Tag Archives: Biopic

Tucker, un hombre y su sueño

9 Oct

.

Año: 1988.

Director: Francis Ford Coppola.

Reparto: Jeff Bridges, Joan Allen, Martin Landau, Frederic Forrest, Mako, Christian Slater, Lloyd Bridges, Elias Koteas, Nina Siemaszko, Jay O. Sanders, Dean Goodman, Dean Stockwell.

Filme

.

         Pocas cosas hay más frustrantes que despertar de un gran sueño. Que lo soñado -sustancia sublime, evanescente y frágil- entre, derrotado de antemano, en conflicto con la crudeza material de la realidad. Francis Ford Coppola lo sabe. Su pasión, el cine, es el lenguaje de los sueños. Y Coppola es uno de los creadores que más grande se ha atrevido a soñar en este arte, hasta el punto de que su Corazonada se rompiese en mil pedazos en el suelo, llevándose consigo a su propia productora, Zoetrope. Es por tanto evidente el paralelismo entre el cineasta y el emprendedor Preston Tucker, quien defiende su idea visionaria del automóvil contra la oligarquía que, dinero y poder mediante, agarra la sartén por el mango.

         Tucker, un hombre y su sueño es una defensa del romanticismo, de la necesidad de luchar por el impulso de genialidad que surge de las entrañas en contra de los dictámenes de un sistema amañado para perpetuar los privilegios de una élite anquilosada, que sustituye el arrojo emprendedor de los pioneros -elemento nuclear de la forja del país- por una producción en serie, mecanizada, alienante y sin capacidad de imaginación más allá del simple y frío rédito económico. Hay hasta un deje freudiano en el hecho de que sea el senador interpretado por Lloyd Bridges el principal muro contra el que choca el empresario encarnado por Jeff Bridges. Matar al padre.

Con el optimismo en la capacidad del individuo de redimir a toda una sociedad que pudiera tener una fábula de Frank Capra, Coppola -apoyado en el respaldo financiero de su amigo George Lucasdirige la epopeya de Tucker como si se tratase de una comedia alocada de los años cuarenta en la que, poco a poco, se van infiltrando detalles de tragedia, ligados estos a la crítica socioeconómica y que tratan de minar el entusiasmo incombustible del protagonista, enturbiando así el concepto mismo del sueño americano. Por instantes, Tucker, un hombre y su sueño recuerda a aquella sátira cruel que dirigirán posteriormente los hermanos Coen en El gran salto.

         El autor italoamericano abraza sin tapujos toda la artificiosidad del lenguaje cinematográfico, patente en especial en las elaboradas elipsis que se despliegan a partir de un imponente trabajo de puesta en escena. El ritmo narrativo, aparejado a la vitalidad torrencial de Tucker, es trepidante hasta el delirio. La combinación, en busca de la épica, puede caer en el exceso, e incluso en cierta frialdad que afecta a la posibilidad de que el espectador se una incondicionalmente a Tucker en su duelo suicida y desesperado, como ocurre asimismo con el trabajo de Bridges.

Pero, a pesar de esta invocación, el fracaso comercial de la cinta no permitiría a Coppola exorcizar, por el momento, sus demonios particulares.

.

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 6,5.

La ley del hampa

30 Sep

.

Año: 1960.

Director: Budd Boetticher.

Reparto: Ray Danton, Karen Steele, Warren Oates, Robert Lowery, Jesse White, Elaine Stewart, Simon Oakland.

Tráiler

.

         Hay una corriente nostálgica en el cine criminal de serie B de los años cincuenta en el que se busca reinstaurar la agilidad y violencia que tenía el género en los treinta, su periodo de configuración definitiva y, a la postre, primera edad de oro bajo el reinado de las grandes figuras de la mafia de tiempos de la Ley seca, que veían esculpida en fotogramas su condición de leyendas populares.

Este ejercicio de añoranza se plasma en La ley del hampa, desde la estética de la ambientación hasta la fotografía de tono vintage de Lucien Ballard, pasando por los cánones narrativos de unos relatos protagonizados por implacables tipos duros, escaladas furibundas contra el sistema legal y alternativo, y lujos arrancados a punta de humeante revólver -o de metralleta-. Así las cosas, más que la reconstrucción de la vida criminal de Jack ‘Legs’ Diamond, La ley del hampa es la reconstrucción de una manera de hacer y de mirar el cine. Es significativo que la versión española del título recupere el que, también en español, tenía la fundacional película de Josef von Sternberg.

