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Logan

4 Jun

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Año: 2017.

Director: James Mangold.

Reparto: Hugh Jackman, Dafne Keen, Patrick Stewart, Boyd Holbrook, Stephen Merchant, Elizabeth Rodriguez, Richard E. Grant, Eric La Salle.

Tráiler

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         Hay una constante aparición de tebeos de los X-Men en Logan. El superhéroe revisa el relato de sus hazañas, deformadas por puntos de vista ajenos y maravillados por su poder sobrenatural. Su testimonio de primera mano puntualiza las diferencias entre la leyenda y la ‘realidad’ de los hechos, la cual posee rugosidades, dobleces y amarguras de imposible cabida en la epopeya heroica.

En Logan, después de que una pandilla de cholos casi lo aniquilen en un aparcamiento a causa de unas yantas cromadas, Lobezno, el mutante indestructible, colérico y cínico, combate contra la presbicia, las infecciones de pus y un asesino implacable que parece una formación cancerígena que lo carcome por dentro, brotando de su mismo interior que lo hacía aparentemente inmortal. El profesor Xavier, dueño del cerebro más prodigioso del orbe, chochea y lo deben meter a pulso en el baño para que mee. El crepúsculo de los héroes es tan degradante como el de cualquier hijo de vecino.

Sin embargo, desde este planteamiento antiépico, Logan termina desarrollando un western elegíaco de superhéroes en peligro de extinción individual y colectiva, en el que enarbola como referencia directa Raíces profundas. Porque si Logan mira los cómics desde el exterior, a Raíces profundas sí que la asume y corporeiza no solo a través de las imágenes y el argumento, sino mediante la reproducción literal de sus diálogos. En efecto, Logan reproduce el tópico de la confrontación entre el antihéroe desencantado y atormentado frente un símbolo potencial de inocencia y redención. Pero, para realojar en su seno la inocencia perdida, el antihéroe debe abrir la espesa coraza de cinismo que lo protege del enemigo.

         No obstante, a pesar de esta alusión evidente, el recorrido de Logan se asemeja incluso en mayor medida al de otro western mayúsculo, esta vez firmado por Clint Eastwood, cineasta que precisamente se había apropiado de los cimientos de Raíces profundas para dotarlos de una pátina más cruda y desolada en El jinete pálido. Logan, decíamos, sigue un trayecto muy similar a Sin perdón, obra agónica que se detenía asimismo en la discusión entre el Oeste novelado y el Oeste auténtico, debatida entre los propios protagonistas de los hechos y el cronista que los reconstruye desde su perspectiva fantasiosa. Y también Lobezno, al igual que el otrora sanguinario William Munny, debe recurrir aquí a un brebaje para recuperar su ira enterrada bajo capas de remordimientos.

         Aunque contiene algún punto de guion más dudoso -la pernocta en la granja alentada por Xavier, principalmente- y a que por momentos esta comunión entre antihéroe, infancia y distopía parece llevar la cinta hasta Mad Max 3, más allá de la cúpula del trueno, Logan realiza un buen trabajo en la composición de la atmósfera terminal y de perpetua frontera que habitan los personajes, sus relaciones desnudadas por la vida y las pulsiones de muerte que dominan la psicología del protagonista, así como la interacción con un universo cruel y desprotegido. De este modo, la falta de concesiones no se limitan a lo gráfico de la violencia; abarcan igualmente a la observación de su naturaleza ambigua -la niña que degolla sin parpadear, las ejecuciones a sangre fría del bueno de la película, la reacción última del granjero-.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

Isla de perros

23 Abr

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Año: 2018.

Director: Wes Anderson.

Reparto (V.O.): Bryan Cranston, Koyu Rankin, Liev Schreiber, Edward Norton, Bob Balaban, Bill Murray, Jeff Goldblum, Kunichi Nomura, Akira Takayama, Greta Gerwig, Scarlett Johansson, Frances MacDormand, Akira Ito, Harvey Keitel, F. Murray Abraham, Tilda Swinton, Ken Watanabe, Yoko Ono, Courtney B. Vance.

