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Invasión en Birmania

16 Ene

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Año: 1962.

Director: Samuel Fuller.

Reparto: Jeff Chandler, Ty Hardin, Andrew Duggan, Claude Akins, Peter Brown, Will Hutchkins, Pancho Magalona, Vaughan Wilson, John Hoyt.

Tráiler

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         “Sobrevivir es la única gloria en la guerra”, confesaba Samuel Fuller en cierta ocasión. Hay desengaño en el cine bélico de un cineasta que había participado en la campaña de África en la Segunda Guerra Mundial y que sentía una evidente fascinación por el universo militar, recurrente en su filmografía. Influido por su condición de excombatiente, Fuller acostumbra a enfocar el conflicto desde el punto de vista individual del soldado, cuyo arrojo guerrero -de acreditarlo- puede entremezclarse también con un riguroso y desengañado escepticismo. Curiosamente, otra película ambientada en el mismo escenario y periodo que esta, Objetivo: Birmania, también escogía esta perspectiva para recrear una situación que, aunque venga exigida por la lucha contra un enemigo insoslayable, no deja de ser aterradora.

         Esa antiépica del heroismo, por así decirlo, es la que también acompaña al pelotón de Invasión en Birmania en su penosa travesía por las junglas y montañas del país del sureste asiático, ocupado por las fuerzas del Imperio japonés. Desde un prólogo que recupera imágenes de las proyecciones de propaganda de la Segunda Guerra Mundial, la producción se presenta como un homenaje a este contingente de voluntarios implicados, más bien por una serie de engaños, en una hazaña bélica que, del mismo modo, también se honrará en el cierre con grabaciones de desfiles auténticos en su honor.

La primera incursión parece confirmar esta intención glorificadora, pues se trata de una acción llevada a cabo de forma impecable, entre estruendosas fanfarrias y movimientos grupales que, si bien escenificados al aire libre en las Filipinas, con la participación de auténticos miembros de las fuerzas armadas, vistos hoy tampoco logran tener mayor realismo que los clásicos rodados en plató -no obstante, dentro de la continuidad de rasgos tópicos como los barrocos escorzos de los enemigos abatidos, otras ofensivas posteriores sí lograrán tener más nervio y también una puesta en escena llamativa, como ese bruscamente introducido asalto a las líneas férreas que parece tener lugar entre siniestros ataúdes, o hasta la batalla radiada, recurso que sirve igualmente para disimular la carencia de medios-. No será esta la tónica del filme. El resto del metraje se desarrollará con unos tipos al límite de la resistencia física y psicológica, o al borde del infarto, en el caso de quien los lidera. 

         Invasión en Birmania abunda también en la soledad -e incluso la traición- que implica el mando. El sacrificio de las decisiones en favor del bien común, del fin trascendente. De ahí procede también buena parte del drama de la función, a partir de la relación entre un general de brigada y un teniente que, en su presentación, encarnaban a un líder paternal y a un líder natural, respectivamente. Ambos son parte de una familia -en su caso prácticamente literal- que es el Ejército, punto de unión de las gentes de un país tan heterogéneo como los Estados Unidos -un concepto muy grato para otro cineasta de querencia castrense como John Ford– y, aquí, hasta de una comunidad de naciones vinculadas por la ascendencia angloparlante y por unos valores y unas libertades compartidos.

Así, los merodeadores de Merrill tratan apenas de sobrevivir en el horror. Su único deseo explícito es regresar al hogar, no caer en el pantano, conseguir dar un paso tras otro mientras sufren el miedo extremo de un mundo donde el hombre es lobo para el hombre, y camina en manadas. Hay una escena preciosa para resaltar este espíritu humanístico que Fuller imprime a Invasión en Birmania: la incontenible reacción de un exhausto sargento ante la sonrisa de un niño y una anciana.

         Con todo, Invasión en Birmania no deja de exponer este pesimismo en aras de, en último término, resaltar la proeza conquistada. La voz objetiva del doctor, que es la que hace un diagnóstico de la locura que contiene todo este operativo, está ahí para ser contradicha por unos hechos extraordinarios -si bien estos, en otra decisión de nuevo aparejada a pobreza de la producción, ni siquiera se mostrarán en pantalla impresos en eufóricos y enardecedores fotogramas-. Invasión en Birmania, pues, es un drama humano sobre un esfuerzo sobrehumano.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

Objetivo: Birmania

6 Jul

El rey de los crápulas asume con empeño su responsabilidad bélica. En Bandeja de Plata.

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El arpa birmana

31 Ene

“No es el rifle quien mata, sino un corazón endurecido.”

Stanley Kubrick

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El arpa birmana

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El arpa birmana.

Año: 1956.

Director: Kon Ichikawa.

Reparto: Shôji Yasui, Rentarô Mikuni, Jun Hamamura, Taketoshi Naitô, Shunji Kashuga, Kô Nishimura.

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            La guerra transforma a las personas. Antes de la Segunda Guerra Mundial, Kon Ichikawa era un cineasta conocido sobre todo por sus comedias. Después de la Segunda Guerra Mundial, Ichikawa retrataría el horror, la barbarie y la muerte desde una de las aproximaciones más escalofriantes al conflicto: Nobi (Fuego en la llanura). En ella, el ser humano quedaba reducido a poco más que una alimaña malherida, desquiciada y antropófaga. Tres años antes, en El arpa birmana, su visión del hombre era igualmente desengañada, aunque en ella se podía rastrear todavía tibios y frágiles rescoldos de esperanza.

            En El arpa birmana, la redención del sargento Mizushima, motivada por la crisis espiritual que le provoca ver las montañas de cadáveres insepultos –registrados con total crudeza a través de imágenes espeluznantes-, es a la vez una llamada a la redención de la condición humana en su conjunto y una proclamación de la necesidad de mantener la memoria de la tragedia.

            Alejada de los estereotipos canonizados por el cine estadounidense, el pelotón japonés que protagoniza la cinta no es más que un puñado de hombres que tratan de sobrevivir en medio de una sinrazón que, afortunadamente, parece tocar a su fin (o no). Son amistosos, reflexivos y nobles y conservan su humanidad a través del uso de la música, arte universal y armonizador por excelencia. No es casual que el término de la lucha se anuncie y se materialice por medio de una canción entonada al alimón con las tropas otrora enemigas, dibujada por Ichikawa en una secuencia a la luz de la luna de elevado influjo lírico –obtenido a costa de la verosimilitud, claro-, ejemplo de una elegancia estética de la puesta en escena que es expresión directa de la delicadeza de los sentimientos manejados en el filme.

            El arpa birmana tampoco cae del todo en la revisión autoindulgente pese a omitir aspectos polémicos acerca de la cruenta actuación imperialista de Japón sobre el sureste asiático, que conocería episodios absolutamente negros. Su antibelicismo desarrolla también una mirada crítica acerca del fanatismo de los ejércitos nipones –la irracional batalla postrera de la colina-, enfervorecidos por un patriotismo mal entendido que, en primer lugar, atenta contra cualquier tipo de valor humano y, en segundo, supone un servicio inútil a la nación, necesitada de brazos enérgicos para su reconstrucción.

El encuentro en el puente entre el sargento Mizushima y sus antiguos compañeros supone entonces el trazado de dos vías cruzadas de afrontar la posguerra: el retorno al hogar con la simple satisfacción del superviviente frente al renovado sacrificio personal emprendido con el propósito de cerrar las espantosas heridas abiertas  -simbolizado en el entierro de los muertos-, alcanzar definitivamente la ansiada paz interior y alimentar el recuerdo de la degradación física y moral que la guerra puede infligir al hombre. Una remembranza imprescindible.

            En 1985, Kon Ichikawa rodaría una nueva versión de El arpa birmana, esta vez en color.

 

Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7,5.

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