Tag Archives: Selva

Triple frontera

24 Abr

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Año: 2019.

Director: J.C. Chandor.

Reparto: Óscar Isaac, Ben Affleck, Charlie Hunnam, Garret Hedlund, Pedro Pascal, Adria Arjona, Reynaldo Gallegos.

Tráiler

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          Triple frontera enclava su acción en un impreciso lugar entre Brasil, Colombia y Perú, con la selva del Amazonas a un flanco y la cordillera de los Andes al otro. Su relato, paralelamente, parece atravesar otros tres géneros o subgéneros: arranca como una heist movie protagonizada por mercenarios desencantados, se adentra luego en el western y deriva por momentos hacia una cinta de supervivencia. A lo largo de esta trayectoria, el libreto de Mark Boal se carga con la amarga mirada existencialista, herida de desilusión y absurdo, de los narradores-aventureros de las generaciones perdidas, como el Ernest Hemingway de El viejo y el mar y el John Huston de El tesoro de Sierra Madre.

          “Estos trabajos en seguida se vuelven oscuros”, reflexiona uno de los militares de vuelta de todo que regresa por sus fueros por razones en absoluto románticas. En concreto, asaltar la fortaleza de un narcotraficante para robar su dinero a espaldas de las fuerzas internacionales de la ley y de las agencias subterráneas subcontratadas por el Gobierno estadounidense para ejecutar cualquier tipo de trabajo sucio. El acercamiento que realiza Triple frontera hacia los cánones espectaculares que parecen propios de su argumento es revirada y agria, próxima incluso al bélico fangoso y desmitificado, teñido de cine criminal, de Doce del patíbulo, Mercenarios sin gloria o Los violentos de Kelly.

Los cinco veteranos se embarcan en esta misión estrictamente privada porque no podrían hacer otra cosa. Y lo hacen, por tanto, con ese cierto grado de cinismo resignado ante la dolorosa corrupción del mundo que poseían otros mercenarios, los de Los profesionales, encargados de desmontar otra revolución más con la formalidad, efectivamente, de unos profesionales.

          No obstante, el guion no trata de embaucar al espectador con coartadas falaces, aprovechándose de la empatía innata que suscita cualquier protagonista de fotogramas. La turbiedad moral del contexto se extiende así por unos personajes cargados de cicatrices y abiertos a contradicciones, flaquezas y matices -y bien interpretados por un reparto en el que hasta Ben Affleck muestra solventes prestaciones-. También a la sobria y contundente puesta en escena de J.C. Chandor, que a pesar de firmar lo que parece una película de encargo para Netflix, ya cuenta en su haber con otros largometrajes donde una serie de individuos trata de mantenerse a flote, con su integridad ética más o menos intacta, en mitad de un pantano de podredumbre, como sucede en el conglomerado de especulación de Margin Call o en los submundos mafiosos de El año más violento, dos filmes en los que costaría esfuerzo identificar cuál pertenece a una historia criminal y cual a una empresarial.

Aquí, hay dos conceptos que surgen ocasionalmente en los diálogos: el alma y el merecimiento. Los distintos puntos de vista acerca de ambos -la legitimidad de una acción ilegítima, el precio y la recompensa, los caminos de resarcimiento materiales y espirituales- son los que ofrecen tensión dramática al periplo de estos guerreros en conflicto.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 7.

Huida hacia el sol

8 Abr

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Año: 1956.

Director: Roy Boulting.

Reparto: Richard Widmark, Jane Greer, Trevor Howard, Peter van Eyck, Juan García, Margarito Luna.

Filme

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          El malvado Zaroff extraía su fuerza del carácter primigenio de su argumento, de las reminiscencias atávicas del relato impresas a fuego en la consciencia colectiva de la especie. Su carácter abstracto, que reducía al héroe a la simple condición de presa a merced de una naturaleza brutal, de la que el propio ser humano es parte ambigua, le otorgaba una potencia sobrecogedora.