Tráiler

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          Las posibilidades casi ilimitadas de la animación, donde las leyes de la física no suponen una barrera, se ajustan como un guante al cine de Wes Anderson, el cual pertenece a un universo abiertamente subjetivo que parece encontrarse ubicado entre el recuerdo y la fabulación ensimismada. Su estética refinadísima, su pasión por el color, su textura naif… Un artificio orgullosamente deliberado que, en consecuencia, halla un perfecto vehículo de expresión en las detallistas maquetas y las marionetas a las que se insufla vida por medio del stop-motion.

Y asimismo, dentro de este patio de recreo particular, el marco fantasioso e imaginativo de la animación permite que el vehemente tributo a la sensibilidad y la pureza de la inmadurez que, en contraste con la crueldad de los códigos de comportamiento adulto, caracteriza el punto de vista del cineasta texano, no desbarre en ñoñería, infantilismo y amaneramiento autocomplaciente, como en ocasiones ocurre en sus filmes protagonizados por niños grandes, incomprendidos y marginados a causa de su naturaleza anómala y resistentemente tímida, afectiva y soñadora -y, por tanto, refugiados a duras penas en sí mismos-.

Fantástico Sr. Fox fue el primer indicio; Isla de perros es la confirmación.

          Isla de perros es un cuento repleto de fascinación por el arte y la estética japoneses en el que tiene lugar un relato de rebeldía y humanidad en tiempos de tribalismo, intolerancia y odio; uno de los principales temas del cine de los ultimísimos años.

El diseño de producción es una auténtica preciosidad. El aspecto, la expresividad y la ternura de las figuras; el nivel de elaboración y perfeccionismo de los decorados y las miniaturas; la grata fisicidad artesana de los efectos visuales, la plasticidad de los movimientos y el montaje; las distintas mezcolanzas de la animación -mediante muñecos o tradicional, en el caso de las imágenes retransmitidas por pantallas-, los guiños devotos a la magistral filmografía de Akira KurosawaEl ángel borracho, El perro rabioso, Los siete samuráis, Yojimbo (El mercenario)…- con alientos incluso del ‘kaiju eiga‘ y también de Hayao Miyazaki en su sentido de los valores morales y de la dignidad de quien no se doblega ante la iniquidad dominante…

Anderson ha volcado en ello todo su entusiasmo de creador, probablemente, en una idea acorde con la esencia de su obra, como un niño encantado con su juguete. Y con su juguete construye una maravilla formal donde contar la historia que quiere contar.

          Es cierto también que este fervoroso recargamiento puede saturar el ritmo narrativo de una película que, no obstante, mantiene durante el metraje al completo la simpatía, la originalidad y el cariño con el que está realizada. Es decir, que Anderson comparte amistoso el juguete gracias a la cuidada definición y el carisma de las personalidades -caninas y humanas- que protagonizan la historia, de su combinación de comicidad y corazón; de sus travesuras con el lenguaje para paradójicamente redondear la magia inmersiva del cuento; de su hábil equilibrio entre el viaje de aventura y (auto)conocimiento y la protesta concienciada ante un futuro que parece haber comenzado ayer.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

120 pulsaciones por minuto

15 Nov

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Año: 2017.

Director: Robin Campillo.

Reparto: Arnaud Valois, Nahuel Pérez Biscayart, Antoine Reinartz, Adèle Haenel, Ariel Borenstein, Félix Maritaud, Aloïse Sauvage, Simon Bourgade, Médhi Touré, Catherine Vinatier, Théophile Ray, Saadia Bentaïeb

Tráiler

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          120 pulsaciones por minuto es una reivindicación del activismo en la que el pasado cercano -el comienzo de la década de los noventa- establece un diálogo firme con el presente, en el que el avance de los movimientos ciudadanos de protesta ha encontrado una decepcionante respuesta en la nueva primavera del nacionalismo ultraconservador, que en Francia se corresponde con la potencia del Frente Nacional, formación política que llegó a disputar la segunda vuelta de las elecciones presidenciales galas de 2017