         En parte, esta puede ser la explicación de que, en puridad, el retrato psicológico del personaje sea bastante plano -además de que la interpretación de Ray Danton tampoco le consigue aportar matices, a pesar de la elegancia con la que se mueve en el escenario-. Lo importante es que Legs Diamond arrolla con todo a su paso, perfectamente presentando en una introducción que lo inserta, junto a su convaleciente y frágil hermano, en una jungla de asfalto que ignora la piedad hacia quienes moran en sus calles. Donde el resto mira el cadáver, distraído, el hombre sobresaliente sabe desmontar el mecanismo que le puede proporcionar su ascenso a la cima.

Las acciones de Diamond son radicalmente lógicas, matemáticas. Por lo tanto, variables intangibles como la moral o el amor no entran en sus cálculos. Modelos de evidente éxito y prestigio como Arnold Rothstein lo avalan. Exactamente igual que el neoliberalismo más fundamentalista, insistente promotor del ilusorio sueño americano. La exposición de Budd Boetticher es tan precisa como nervuda, tanto en la composición del plano, expresivo sobre los personajes, como para sintetizar el relato y dotarlo de ritmo.

         Sin embargo, a pesar de la gallardía y la apostura de la que se inviste a Diamond -imperturbable en su media sonrisa de superioridad, avispado y seductor en su maquiavelismo-, el filme lo trata de una forma tan despiadada como sus propios procedimientos. A cada avance, le devuelve un guantazo, incluso con cierto sarcasmo. Se burla de él cuando se jacta de que nunca lo pondrán entre rejas, cuando saca la cabeza como guardaespaldas, cuando le tienden una trampa que no se había olido… La inevitable caída que contiene estos cuentos de ascensos fulgurantes, remedos de la hibris de Ícaro, seguirá por tanto estas mismas pautas.

La crepuscularidad que expone La ley del hampa es la muerte del romanticismo, tanto de la profesión criminal -el aburrido sindicato del crimen- como, en un arrebato moralista no demasiado afortunado, de la vida personal -el solitario que, después de perder por completo de vista los objetivos que inicialmente motivaban su carrera, regresa al punto de partida humillado y maltrecho-. Quizás a esta falta de reverencia responde también la frialdad del perfil de Legs Diamond, que quedaría convertido en un psicópata sin ambages de glamour, psicologistas o sociológicos; monomaníaco y narcisista. Su conquista del mito colisiona con la última exhortación del inspector al chaval en la calle.

.

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7.

Consejo de guerra

27 Sep

.

Año: 1979.

Director: Bruce Beresford.

Reparto: Edward Woodward, Jack Thompson, Bryan Brown, Lewis Fitz-Gerald, Rod Mullinar, John Waters, Charles Tingwell, Terence Donovan, Vincent Ball, Alan Cassell.

Tráiler

.

          Senderos de gloria dejó filmado para la posteridad que la colisión entre la guerra y la justicia -en su máxima expresión, que es la de un juicio con presuntas garantías- provoca una contradicción tal que solo puede caer en el más absoluto, desolador y criminal de los absurdos.

Cabezas de turco del imperio, se titulará el libro de memorias de uno de los tres soldados australianos sometidos a juicio marcial en las postrimerías de la Segunda Guerra Anglo-Bóer, que, de nuevo, en el cambio de los siglos XIX y XX. enfrentaba encarnizadamente en Sudáfrica al Imperio británico y a los colonos neerlandeses del Transvaal en torno a los yacimientos de oro y diamantes. En el conflicto, los afrikaners se habían lanzado a la guerra de guerrillas para tratar de atajar la superioridad armamentística y numérica de los británicos, lo que derivará en un enfrentamiento prácticamente sin cuartel -ejecuciones sumarias de prisioneros y de potenciales espías, la destrucción sistemática de los medios de subsistencia del enemigo- donde las unidades irregulares, adaptadas al terreno y ajenas al presunto orden moral del arte de la guerra -“el final de la guerra de los caballeros”, que sentencia uno de los personajes-, cobrarán una especial relevancia. Será, pues, la primera guerra sucia de una centuria especialmente propensa a las atrocidades bélicas de todo cuño. La modernidad. La industrialización de la muerte. El horror.