          Huida hacia el sol es una variación de la historia original de Richard Connell, esta vez trasladada a las espesuras de México y con unos villanos que, por su parte, cuentan con mayores detalles biográficos, al tratarse de jerifaltes nazis -uno de ellos traidor a su patria, para más inri- que se ocultan en territorio incógnito. Esto también se aplica a la construcción de los protagonistas, un sosias de Ernest Hemingway y una reportera que pretende sacarlo de su exilio autoimpuesto, ambos con sus respectivos remordimientos a rastras y con una relación mutua que estará marcada por la inestabilidad emocional. Para ello, el filme emplea una notable cantidad de metraje y se alarga hasta la hora y media sin ser particularmente concisa.

          Paradójicamente, esta carga dramática más pronunciada -aunque no demasiado compleja a fin de cuentas-, en proporción con la acción pura, le resta expresividad simbólica a la obra.

La búsqueda de realismo en la personalidad de los perseguidores, que quizás podría aportar un matiz reflexivo importante -el peligro del hombre cualquiera para el hombre, tan mortífero como el mal absoluto-, no termina de funcionar y hace que su amenaza resulte menos terrible, menos aterradora psicológicamente por la presumible falibilidad humana de quien la ejerce. De igual manera, en definitiva, que la película es mucho más endeble que su predecesora.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 6.

La selva esmeralda

1 Mar

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Año: 1985.

Director: John Boorman.

Reparto: Charley Boorman, Powers Boothe, Meg Foster, Ruy Polanah, Dira Paes, Paulo Vinicius, Claudio Moreno, Eduardo Conde, Gracindo Júnior.

Tráiler

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          En uno de sus filmes más célebres, Defensa, el británico John Boorman enfrentaba al soberbio urbanita, que en su orgullo cree gobernar incluso la naturaleza indómita, contra su verdadero miedo y desprecio hacia el entorno rural y agreste, enclavado este en los montes Apalaches. El hombre occidental, por mucho que dicte su orgullo, se revelaba aún terroríficamente vulnerable ante la inmensidad de lo salvaje.

Este antagonismo es todavía más evidente en La selva esmeralda, una película de discurso ecologista -incluida nota de advertencia final- y humanístico en el que esta rivalidad encuentra un mediadorpara simbolizar las posibilidades de reconciliación de ambos mundos: un niño raptado, criado y asimilado por una tribu del Amazonas. Esto es, una premisa similar a la de El libro de la selva con Mowgli, también semejante a otros westerns de rostros pálidos que, acogidos por el indio, redescubren la esencia, el sabor y la verdad de la vida, como Yuma, Bailando con lobos, El último samurái o Avatar. Porque, pese a la presencia del padre desesperado por la pérdida, el punto de vista de este no es tan dominante como para constituir una revisión concienciada del tío Ethan de Centauros del desierto.

          La honestidad del posicionamiento de Boorman y su guionista, Rospo Pallenberg, se plasma en un factor inusual, como es el rodaje mayoritario no en inglés, a pesar de los actores, sino en el lenguaje de los indígenas. Este factor otorga cierta legitimidad a su acercamiento a las costumbres del buen salvaje que encuentra en los Hombres Invisibles, a quienes retrata con la misma admiración antropológica con la que captura la selva poderosa, maternal y terrible. Aunque también caben matices en la idealización de los pueblos libres a espaldas de la sociedad urbana, dado el carácter de los Hombres Feroces, que no obstante tienen querencia por establecer tratos con el invasor.

Todos ellos aparecen amenazados de muerte por la ingeniería del hombre presuntamente civilizado, que huérfano de ella ni siquiera es capaz de penetrar diez metros en la espesura, tal y como demuestra la escena de la desaparición, con la diferencia entre los movimientos de unos y de otros; en la incapacidad literal del padre para ver -al contrario que la mirada pura del niño- o en la ofuscación de su racionalidad, que le hace confundir la vida -el oxígeno- con la muerte -la putrefacción-.

          El planteamiento se desarrolla con tintes de fábula, lo que da cabida a introducir pinceladas fantásticas y sobre todo mágicas y místicas, así como a que el relato se incline en buena medida a un maniqueísmo naif, que igualmente resta crispación y entidad al drama de los progenitores en favor del canto al paraíso a punto de perderse, a la espiritualidad ancestral que agoniza, a la destrucción irremisible de una perspectiva diferente de entender la existencia -donde su sentida declaración no está sin embargo exenta de algún tópico exotista-. Esta ingenuidad conceptual se constatará especialmente en la resolución del conflicto.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6,5.

