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Sé a dónde voy

25 Jun

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Año: 1945.

Directores: Michael Powell, Emeric Pressburger.

Reparto: Wendy Hiller, Roger Livesey, Pamela Brown, Finlay Currie, Murdo Morrison, Margot Fitzsimons, C.W.R. Knight, George Carney, Norman Shelley.

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          Los contadores de historias no paran. Mientras se encontraban a la espera de conseguir cámaras para rodar a color A vida o muerte, Michael Powell y Emeric Pressburger no se tomaron un descanso; siguieron dando rienda suelta a su creatividad. Y, en un mundo en guerra, continuaron abundando en el humanismo que ya había definido Un cuento de Canterbury, que es un pequeño espacio milagroso dentro de la barbarie, una maravilla que resiste delicadamente en un escenario que amenaza con explosionar.

          Tomando su título de una emotiva balada foclórica escocesa -irlandesa según otras fuentes-, la cual además da pie para configurar unos originales títulos de crédito que aparte de para presentar al equipo técnico sirven para definir de un plumazo a la decidida protagonista, Sé a dónde voy es una película que habla acerca de venderse. De la existencia de valores que van más allá de lo material y que son los que dan sentido a la vida. Ambientada en la costa escocesa, frente a una isla de las Hébridas a la que la protagonista pretende alcanzar para sellar su matrimonio con un acaudalado industrial, Sé a dónde voy no trabaja sobre el simplismo reduccionista de enfrentar a un pijo urbanita frente a las costumbres tradicionales de los lugareños de un recóndito pueblecito. Es un relato bastante más matizado donde los personajes no proceden de un molde ni son de una pieza, sino que respiran y piensan con naturalidad. Pero, sobre todo, ese potencial pintoresquismo no sucumbe ante la típica tentación de paternalismo del visitante.

Hay un respeto que sobrepasa la idealización de unos modos de vida ancestrales y en decadencia. La melancolía con la que Powell y Pressburger expresan esa sensación de pérdida, sometida a la arrogancia miope del potentado capitalista, es sobria y estoica. Eso no es óbice para retratar el paisaje con un soberbio y hermoso romanticismo que, ya desde la llegada, sumerge la localidad en un velo de exotismo y leyenda, capaz de dejar en papel mojado, literalmente, las terrenales previsiones del recién llegado. Las incomprensibles voces del gaélico y la alusión a maldiciones centenarias concuerdan con la bruma que envuelve el camino, con el atarceder que cae sobre la costa. Luego, con una galerna que adquiere dimensiones esotéricas, vinculada a los deseos y las necesidades del personaje principal, atrapada contra su voluntad por unos designios que parecen provenir de fuerzas y consciencias sobrehumanas. Y, finalmente, con un terrible y sublime maelstrom que sintetiza la ordalía sentimental de Joan Webster, el clímax de esa pasión romántica que desprende la naturaleza y la historia del lugar.

          Mediante planos cuidadosamente encuadrados e iluminados, Powell y Pressburger insuflan idéntica calidez lírica a los pequeños gestos y, en especial, a los ojos de los perfectamente afinados actores, a unas miradas que son más elocuentes que las palabras. Como anticipaba la introducción, la creatividad de The Archers también se recoge en detalles de comedia, como un par de juguetonas elipsis -el sombrero de copa, la maqueta de una Escocia coronada con tartanes-. Podrían parecer incluso levemente discordantes dentro del tono que acaba por dominar la obra, pero forman parte igualmente de ese precioso oasis de sentimiento, de empatía y de humanidad que Powell y Pressburger construyen frente a la barbarie.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

Madre

12 Nov

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Año: 2019.

Director: Rodrigo Sorogoyen.

Reparto: Marta Nieto, Jules Porier, Alex Brendemühl, Frédéric Pierrot, Anne Consigny, Raúl Prieto, Blanca Apilánez, Álvaro Balas.

Tráiler

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         Madre arranca arrasando. Es espectacular el dominio de la tensión dramática que muestra a partir de una llamada de teléfono. Las interpretaciones de Marta Nieto y Blanca Apilánez son también fundamentales para contagiar definitivamente este crescendo de nerviosismo, de emociones que se desbocan dando lugar a un pánico perfectamente comprensible, perfectamente reconocible.

