Tag Archives: Monstruo

Warcraft: El Origen

31 Mar

.

Año: 2016.

Director: Duncan Jones.

Reparto: Travis Fimmel, Toby Kebbell, Paula Patton, Ben Schnetzer, Ben Foster, Dominic Cooper, Daniel Wu, Robert Kazinsky, Clancy Brown, Ruth Negga, Burkely Duffield, Anna Galvin, Glenn Close.

Tráiler

.

          Warcraft: El Origen, película basada en el popular videojuego, ni es película ni es videojuego. Ni uno puede entretenerse manejando a los personajes para dirigir la acción, ni percibe cualidades cinematográficas suficientes como para disfrutarla desde su simple visionado pasivo.

          El fracaso de esta hibridación entre dos mundos parte, principalmente, de un espantoso diseño de producción. A buen seguro, el fondo verde del chroma hubiera sido más expresivo que los escenarios de animación virtual desplegados en los fotogramas. Intercambiables en ambientación e iconografía con los de cualquier fantasía medieval, son imágenes sin peso, sin lenguaje, sin textura, sin fisicidad alguna. En ellas no se ve nada, dicho de forma simbólica pero en ocasiones también literal. Y donde no hay nada, uno no puede sumergirse para recibir impresiones o emociones. En Warcraft: El Origen no se convoca la ilusión necesaria para que el espectador se haga poseedor de ese universo extraño, para que perciba en él una entidad mínima que sea capaz de albergar una historia de la que sentirse partícipe.

A partir de ahí, la construcción del drama y de los personajes, de por sí pírrica y que quizás podría haber dado material para reinventar un buen divertimento de espada y brujería, se encuentra condenada a la estereotipación. Las relaciones entre caracteres se citan, aunque no se les consigue aportar sustancia -probablemente merecía mayor atención, si acaso, el punto de vista del orco Durotan-. La misma falta de corporeidad que afecta a los fotogramas, infecta a las criaturas y se extiende asimismo por el relato.

          La historia que cuenta Warcraft: El Origen está igualmente dañada de raíz, fruto envenenado de una producción calamitosa. Su objetivo fundamental es sentar las bases de un microcosmos particular y, en el mismo plano, mostrar las ramas de una saga épica por expandir en continuaciones ahora harto improbables.

Lo primero no lo consigue, pues todo queda en bosquejos zarandeados por una narración inconsistente y deslabazada que, por lo menos, tiene el acierto de no caer en una decisión común en los blockbusters del nuevo milenio, la de hipertrofiar el metraje -aquí a todas luces insostenible desde el punto de partida-. Lo segundo, atenta contra la integridad de Warcraft: El Origen como cinta independiente y le da la puntilla final a la obra.

.

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 3.

Anuncios

La forma del agua

22 Feb

.

Año: 2017.

Director: Guillermo del Toro.

Reparto: Sally Hawkins, Doug Jones, Michael Shannon, Richard Jenkins, Octavia Spencer, Michael Stuhlbarg, David Hewlett, Nick Searcy, Nigel Bennett.

Tráiler

.

         Prácticamente desde el comienzo de su romance con en el séptimo arte, los monstruos del cine demostraron que el peso de su tragedia puede ser idéntico al de su propia monstruosidad. La criatura de Frankenstein acosada por la turbamulta anhelante de venganza, King Kong cayendo impotente bajo el embrujo fatal de la rubia. En ambas, la sociedad ‘normal’ es la auténtica aberración despiadada, como también lo serán, años después, los científicos que pugnarán por el amor de la doncella con el ser de la laguna negra en La mujer y el monstruo, que por su parte demostrará una delicadeza amorosa digna del caballero más refinado. El anfibio prehistórico de esta icónica obra de Jack Arnold -que no dejaba de ser otra reapropiación de King Kong y, profundizando más aún, del mito clásico de La bella y la bestia sirve una parte principal del imaginario a partir del cual Guillermo del Toro modela La forma del agua.

