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A estación violenta

25 Jun

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Año: 2017.

Directora: Anxos Fazáns.

Reparto: Alberto Rolán, Nerea Barros, Xosé Barato, Laura Lamontagne, Xiana Arias, Antonio Durán ‘Morris’.

Tráiler

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         Anxos Fazáns pega la cámara a sus personajes, sigue sus movimientos encuadrándolos estrechamente, de igual manera que ellos se relacionan con un contacto constante, entrelazados por momentos. Más que con las palabras, es esta cercanía la que revela, a retazos sueltos, la intimidad de los protagonistas, tomados de la novela homónima de Manuel Jabois e inmersos en un relato de reencuentros y desencantos generacionales. Los fotogramas logran exudar la permanente y desorientada resaca que padece el escritor, el influjo magnético con el que Claudia atrae hacia sí los cuerpos, las emociones y, parece, el drama. Las imágenes son sensitivas, casi tangibles, lo que constituye la principal baza de una cineasta novel que, en la fecha del estreno en salas de este primer largometraje, acababa de cumplir los 26 años.

         Si esa fisicidad parece aspirar a no dejar nada sin revelar -la desnudez literal-, el libreto, en cambio, apenas permite intuir los ocho años de vacío, en un sentido narrativo que es también existencial, que transcurren entre dos baños capitales en la trayectoria vital de los personajes. De nuevo, el presentimiento de los conflictos, de las piezas faltantes su interior y de los atisbos de regeneración personal proceden del contacto directo de la cámara con los protagonistas, trasladados ahora a un limbo de música y naturaleza que, observa ella, es incluso demasiado ideal.

         En este contexto, hay decisiones de dirección que rompen con la reconcentración en este trío de amigos y su situación particular -y conjunta-, pero les falta afinación. Algo semejante ocurre con unas líneas de diálogo un tanto envaradas en su formulación y su declamación, con un aire teatral que contrasta con la acertada elección del físico de los actores, en especial de Nerea Barros. Al igual que el regodeo en los clichés del realismo sucio que contiene la historia -la autodestrucción con aroma a alcohol, droga y sexo del potencial artista maldito-, este es uno de los factores que provocan que A estación violenta no termine de cuajar narrativamente e impiden uno consiga sentirse del todo parte de este drama a tres.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,3.

Nota del blog: 5,5.

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En tránsito

20 Jun

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Año: 2018.

Director: Christian Petzold.

Reparto: Franz Rogowski, Paula Beer, Godehard Giese, Lilien Batman, Maryam Zaree, Barbara Auer, Trystan PütterÀlex Brendemühl, Matthias Brandt.

Tráiler

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         A lo largo de las recurrentes crisis politicosociales derivadas de la llegada masiva a Europa de inmigrantes procedentes de África o de Siria, hay quien, en una llamada a la solidaridad y la empatía, ha recurrido a invocar las fotografías de españoles agolpados en los puertos a la espera de embarcarse al exilio. A raíz del acogimiento en España de los 630 inmigrantes rescatados por el Aquarius en aguas del Mediterráneo, la periodista Marta Veiga recuperaba de la memoria el personaje de Cándida, de gran popularidad en el cine argentino y con el que Niní Marshall encarnaba el arquetipo de emigrante gallega que trata de buscarse la vida en el país sudamericano, y que precisamente a su arribo a Buenos Aires padecía la (aterradora) vulnerabilidad a la que estaba expuesta una mujer en su condición. Para el resto de estados europeos, el séptimo arte reserva también abundantes ejemplos.

El conocimiento del propio pasado, pues, intermediado incluso por el cine, quizás no sirva para evitar que se repitan ciertas aberraciones históricas, como sostiene el tópico, pero puede que sí para despertar cierta conciencia y cierta comprensión esencial y humana hacia quienes son, primero de todo, víctimas. Síntomas en último caso de un problema mayor, que es el que se obvia, se disculpa o se oculta.