Este comienzo de unos 15 minutos de duración, que se desarrolla en un único plano secuencia y en un mismo escenario es, en realidad, el cortometraje con el que Rodrigo Sorogoyen conquistó un premio Goya en 2017 y una nominación al Óscar de la categoría al año siguiente. Y, después de volver a empujar al espectador contra la butaca, y de concederle un impás de plano fijo del mar para que vuelva a recomponerse, esta es la base que el director retoma junto a su guionista de confianza, Isabel Peña, para construir una prolongación de la historia, ambientada una década después de los hechos y en el lugar donde, precisamente, nace el trauma que ancla a la madre a un turbulento y lacerante estado sentimental que la conduce inevitable y desesperadamente a perseguir sombras.

         Pero el apéndice está comprometido desde la base. La credibilidad de las acciones de sus protagonistas -la mujer y el joven en quien cree ver a su hijo desaparecido- presenta serios problemas que, a medida que la trama se complica, terminan resultando insalvables. La consecuencia de ello es la anulación de la empatía que, en cambio, sí se conseguía en el prólogo con esas herramientas tan sencillas y esenciales. De igual manera, los elementos provocativos que intenta deslizar el relato se antojan caprichosos, efectistas y a la postre bochornosos, engarzados dentro de una intriga que abusa de la reiteración de determinadas situaciones y que, por tanto, no da sensación de verdadera consistencia.

         Es cierto que Sorogoyen sabe manejar el pulso de estas escenas de turbación soterrada, pero también deja alardes de autocomplacencia visual -planos de conversación desde la nuca, movimientos de cámara forzados…- de escaso contenido y de estética un tanto dudosa. El magnetismo de Nieto apenas logra sostener una arquitectura tan hinchada como inestable.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 3.

El muelle de las brumas

12 Jul

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Año: 1938.

Director: Marcel Carné.

Reparto: Jean Gabin, Michèle Morgan, Michel Simon, Pierre Brasseur, Édouard Delmont, Raymond Aimos, Robert Le Vigan, Jenny Burnay.

Tráiler

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         “La niebla está aquí dentro”, confiesa señalándose la frente un soldado, desertor de las escaramuzas coloniales en Indochina, cuando arriba a Le Havre, ciudad portuaria envuelta en una espesa bruma que parece desgajarla del espacio físico, trasladándola a una dimensión onírica, como de purgatorio. Entre la espesura emergen dos clases de personas: aquellas que ayudan inopinadamente a los extraños y aquellas que los conducen a la perdición y la muerte.

Obra clave del realismo poético francés, El muelle de las brumas es una película donde el lirismo es la emanación del pesimismo, parejo al estado emocional de un país que aventuraba la llegada de una nueva guerra sin cuartel, al mismo tiempo que se descomponía internamente. Es una emanación, pues, de la náusea existencial que carga sobre sus hombros un militar que parece buscar su propia desaparición, la anulación definitiva de su identidad, a la fuga de sí mismo. Una huida en la que colisiona de frente contra una huérfana que también tiene motivos para escapar, en su caso de las garras de un tutor que trata de depredarla lascivamente. A su alrededor, en los márgenes de la sociedad y de la vida, pululan retazos de la humanidad, que funcionan casi como una letanía absurda, repetida ad eternum. El imposible oasis tropical de una barraca desvencijada, el alcóholico que persigue cual Sísifo dormir entre sábanas blancas, el intento de gángster que oculta su fragilidad y autodesprecio con bravuconadas; el pintor que se asoma a la muerte a través de sus lienzos y de sus pulsiones sentimentales.

         Son elementos mediante cuya repetición se ahonda en la sensación de fatalismo que domina el relato, que aprisiona a los protagonistas en un destino acorde a la doliente atmósfera que todo lo somete. Detalles que, junto con los apuntes de trama criminal que confluyen en la historia, la acercan a la prefiguración del film noir.

Hay realismo en la ambientación urbana, pero este realismo está teñido, como decíamos, de una pátina de surrealismo, de inquietante extrañeza que revela que los personajes luchan contra fuerzas incógnitas que superan sus capacidades, por más duro que parezca Jean Gabin. Ahí anida el germen de la tragedia que los atenaza. Las apariencias son traicioneras, otro de los ramales del argumento. Los agentes del mal son tan penosos como los del bien.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7,5.

La tierra tiembla

11 Ene

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Año: 1948.

Director: Luchino Visconti.

Reparto: Antonio Arcidiacono, Giuseppe Arcidiacono, Nelluccia Giammona, Agnese Giammona, Antonino Micaele, Salvatore Vicali, Maria Micaele, Rosario Galvagno, Lorenzo Valastro, Raimondo Valastro, Nicola Castorino, Rosa Costanzo.