         El mexicano es uno de esos cineastas que entiende a las tinieblas como refugio contra la hostilidad de la sociedad exterior presuntamente civilizada y al monstruo como hermano, pues el temor hacia él no es sino otra muestra deformada del odio hacia el diferente. Hacia el que no encaja en los cánones de una comunidad pavorosamente estrecha y amenazadora frente a todo aquello que se salga de la norma establecida; que asome la cabeza por encima -o por un lado, o por debajo- de la masa aséptica y uniformada.

En una reacción semejante a la de la fantasía infantil en tiempos de la Guerra civil española de El laberinto del fauno, Del Toro ubica La forma del agua en otro periodo histórico de conflicto, la Guerra Fría, donde el desasosiego hacia el diferente se manifiesta en una paranoia colectiva -el denominado ‘red scare‘-. Una tensión omnipresente que, a su vez, dejó su eco en el cine fantástico del momento, poblado de invasores de todo cuño –La Guerra de los Mundos, La humanidad en peligro, La invasión de los ladrones de cuerpos…- , los cuales, a diferencia de lo que suele ocurrir en los blockbusters posteriores del género, desplegados en ante las capitales internacionales y los grandes símbolos nacionales, acostumbran a infiltrarse el considerado corazón de América: los pequeños pueblos anónimos del interior del país.

         En una idea que todavía retomaba a finales del siglo pasado El gigante de hierro -otra cinta perteneciente a la misma estirpe que la presente y con un entorno muy similar-, La forma del agua reivindica la capacidad del individuo para comprender al diferente, quien en definitiva es un ser que respira y siente como uno mismo, tanto o más cuando en el universo de Del Toro, decíamos, este comparte sensibilidad y naturaleza marginal con el protagonista -una muda, un homosexual, una mujer de color, tres proletarios…- y, por extensión, con el propio autor.

También como en El laberinto del fauno, el filme se embebe de la textura de los cuentos tradicionales, de la aparente ingenuidad de sus arquetipos narrativos que, en este caso, quedan puntualmente perturbados por la intromisión gráfica y directa del turbulento contexto histórico -las imágenes de televisión y los discursos de radio que anuncian los disturbios raciales estadounidenses o la crisis de los misiles cubanos-, de una violencia de incontenida sordidez o de la pulsión sexual, si bien esta última parece solo querer atentar contra el puritanismo dominante en este tipo de relatos -además de en muchas mentes de indignación cada vez más fácil-.

El trazado de los personajes responde, pues, a estas construcciones arquetípicas -la heroína predestinada aunque destronada por un hechizo, los escuderos temblorosos y cómicos, el malvado sin corazón, el caballero idealista, el secuaz torpe…-, de igual manera que la elaborada puesta en escena abunda en esta atmósfera fantasiosa desde la arquitectura, el color, la iluminación y los apartes oníricos o imaginados. Pero, siguiendo con la psicología de Del Toro, la sublimación romántica ocurre de nuevo a la inversa, lo que sirve para deslizar nuevos mensajes críticos hacia un sistema sociocultural aún vigente y, probablemente, reforzado. Mientras podría decirse que el villano habita en un cartel de Norman Rockwell -una soleada casa en los suburbios con una ama de casa turgente, dos hijos traviesos y un cadillac flamante-, el idilio entre la princesa sin reino y el príncipe sapo -o, mejor dicho, el sapo príncipe, ya que aquí no se reniega de esa identidad anómala o excéntrica- se desarrolla entre decorados oscuros, en apartamentos herrumbrosos o en salas de cine semiabandonadas.

         Es el monstruo romántico, como King Kong y como el Drácula de Francis Ford Coppola, solo que esta vez conquistado desde el punto de vista de la compañera a priori corriente -aunque con falso contador de cuentos omnisciente que, de manera significativa, advierte acerca del carácter subjetivo de la verdad de lo que se cuenta-. Un rol este desde el que Sally Hawkins contribuye decisivamente a sostener la credibilidad y la entidad de una narración sencilla con todas las consecuencias.