          120 pulsaciones por minuto reconstruye los pasos de la agrupación local de ACT UP, organización de acción directa para la concienciación sobre el virus del SIDA, el incentivo de investigaciones con resultados públicos y la actuación del Estado contra la expansión de una plaga desatendida por el carácter marginal de sus principales víctimas -homosexuales, drogadictos, prostitutas, extranjeros….-. Para ello, la película de Robin Campillo -que junto con el coguionista Philippe Mangeot bebe de sus propias experiencias- viaja desde lo general -la crónica del movimiento y sus actuaciones de presión- hasta lo particular -el romance de dos de sus miembros y la agonía de uno de ellos-.

En esta primera faceta, el director filma desde el realismo, aunque sin apostar por el estilo documental, con un discurso que es debidamente crítico pero que elude el victimismo y que muestra a una comunidad compleja, con sus debates y contradicciones internos. En este sentido, asimila con naturalidad el valor de la fiesta y del sexo, del disfrute vitalista, como otra forma más del compromiso del colectivo, que el guion trata igualmente de inscribir en la Historia mediante un paralelismo alusivo a las corrientes revolucionarias de 1848 que, en el país, dieron lugar a la instauración de la Segunda República Francesa. No obstante, también se percibe cierta redundancia que posteriormente conformará uno de los factores que contribuyen a desequilibrar el conjunto.

          En una determinada escena, ambientada bajo el influjo del crepúsculo parisino, uno de los personajes que se desgaja de este retrato coral, Sean (el argentino Nahuel Pérez Biscayart), hace mofa de la poesía elegíaca y, por extensión, de los clichés sentimentalistas del cine, esos que podrían atribuirse a aproximaciones al tema como Philadelphia, basadas en el impacto emocional. Pero, a pesar de ello, 120 pulsaciones por minuto también pretende reflejar el desgarro de una lucha que, literalmente, es a muerte.

Ahí es donde entra el juego esta segunda vertiente personal, que consigue acertados contrapuntos de dolor -la manifestación luctuosa tras la pérdida de otro compañero- y momentos que cosechan una notable intimidad -las confesiones en las que logra aislar a los amantes del ruido circundante-; además de que Campillo hace gala de talento narrador y expresivo en la introducción de los recuerdos -los flashbacks integrados en la secuencia en curso, sin abandonarla-. 

          La combinación de estas dos dimensiones encaja con adecuada complementariedad, aunque a la larga terminan por descompensarse un tanto, lo que se evidencia asimismo en el excesivo metraje de la función. Campillo, desde el dolor propio, trata de no recrearse en la tragedia, si bien tampoco consigue esa contundencia emocional que repudia de las obras populares de Hollywood, por lo que, en este aspecto, queda un poco entre dos aguas.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

Morir

13 Oct

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Año: 2017.

Director: Fernando Franco.

Reparto: Marian Álvarez, Andrés Gertrúdix.

Tráiler

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         En una escena de Blade Runner 2049, un holograma de compañía implora a su propietario que cargue el programa que la contiene en un dispositivo portátil para poder viajar junto a él a lo desconocido. El hombre duda, por el riesgo de perderla que supone tal decisión. Ella replica que esa terrible incertidumbre le permitirá igualarse, de forma efectiva, a una chica de carne y hueso. Uno de los matices que esta secuela agrega a Blade Runner en su exploración de la cartografía del ser humano es el de la fragilidad. El ser humano es un ente inestable y vulnerable, finito y fugaz.

La carrera de Fernando Franco como director de largometrajes parece adentrarse en esta fragilidad tan humana, tan desoladora. La prisión en la que vive una mujer atrapada por la enfermedad psicológica que padece en La herida; la irreparable agonía del ser amado, contagiosa y desesperante, en Morir -precisamente estrenada en las salas españolas en la misma semana que Blade Runner 2049-.

