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El viaje a ninguna parte

26 Jun

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Año: 1986.

Director: Fernando Fernán Gómez.

Reparto: José Sacristán, Fernando Fernán Gómez, Juan Diego, Gabino Diego, Laura del Sol, Nuria Gallardo, María Luisa Ponte, Simón Andreu, Miguel Rellán, Emma Cohen, Agustín González, Carmelo Gómez.

Tráiler

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          El viaje a ninguna parte es el crepúsculo del hijo de un semidiós menor y olvidado. “¡Hay que recordar!”, sentencia el hombre abatido, mientras Los Panchos le aconsejan que es preferible olvidar que se sufrió. El viaje a ninguna parte es un acto de amor a un oficio, engastado en una historia que, como las piezas que representan los actores, es tan auténtica como fantasiosa. “Una de esas comedias que hacen llorar”, se deja caer en cierta escena. La representación como sublimación de una realidad hostil y despiadada. La función de la vida. “El único error de Dios fue no haber dotado al hombre de dos vidas: una para ensayar y otra para actuar”, que lamentaba Vittorio Gassman. Las mejores interpretaciones que evoca el histrión se sitúan fuera de ese escenario montado con cuatro sillas y un decorado roído sobre las tablas de cualquier bar, cualquier círculo de villorrio, cualquier cuadra.

          El viaje a ninguna parte recorre unas memorias tan sentimentales como poco fiables. Fernando Fernán Gómez, autor del serial radiofónico original, de la novela posterior, del guion adaptado y de la dirección de la película, amén de secundario destacado y líder espiritual de un reparto sabio y preciso -a excepción del bisoño y disonante Gabino Diego-, expresa este desconcierto y contradicción mental mediante caótica música jazz. Su estridencia se contrapone con esos recuerdos plasmados en fotogramas crepusculares, de ocres suaves y apagados; tan mortecinos como los pueblos castellanos que transita, casi vagabundea, una troupe de actores itinerantes que es tan compañía artística como familia literal, tan pobre como esa tierra agotada y mezquina de posguerra. Y hablan de la miseria con cierta melancolía, con el inevitable dolor por un pasado que se fue. La voz de la sangre apagada a hambre y palos, desterrada por otros entretenimientos quizás superiores técnicamente, pero menos humanos, menos personales en su disfrute. “¡Me cago en el padre de los hermanos Lumière!”, se maldice frente al rival, que luce sobrenombre de archivillano de folletín: El Peliculero.

          Hay una empatía elemental en su relato tierno, doliente y agónico. Carlos Galván, hijo y nieto de Galvanes, es, como mucho, un extra supernumerario dentro de la gran obra del mundo. Los protagonistas de esta se cuentan con los dedos de las manos, y son divas también desbordadas por sus propias flaquezas humanas. “¿Por qué no sueñas, no tienes ilusiones?”, le reprocha sorprendido a su amante. El único refugio es mentir, fabular, interpretar, frente a una realidad que amenaza con aplastarnos. Todos emprendemos un viaje a ninguna parte, pues la existencia, como reflexionaba Hamlet -a quien Galván nunca encarnó-, no es más que un cuento contado por un necio, lleno de ruido y de furia, que no significa nada.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

Los bajos fondos

22 Abr

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Año: 1936.

Director: Jean Renoir.

Reparto: Jean Gabin, Louis Jouvet, Junie Astor, Suzy Prim, Vladimir Sokoloff, René Génin, Jany Holt, Robert Le Vigan, Maurice Bacquet.

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          Ambientada en la Rusia zarista del principios del siglo XIX, hay una universalidad en los conflictos humanos y sociales que captura Los bajos fondos, obra teatral de Maksim Gorki. Al menos, la suficiente para que Jean Renoir la adaptara en los años treinta, ubicándola en un país indeterminado que parece una Francia tomada por antropónimos rusos, y Akira Kurosawa la trasladara después al periodo Edo nipón, ambas con el mismo título. Además, en Japón ya constaba una apropiación de cine silente, a la que se añaden también, entre otras, versiones indias, chinas y finesas.

          Los bajos fondos retrata una sociedad degradada a partir del punto de vista de unos parias que malviven en un sórdido albergue. Este es un microuniverso en sí mismo donde el relato concentra a personajes que, más allá del realismo de su caracterización, desempeñan un papel simbólico: el noble decadente, el avaro de hipócrita sentimiento religioso, la mujer inmoral, la virgen pura.

A través de su historial y de sus vivencias, y después del contraste inicial con la alta sociedad de la que procede el barón caído en desgracia a causa de sus vicios, se constata un fatalismo social, prácticamente congénito, en el que apenas hay resquicios para la esperanza, que en el caso del protagonista, un ladrón de poca monta, se persigue a través de la conquista de la inocencia y el amor que representa la joven hermana de la posadera. Pero esta envaramiento conceptual y el consiguiente maniqueismo que en general posee el discurso provoca que su tragedia pierda emoción natural.

          La rigidez que se afloja si acaso, en destellos, como esa insólita e interesante relación de amistad entre el aristócrata y el caco, luego progresivamente abandonada, o como la invitación a soñar del viejo filósofo de la miseria. Igualmente, el lirismo de las imágenes de Jean Renoir mira con calidez y piedad a sus personajes principales. El protagonismo de Jean Gabin es análogo. Su forma de hablar -apenas un susurro- y de mirar -un soslayo entristecido- expresan con rotundidad esa melancolía irreparable. Una sensibilidad y una delicadeza que otorgan al filme relieve, textura, humanidad. La cual, de Maksim Gorki, conduce a Charles Chaplin.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7.

Killer of Sheep

13 Mar

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Año: 1978.

Director: Charles Burnett.

Reparto: Henry G. Sanders, Kaycee Moore, Charles Bracy, Angela Burnett, Eugene Cherry, Jack Drummond.

Tráiler

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         Charles Burnett, que con Killer of Sheep estaba entregando su trabajo de fin de carrera en la UCLA, emplea la mirada de Henry G. Sanders para expresar el sentir de un colectivo al completo: la población afroamericana y su estado de exclusión en el presunto país de las oportunidades y de la libertad, en el cual apenas trataban de salir de la esclavitud primero, de la segregación después, y de la desigualdad todavía. La mirada de Henry G. Sanders, decíamos, es una mirada soñadora a la que ha hundido una gruesa pátina de frustración, desencanto y tristeza, huérfana de paz espiritual, todo preocupaciones y angustias. Con ella recorre el barrio angelino de Watts, precisamente aquel que pocos años antes, en 1965, había protagonizado seis violentas jornadas de disturbios de transfondo racial.

         Burnett pertenecía a una hornada de jóvenes cineastas afroamericanos que, agrupados bajo la denominación Los Angeles School of Black Filmmakers y apodados con el más subversivo L.A. Rebellion, levantaron sus cámaras para enfrentarse a la imagen estereotipada e incluso degradante que el cine transmitía del ciudadano negro, bien como secundario, bien como protagonista de su propio género de explotación, la blackxploitation. En oposición, Burnett entrega una opera prima que, desde un estilo crudo, documental, semejante al de ese neorrealismo que defendía la dignidad y la reparación moral del pueblo italiano, sigue la pista de unos personajes sensibles y complejos, sumidos en unas circunstancias muy determinadas.

La pobreza de la producción parece asimilarse a la de aquellos a quienes retrata. Desde los descampados hasta las cocinas, con el matadero como eje central, son escenarios y ambientes deprimidos, donde los sueños, hasta los que apenas cuestan 15 dólares, ni siquiera tienen visos de poder cumplirse. Mucho menos los que persiguen un golpe de fortuna o de dinero fácil en una apuesta contra el destino. La banda sonora, en cambio, despliega piezas solemnes, donde las voces negras poseen una rotundidad trascendente.

         Burnett narra desde fotogramas naturalistas para buscar una íntegra verosimilitud. La película no posee un relato lineal, sino que expone retazos y situaciones para componer un collage amplio. Facturada con absoluta independencia, fiándose del instinto, el debutante renuncia a convenciones para mostrar una serie de profundos dramas, a los que no obstante no aplica énfasis alguno. Tampoco emite juicios o valoraciones.

Killer of Sheep es una obra áspera, sin desbastar -puede que por momentos en exceso-. En ella, la rabia fluye subrepticia, está contenida pero aún así es palpable. Y, a pesar de todo, de vez en cuando logran infiltrarse ramalazos líricos, íntimos, de donde el realizador extrae una parca sensación de esperanza.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7.

Alemania, año cero

21 Feb

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Año: 1948.

Director: Roberto Rossellini.

Reparto: Edmund Moeschke, Ernst Pittschau, Barbara Hintz, Franz-Otto Krüger, Alexandra Manys, Erich Gühne, Jo Herbst, Christl Merker, Inge Rocklitz, Hans Sangen.

Tráiler

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         La guerra son las ruinas. La cámara de Roberto Rossellini las recorre en Berlín con una objetividad pasmosa, con un simple trávelling al que nada más le hace falta. El cine no puede inventar un decorado más terrible que la cicatriz abierta de una ciudad destruida por la artillería, casa por casa. El escombro, de tan terrible, semeja hoy el escenario de una película distópica -cuando probablemente no debiera, pues es memoria vigente-. El paisaje humano que retrata con idéntica crudeza, también.

         El cineasta italiano, de luto personal por la muerte prematura de su hijo Romano, no cierra su Trilogía de la guerra antifascista con el fin de la guerra. Los cañonazos retumban todavía en las fachadas de las otrora orgullosas sedes del poder nazi. Por las arcadas resuenan los ecos de los discursos del odio, emparejados en siniestra danza con las letales consecuencias que acarreaban. La lucha del hombre contra el hombre se acomete todavía en sus calles, donde la humanidad no ha retornado aún. La herencia de la barbarie sigue viva, envenenando mortalmente el presente.

         En Roma, ciudad abierta, Rossellini ya rastreaba los resquicios de solidaridad, empatía y, por lo tanto, esperanza que restaban a duras penas en un país, el suyo, también arrasado por el fascismo. Esa voluntad de reencuentro, de reconstrucción, afloraba asimismo, vulnerable pero resistente, en Paisà (Camarada). Paradójicamente, Alemania, año cero es la más desesperanzada de las tres. Esta vez, la inocencia quebrada, a la que incluso se prohibe literalmente el juego, es la protagonista absoluta del relato. A través de sus ojos, endurecidos por el sacrificio impuesto en pos de la supervivencia de los seres queridos, Rossellini, igualmente a cargo del libreto, retrata a un colectivo que, en manos de la desesperación, reproduce en lo moral la ruina que le circunda.

         Alemania, año cero despliegua un excepcional dibujo de una sociedad reducida a la depredación, la carroñería y el oportunismo, impelida por un impulso de supervivencia que se sobrepone a cualquier otro valor. La crudeza con la que se manifiesta, desde el primero al último de sus habitantes, es desoladora. En contraste, el melodrama familiar con el que conduce los avatares del pequeño Edmund no está ni mucho menos tan logrado, a pesar de la fuerza con la que expresa la presión de su psicología obligada a cumplir cometidos impropios de su edad, deformada a martillazos por la degeneración de una ideología aberrante. Condenada.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7,5.

¿Y ahora, qué?

12 Dic

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Año: 1934.

Director: Frank Borzage.

Reparto: Douglass Montgomery, Margaret Sullavan, Alan Hale, Catherine Doucet, DeWitt Jennings, Muriel Kirkland, Christian Rub, G.P. Huntley.

Tráiler

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          Hans Fallada había publicado Pequeño hombre, ¿y ahora qué? en 1932. La novela, ambientada en la agonía de la República de Weimar, sumergida en la angustia de la crisis económica posterior a 1929, terminaría convirtiéndose en un clásico moderno de la literatura alemana, sobreviviendo incluso a la implacable tijera nazi. Prueba de que había dado en el clavo de las pulsiones sociales del momento es que, para 1934, ya contaba con dos adaptaciones al cine: una germana, de 1933, y esta ¿Y ahora, qué? hollywoodiense, que no obstante la llevará a cabo un cineasta, Frank Borzage, que comenzará aquí una trilogía en la que retratará desde un punto de vista profundamente íntimo y emocional la desolación del país europeo y el consiguiente ascenso del nazismo, completada con Tres camaradas y Tormenta mortal.

          No por nada, Borzage era un especialista en afrontar los dramas poniendo a prueba el romance de una pareja de jóvenes, como es aquí el caso del azorado Hans y la optimista y dulce Lämmchen -interpretada por Margaret Sullavan, piedra angular de la trilogía y con la que el director contará también, en ese mismo periodo, en La hora radiante-. Esta experiencia es perceptible en la delicadeza y hermosura con la que recoge el amor que entrelaza a los protagonistas, que incluso son capaces de hallar espacios bucólicos en medio de los aprietos que los asedian y que les impiden vivir sencilla y apaciblemente, con la única ambición de entregarse el uno al otro con plenitud.

          A partir de estas dificultades -el desempleo rampante, la constante amenaza de la miseria más absoluta, el polvorín social a punto de explotar en una sociedad decadente-, ¿Y ahora, qué? traza también una crítica social que se manifiesta en las diversas formas de prostitución -figuradas, indirectas o literales- que las clases privilegiadas obligan a ejercer a los desamparados, y que encuentran su reflejo enajenado en ese clima de revolución en ciernes que tienta a los desesperados.

Este discurso que llama a la paz social termina por ser un tanto ingenuo e incluso más sensiblero que conmovedor, análogo a la resolución del melodrama de los dos enamorados, con un deux ex machina al que le pesan los años. Sin embargo, queda el lirismo, el romanticismo y la ternura que se palpa en los fotogramas, en los encuadres que acarician con cariño a sus personajes.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

Martin Eden

27 Nov

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Año: 2019.

Director: Pietro Marcello.

Reparto: Luca Marinelli, Jessica Cressy, Vincenzo Nemolato, Marco Leonardi, Denise Sardisco, Carmen Pommella, Carlo Cecchi, Autilia Ranieri, Elisabetta Valgoi, Pietro Ragusa, Savino Paparella, Vincenza Modica, Giustiniano Alpi, Lana Vlady.

Tráiler

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         “Ser intelectual genera un montón de preguntas y ninguna respuesta”, reflexionaba con pesimismo Janis Joplin, a quien las tribulaciones de su mente, agitadas por el éxito y sus vacíos, conducirían a buscar refugio en unas drogas que, finalmente, acabarían por matarla con apenas 27 años. Jack London reescribiría parcialmente su vida -el acérrimo individualismo del héroe no es suyo, sino una mirada crítica hacia esta voluntad por culpa de la cual el personaje queda desligado de la realidad de su tiempo- en una novela de formación, Martin Eden, protagonizada por un rudo marinero que, alentado por su amor hacia una chica burguesa de California, se reinventa a sí mismo como escritor ilustrado y a la postre famoso, que no autorrealizado o completo.

         En su segundo largometraje de ficción, Pietro Marcello traspone el relato de London a una Italia meridional relativamente indeterminada, de tensiones políticas y sociales propias de comienzos del Novecento, pero con detalles estéticos volubles, que parecen trazar un arco secular. Ni siquiera la mención a una “guerra” podría considerarse una referencia cronológica tajante, sino más bien alegórica, dentro de esta tendencia abstracta, casi atemporal. En la misma línea, el cineasta jugará con los fotogramas y las variaciones formales para introducir insertos documentales -algunos procedentes de su propia filmografía- que expresan, envueltos en un velo poético con tibios tintes surrealistas, los procesos internos de Eden.

         Este es el principal hallazgo de un filme que explora las inquietudes existencialistas de un hombre al que esa idealizada cultura y conocimiento no le aporta consuelo, sino desasosiego, desencanto y desesperación. Un hombre, pues, que se hace y se destruye a sí mismo. El recorrido tenazmente autodidacta y convulsamente emocional que traza Marcello, a la sazón coautor del libreto, es menos hábil para dotar de consistencia narrativa al desarrollo del personaje. Por más que lo introduzca constantemente en escenas de elevada crispación, estas descargas de electricidad no siempre consiguen arrojar de forma natural a Eden matices, contradicciones y complejidad. Se aprecia ese irreparable conflicto de clase, su obsesiva lucha de superación, pero queda deslavazada -y artificial en último término- en cuanto a esa desvinculación suya hacia los movimientos colectivos a pesar de su compromiso social, así como en la definitiva explosión de su angustia y su tragedia en el tercer acto.

         Con su convencida interpretación, Luca Marinelli se alzaría con la Copa Volpi en el festival de Venecia.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5.

Parásitos

4 Nov

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Año: 2019.

Director: Bong Joon-ho.

Reparto: Choi Woo-sik, Song Kang-ho, Park So-dam, Jang Hye-jin, Cho Yeo-jeong, Lee Seon-gyun, Jung Ji-so, Jung Hyun-jun, Lee Jeoung-eun, Myeong-hoon Park.

Tráiler

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         Michael Moore comentaba acerca de Joker, vencedora del último festival de Venecia, que es una película habla sobre “el Estados Unidos que Trump nos ha dejado”, esto es, un país “donde los inmundamente ricos se vuelven más ricos e inmundos”. La lucha de clases, la revuelta de los desesperados contra el statu quo plutócrata, es uno de los elementos que avalanza el filme hacia una violenta catársis. En Parásitos, triunfadora en el  ultimo festival de Cannes, una  familia de marginales que sobrevive a duras penas en un semisótano se las apaña para engañar a una familia acaudalada para que los vaya contratando uno a uno y poder instalarse así, como quien no quiere la cosa, en su elegante mansión. Aunque la metáfora social que subyace bajo esta tragicomedia, bañada en mala baba, es todavía más complicada gracias a los giros que se reserva el guion. Y, precisamente, el olor a inmundicia desempeñará un papel fundamental para su desenlace.

         Bong Joon-ho, que sobrevivió a su periplo internacional sin renunciar a su personalidad –Rompenieves (Snowpiercer) y Okja, precisamente dos fábulas que arremeten contra el clasismo y el ultraliberalismo-, es un autor que emplea este corrosivo sentido farsesco como una lupa con la que desvelar la injusticia, la mezquindad y el absurdo que domina la Corea contemporánea, extensible luego al resto de países de la OCDE -e incluso, poniéndola al sol, con la que achicharrar a los pobres individuos que retrata en ellas-. También es un experto en crear historias insólitas que, a la par que sorprendentes y salvajes, poseen por debajo múltiples capas críticas, sembradas de explosivas cargas de profundidad.

         En Parásitos, el cineasta coreano planta a dos familias en confrontación, conviviendo en un espacio cuya estrechez no hace más que evidenciar la honda brecha que los separa. Es difícil saber a cuál de ellas se refiere el título, si a aquellos que tratan de invadir y robar las migajas a los poderosos o a aquellos que explotan sin miramientos a quienes, por culpa de la inequidad del sistema, se ven en la obligación de subastarse hasta las últimas consecuencias por dos monedas. La miseria financiera, la miseria moral.

Bong no toma partido; los golpes se van repartiendo por igual entre unos pudientes aislados de la cruda realidad que los rodea y unos parias a quienes las circunstancias empujan a las malas artes pero que, al mismo tiempo, son gente carente de toda conciencia de clase y de solidaridad. Una dualidad que se complicará todavía más al incidir un tercer elemento en liza, el cual redobla la apuesta por las alegorías subterráneas, las lecturas socioeconómicas y el humor despiadado.

         Bong consigue llevar a buen puerto el complejo equilibrio en el que se mueve la cinta. La precisión formal con la que se filma el escenario confluye con un ajustado ritmo narrativo; el hiperbólicamente sarcástico juego con el cine de género -una intriga de surrealismo e incluso terror de interiores que firmaría Roman Polanski– engrasa la agresiva denuncia a la que va dando cuerpo -con imágenes simbólicas que despertarían la sonrisa de Luis Buñuel-. Lo indignante, lo sublime y lo grotesco del relato. El divertimento lúdico y la riqueza del fondo para debatir. La comprensión y el maltrato hacia sus personajes; la ternura y la ruindad que desprenden. Creatividad, entretenimiento, rotundidad.

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Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 8.

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