Es, por tanto, la necesidad de abrazar sin temor el misterio, de atreverse a explorar nuestro mundo soñado, de amar al otro.

.

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

Colossal

26 Ene

.

Año: 2016.

Director: Nacho Vigalondo.

Reparto: Anne Hathaway, Jason Sudeikis, Austin Stowell, Tim Blake Nelson, Dan Stevens.

Tráiler

.

          Todo individuo carga con un monstruo a sus espaldas, como proclamaba literal y referencialmente Robert Louis Stevenson en El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. El plano enfoca una puerta al final de un pasillo solitario mientras la banda sonora ensaya un crescendo de tensión. La escena se sostiene y tras la puerta… irrumpe una mujer con resaca. La introducción de Colossal anticipa la premisa fundamental de la película: el misterioso desdoblamiento de una muchacha en problemas en una descomunal criatura que se aparece por el centro de Seúl destruyendo la ciudad a su paso.

          Al comienzo, el filme emplea la premisa con propósitos humorísticos, en lo que parece ser una comedia de reencuentros con el pasado, con las raíces -las amistades escolares en un tranquilo villorrio-, y de regeneraciones del presente, con los traumas incandescentes -el alcoholismo, el fracaso sentimental y profesional relacionado-. Sin quedarse en el puro macguffin que era la invasión alienígena de Extraterrestre, aquí la relación entre la protagonista y su alter ego -un monstruo que hace propósito de enmienda con modales regioses original y divertida, entrañable y dramática, y por todo ello reflexiva.

Más adelante, cuando la idea de base parece condenada a agotarse, Nacho Vigalondo la conduce progresiva y definitivamente hacia aguas más oscuras, hacia una turbulenta visión acerca de las relaciones de dominación entre sexos -o simplemente de toxicidad entre personas-, la cual, en su carácter de fantasía alegórica, podría conectarse con la reciente serie Jessica Jones, interesante y notable exploración del trauma y la reparación de la violación sexual. Esta transición resulta un tanto forzada o cuanto menos da la impresión de estar acometida con una brusquedad que dificulta posibles justificaciones argumentales, principalmente por los problemas en el tratamiento del antagonista masculino -amén de detalles que podrían haberse pulido para respetar una lógica mínima más allá de la licencia dramática, como que no se evacue el distrito donde aparecen los seres invasores, tanto o más cuando esto ocurre siempre a la misma hora-.

          De este modo, al igual que en Extraterrestre, aunque con mayor irregularidad, Colossal se arroja a componer un retrato amargo del comportamiento humano y de sus potencialmente terribles repercusiones. Porque, en conclusión, los verdaderos monstruos tienen el mismo aspecto que el vecino de enfrente, como advertía George A. Romero en sus cintas de zombies.

.

Nota IMDB: 6,2.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 6,5.

King Kong

25 Abr

.

Año: 1933.

Directores: Merian C. Cooper, Ernest B. Schoedsack.

Reparto: Fay Wray, Robert Armstrong, Bruce Cabot, Frank Reicher.

Tráiler

.

         No me parece azaroso que sea un director de cine entusiasmado con las posibilidades épicas del séptimo arte quien persiga, capture y exhiba a Kong, el gorila gigante recuperado de un pasado prehistórico. El cine es la verdadera octava maravilla, el milagro que sirve para alumbrar o descubrir nuevos mundos que, en ocasiones, también se encuentran dentro del grisáceo universo que habitamos en nuestro día a día, ocultos a nuestros ojos.

Kong es un icono estrictamente cinematográfico, sin base literaria previa que lo sustente -obviando influencias evidentes-, creado por y para espolear el sentido de la maravilla del espectador obnubilado ante la gran pantalla.