         Franco se mantiene minimalista y apegado a las vivencias de los personajes, crudo pero nunca frío, atento a la evolución interna que producen en ellos los acontecimientos externos. Su protagonistas se aplastan en los fotogramas, con escasa profundidad de campo, sin cortes de montaje que despiecen artificialmente la secuencia. Los tempos de la dolencia, de la existencia pendiente de un hilo, se recortan mediante hábiles elipsis y se enmarcan mediante objetos y acciones simbólicos que establecen una puntuación entre capítulos.

En Morir, la tosquedad con la que se introduce la premisa de la enfermedad terminal del protagonista -un diálogo poco elegante, quizás subrayado por la interpretación de Andrés Gertrúdix en ese fraseo- puede revestir de una pátina telefilmera a un argumento que, por lo demás, está abordado con contención y respeto, ajeno al sentimentalismo o a los consejos vitalistas de tres al cuarto que ayuden a pasar el mal trago al espectador. Es cierto que, por otro lado, Morir tiene una aspereza que puede ser agotadora a ratos -parte del juego, en cualquier caso- y que no logra atravesar de costado a costado, como hacía otro filme de premisas semejantes, Amor. Pero claro, para ser justos, la obra maestra de Michael Haneke marca un listón difícilmente alcanzable.

         La veracidad con la que carga Morir supone una renuncia a la complacencia. La honestidad hacia las personas que retrata obliga a trazarlas inconstantes, desorientadas, caprichosas, contradictorias. No siempre positivas. La presencia de la muerte, el temor cerval que despierta en quien presiente cercano su aliento y en quien lo percibe también por efecto de la empatía natural, redoblado por el amor hacia la víctima, desencadena consecuencias traumáticas que Franco consigue capturar a través del luto en vida de la pareja.

El realizador y guionista expone una existencia contaminada irremediablemente, ante la que surgen un puñado de consternadores interrogantes. ¿Cómo encarar un proceso inminente pero que, a la postre, por mucho que lo ignoremos al estar en plenitud de condiciones, es inexorable para cada uno de nosotros? ¿A quién pertenece la decisión sobre cómo afrontarlo? ¿Donde termina el deber hacia el ser amado y comienza el egoísmo irreflexivo, en ambos sentidos? ¿Cabe dignidad alguna ante la muerte o la decadencia física o psicológica, como ya se podía entrever en La herida? ¿Qué importancia o qué significado puede tener cualquier actividad cotidiana cuando se siente el peso abrumador de la extinción cierta? 

Las respuestas solo pueden tantearse a ciegas, sin comprender siquiera si se han obtenido contestaciones satisfactorias. Vivir es también morir. 

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

La guerra del planeta de los simios

15 Jul

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Año: 2017.

Director: Matt Reeves.

Reparto: Andy Serkis, Woody Harrelson, Karin Konoval, Steve Zahn, Amiah Miller, Terry Notary, Ty Olsson, Michael AdamthwaiteSara Canning, Devyn Dalton, Gabriel Chavarria, Toby Kebbell.

Tráiler

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          El origen del planeta de los simios contenía en su primera mitad una intensa reflexión acerca del diferente, del inquietante desconocido, del Otro; un notable punto de partida que asentaba el principal arco temático de este ‘reboot’ en el que los profusos guiños al resto de la saga tienden a imponer una reversión del punto de vista del relato. El amanecer del planeta de los simios abundaba con acierto en esta cuestión a través de un esquema propio de un western fronterizo, en el que dos culturas colisionan impulsadas por la tensión y el miedo que genera el puro instinto de la supervivencia. La guerra del planeta de los simios conserva buena parte de la solidez dramática de sus predecesoras para cerrar con dignidad una trilogía que demuestra las posibilidades de conciliación entre los valores comerciales de un producto y la madurez artística del mismo. En ella, mientras que el chimpancé César perfecciona su comunicación verbal, los humanos la reducen, voluntaria e involuntariamente, a una guturalización primitiva.