Es en este contexto donde surge el juicio contra los tres australianos -integrados en esos comandos de los Bushveldt Carbineers destinados a ejercer de cruenta contraguerrilla- en relación a la ejecución en campaña de siete afrikaners y de un religioso alemán.

          Basada en una obra de teatro que ya reconstruía este episodio histórico de una Australia recién independizada pero con necesidad de englobarse en la Commonwealth bajo la égida imperial -un ajuste de cuentas con el pasado y los vínculos imperiales que continuará dos años después con Gallipoli-, Consejo de guerra expone a partir de esta premisa la hipocresía y la incoherencia que representa este proceso judicial que, amañado de antemano, se arroga unas garantías de justicia por completo enajenadas.

Sin embargo, el dilema va más allá del atropello descarado a unos hombres que son víctimas de los fuertes prejuicios xenófobos que están enquistados incluso contra territorios de influencia británica, puesto que, si bien a los australianos se les dibuja como los ‘buenos’ de la función, nunca se oculta que son autores de los hechos por los que se les juzga -aunque se cometieran bajo la responsabilidad una autoridad superior- y que, más aún, estos son una evidente barbaridad cuya condena ejemplar puede dar pie, además, a sentar las bases de la paz entre bandos y también entre potencias de la Europa en tensa calma antes del estallido de la Primera Guerra Mundial. El fin y los medios. La paradoja de pedir perdón con (más) sangre.

          No obstante, el tono del discurso se centra más en la vertiente nacionalista, con la exposición del choque entre la rigidez inglesa, no exenta de una falsedad que responde a su naturaleza profundamente clasista, y las peculiaridades del contingente del país austral, viscerales y sentimentales, que contaminan incluso al ‘asimilado’ Harry Morant, que reacciona con un ímpetu que entra en contradicción con su origen metropolitano. El empleo de los símbolos imperiales está tratado, en consecuencia, con crítica o sarcasmo. Pero no por ello esquiva Consejo de Guerra las ambigüedades, arrugas y esquinas de sus personajes, sobre todo de ese domador de caballos metido a soldado de fortuna en un bando casi al azar, probablemente el equivocado, desde un espíritu de aventurero romántico, poeta y guerrero de tiempos remotos.

          Bruce Beresford, que dirige y participa en la redacción del libreto junto al autor de la pieza dramatúrgica original, tiñe los fotogramas con el triste ocre de los uniformes de los militares, que domina las composiciones del juicio, con predominio de un estatismo que no está reñido con un excelente manejo del tempo narrativo, agilizado por el montaje que alterna el presente con el pasado. En los exteriores, el paisaje aparece inmenso e indiferente hacia las atrocidades que se cometen en su suelo, iluminado por una luz plana, fea. Este es el escenario donde hombres normales, sometidos a situaciones anormales, se tornan salvajes. No por casualidad, el plano más bucólico y rico en colores será el final.

.

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

Espartaco

4 Jul

.

Año: 1960.

Director: Stanley Kubrick.

Reparto: Kirk Douglass, Jean Simmons, Laurence Olivier, Charles Laughton, Tony Curtis, John Gavin, Peter Ustinov, John Ireland, Nick Dennis, John Dall, Herbert Lom, Woody Strode, John McGraw.

Tráiler

.

          Una de las claves de las obras maestras pasan por contar con gran guionista debidamente motivado. Espartaco es una historia de rebelión contra la tiranía. Aparentemente la del esclavo tracio que se reivindica como ser humano, pero también la de una producción que clama por que ya basta de caza de brujas. Que muera la opresión política del macarthismo, plasmada particularmente en unas listas negras en las que figuraba, entre otros, el nombre de Dalton Trumbo, parte del prominente grupo etiquetado como ‘los diez de Hollywood‘.

Espartaco es un vibrante espectáculo político que adapta los eventos de la tercera guerra servil y el declinar de la república romana hacia la dictadura y el imperio para mimetizar las virulentas pulsiones anidadas en los propios Estados Unidos, donde la paranoia anticomunista de los años cincuenta iba a encontrar pronta sucesión en unos profundos conflictos protagonizados por unas minorías étnicas víctimas de la desestructuración social del país. Es decir, que estamos ante una película que mira al pasado para retratar el presente y, en consecuencia, convierte su relato en universal, en atemporal. Un reflejo hiriente de las eternas tensiones entre el estamento privilegiado y la mayoría desamparada.