         De este modo, en 1933 nacía un símbolo del séptimo arte que aún persiste, robusto y pujante. Su herencia, no obstante, arraiga en la tradición, en la tragedia del diferente que no tiene cabida en un entorno que no es el suyo. Un concepto que el cine de terror del periodo ya había explotado desde otro clásico, esta vez sí con punto de partida novelesca: El doctor Frankenstein.

El guion de King Kong cita con insistencia al cuento de la bella y la bestia, pero aquí la belleza femenina no desempeña un papel redentor, sino destructivo. Proverbialmente más poderosa que la fuerza bruta, la belleza es capaz de desarmar el horror e imponerse a él, abocándolo a su extinción. Una historia eterna, en definitiva.

         La idea había estado filtrándose a lo largo del argumento, dejando tras de sí una vitriólica mirada hacia la naturaleza humana. Antes de que Kong haga su entrada triunfal en los fotogramas, el ‘gorila’ de la función lo había encarnado el marinero John Driscoll, envenenado por una misoginia execrable que conecta directamente con las afirmaciones previas acerca de la amenazadora jungla que, en sí misma, supone Nueva York para una mujer cualquiera, con la gran ciudad como espejo despiadado, aunque modificado en acero y hormigón, de la Isla Calavera y sus depredadores.

El monstruo es la sociedad cerrilmente patriarcal. O la sociedad en general, capaz de pisotear al prójimo aunque sea para acceder a su butaca en el teatro. Que pone el triunfo y el dinero -una misma cosa- por encima de cualquier otra consideración. De hecho, en el caso de Driscoll la belleza de la ‘scream queen’ Fay Wray ejercerá una influencia semejante a la de Kong, reconduciendo su carácter abominable. Porque Kong, inocente en su brutalidad primaria, demuestra ser bastante más delicado que él en su relación con la dama.

         Aunque con la ascendencia de El mundo perdido, King Kong funda también el esquema que, por lo general, acostumbra a repetirse en cada apropiación del simio colosal. Como si fuese uno de los filmes del Carl Denham -o del propio Merian C. Cooper, en definitiva-, después de la introducción de la obra y del establecimiento del misterio de la aventura por llegar, el argumento entabla una presentación exótica que estimula la imaginación del explorador occidental y le prepara para el encadenamiento de una torrencial sucesión de peligros, provenientes de la manifestación estrepitosa de una serie de criaturas procedentes del averno.

         A mi juicio, la vertiente espectacular de la película -parte indisociable de su esencia- aguanta el paso del tiempo con ligera dificultad, lo que resta parte de un espíritu aventurero y una permanente sensación de inquietud que, por fijar una comparación, sí pervive indeleble en otra producción de Cooper y Ernest B. Schoedsack: El malvado Zaroff y su caza del hombre, estrenada un año antes y rodada con buena parte del mismo equipo.

Con todo, el encanto personal de la animación del stop motion -motivada por el pasmo que a uno le producían los cíclopes de Ray Harryhausen, quien a su vez encontró en la presente cinta su inspiración para dedicarse a este arte- proporciona combates épicos mil veces imitados y que, aun así, conservan una estimable potencia, enmarcados en escenarios de hechizante textura fabulosa y también onírica, repleta de pulsiones sexuales, fetichistas, esotéricos y salvajes directamente provenientes del subconsciente.

Pura fantasía materializada por el cine, de nuevo. Pero, en cambio, otros detalles técnicos y hasta prosaicos, como por ejemplo la repetición de la maqueta del rostro de Kong masticado gente o las pobres interpretaciones del elenco -quizás la de Wray resista mejor-, suman arrugas al mito.

.

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

Kong: La Isla Calavera

12 Mar

Kong, la Isla Calavera

.

Año: 2017.

Director: Jordan Vogt-Roberts.

