Tag Archives: Gángsters y mafia

Kansas City

19 Sep

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Año: 1996.

Director: Robert Altman.

Reparto: Jennifer Jason Leigh, Miranda Richardson, Harry Belafonte, Dermont Mulroney, Michael Murphy, Brooke Smith, Steve Buscemi, Jeff Feringa, Ajia Mignon Johnson, Jane Adams.

Tráiler

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          Hay una querencia de los autores del Nuevo Hollywood por situar la construcción de los Estados Unidos en los clubes nocturnos. Más allá de los garitos de gángsteres que pueda recrear Martin Scorsese, ahí están La noche del escándalo Minsky’s, de William Friedkin; Cotton Club, de Francis Ford Coppola, o Kansas City, de Robert Altman. Estas dos últimas, además, desvelan una pasión melómana y cinéfila en la que el jazz guía la cadencia de una película, a su vez, embebida de cine.

          Bondie, una empleada del telégrafo, imita a Jean Harlow mientras trata de rescatar a su amado de las garras del mafioso al que ha robado. La improvisación de los músicos desvela multitud de personajes y de tramas que se alternan y entrecruzan, en virtud de un montaje torrencial y sincopado que incluso va adelante y atrás en el tiempo y aun así deja espacio para intensos solos de piano, duelos de saxo y tercetos de cuerda.

A partir de este esquema rítmico, Robert Altman recorre la ciudad, desde las casas de la alta burguesía hasta los bajos fondos, en el contexto convulso de la Gran Depresión. El racismo, la pobreza, la incomunicación entre clases, la corrupción, la doble moral… elementos sociales que se entremezclan con pasiones -la música, el cine- para conformar en paralelo el retrato humano, con sus contradicciones y complejos, de los personajes que pueblan el relato, igual de paradójicos que esa mezcla de jazz, humor y violencia seca que puede darse en algunas escenas sin concesiones.

          El filme aguanta el pulso de la noche toledana y la inhóspita mañana en la que se suceden los acontecimientos, a pesar de la ligera irregularidad que comporta un estilo tan marcado y arriesgado. Algunas interpretaciones, en especial la de una caricaturesca Jennifer Jason Leigh, parecen dejarse llevar por el exceso en la emulación de sus modelos, y contrastan con la fuerza y la presencia de la actuación del mito Harry Belafonte en un papel cosido a medida, con sus propios diálogos libres a la improvisación.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

American Gangster

27 Ago

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Año: 2007.

Director: Ridley Scott.

Reparto: Denzel Washington, Russell CroweJosh Brolin, Lymari Nadal, Chiwetel Ejiofor, Ruby Dee, Cuba Gooding Jr., Ted Levine, Armand Assante, RZA, John Hawkes, Yul Vazquez, Ritchie Coster, Roger Guenveur Smith, Carla Gugino, Kadee Strickland, T.I., Common, Ruben Santiago-Hudson, Idris Elba, John Ortiz, John Polito, Joe Morton, Clarence Williams III.

Tráiler

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          La historia del gángster es una historia de capitalismo. No dejan de ser empresarios que, en un mercado absolutamente desregulado -tal y como desearía el neoliberalismo-, ofrecen determinados productos a fin de satisfacer una provechosa demanda. Los relatos románticos, de hecho, muestran a hombres hechos a sí mismos que, partiendo de la nada, alcanzan la cima del mundo. “Son solo negocios, nada personal”. El lenguaje corporativo inunda estas películas, amén de otros tópicos épicos que convierten al mafioso en un héroe no solo de revista de financias, sino también de anuncio comercial, de vídeo musical. De película, claro.

Este discurso está muy presente en American Gangster, reconstrucción ficcionada del ascenso y caída del narcotraficante afroamericano Frank Lucas y del proceso investigador desarrollado por el policía Richie Roberts para derribar su imperio de la heroína. Es una escena, Lucas insiste en aclararle a otro jerifalte neoyorkino, para su absoluto desconcierto, los términos de propiedad intelectual que implica comerciar con su ‘blue magic’. Sus reuniones con las familias hamponas italianas se hacen en un ambiente elitista, constatación última de que los altos criminales funcionan como pilar de una sociedad estadounidense sumida en el fango moral -la desestructuración, la desigualdad, la omnipresente Guerra de Vietnam, fuente original además de la droga y de su consumo; el profundo racismo que se erige incluso en involuntaria tapadera para la organización criminal-.