          Dos vertientes confluyen en la narración: el alzamiento libertador del esclavo y las urdidumbres políticas en el Senado de Roma entre optimates y populares. Ambas se complementan y compaginan a la perfección, dotando de complejidad a la épica. Los personajes, las relaciones de poder y enfrentamiento entre ellos, y las tramas que los implican están construidos con solidez, con rotundidad. El segundo ramal es especialmente fascinante, y contiene las mejores perlas del inspirado libreto de Trumbo, puesto que ahí es donde se vierte especialmente esa composición alegórica sobre el escenario estadounidense de Guerra Fría y sus vergüenzas. La rabia del guionista se amalgama con su capacidad incisiva para conformar un conjunto poderoso, tan turbulento como agudo.

          Stanley Kubrick, que repudiaría el filme por su escaso control de los elementos de la producción, consideraría que los resultados de Espartaco eran demasiado moralizantes, con un protagonista en exceso mitificado. Por su parte, Kirk Douglas, hombre clave del proyecto, restaurador de Trumbo y ciudadano de conciencia, también chocaría violentamente con el conocido perfeccionismo dominante del cineasta, a pesar de que él mismo, con el grato recuerdo de Senderos de gloria, lo había sugerido para la dirección después de que Anthony Mann se cayera del rodaje poco después de grabar apenas unas escenas, debido, según confesiones de la estrella principal, a su docilidad frente al resto de luminarias de un reparto de excepción, dotado de una extraordinaria intensidad interpretativa.

Quizás de este carácter de encargo procede una mirada más clásica que de costumbre en el autor neoyorkino, que dedica atención a la intimidad y a la ternura, recogiendo con cariño y hermosura ese retrato humano sobre el que se levanta la revolución de Espartaco, que es una revolución fundamentalmente movida por el amor -es significativo que la chispa que definitivamente prenda la mecha sea el rapto del ser amado-. Irrumpen asimismo sus pinturas épicas del líder, con su silueta cortada en contrapicado contra unas nubes que presagian negra tormenta. No obstante, de nuevo este queda rebajado a su condición de hombre, de individuo, mediante recursos expresivos como el empleo de su punto de vista, acompañado de un desasosegante uso del fuera de campo -paradójica y acertadamente opuesto al show sangriento-, para manifestar la triste inquietud que precede al duelo de gladiadores. Su tragedia, de este modo, va convirtiéndose en la nuestra. En ese relato universal, atemporal.

.

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 9.

Dos hombres y un destino

29 Abr

.

Año: 1969.

Director: George Roy Hill.

Reparto: Paul Newman, Robert Redford, Katharine Ross, Ted Cassidy, Strother Martin, Jeff Corey.

Tráiler

.

          El prólogo de Dos hombres y un destino tiene lugar en la oscuridad de una sala de cine donde se proyectan las aventuras de la Banda del desfiladero -en realidad, la Wild Bunch-, liderada por Butch Cassidy y Sundance Kid. El fotograma, el material en el que se esculpe la mitología contemporánea. Dos hombres y un destino reconoce de partida su vocación de reverenciar a dos leyendas de la cultura popular estadounidense. Una epopeya western que, aunque con la crepuscularidad que imponen el iconoclasta y desencantado acabar de los años sesenta y comienzo de los setenta, se reproduce incluso desde la voz de los bardos del periodo. En Dos hombres y un destino, la música pop irrumpe, anacrónica y aparentemente contradictoria, acompañando la agonía de un Salvaje Oeste que se manifiesta no en la llegada de máquinas a motor, sino en una inocente bicicleta -marcando el camino para la entrada de Bob Dylan en Pat Garrett y Billy the Kid o de Leonard Cohen en Los vividores-.

          Pero esa conexión mitológica a través de las décadas no termina ahí. Porque el filme es, en paralelo, un canto en honor de otra pareja de leyendas vivas, Paul Newman y Robert Redford, que son los encargados de hacer que resplandezca el aura de aquellos semidioses a los que encarnan en el celuloide. De hecho, Dos hombres y un destino tiene mucho de vehículo de lucimiento, donde las estrellas se gustan y gustan. Su presencia en pantalla, su química y su carisma son, por momentos, el único argumento de la obra. El magnetismo de Newman y Redford justifica tal decisión, pues consiguen por sí solos meterse al público en el bolsillo y que se unan a una cuadrilla en la que, no obstante, no se admite que nadie ose hacerlos sombra. No solo literalmente en el relato, sino también desde el reparto -apenas se concede espacio a otros personajes, a excepción del contrapunto femenino/amoroso-.