Reparto: Tom Hiddelston, Brie Larson, Samuel L. Jackson, John Goodman, John C. Reilly, Corey Hawkins, John Ortiz, Tian Jing, Toby Kebbell, Shea Whigam, Jason Mitchell, Thomas Mann, Eugene Cordero, Marc Evan Jackson, Will Brittain.

Tráiler

.

            Kong: La Isla Calavera, es, después del estreno de Godzilla en 2014, el segundo largometraje que integra la saga MonsterVerse, con la que la Warner Brothers recupera un buen puñado de monstruos de antaño para levantar una franquicia de ‘blockbusters’ con buenas perspectivas de rentabilidad -de hecho, el enfrentamiento entre ambas criaturas, que ya se había producido por primera vez en 1962, está emplazado de nuevo para 2020-.

            Como hiciera esta última en su resurrección del lagarto atómico -cuyo aspecto replicaba en buena medida el modelo clásico de la TohoKong: La Isla Calavera se inspira en la morfología de la marioneta animada por stop motion de la película primigenia de 1933 para dar forma digital al gorila, si bien los paralelismos con el original terminan aquí -y las diferencias empiezan, por cierto, en que se ha sextuplicado al menos las dimensiones del primate, más propias de los kaiju eiga japoneses y por tanto acorde a sus venideras peleas con el saurio gigante, al igual que su comportamiento-.

No aparecen, pues, ni la actriz Ann Darrow, ni el director de cine Carl Denham, ni el marinero Jack Driscoll. Kong: La Isla Calavera renuncia a la poética de la nostalgia. Prefiere la irreverencia de erigir y adorar a su propio dios, de tamaño y estrépito inigualable, coronado con épicas imágenes a contraluz, perfilado en poderosos fotogramas contra un atardecer sanguinolento o entre explosiones infernales -esa noción de monstruo-divinidad con la que, precisamente, Quentin Tarantino fantaseaba con aplicar un día a Godzilla-.

            El libreto -en el que Max Borenstein repite firma tras su parcheado guión de Godzilla, esta vez acompañado de Dan Gilroy y Derek Connolly, uno de los muchos responsables del argumento de Jurassic World– ancla la historia en las postrimerías de la Guerra de Vietnam, de donde se extrae a un pelotón soldados que custodian a la expedición científica a la Isla Calavera. Incluso uno de los pósteres promocionales del filme homenajea a Apocalypse Now. La razón es que, en lugar de una revisión de la naturaleza trágica del monstruo, el relato -que posee su propio coronel Kurtz, destruido y renacido en el Horror; así como un Marlow y un Conrad que parecen hacer referencia a la seminal El corazón de las tinieblas-, expone un mensaje metafórico acerca de la pueril, obsesiva y amenazadora capacidad de la política exterior estadounidense para inventar y combatir presuntos ogros, a menudo con resultados contraproducentes -despertar enemigos más reales y terribles-. También puede servir una lectura en clave ecologista a propósito de la voracidad destructiva del ser humano y su insaciable carácter depredador, claro.

Esta intención -salpimentada además con ideas desbordantes de mala baba como la inutilidad y el absurdo de cualquier sacrificio marcial- le confiere a Kong: La Isla Calavera mayor personalidad de la que tenía la insípida Godzilla. Un plantel de actores con carisma -para interpretar personajes en su mayor parte carentes de él o cuanto menos compuestos con un par de trazos- completa el saldo de virtudes de una cinta que, por otro lado, no tiene demasiada fortuna en el manejo del humor verbal -en cambio algunas jocosas elipsis visuales sí merecen atención-, mientras que determinadas escenas tampoco destacan por su verosimilitud interna.

            Kong: La Isla Calavera ofrece así un divertimento ligero y rápido -una decisión en ocasiones acertada ante el riesgo de haber caído en una excesiva petulancia difícil de equilibrar con la esencia de la narración-, que avanza a buen ritmo, dejando a su paso algunos detalles con jugo y que, principalmente, sabe cuando debe descartar la mitomanía.