Pero el diálogo clave, el que asienta el drama que propone el filme, es el que pronuncia el padre espiritual de Lucas, Bumpy Johnson, el gángster que se comporta como un prócer de la comunidad. En él, mientras recorre las calles de un Harlem que ya no reconoce, Johnson enuncia una descripción directa del crecimiento desmedido y deshumanizado que impulsa el sistema económico vigente en un país en vísperas de derrumbarse por su propio gigantismo.

          A partir de ahí, la escalada a la cima de Lucas posee reflejos de esta tendencia. Su entramado de narcotráfico tailandés crece por la simple ambición de seguir creciendo, puesto que él, encarnado con sobriedad por Denzel Washington, eterno favorito de la audiencia, se mantiene como un individuo de costumbres rectas; uno de los rasgos de romanticismo que mantiene este biopic un tanto fantasioso, como denunciaría el propio Roberts, que a pesar de todo ejercía -junto a Lucas- de asesor de la producción. De igual manera, se establece el clásico antagonismo noir entre el forajido atildado y el defensor de la ley con un desastroso bagaje personal, si bien con una intachable honestidad profesional. Las herramientas para abundar en la matización o el difuminado de estas fronteras -los expeditivos raptos de violencia de uno, la toma de conciencia de las flaquezas íntimas del otro- quedan descolgadas dentro del marco general. 

Así, en American Gangster no solo se citan códigos financieros; también cinematográficos. La sombra de Super Fly, hito popular del periodo, está presente por alusión, por estéticas y por banda sonora, como se hará referencia asimismo, desde el otro lado del tablero, a French Connection, contra el imperio de la droga. Aunque hay un leve esfuerzo en reconocer la devastación social -las muertes de yonkis, alguna bastante gráfica- y familiar -la influencia perniciosa- que van unidos a los balances de resultados de la compañía nacional del señor Lucas.

          Amparado en el guion de Steven Zaillian, Ridley Scott mantiene este tono ambiguo en el relato desde una realización contenida, que no acostumbra a ceder tampoco a las tentaciones videocliperas en el reflejo de los lujos de la vida del gángster en contraste con la frialdad y la parquedad visual en la que se mueve el detective. Con un elenco bien dirigido, el cineasta británico sostiene con pulso firme la extensa obra, si bien no parece encontrar una solución para evitar que el desenlace del relato -el apunte de redención, el margen de optimismo- quede un tanto descompensado narrativamente.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 7,5.

Green Fish

24 Ago

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Año: 1997.

Director: Lee Chang-Dong.

Reparto: Suk-kyu HanHye-jin ShimSeong-kun Mun, Kang-ho SongJae-yeong Jeong, Myung Gye-nam, Han Seon-kyu, Jung Jin-young, Ji-hye Oh.

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         En 1997, en plena fiebre asiática en los festivales internacionales, el hasta entonces profesor de instituto, novelista y guionista Lee Chang-Dong -que andando el tiempo llegará incluso a ser ministro de Cultura y Turismo de Corea del Sur- se pondrá por primera vez tras las cámaras para entregar Green Fish, una cinta con esquema de cine negro pero que, en realidad, es una tragicomedia cruel que arremete contra la sociedad y la familia coreana.

         Fundada sobre la premisa del ciudadano común enmarañado en una trama mafiosa -en concreto a través de la variante de la atracción irresistible por ‘la mujer del gángster’-, Green Fish comienza, de hecho, con un aspecto de comedia costumbrista en la que, inmediatamente después de trazar el círculo de su destino por medio de un encuentro casual y de un pañuelo rojo al viento, el humor -físico y conceptual- hunde en un inmisericorde patetismo al protagonista del filme, un joven recién licenciado del ejército, más bien inocentón y devorado por la desidia de su lánguida vida en los márgenes rurales de Seúl. Y lo hace con insistencia. Ni siquiera había sido lírico el vuelo de la prenda fetichista, apretujada contra su cara pasmada desde una toma subjetiva.

Esta será la constante que predominará durante la primera mitad de una obra poblada por criaturas fallidas, maltrechas y tristes, que vagan en pos de unos sueños -la chica, la reconciliación familiar, la cúspide de la pirámide criminal…- de los que, a la hora de la verdad, solo obtienen desilusiones, humillaciones y palizas. Porque incluso el jefecillo mafioso que acoge al chaval en su organización -dedicada a poco más que a chanchullos casi infantiles- es un hombre impotente y lamentable ante determinadas circunstancias, de igual manera que su contacto en la policía no será más que un inspectorucho al que hay que pagarle el favor de arreglarle los cuernos que su mujer le pone en brazos de un diácono. Por no entrar en la triste figura de la sufrida cantante a la que el argumento le reserva la función, o así, de femme fatale.

         Sin embargo, de forma un tanto inconstante -si bien los restos de comicidad satírica no desaparecerán incluso en los clímax más violentos, como muestra la escena del baño-, Lee Chang-Dong conduce luego el tono de Green Fish hacia terrenos más dramáticos y oscuros, que quizás, con todo, no sean sino otra expresión del absurdo que ahoga la vida de los personajes, en evidente contraste con el luminoso epílogo de la película, que posee de fondo un toque casi irreal, dada la situación que refleja. Antes, en cierto punto de la narración, el cineasta ya había abierto un claro soleado entre la nocturnidad y los agresivos neones rojos y verdes de la gran ciudad donde el protagonista busca a su objeto de deseo mientras lidia como puede con los encargos del hampa. Un claro de luz que se abre en su regreso a la familia -es una vuelta también al espacio campestre alejado de la corrupción moral urbana, al modo del noir clásico-, pero que aun así terminaba sumido entre nubes.

La razón es que, a partir de esta combinación de sarcasmo y de lamento, de acidez y amargura, Green Fish se debate en los conflictos de una profunda tensión familiar, producto de la desestructuración del entorno íntimo del protagonista a raíz probablemente de la muerte del padre, y del vacío de motivaciones que le hace encontrar nuevos referentes y trasladar sus firmes fidelidades hacia círculos menos aconsejables -la figura del capo como, literalmente, “hermano mayor”-. La resolución de esta dicotomía es la que asesta el golpe final al relato.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7,5.

Reservoir Dogs

11 Abr

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Año: 1992.

Director: Quentin Tarantino.

Reparto: Harvey Keitel, Tim Roth, Michael Madsen, Steve Buscemi, Chris Penn, Lawrence Tierney, Edward Bunker, Quentin Tarantino, Randy Brooks, Kirk Baltz, Steven Wright.

Tráiler

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         Antes de que terminen los títulos de crédito, ya hay un hombre dando alaridos porque le han pegado un tiro en el estómago. Y, antes que eso, ha habido un verborreico, enmarañado, coprolálico y ocurrente diálogo acerca de cultura pop y otro sobre asuntos aparentemente banales de la vida cotidiana; un puñado de citas de cine nostálgicas, un clásico musical rescatado del olvido, y un derroche de estilismo cool y vintage. Todavía no han terminado los títulos de crédito de Reservoir Dogs, su ópera prima oficial, y Quentin Tarantino ya ha definido las bases de su filmografía.

Surgido de las catacumbas del videoclub, encaramado a la ola de florecimiento del cine independiente estadounidense en el cambio de década entre los ochenta y los noventa, la pelea de Tarantino para sacar adelante su primer libreto y película se topó, casualidades de la vida, con el entusiasmo de uno de sus ídolos, Harvey Keitel, quien a grandes rasgos ofició de intermediario para que terminase viendo la luz la singular tarjeta de presentación con la que este joven cinéfago dejaría su primera muesca para convertirse uno de los abanderados del cine posmoderno y una de las figuras más influyentes del séptimo arte.

         Lo haría desde su adorado cine de género, recuperando la tradición de las películas de atracos imperfectos como punto de partida en el que amalgamar la literatura pulp y el noir en B, el cine de acción y la exploitation de los setenta, el polar francés, el heroic bloodshed hongkonés… siempre desde una mirada que, andando su trayectoria, se consolidará como perfectamente identificable. En realidad, debido al proceso de concentración del guion producto de las reescrituras acumuladas, Reservoir Dogs hasta podría haberse rodado como una obra de teatro, dado el peso del diálogo y lo delimitado del elenco y del escenario, también condicionado por las restricciones económicas de la producción.

         La trama es tremendamente sencilla, reducida a una médula correosa. Esta estructura permite a Tarantino, por un lado, controlar la tensión con mano de hierro, el zumbido omnipresente que domina el almacén donde converge el suspense en torno a unos personajes que apenas son arquetipos elementales, pero a los que consigue dotar de revoluciones hasta mostrarlos desesperados y explosivos. El talento en el montaje será otra de las enseñas del director, auxiliado por Sally Menke, la que será su fiel colaboradora hasta su fallecimiento en 2010. Y, por el otro, le proporciona margen dramático para poder insertar monólogos y apartes donde volcar sus inesperadas digresiones sobre lo divino -esto es, sobre el cine y la música de consumo popular- y lo humano -desde las propinas hasta el sexo interracial, pasando por los chistes que juegan con un grotesco sentido del humor-.

         Porque, en un principio, el triunfo de Tarantino se producirá a pesar -y solo posteriormente gracias- a la celebérrima escena donde una canción ligera transforma una tortura esencialmente gratuita en un hipnóticamente morboso baile macabro. Y eso que la cámara aparta espantada la mirada -inquietando más-. La contradicción entre banda sonora y violencia visual ya se advertía en autores como Martin Scorsese, pero Tarantino lo dará la vuelta de tuerca definitiva aun a costa de que los abandonos de sala fueran recurrentes en los primeros pases del filme y que, pese a contar con la distribución de la Miramax de Harvey Weinstein, un jerifalte que erigía su poderosísimo imperio a partir de estos pujantes márgenes de la industria, la película a duras penas recuperase lo invertido con las ganancias en taquilla. Lo cierto es que, pese a esta reacción inicial, el cóctel finalmente acertó de pleno con los paladares de la crítica y el público.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7,5.

Un oso rojo

28 Mar

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Año: 2002.

Director: Israel Adrián Caetano.

Reparto: Julio Chávez, Soledad Villamil, Agostina Lage, René Lavand, Luís Machín.

Tráiler

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         Uno de los asuntos capitales del western es la dignidad. Con frecuencia, recobrar la dignidad olvidada es la única recompensa posible para el antihéroe westerniano, errante a través de una sociedad presuntamente civilizada en la que ya no tiene cabida. La prosperidad sedentaria o la felicidad del núcleo familiar estable son premios irremediablemente vedados. De ahí que el alejamiento hacia el horizonte o la inmolación altruista sean desenlaces propicios para sus desventuras. Una especie de triunfo dentro del triunfo imposible, pero igualmente de derrota dentro de la victoria. Raíces profundas es la obra que sintetiza el paradigma. El éxito reciente de películas como Drive prueba la vigencia que aún posee su intenso potencial dramático.

         Un oso rojo también asienta su relato sobre estos cánones y estos arquetipos, si bien su protagonista no es un eterno forastero, sino que su viaje proviene de un origen concreto: la cárcel. Aunque cabe reconocer que la mirada con la que Jean Arthur recibía a Alan Ladd en Raíces profundas dejaba flotando la idea de que Shane tampoco era precisamente un extraño, lo que iguala las cosas. Neonoir argentino de los turbulentos tiempos del corralito, Un oso rojo asume los códigos del género para eviscerar la miseria de un país -de hecho el empleo de los símbolos nacionales, aquí el himno, es similar al que hará cierto cine negro americano posterior al 2008, como ocurre en Mátalos suavemente, Dolor y dinero o Comancheríay exponer su influencia condenatoria sobre segmentos vulnerables de la sociedad, en este caso la familia de este asaltador que ha encontrado como pater familias sustitutorio a otro individuo con idéntica falta de futuro a la de él mismo.

Pese a los atisbos de redención que impone el relato, Adrián Caetano, director y guionista, no hace víctimas a los hombres, cuya naturaleza está teñida por el claroscuro, y sí a las mujeres -madre e hija, secuestradas por el infortunio-. Con todo, en este bosquejo de duelo de machos, Caetano enfatiza -probablemente con excesivo celo- la superioridad paternal, viril e incluso moral del expresidiario.

         El filme posee esa cierta melancolía lacónica del polar francés, así como un pesimismo propio del cine criminal de la Gran Depresión, otro instante de desconcierto económico en el que la verdadera violencia no proviene de los individuos que tratan de sobrevivir en el arroyo con todos los medios a su alcance, lícitos o ilícitos, sino del contexto social que los ahoga. La reutilización de preceptos del cine negro se extiende a los símbolos visuales, como las vallas que, desde la puesta en escena, insisten en separar al protagonista de aquellos a los que quiere.

Un oso rojo no es una cinta en absoluto sorprendente, pues. Pero sí es una cinta que asimila bien sus herencias, que está narrada con solvencia y que cuenta con la participación de actores de mucha entidad como Julio Chávez, cuya presencia en el plano es descomunal, o Soledad Villamil, que ofrece un perfecto contrapunto de sentido trágico y también, a su propia manera, de fuerza.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7.

Terciopelo azul

21 Mar

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Año: 1986.

Director: David Lynch.

Reparto: Kyle MacLachlan, Isabella Rossellini, Dennis Hopper, Laura Dern, Dean Stockwell, George Dickerson, Hope Lange, Brad Dourif, Jack Nance, Priscilla Pointer, Frances Bay, Dick Green.

Tráiler

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          En Lumberton todas las televisiones emiten una película de intriga. Una escena en la que un hombre avanza empuñando una pistola, otra en la que asciende sigiloso por unas escaleras. El joven Jeffrey descubre una oreja cercenada y en su rostro se ilumina el deseo del misterio, la tentación irresistible de una femme fatale en azul y rojo, todo contrastes escarpados, que canta Blue Velvet con voz de terciopelo. Qué director de musicales sería David Lynch. Desde la chica del radiador de Cabeza borradora hasta Rebekah del Río llorando en el Club Silencio de Mulholland Drive, pasando por Julee Cruise en Twin Peaks: fuego camina conmigo. Inmersiones en la última capa del subconsciente, de la alucinación absoluta. El material más puro de los sueños, de las pesadillas, sigue las notas de una canción hipnótica. Dennis Hopper entrando en erupción con el amable falsete de Roy Orbison en In Dreams.

          Lynch se adentra en el corazón de América y muestra que su propio corazón es, a su vez, un nido de insectos ponzoñosos. Prefigurando el universo de Twin Peaks, el autor se adentra en el envés de la postal, en el míster Hyde del ciudadano corriente, en el reverso oscuro del sueño. La cara oculta de América es escabrosa, coprolálica, enfermizamente violenta y sexualizada. “Creo que ya no estamos en Kansas”, dice sin decir esta Dorothy. Los anhelos profundos que se agazapan, al acecho, detrás de la represión de las convenciones sociales de una cultura esencialmente puritana. Pero, por su parte, el pozo de sordidez también tiene su propio dorso desconocido, y este se define por la inocencia, por la noble fidelidad que se encuentra amenazada por un mal sublimado. El mundo tras la cortina de terciopelo azul.

          La intriga a la que se enfrenta el joven Jeffrey es tan exagerada e irónica como el idilismo con el que, previamente, se había caracterizado a este pueblecito cualquiera de los Estados Unidos. La realidad es un elemento difuso, e incluso despreciado, en el cine onírico de Lynch. Siempre hay un elemento discordante en el escenario, sea evidente, velado o atmosférico. La manguera a punto de reventar, el vecino que pasea al perro de noche con gafas de sol, gente que asegura gustarle beber Heineken, las esquinas oscurecidas de los fotogramas, la capa de sonido desapacible que domina el apartamento de la mujer, mostrando su naturaleza inestable e inquietante. Las pulsiones sexuales sufren mil transformaciones, con distinto grado de perturbación, en apenas minutos. El terrible villano le advierte al héroe digno “eres como yo”.

          Terciopelo Azul parece trazar un recorrido circular de regeneración. La ruptura de un denso hechizo, una salida de la pesadilla para recuperar el sueño. La manifestación de ambos, decíamos, está cubierta por un idéntico velo de ficción, de impostura. Como en un cuento moral, como en un anuncio publicitario. Azul o rojo, todo es dual, todo está abruptamente enfrentado con su opuesto. Un muñeco de petirrojo que aprisiona un insecto en su pico.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 9,5.

Jackie Brown

16 Mar

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Año: 1997.

Director: Quentin Tarantino.

Reparto: Pam Grier, Robert Foster, Samuel L. Jackson, Robert DeNiro, Bridget Fonda, Michael Keaton, Michael Bowen, Chris Tucker, Tommy ‘Tiny’ Lister, Sid Haig.

Tráiler

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         En la cresta de la ola, después de reventar definitivamente los sismógrafos de salas de cine, cubiles críticos y galas de premios; habiendo revolucionado la manera de ver y entender el séptimo arte dejando a su paso una horda de imitaciones lingüísticas y temáticas, Quentin Tarantino, en una decisión que tampoco se reeditará en su carrera venidera, apartará ligeramente a un lado su gargantuesca personalidad para adaptar un material que no es suyo, si bien procede de su admirado Elmore Leonard -que da su aprobación entusiasta a la traducción- y prosigue la inmersión en el relato pulp que había loado y recuperado para las nuevas generaciones en su anterior obra.

Pero, aunque asimismo coral, Jackie Brown no abocará sus personajes a la ruptura de estereotipos por medio de retratos pintorescos, a medio camino entre el arquetipo y su propio fetichismo; ni los enzarzará en verborréicas discusiones cargadas de coprolalia y cultura pop; ni mostrará placer por sórdidas ocurrencias violentas; ni hará escabechina en la sala de montaje para reensamblar su particular álbum de viñetas; ni centrará sus prioridades en el sampleo de influencias -aquí prácticamente monopolizadas por la densidad noir de su inspiración literaria con coquetas y bien asimiladas gotas de blaxploitation-. Jackie Brown es, probablemente, la película más clásica de Tarantino. La demostración de su potencia, de sus conocimientos y de su talento como director; faceta en demasiadas -y a mi juicio erradas- ocasiones puesta por debajo de sus competencias como guionista. 

Las constantes de su filmografía permanecen vivas y palpables, pero él no parece sentir la necesidad de subrayarlas en fosforescente, gritarlas a la cara o arrojar las riendas por la ventana y masturbarse compulsivamente con su juguete -que también es el del espectador, no lo olvidemos-. Prácticamente libre de estridencias -¿quizás algunos veloces e impulsivos cortes de edición?, ¿algún grafismo cuidadamente demodé?, ¿algún golpe de violencia cínica?-, Jackie Brown podría considerarse como un filme zen de Tarantino. Su sello de autor de estirpe estadounidense -la de Howard Hawks, la de Raoul Walsh, la de John Ford…- y no nouvellevaguiana.

         El eje fundamental de la historia lo ofrece el sentimental fiador encarnado por Robert Foster, quien posee los rasgos y la quietud interpretativa de un forastero triste del western de serie B, de un galán otoñal de los años cincuenta al que se le ha acumulado el polvo encima. Por este motivo, la auténtica la pulsión dramática de Jackie Brown se encuentra en la relación que amanece entre el taciturno y fatigado Foster y la rotunda y corajuda azafata en apuros que asume Pam Grier, patente en un remate que trastoca por completo las conclusiones que semejaban haberse establecido a través de su hilo más evidente, con el que Tarantino sostiene la tensión narrativa.

Esto es, el juego del ratón y el gato que, en una Los Ángeles carente de todo glamour urbano o cinematográfico, ambos establecen con un traficante de armas -amenaza y víctima al mismo tiempo- y, secundariamente, con los agentes de la ley que siguen sus pasos. La trama, puro cine negro y con sabor a genuino cine negro, se completa con expresidiarios perdidos para la vida y mujeres florero con aspiraciones de mujer fatal.

         El cineasta plantea con maestría las escenas de peligro -como por ejemplo en el pulso de dominación que se produce entre Grier y Jackson en casa de la primera- e instaura una atmósfera precisa que huele a melancolía, a supervivencia, a corrupción, a miedo. Pero a miedo no solo por el evidente riesgo físico de su situación, sino especialmente por el acecho de un matón todavía más despiadado: la existencia misma. Las conversaciones de los protagonistas sobre la caducidad de sus cuerpos y de sus ilusiones, el brillo de esperanza que se enciende en las miradas, la entrega que el fiador le dedica a la dama. Son detalles de emoción soterrada bajo espesas capas de desencanto y adversidad pero a la vez ardiente e incluso desesperada, perfectamente acompasados a un género en el que los exalta como pocos.

         Un peliculón de gusto atemporal.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 9.

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