          De nuevo con Matt Reeves en la dirección, también posee resonancias westernianas la introducción de La guerra del planeta de los simios, donde se presenta una cabalgada monomaníaca alimentada por el odio y emprendida en una atmósfera luctuosa y terminal, todo cansancio y tristeza, acorde al contexto físico y sentimental de un César que sufre las pruebas del patriarca bíblico que parece encarnar y coherente con la constatación de la imposibilidad de la utopía que emergía en el episodio anterior. En este sentido, el filme resulta más conseguido -o cuanto menos más intrigante- cuando se aproxima a Sin perdón o Centauros del desierto, a su tono de pesimismo espectral -hasta cabría entender al extravagante chimpancé que ejerce de alivio humorístico como un Mose Harper sacado de su mecedora-, y no tanto a Apocalypse Now, otra obra magna que ejerce de gran foco de gravedad de la función, a la que se dedican insistentes referencias tanto con el aspecto y el discurso de su propio coronel desquiciado -allí Kurtz, aquí McCullough-, como por la ciudadela donde se le rinde culto, la música de Jimi Hendrix que se escucha o incluso las pintadas explícitamente alusivas que adornan el lugar.

Puede entreverse con ello que, aun tratándose la heterofobia de un tema universal a la especie humana, la serie sigue conjurando particularmente los demonios históricos de los Estados Unidos, puesto que después de plantear una equivalencia entre los primates y los indígenas norteamericanos en El amanecer del planeta de los simios, se diría que ahora el escenario se traslada solapadamente al delirio marcial de la Guerra de Vietnam -es curioso que los dos blockbusters de la temporada protagonizados por hominoideos excepcionales, Kong: La Isla Calavera y la presente, recurran a este trauma nacional para dotar de contenido trágico a su argumento-. “Historia, historia, historia”, mantiene grabado McCullough en la pared de su guarida.

          McCullough y la confrontación con su ejército se desarrollan pues con cierta caída en el tópico -lo que abarca la sobreactuación de Woody Harrelson-, al mismo tiempo que el conflicto dramático -el mensaje político por un lado, las contradicciones internas de César por otro, finalmente más descuidadas- cede terreno a la acción evasiva, manifestada en la incursión en el subgénero bélico de las fugas de campos de concentración. Con todo y ello, y a pesar de que el guion deja algunos detalles de fragilidad lógica, esta faceta de La guerra del planeta de los simios sabe ser entretenida -la batalla en el bosque de la apertura era ya una buena muestra de su talento para la espectacularidad- y modera las ínfulas de grandilocuencia de una obra en la que se corre el riesgo de excederse en la dotación de atributos humanos a los animales protagonistas, hasta el punto de que pudieran convertirse no en simios pensantes, sino en personas ridículamente disfrazadas.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5. 

Proyecto Lázaro

26 Jun

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Año: 2016.

Director: Mateo Gil.

Reparto: Tom Hughes, Oona Chaplin, Charlotte Le Bon, Barry Ward, Julio Perillán, Rafael Cebrián, Bruno Sevilla.

Tráiler

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          Es sintomático que las imágenes con mayor potencia expresiva de Proyecto Lázaro sean, precisamente, las de una escena rescatada de La última tentación de Cristo donde el bíblico Lázaro aferra la mano del frágil y dubitativo Jesús de Martin Scorsese y lo arrastra consigo a la oscuridad de su sepulcro.

Puede que Proyecto Lázaro hubiera sido mejor libro que película. El tercer largometraje como director del canario Mateo Gil es una ambiciosa obra de ciencia ficción futurística que, a partir del caso del primer ser humano resucitado de la muerte, ahonda en preguntas existencialistas y trascendentales. Su revisión de la naturaleza humana conduce a conclusiones semejantes a las de Blade Runner, monumental reivindicación de los recuerdos y la empatía como parte esencial de lo que significa estar vivo -y además, como esta, relectura del referencial mito de Frankenstein-, puesto que el hombre que vuelve del otro lado, que ya no pertenece ni al pasado ni al presente ni al futuro, reflexiona acerca de una parte íntima e inmaterial que parece haber perdido en el proceso de laboratorio.

