Tag Archives: Pobreza

El Havre

27 Abr

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Año: 2011.

Director: Aki Kaurismäki.

Reparto: André Wilms, Blondin Miguel, Kati Outinen, Jean-Pierre Darroussin, Elina Salo, Evelyne Didi, Quoc Dung Nguyen.

Tráiler

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          Aki Kaurismäki mira a Europa y la ve enferma. Enferma de insolidaridad, de represión, de racismo. Todos síntomas de un clasismo en el que una autoridad sin rostro -o con el rostro de sicarios estúpidos y brutales- vigila por los privilegios de unos pocos en detrimento de los muchos. No obstante, aunque con una extraña pátina de melancolía patética y vitriólica que podría atribuirsele a su origen finlandés, Kaurismäki parece invocar el espíritu de artistas del claroscuro humano, de la tragicomedia expresada a través de la pantomima absurda, como son Buster Keaton y Charles Chaplin, maestros de la sonrisa y la lágrima entendidas como partes indisociables e inseparables de la existencia del hombre.

          En El Havre, el cineasta reencuentra al Marcel Marx de La vida de bohemia residiendo junto a su esposa en la ciudad portuaria normanda, cuyas calles y casas parecen sacadas de un cuadro de Edward Hopper -influencia estética manifiesta igualmente en buena parte de la filmografía del autor-. A partir de ese decorado de aparente soledad, Kaurismäki agrega pinceladas de joie de vivre, de ternura, de sarcasmo paródico, satírico y entrañable, y de ilusiones reconfortantes, que, amalgamadas, componen la atmósfera agridulce, naif y lánguida que define el filme.

          Filántropo desconfiado del género humano, antisistema que gusta de refugiarse en pequeñas comunidades idealizadas, director que rueda un presente rabioso y doliente con aspecto de pasado candoroso e inocente, Kaurismäki maneja con excelso talento el tono de este relato que gravita en torno a una tragedia terrible, la inmigración ilegal, que se ha transformado en una de las mayores vergüenzas de la historia contemporánea europea. Y habla de ella con una calidez sentimental que no renuncia a la reflexión crítica, con una huella de desilusión en la que, con todo, florecen detalles de asombrosa humanidad, inmunes a clases, fronteras y hastíos. En El Havre, el drama se entrevera con el humor, el desencanto con la esperanza.

Kaurismäki es un escéptico que todavía cree en milagros.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8.

El circo

29 Mar

Maestro de maestros, Charles Chaplin concita bajo la carpa de El circo lo trágico y lo cómico, lo bello y lo terrible, lo trascendente y lo humano. De la miseria puede brotar una obra luminosa. La película que Ingmar Bergman veía invariablemente cada cumpleaños, la película que elevaba al éxtasis a Pier Paolo Pasolini, para la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

 

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Cartas a Iris

20 Feb

Después de abordar la ópera prima de Martin Ritt, Donde la ciudad termina, en la primera parte del especial de Cine Archivo dedicado a su figura, en esta ocasión corresponde acometer el cierre de una filmografía que jamás perdió de vista su compromiso con la sociedad de su tiempo. Cartas a Iris, la despedida de un cineasta concienciado para Cine Archivo.

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El amargo deseo de la propiedad

15 Feb

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Año: 1973.

Director: Elio Petri.

Reparto: Flavio Bucci, Ugo Tognazzi, Daria Nicolodi, Mario Scaccia, Orazio Orlando, Salvo Randone.

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           El amargo deseo de la propiedad comienza conjugando el verbo haber entre susurros que no se sabe si son de éxtasis, de súplica o de oración. Forma el decorado una serie de máscaras teatrales que desde esta primera andanada, y con evidente sarcasmo, arraigan la obra en un escenario de tragedia griega que continúa luego con los soliloquios que rompen con la narración; aunque traza asimismo su parentesco con el distanciamiento dramático -siempre discutible- propugnado por Bertolt Brecht. El tono, en cambio, prolonga y complementa el de las furibundas obras de Elio Petri acerca de la impunidad de los poderes coercitivos del Estado (Investigación de un ciudadano libre de toda sospecha) y la alienación del proletariado explotado (La clase obrera va al paraíso). Es decir, que el filme desarrolla una farsa incontrolada que en este caso apunta su cañón hacia el capitalismo materialista.