Esta conexión a través de las décadas es un elemento fundamental de En tránsito. Su relato escarba en las miserias y la angustia de la masa de expatriados que se hacina en el puerto de Marsella huyendo de la barbarie nazi que los ha expulsado de Alemania bajo pena de muerte y que los persigue a través de la Francia ocupada por medio de constantes e implacables “limpiezas” hacia campos de concentración. Pero, sin embargo, la ambientación de En tránsito recuerda a los lejanos años cuarenta apenas en detalles de vestuario. El drama de estos antiguos refugiados está escenificado en la actualidad. Es decir, En tránsito es, al mismo tiempo, una denuncia del pasado y una denuncia del presente, fundidos en una clamorosa advertencia que también suena a reproche.

         En tránsito, no obstante, no se limita a plantear este juego de espejos. La película se acompaña asimismo de un drama que refleja con notable tensión la sorda desesperación en la que habitan sus personajes, atrapados en un no lugar, despojados de su vida pretérita y, con alta probabilidad, también de su porvenir. Impotentes también para manejar su camino, para encontrar y ejecutar decisiones.

De este modo, siguiendo el rostro magullado y los ojos huidizos de Franz Rogowski, el filme se adentra en este espacio que se debate entre la impersonalidad en la que se guarece el exiliado -hoteles, lugares de paso- y la fingida y familiar cotidianeidad en la que se mueven los nativos del lugar. De esta confrontación mana la inquietud y el desasosiego que produce el filme, por momentos percibido, con miedo frío, casi como una ucronía del hoy. En especial debido a lo reconocible que es esa segunda vertiente, con una ciudad cuyos ritmos se recogen de forma naturalista, incluso en los dispositivos policiales desplegados ante la amenaza, que remiten a las escenas televisivas sacadas de actuaciones contra amenazas terroristas o similares. En consecuencia, la situación de los refugiados va tornándose igualmente identificable sin necesidad de realizar un énfasis excesivo que engolase la obra.

         Christian Petzold, que adapta la novela homónima de Anna Seghers -narrada en primera persona sobre hechos sufridos-, desarrolla una historia repleta de dilemas entre el instinto básico de supervivencia, espoleado por el contexto, y los deberes de humanidad y sobre todo de amor hacia los semejantes, que en paralelo contraen dudas y culpas insondables. Algunos no están del todo bien rematados -el niño- y otros, en ocasiones, avanzan con puntual ahogamiento, pero en cualquier caso constituyen un hilo poderoso sobre el que explorar y sentir en los poros estas terribles circunstancias, que encadenan sin piedad un pasado y un presente ciertos.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 7,5.

Dunkerque

26 Jul

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Año: 2017.

Director: Christopher Nolan.

Reparto: Fionn Whitehead, Aneurin Barnard, Mark Rylance, Barry Keoghan, Tom Glynn-Carney, Cillian Murphy, Tom Hardy, Jack Lowden, Kenneth Branagh, James D’Arcy, Harry Styles.

Tráiler

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         Como prestigioso director de blockbusters, el estilo narrativo de Christopher Nolan tiende al encadenamiento constante y la acumulación de escenas climáticas, a la construcción de colosales arquitecturas de montaje cuyos ramales colisionan entre sí a ritmo trepidante. El frenesí bélico, por tanto, semeja campo abonado para la aplicación de esta estructura de altas revoluciones, de tensión límite sostenida con tiralíneas.

En este sentido, Dunkerque reconstruye esta batalla y evacuación aliada en la Segunda Guerra Mundial frente al entonces imparable enemigo nazi utilizando como plantilla el esquema que Nolan aplicaba en la operación central de Origen, donde tres capas del subconsciente, desplegadas en diferentes espacios temporales, convergían a contrarreloj en dirección a un mismo objetivo. Y es similar asimismo a la que se desarrollaba a través de distintas dimensiones espaciotemporales en la todavía más ambiciosa Interstellar. Esto es, tres escenarios -el espigón de la ciudad sitiada, la travesía de una embarcación de ocio levada para el rescate del contingente y la misión de un avión de combate de la RAF; tierra, mar y aire- que avanzan de dificultad en dificultad, de peligro en peligro, de imposible en imposible, hasta el desenlace ansiado, mientras desde la banda sonora de Hans Zimmer -traductor musical del torbellino gramatical del cineasta británico- no deja de sonar el tictac del cronómetro.

