Tag Archives: Policía

Acero azul

29 May

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Año: 1989.

Directora: Kathryn Bigelow.

Reparto: Jamie Lee Curtis, Ron Silver, Clancy Brown, Elizabeth Peña, Louise Fletcher, Philip Bosco, Kevin Dunn, Richard Jenkins, Tom Sizemore.

Tráiler

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         Los títulos de crédito recorren con devoción y reverencia la superficie de un revolver. Recuerdan a los de Harry el fuerte, como la resolución del filme podría recordar en cierto modo a la de Harry, el sucio. Una magnum 44 también desempeñará un icónico papel en la trama. Hay cierto fetichismo en cómo Katrhyn Bigelow filma el arma, herramienta que empodera definitivamente como policía a la protagonista. Su juramento como agente también tiene una evocación de ceremonia religiosa, fervor con lágrima brotando incluida, que da paso a un definitivo bautismo de fuego en la jungla urbana del Nueva York de los ochenta, por lo que el caso criminal en el que se ve envuelta la mujer adquiere ecos de ritual de iniciación.

El villano se articulará en oposición, como un reflejo en negativo de la capacidad ejecutora de la patrullera. Surge de ahí una idea interesante acerca de la tendencia homicida de la Policía, brazo armado de un Estado que se arroga el monopolio de la violencia. Es un chispazo que primero se abandona y que luego no es que se descarte, sino que se revierte mitificado en una conclusión cuya ambigüedad desprende tintes fascistoides, propios de la exaltación del justiciero.

De igual manera quedan por el camino la construcción del antagonista como un retrato deformado sobre la omnipotencia del yuppie en la década del ultraliberalismo económico estadounidense; una pulsión constante en la ficción del periodo. Andando el guion -coescrito por la directora californiana- se preferirá desarrollarlo como un psicópata de manual -con escenas de locura un tanto ridículas que al menos se compensan con otros arrebatos de ferocidad bestial como el asalto en el dormitorio-, prácticamente destinado a desempeñar el papel del acosador tradicional del slasher, subgénero del que precisamente Jamie Lee Curtis se erige en una de las grandes ‘scream queens’ gracias a la fundacional La noche de Halloween.

Los tópicos se extienden a la participación del ciudadano corriente -con un desprecio prejuicioso y mezquino contra las fuerzas del orden-, los superiores en la jerarquía policial -miopes y timoratos-, y los representantes del sistema judicial -el abogado cínico y amoral que entorpece la verdadera justicia… que es la que se cobra por la propia mano, a punta de pistola-.

         Curtis le pone empeño a su personaje, mientras que Bigelow imprime fuerza en las imágenes, sombrías, melancólicas, amenazadoras e incluso oníricas, en su forma de sobrevolar de noche la ciudad que nunca duerme. Pero la evolución del relato y los personajes es tosca y deriva hacia una escena final ya demasiado inverosímil.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 6.

Dredd

20 May

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Año: 2012.

Director: Pete Travis.

Reparto: Karl Urban, Olivia Thirlby, Lena Headey, Wood Harris, Domhnall Gleeson, Warrick Grier, Langley Kirkwood, Rakie Ayola.

Tráiler

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           Parece que Alex Garland se dio por vencido cuando intentaba redactar un libreto para el reboot del juez Dredd que explorase en profundidad las complejidades de un personaje que, en esencia, es una exudación satírica de las tentaciones parafascistas de unos Estados Unidos deformados desde un retrato distópico. Tras descartar hasta tres opciones previas, y con el fiasco de la adaptación cinematográfica de 1995 bien presente, el londinense escogería apenas una anécdota para lanzar las nuevas aventuras del policía, juez y ejecutor creado por John Wagner y Carlos Ezquerra, que quedan traducidas a un actioner semejante a La jungla de cristal o, mejor aún, a Redada asesina (The Raid), dado que el protagonista, acompañado de una inocente recluta, ha de abrirse camino a la fuerza en el megabloque de viviendas en que se encuentra acorralado por una mortífera dama de la droga y sus secuaces.

           La premisa no apunta alto en cuanto a posibilidades reflexivas, pero se asienta sobre una interesante e inusual ambientación futurista que en su introducción destaca, paradójicamente, por su realismo y su crudeza. Los escenarios son sobrios y reconocibles, ya que apenas se detecta en ellos la clásica estridencia con la que suele imaginarse el mañana -para luego ir sucumbiendo por el poco imaginativo paso del tiempo-. Apenas la desopilante señal luminosa del edificio de los jueces destaca en este escenario de ruinas, suciedad y pantallas que tienen su prolongación en este bloque-Estado donde se enclava la mayor parte del metraje. En contraste con esta realidad áspera y deslucida -y en un detalle significativo-, solo hay fulgor en la perspectiva alterada por los estupefacientes.