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          “Pescatori siciliani”, indican los créditos como toda relación del elenco. Gente sencilla que realiza ante la cámara sus tareas cotidianas, comunicándose entre ellos en su idioma, el siciliano, la lengua del pueblo en esta región del Mezzogiorno empobrecido y humillado. La tierra tiembla, emblema del Neorrealismo italiano, se asienta sobre el verismo, si bien para extraer de él una lírica de la miseria, una épica de la marginalidad, un manifiesto políticosocial. Hay escenarios austeros, penosas fatigas, jerseys raídos e inmersión en las profundidades del hogar, al igual que hay composición de imágenes, búsqueda de la plasticidad, de la epopeya humana y de la emoción. Las viudas prematuras que contemplan estremecidas la indiferencia de los farallones, del mar que no cesa, de la naturaleza soberbia e imperturbable.

Financiada en parte por el Partido Comunista italiano, La tierra tiembla es rabia en 24 fotogramas por segundo, la indignación por un grupo humano, los Valastro, a los que el libreto somete a un calvario tremendista, destinado a convertirlos en mártires que inspiren la compasión del espectador y les haga partícipe de su mensaje: los parias de la tierra han de unirse para hacer frente a la explotación de los privilegiados.

          La tierra tiembla nace en una alborada y concluye en un anochecer. Es una historia eterna, proclama la introducción. Los remos que siguen paleando el agua después del rótulo de ‘Fine’, sumergidos en la absoluta oscuridad, parecen dar continuidad a esta idea a priori fatalista. Envuelto en este realismo estético, se rastrea un sentido de tragedia mitológica: cíclopes tiránicos, castigos prometeicos. 

Director y coguionista, Luchino Visconti -de sangre aristocrática norteña pero en aquel entonces comprometido con la izquierda comunista y sobre todo con el cine, hasta el punto de empeñar posesiones familiares para sacar adelante esta obra-, acompaña al mar a los pescadores, casi con el interés antropológico de un Robert Flaherty en las remotas islas de Arán. Aunque ese realismo marinero también lo había ensayado, con una intención más orientada hacia el espectáculo que hacia el retrato social, Howard Hawks en Pasto de tiburones.

          En La tierra tiembla, desde esta apariencia de documental se plantea un relato de ficción abiertamente maniqueo. La suya es una lucha entre dos bandos bien definidos, incluso estereotipados en su constitución para dar cabida a la patente crueldad de los mayoristas, dueños del capital y, por ende, de todo. La austeridad de la casa centenaria de los pescadores, la fastuosidad del banquete de los patrones; la natural belleza de los primeros, los rostros torcidos de los segundos; la generosa y abnegada voluntad de los trabajadores; la arrogancia ociosa de los fascistas apenas disimulados. 

La voz en off, en diáfano y culto italiano, es la que puntúa el discurso de la obra, aportando una dimensión poética a las acciones y subrayando su significado políticosocial. La tierra tiembla sangra las consecuencias de la mentalidad resignada y conformista de los apaleados, de la iniciativa individual y solitaria del emprendedor, de la de una clase sin conciencia de clase, de la dignidad como última e inexpugnable posesión.

          Subtitulado Episodio del mare, a la película deberían seguir otros dos capítulos, sobre la minería y sobre la agricultura, que nunca llegarían a realizarse.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 7,5.

A estación violenta

25 Jun

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Año: 2017.

Directora: Anxos Fazáns.

Reparto: Alberto Rolán, Nerea Barros, Xosé Barato, Laura Lamontagne, Xiana Arias, Antonio Durán ‘Morris’.

Tráiler

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         Anxos Fazáns pega la cámara a sus personajes, sigue sus movimientos encuadrándolos estrechamente, de igual manera que ellos se relacionan con un contacto constante, entrelazados por momentos. Más que con las palabras, es esta cercanía la que revela, a retazos sueltos, la intimidad de los protagonistas, tomados de la novela homónima de Manuel Jabois e inmersos en un relato de reencuentros y desencantos generacionales. Los fotogramas logran exudar la permanente y desorientada resaca que padece el escritor, el influjo magnético con el que Claudia atrae hacia sí los cuerpos, las emociones y, parece, el drama. Las imágenes son sensitivas, casi tangibles, lo que constituye la principal baza de una cineasta novel que, en la fecha del estreno en salas de este primer largometraje, acababa de cumplir los 26 años.

         Si esa fisicidad parece aspirar a no dejar nada sin revelar -la desnudez literal-, el libreto, en cambio, apenas permite intuir los ocho años de vacío, en un sentido narrativo que es también existencial, que transcurren entre dos baños capitales en la trayectoria vital de los personajes. De nuevo, el presentimiento de los conflictos, de las piezas faltantes su interior y de los atisbos de regeneración personal proceden del contacto directo de la cámara con los protagonistas, trasladados ahora a un limbo de música y naturaleza que, observa ella, es incluso demasiado ideal.

         En este contexto, hay decisiones de dirección que rompen con la reconcentración en este trío de amigos y su situación particular -y conjunta-, pero les falta afinación. Algo semejante ocurre con unas líneas de diálogo un tanto envaradas en su formulación y su declamación, con un aire teatral que contrasta con la acertada elección del físico de los actores, en especial de Nerea Barros. Al igual que el regodeo en los clichés del realismo sucio que contiene la historia -la autodestrucción con aroma a alcohol, droga y sexo del potencial artista maldito-, este es uno de los factores que provocan que A estación violenta no termine de cuajar narrativamente e impiden uno consiga sentirse del todo parte de este drama a tres.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,3.

Nota del blog: 5,5.

En tránsito

20 Jun

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Año: 2018.

Director: Christian Petzold.

Reparto: Franz Rogowski, Paula Beer, Godehard Giese, Lilien Batman, Maryam Zaree, Barbara Auer, Trystan PütterÀlex Brendemühl, Matthias Brandt.

Tráiler

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         A lo largo de las recurrentes crisis politicosociales derivadas de la llegada masiva a Europa de inmigrantes procedentes de África o de Siria, hay quien, en una llamada a la solidaridad y la empatía, ha recurrido a invocar las fotografías de españoles agolpados en los puertos a la espera de embarcarse al exilio. A raíz del acogimiento en España de los 630 inmigrantes rescatados por el Aquarius en aguas del Mediterráneo, la periodista Marta Veiga recuperaba de la memoria el personaje de Cándida, de gran popularidad en el cine argentino y con el que Niní Marshall encarnaba el arquetipo de emigrante gallega que trata de buscarse la vida en el país sudamericano, y que precisamente a su arribo a Buenos Aires padecía la (aterradora) vulnerabilidad a la que estaba expuesta una mujer en su condición. Para el resto de estados europeos, el séptimo arte reserva también abundantes ejemplos.

El conocimiento del propio pasado, pues, intermediado incluso por el cine, quizás no sirva para evitar que se repitan ciertas aberraciones históricas, como sostiene el tópico, pero puede que sí para despertar cierta conciencia y cierta comprensión esencial y humana hacia quienes son, primero de todo, víctimas. Síntomas en último caso de un problema mayor, que es el que se obvia, se disculpa o se oculta.

Esta conexión a través de las décadas es un elemento fundamental de En tránsito. Su relato escarba en las miserias y la angustia de la masa de expatriados que se hacina en el puerto de Marsella huyendo de la barbarie nazi que los ha expulsado de Alemania bajo pena de muerte y que los persigue a través de la Francia ocupada por medio de constantes e implacables “limpiezas” hacia campos de concentración. Pero, sin embargo, la ambientación de En tránsito recuerda a los lejanos años cuarenta apenas en detalles de vestuario. El drama de estos antiguos refugiados está escenificado en la actualidad. Es decir, En tránsito es, al mismo tiempo, una denuncia del pasado y una denuncia del presente, fundidos en una clamorosa advertencia que también suena a reproche.

         En tránsito, no obstante, no se limita a plantear este juego de espejos. La película se acompaña asimismo de un drama que refleja con notable tensión la sorda desesperación en la que habitan sus personajes, atrapados en un no lugar, despojados de su vida pretérita y, con alta probabilidad, también de su porvenir. Impotentes también para manejar su camino, para encontrar y ejecutar decisiones.

De este modo, siguiendo el rostro magullado y los ojos huidizos de Franz Rogowski, el filme se adentra en este espacio que se debate entre la impersonalidad en la que se guarece el exiliado -hoteles, lugares de paso- y la fingida y familiar cotidianeidad en la que se mueven los nativos del lugar. De esta confrontación mana la inquietud y el desasosiego que produce el filme, por momentos percibido, con miedo frío, casi como una ucronía del hoy. En especial debido a lo reconocible que es esa segunda vertiente, con una ciudad cuyos ritmos se recogen de forma naturalista, incluso en los dispositivos policiales desplegados ante la amenaza, que remiten a las escenas televisivas sacadas de actuaciones contra amenazas terroristas o similares. En consecuencia, la situación de los refugiados va tornándose igualmente identificable sin necesidad de realizar un énfasis excesivo que engolase la obra.