         Desde el primer momento, Dunkerque apabulla al espectador y lo empuja contra la butaca. El caos, bien organizado visualmente, eleva la adrenalina a la par que el instinto de supervivencia mueve al soldado raso o que el templado aviador persigue, derriba y escapa de los stukas alemanes. El sonido es ensordecedor, los proyectiles parecen caer en la sala y las balas rebotar en sus paredes. El suelo tiembla con los estallidos y también con el ritmo y el volumen creciente de la partitura del compositor alemán. La guerra como espectáculo. Dunkerque es una película tremendamente dinámica. Nolan hace gala de su férreo dominio del tempo y el montaje, que coordina y encaja al milímetro este rompecabezas de tres caras. Su pretensión apunta a sentir la batalla, no tanto a crear un marco reflexivo entorno a ella. Quizás por esta razón, debajo del ruido y la furia -y del entretenimiento-, hay cierta sensación de vacío, de ausencia de alma.

         Si la aparatosidad formal y conceptual de Interstellar servía para exponer un discurso sensiblero, en Dunkerque el apartado humano, más allá de apuntes sobre el salvajismo del hombre reducido a bestia que intenta salvar su pellejo, es más escaso que contenido. O, mejor dicho, cuando aparece es un tanto tópico -la abnegación del piloto Farrier- o directamente pueril -el pequeño George, orgulloso de hacer algo verdaderamente grande, personificación del sacrificio civil británico en el conflicto-.

La obra agradece que, con relativa honestidad, el guion no abunde en exceso en melodramatismos heroicos -dejando de lado el enfático alegato final- y que, por encima de ello, el tercio de la playa consiga arrojar imágenes de inquietante, penetrante y fantasmagórica desesperación -el episodio del amanecer que sigue al torpedeo del barco de rescate-. Protagonizada por Fionn Whitehead -un actor que parece sacado del Free Cinema-, es esta la trama más sugerente y con mayores posibilidades -cinematográficas y filosóficas-, sobre todo en comparación con todo lo que ocurre a bordo del bote de recreo, a pesar de que cuenta aquí con la sólida presencia de Mark Rylance. Pero al compartir metraje con los otros dos segmentos, su potencial se diluye en parte y desaprovecha.

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Nota IMDB: 8,7.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7.

El Havre

27 Abr

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Año: 2011.

Director: Aki Kaurismäki.

Reparto: André Wilms, Blondin Miguel, Kati Outinen, Jean-Pierre Darroussin, Elina Salo, Evelyne Didi, Quoc Dung Nguyen.

Tráiler

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          Aki Kaurismäki mira a Europa y la ve enferma. Enferma de insolidaridad, de represión, de racismo. Todos síntomas de un clasismo en el que una autoridad sin rostro -o con el rostro de sicarios estúpidos y brutales- vigila por los privilegios de unos pocos en detrimento de los muchos. No obstante, aunque con una extraña pátina de melancolía patética y vitriólica que podría atribuirsele a su origen finlandés, Kaurismäki parece invocar el espíritu de artistas del claroscuro humano, de la tragicomedia expresada a través de la pantomima absurda, como son Buster Keaton y Charles Chaplin, maestros de la sonrisa y la lágrima entendidas como partes indisociables e inseparables de la existencia del hombre.

          En El Havre, el cineasta reencuentra al Marcel Marx de La vida de bohemia residiendo junto a su esposa en la ciudad portuaria normanda, cuyas calles y casas parecen sacadas de un cuadro de Edward Hopper -influencia estética manifiesta igualmente en buena parte de la filmografía del autor-. A partir de ese decorado de aparente soledad, Kaurismäki agrega pinceladas de joie de vivre, de ternura, de sarcasmo paródico, satírico y entrañable, y de ilusiones reconfortantes, que, amalgamadas, componen la atmósfera agridulce, naif y lánguida que define el filme.