           Dredd destaca así por su contención. Hay multitud de planos lejanos -sobre todo cenitales- que presentan desde una mirada distante los sucesos que acontecen en esta megalópolis sumida en una desesperación cotidiana. La expresión de la violencia es gráfica y exagerada, acorde al espíritu original de las tintas de Ezquerra, pero también hay planos fríos en las ejecuciones que ponen en cuestión, aunque sea puntualmente, los procedimientos de los jueces y su rol dentro de esta sociedad despiadada. Frente a los bramidos de Sylvester Stallone proclamando que él es la ley, Karl Urban -que para alivio de los seguidores del cómic no se quitará jamás el casco- adopta el susurro rasposo de otro policía-justiciero, Harry, el sucio, para repartir la ley desde la punta de su Legislador. Igual ocurre con la villana, interpretada con hipnótica parquedad por Lena Headey. Los interesantes detalles de partida conducen luego a un desarrollo más rutinario de pura acción, si bien al menos solvente en su rodaje.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 6,5.

Juez Dredd

15 May

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Año: 1995.

Director: Danny Cannon.

Reparto: Sylvester Stallone, Diane Lane, Armand Assante, Rob Schneider, Max von Sydow, Jürgen Prochnow, Joanna Miles, Joan Chen, Scott Wilson, Ewen Bremner.

Tráiler

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         Conviene tener cuidado con lo que se desea. Danny Cannon quería que actores de talla internacional se incorporaran a su proyecto de convertir Juez Dredd en una película intemporal, “en el Ben-Hur de las adaptaciones de cómic”. En pago, recibió a Sylvester Stallone para liderar el reparto. Sly, en la cumbre de su popularidad y por completo desconocedor de la historieta en cuestión, terminaría amoldando el filme a sus apetencias, dentro de una constante disputa en la que Cannon, recién llegado al sistema hollywoodiense, poco podía decir. De hecho, quedaría excluido del rodaje de las escenas de posproducción.

John Wagner, padre del juez Dredd junto al español Carlos Ezquerra, confesaría años más tarde que la historia resultante, tallada a martillazos de comedia y acción por parte de Stallone, poco o nada tenía que ver con su concepto original. Cannon juró que jamás volvería a dirigir a una estrella.

         Juez Dredd se presenta como una distopía en la que la Justicia trata de sobreponerse al caos desde una perspectiva dual que alcanza su máxima expresión en el proyecto Jano, que precisamente recibe el nombre del dios romano de las dos caras. A partir de ahí se establece como trasfondo argumental una lucha por el poder entre rigoristas draconianos y moralistas compasivos, lo que se traduce en primer plano en los apuros de Dredd, injustamente proscrito por el sistema que defiende, y su enfrentamiento contra el antagonista, Rico, movilizado por un jerifalte con tentaciones de mano dura fascista.

Es decir, que el filme posee una base rica, violenta y potencialmente compleja que, sin embargo, queda reconducida bajo el puño de hierro de Stallone hacia un simple vehículo de lucimiento dominado por la adrenalina para todos los públicos y un humor que, de tan infantil -mención especial para el secundario palizas destinado a servir de presunto alivio cómico-, parece incluso paródico.

         Esta decisión confiere un tono al filme que conduce al ridículo un buen puñado de planos, líneas de guion e interpretaciones -en concreto, aparte de la de Sylvester “yo soy la ley” Stallone, la de un psicótico Armand Assante y su kurtziano personaje, quien en su guerra contra el crimen hasta el último extremo ha abrazado abiertamente el horror moral-. En paralelo, el aceleramiento del relato, que hasta llega a dejarse por el camino partes de la narración -¿qué pasa con esos clones?-, impide que pueda asentarse cualquier poso reflexivo -que abarca por supuesto la naturaleza del propio Dredd como policía, juez y verdugo plenipotenciario-, a la vez que reduce a meros detalles algunas muestras críticas como ese laboratorio totalitario oculto dentro de la Estatua de la Libertad -un uso torcido del símbolo que se puede apreciar en otros futuros alternativos más logrados, como 1997: Rescate en Nueva York-.

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Nota IMDB: 5,5.

Nota FilmAffinity: 4,1.

Nota del blog: 4,5.

En legítima defensa

19 Abr

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Año: 1947.

Director: Henri-Georges Clouzot.

Reparto: Louis Jouvet, Bernard Blier, Suzy Delair, Simone Renant, Charles Dullin, Jean Daurand.

Tráiler

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           La penitencia de dos años alejado de la dirección a causa de las acusaciones de colaboracionista nazi por su trabajo en la Continental Films no haría, precisamente, que Henri-Georges Clouzot cambiase su negrísima concepción de esa sociedad francesa roída por la hipocresía y la absoluta abyección moral que había mostrado en la opresiva El cuervo. Su regreso tras las cámaras, En legítima defensa, estaría cargado de todo ese vitriolo que había acumulado durante los cuatro largos años que separan a la una película de la otra.

           El retrato social y humano que arroja En legítima defensa es tan rico y minucioso como despiadado. Las líneas de diálogo con las que adapta, más o menos de memoria, la novela original de Stanislas-André Steeman están minadas con un humor tremendamente negro, que es el que domina, hasta congelar la sonrisa en un pasmo, la investigación que emprende el inspector adjunto Antoine contra una pareja de cabareteros enzarzados en un matrimonio tóxico y aparentemente relacionados con el homicidio de un rijoso potentado.

Los atentados con fotogramas que Clouzot realizaba contra la burguesía en El cuervo continúan también aquí, expandidos asimismo hacia las élites dominantes que poco menos que prostituyen al resto de clases que no disfrutan de su poderío económico. Los protagonistas de esta atípica trama criminal, pues, están retratados desde una mala baba que podría anteceder a la de los hermanos Joel y Ethan Coen, tal es su incompetencia a la hora de ejecutar los mezquinos planes que traman -arribistas, coléricos- con el prójimo como víctima.

El pobre policía -un cascarrabias que sobrevive en un cuartucho junto a su querido hijo mestizo- se encuentra tullido como pago por su servicio en las colonias. El plutócrata depravado gasta joroba y camina torcido. Pero el hijo de familia acomodada metido a pianista de acompañamiento y la hija del lumpen encumbrada a estrella del espectáculo erótico no son menos deformes, a pesar de su apariencia corriente.

           Esta sátira sanguinaria, que no hace prisioneros con nada ni con nadie, actúa como conservante de un argumento y un dibujo de caracteres que parece adelantado a su tiempo, insólito en la agudeza, la crudeza, la mordacidad y el arrojo con el que se adentra en las rendijas de la sociedad francesa, de su estilo de vida, su paisaje psicológico y sus instituciones, para mostrar los mecanismos que la accionan. Los procedimientos del inspector Antoine -feo, contrahecho y con el cinismo del desencanto de quien está de vuelta de todo, pero también hostil al romanticismo lírico y melancólico del detective privado estadounidense- son tan desmitificadores como lógicos y pragmáticos, incluso en su vertiente indisimuladamente ilegal, lo que refuerza un realismo que exacerba la acidez de la farsa a la que se somete -o que desarrollan- los personajes.

Este filtro no es óbice para que Clouzot muestre hallazgos expresivos como el empleo de la música diegética para alentar la tensión de la escena, de nuevo a medio camino entre lo policíaco y lo sarcástico. Quizás pueda igualmente encuadrarse dentro ese tono el inesperado desenlace de esta historia de crueldad.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 10.

The Old Man and the Gun

29 Ene

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Año: 2018.

Director: David Lowery.

Reparto: Robert Redford, Casey Affleck, Sissy Spacek, Danny Glover, Tom Waits, Tika SumpterAri Elizabeth Johnson, Teagan Johnson, Elisabeth Moss, John David Washington, Keith CarradineIsiah Whitlock Jr.

Tráiler

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          Forrest Tucker cometió su último robo en 1999, casi octogenario y con un cuádruple bypass en el corazón; una cicatriz insignificante en comparación con las muescas de su innumerable historial de antecedentes penales -labrado desde los 15 años y en el que se contabiliza un botín total que rondaría los 4 millones de dólares- y con sus consiguientes 30 intentos de evasión de la cárcel, 18 de ellos exitosos. Los viejos rockeros nunca mueren, el verdadero artista se desploma sobre las tablas solo cuando cae el último telón, el héroe ha de morir con las botas puestas. Da igual lo que quieras ser en la vida, pero asegúrate de que es algo que te apasiona, le aconseja a su hijo pequeño un policía desencantado, en plena crisis de los cuarenta. La realización vital es el mayor tesoro, el impulso que alimenta y del que se alimentan los días.

          The Old Man and the Gun es una película existencialista, más que de atracos. Por así decirlo, el protagonista ejerce de gurú de vitalidad contagiosa, sobre todo en su relación antagónica con el detective que sigue su rastro. El primero acostumbra a aparecer en planos de colorido crepuscular pero de tonos dorados; el segundo, en el que Casey Affleck abusa de su eterno registro de tipo entre cariacontecido y desubicado, se ve envuelto en gamas grises y apagadas.

De hecho, el tempo narrativo del filme, calmado y apacible, es equivalente a los procedimientos delictivos de Tucker, que prácticamente emplea artimañas de seducción en sus golpes. David Lowery, que también coescribe el libreto, no apura nunca el ritmo. Ni siquiera en escenas de persecución, desarrolladas al compás de una balada melancólica -una utilización atípica de la banda sonora que el cineasta mostraba también en A Ghost Story-. Quizás hasta se le vaya un poco la mano en esta dulce parsimonia.

Por otro lado, la estética abunda en la ambientación de la historia a comienzos de los años ochenta, principalmente a través de la fotografía de grano duro y de algún recurso estilístico puntual como el uso del teleobjetivo.

          “Creo que quería morir siendo una leyenda, como Bonnie y Clyde“, declararía el comisario de Florida que ofició el último arresto del ladrón impenitente. Ya presente en la anterior En un lugar sin ley, la cinta reconoce y reverencia la imaginaría a la que pertenece Tucker. El forajido del Salvaje Oeste, el gángster que recorre la Gran Depresión de pillaje en pillaje, de emoción en emoción, con la adrenalina como combustible. Como John Dillinger, un asaltador de bancos que, de tan cinematográfico, encontró el fin de sus aventuras a la salida de un cine. Figuras que, en la memoria colectiva de los Estados Unidos, representan una libertad sublimada que se contrapone a las vulgares ataduras de la vida en sociedad.

Y, en paralelo, The Old Man and the Gun homenajea a otro mito, este cinematográfico y viviente: Robert Redford, a quien se le ofrendan guiños a El golpe y Dos hombres y un destino, e incluso se le recupera en el esplendor de su glamour reutilizando fotogramas de La jauría humana.

          En este sentido, el relato tiene asimismo cierto barniz de idealización, como si este se tratase de la proyección que Tucker quería arrojar de sí mismo, más que una relación fidedigna de los hechos criminales que llevó a cabo. Se percibe un evidente cariño hacia el personaje, modelado con un tratamiento propio de un héroe. Su retrato es acorde a la elegancia y el carisma de Redford, a fin de cuentas no demasiado distinto al personaje encantador que se le regalaba a su sempiterno colega artístico Paul Newman en Donde esté el dinero, donde el lucimiento del viejo ídolo, la admiración que suscita su fotogenia inmortal, supone en definitiva un de los fundamentos de la obra.

Apoyado en el aura extraordinaria de la estrella, las intervenciones de Tucker está tocadas de gracia y atractivo, de igual manera que sus compinches redondean su entorno con anécdotas con chispa, con exhibiciones de ingenio y de simpatía. Se arroja alguna sombra sobre su naturaleza, pero nada que empañe su magnetismo innato. The Old Man and the Gun es una película amable que, al mismo tiempo, sabe esquivar las tentaciones de regodearse en el lirismo crepuscular que irradia.

          Paradójicamente, The Old Man and the Gun marca el retiro de la interpretación de Redford, a quien no le interesa morir sobre las tablas. Al menos, como defiende su personaje, cabalga hacia el horizonte final con una sonrisa satisfecha en el rostro.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7,5.

Serpico

9 Ene

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Año: 1973.

Director: Sidney Lumet.

Reparto: Al Pacino, Tony Roberts, John Randolph, Cornelia Sharpe, Barbara Eda-Young, Jack Kehoe, Biff McGuire, Norman Ornellas, Allan Rich, Edward Grover, M. Emmet Walsh, Charles White.

Tráiler

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          La ‘Generación del compromiso’ nació como una corriente rebelde contra los opresivos Estados Unidos del mccarthismo operando desde esa especie de clandestinidad marginal que eran los platós de la televisión, desde donde más tarde irían saltando a la gran pantalla con un cine firmemente concienciado con las libertades y los derechos civiles, marcado por una mirada corrosiva ante las falencias del país. Es natural que, desde estas raíces, un director como Sidney Lumet -que no obstante había llegado al proyecto junto antes del comienzo del rodaje en sustitución de John G. Avildsen– comprendiese la lucha del agente Frank Serpico contra los corruptos cuerpos policiales de Nueva York.

De hecho, en una de las primeras enseñas de su filmografía, Doce hombres sin piedad, ya había incidido en el poder de la iniciativa particular del ciudadano con valores para cambiar un sistema malversado. Aunque en Serpico las conclusiones de esta batalla quijotesca no son tan meridianas, sino que poseen un pálpito pesimista: el biopic se estrenará un año después de que, a pesar de haber sido condecorado por su trabajo, el Serpico real abandonara la placa y se autoexiliara en Suiza.

          Serpico es una película rodada a pie de calle, en un sinfín de localizaciones neoyorkinas. De manera acorde a las claves del Nuevo Hollywood por entonces en auge, trata de capturar el nervio y la vibración de la ciudad que se mueve, que bulle en vidas y conflictos auténticos, pertenecientes al común de los vecinos. En esta línea, el filme muestra al protagonista como un hijo de su barrio, como un hombre de su tiempo. Como un tipo normal, no un guardián distanciado de la sociedad a la que teóricamente protege o, en el peor de los casos, un matón armado que hace y deshace a su antojo bajo una dispersa coartada de defensa del orden establecido.

          Basado en la biografía escrita por el periodista Peter Maas, Serpico es una película que, desde esta ambientación realista, casi cruda, reconstruye la degradación del sistema a través de la perversión, de muy variadas formas y a múltiples niveles, de unos de los primeros baluartes de la justicia y la seguridad de la ciudadanía. También matiza las posibilidades hagiográficas de la obra al retratar en paralelo -aunque con menos fuerza- la personalidad privada del individuo que se enfrenta al Leviatán; el sujeto cuya incorruptibilidad alcanza hasta un grado obsesivo, una cierta tentación autodestructiva. Es el precio de levantarse y plantarle cara a la infamia.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7.

El campo de cebollas

26 Dic

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Año: 1979.

Director: Harold Becker.

Reparto: John Savage, James Woods, Franklyn Seales, Ted Danson, Ronny Cox, David Huffman, Christopher Lloyd, Dianne Hull, Priscilla Pointer, Beege Barkette, Le Tari, Lee Weaver.

Tráiler

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          Joseph Wambaugh, policía de profesión, comenzó en la treintena a escribir novelas sobre el cuerpo. Alguna de ellas las vendería a Hollywood, como por ejemplo Los nuevos centuriones. Sin embargo, descontento con alguna de las adaptaciones, caso de La patrulla de los inmorales, decidió que le convenía asumir una mayor cuota de poder artístico sobre la filmación de sus textos, aunque el precio fuese perder capital de producción.

Así las cosas, la financiación de El campo de cebollas provendrá de lo recaudado entre sus allegados y los del director, Harold Becker, a fin de que el guion, compuesto por el propio Wambaugh, se respetase a pies juntillas. Incluso participó en la selección del elenco, en el que Ted Danson consigue su primer papel en un largometraje. No obstante, quizás este filme sea uno de esos ejemplos de que, a veces, la mirada externa de un productor experimentado hubiera sido útil para mejorar los resultados de la obra.

          El campo de cebollas lleva a la pantalla un relato que había escrito seis años antes, tomado de un suceso real ocurrido en Los Ángeles en el que dos ladrones secuestraron a dos policías y mataron a uno de ellos. Pero este episodio tan solo es un punto de giro en el relato, que trata de adentrarse en las fallas del sistema, en las que hace palanca un desequilibrado con certificación -un joven James Woods en un alabado trabajo- y que generan una espiral de locura que arrastra y corrompe todo aquello que se encuentra en su camino.

Ese es el verdadero crimen que denuncia el filme, que es más un drama que un thriller policiaco. Un modelo judicial repleto de esquinas preparadas para guarecer a los malvados, vulnerabilidad policial y falta de comprensión desde los altos mandos, racismo rampante que condena a determinados colectivos a ser carne de presidio, ausencia de herramientas accesibles y de apoyo social para dar cobertura al ciudadano desprotegido…

          Su reflejo del deber policial está exento de épica y parece ajustarse al realismo de un veterano agente que admite que, en una situación de riesgo vital, se plegaría a las exigencias del agresor. Puede que ese aire desmañado de las imágenes, ligado al ajustado presupuesto, case con esta premisa. Pero más que urgente y directa, El campo de cebollas es una película que no encuentra las virtudes de la serie B. La narración muestra carencias de concreción y cohesión, y en consecuencia de intensidad. Por ello, su crítica termina pareciendo más dispersa y desdibujada que exhaustiva o profunda.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 5.

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