         Christian Petzold, que adapta la novela homónima de Anna Seghers -narrada en primera persona sobre hechos sufridos-, desarrolla una historia repleta de dilemas entre el instinto básico de supervivencia, espoleado por el contexto, y los deberes de humanidad y sobre todo de amor hacia los semejantes, que en paralelo contraen dudas y culpas insondables. Algunos no están del todo bien rematados -el niño- y otros, en ocasiones, avanzan con puntual ahogamiento, pero en cualquier caso constituyen un hilo poderoso sobre el que explorar y sentir en los poros estas terribles circunstancias, que encadenan sin piedad un pasado y un presente ciertos.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 7,5.

Dunkerque

26 Jul

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Año: 2017.

Director: Christopher Nolan.

Reparto: Fionn Whitehead, Aneurin Barnard, Mark Rylance, Barry Keoghan, Tom Glynn-Carney, Cillian Murphy, Tom Hardy, Jack Lowden, Kenneth Branagh, James D’Arcy, Harry Styles.

Tráiler

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         Como prestigioso director de blockbusters, el estilo narrativo de Christopher Nolan tiende al encadenamiento constante y la acumulación de escenas climáticas, a la construcción de colosales arquitecturas de montaje cuyos ramales colisionan entre sí a ritmo trepidante. El frenesí bélico, por tanto, semeja campo abonado para la aplicación de esta estructura de altas revoluciones, de tensión límite sostenida con tiralíneas.

En este sentido, Dunkerque reconstruye esta batalla y evacuación aliada en la Segunda Guerra Mundial frente al entonces imparable enemigo nazi utilizando como plantilla el esquema que Nolan aplicaba en la operación central de Origen, donde tres capas del subconsciente, desplegadas en diferentes espacios temporales, convergían a contrarreloj en dirección a un mismo objetivo. Y es similar asimismo a la que se desarrollaba a través de distintas dimensiones espaciotemporales en la todavía más ambiciosa Interstellar. Esto es, tres escenarios -el espigón de la ciudad sitiada, la travesía de una embarcación de ocio levada para el rescate del contingente y la misión de un avión de combate de la RAF; tierra, mar y aire- que avanzan de dificultad en dificultad, de peligro en peligro, de imposible en imposible, hasta el desenlace ansiado, mientras desde la banda sonora de Hans Zimmer -traductor musical del torbellino gramatical del cineasta británico- no deja de sonar el tictac del cronómetro.

         Desde el primer momento, Dunkerque apabulla al espectador y lo empuja contra la butaca. El caos, bien organizado visualmente, eleva la adrenalina a la par que el instinto de supervivencia mueve al soldado raso o que el templado aviador persigue, derriba y escapa de los stukas alemanes. El sonido es ensordecedor, los proyectiles parecen caer en la sala y las balas rebotar en sus paredes. El suelo tiembla con los estallidos y también con el ritmo y el volumen creciente de la partitura del compositor alemán. La guerra como espectáculo. Dunkerque es una película tremendamente dinámica. Nolan hace gala de su férreo dominio del tempo y el montaje, que coordina y encaja al milímetro este rompecabezas de tres caras. Su pretensión apunta a sentir la batalla, no tanto a crear un marco reflexivo entorno a ella. Quizás por esta razón, debajo del ruido y la furia -y del entretenimiento-, hay cierta sensación de vacío, de ausencia de alma.

         Si la aparatosidad formal y conceptual de Interstellar servía para exponer un discurso sensiblero, en Dunkerque el apartado humano, más allá de apuntes sobre el salvajismo del hombre reducido a bestia que intenta salvar su pellejo, es más escaso que contenido. O, mejor dicho, cuando aparece es un tanto tópico -la abnegación del piloto Farrier- o directamente pueril -el pequeño George, orgulloso de hacer algo verdaderamente grande, personificación del sacrificio civil británico en el conflicto-.

La obra agradece que, con relativa honestidad, el guion no abunde en exceso en melodramatismos heroicos -dejando de lado el enfático alegato final- y que, por encima de ello, el tercio de la playa consiga arrojar imágenes de inquietante, penetrante y fantasmagórica desesperación -el episodio del amanecer que sigue al torpedeo del barco de rescate-. Protagonizada por Fionn Whitehead -un actor que parece sacado del Free Cinema-, es esta la trama más sugerente y con mayores posibilidades -cinematográficas y filosóficas-, sobre todo en comparación con todo lo que ocurre a bordo del bote de recreo, a pesar de que cuenta aquí con la sólida presencia de Mark Rylance. Pero al compartir metraje con los otros dos segmentos, su potencial se diluye en parte y desaprovecha.

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Nota IMDB: 8,7.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7.

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