.

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6.

Drácula, la leyenda jamás contada

17 Feb

dracula-la-leyenda-jamas-contada

.

Año: 2014.

Director: Gary Shore.

Reparto: Luke Evans, Sarah Gadon, Dominic Cooper, Art Parkinson, Charles Dance, Diarmaid Murtagh, Paul Kaye, William Houston.

Tráiler

.

           La protagoniza Drácula, pero la película tiene el espíritu de la criatura de Frankenstein, cosido de mil pedazos. Pese a los generosos fondos de la producción, Drácula, la leyenda jamás contada es pura serie B, extraída de un cóctel de fórmulas y con el CGI de saldo como sustituto del maquillaje grotesco, el cartón piedra y las telarañas de pega del cine de terror de bajo presupuesto del Hollywood clásico.

           Su relato afirma asentarse sobre la figura histórica del príncipe Vlad de Valaquia -es un decir, como el Hércules improcedentemente pseudorealista que protagonizase The Rock– para luego mezclar en sus fotogramas los tratamientos digitales y la estructura maniquea Occidente/Oriente y libertad/tiranía del tecnopeplum 300 -además del protagonista caucásico, guapo y cachas contra el extranjero de estética dudosa-, el héroe atormentado del Batman nolaniano -aunque por el contrario Vlad no es el héroe que Transilvania merece, pero sí el que necesita- y, en definitiva, la tópica investigación psicológica acerca de la naturaleza trágica del monstruo tan del gusto de las precuelas contemporáneas. Incluso, con cierta desfachatez, acude puntualmente a los ecos románticos de la revisión de Francis Ford Coppola.

           De este modo, Vlad el Empalador (Luke Evans, al menos un actor con presencia), aparece convertido en amoroso esposo, padre dedicado y monarca juicioso, y por lo tanto se le presenta en el filme como una suerte de Príncipe Valiente que no duda en sacrificarse personalmente, hasta las últimas consecuencias, por su sufrientes pueblo y familia, todo uno.

Errática en el drama y confusa en la batalla, Drácula, la leyenda jamás contada fracasa en los dos frentes abiertos -el psicológico y el de la épica espectacular- a través de un guion desorientado y con abundantes lagunas que, a la par, se plasma en pantalla por medio de una realización carente de talento firmada por el irlandés Gary Shore, debutante en el largometraje y que apenas logra dotar de ritmo a la narración, en buena medida gracias a la ligereza del argumento. La imagen, pues, es tan inane como el material de base.

.

Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 4,9.

Nota del blog: 4.

Drácula de Bram Stoker

6 Feb

dracula

.

Año: 1992.

Director: Francis Ford Coppola.

Reparto: Gary Oldman, Winona Ryder, Anthony Hopkins, Keanu Reeves, Sadie Frost, Richard E. Grant, Cary ElwesBilly Campbell, Tom Waits.

Tráiler

.

          Hay cierta tendencia en el cine contemporáneo a explorar o a inventar los orígenes de los mitos, a encontrar o diseñar coartadas psicológicas a personajes que hasta entonces representaban conceptos puramente abstractos -un ejemplo apropiado: la reciente Drácula, la leyenda jamás contada. Con frecuencia el objetivo es estrictamente comercial, ya que proporciona una excusa propicia para extender otro capítulo una saga rentable previamente establecida. Lo que, en conclusión, se conoce bajo el término de precuela. En otras ocasiones, el experimento nace desde un interés que parece estar más legitimado artísticamente, destinado a refundar la esencia de este mito o a otorgarle una nueva dimensión a partir de un renovado punto de vista que derribe moldes preexistentes.

          Drácula de Bram Stoker pertenece a este segundo grupo -si bien tras admitir la ambición de Francis Ford Coppola de revitalizar económicamente sus maltrechos estudios Zoetrope con un eventual éxito de taquilla-. Proclamada como un presunto retorno a las fuentes literarias, el filme supone la reconversión del cuento de terror en leyenda romántica -una vertiente que cuenta con el precedente del guion de Richard Matheson para la versión televisiva de 1973 y que estará abundantemente explotada veinticinco años después, como sabrán los conocedores de la popular saga Crepúsculo-. Pero es, especialmente, un apasionado canto al cine de los años veinte y treinta. Porque Coppola podría haber plasmado la narración con una absoluta ausencia de diálogos, hecho paradójico cuando se referencia a la letra escrita incluso en el título de la obra, que rinde pleitesía al autor de la novela primigenia. Las imágenes arden en potencia expresiva, fruto de un atinado y característico arrebato de megalomanía del cineasta italoamericano, quien, desde la libertad esteticista sobre el texto de referencia que se arrogaba trabajando prácticamente por encargo, desborda los fotogramas para insuflarle aliento a la búsqueda del conde, muerto en vida por amor, a través de océanos de tiempo.

          La naturaleza pagana y barbárica del vampiro provoca que lo dionisíaco se imponga sobre lo apolíneo. La atemporalidad que define su existencia en pena se funde en el lenguaje visual de la película, donde el sello de Coppola se amalgama de forma monumental con ecos pasados absorbidos del inevitable expresionismo de F.W. Murnau -hasta el grado de que la sombra, elemento primordial de la corriente, alcanza la categoría de personaje-, del traum-film de Carl Theodor Dreyer, de las siluetas de cartón y plomo de Lotte Reiniger, de la imaginería fantástica de las producciones de Alexander Korda, de la poética cinematográfica de Jean Cocteau, de los antagonismos cromáticos de Alfred Hitchcock, de los sanguinolentos ocasos de Akira Kurosawa, de la pericia creativa de la serie B de Hollywood incluso. No son caprichosas alusiones de cinéfilo. sino herencias perfectamente escogidas, asumidas e integradas en una producción que goza de unos trucajes actuales –el maquillaje premiado con un Óscar– en perfecta armonía con recursos artesanos y tradicionales -el uso de maquetas y decorados, las superposiciones de imágenes, los encadenados nostálgicos, la imitación del cine naciente y su homenaje literal en pantalla-. Coppola es siempre dueño de la criatura, aunque la permita solazarse con juguetes prestados. Curiosamente, componentes que se salen de esta raigambre silente, como el sonido, son los que peor funcionan y más envejecidos resultan.

          Situado a mil revoluciones desde el arranque del metraje, permanentemente al borde del éxtasis, el delirio, la hipnosis y la extenuación -al igual que la interpretación protagonista de Gary Oldman, opuesta en cambio a la inexpresividad de Keanu Reeves-, el Drácula de Coppola surca los géneros y las categorías: la épica histórica, el terror gótico, el drama religioso, la ensoñación erótica, el melodrama romántico… Filtrándose entre ellos, el argumento se torna campo de batalla entre el pecaminoso sexo animal y el sublimado amor humano; la brutalidad y la delicadeza, el heroismo y la villanía, la condenación y la salvación -no hay arriba o abajo en el castillo del conde, es imposible decir si Elisabeta se arroja al vacío o sube a los cielos-; el dogma terrenal y castrante y el sentido metafísico de la existencia; el destino tiránico y el libre albedrío. Extremos que colisionan en el misterio de la sangre, símbolo de vida y de muerte, expresión ritual del sacramento de la eucaristía y de la mordedura vampírica: dos liturgias -cristiana y pagana- con las que se conmemora la comunión entre los cuerpos y las almas.

          No llega a ser la experiencia turbadora y catárquica de Apocalypse Now, cota prácticamente inalcanzable del séptimo arte, aunque sin duda significa una de las apropiaciones más fascinantes de un clásico del arte universal.

.

Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 8,5.

A %d blogueros les gusta esto: