Archivo | diciembre, 2012

Carrera con el diablo

31 Dic

“—Yo no creo en el diablo.

—Pues deberías, porque él cree en ti.”

Angela Dodson y John Constantine (Constantine)

 

 

Carrera con el diablo

 

Carrera con el diablo

Año: 1975.

Director: Jack Starrett.

Reparto: Peter Fonda, Warren Oates, Loretta Swift, Lara Parker.

Tráiler

 

 

            Satán siempre había estado ahí (La noche del demonio, de Jacques Tourneur), pero no es hasta La semilla del diablo cuando el señor de las tinieblas explotará de una vez por todas, con ayuda de sus acólitos, su arrebatador carisma para el cine de terror.

            Hija directa de esta moda hollywoodiense -exacerbada lamentablemente por los asesinatos cometidos por Charles Manson y la Familia, directamente relacionados con La semilla del diablo-, cumplida por producciones de presupuesto saneado como La profecía y, en el caso que nos ocupa, por producciones pírricas y rentables favorecidas por las políticas del Nuevo Hollywood, como El diablo sobre ruedas, debut de Steven Spielberg en la dirección –sí, el villano era un camionero anónimo, pero hay quien quiso ver en él, como refleja el título español, la encarnación de un mal más poderoso-, Carrera con el diablo aprovechaba el tirón de tan macabra temática para levantar una modesta y fluida serie B en la que dos matrimonios, de vacaciones con la autocaravana en la Texas profunda y poshippie, se verán obligados a huir del acoso de un grupo de adoradores del demonio.

            La influencia de las cintas de Polanski y Spielberg es manifiesta, pero Jack Starrett, actor de tercera fila y realizador de unas cuantas exploitation, entre ellas la icónica Cleopatra Jones, y muchas otras acostumbradas a los rigores de las competiciones y persecuciones de carretera, consigue sacar a flote una cinta fresca, que conoce sus limitaciones, sabe adaptarse a ellas y aprovecha bien los códigos del género, desarrollando unas atractivas secuencias de caza automovilística y contrastando de manera inquietante la ausencia de rostro identificable del enemigo con la extensión de la paranoia hacia lo común y cotidiano: la comunidad de vecinos o un obsesivo conductor en las anteriormente citadas, aquí unos apacibles pueblerinos tejanos.

            Y es que detrás de la amenaza del maligno subyace el conflicto sempiterno entre el campo y la ciudad a través de unos orgullosos urbanitas sometidos a una situación de vulnerabilidad total, comparable con la que planteaba la entonces reciente Deliverance.

Curiosamente, el protagonismo recae en Peter Fonda estrella decadente de las road movies de tiempos de las drogas y el amor libre (The Trip, Easy Rider) y Warren Oates, fiable secundario con otro par aventuras de carretera en su haber (Carretera asfaltada en dos direcciones, Quiero la cabeza de Alfredo García) y que no firma uno de sus papeles más lucidos.

            Aunque muchos recursos y soluciones suenan a ya vistos, Carrera con el diablo se mantiene aún entretenida de sobra.

 

Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 6.

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Los mercenarios 2

30 Dic

“Soy una persona muy física. La gente no cree que tenga mucho cerebro, así que ¿por qué desilusionarlos?”

Sylvester Stallone

 

 

Los mercenarios 2

 

Los mercenarios 2

Año: 2012.

Director: Simon West.

Reparto: Sylvester Stallone, Jason Statham, Nan Yu, Jean-Claude Van Damme, Dolph Lundgren, Terry Crews, Randy Couture, Liam Hemsworth, Jet Li, Arnold Schwarzenegger, Bruce Willis, Chuck Norris.

Tráiler

 

 

            Hay que reconocer que el bueno de Stallone anduvo avispado. Después del cataclismo que borró de la faz de la Tierra a los viejos dinosaurios del cine de acción de los ochenta y noventa, Sly supo otear el horizonte en ruinas y descubrir una nueva y próspera fuente de subsistencia: la nostalgia por la leyenda, el retorno express a la infancia para los niños criados décadas atrás en sus amorosos e hipertrofiados pechos a través de una simple entrada de cine.

Primero fue devolver a la vida al viejo púgil Rocky Balboa reivindicando el despreciado valor de la experiencia tras una vida hostil y malagradecida; más tarde, convocar al veterano del Vietnam John Rambo para, más grande y más fuerte, reventar las existencias de plasma falso de los estantes de Hollywood por medio de un sacrificio cruento en honor de su propio mito.

