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La condesa descalza

25 May

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Año: 1954.

Director: Joseph L. Mankiewicz.

Reparto: Ava Gardner, Humphrey Bogart, Edmond O’Brien, Warren Stevens, Marius Goring, Rossano Brazzi, Valentina Cortese, Elizabeth Sellars.

Tráiler

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         La condesa descalza ofrece una de las maneras más hermosas y elocuentes de expresar la fascinacion que posee una estrella, una de esas personas dotadas de un carisma sobrenatural capaz de imantar la mirada y las emociones de aquel que se encuentre en su presencia. Se trata de una escena de varios minutos en la que el personaje, la bailaora madrileña María Vargas, queda retratado no por sus actos o su imagen, sino por las reacciones del público que contempla su fulgor. La cámara va saltando de mesa en mesa, de rostro en rostro, registrando cada uno de los sentimientos que despierta su arte, su magnetismo, su aura… dentro de un crescendo que, en algunos casos, conduce al éxtasis. Es una presentación maravillosa.

         La condesa descalza es un punto de giro en la carrera de Joseph L. Mankiewicz. Es la primera película que llevará a cabo con su propia compañía, Figaro -respaldada financieramente y en la distribución por la United Artist, eso sí-, desempeñando los cargos de productor, director y guionista de la obra. Es, además, su estreno en el color, acompañado por la fotografía de todo un experto como Jack Cardiff, que imprimirá ese cromatismo exacerbado, completamente fabuloso, que había llevado a sus cotas más altas al servicio de The Archers: Michael Powell y Emeric Pressburger. No deja de ser paradójico el empleo de esta fotografía romántica, que recuerda al pintado a mano de los fotogramas, mientras que, en el guion, el veterano y decadente realizador que interpreta Humphrey Bogart insista a los insensibles productores que su nueva estrella ha aparecer en pantalla con la mayor limpieza posible, prácticamente sin maquillaje, con vestuario sencillo, sin nada que disfrace o nuble ese hechizo innato que posee. E igual ocurre con los emperifollados ropajes que luce Ava Gardner.

El asunto es que los contrastes forman parte del fondo de La condesa descalza. Es un filme que arroja oscuras sombras contra las deslumbrantes luces del éxito, que sirve perdices podridas al final del cuento de hadas. La Cenicienta se convierte en una referencia recurrente en los diálogos y la historia, pero La condesa descalza comienza in extremis. Y lo hace en un funeral, bajo una lluvia torrencial que, como observa el realizador, es la atmósfera adecuada para ilustrar la vida de una mujer transformada en estatua de mármol, como si se tratase de una condena mitológica que certifica su destino irreparable. Los episodios de su vida los narrarán tres hombres que creyeron conocerla -e incluso muy brevemente y con intermediario, en una sola escena clave, por ella misma-.

         La condensa descalza es un filme profundamente triste, protagonizado por criaturas asustadas y perdidas, a pesar del boato, el glamour y la riqueza que los rodea e ilumina. Apenas hay refugios íntimos y tranquilos, como ese delicado oasis que construyen el director y la actriz, y en el que Bogart y Gardner muestran química -a pesar de las críticas del primero hacia las cualidades de quien por entonces había puesto uno de sus múltiples finales a su inestabe relación con Frank Sinatra, amigo suyo-.

En el texto, Mankiewicz insiste hasta la saciedad en contraponer los caminos del cine más tópico y su divergencia frente a las decisiones de las personas “reales”, pero al mismo tiempo no rehusa de aspectos melodramáticos e incluso tremendistas del cuento tradicional, aunque sea para subvertirlos. Como esa Cenicienta que se niega a que nadie le calce el zapatito de cristal. Y, sin embargo, conmueve comprender que, en este turbio y a veces tremendamente sarcástico paisaje que Mankiewicz dibuja desde el conocimiento y una inteligente y afilada escritura -es probable que esa conquista de la independencia le facilitase saldar cuentas con las frustraciones del negocio-, hay una sentida autenticidad en este retrato recurrente, que podría ser el de la propia Gardner -lo que redobla la emoción de su papel- como el de cualquier otra gran sex-symbol de la industria de los sueños.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8.

Abismos de pasión

6 May

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Año: 1953.

Director: Luis Buñuel.

Reparto: Jorge Mistral, Irasema Dilián, Lilia Prado, Ernesto Alonso, Luis Aceves Castañeda, Hortensia Santoveña, Francisco Reiguera, Jaime González Quiñones.

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        Comencé a leer Cumbres borrascosas durante el confinamiento por el coronavirus, más por no hacerle un feo al vecino que dejó una colección de libros en el portal que por convicción propia. Era de lo más admisible de entre los ejemplares que cedía para el disfrute del resto del bloque, todos ellos ediciones más pensadas para decorar el salón que para leer. Desde el desconocimiento y el prejuicio, la tenía por la típica novela decimonónica de campiña inglesa, conflictos de clases, modales atildados y amores imposibles. En Cumbres borrascosas, amores imposibles hay. También conflictos de clase. Pero no puede ser una obra más violenta y febril, dominada por unas tonalidades virulentas que manan del comportamiento, prácticamente instintivo, de unas criaturas rotas en pedazos, que se mueven más por la revancha, por un odio que bulle desde profundidades viscerales, que por el amor. El romanticismo, en el mejor de los casos, estalla, desquiciado, feroz y delirante, a partir de la colisión entre seres enfermizos.

        Entiendo que un texto semejante captara el interés de Luis Buñuel. En sus memorias, cuenta que esa expresión del ‘amour fou’, del amor loco o irracional, le había arrebatado durante su periodo surrealista, hasta el punto que escribiría un guion junto a Pierre Unik a principios de los años treinta que, sin embargo, no se materializaría hasta dos décadas después, cuando, aseguraba, su interés por el proyecto era ya menor, con lo que apenas alteraría esa concepción original. Buñuel, pues, adaptará Cumbres borrascosas en México, con un libreto que toma no el relato al completo, sino que se centra precisamente en lo más parecido a una manifestación romántica que se puede leer en él: el reencuentro entre Catherine y Heathcliff, aquí rebautizados con los más latinos Catalina y Alejandro. De hecho, para cerrar la historia de forma concluyente, idea su propio desenlace, el cual consigue conservar ese espíritu fatalista y casi alucinado del original formulándolo como si tratase de un enlace sacrílego y pagano, a tono con el personaje sobre el que orbita la tragedia, que es prácticamente una aparición infernal. El amor y la muerte igualados.

        Abismos de pasión imprime sus créditos iniciales sobre unas raíces retorcidas, entrelazadas las unas a la otra en un abrazo asfixiante. Suenan las notas de una ópera romántica, que narra otro amor trágico. Es Tristán e Isolda, de Richard Wagner, una partitura que rompía con los cánones armónicos de la época. No obstante, el primer sonido diegético de la película son disparos de escopeta. De inmediato, equivaldrán al restallido de los truenos de una tormenta. Por momentos, Buñuel sumerge los fotogramas en el terror gótico, con la sordidez de las estancias -incluso la más apacible Granja de los Tordos está poblada de naturaleza muerta que colecciona cruelmente su apocado dueño-, la incidencia de la sombra y la influencia simbólica de los elementos -la tempestad, el rayo, el trueno-. Bajo esta cúpula atmosférica, hay besos que son de auténtico vampiro. La conexión sobrenatural entre Catalina y Alejandro, sugerida por el diálogo, se materializa en el empuje incontenible del viento, el cual, como antes había hecho el agresivo huérfano, revienta las ventanas en busca de su amada. Todo ello conduce con coherencia hacia esa resolución espectral y desesperada.

Libres de las cadenas convencionales de Hollywood, Catalina y Alejandro conservan en buena medida la hostilidad de la que les había dotado Emily Brontë, salvajes e impulsivos. No se logra al completo, como ocurre con esa selección de un pasaje específico del libro, que inevitablemente rebaja el total de la obra. Tampoco le favorecen interpretaciones tan afectadas como la de Irasema Dilián. El reparto lo había impuesto el productor, Óscar Dancingers, y Buñuel no quedaría conforme con sus prestaciones.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

Vértigo (De entre los muertos)

3 Abr

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Año: 1958.

Director: Alfred Hitchcock.

Reparto: James Sewart, Kim Novak, Barbara Bel Geddes, Tom Helmore.

Tráiler

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         Uno, que sigue amando el cine como vehículo para contar historias, detecta en Alfred Hitchcock una tendencia que resulta irritante: su confesada indiferencia a caer en trampas de guion. Vértigo (De entre los muertos) es un ejemplo flagrante de ello. Pero, aun así, es una de mis películas favoritas del maestro británico.

         En Vértigo, la capacidad de Hitchcock para transformar el trauma psicológico del protagonista en una pesadilla recurrente otorga validez a una obra que induce un profundo estado de hipnosis mientras John ‘Scottie’ Ferguson persigue fantasmas por San Francisco, una ciudad fascinante de por sí, laberíntica y alucinada ya todavía antes de la primavera hippie. Primero voyeur, luego ser encantado, por último obseso enfermizo, los ojos de James Stewart -el actor que encarnaba la idealización del ciudadano medio- son los del propio espectador, también voyeur, ser encantado y obseso enfermizo. De tan exagerados, el color y la iluminación dinamitan cualquier ilusión de naturalidad e invocan el misterio. Trasladado el relato al otro lado del espejo, Scottie queda atrapado en una espiral en rojo y verde, de luz y oscuridad, de deseo y peligro, de romanticismo y obsesión, de vida y muerte. Antagonismos como el contrazoom mirando al vacío que sirve para expresar su mente asediada.

         A Stewart, como personaje de ética inmaculada, ya lo había trastocado Anthony Mann en una serie de westerns que exhacerbaban esa turbia sombra que se le había quedado en la mirada después de la Segunda Guerra Mundial. Aquí, interpreta a un personaje que, pese a su apariencia afable, es verdaderamente dudoso. La escena introductoria, que lo presentaba como persona de autoridad -un detective de la policía con brillante porvenir- lo deja impotente o, como mínimo, antiheroico. Su estrecha relación con una amiga de los años de universidad, antigua prometida y esposa presumiblemente perfecta -por lo convencional-, encierra una serie de miradas, anhelos y rechazos que acrecientan ese perfil resbaladizo del bueno de Scottie. La tortura a la que se le somete después agravará las consecuencias de esta base con la que, cruel y sarcástico, trabaja Hitchcock.

De hecho, la trama criminal, el suspense paradigmático del autor, es mucho menos interesante que el tercer acto, donde explota ese cóctel, cada vez más fuerte, más intenso, de aguijonazos eróticos, subversiones y coqueteos, con un abismo que siempre parece estar ahí, aguardando la caída. Con Scottie sacado directamente del psiquiátrico, sin escenas intermedias que acomoden o expliquen su nuevo estado, Vértigo se adentra entonces, descosiendo el progresivo cambio de tornas en este juego entre personajes, en un patológico y monomaníaco tour de force. En él, los valores que impulsaban la existencia del personaje/espectador -la belleza y el amor sublimados- se terminan por desquiciar hasta desbocarse en pulsiones desesperadas, frustrantes, tóxicas. Irreales. Scottie ansía a Madeleine, no a Judy, y no digamos ya a Midge. Y la persigue no en una ensoñación, sino en una pesadilla. Una pesadilla recuerrente.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 9.

Iván el Terrible. Parte II (La conjura de los boyardos)

25 Mar

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Año: 1958.

Director: Sergei Eisenstein.

Reparto: Nikolai Cherkasov, Serafima Birman, Pavel Kadochnikov, Mikhail Kuznetsov, Amvrosi Buchma, Mikhail Zharov, Andrei Abrikosov, Aleksandr Mgebrov, Mikhail Nazvanov, Pavel Massalsky, Erik Pyryev.

Filme

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           Cuanto más cerca estás del César, mayor es el miedo. “Eres un buen bolchevique”, le había agasajado Josif Stalin a Sergei Eisenstein por Alexander Nevsky, película con la que recuperaba su prestigio como cineasta del Estado. La primera parte de Iván el Terrible, zar con el que el dictador soviético se identificaba y a quien pretendía eregir en figura inspiradora durante la Gran Guerra Patria contra el enemigo alemán, le proporcionará incluso el Premio Stalin. Pero la segunda entrega de esta pretendida trilogía defenestrará de nuevo al cineasta letón, hasta el punto que se cancelará su estreno, se interrumpirá el rodaje de la tercera parte y, a la postre, Eisenstein jamás volverá a realizar otra película. Finalmente, gracias al proceso de desestalinización emprendido en la Unión Soviética, este segundo episodio vería la luz en 1958. Es decir, una década después del fallecimiento del director y un lustro tras el entierro del autócrata.

           “El zar ha de ser duro y temible porque, si no, no es zar”, cavila Iván el Terrible en su palacio, que desde el boato y la majestuosidad anteriores se ha ido transformando progresivamente en poco menos que una sórdida cueva. Los ojos permanentemente desorbitados de Nikolai Cherkasov confirman en este segundo episodio que la desquiciada psicología de Iván IV es incontenible dentro de unas restricciones propagandísticas que liman las asperezas de un controvertido y sangriento reinado. Aunque los villanos siguen siendo pérfidos -la aristocracia feudal de los boyardos, capitaneados por su propia tía- e incluso caricaturescos -unos cortesanos polacos con bastante pluma-, al monarca ruso se le agrieta la determinación heroica que había consolidado su poder contra los enemigos locales y extranjeros.

Huérfano, viudo y traicionado, el zar se eleva como un personaje trágico, inestable y desesperado, que atraviesa entre dudas y tormentos las encrucijadas en las que le sitúa el peso de un trono cada vez más difícil de soportar. De ahí las ambigüedades que surgen en torno a su relación con el pueblo -erigido en su guardia personal- y con sus adversarios -su inocente primo Vladimir, otra víctima todavía más dramática de un destino que le ha sido impuesto, respaldado además por la inesperada ternura que desprenden algunos planos junto a su madre-. Elementos que condicionan y perturban su autoproclamación como protector de la nación.

           A medida que el protagonista gana en dimensión, la audacia formal de Eisenstein se dispara. Los fotogramas, ahora febriles, se abocan incluso a escenas musicales que funcionan como pesadillas alegóricas y que terminan por explosionar en un atrevido juego con el color, con el blanco y negro que domina el metraje reventado inesperadamente en violentos tonos rojos. Esta artificiosidad, propia de un delirio y espoleada por la mente desquiciada de Iván el Terrible, se manifiesta también en el empleo de la luz, que deforma una vez más los rostros con vaivenes inquietos. De igual manera, los rayos de sol que antes penetraban en las estancias para bendecir al zar ahora se cambian por unos decorados sobreiluminados, feistas en comparación con la suntuosidad que relucía en la primera parte.

           Esta atmósfera alucinada hace que La conjura de los boyardos sea una obra mucho más rica e interesante que la anterior, superando incluso las dificultades narrativas y el extravío de líneas argumentales que provocará el desmantelamiento de la producción y la extirpación de su colofón.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7.

El beso del asesino

11 Mar

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Año: 1955.

Director: Stanley Kubrick.

Reparto: Jamie Smith, Irene Kane, Frank Silvera.

Tráiler

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          “Mi problema es que me tomo la vida demasiado en serio”. Un púgil con la mandíbula de cristal, una bailarina de pago y el mafiosete que se enseñorea de la joven. Después de Fear and Desire (Miedo y deseo), Stanley Kubrick, que aún no llegaba a los 30 años, emprendía su estreno ‘oficial’ como director de cine con El beso del asesino, en el que se sumerge en una trama movida por los códigos esenciales del noir a los que procede a aplicar una mirada personal.

Producción mínima, todavía estaría financiada por allegados y particulares, y escrita -por última vez- a partir de un guion original, si bien su compra por parte de United Artist impondría un cambio en el desenlace -es el precio que pagaría Kubrick para obtener capital para su siguiente filme, Atraco perfecto-.

          La historia de El beso del asesino se recrea a través de un flashback que, a pesar de ello, da paso a una intrincada estructura que incluye una breve escena onírica y otras recreaciones del pasado -entre ellas, una de la chica y otras vivencias de esta, lo que rompe con la lógica del punto de vista del relato-. Pero este libreto de concepción elemental queda potenciado por el talento expresivo de Kubrick, también a cargo de una fotografía en blanco y negro de rotundas sombras.

El cineasta empareja así a los dos perdedores, cuyos caminos y cuyas vidas confluyen delicadamente en el plano y en las secuencias por medio del montaje y la puesta en escena. Las pírricas pensiones donde cada uno observa disimuladamente al otro, su salida coordinada, los preparativos antes de la batalla. La sonrisa tierna leyendo la carta familiar y la muñeca que preside la cama de ella, en contraste con la sordidez y la violencia del cuadrilátero y del club de baile. Su miseria, su soledad, su frustración, su huida desesperada. Autor que cosechará cierta fama de frío y cerebral, Kubrick invoca con fuerza ese romanticismo improbable, así como la fragilidad de dos criaturas hostigadas por el peligro de una gran ciudad sucia, sombría y deshumanizada, que retrata a pie de calle, en escenarios reales, vivos, caóticos. Reflejará esa ambigüedad y esa incertidumbre situando el amanecer del romance en la estampa de un ocaso.

          El empleo de la música despierta igualmente sensaciones raras. Aparte del contrapunto festivo que ofrece ante una intriga doliente y desesperada, uno nunca termina de saber si es diegética o extradiegética. Ese juego -o error- con los puntos de vista o la ruptura de la regla de los 180 grados acrecientan este extrañamiento. El duelo entre maniquíes, entre falaces representaciones humanas, sigue está línea con una escena barnizada de un cierto poso surrealista, con otro factor insólito como, en este caso, la ausencia de énfasis por parte de la banda sonora. Esta atmósfera es aún más pronunciada cuando Gloria Price -“el precio de la gloria”, encarnada por la escritora y periodista Irene Kane- cuenta su tragedia personal, expresada en una irreal e hipnótica escena de ballet.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

Callejón sangriento

9 Mar

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Año: 1955.

Director: William A. Wellman.

Reparto: John Wayne, Lauren Bacall, Paul Fix, Mike Mazurki, Joy Kim, Henry Nakamura, Berry Kroeger, Anita Ekberg.

Tráiler

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         Quizás el mayor interes de Callejón sangriento sea ver a John Wayne enfundado en un uniforme soviético o hablando chino mandarín. Curiosamente, se trata de una cinta de la Batjac, la productora cofundada por el Duque para su lucimiento personal. Aunque lo cierto es que en un principio no iba a ser él, sino Robert Mitchum, quien pusiera rostro al viejo lobo de mar encargado de liderar el éxodo de una aldea al completo que anhela fugarse de la opresión del comunismo maoísta. Sin embargo, el comportamiento díscolo de la estrella derivaría finalmente su despido. Los reparos de Gregory Peck para encabezar una película marcadamente anticomunista y el alto precio que ponía a su trabajo Humphrey Bogart, marido de la protagonista femenina, Lauren Bacall, obligaría a Wayne a interrumpir su luna de miel para asumir las letras grandes de los créditos. También extrañaba que Bacall, cuyas tendencias políticas de izquierdas eran análogas y tan conocidas como las de Peck, hubiera aceptado participar en la cinta, tanto o más cuando Wayne, orgulloso reaccionario, había de ser su compañero. Finalmente, la neoyorquina elogiaría la caballerosidad de Wayne, mudo en asuntos políticos durante el rodaje, y ambos mantendrían una buena relación que, aunque no fructifica en una química precisamente arrolladora, sí permite disfrutar de su enorme presencia en pantalla.

         Por lo demás, Callejón sangriento -título que no hace referencia a escenarios de cine negro, sino al peligroso Estrecho de Formosa por donde debe navegar a ciegas el cochambroso ferry- se muestra como un filme al que le pesan los años. Más allá de lo estrambótico del plan que se plantea, esto se debe no solo a la simplonería propagandística de fondo -que en la actualidad entra además en conflicto por esa especie de ‘welcome refugees’ que exalta-, sino sobre todo a su desinhibida tendencia al estereotipo. Es decir, que aparte del enemigo comunista -especialmente bobo pese a su fama de lavar cerebros-, el vergonzoso anacronismo en el retrato del pueblo chino afecta también a los compañeros de epopeya, a quienes debe salvar otro personaje tópico: el occidental descreído que reencuentra sus ideales y su humanidad ayudando al prójimo desvalido en una misión suicida que revela su naturaleza oculta de héroe. El capitán y el barco, pues, son la misma cosa: campechanos y desastrados pero americanos y, por lo tanto, indomables y grandiosos. A modo de puntilla se añade la tradicional y envejecidísima convención de transformar en presuntos lugareños a orientales tan improbables como Mike Mazurki o Anita Ekberg.

         Al menos, cuando comienza verdaderamente la aventura marina, estás caracterizaciones se diluyen en una acción ligera y efectiva, narrada con pulso y gusto por un William A. Wellman alejado de sus mejores obras. Aquí, la limitación de los decorados se suple en parte con una bonita fotografía.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 5.

La invasión de los ladrones de cuerpos

17 Ene

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Año: 1956.

Director: Don Siegel.

Reparto: Kevin McCarthy, Dana Wynter, Larry Gates, Carolyn Jones, King Donovan, Virginia Christine, Jean Willes.

Tráiler

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          Jack Finney, autor de la novela original, y Walter Mirisch, uno de los productores ejecutivos del filme, negaban que el relato arrojara una parábola anticomunista o antimacarthista, afirmando que tan solo se trataba de un thriller de ciencia ficción. Don Siegel, en cambio, consideraba que la lectura antitotalitaria era innegable, aunque había procurado, decía, no poner énfasis en ella.

En efecto, esta cierta ambigüedad del argumento permite a La invasión de los ladrones de cuerpos caer a uno u otro lado de la balanza para denunciar, por igual, los abusos que un régimen despótico puede ejercer sobre el individuo. Pero precisamente por esta incisión en la imprescindible autonomía personal y su contraposición frente a los villanos, que parecen encarnar esa visión simplista y caricaturesca con la que se advertía contra la amenaza del comunismo en la Guerra Fría -una entidad colectiva unificada tras someter la voluntad particular y que aspira a la igualación absoluta de los ciudadanos dentro de un sistema que rechaza los rasgos emocionales como elemento a tener en cuenta en sociedad-, parece inclinar decididamente la alegoría hacia una perspectiva concreta. Esa que erige a La invasión de los ladrones de cuerpos en paradigma absoluto del cine de serie B de ataques alienígenas tan característico de estos años cincuenta sumergidos en el Temor rojo. Tanto o más cuando, apenas tres años antes de su estreno, Ethel y Julius Rosenberg, un aparentemente anodino matrimonio residente en Nueva York, habían sido ejecutados en la silla eléctrica tras su condena como espías al servicio de la Unión Soviética. Y cuando durante la Guerra de Corea se extendía la alerta acerca de las habilidades del adversario para lavar el cerebro a los prisioneros -como se plasmaría luego en El mensajero del miedo-. El abominable enemigo podría ser, por tanto, su propio vecino, ese que siempre saluda en la escalera.

          La invasión de los ladrones de cuerpos, pues, juega con esta inquietud que dominaba la convivencia social en los Estados Unidos, desplegando una turbia atmósfera que prácticamente se podía cortar con un cuchillo. En este sentido, los extraterrestres no tienen formas grotescas, ni aterrizan en platillos volantes o disparan rayos láser. A simple vista es imposible detectarlos, más allá de a través de un sexto sentido que, de esta manera, bien definiría al ser humano: la comunicación no verbal, el afecto, la empatía. Aquello que también nos diferenciará de la máquina en otras distopías lejanas, con un nuevo rival por la supervivencia.

La sutileza de ese invasor mimético es la que siembra una poderosa sensación de desasosiego, de peligro invisible y omnipresente. Este alejamiento de la explicitud -lo que abarcaría hasta la contención posterior de los propios alienados, que promueven la paz mental que proporciona abdicar de toda responsabilidad humana- funciona como un elemento fundamental para alimentar la intriga y el terror que se instala en la mente de los protagonistas y, con ellos, del espectador.

          Desde las espartanas condiciones que imponía un proyecto de serie B, Siegel maneja con mano de hierro la tensión conspiranoica, con una información perfectamente dosificada para ir contagiando, poco a poco, la neurosis que parece cebarse con este pueblecito cualquiera de California, poblado de personas llanas y corrientes -si bien no estaría de más sospechar si el revisor del gas es nada menos que Sam Peckinpah-. Hasta que uno choca frontalmente contra una vaina viscosa y humeante.

El prólogo y el epílogo se aprecian como un postizo impuesto desde la producción para licuar la causticidad del desenlace previsto por el cineasta, pero aun así logran dejar cierto espacio abierto como para no desmontar del todo la fuerza sugestiva de la obra.

          Contará con hasta tres remakes, aparte de su evidente influencia en el género.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 8.

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