Archivo | septiembre, 2018

Los delincuentes

28 Sep

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Año: 1957.

Director: Robert Altman.

Reparto: Tom Laughlin, Peter Miller, Richard Bakalyan, Rosemary Howard, Helen Hawley, Leonard Belove, Lotus Corelli, James Lantz, Christine Altman, George Kuhn, Pat Stedman, Norman Zands, James Leria, Jet Pinkston.

Tráiler

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        En los años cincuenta, los filmes sobre temibles pandillas de adolescentes y sobre rebeldes con o sin causa adquieren por derecho propio un estatus de subgénero, en muchas ocasiones desparramados entre un amarillismo tópico vestido con infernal música rock.

        Dentro de esta vertiente, Los delincuentes, debut de Robert Altman en el largometraje, se proclama como filme-denuncia desde un prólogo -y posterior epílogo- donde la voz en off enfatiza con un desgarro un tanto ridículo la decadencia moral de la juventud de sus días, consecuencia de la decadencia moral del conjunto de la sociedad estadounidense, bastante al estilo de lo que ocurría con las películas de gángsteres de la década de los treinta.

        Los delincuentes está ambientada en la Kansas City natal del cineasta en ciernes, y muestra cierta cercanía al cine underground que trasladaba las cámaras al pie de la calle con un realismo también ligado a presupuestos pírricos y con afición por el jazz de club nocturno, aunque en cambio su construcción argumental es melodramática y estereotipada -Altman declararía que redactó el libreto en apenas una semana y ejecutó el rodaje en dos-. Igual ocurre con el cásting, donde un muchacho de aspecto noblote y su chica de ademanes remilgados han de hacer frente a la influencia perniciosa de un grupo de descarriados el cual lidera un tipo con mueca de degenerado y su secuaz con cara de pendenciero.

No obstante, algún detalle se sale del canon, como la ferocidad de los padres que arrastran a sus pequeños crápulas escaleras abajo de los juzgados, lo que desmiente asimismo la marginalidad del retrato social.

        En cualquier caso, Alfred Hitchcock apreciaría suficiente fuerza y talento en los resultados como para reclutar a Altman para su show de televisión.

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Nota IMDB: 5,6.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 4.

Malditos bastardos

26 Sep

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Año: 2009.

Director: Quentin Tarantino.

Reparto: Brad Pitt, Christoph Waltz, Mélanie Laurent, Diane Kruger, Michael Fassbender, Daniel Brühl, August Diehl, Sylvester Groth, Martin Wuttke, Eli Roth, Omar Doom, Til Schweiger, B.J. Novak, Gedeon Burkhard, Jacky Ido, Denis Menochet, Julie Dreyfus, Mike Myers, Léa Seydoux, Bo Svenson, Harvey Keitel, Samuel L. Jackson.

Tráiler

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         La Segunda Guerra Mundial también puede ser un espectáculo pop. Quentin Tarantino lo sabe, ya que lo heredó de los realizadores italianos, capaces de transformar cualquier cosa que les caiga entre manos en un divertimento majadero, a medio camino entre la imitación barata, el homenaje apropiacionista y la parodia chusca.

Pero Malditos bastardos también puede ir más allá y explorar la capacidad que el cine tiene de influir en la vida exterior e incluso de modificarla, para bien o para mal -el gran propagandista Joseph Goebbels, la alteración literal de la historia desde este aparato de entretenimiento; una confrontación que brinda abundante material de debate-. Algo de esta premisa también tendrá la siguiente Django desencadenado, donde un héroe procedente de la blackxploitation se infiltra en un spaghetti-western para vengarse de la historia de la esclavitud en los Estados Unidos. Porque, en el cine, el tiempo no es una barrera: Malditos bastardos es una obra ambientada en los años cuarenta que se rueda en la primera década de los dosmiles desde la nostalgia de los correosos años setenta. Y además, en el cine de Tarantino, hasta el crítico puede erigirse en protagonista épico.

         Embarcado en una farsa enloquecida donde la incursión en el Tercer Reich de un cochambroso y terrible batallón de judíos norteamericanos del teniente Aldo Raine confluye con la sangrienta vendetta de una judía francesa ultrajada por los nazis, Quentin Tarantino da rienda suelta a su cinefagia para revisar la Segunda Guerra Mundial desde una perspectiva que es tan aparatosa como desmitificadora. Todo arranque violento tiene su precio de patetismo, de grand gignol absurdo. Su cinismo no es demasiado distante del que puede encontrarse en El bueno, el feo y el malo, una ópera pícara ambientada en la Guerra de Secesión estadounidense. De hecho, el espectro de Sergio Leone sobrevuela en numerosas escenas. Probablemente incluso en la mejor de todas: esa introducción en la que surge un personaje con madera de icono, el melindroso cazador de judíos Hans Landa, y en la que, desde una apariencia entre trivial y hasta bucólica e irónica -pero con una sombra inquietante-, se dibuja un impresionante crescendo de tensión y agresividad.

         En Malditos bastardos está presente esa tendencia que a veces se le acusa a Tarantino de convertir sus filmes en una sucesión de set-pieces o de capítulos hilados a saltos, lo que, si bien deja algunas secuencias de poderosa dirección y absorbente diálogo -el dominio de los tempos internos posee instantes magistrales, como es el caso antes citado-, al mismo tiempo afecta al desarrollo y al equilibrio narrativo de ambos relatos complementarios y convergentes, en dirección de choque.

Aunque en ocasiones su referencialidad posmoderna y su propensión a lo grotesco también caigan en el exceso -además de lo irritante de alguna de sus bromas de colegueo, como la nefasta participación de Eli Roth en el elenco-, la película es, con todo, divertida en su salvajismo y su desparpajo.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 7.

La quimera del oro

24 Sep

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Año: 1925.

Director: Charles Chaplin.

Reparto: Charles ChaplinMack Swain, Georgia Hale, Tom Murray, Malcom Waite, Henry Bergman.

Filme

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         Durante un tramo de La quimera del oro, un minero enfebrecido por el hambre persigue con un hacha a Charlot para devorarlo. El humor de Charles Chaplin, que no había tenido una vida fácil, nace de la consciencia de la crueldad de la existencia humana. Aparte de la irreparable condición penosa y marginal del propio Charlot, su sentido cómico puede apuntar al abandono infantil, al asesinato en serie, a la guerra, al nazismoY, a partir de estos horrores, extrae ternura. Depura los sentimientos más limpios y cristalinos que también puede albergar el alma humana para, con ellos, redimir a la especie.

Las miserias del ser humano, no obstante, operan asimismo a menor escala. Georgia, el objetivo romántico del pequeño vagabundo en esta película, demuestra ser una harpía poco recomendable que usa a Charlot bien para dar celos a su recio galán, bien para divertirse a su costa. Hasta entonces, de hecho, el recién llegado era literalmente invisible a sus ojos.

         Encadenada a esta premisa de redención última, una noción kármica domina La quimera del oro, si bien desde la perspectiva de una diosa Fortuna que goza igualmente manipulando a sus títeres, como en un teatrillo de pueblo. La lucha de Charlot es contra el universo. Todo está dispuesto en su contra, todos los personajes están por encima suyo: el buscador Big Jack, el forajido Black Larsen, el seductor Jack… Machos alfa contra los que Charlot, síntesis de las virtudes y defectos del hombre corriente, se enfrenta solo con el arrojo de su dignidad y de sus pasiones, alimento de un optimismo casi inconsciente, que por esa bendita ignorancia es capaz de obviar los peligros de su odisea -la desolación del desierto de nieve, el oso a su espalda…-.

Puro sentido romántico y puro heroísmo en acción, sometidos al absurdo a causa de la sordidez y la roñosidad -física y moral- del mundo que lo rodea. Un juego de contrastes que Chaplin emplea como material humorístico. Como poner civilizadamente la mesa para zamparse una bota.

         Probablemente esta sea una de las cintas donde el personaje demuestra menos dobleces, donde su sombra de mezquindad, también tan reconocible, está menos presente. En La quimera del oro, Charlot es casi exclusivamente un soñador que sueña con enriquecerse en la fiebre del oro, pero sobre todo con conquistar la verdadera riqueza que en el mundo hay. Los sueños, en este sentido, ofrecen en cierta escena la única posibilidad de realización que parece darse, la fantasiosa válvula de escape donde conseguir el éxito amoroso frente a una realidad que lo muestra triste y solo, en comparación con una eufórica celebración de Año Nuevo.

En La quimera del oro, todo golpe de humor tiene su reverso trágico: uno sabe que el entrañable baile de los panecillos es simple fábula, los vaivenes de una casa en vilo al borde del precipicio oprimen con el angustioso sello de la muerte. El equilibrio entre contrarios, la exacta medición de la risa y de la lágrima, son el secreto de la mina de Chaplin.

         El propio autor proclamaría en cierta ocasión que La quimera del oro era la obra por la que quería ser recordado. La película fue reestrenada en 1942 con una reedición del montaje y una narración en off escrita y locutada por Chaplin. Sin embargo, esta voz no hace sino constatar la capacidad expresiva de las imágenes del cine mundo, lo prescindible -e incluso molesto- que puede llegar a ser la palabra en el séptimo arte.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 8,4.

Nota del blog: 8.

Fear and Desire (Miedo y deseo)

21 Sep

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Año: 1953.

Director: Stanley Kubrick.

Reparto: Frank Silvera, Kenneth Harp, Paul Mazursky, Steve Coit, Virginia Leith, David Allen.

Filme

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         El propio Stanley Kubrick la calificaría como un acto de amateurismo, una obra comparable al dibujo de un niño que sus padres, condescendientes, ponen en la nevera. Celuloide para quemar. Hay fuertes pretensiones artísticas, aún no del todo maduradas, en Fear and Desire (Miedo y deseo), el debut del neoyorkino en el largometraje -si bien de apenas una hora de duración-.

         Autoproclamada como una historia universal sobre la guerra, sobre todas las guerras, a partir de sus imágenes uno puede intuir que Kubrick había estado emborrachándose de cine soviético. La atrocidad del homicidio bélico, con el expresivo uso del fuera de campo alternado con fogonazos de violencia, se diría sacada de Sergei Eisenstein. El rodaje, de inicio, sería silente.

Pero esta copia -o influencia-, vista décadas más tarde, ya no se percibe tanto como un defecto, como la imitación pueril que denunciaba el autor. El empleo enajenado de los primeros planos de unos actores sumidos en un escenario ilógico, donde forman parte de una pantomima grotesca y el enemigo es apenas decorado, mientras de fondo no cesa el inquietante rumor de las bombas, confiere una poderosa atmósfera irreal a la narración y hace más desesperada la odisea en compañía de la muerte de unos soldados reducidos a representaciones abstractas, intercambiables con cualquier individuo, de cualquier procedencia, tal y como indicaba la introducción. Incluso con el enemigo.

Ya está presente el distanciamiento de Kubrick y la tendencia al manierismo, como también lo está su firme antibelicismo y su sentido crítico hacia la sociedad.

         La voz en off revela el convulso estado psicológico de los personajes, en contaste con sus rostros. Atormentados soliloquios entre sombras. El punto de vista subjetivo y la composición de los planos que tratan de igualar al espectador con los soldados tras las líneas enemigas, con los muertos que yacen contorsionados en la penumbra. Menos que perros. Hay un sugerente hipnotismo en la destrucción de su humanidad, en su fragilidad humana, en su espera de la Parca. Por más que diga Kubrick -y buena parte de la crítica y el público-.

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Nota IMDB: 5,6.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 8.

Kansas City

19 Sep

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Año: 1996.

Director: Robert Altman.

Reparto: Jennifer Jason Leigh, Miranda Richardson, Harry Belafonte, Dermont Mulroney, Michael Murphy, Brooke Smith, Steve Buscemi, Jeff Feringa, Ajia Mignon Johnson, Jane Adams.

Tráiler

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          Hay una querencia de los autores del Nuevo Hollywood por situar la construcción de los Estados Unidos en los clubes nocturnos. Más allá de los garitos de gángsteres que pueda recrear Martin Scorsese, ahí están La noche del escándalo Minsky’s, de William Friedkin; Cotton Club, de Francis Ford Coppola, o Kansas City, de Robert Altman. Estas dos últimas, además, desvelan una pasión melómana y cinéfila en la que el jazz guía la cadencia de una película, a su vez, embebida de cine.

          Bondie, una empleada del telégrafo, imita a Jean Harlow mientras trata de rescatar a su amado de las garras del mafioso al que ha robado. La improvisación de los músicos desvela multitud de personajes y de tramas que se alternan y entrecruzan, en virtud de un montaje torrencial y sincopado que incluso va adelante y atrás en el tiempo y aun así deja espacio para intensos solos de piano, duelos de saxo y tercetos de cuerda.

A partir de este esquema rítmico, Robert Altman recorre la ciudad, desde las casas de la alta burguesía hasta los bajos fondos, en el contexto convulso de la Gran Depresión. El racismo, la pobreza, la incomunicación entre clases, la corrupción, la doble moral… elementos sociales que se entremezclan con pasiones -la música, el cine- para conformar en paralelo el retrato humano, con sus contradicciones y complejos, de los personajes que pueblan el relato, igual de paradójicos que esa mezcla de jazz, humor y violencia seca que puede darse en algunas escenas sin concesiones.

          El filme aguanta el pulso de la noche toledana y la inhóspita mañana en la que se suceden los acontecimientos, a pesar de la ligera irregularidad que comporta un estilo tan marcado y arriesgado. Algunas interpretaciones, en especial la de una caricaturesca Jennifer Jason Leigh, parecen dejarse llevar por el exceso en la emulación de sus modelos, y contrastan con la fuerza y la presencia de la actuación del mito Harry Belafonte en un papel cosido a medida, con sus propios diálogos libres a la improvisación.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

Predator

17 Sep

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Año: 2018.

Director: Shane Black.

Reparto: Boyd Holbrook, Olivia Munn, Jacob Tremblay, Trevante Rhodes, Sterling K. Brown, Thomas Jane, Keegan-Michael Key, Augusto Aguilera, Alfie Allen, Yvonne Strahovski, Jake Busey.

Tráiler

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         Shane Black parece un tipo con sentido común y que, al mismo tiempo, sabe ser divertido. Su perspectiva del cine es saludablemente lúdica, y en ella demuestra que sabe tomar distancias del material que escribe y dirige para evitar solemnidades o grandilocuencias fuera de lugar. A la hora de afrontar la resurrección de la saga Predator -en cuya entrega inaugural participó contratado para pulir el guion y, además, interpretando a un soldado con afición por los chistes malos-, Black decide no fingir la sorpresa. Todos sabemos a lo que hemos venido. Así las cosas, la secuencia inicial, narrada desde el punto de vista del extraterrestre a la fuga, pone las cartas sobre la mesa y deriva la potencial intriga, el matiz novedoso, hacia el misterioso perseguidor. El cazador cazado.

Aunque en realidad, y dado que también podía observarse a su manera en la anterior Predators, tampoco es este un factor preponderante en el relato, repleto de ironía posmoderna y sentido del cachondeo. La ocurrencia festiva es pues la protagonista; la acción, el aderezo que la complementa y completa. La síntesis de esta naturaleza y este tono argumental es que quienes tratan de sobrevivir al monstruo no son ya un escuadrón de combatientes de élite, sino un puñado de despojos de psiquiátrico castrense -lo que introduce asimismo un ambiguo y errático deje antimilitar y antibélico al asunto-; acompañados por una bióloga de armas tomar y un niño con Asperger, todos ellos igual de deslenguados. 

         Black, decíamos, no se toma demasiado en serio el asunto y, como demostraba su personaje en Depredador, en una película con esencia de serie B siempre caben unas risas -más adolescentes que adultas-. El humor -que tiene una maldad negra, incorrecta y coprolálica que, al igual que la violencia gráfica, no son demasiado frecuentes en tiempos en los que el blockbuster busca clientes en todos los rangos de edades-, aligera así un espectáculo que, de base, tenía bastantes papeletas de sonar a ya visto, incluida la inevitable ración de referencias a sus precursoras -alguna, como la de las chopper, tremendamente delirante-. Y, por añadidura, resta importancia a los baches de verosimilitud que pudieran detectarse en el libreto.

         Cierto es que veces se pasa un tanto de rosca y no todos los gags funcionan al mismo nivel, mientras que alguno de los protagonistas termina por darse demasiado de sí entre tanta irreverencia/caricaturización. Pero Predator parece ser firme heredero de ese espíritu del entretenimiento que tanto se le atribuye al cine de los ochenta -el ambiente halloweenesco de todo- y al característico estilo del propio Black.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,1.

Nota del blog: 6.

Que viene Valdez

14 Sep

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Año: 1971.

Director: Edwin Sherin.

Reparto: Burt Lancaster, Jon Cypher, Susan Clark, Frank Silvera, Barton Heyman, Richard Jordan.

Tráiler

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         Por pedir cien dólares para una viuda apache, a Bob Valdez lo crucificaron.

El argumento de Que viene Valdez, extraído de una novela de Elmore Leonard de atractivo título, parece conectar con las palpitaciones del western de la época desde una venganza justiciera que, simbólicamente, parece provenir de ultratumba, pues así terminaba por ser la que acometía el hombre sin nombre en Por un puñado de dólares y que luego heredará Clint Eastwood, en su papel de discípulo de Sergio Leone, en Infierno de cobardes, El fuera de la ley, El jinete pálido e incluso Sin perdón -además de en Cometieron dos errores-. Y como William Munny, Bob Valdez también deberá invocar a su espíritu pasado -la pulcritud, la agresividad y la dignidad del uniforme de caballería en contraste con los ropajes desgastados que envolvían su silueta agotada- para llevar a cabo su misión obcecada.

         Por un puñado de dólares es literalmente por lo que Valdez emprende su cruzada monomaníaca contra un potentado no menos tozudo que él y que trata de disimular la vergüenza de su arrejuntamiento con la mujer de un antiguo amigo asesinado lavando su mala conciencia con sangre ajena e inocente. Esta pretensión monetaria del protagonista, irrisoria dadas las circunstancias en las que se pretende -hasta la propia beneficiaria parece indiferente a todo ello-, lo aproximan asimismo al regreso de entre los muertos del Walker de A quemarropa.

El aguijón de la conciencia, pues, desempeña un papel capital en el desarrollo del drama sobre el que se vertebra el relato, puesto que precisamente Valdez, humillado sheriff de la parte mexicana de un villorrio de frontera, ejerce de involuntaria mano ejecutoria que desencadena buena parte de los acontecimientos durante la persecución de un forajido. Esta escena inicial dibuja de partida un microcosmos cruel donde la violencia es acto cotidiano y motivo de espectáculo público. Puede que este también sea el instante donde el entonces debutante Edwin Sherin demuestra mayor pericia dentro de una película harto lastrada por la tosquedad compositiva y narrativa que demuestra este director que desempeñará el grueso de su carrera en las series de televisión y los telefilmes.

         La agreste fealdad de los paisajes es adecuada a la decadencia que refleja el texto de Leonard -el racismo rampante, la impunidad del poderoso sin escrúpulos, la falta de respeto por el otro, el desprecio por la vida…-, pero los fotogramas no son capaces de dotar fuerza visual a la naturaleza espectral de Valdez, a las pulsiones irracionales de su odisea, a la degradada composición moral de los personajes, a la violencia del fondo. Tampoco, por seguir con la comparativa de periodo y parentesco, de reproducir el arrollador sentido del espectáculo de Leone, quien hacía ópera dinamitando los códigos y tópicos.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6,5.

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