            Al ver que era bueno –jugosos dividendos en taquilla, condescendencia de la crítica ante dos revivals al menos decentes y entrañables-, Stallone decidió perpetrar un nuevo holocausto con vocación de orgía preapocalíptica, Los mercenarios, la oda definitiva a los dioses de la testosterona, los esteroides y el plomo; una cinta que recuperaba la acción más artesanal y contundente de los ochenta: más explosiones, menos estilización coreográfica, más brutalidad, menos CGI.

Sin embargo, la alegre ceremonia daba lugar finalmente a un espectáculo esclerótico, un Leviatán de movimientos tan pesados como los de los viejos héroes que desfilaban con honores entre sus fotogramas. Una obra solo apta para los más recalcitrantes talibanes del género.

No obstante, las cifras invitaban a erigir una nueva catedral del músculo. Sea.

           En Los mercenarios 2, Stallone cede sabiamente las funciones de aparejador a Simon West, director curtido en el terreno con alguna que otra película con viejos adeptos como Con Air. Amplio presupuesto para reunir a los señores del mamporro en la batalla definitiva, un auténtico Ragnarok emplazado en siniestros territorios exsoviéticos -como Dios manda- y en el que Jean-Claude Van Damme oficia de renegado de turno a través del cual servir en caliente una generosa ración de tiros con armas a cada cual más devastadora, bofetones a cascoporro entregados sin florituras que se salgan de la ortodoxia y un torrente de irónica autorreferencialidad –incluso el chascarrillo con los estudios de ingeniería química del marmóreo Dolph Lundgren, reales por extraño que parezca-.

Un total regocijo en la mirada burlona/orgullosa al ombligo que casi estropea un disfrutable ejercicio (esta vez sí) de acción como en los viejos tiempos, porque hacer descender de los cielos por sorpresa a tipos como Arnold Schwarzenegger o Chuck Norris es llevar el concepto de deus ex machina a un plano muy literal.

            Así pues, el vértigo intrascendente sostiene el filme, invita a dejar la mente en blanco y a jalear los estropicios del grupo salvaje de Stallone, que goza de la mayor partida presupuestaria de efectos especiales concentrada en su juvenil rostro –tan solo al alcance de elegidos como Berlusconi o Ramoncín-.

Los mercenarios 2 es, en definitiva, una llamada primitiva de la manada al macho que uno lleva dentro, un simple divertimento de trazo grueso que resulta por fin efectivo, sin que sirva de precedente ni de ejemplo.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 5.

Cielo amarillo

29 Dic

“Aparte del western, el jazz y el blues, no hay demasiadas expresiones artísticas que sean originalmente americanas.”

Sam Peckinpah

 

 

Cielo amarillo

 

Cielo amarillo

Año: 1948.

Director: William A. Wellman.

Reparto: Gregory Peck, Anne Baxter, Richard Widmark, James Barton, John Russell, Robert Arthur, Charles Kemper, Harry Morgan.

Tráiler

 

 

            Es bien conocida la afortunada comparación entre el western y la tragedia griega: los grandes y angustiosos conflictos del hombre dirimidos ora con quitón y máscara, ora con sombrero de ala ancha y cartucheras. No menos acertado sería extender este paralelismo hasta la obra de William Shakespeare, sobre todo dados casos como Cielo amarillo, que no en vano adapta -con bastante libertad, todo sea dicho, a partir de la reinterpretación del siempre interesante W.R. Burnett-, La tempestad, el considerado drama testamentario del escritor inglés, según los expertos.

            Producto de una renovada colaboración entre el guionista y productor Lamar Trotti y el director William A. Wellman –que tan buenos frutos había dado antaño con Incidente en Ox-Bow-, Cielo amarillo plantea de nuevo un western que se aleja de los grandes paisajes abiertos característicos del género.

Encajonado entre unas montañas inexpugnables, vastos y estériles desiertos de sal, la amenaza de los sanguinarios apaches y las heridas aún latentes de la derrota confederada en la Guerra de Secesión, un pueblo fantasma recibe a una no menos espectral horda de desertores del ejército de la Unión, un grupo de forajidos que huyen del robo de un banco y que hacen acto de aparición en pantalla anunciados por el restallido de los truenos en el cielo.

             Wellman compone un western que habla de la maldad del hombre enfrentada a la humanidad de su redención, rasgos intrínsecos del ser humano, concitados en la heterogeneidad de esos cuatreros que acechan como coyotes la mina de oro escondida y guardada por un anciano y su nieta (Anne Baxter), mujer de armas tomar.

Desapasionados atracadores de bancos que han hecho del pecado costumbre, una rutina desprovista de trascendencia alguna, pero que poco a poco desvelan su naturaleza diversa; desde el pistolero encarnado por Gregory Peck, bandido de estricto código personal, hijo del desgarrado contexto de violencia del país, hasta el villano que interpreta Richard Widmark, cuya gelidez metálica se diría emanación directa tanto de la bala que se aloja incrustada en su pecho vacío, como de su sed de oro –hecho que quedaría simbolizado en un desenlace extraordinario, innovadoramente resuelto fuera de campo-.

             Un escenario que se erige como antesala al infierno (o al cielo), recubierta de sal, polvo y oro, retratado en un precioso blanco y negro -que, como la trama, parece más propio de una película de turbio cine negro-, y en el que Wellman hace una demostración de pericia técnica y narrativa a la hora de plasmar el encomiable guión de Trotti, dominando a su antojo, con grandes resultados expresivos, la composición de la escena y su simbolismo, el uso de la profundidad de campo, la mencionada fotografía o la desnudez de la práctica ausencia de banda sonora; ayudado también por el encomiable trabajo de un elenco en el que hasta Peck se muestra más que convincente en la defensa de su ambiguo papel.

             Un western seco pero intenso en la confrontación de tipos y emociones humanas, de ambiciones desmedidas, lujuria, misericordia. De amor incluso.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

No habrá paz para los malvados

28 Dic

“Es un hermoso misterio por qué nos cae bien un perfecto hijo de puta como Santos Trinidad.”

Enrique Urbizu

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No habrá paz para los malvados

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No habrápaz para los malvados

Año: 2011.

Director: Enrique Urbizu.

Reparto: José Coronado, Helena Miquel, Juanjo Artero, Rodolfo Sancho, Pedro Mari Sánchez, Juan Pablo Shuck, Younes Bachir, Karim El-Kerem, Abdel Alí El Aziz.

Tráiler

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          Al margen de la sempiterna crisis de la industria, parece que algo se está haciendo bien en el cine español. El cine de género de la última década goza de una salud robusta y de una calidad más que notable. Primero fue el relanzamiento del terror hispánico con figuras como Jaume Balagueró, Paco Plaza y tantos otros, muchos de ellos criados a los pechos de la Filmax y su división Fantasy Films, mientras que en los últimos años, destacan propuestas de éxito tan diversas como el cine carcelario –Celda 211-, el western crepuscular –la infravalorada Blackthorn-, la inmersión en el thriller político –la reciente Invasor, recibida con opiniones dispares-, el cine catastrófico –Lo imposible, Fin– o la renovación del cine policíaco y criminal, que nunca parecía salir de su estado embrionario, con cintas como No habrá paz para los malvados o Grupo 7.

            Enrique Urbizu, cineasta sin reparos para adentrarse en el cine criminal (Todo por la pasta, La caja 507) o impregnar con su malsano ambiente otros géneros (el reseñable western urbano La vida mancha), emplea como sustrato el estereotipo del policía de férrea vocación y determinación, pero marginal y heterodoxo, entregado a una obsesiva y violenta autodestrucción entre enviciada y épica y redentora, para componer una revisitación del noir desde la óptica de la España de identidad desconcertada por la afluencia de inmigrantes en su condición de país nuevo rico y el choque entre la globalización contra su tradicional esencia castiza, con las secuelas del terrible 11M aún lacerantes.

             Una atmósfera turbia e insalubre, parida por unas callejuelas madrileñas sucias y reconocibles, en las que opera como ente autónomo un policía de ambigua hoja de servicios e imagen patibularia, en el que su expeditiva acción justiciera se entiende como prolongación -o emanación incluso, vista la manera casi aleatoria en la que se dispara el caso- de su vida corrompida, y viceversa. Es Santos Trinidad, inspector de Desapariciones metido en asuntos de calado internacional.

Un personaje arrollador, un paso más allá en su deformidad del modelo de policía-vigilante que proponía Harry el sucio y que Urbizu confía a su actor fetiche, José Coronado, todo fuerza interpretativa, el cual, en su camaleónica caracterización, logra adueñarse del personaje despreciable pero magnético y otorgarlo aliento propio, claroscuros y veracidad, superando su feroz máscara.

             Urbizu, que es un realizador hábil, dibuja con estilo seco -dividido en base a la doble investigación de la trama entre la mirada pulcra y fría de una metódica jueza (Helena Miquel) y la febril y oscura del agente de policía- un marco más que adecuado para desarrollar una trama sólida, contundente, muy entretenida, con los tiempos de la acción medidos con suma precisión y que, si acaso, tiende a convencer más, por fuerza de su realismo, cuando mantiene un perfil bajo, acorde con el cutrerío general que habitualmente desprenden las instituciones y las mafias radicadas en la piel de toro.

 

Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 7,5.

The Tune

27 Dic

“Algunas de mis ideas son demasiado extrañas para que el público las acepte.”

Bill Plympton

 

 

The Tune

 

The Tune

Año: 1992.

Director: Bill Plympton.

Reparto (V.O.): Daniel Neiden, Maureen McElheron, Marty Nelson, Chris Hoffman.

Tráiler

 

 

             Por fin, Bill Plympton se atrevía a realizar un largometraje.

            Conocido como caricaturista político y cortometrajista de animación, campo en el que consigue incluso la nominación a la Palma de Oro y al Oscar en su categoría por Your Face, el heterodoxo dibujante, experto en retratar desde la sencillez de los lápices de colores el grotesco absurdo de lo cotidiano y el aterrador ridículo de la vida humana, escogía el tema de la esclavitud del proceso creativo mercantilizado y el pánico a la página en blanco del artista para su puesta de largo en un filme de apenas 70 minutos, The Tune (‘la canción’) que sería financiado íntegramente por él mismo, norma inquebrantable para garantizar su total independencia, marca de distinción a lo largo de su particular trayectoria.

             Así pues, Plympton exorciza sus inquietudes volcando sobre la pantalla su desbocada imaginación como respuesta a la epopeya cotidiana del autor, enfrentado en singular combate contra la tiranía de los mandamases de la industria –musical en este caso, del arte por extensión- y el periodo de esterilidad de ideas que todo creador sufre en algún momento de su trabajo.

Una explosión de canciones y ocurrencias en los que el trazo sencillo e inquieto de las figuras y los escenarios y su difuso coloreado pastel, elemento diferencial de Plympton, contrasta con un humor negro de raíz lisérgica, surrealista, rotundo y altamente corrosivo.

             Empero, The Tune sufre todavía la irregularidad de un animador que se siente cómodo en el cortometraje y es inexperto en el largo: el ritmo fluctúa entre la desternillante torrencialidad del Plympton más salvaje y descontrolado y otras escenas que se alargan más de lo debido, sobre todo las de contenido puramente musical, lo que lastra en parte un conjunto que aún así resulta bastante divertido.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6.

Asuntos pendientes

26 Dic

“¡Me he substituído a la Providencia para recompensar a los buenos … Que el Dios vengador me ceda ahora su puesto para castigar a los malvados!”

Edmond Dantès (El conde de Montecristo)

Asuntos pendientes

Asuntos pendientes

Año: 2002.

Director: Olivier Marchal.

Reparto: Daniel Auetil, Gérard Depardieu, Valeria Golino, André Dussolier, Francis Renaud, Catherine Marchal, Mylène Demongeot, Roschdy Zem, Anne Consigny.

Tráiler

            En la década de los sesenta y setenta, las sórdidas y desoladas calles de San Francisco, Chicago o Nueva York encontraron su respuesta europea, francesa más concretamente, en París, Marsella o Lyon. El polar, el cine policiaco galo, trasladaba arquetipos y situaciones a una nueva geografía, refinándolos a su manera, extrayéndolos su esencia para otorgarlos una nueva mirada, reverente y renovadora a partes iguales.

            A pesar de permanecer en la retina de los aficionados gracias a joyas como El silencio de un hombre, El círculo rojo, Alias el gitano, Policía Python 357 y tantos otros, este subgénero acabaría, en un proceso siempre inexorable, mutando y diluyéndose en nuevas formas. Excepto para los nostálgicos como Olivier Marchal -oficial de policía y posterior actor, guionista y director de cine y televisión- que, durante la última década, ha conmemorado su carrera a recuperar esos sabores perdidos.

            Después de Gangsters, Asuntos pendientes sería su segundo paso, el primero en estrenarse en España. Aunque el áspero realismo del polar de Melville o Giovanni se ha depurado en una mayor estilización estética, el estoico fatalismo y el aire gélido, crepuscular y pesimista permanece inalterable, concatenados, en el caso de Asuntos pendientes, en la figura del inspector Vrincks (Daniel Auetil), superviviente de los viejos y salvajes tiempos, hombre de deontología profesional porosa pero código personal infranqueable.

Como ente dual en un mundo con dos caras, en el que todos los criminales son soplones y todos los agentes de la ley actúan integrados en la mugre y cargan con un procedimiento que rebasa el marco de lo legal y lo moral, Vrinks es respondido al otro lado del espejo por el reflejo de su antiguo amigo, el inspector Klein (Gérard Depardieu), ahora rival en el escalafón del cuerpo de policía.

De la misma manera que sucede con el espejo, esa imagen de apariencia idéntica, no es sino la inversión del original. Igual de ambiguo y expeditivo que Vrincks,  Klein, en cambio, ha convertido su trasgresión de la ética policial en una trasgresión de cualquier tipo de ética; sus motivos, métodos y objetivos se encuentran del todo contaminados por su corrupción personal.

Es, por tanto, un enfrentamiento entre hermanos que han tomado caminos distintos, un atractivo punto de partida, con reminiscencias de la americana Heat, que se confirma posteriormente por medio de un ritmo tenso, sin concesiones, con un buen sentido de la acción y sostenido también por el arrollador carisma de Auetil y su duelo cinematográfico y actoral con Depardieu, obligado a defender un personaje que, a medida que avanza el metraje, se revela un tanto más lineal.

             Sin embargo, el progreso del filme va estropeándose a partir de la aparición de puntos flacos en la trama o tópicos melodramáticos pobremente introducidos: nudos argumentales como la improbable identificación de Vrinks, la muerte del compañero y la risible reacción del policía con un horrible grito ralentizado, las relaciones familiares de ambos contendientes, un desenlace cuestionable… o simplemente recursos sin excesiva relevancia pero que contravienen el crudo realismo impuesto en la línea general, en demasiados casos subrayados por Marchal y, además, por una machacona banda sonora empleada a modo de omnipresente hilo musical.

Lamentablemente, su efecto consigue provocar irritación al confrontarlas con las esperanzas y el interés que el realizador había logrado, con toda justicia, despertar.

            En definitiva, Asuntos pendientes resulta una actualización nostálgica tan meritoria como imperfecta.

Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6,5.

El hobbit: Un viaje inesperado

24 Dic

“Ahora vamos con El señor de los anillos, película basada en un famosísimo libro… que yo no me he leído. Sin embargo, les diré como anécdota, que algunos de mis amigos tienen, en una estantería totalmente vacía, junto con su foto de sus vacaciones en Calasparra, un ejemplar de El señor de los anillos.”

Antonio Gasset

 

 

El hobbit: Un viaje inesperado

 

El hobbit, un viaje inesperado

Año: 2012.

Director: Peter Jackson.

Reparto: Martin Freeman, Ian McKellen, Richard Armitage, Ken Stott, Graham McTavish, James Nesbitt, Andy Serkis, Sylvester McCoy, Manu BennettBarry Humphries, Hugo Weaving, Cate Blanchett, Christopher Lee, Ian Holm.

Tráiler

 

 

            El nuevo milenio comenzaba, cinematográficamente hablando, con el fenómeno de El señor de los anillos, un ambicioso y leviatánico proyecto que combinaba tanto la pasión por la adorada obra de J.R.R. Tolkien con el aprovechamiento de unos innovadores y apabullantes efectos especiales y un minucioso estudio comercial destinado a gobernar todas las pantallas del mundo durante tres años seguidos. Sus millones de espectadores -adeptos y ajenos al original literario-, sus incuestionables beneficios económicos de la taquilla y sus derivados y su coronación final con once premios de la Academia confirmaba el éxito de la aventura.

            Admitiendo su impresionante factura técnica, el que suscribe reconoce no ser admirador de la trilogía cinematográfica, así como tan solo un modesto y desenfadado consumidor de sus novelas. En ambos casos, tiendo a valorar la portentosa imaginación de Tolkien, capaz de crear nuevos y ricos mundos, hasta el más mínimo detalle, concatenando un sustrato mitológico paneuropeo, especialmente septentrional, así como la pericia de Jackson para plasmarlo con fidelidad y respeto devoto en fotogramas.

Más allá de esto, vista en detalle, ambas versiones coinciden en emplear con saña el efecto deslumbrante de estas virtudes, dejando tras de sí un relato más bien esquemático y simple, con personajes que traducen y exageran el maniqueismo propio de los cuentos tradicionales pero dentro de un formato que se aleja de la concreción en busca de moraleja y del agresivo y sórdido trasfondo que se adivina tras ellos.

Aparte de establecer una cierta metáfora de la Europa desgarrada por la Primera Guerra Mundial desde un punto de vista humanista pero también marcadamente anglocéntrico y la denuncia de la corrupción inevitable que conlleva el poder, El señor de los anillos queda en una muy disfrutable aventura para leer en la cama antes de dormir, pero poco más.

Por su parte, en el cine, con una terna de películas de casi tres horas, y una vez que los efectos especiales y la colección de criaturas deja de sorprender, se acusa que Boromir, el único personaje tridimensional del relato -interpretado además por un buen actor como Sean Bean-, desaparezca en la primera entrega, si bien la conclusión por todo lo alto de la saga con El retorno del rey dejaba buen sabor de boca, quizás porque no quedaba otra que cerrar de manera espectacular todos las vías abiertas en las dos irregulares cintas anteriores.

            Es posible que cierto pudor por respeto a su original y el agotamiento de tan extenuante cometido influyeran en la reticencia de Jackson para adaptar de seguido El hobbit, novela previa a la trilogía de los anillos y que recuerdo haber leído con más agrado. Sin embargo, en unos tiempos en los que las escasas propuestas para combatir el erial de las salas de cine pasa por una espectacularidad que no puedan garantizar la televisión de plasma y las descargas por Internet, dejar aparcado un proyecto de semejante potencial en taquilla no era factible.

Así, después de que Guillermo del Toro no consiguiera finalmente hacerse con las riendas, Jackson regresaba a los mandos de la nave. Como principal novedad, la discusión sobre si debía hacer se una o dos películas sobre el relato se cierra proponiendo la entrega de otras tres voluminosas películas. Primer pero: El señor de los anillos forma un conjunto de tres libros, con un total que supera las 1.500 páginas; El hobbit en cambio es solo uno, con unas 360 páginas de extensión, según las diferentes ediciones. Los que protestaron, con razón o no, porque la primera trilogía obviaba detalles y tramas secundarias y terciarias, se estarán ahora frotando las manos.

            En El hobbit: Un viaje inesperado, primer capítulo de la nueva serie, esta literalidad se nota. No para bien. Como decíamos, llega un punto en el que, con la Tierra Media ya descubierta y explorada a conciencia, los efectos especiales dejan de sorprender, suenan a ya vistos y uno se queda a solas, frente a frente, con la trama desnuda, con todos sus lunares, pelos y arrugas al aire. Es entonces cuando sucede que Un viaje inesperado repite y magnifica los errores a los que se hacía la vista gorda en La compañía del anillo, alucinante visualmente, tirando a tediosa en lo argumental.

Casi tres horas de metraje, músculo en la técnica, impresionante ambientación y caracterización, pero el asunto no supera la presentación de personajes, con sus héroes muy buenos y villanos muy malos, y de la trama, otra vez el periplo vital en el que la virtud, el compañerismo y el coraje han de ser las armas con las que derrotar al miedo y la maldad que se extiende sobre el orbe.

            Las prisas en este tipo de introducciones nunca son buenas; pasarse por el forro la concisión y el ritmo del filme por pura codicia, tampoco. El hobbit se acartona, se atasca y empacha a causa de escenas alargadas por parlamentos interminables, la farragosa acción presentada a tal velocidad que es imposible apreciar qué carajo sucede en unas secuencias épicas hipertrofiadas, los agotadores planos a vista de pájaro en perpetuo deleite con la sobrecogedora geografía neozelandesa y el abuso manifiesto del deus ex machina, aceptable en este tipo de historias siempre que no se emplee, como aquí sucede, en cada momento climático.

            Una auténtica renuncia a la aventura -el gran valor de su original-, confundida con la sucesión de estallidos de imágenes y sonidos estridentes, sin más objetivo que avasallar a quien así lo quiera y levantar una nueva factoría de películas y juguetes que, como el anillo único, someta a todos los espectadores de nuevo a su yugo. Lo hará.

Hasta 2014, que se resuelva todo esto.

 

Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 4,5.

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