Tag Archives: Gángsters y mafia

Malas calles

10 Abr

.

Año: 1973.

Director: Martin Scorsese.

Reparto: Harvey Keitel, Robert De Niro, David Proval, Richard Romanus, Amy Robinson, Cesare Danova, Victor Argo, David Carradine, Robert Carradine.

Tráiler

.

         El ambiente mafioso del Little Italy neoyorkino, la fascinación por un mundo de tentaciones y peligros; el remordimiento y la expiación que impone la moral católica. Con estas cartas desembarcaba en la Quincena de realizadores del festival de Cannes de 1973 un joven director estadounidense, atrevido y cinéfilo, encuadrado en la salvaje e irreverente ola del Nuevo Hollywood, que respondía al nombre de Martin Scorsese. Su película, con la que por fin salía del amateurismo underground de ¿Quién llama a mi puerta? y de la tutela de Roger Corman en El tren de Bertha, es Malas calles.

         En Malas calles, Scorsese mantiene todavía ese arrojo intuitivo, casi inconsciente, que parece heredado de la Nouvelle Vague francesa -compuesta por otro ejército de orgullosos cinéfagos-. Desde este marcado estilo, inundado tanto de música pop norteamericana como de canciones melódicas italianas, en consonancia con la impronta social de los personajes, se abordan las vivencias cotidianas de un grupo de jóvenes que matan los días entre visitas al bar, apuestas en los billares y chanchullos protogangsteriles, más cercanos a Los inútiles de Federico Fellini -de quien de hecho imita el uso de la voz en off- que a los hijos del proletariado en busca darlo todo en el fin de semana de los Angry Young Men.

Entre ellos, el punto de vista lo ostenta Charlie (Harvey Keitel), que desde su sensibilidad espiritual -en la que Scorsese vuelca notorias influencias autobiográficas– observa la situación otorgándola ese halo de fatalismo tan cinematográfico y noir. Las aventuras de Charlie se convierten por tanto en un conflicto entre el pecado y la redención, lo que se manifiesta respectivamente en su labor como recadero de su tío, pequeño capo de la comunidad italoamericana, y en su obstinada defensa de Johnny Boy (Robert De Niro), un alma descarriada sin remedio. El color rojo gobierna los fotogramas en la taberna, como si se tratase del mismo averno.

         Las intenciones de Scorsese son explícitas, y el realizador -que coescribe el guion junto a Mardik Martin e incluso interpreta un simbólico papel- desarrolla el argumento como un elefante en una cacharrería, desde esa instintividad formal que se traduce en movimientos de cámara y cortes de montaje bruscos, aunque igualmente en una estética apegada a la realidad urbana y en destellos expresivos como, por ejemplo, el explosivo plano en blanco para mostrar una muerte o el influyente empleo de la snorricam para representar el estupor perceptivo del borrachoanticipado ya en cierta manera, todo sea dicho, por John Frankenheimer en Plan diabólico-. En numerosas escenas, las actuaciones y los diálogos poseen asimismo una fuerte apariencia de improvisación, que de tan evidente resulta de todo menos natural.

         De este modo, el relato brota corrosivo, incluso chusco, desde luego huérfano de todo acercamiento poético a este camino de perdición inexorable. De ritmo e interés muy irregular, falto de concreción por su división entre la fascinación por el submundo que retrata y los tormentos del protagonista, penitente por las circunstancias que lo condenan de antemano. Malas calles es osada y personal, pero aún echa en falta el trabajo de un guionista riguroso y la maduración de un talento cinematográfico latente.

.

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 6.

Pájaros de verano

8 Mar

.

Año: 2018.

Directores: Ciro Guerra, Cristina Gallego.

Reparto: José Acosta, Carmiña Martínez, Natalia Reyes, Juan Bautista Martínez, José Vicente, Jhon Narváez, Greider Meza, Aslenis Márquez, José Naider, Luisa Alfaro, Sergio Coen.

Tráiler

.