El alma, el espíritu, la humanidad; lo opuesto a la trivialidad de una identidad física que es pura mecánica biológica, perfectamente reemplazable y humillante en sus imperfecciones -asunto ampliamente abordado por Gil en su libreto de Mar adentro-.

          Dentro de su argumentario, el filme cuestiona paralela y puntualmente las motivaciones vitales actuales -la búsqueda imposible de la imitación de un anuncio de televisión- y deja una agria mirada acerca de la insatisfacción irreparable como otro gran elemento definitorio del individuo contemporáneo, una tesis que recientemente ponía al día Oslo, 31 de agosto, reapropiación de El fuego fatuo y su evisceración del dolor por el sentimiento de vacío existencial.

          Pero, en definitiva, el espectador percibe todo este conjunto de cavilaciones introspectivas a través de la voz en off del narrador, y no tanto de unos fotogramas que no alcanzan la altura metafísica que pretende formular el guion -también de Gil-, por más que el realizador, estableciendo un contraste con la aséptica ambientación del final del siglo XXI, quiera sublimar este horizonte de recuerdos y memorias por medio tonalidades claramente influidas por Terrence Malick, auténtico maestro en este campo e imitado hasta la saciedad en el cine de la última década -hay quien habla directamente de “epidemia” al respecto-.

En consecuencia, Proyecto Lázaro resulta una cinta discursiva y un tanto ensimismada que queda casi completamente desnuda debido a esta descompensación entre texto e imagen.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 5,5.

El Havre

27 Abr

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Año: 2011.

Director: Aki Kaurismäki.

Reparto: André Wilms, Blondin Miguel, Kati Outinen, Jean-Pierre Darroussin, Elina Salo, Evelyne Didi, Quoc Dung Nguyen.

Tráiler

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          Aki Kaurismäki mira a Europa y la ve enferma. Enferma de insolidaridad, de represión, de racismo. Todos síntomas de un clasismo en el que una autoridad sin rostro -o con el rostro de sicarios estúpidos y brutales- vigila por los privilegios de unos pocos en detrimento de los muchos. No obstante, aunque con una extraña pátina de melancolía patética y vitriólica que podría atribuirsele a su origen finlandés, Kaurismäki parece invocar el espíritu de artistas del claroscuro humano, de la tragicomedia expresada a través de la pantomima absurda, como son Buster Keaton y Charles Chaplin, maestros de la sonrisa y la lágrima entendidas como partes indisociables e inseparables de la existencia del hombre.

          En El Havre, el cineasta reencuentra al Marcel Marx de La vida de bohemia residiendo junto a su esposa en la ciudad portuaria normanda, cuyas calles y casas parecen sacadas de un cuadro de Edward Hopper -influencia estética manifiesta igualmente en buena parte de la filmografía del autor-. A partir de ese decorado de aparente soledad, Kaurismäki agrega pinceladas de joie de vivre, de ternura, de sarcasmo paródico, satírico y entrañable, y de ilusiones reconfortantes, que, amalgamadas, componen la atmósfera agridulce, naif y lánguida que define el filme.

          Filántropo desconfiado del género humano, antisistema que gusta de refugiarse en pequeñas comunidades idealizadas, director que rueda un presente rabioso y doliente con aspecto de pasado candoroso e inocente, Kaurismäki maneja con excelso talento el tono de este relato que gravita en torno a una tragedia terrible, la inmigración ilegal, que se ha transformado en una de las mayores vergüenzas de la historia contemporánea europea. Y habla de ella con una calidez sentimental que no renuncia a la reflexión crítica, con una huella de desilusión en la que, con todo, florecen detalles de asombrosa humanidad, inmunes a clases, fronteras y hastíos. En El Havre, el drama se entrevera con el humor, el desencanto con la esperanza.

Kaurismäki es un escéptico que todavía cree en milagros.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8.

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