Digo cañón porque Petri no dispara con bala y tiros de precisión; lo hace con obuses y a bocajarro. De hecho, en apenas 20 minutos el filme ya ha acumulado sin freno una auténtica antología de ideas subversivas a propósito del tema, protagonizado por un monaguillo que pertenece al templo moderno de la moneda y que sufre una reacción alérgica al dinero sucio, lo que le empuja a cometer el sacrilegio de rebelarse contra el capital y sus símbolos litúrgicos -el billete- y lanzarse al terrorismo marxistamandrakista, focalizando su objetivo en un carnicero enriquecido sin escrúpulos, tan miserable que solo tiene dinero, y contra el que emprende una campaña de desplume no por acumular estos bienes ajenos, sino por despojarle de ellos a la víctima ejemplarizante.

           Petri despliega así una caricatura de Italia -una de las cunas de la cultura occidental contemporánea- sometida bajo un sistema que se funda a partir del latrocinio, piedra angular del orden social, de los mecanismos de poder y del funcionamiento de la maquinaria del país -incluso es fuente de trabajo, razón que en el presente sirve de argumento inexpugnable y que también anticipará la maliciosa Robocop 2 esta vez respecto del narcotráfico-. Una comunidad, en definitiva, donde se ha materializado la sustitución semántica y filosófica del verbo ser por el verbo tener; donde la posesión material se extiende a la posesión corpórea y hasta espiritual del prójimo.

           La denuncia -que en su título original contradice irónicamente la sentencia del pionero anarquista Pierre-Joseph Proudhon “la propiedad es un robo”- surge tan vigente entonces como ahora -se la podría comparar, por el uso de la sátira de armamento pesado, con la reciente El capital, firmada por otro de los paladines del cine de compromiso del Viejo Continente, el grecofrancés Costa-Gavras-. En este sentido, resulta desalentador comprobar la actualidad de un buen puñado películas del cine italiano de protesta de los años sesenta y setenta, como el citado retrato sociolaboral de La clase obrera va al paraíso, las corruptelas urbanísticas de Las manos sobre la ciudad o los tejemanejes del cuarto poder al amarillista servicio del status quo de Noticias de una violación en primera página.

Por desgracia, al igual que le ocurre a esta última, El amargo deseo de la propiedad renuncia a cualquier tipo de sutileza en su ataque frontal y, si bien prolija en contenido crítico, es tan tremenda en su exposición que se despeña por el precipicio del simplismo y la deformación radical. Termina por fatigar su feísmo estético, impronta -puede que involuntaria- del feísmo moral que recopila, ahogando con ello el impacto de sus embestidas.

           Tardaría ocho años en estrenarse en España.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 5.

Galatasaray-Dépor (One Day in Europe)

10 Nov

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Año: 2005.

Director: Hannes Stöhr.

Reparto: Megan Gray, Lyudmila Tsevtkova, Andrey Sokolov, Luis Tosar, Florian Lukas, Erdan Yildiz, Péter Scherer, Miguel de Lira, Boris Arquier, Rachida Brakni.

Tráiler

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           No sé hasta qué punto es futbolero el alemán Hannes Stöhr, pero escoger al Galatasaray y al Deportivo de La Coruña para protagonizar una hipotética final de Champions League destinada a cristalizar en sí el sentimiento de unidad europeo, trasciende la alegoría geográfica –el extremo oriental del continente frente al confín occidental- para imbricarse en la estrictamente pasional. Aquella que, en concreto, surge de que el apodo que reciba familiarmente el equipo gallego sea el de ‘turcos’.

           Quizás la fortuna se alía de mejor manera que los cálculos intencionados para simbolizar un mensaje de pertenencia, solidaridad e identidad que, más de una década después del estreno, no cabe mirar sino con ternura, dada la deriva que ha tomado el proyecto común de Europa, reducido al cálculo contable como medida de funcionamiento, el resurgir nacionalista como reacción a la heterofobia renaciente entre vecinos y allegados, y la instrumentalización de un discurso político e ideológico en clave estrictamente economicista y de corte neoliberal.

           La misma blancura emocional –y por extensión política- se percibe en la serie de relatos que, a través de un esquema común –un robo, una investigación, una denuncia al seguro, la perturbación ensordecedora del fútbol-, recorren el Viejo Continente desde el estrecho del Bósforo hasta Finisterre, pasando por Moscú y Berlín. Desde el gol de Valerón hasta el de Hakan Şükür, perdiéndose en el horizonte por el camino de una eterna tanda de penaltis.

Son cuatro pequeñas historias que, con sus metáforas de fondo, cabalgan sobre los tópicos regionales, los prejuicios del desconocimiento, el leve y pintoresco costumbrismo, y una especie de celebración del encuentro desde las diferencias y las dificultades.

           Filmadas con academicismo –el estilo animado de la transición entre capítulos se aprecia además bastante envejecida-, ninguna de ellas posee gran recorrido argumental ni especial trascendencia analítica, más allá del objetivo global de recomponer con dulzura y amabilidad el puzle paneuropeo –hasta extremos improbables, como que un muchacho con la camiseta del Fenerbahçe cante los tantos del Cimbom-.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 5,5.

Yo, Daniel Blake

9 Nov

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Año: 2016.

Director: Ken Loach.

Reparto: Dave Johns, Hayley Squires, Brianna Shan, Dylan McKiernan, Kate Rutter, Sharon Percy.

Tráiler

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           ¿Para qué variar el discurso cinematográfico y el estilo a él asociado -pensará Ken Loach- si la deriva sociopolítica de Occidente, Europa y Reino Unido se empeña no solo en dar la razón a mis películas, sino en revalorizar la vigencia de su mensaje comprometido?

A quienes afearon la Palma de oro concedida en el festival de Cannes a Yo, Daniel Blake -a la que acusaron de no aportar absolutamente nada a la debida exploración artística del cine y de basarse en modelos ya ampliamente superados-, Loach podría responderles mediante un paseo por las aceras depauperadas del país británico, que son análogas -e incluso arrojan una visión de futuro por los avances liberalizadores emprendidos- a las de cualquier otro del continente en su desprotección del individuo común, su sometimiento de los valores del Estado del bienestar a conceptos puramente estadísticos o su fomento de la fractura de derechos, libertades y oportunidades en base a principios materiales y clasistas. La “necesidad” de una película, en definitiva, entendida de formas totalmente dispares.

           El cine de Loach permanece inamovible porque los problemas que lleva cuatro décadas denunciando permanecen inamovibles. O, si acaso, se agravan ante la apisonadora privatizadora movilizada a escala global a consecuencia de la crisis financiera de 2008. Los hijos de Margaret Thatcher, que se cobran su herencia a manos llenas. Ante el atropello, el director inglés incide -una vez más- en su herencia neorrealista de reivindicar la regeneración moral de la sociedad a partir de la valoración de la dignidad de la persona, preservada a partir de autodefensas ciudadanas basadas en la más elemental solidaridad proletaria.

En esta ocasión, el protagonismo le corresponde a uno de esos individuos catalogados como en riesgo de exclusión: un trabajador veterano, incapacitado por cuestiones físicas -una insuficiencia cardíaca- y desamparado debido a la subasta, privatización y precarización de los mecanismos de redistribución y justicia social que, a priori, deberían ser patrimonio del Estado.

           En su indignación, Loach, de nuevo en estrecha colaboración con el guionista Paul Laverty, se deja llevar por trucos tradicionales, como las concesiones al tremendismo y al maniqueísmo, a fin de potenciar la empatía de su manifiesto político-emocional. Hay tópicos y simplismo en su relato pero, con todo y ello, también hay investigación de campo, capacidad de observación y verdad. Porque, por desgracia, uno no está muy seguro de que las políticas austericidas y la ideología neoconservadora -la del balance de resultados erigido en oráculo incontestable en detrimento de valores inmateriales o morales no cuantificables- no aplique en sus presupuestos prácticos una semejante retahíla de tópicos y simplezas, transmitida además por su maquinaria mediática controlada. Esos clichés, precisamente, contra los que se rebela Blake en su alegato final, en el que rechaza ser un consumidor obediente o un vago subversivo.

           Y en Yo, Daniel Blake, el cineasta exhibe asimismo su característica habilidad para dotar de enorme entidad humana a su personaje principal, redondeada por la naturalidad que le confiere el excelente trabajo de Dave Johns. Aun con la incómoda evidencia de los esfuerzos del realizador para que uno tome consciencia de la situación y secunde los actos del protagonista, es difícil no sentir simpatía por Blake y sus compañeros de desventuras. Es difícil no apreciar en su historia unos problemas capturados a pie de calle, palpables en la cotidianeidad de cualquiera, y ante los que es imposible no sentir vergüenza y rabia.

           ¿Es este suficiente valor para acreditar una Palma de oro? ¿Cambia la perspectiva la inquietante victoria del ultraliberal Donald Trump en Estados Unidos?

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6,5.

Arroz amargo

22 Oct

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Año: 1949.

Director: Giuseppe de Santis.

Reparto: Doris Dowling, Silvana Mangano, Vittorio Gassman, Raf Vallone, Checco Rissone, Nico Pepe, Adriana Sivieri, Lia Corelli, Maria Grazia Francia, Dedi Ristori, Anna Maestri, Mariemma Bardi, Maria Capuzzo.

Tráiler

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           El Neorrealismo italiano -una corriente de firmes convicciones morales y artísticas afincada en la búsqueda del realismo para sembrar en la realidad exterior un mensaje de regeneración económica y social- comenzaría su decadencia a partir de producciones que introducían en sus fotogramas historias de corte más escapista y comercial, en las que el drama comprometido se veía hibridado por otros géneros populares, principalmente la comedia –el Neorrealismo rosa- o, en este caso, la intriga criminal, paradójicamente al estilo de una de las obras consideradas como fundacionales del movimiento: Obsesión (Ossessione).

           Al igual que en el hito de Luchino Visconti, que era una apropiación italianizante de El cartero siempre llama dos veces, en Arroz amargo confluyen una estética verista con influencias del documental –el retrato fidedigno de la cosecha en los arrozales del valle del Po, la selección de tipos humanos para los personajes secundarios-, con un decidido mensaje sociopolítico –la unión y la solidaridad como baluartes de la depauperada clase proletaria- y, como punto de inflexión, una trama delictiva, aunque sobre todo moral, que es la que enhebra el argumento de la película, imbuyéndola además de una sudorosa atmósfera de dilemas psicológicos y erotismo palpitante. No en vano, el director Giuseppe de Santis había participado como guionista y ayudante de realización en aquella.

En consecuencia, las trabajadas coreografías de las recolectoras -que convierten la emigración a los campos y la recogida del grano en un auténtico espectáculo visual-, conviven en el filme con detalles cinematográficamente más convencionales –el estilo de actuación de los protagonistas, sus rasgos físicos y su maquillaje permanente en comparación con la autenticidad inmediata de los extras-.

           En este contexto surge la encrucijada existencial a la que se enfrentan Francesca (Doris Dowling, estrella invitada) y Silvana (Silvana Mangano), dos mujeres antagónicas cuyos caminos de futuro quedan personalizados por dos hombres también antitéticos: el seductor ladrón Walter (Vittorio Gassman) y el desengañado sargento Marco (Raf Vallone). La perdición y la redención, condicionadas no obstante por las circunstancias que marcan la vida de cada una de ellas, determinadas en ambos casos por el hambre de la pobreza de posguerra y la carencia de oportunidades para conquistar sus anhelos profundos –la riqueza, la aventura-.

           No es éste un planteamiento sutil –con todo es menos obvio que el mensaje político que el libreto articula en segundo plano de forma discursiva-, pero sí resulta tremendamente poderoso en su expresión, conducido con firmeza mediante un destacable empleo del montaje y ensamblado con rotundidad en esta ambientación tórrida y tormentosa en la que bullen deseos y peligros, tanto de orden material como sexual. La electricidad que mana de los fotogramas es prodigiosa, intensísima por momentos. Mangano exhibe una desaforada carnalidad a través de la cual se exudan también las desatadas ambiciones de su personaje, que no obstante acierta todavía a filtrar un matiz de candor bastante conseguido.

A medida que avanza el metraje, el aliento religioso que anunciaba la apertura radiada y didáctica del filme –cuarenta días y cuarenta noches de sacrificio- se exacerba hasta alcanzar un clímax violento y desesperado que encuentra en su camino escenas de alto voltaje, como la atronadora y enloquecedora recolecta bajo la lluvia, inundada de chaparrones bíblicos, vírgenes extáticas, cantos en trance y registros sonoros ensordecedores.

           Auspiciado por el emergente productor Dino de Laurentiis, que comenzaba entonces a dar los primeros pasos en la construcción de su ambicioso imperio cinematográfico –de la misma manera que Mangano, Gassman y Vallone fundarán a partir de aquí una exitosa carrera-, De Santis continuaría profundizado en los dramas rurales de posguerra, traumáticos y de color noir, con No hay paz bajo los olivos.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8.

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