         En tiempos de la consagración del narcotraficante como icono pop, con El patrón del mal, Narcos, Escobar: Paraíso perdido y Loving Pablo como puntas de lanza del renacimiento de la figura de Pablo Escobar en el caso de Colombia, otra producción del país sudamericano, Pájaros de verano, ofrece una vuelta de tuerca a la temática al ambientar su relato en el seno de una comunidad indígena que sufre una profunda transformación a cuenta de los réditos de venderle marihuana al gringo -la conocida como bonanza marimbera de los años setenta y los primeros ochenta-.

En una analogía un tanto brusca, la obra podría equipararse a pasar los códigos del cine de mafia por el filtro del realismo mágico acuñado literariamente en el país o, cuanto menos, de la cosmovisión de los wayúu, un mundo a espaldas de los arijunas, del extranjero. Este enfoque diferencial se manifiesta en el influjo del simbolismo esotérico, de la creencia, del presentimiento y de lo onírico -aparte de imágenes próximas al surrealismo, como esa arquitectura moderna plantada en mitad del desierto de La Guajira- como planos espirituales comunicantes con la realidad material, esta última progresivamente colonizada por el culto a la acumulación de riquezas y por la crueldad física. De este juego nacen fotogramas de estética poderosa y una atmósfera anómala y penetrante.

         A través de estos mimbres, Pájaros de verano entrega una película acerca de la venta del alma de un pueblo aborigen y su inexorable corrupción bajo la influencia contaminante de las fuerzas exteriores que lo cercan. No obstante, su tono pesimista apunta asimismo hacia el interior de la tribu de la mano de una matriarca que parece sacada de un texto shakesperiano pero cuyo arco dramático a fin de cuentas, en vista de su defensa fundamentalista y maquiavélica de la familia, es el que encontrará finalmente equivalencias con el arquetipo del capo mafioso romántico, como un Michael Corleone que se debate entre el misticismo de su naturaleza y el tajante pragmatismo de sus actos.

         El fatalismo propio del género no se cierne pues sobre el individuo, sino que se extiende a un pueblo por entero, enraizada en dos clanes que protagonizan un enfrentamiento de evocaciones ancestrales y mitológicas, enzarzados en una espiral de sangre irresoluble que lleva consigo la marca de la condenación. Porque la cinta se aleja tanto de la glamurosa épica del gángster como del regodeo en el exotismo en su retrato etnográfico, y su adscripción se ajusta más a una tragedia lírica y violenta que al thriller propiamente dicho a pesar del componente de intriga de su argumento, pero en Pájaros de verano están muy presentes los cánones tradicionales del filme criminal. Es evidente en su estructura narrativa, que dibuja el característico proceso de ascenso, caída y quizás redención que lleva haciendo fortuna desde la década de los treinta.

.

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,4.

nota del blog: 7,5.

Ladrones como nosotros

4 Ene

.

Año: 1974.

Director: Robert Altman.

Reparto: Keith Carradine, Shelley Duvall, John Schuck, Bert Remsen, Louise Fletcher, Ann Latham, Tom Skerritt.

Tráiler

.

         En Ladrones como nosotros, los protagonistas escuchan constantemente los seriales de la radio, tremendos en su dramatismo y en su romanticismo teatral que subrayan, por oposición, la condición vulgar de los oyentes, envueltos por lo general en una actividad paralela a la narración. Cuando atracan un banco, las tétrica banda sonora de Gangbusters advierte de una terrible amenaza criminal que ellos resuelven con profesionalidad de robagallinas; cuando hacen el amor, los refinados y castos versos del Romeo y Julieta de William Shakespeare contrastan con las calenturas de unos amantes que se tratan con apelativos cariñosos como “Keechie-keechie-cú” y “Bowie-bowie-bú”.

Robert Altman insiste en recalcar, por contexto, por escenario y por diálogo, que los personajes son tipos corrientes, “gente auténtica, como tú o como yo”, según sus propias palabras. Individuos arrastrados por las circunstancias que impone un sistema amañado y que, al final, si su destino les consiente la vida, se entremezclarán con la masa ciudadana de los Estados Unidos, sufrida y mediocre. Ladrones como nosotros, que avanzaba ya el título.

         El retrato criminal del filme, que es un retrato de los Estados Unidos, representado por el depauperado Deep South que atraviesa la Gran Depresión, posee una dimensión antiépica, antirromántica. A sus protagonistas, en resumen, se les niega la excepcionalidad que concede el glamour cinematográfico, capaz de bañar en polvo de estrellas todo aquello sobre lo que pose sus fotogramas. De hecho, en cierta escena, al chico de campo transformado en forajido irreparable, y que encarna Keith Carradine, se le reconocen ciertas cualidades propias de un héroe de película -mientras su antagonista ya había expresado tiempo atrás su sorpresa por que los medios de comunicación, crónica legendaria del presente, lo apodaran ‘Metralleta’ cuando solo había empleado este arma en un único golpe y, además, sin oportunidad de dispararla-. Pero este reconocimiento estelar será justo antes de que sufra una muerte atroz.

Es verdad que esta secuencia de ejecución sumaria recuerda a la sangrienta matanza de Bonnie & Clyde, un hito del periodo -considerado una de las piedras fundacionales del Nuevo Hollywood-, la cual se adentra también en la mitología de los proscritos románticos, una figura de jugosa presencia en el séptimo arte –Solo se vive una vez, El demonio de las armas, Los asesinos de la luna de miel, La huida, Malas tierras, Corazón salvajeAmor a quemarropa, KaliforniaAsesinos natos, Profundo carmesí, Turistas (Sightseers), la reciente serie The End of the Fucking World…-. Pero, a diferencia de los Bonnie Parker y Clyde Barrow de Faye Dunaway y Warren Beatty, los Keechie y Bowie de Shelley Duvall y Keith Carradine no son una pareja de modelos desbordantes de carisma, aventura, violencia y sensualidad, sino pueblerinos que viven un momento de resplandor en la roñosidad de sus vidas antes de reventar en mil pedazos por morder más de lo que pueden -de lo que se les permite- llevarse a la boca. Improbables maniquíes de pasarela, estos últimos solo pueden ser un cutre anuncio publicitario de la Coca-Cola que beben con exagerada afición, irónico símbolo del American Way of Life y su fervor por el consumismo y la marca comercial.

Tampoco es tampoco casual otro paralelismo fílmico. Ladrones como nosotros adapta la misma novela de Edward Anderson sobre la que Nicholas Ray había construido Los amantes de la noche, sublimación romántica de este citado tópico de la pareja de enamorados a la fuga de una sociedad deshumanizada que los repudia y condena; una cinta henchida de un superlativo lirismo, delicado, doloroso y conmovedor. En este caso, la distancia entre Los amantes de la noche y Ladrones como nosotros queda delimitada por la subyugante belleza clásica de Cathy O’Donnell frente al peculiar físico desgarbado de Shelley Duvall.

         “¿Tienes dueño o eres un ladrón como yo?”, le pregunta Bowie a un perro callejero que se cruza en su camino. A pesar de, o con toda esta cobertura desmitificadora, el relato de Ladrones como nosotros engarza a la perfección con la temperatura anímica de finales de los sesenta y principios de los setenta, territorio del Nuevo Hollywood rebelde, contestatario y contracultural que trasladaba a un nuevo escenario, las eternas carreteras del país, el imaginario popular de la inmensidad por conquistar de los pioneros libres, esta vez con un incierto y atribulado sentido de búsqueda existencialista. Ahí relucen ejemplos icónicos como Easy Rider (Buscando mi destino), encaminada como esta hacia la frontera sur, guardiana de las pulsiones y los instintos primigenios, tanto sugerentes como siniestros, de esta América gastada y por descubrir al mismo tiempo. Igualmente, el cine del periodo siente inclinación por evocar el pasado de cuatro décadas atrás, como Propiedad condenada, Danzad, danzad malditos, Tomorrow, El otro, Sounder, El emperador del norte, Como plaga de langosta, El luchador, El último magnate, Los Bingo Long, equipo de estrellas; Esta tierra es mi tierra… en muchas ocasiones, como en la presente, con el identificativo espíritu revisionista de la corriente. Y, como demostraba la citada Bonnie & Clyde, esto abarca con frecuencia inmersiones en el cine de de ambientación policiaca o criminal, como El rey del juego, El infierno del whisky, La banda de los Grissom, El tren de Bertha, Luna de papel, El golpe, Dillinger, Chinatown, Una mamá sin freno o Las aventuras de Lucky Lady. Podría haberse añadido aquí perfectamente Un largo adiós, pero Altman decidió trasladar el libro de Raymond Chandler y el cinismo del detective Philip Marlowe a los por entonces enfebrecidos y enrarecidos tiempos contemporáneos para firmar una de las cumbres de su filmografía. De tono desmitificado, por supuesto.

         Así las cosas, en concordancia con esta mirada desengañada y crítica hacia la historia del país norteamericano -que en el cineasta ya había florado en el Oeste de Los vividores, donde el gran mal y el símbolo definitivo de supuesta civilización quedaba encarnado en el gran capital que todo lo devora-, en Ladrones como nosotros esta noción de fatalismo tradicional del género está asociada al discurso de la obra; esto es, a la extracción socioeconómica de los personajes, condicionados por un entorno de miseria material y moral. Las cartas están marcadas. Y la única vía de escape que ensayan a tientas los protagonistas, que solo puede abrirse a tiros en una espiral de violencia con pocos visos de llegar a buen puerto, los condena aún más. Y a muerte. No hay perdón posible para el que se alza contra su sino. Es el precio de la América democrática, reza la declamación de los créditos de cierre, en tanto que en los créditos iniciales, enmarcados en una huida de prisión con secuestro, irrumpía el himno de los Estados Unidos.

         A juego con todo ello, la narración está articulada de forma un tanto desastrada, sin aparente preocupación o interés por seguir los cánones de cohesión y ritmo al pie de la letra. La fotografía semeja sucia, empañada, mientras que el apartado sonido se percibe totalmente descuidado. Son urgentes notas de producción que habían llamado ya la atención en Los vividores. Y al igual que sucedía con aquel discordante énfasis dramático que se mencionaba al comienzo, toda la música de la película surge de la radio; un mundo paralelo donde se manifiesta una proyección fantasiosamente exaltada del mundo auténtico. Como el cine mismo, en definitiva.

.

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 7,5.

De latir, mi corazón se ha parado

10 Dic

.

Año: 2005.

Director: Jacques Audiard.

Reparto: Romain Duris, Niels Arestrup, Linh Dan Pham, Jonathan Zaccaï, Gilles Cohen, Aure Atika, Emmanuelle Devos, Sandy Whitelaw, Anton Yakovlev, Mélanie Laurent.

Tráiler

.

          En un camino infrecuente, De latir, mi corazón se ha parado es el remake francés de la estadounidense Melodía para un asesinato. Así, como aquella, el filme de Jacques Audiard, de precioso título, expone la dicotomía espiritual del joven Thom (Roman Duris), que debate su vida presente y su porvenir entre la herencia de su padre -la vinculación a turbios negocios de desocupación inmobiliaria- y de su madre -ser concertista de piano-.

          El drama, pues, se asienta sobre la desorientación genética, prácticamente esquizoide y exaltada por el nerviosismo gestual de Duris, que experimenta el protagonista durante su actividad cotidiana -el encadenamiento a sus asociados, su talento casi natural para esta violencia inmoral- y por los anhelos que todavía palpitan en su interior -la recuperación casi obsesiva de la práctica con el instrumento-, a pesar de tratar de matarlos con dinero y música electrónica. Audiard dibuja con expresividad cómo ambas corrientes se entrecruzan, se solapan, entran en conflicto y se derriban la una a la otra, con tremenda -y difícilmente resoluble- agresividad emocional.

          De latir, mi corazón se ha parado se mueve en una atmósfera nocturna y hostil, en la que el personaje apenas encuentra asideros a los que aferrarse y reconducir su camino con claridad, en una u otra dirección. Esta sensación desapacible se transmite incluso al espectador, a quien, al igual que al protagonista, tampoco se hacen demasiadas concesiones de empatía.

La realización posee cierto impulso visceral, tanto en los arrebatos extremos -de crueldad, de deseo sexual- como en los de sensibilidad. De hecho, ambas colisionan en escenas como las interpretaciones de piano, cuya potencial belleza se encuentra, paradójicamente, siempre al borde de la explosión de ira.

.

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6,5.

Viudas

3 Dic

.

Año: 2018.

Director: Steve McQueen.

Reparto: Viola Davis, Michelle Rodriguez, Elizabeth Debicki, Cynthia Erivo, Colin Farrell, Robert Duvall, Brian Tyree Henry, Daniel Kaluuya, Liam Neeson, Carrie Coon, Lukas Haas, Molly Kunz, Garret Dillahunt, Jacki Weaver, Kevin J. O’Connor, John Bernthal, Manuel García-Rulfo.

Tráiler

.

          “We can do it!”, exclamaba Rosie la Remachadora desde los carteles propagandísticos de la Segunda Guerra Mundial en los que se reivindicaba que, con los hombres luchando o caídos en el frente, las féminas estaban igual de capacitadas para sacar adelante la producción industrial de los Estados Unidos. “Podemos hacerlo”, insiste la mujer recién enviudada de un ladrón que insta a sus compañeras de luto a heredar el siguiente proyecto criminal que preparaban sus difuntas parejas.

Steve McQueen se adentra en el cine de género para trasladar al Chicago contemporáneo una miniserie británica de la primera mitad de los ochenta que ahora encaja a la perfección con la pujanza de uno de los grandes temas reflexivos y comerciales que aborda el cine actual: el empoderamiento femenino y su papel no solo en la sociedad, sino también dentro del propio universo cinematográfico. Viudas es una ‘caper movie’ que abunda en ese infrecuente protagonismo femenino como lo hacía recientemente, con una mayor sensación de oportunismo, Ocean’s 8.

Quizás haya que inscribir en este mismo debate el hecho de que, a decir verdad, cuesta esfuerzo creerse el giro delictivo que emprenden una madura liberada sindical, la patrona de una tienda especializada en celebraciones de quinceañera y una mujer-objeto. Aunque, en este contexto, se podría argumentar que es simplemente un asunto imputable al libreto que readapta la obra de Lynda La Plante -la cual contaba con la ventaja de poder extenderse a lo largo de seis episodios-, porque la premisa de partida es forzada y su desarrollo no consigue hacerla convincente.

          Viudas posee una atmósfera intensa, el tempo narrativo está templado, las actrices cumplen con solvencia y McQueen demuestra detalles de ingenio realizador -por ejemplo, esa conversación rodada desde fuera del coche, que logra concitar una aire de realista filtración macbethiana-. Son cualidades que sacan adelante un guion ambicioso pero algo disperso, que empeña parte de su intriga en tratar de seguir el rastro del dinero sucio a través de las distintas capas de la sociedad. Aquí, la vinculación criminal con una política corrompida, puro negocio ajeno al servicio público o la responsabilidad moral, está trazada con superficialidad a pesar de contener sonoras sentencias -cuánto daño ha hecho David Simon a la hora de establecer odiosas comparaciones-. Con todo, el padre y el hijo que continúan la saga de concejales de distrito, como una pequeña y endogámica aristocracia local, son personajes que gozan de una buena construcción.

          Porque, por lo general, Viudas es más interesante en el retrato personal que en el social. Los conflictos están mejor enfocados desde este punto de vista privado, como ocurre con esa impronta fatalista que atrapa e incluso hermana en un descastamiento irreparable a la lideresa de la banda y a la muchacha tratada por todos como un pedazo de carne: el “bienvenida de vuelta” que le dedica el mafioso a la primera, así como la muerte de su hijo -en la que aflora una rabia decididamente vinculada al presente, al igual que el resto de puntuales alusiones a la cuestión racial-; el tipo de miradas y de comentarios que permanente recibe la segunda, tal vez el personaje más interesante del filme a la postre.

Son situaciones de sustrato similar y que ubican a ambas como víctimas de una estructura social que, al final, es imposible de quebrar; una noción contra la que rebelarse que, a buen seguro, está transferido desde la clasista Gran Bretaña. En el fondo, en otro elemento diferencial, el botín de este grupo de ladronas es la reparación de unos agravios, la regeneración del mal que producen los hombres.

.

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6.

Kansas City

19 Sep

.

Año: 1996.

Director: Robert Altman.

Reparto: Jennifer Jason Leigh, Miranda Richardson, Harry Belafonte, Dermont Mulroney, Michael Murphy, Brooke Smith, Steve Buscemi, Jeff Feringa, Ajia Mignon Johnson, Jane Adams.

Tráiler

.

          Hay una querencia de los autores del Nuevo Hollywood por situar la construcción de los Estados Unidos en los clubes nocturnos. Más allá de los garitos de gángsteres que pueda recrear Martin Scorsese, ahí están La noche del escándalo Minsky’s, de William Friedkin; Cotton Club, de Francis Ford Coppola, o Kansas City, de Robert Altman. Estas dos últimas, además, desvelan una pasión melómana y cinéfila en la que el jazz guía la cadencia de una película, a su vez, embebida de cine.

          Bondie, una empleada del telégrafo, imita a Jean Harlow mientras trata de rescatar a su amado de las garras del mafioso al que ha robado. La improvisación de los músicos desvela multitud de personajes y de tramas que se alternan y entrecruzan, en virtud de un montaje torrencial y sincopado que incluso va adelante y atrás en el tiempo y aun así deja espacio para intensos solos de piano, duelos de saxo y tercetos de cuerda.

A partir de este esquema rítmico, Robert Altman recorre la ciudad, desde las casas de la alta burguesía hasta los bajos fondos, en el contexto convulso de la Gran Depresión. El racismo, la pobreza, la incomunicación entre clases, la corrupción, la doble moral… elementos sociales que se entremezclan con pasiones -la música, el cine- para conformar en paralelo el retrato humano, con sus contradicciones y complejos, de los personajes que pueblan el relato, igual de paradójicos que esa mezcla de jazz, humor y violencia seca que puede darse en algunas escenas sin concesiones.

          El filme aguanta el pulso de la noche toledana y la inhóspita mañana en la que se suceden los acontecimientos, a pesar de la ligera irregularidad que comporta un estilo tan marcado y arriesgado. Algunas interpretaciones, en especial la de una caricaturesca Jennifer Jason Leigh, parecen dejarse llevar por el exceso en la emulación de sus modelos, y contrastan con la fuerza y la presencia de la actuación del mito Harry Belafonte en un papel cosido a medida, con sus propios diálogos libres a la improvisación.

.

Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

American Gangster

27 Ago

.

Año: 2007.

Director: Ridley Scott.

Reparto: Denzel Washington, Russell CroweJosh Brolin, Lymari Nadal, Chiwetel Ejiofor, Ruby Dee, Cuba Gooding Jr., Ted Levine, Armand Assante, RZA, John Hawkes, Yul Vazquez, Ritchie Coster, Roger Guenveur Smith, Carla Gugino, Kadee Strickland, T.I., Common, Ruben Santiago-Hudson, Idris Elba, John Ortiz, John Polito, Joe Morton, Clarence Williams III.

Tráiler

.

          La historia del gángster es una historia de capitalismo. No dejan de ser empresarios que, en un mercado absolutamente desregulado -tal y como desearía el neoliberalismo-, ofrecen determinados productos a fin de satisfacer una provechosa demanda. Los relatos románticos, de hecho, muestran a hombres hechos a sí mismos que, partiendo de la nada, alcanzan la cima del mundo. “Son solo negocios, nada personal”. El lenguaje corporativo inunda estas películas, amén de otros tópicos épicos que convierten al mafioso en un héroe no solo de revista de financias, sino también de anuncio comercial, de vídeo musical. De película, claro.

Este discurso está muy presente en American Gangster, reconstrucción ficcionada del ascenso y caída del narcotraficante afroamericano Frank Lucas y del proceso investigador desarrollado por el policía Richie Roberts para derribar su imperio de la heroína. Es una escena, Lucas insiste en aclararle a otro jerifalte neoyorkino, para su absoluto desconcierto, los términos de propiedad intelectual que implica comerciar con su ‘blue magic’. Sus reuniones con las familias hamponas italianas se hacen en un ambiente elitista, constatación última de que los altos criminales funcionan como pilar de una sociedad estadounidense sumida en el fango moral -la desestructuración, la desigualdad, la omnipresente Guerra de Vietnam, fuente original además de la droga y de su consumo; el profundo racismo que se erige incluso en involuntaria tapadera para la organización criminal-.

Pero el diálogo clave, el que asienta el drama que propone el filme, es el que pronuncia el padre espiritual de Lucas, Bumpy Johnson, el gángster que se comporta como un prócer de la comunidad. En él, mientras recorre las calles de un Harlem que ya no reconoce, Johnson enuncia una descripción directa del crecimiento desmedido y deshumanizado que impulsa el sistema económico vigente en un país en vísperas de derrumbarse por su propio gigantismo.

          A partir de ahí, la escalada a la cima de Lucas posee reflejos de esta tendencia. Su entramado de narcotráfico tailandés crece por la simple ambición de seguir creciendo, puesto que él, encarnado con sobriedad por Denzel Washington, eterno favorito de la audiencia, se mantiene como un individuo de costumbres rectas; uno de los rasgos de romanticismo que mantiene este biopic un tanto fantasioso, como denunciaría el propio Roberts, que a pesar de todo ejercía -junto a Lucas- de asesor de la producción. De igual manera, se establece el clásico antagonismo noir entre el forajido atildado y el defensor de la ley con un desastroso bagaje personal, si bien con una intachable honestidad profesional. Las herramientas para abundar en la matización o el difuminado de estas fronteras -los expeditivos raptos de violencia de uno, la toma de conciencia de las flaquezas íntimas del otro- quedan descolgadas dentro del marco general. 

Así, en American Gangster no solo se citan códigos financieros; también cinematográficos. La sombra de Super Fly, hito popular del periodo, está presente por alusión, por estéticas y por banda sonora, como se hará referencia asimismo, desde el otro lado del tablero, a French Connection, contra el imperio de la droga. Aunque hay un leve esfuerzo en reconocer la devastación social -las muertes de yonkis, alguna bastante gráfica- y familiar -la influencia perniciosa- que van unidos a los balances de resultados de la compañía nacional del señor Lucas.

          Amparado en el guion de Steven Zaillian, Ridley Scott mantiene este tono ambiguo en el relato desde una realización contenida, que no acostumbra a ceder tampoco a las tentaciones videocliperas en el reflejo de los lujos de la vida del gángster en contraste con la frialdad y la parquedad visual en la que se mueve el detective. Con un elenco bien dirigido, el cineasta británico sostiene con pulso firme la extensa obra, si bien no parece encontrar una solución para evitar que el desenlace del relato -el apunte de redención, el margen de optimismo- quede un tanto descompensado narrativamente.

.

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 7,5.

A %d blogueros les gusta esto: