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Un lugar en el mundo

15 Mar

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Año: 1992.

Director: Adolfo Aristarain.

Reparto: Gastón Batyi, Federico Luppi, Cecilia Roth, José Sacristán, Leonor Benedetto, Lorena del Río, Hugo Arana, Rodolfo Ranni, Santiago Chade.

Tráiler

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         Un lugar en el mundo es un recuerdo elegíaco. En él, Adolfo Aristarain, cineasta de firmes convicciones de izquierdas, demostradas a lo largo de su filmografía, le canta al idealismo como fundamento de la existencia, como material con el que se construye verdaderamente el hogar y el arraigo; como llamada a la resistencia en una guerra perdida de antemano, y desde hace siglos, pero en la que todavía cabe el último orgullo de plantar cara y ganar al menos una batalla.

         Construida desde el recuerdo de un hombre que atraviesa la inevitable crisis vital de constatarse adulto sin motivaciones ni rumbo aparente, es una memoria de juventud que se ancla en un pasado que, no obstante, ya está herido de agonía, con un compromiso políticosocial arrinconado a cultazos de fusil en un recóndito enclave de Argentina donde el progreso solo pasará, literalmente, por encima de una tierra pobre a eternidad. Abundan los símbolos de este declive y esta marginalidad sin remedio: la bandera desvaída, el cura que no llega, el niño que nace muerto. De igual manera que el guion desliza detalles pesimistas acerca de la recuperación de la conciencia de izquierdas en un universo diseñado para el disfrute de los diestros.

Un lugar en el mundo es, pues, la crónica de otra derrota, de otro fin de la utopía. Esta, observada por los ojos de un adolescente que aún ni siquiera ha tenido voto en esta lucha incesante y desigual, y que contempla cómo sus padres -un maestro y una médica regresados al país y turistas en su propio territorio después de su exilio por la dictadura militar- encarnan una tragedia familiar que es al mismo tiempo nacional y que no está en absoluto cicatrizada.

         El filme posee tintes de un relato de maduración y despertar, en el que el influjo idealista de los progenitores encuentra el contrapunto de desencanto cínico en un carismático geólogo español que representa un punto de inflexión en este poblacho dejado de la mano de Dios en la provincia de San Luis. El argumento, por tanto, enfrenta estos primeros pasos de acción del joven frente a la huella de la decepción y el desaliento de sus mayores, pero también de su fortaleza moral y de su dignidad inalienable. Ante la mirada del chaval, los antagonismos son constantes y problemáticos: el poder y los parias; la derecha y la izquierda; los ilustrados y los analfabetos; el entorno urbano y el medio rural… De todos ellos surge la exigencia de tomar partido, una cuestión intrínseca al desarrollo ético y sentimental que experimenta el protagonista en este invierno decisivo de su vida, fijado como un hito en su trayectoria existencial al que deberá volver para reencontrase consigo mismo y para retomar con entereza su camino.

         Esta acertada, matizada y equilibrada combinación entre contenido político y drama íntimo, expuesta con notable sentido narrativo y reforzada por las impecables prestaciones de un reparto cuajado de actores de categoría, permite que la película se aleje del discurso y se adentre en una amplia gama de emociones complejas, conflictivas y reflexivas.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 8,5.

La novia del desierto

3 Sep

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Año: 2017.

Directoras: Cecilia Atán, Valeria Pivato.

Reparto: Paulina García, Claudio Rissi.

Tráiler

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         Quizás también debido a un prejuicio geográfico, La novia del desierto posee un aire de aquellas historias mínimas que acostumbra a filmar Carlos Sorín. El protagonismo absoluto de las circunstancias existenciales de una persona corriente, su confluencia con realidades humanas parejas, el encuentro fortuito o no como clave para desenlazar el nudo de la encrucijada vital que se plantea; el imponente paisaje argentino, el minimalismo narrativo, la estética de poética austeridad que enfoca hacia lo íntimo.

         La novia del desierto está rodada como una road movie que, en sentido estricto, no conduce a destino ninguno. Su búsqueda de un bolso es un circular en redondo en torno a un santuario. Es decir, tierra de milagros a donde, milagrosamente, ha ido a parar una madura empleada doméstica a la que, si bien de forma enmascarada, han despedido de un trabajo de más de dos décadas que, a fin de cuentas, ha constituido su vida entera. La búsqueda del bolso a bordo de la caravana de un puestero de mercadillo es, por tanto, el macguffin para derivar el relato en una búsqueda no tanto religiosa o metafísica como existencial.

         Cecilia Atán y Valeria Pivato componen un debut en la dirección de largometrajes que, desde la severa y sobrecogedora montaña andina, se adentra en los interiores de una mujer sometida a la claustrofobia de su desamparo, de su no saber a dónde ir, de su repentino vacío. Lo hacen con elegancia y delicadeza, tomándose su tiempo para ir entregando el retrato de sus personajes y aun así con buen juicio para no inflar con grandes pretensiones o extensiones una película tierna y modesta, aunque tampoco demasiado sorprendente. Bien respaldadas por el trabajo de la chilena Paulina García, el camino que las realizadoras y guionistas dibujan a través de la carretera, del contacto con el exterior antes rehuido, tiende a una liberación, a un renacimiento.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6,5.

Un oso rojo

28 Mar

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Año: 2002.

Director: Israel Adrián Caetano.

Reparto: Julio Chávez, Soledad Villamil, Agostina Lage, René Lavand, Luís Machín.

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         Uno de los asuntos capitales del western es la dignidad. Con frecuencia, recobrar la dignidad olvidada es la única recompensa posible para el antihéroe westerniano, errante a través de una sociedad presuntamente civilizada en la que ya no tiene cabida. La prosperidad sedentaria o la felicidad del núcleo familiar estable son premios irremediablemente vedados. De ahí que el alejamiento hacia el horizonte o la inmolación altruista sean desenlaces propicios para sus desventuras. Una especie de triunfo dentro del triunfo imposible, pero igualmente de derrota dentro de la victoria. Raíces profundas es la obra que sintetiza el paradigma. El éxito reciente de películas como Drive prueba la vigencia que aún posee su intenso potencial dramático.

         Un oso rojo también asienta su relato sobre estos cánones y estos arquetipos, si bien su protagonista no es un eterno forastero, sino que su viaje proviene de un origen concreto: la cárcel. Aunque cabe reconocer que la mirada con la que Jean Arthur recibía a Alan Ladd en Raíces profundas dejaba flotando la idea de que Shane tampoco era precisamente un extraño, lo que iguala las cosas. Neonoir argentino de los turbulentos tiempos del corralito, Un oso rojo asume los códigos del género para eviscerar la miseria de un país -de hecho el empleo de los símbolos nacionales, aquí el himno, es similar al que hará cierto cine negro americano posterior al 2008, como ocurre en Mátalos suavemente, Dolor y dinero o Comancheríay exponer su influencia condenatoria sobre segmentos vulnerables de la sociedad, en este caso la familia de este asaltador que ha encontrado como pater familias sustitutorio a otro individuo con idéntica falta de futuro a la de él mismo.

Pese a los atisbos de redención que impone el relato, Adrián Caetano, director y guionista, no hace víctimas a los hombres, cuya naturaleza está teñida por el claroscuro, y sí a las mujeres -madre e hija, secuestradas por el infortunio-. Con todo, en este bosquejo de duelo de machos, Caetano enfatiza -probablemente con excesivo celo- la superioridad paternal, viril e incluso moral del expresidiario.

         El filme posee esa cierta melancolía lacónica del polar francés, así como un pesimismo propio del cine criminal de la Gran Depresión, otro instante de desconcierto económico en el que la verdadera violencia no proviene de los individuos que tratan de sobrevivir en el arroyo con todos los medios a su alcance, lícitos o ilícitos, sino del contexto social que los ahoga. La reutilización de preceptos del cine negro se extiende a los símbolos visuales, como las vallas que, desde la puesta en escena, insisten en separar al protagonista de aquellos a los que quiere.

Un oso rojo no es una cinta en absoluto sorprendente, pues. Pero sí es una cinta que asimila bien sus herencias, que está narrada con solvencia y que cuenta con la participación de actores de mucha entidad como Julio Chávez, cuya presencia en el plano es descomunal, o Soledad Villamil, que ofrece un perfecto contrapunto de sentido trágico y también, a su propia manera, de fuerza.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7.

La ciénaga

19 Mar

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Año: 2001.

Directora: Lucrecia Martel.

Reparto: Graciela Borges, Mercedes Morán, Martín Adjemián, Leonora Balcarce, Silvia Baylé, Sofía Bertolotto, Juan Cruz Bordeu, Noelia Bravo Herrera, María Micoll Ellero, Andrea López, Sebastián Montagna, Franco Veneranda, Diego Baenas, Daniel Valenzuela, Fabio Villafane.

Tráiler

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         Como emulando el alegórico estanque-vertedero de El ángel borracho, Lucrecia Martel arracima a sus desdichados personajes entorno a una piscina de aguas pútridas, corrompida por la decadencia y la dejadez que dominan el lugar y a sus gentes.

Paralizados como dinosaurios viejos que contemplan el cielo a la espera del meteorito que los extinga definitivamente, los terratenientes de La ciénaga reciben con estupor el agua de la tormenta que se cierne permanentemente sobre ellos y mueven sus traseros, cuadrados con la forma de los asientos, con un arrastrar de zombi.

         Martel arranca a la ofensiva, trazando el marco general levemente satírico donde detallará el retrato de una clase embargada por la decrepitud. La hacienda huele a sudor, a alcohol revenido, a sábanas mil veces usadas, a perro sucio, a sexualidad frustrada o a medio contener.

La realización de la cineasta argentina es hábil transmitiendo estas sensaciones, que se derivan en excreciones sociales y vicios como el racismo expansivo, el clasismo endogámico, el alcoholismo, los celos, la envidia, la ignorancia… de nuevo con sus pares físicos -las malformaciones en los ojos y en los dientes-.

Sus criaturas se repliegan en sí mismas acosadas por el chirrido constante de los insectos, por el incesante crujido del trueno, advertencia de un diluvio sanador que no termina de desencadenarse.

         La visión familiar de Martel se asimila a una visión nacional también empantanada, repleta de fracturas, oquedades y quistes. Probablemente, esta inmersión retratística, estática y no narrativa en su estancamiento consustancial, tampoco requería de un remate de tragedia explícita.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7,5.

Martín (Hache)

12 Feb

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Año: 1997.

Director: Adolfo Aristaráin.

Reparto: Juan Diego Botto, Federico Luppi, Eusebio Poncela, Cecilia Roth, Sancho Gracia.

Tráiler

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         No es de extrañar que uno de los personajes principales de Martín (Hache) sea guionista. Martín (Hache) es una película que, fundamentalmente, habla. Apenas tiene escenarios y sus conflictos se plantean, desarrollan y quizás resuelven a través del diálogo. A través de la reflexión y la teorización, no siempre conciliadas con unos sentimientos que tampoco acostumbran a expresarse mediante acciones, aunque las que se llevan a cabo sean radicales y, por lo general, expresen distintas formas de huida o, cuanto menos, de ruptura o reafirmación -la droga, el viaje, el plante, el suicidio…-.

El proceder del drama, pues, parece acorde al de ese guionista inmóvil, resguardado en su hostilidad ermitaña, al que le aterra ser padre, ser marido, ser amante y ser cineasta.

         A raíz de la exploración que se le impone al joven protagonista en su obligatorio paso a la edad adulta -¿es casualidad que uno de sus tres autoerigidos guías se llame Dante?-, en un camino de autoanálisis y autodescubrimiento que en realidad será transferido a su progenitor -víctima igualmente de una desorientación existencial que no se remedia con el paso de los años-, Martín (Hache) habla, por tanto, de cuestiones que son colectivas y privadas al mismo tiempo -la patria, la familia… el sentimiento de pertenencia en definitiva- y que se somatizan en el ánimo y el afecto del individuo -el rechazo, el autoencierro, el distinto uso evasivo de las drogas, las elecciones de fidelidad…-.

Y también habla de luchas por utopías imposibles, como Un lugar en el mundo, de nuevo desde ópticas teñidas por la derrota -que no necesariamente derrotadas-.

         Puede que el conjunto termine por ser demasiado teorizante como para diseccionar el componente humano que albergan estos personajes, demasiadas veces puestos al servicio de las meditaciones que se pretenden exponer desde su punto de vista particular, incluso forzando cualquier naturalidad del diálogo en pos de conseguir el impacto y la adhesión del espectador.

Dada esa distancia que se marca, porciones más viscerales o telenovelescas, como la de Alicia, acaban por resentirse. Aunque el retrato más agresivo es el que paradójicamente menos se ve afectado por ella y, en consecuencia, el que resulta más conseguido.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6,5.

Zama

8 Feb

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Año: 2017.

Directora: Lucrecia Martel.

Reparto: Daniel Giménez Cacho, Lola Dueñas, Matheus Nachtergaele, Mariana NunesDaniel Veronese, Juan Minujín, Nahuel Cano, Carlos DefeoRafael Spregelburd.

Tráiler

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         Hay quien, como el cómic y serie Preacher, imagina el infierno como la revivencia continua e inagotable del instante más doloroso, humillante o desolador de la existencia. El tormento repetido hasta la monotonía de El prisionero, el eterno día de la marmota de Atrapado en el tiempo. Advierten los expertos de que la tendencia en el campo de la tortura ha descartado el martirio físico por un método mucho más sutil y tremendamente más efectivo: la privación sensorial absoluta, capaz de desmoronar o desfigurar hasta la mente más dura.

El corregidor Diego de Zama, funcionario letrado del rey de España, acumula los días en una remota costa del imperio, abandonada de cualquier necesidad, material o metafísica, que requiera la existencia humana. Las jornadas se suceden una tras otra; lánguidas, sofocantes, solo rellenas de moscas, crueldad y molicie. En este caso, la privación a la que se encuentra sometido Zama es existencial o espiritual, y se manifiesta en una constante frustración. Ambiciones enterradas a diez metros bajo el polvo, placeres inconsumados que se pavonean ante sus ojos.

La cineasta Lucrecia Martel, que adapta desde el guion la novela de Antonio Di Benedetto, lo ubica frente al mar, contemplando el horizonte con abatimiento de náufrago. Pero, en realidad, la historia de Zama es la de Sísifo trepando ladera arriba con una piedra en este caso ínfima, pero excepcionalmente pesada, hecha de vagas esperanzas. La vida, en ocasiones, es ardua espera de la nada.

         La directora argentina envuelve la mente agotada de Zama entre paños oníricos, en una de esas pesadillas densas y pegajosas que no contienen monstruo alguno, pero que perturban hasta el fondo del alma a quien la sufre, cuya consciencia torturada se mantiene entre el sueño difuso y la lucidez febril. Los sonidos amalgamados en un fondo compacto, la banda sonora que rehuye la armonía, los animales que se mueven por el escenario como personajes de fábula, los espectros que sobrevuelan el escenario, las frases hechas y desgastadas, los sinsentidos de una sociedad urbana tratando de arañar la selva descomunal.

         Una de las frustraciones de Zama se relaciona con la propia identidad, con el desarraigo entre una América a la que rechaza y una España que lo repudia. El fracaso de Zama y su identidad es el fracaso del colonialismo español en Latinoamérica, que Martel parece conectar a través de los siglos mediante de los terratenientes salteños de La ciénaga, sumergidos como zombis en otro vacío, en otro absurdo, que deriva en otro estupor, esta vez etílico.

Pero la desorientación de Zama quizás no sea una cuestión ibérica, pues también enlaza con otra exploración colonial surrealista de estreno reciente y cuño argentino, Jauja, protagonizada por expedicionarios daneses en el corazón de la Patagonia. Zama se reservará igualmente un capítulo final de aventura abstracta. Un adentramiento en un universo de fantasmas que, a pesar de mutar el tono de la narración y dotarlo de aparente acción, no es sino la prolongación por otros medios de un mismo absurdo existencial.

         De poderosa atmósfera alucinada, esta variación aporta frescura a una obra que juega sus bazas abogando por una postura hostil y desafiante, pues esecialmente contiene como único aliciente sumergirse en el marasmo y el hastío de Zama y compartir con él su condena interminable. La decisión de que el espectador ha de sentir en sus carnes el anquilosamiento que domina a los personajes por medio de padecer su propia cuota de aburrimiento -o semejante- acostumbra a ser reivindicada desde autores que buscan trasgredir los límites convencionales de la expresión cinematográfica; pero no encuentro que sea una opción acertada, puesto que el lenguaje del cine, empleado con talento y sensibilidad, es suficientemente versátil y elocuente como para transmitirlo perfectamente al público sin necesidad de abrumarlo en la desidia. Porque, con frecuencia, la consecuencia es la limitación del interés de la película.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6.

Happy Together

11 Nov

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Año: 1997.

Director: Wong Kar-wai.

Reparto: Tony Leung, Leslie Cheung, Chen Chang.

Tráiler

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           Curiosamente, sobre una relación tabú –el amor entre dos hongkoneses afincados en Buenos Aires-, Wong Kar-wai filmará el romance más crudo y físico de su filmografía, Happy Together, que se abre no por casualidad con una escena de sexo directo y sin ambages que es inusual en el resto de sus largometrajes, en los que el amor –o la imposibilidad de la realización amorosa- acostumbra a plasmarse entre cadencias etéreas, miradas de soslayo y deseos que atruenan en el silencio, dentro de una tendencia a la abstracción absoluta y el conflicto irresoluble entre la fugacidad y la eternidad.

En Happy Together, los sentimientos de los protagonistas están expuestos con naturalidad, se exteriorizan y se palpan en pantalla con una intensidad más ardiente y menos lírica.

           Inmerso en la Argentina de la milonga y Manuel Puig, del apasionamiento latino y su correspondiente tragedia del desengaño, Wong narra los tormentos de una pareja de amantes tóxicos que avanzan juntos en una espiral autodestructiva.

El melodrama queda establecido a través de un recorrido esteticista un tanto recargado, sobre todo en el arranque del filme, que fagocita en buena medida la trama bosquejada en el guion. Este primer tercio de metraje nace en un blanco y negro que recuerda a la Nouvelle Vague –filtrado, claro, por la particular sensibilidad autoral del cineasta- para adentrarse paulatinamente en el característico y reconocible universo del director asiático, marcado por los embriagadores colores antagónicos, la lánguida iluminación artificial, los espacios decadentes pero paradójicamente hermosos, la populosa urbe en contraste con la alienación del individuo y el juego con la imagen como herramienta para expresar el tiempo –la ralentización, la aceleración-. Recursos estéticos y simbólicos que conducen al enfrentamiento entre la ilusión y la melancolía, el encuentro explosivo y la soledad devastadora.

           Reaparece así la noción circular del amor, aunque quizás aquí solo se trate de una invocación simplemente nominal que, cuando le conviene, esgrime con astucia uno de estos dos amantes desiguales: “empezar otra vez”. En este sentido, el camino de su enamorado es un intento de romper este encadenamiento aparentemente atemporal y universal de arrebato y pérdida, extático y destructivo en sus efectos sobre las emociones humanas.

           Con Happy Together, Wong se alzaría con el premio al mejor director en el festival de Cannes.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7.

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