          Filántropo desconfiado del género humano, antisistema que gusta de refugiarse en pequeñas comunidades idealizadas, director que rueda un presente rabioso y doliente con aspecto de pasado candoroso e inocente, Kaurismäki maneja con excelso talento el tono de este relato que gravita en torno a una tragedia terrible, la inmigración ilegal, que se ha transformado en una de las mayores vergüenzas de la historia contemporánea europea. Y habla de ella con una calidez sentimental que no renuncia a la reflexión crítica, con una huella de desilusión en la que, con todo, florecen detalles de asombrosa humanidad, inmunes a clases, fronteras y hastíos. En El Havre, el drama se entrevera con el humor, el desencanto con la esperanza.

Kaurismäki es un escéptico que todavía cree en milagros.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8.

A propósito de Elly

10 Mar

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Año: 2009.

Director: Asghar Fahradi.

Reparto: Golshifteh Farahani, Shahab Hosseini, Taraneh Alidoosti, Merila Zare’i, Mani Haghighi, Peyman Moaadi, Ra’na Azadivar, Ahmad Mehranfar, Saber Abar.

Tráiler

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           En la vida sucede un poco como en el deporte: basta con sacar al individuo de su zona de confort -la victoria, la tranquilidad- para encontrarse con su naturaleza aplicada, ajena a cualquier discurso teórico preestablecido. En la derrota, en la situación extrema o estresante, se conocen aspectos ignotos, y tremendamente reales, de las personas. La mezquindad como reacción desesperada ante el desconcierto que produce la adversidad parece, además, un rasgo universal que no reconoce razas, culturas o religiones.

           En este sentido, el planteamiento de la iraní A propósito de Elly recuerda a una hábil mezcolanza de una obra referencial de Michelangelo Antonioni, La aventura, con una de las enseñas de Dogma danés, Celebración. La explicación es que el filme somete a un grupo de presuntamente honorables ciudadanos de clase media a un encierro en el que un factor traumático -una acusación de abusos sexuales en la escandinava; aquí una dramática desaparición, al igual que en la italiana- desvencija el marco de relaciones que se daba por garantizado entre estos mismos protagonistas.

           Su estilo narrativo, no obstante, renuncia al ensimismamiento autocomplaciente de Antonioni y rebaja el tono de farsa teatralizada de la película de Thomas Vinterberg para, por su parte, anclarse en mayor medida en el realismo, que además apuesta por una gramática clásica en su plasmación cinematográfica, la cual no descuida tampoco los rasgos más ligados al cine de género, caso del magnífico sostenimiento del suspense o la composición de una atmósfera determinada -la agitada confusión durante el rescate, la claustrofobia de los interiores-. La crueldad de su discurso, pues, no queda enfatizada por el vitrolo que arrojaba la cinta danesa -aunque cierta actitudes parezcan en ocasiones un tanto exageradas-, pero es igualmente venenosa y dibuja con rotundidad, madurez y talento un crescendo asfixiante.

           Asediada por las olas batientes del Caspio, que con su ensordecedora omnipresencia espolean progresivamente la tensión emocional y de la intriga de la función, la descomposición de la burguesía -“clase media universitaria”, especifica el director- se manifiesta en situaciones de violencia implícita y explícita. De miserables intercambios de reproches, de deudas que se aprovechan a saldar en medio del fragor del caos, de juicios apresurados que rellenan con torpeza e injusticia los vacíos insoportables para la mente, de razonamientos egoístas que abogan por el sálvese quien pueda pisoteando los cuerpos que sea necesario.

El elemento del prójimo desconocido no se refiere a la Elly epónima, invitada a una fiesta a la que no pertenece, sino que, a la par que muta el relato, se gira y apunta acusatoria y significativamente contra la comunidad de amigos, impotentes como colectivo. Las citadas pulsiones se vinculan en su mayoría a un sentir particular de cada personaje, pero también desnudan al mismo tiempo una serie de nocivos condicionantes sociales, algunos particulares del lugar y con menor interés fuera de las fronteras persas -la cuestión de la potencial infidelidad, quizás no tanto la persistente subordinación de la figura femenina- y otros reconocibles como pertenecientes a la condición humana.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

Tiburón

27 Ene

tiburon

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Año: 1975.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Roy Scheider, Robert Shaw, Richard Dreyfuss, Murray Hamilton, Lorraine Gray.

Tráiler

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           Guardo sentimientos ambiguos hacia Tiburón. Es una película que me encanta, un thriller de terror en toda regla realizado con una potencia aún vigente. Pero también es uno de los empujones de taquilla que, sumado al éxito de filmes como el primer capítulo de La guerra de las galaxias y al fracaso de otros como La puerta del cielo, contribuiría al derribo del Nuevo Hollywood, una de las más fascinantes corrientes de la Historia del cine, para dejar paso a la era de los blockbusters. Aparte, claro, de cuestiones privadas como que desde entonces tenga serios reparos en bañarme en aguas donde no hago pie -recelo que perdura hasta en la piscina- y, con mayor gravedad, por toda la leyenda negra que su popularidad ha suscitado injustificadamente en contra de los tiburones. Recordemos la sentencia que, con intencionado doble sentido, se pronunciaba en Yo, Daniel Blake: los paradisíacos cocoteros son responsables de un mayor número de muertes humanas al año que los terribles escualos.

           En el nacimiento de su estrellato y del acuñamiento de su apodo de Rey Midas, Steven Spielberg ponía en práctica lo aprendido en sus largometrajes de televisión El diablo sobre ruedas y Algo diabólico, en los que ya demostraba su talento para la narración de un terror que podía surgir de un evento cotidiano -la persecución de un camionero, aunque en realidad desempeña un rol abstracto- como de un aspecto sobrenatural -una casa encantada-. Tiburón emplea el esquema del slasher de una manera muy semejante a la de otras cintas icónicas del periodo, como La noche de Halloween, tres años posterior, e incluso en su primer ataque parece castigar moralísticamente a unos adolescentes fumados y salidos que son la tradicional carne de cañón del género.

Aquí, el asesino en serie es otro monstruo de siete metros y medio de longitud y con varias hileras de dientes afilados a modo de armas homicidas. Además, también viene precedido de una música estridente, punzante, que traza un crescendo y acelera el ritmo, enfocando la imagen desde un punto de vista subjetivo como si fuese el Norman Bates de Psicosis. La ejecución de la caza es impecable, como impecable es su transición posterior a un contraste de calma que refuerza la sensación de que uno se ha quedado en rígida posición de sentado, pero dos palmos por delante de la butaca. El hostigamiento de la banda sonora de John Williams se acompaña de la inquietante velocidad del montaje y, a su vez, del frenesí en el movimiento interno del plano con la multitud de víctimas potenciales que se agitan inconscientes -al contrario que el espectador- de que el peligro se cierne sobre ellos -o, mejor dicho, bajo ellos-. La cadencia aumenta hasta límites insostenibles, se detiene en el momento preciso, justo cuando la víctima y el público, que comparten perspectiva a ras de agua, son sabedores de un destino espeluznante ante el que son imponentes, y la pantalla explota en sangre.

           Más allá de la deslumbrante electricidad de los clímax de tensión y la creación de sustos, Spielberg consolida el filme mediante esos citados juegos de contraste que no solo se refieren a la terrible tranquilidad que siguen al horror, sino a las transiciones narrativas de la función, que lo revelan como un superdotado contador de historias. La ternura que desprende la secuencia del abatido jefe Brody junto a su hijo pequeño que imita sus gestos, la crítica costumbrista hacia el egoísmo del ciudadano común -uno de los numerosos clichés que instaura la cinta para sucedáneos posteriores, intermediado por la figura del alcalde-; la rotundidad con la que ubica a Quint en la obra, la rivalidad territorial y posterior hermanamiento entre el biólogo Hooper y este ser anacrónico que recoge la obsesiva y blasfema lucha del capitán Ahab de Moby Dick contra las fuerzas naturales y divinas superiores al hombre; las vivaces pinceladas de cine de aventuras que dominan la salida de pesca a bordo del Orca, la introducción de detalles que bordean la fantasía -los sobrecogedores atardeceres, el cielo que se desploma en estrellas fugaces- durante las treguas en el titánico duelo con la criatura.

Y, brillando entre ellas, el penetrante hipnotismo que genera el monólogo del U.S.S. Indianapolis a través de una atmósfera construida paulatinamente, dos planos fijos contrapuestos, la presencia interpretativa de Robert Shaw y el texto de un aedo de tiempos remotos como John Milius, según la leyenda dictado por teléfono al director y luego reajustado en parte por el actor británico en uno de sus escasos momentos de sobriedad.

           Ni los años ni las imitaciones hacen mella en su fuerza.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 9.

Cegados por el sol

6 May

“El cine es el proceso de inventar problemas imposibles para después fracasar tratando de resolverlos.”

John Boorman

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Cegados por el sol

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Cegados por el sol

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Año: 2015.

Director: Luca Guadagnino.

Reparto: Tilda Swinton, Mattias Schoenaerts, Ralph Fiennes, Dakota Johnson.

Tráiler

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          Remake con cambio de tono de la francesa La piscina, Cegados por el sol se abre en un entorno paradisíaco donde un hombre y una mujer, desnudos como Adán y Eva, disfrutan del abrazo generoso del sol siciliano y recorren las playas de la isla mediterránea en amorosa y apacible intimidad. Sin embargo, acompañada de una voz invasiva, una sombra sobrevuela el cielo y la quietud bucólica se turba. El Edén se descubre infestado de serpientes.

          En este espacio privilegiado de la naturaleza y la arquitectura, el lujo y el confort, Luca Guadagnino, realizador palermitano acostumbrado a moverse en el cortometraje y el documental –incluidas obras acerca de la aquí protagonista, Tilda Swinton, a quien también había dirigido en los largos The Protagonists y Yo soy el amor-, escenifica la lucha de tres individuos contra sus demonios, plasmados en profundas cicatrices físicas y sentimentales, y que, desde cierta lejanía afectiva, son examinados por otra cuarta persona, erigida en observadora perturbadora y ‘lolitesca’.

La presentación de los personajes, sus relaciones y las tensiones e inquietudes que los entrecruzan, conjugan concisión y expresividad con notable talento, de igual manera que el guion dosificará poco a poco, con acertado pulso, la información que se oculta tras sus miradas y sus emociones, desmontando –o más bien reconstruyendo- una imagen presente que hunde sus raíces en un pasado turbulento. Este historial, de nuevo común, se desvela paulatinamente dejando desnudos, esta vez figuradamente, a estos individuos atormentados, que apenas pueden protegerse contra las agresiones del mundo exterior y cruelmente real por medio de unas gafas de sol, una villa aislada y un bote de pastillas.

          Sin embargo, conforme transcurren los minutos, el drama se densifica y empantana. El libreto recurre a una forzada y tremendista intriga para tratar de agitar estas aguas pestilentes y reconcentradas, y despertar a la función de su marasmo. El estilo narrativo de Guadagnino, que ya había dejado dudosas decisiones estéticas en algún juego con el primer plano, incorpora ciertos rasgos que entiendo orientados a crear distanciamiento frente a la tragedia –la banda sonora, el exagerado plano cenital, la presencia sonora o visual de los inmigrantes ilegales-. Elementos que conducen, no sé si voluntariamente, a imprimir cierta sensación de patetismo sobre el relato que, a la postre, erosionan en exceso la conexión empática hacia lo que ocurre.

El apego frente a las cuitas de estas criaturas antes frágiles pero ahora tan artificiosas como la trama que les atrapa se va haciendo irremediable hasta desembocar en un desenlace poco satisfactorio.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 5,5.

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