          Bajo estas condiciones, Dos hombres y un destino avanza relajada en el desarrollo de una narración que no presta demasiado cuidado en seguir las pautas del género -lo que aparte de dar cabida a la rupturista banda sonora deja asimismo margen para el humor-, al estilo de las ocurrencias de un Butch Cassidy convertido en un pícaro vitalista. La simpatía que genera es evidente, como lo es igualmente la pérdida de los matices trágicos, poéticos o viscerales de los que podría haber disfrutado esta huida hacia adelante hasta un destino escrito de antemano, a la altura de esta dimensión mitológica de los personajes. En cualquier caso, en coherencia con su mirada, el filme congela su imagen en barroco y épico escorzo antes que entregarlos a la terrenal muerte.

El asunto es que George Roy Hill a veces parece intentar imprimir estos matices desde la dirección, como mostraría ese saqueo del ralentí violento de Sam Peckinpah, un recurso con cierta resonancia onírica que aquí se emplea precisamente para representar la definitiva demolición de un sueño. Pero son detalles puntales; la realización está fundamentalmente al servicio de la leyenda. La pasada y, sobre todo, la presente.

.

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 7.

Gracias a Dios

22 Abr

.

Año: 2019.

Director: François Ozon.

Reparto: Melvil Poupaud, Denis Menochet, Swann Arlaud, Éric Caravaca, François Marthouret, Bernard Verley, Aurélia Petit, Julie Duclos, Josiane Balasko, Hélène Vincent, François Chattot, Stéphane Brel, Amélie Daure, Martine Erhel, Frédéric Pierrot.

Tráiler

.

          Uno de los objetivos del colectivo de víctimas del padre Bernard Preynat, pedófilo confeso, es hacerse escuchar y mantener la atención por parte de una sociedad a la que, en primer lugar, sus testimonios estremecen, pero enseguida también incomodan. Con el juicio todavía sin celebrar, el estreno de Gracias a Dios, y más aún, su reconocimiento con el Gran Premio del Jurado en el festival de Berlín, es sin duda un espaldarazo tremendamente sonoro para esta asociación que lucha por la justicia no solo contra crímenes por el momento sin castigo, sino igualmente contra una red de abusos sistemática, semejante a la que denunciaba otro premiado filme reciente, Spotlight, que encuentra amparo en los estratos de poder en los que se mueve la Iglesia católica.

          Gracias a Dios es cine combativo que elabora la crónica del proceso iniciado contra Preynat, incluida la constitución de esta asociación en la que los afectados pueden hallar un cobijo y un altavoz para dar a conocer su caso y hacer fuerza contra el depredador sexual y el sistema que lo protege. Es una película que aborda el asunto desde una posición concienciada y crítica que se expresa de manera directa. Esto puede incluso costarle finura o sutileza en algunos aspectos, como por ejemplo el tratamiento de personajes secundarios o antagónicos -bien es cierto que uno de los detalles más estridentemente rotundos, la declaración pública del entonces cardenal Philippe Barbarin de que “gracias a Dios que son hechos que ya han prescrito”, lo sirve la historia real-; pero no por ello cae en el amarillismo.

La narración se desarrolla sin dejarse llevar por truculencias epatantes, más apegada al trance íntimo y a la labor social que realizan sus protagonistas. No busca impactar para conmover; el tema ya es suficientemente lacerante por sí mismo. Apenas sugiere la explosión de unas agresiones perturbadoras y deja hablar a los personajes. En esta línea, François Ozon se decanta por tanto por un estilo sobrio y elegante que, ajustado a su misión notarial, no acapara más atención de la debida.

          La cinta focaliza su potencia en la construcción de distintos puntos de vista -tres de ellos preeminentes- para, a través de los cuales, tratar de componer una mirada matizada y en cierto modo caleidoscópica que otorgue un contexto amplio y aporte diferentes perspectivas psicológicas a unos acontecimientos tan escabrosos que, treinta años después, permanecen lejos de cicatrizar. Es decir, que en lugar de concentrar los efectos de los abusos en un solo personaje principal, Gracias a Dios registra, aunque tenga que ser de manera sucinta, las diversas. profundas y traumáticas secuelas que una atrocidad de este tipo produce sobre sus damnificados -el desamparo, la soledad, la culpa, las neurosis, las desviaciones conductuales, las incapacitaciones sociales, la dificultad para revelar los hechos, la liberación mediante la palabra y el resarcimiento…-. En paralelo, y probablemente de forma más superficial, expone las reacciones de su círculo íntimo, dividido a grandes trazos entre cómplices y víctimas colaterales.

          Gracias a Dios es cine que, consciente de su fuerza, da fe de unos incidentes execrables para explicar, emocionar, presionar y movilizar al ciudadano y a la sociedad al otro lado de los fotogramas. De hecho, la defensa de Preynat -aquí interpretado por Bernard Berley, curiosamente el Jesús de La vía láctea– intentó retrasar el estreno para evitar su potencial influencia.

.

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Green Book

4 Mar

.

Año: 2018.

Director: Peter Farrelly.

Reparto: Viggo Mortensen, Mahershala Ali, Linda Cardellini, Sebastian Maniscalco, Dimiter D. Marinov, Mike Hatton.

Tráiler

.

         Las vueltas que da la vida en el cine. Después de convertirse en el adalid de la comedia escatológica de los noventa junto a su hermano Bobby y de atravesar una amplia barrena en taquilla en las décadas sucesivas, el bueno de Peter Farrelly se encuentra hoy encumbrado como el director de la flamante vencedora del Óscar a la mejor película con Green Book, en la que, en lugar de chistes con fluidos corporales, se aborda un asunto serio, y por desgracia vigente, como es el racismo existente en la sociedad estadounidense.

Lo hace de la mano de la amistad entre el pianista y compositor afroamericano Don Shirley y su chófer italoamericano, Tony ‘Lip’ Vallelonga -quien por cierto terminaría haciendo incursiones en el cine en obras como El padrino, Manhattan Sur, Vínculos de sangre, Uno de los nuestros, Donnie Brasco o Los soprano, donde su origen étnico y la imagen asociada a él es precisamente relevante-.

        Green Book asienta por tanto su relato sobre el esquema de la relación íntima entre dos caracteres antagónicos -aparte de la contraposición entre el vitalismo y el tormento de cada uno y del conflicto racial de base, también se produce un choque de clase social e intelectual-, en cuyo recorrido -aquí literal, al tratarse de una road movie- se entremezclan y contaminan sus personalidades.

El filme posee los mimbres para que esta estructura, tan tradicional y trillada como efectiva si se maneja bien, funcione adecuadamente. Es decir, un protagonista carismático, encarnado con autenticidad y simpatía por  Viggo Mortensen, que halla un notable contrapunto dramático e interpretativo en el atildado y trágico músico con el que Mahershala Ali consiguió su segunda estatuilla al mejor actor secundario después del cosechado dos ediciones atrás con Moonlight, una cinta con puntos de contacto temáticos con la presente.

         Así, la narración se sigue sin esfuerzo y con una sonrisa complacida. Green Book es fácil de ver, el ritmo es ligero, la realización clásica y el humor derivado de la convivencia y el absurdo de algunas situaciones se combina con la denuncia antirracista y con el acercamiento emocional, gracias o por culpa de que la suya no deja de ser una fórmula que se conoce al dedillo y que, además, no trae consigo sorpresa alguna, lo que es extensible a una resolución sensiblera y en exceso edulcorada.

En ella, Green Book escoge la opción de generar una empatía esencial en defensa de la dignidad básica de todo ser humano frente al cuestionamiento en profundidad y la abierta rebelión desde el espíritu crítico. El ejercicio de ‘poner en la piel del otro’ es un camino totalmente legítimo y que, desde esta identificación emocional, también es capaz de despertar conciencia. Pero en este caso, como decíamos, evoluciona hacia una apuesta sentimentalista por el ‘todo el mundo es bueno’ gratificante y acomodaticia en último término; por la acción individual de corte capriano como vía para corregir los desmanes de un sistema que parece ajeno y no consustancial a quienes forman parte de él; por le reconciliación personal como reconciliación colectiva que reconstruye la gran y heterogénea familia americana.

La sonrisa complacida no tiene detrás esa rabia o esa mordiente que quizás sí demandaba semejante trasfondo y sus resonancias presentes. Bien podría comparase con el desenlace y la agresiva coda de imágenes documentales que arrojaba Infiltrado en el KKKlan, con la que competía por el máximo galardón de la Academia norteamericana.

.

Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 6,5.

A %d blogueros les gusta esto: