a la fuerza.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7,5.

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