El libro de la selva

18 Feb

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Año: 1942.

Director: Zoltan Korda.

Reparto: Sabu, Joseph Calleia, Patricia O’Rourke, Rosemary De Camp, John Qualen, Frank Puglia, Ralph Byrd, Faith Brook.

Filme

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          Los hermanos Zoltan, Alexander y Vincent Korda -realizador, productor y director artístico, respectivamente- serían los primeros en llevar a la gran pantalla los relatos de El libro de la selva, una de las obras más populares del bardo de la India colonial británica, Rudyard Kipling

Fascinado por las evocaciones fabulosas del África y la Asia remota, recurrentes en su filmografía, Zoltan Korda y sus hermanos llevarían a cabo el proyecto en Hollywood, a donde habían llegado huyendo de los bombardeos nazis del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial y donde habían completado ya otro clásico de aventuras exóticas y mitológicas, El ladrón de Bagdad, y el drama de época Lady HamiltonA instancias de Alexander, avezado y excéntrico productor, el filme se convertirá en un sueño fabuloso, donde la exuberancia de la selva oriental estalla en los intensos cromatismos del technicolor para dar cobijo a una espesura maravillosa y embriagadora, poblada de animales y fieras extraordinarios, y que hace empequeñecer el orgullo de los humanos que osan morar o adentrarse en sus misterios.

En este sentido, el texto sobre el que se construye el filme no es fiel al escrito de Kypling, pero sí al espíritu que de él emana, crítico con las voraces apetencias de la autodenominada civilización y devoto del poder sagrado, eterno, de la naturaleza, a la que reverencia con devoción. Las ruinas de Ozymandias devoradas por las higueras indómitas.

          El libro de la selva es una aventura que no especula. Está filmada desde la ingenuidad de la fábula -donde por tanto tienen cabida las arcaicas caracterizaciones embetunadas y los evidentes aunque bellos decorados pintados-, la cual en realidad es una engañosa máscara bajo la cual infiltrar dilemas trágicos y terrores abisales.

Dentro de su pasión narrativa, propia del cuentacuentos que ejerce como maestro de ceremonias de la función, la película vierte sobre la belleza deslumbrante de la jungla la dualidad humana, su combate entre su tendencia creadora y destructiva, entre su cainismo y su solidaridad con el prójimo, entre su rostro salvaje y su rostro racional; intermediadas todas ellas por una criatura entre dos mundos: Mowgli -a quien pone rostro jovial y habilidades circenses Sabu, al que los Korda habían conocido en Sabu – Toomai, el de los elefantes, otro viaje a Kypling, y a quien habían vuelto a emplear en las aventuras de Revuelta en la India y El ladrón de Bagdad-. Una dualidad siempre en conflicto, incluso en guerra abierta.

          Hay, pues, una noción trascendente en los fotogramas de El libro de la selva, en los que se cita a Juan el Bautista y a Buda y que están impregnados de un poderoso hálito animista, panteista, pagano. Un misticismo antiguo, perdido, que se ha de recuperar para orientar el curso de una humanidad enzarzada en la destrucción por su propia mano. Los animales que se comunican con el buen salvaje, que admiten y tutelan a los inocentes de corazón puro y que destierran o aniquilan a aquellos arrogantes que pretenden expoliarla saltándose sus atávicas, universales e inmarcesibles leyes morales. La virtud primigenia, el pecado original. El edén sublime donde todo es posible de nuevo, mas de nuevo frágil a la iniquidad.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 8.

Invasión en Birmania

16 Ene

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Año: 1962.

Director: Samuel Fuller.

Reparto: Jeff Chandler, Ty Hardin, Andrew Duggan, Claude Akins, Peter Brown, Will Hutchkins, Pancho Magalona, Vaughan Wilson, John Hoyt.

Tráiler

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         “Sobrevivir es la única gloria en la guerra”, confesaba Samuel Fuller en cierta ocasión. Hay desengaño en el cine bélico de un cineasta que había participado en la campaña de África en la Segunda Guerra Mundial y que sentía una evidente fascinación por el universo militar, recurrente en su filmografía. Influido por su condición de excombatiente, Fuller acostumbra a enfocar el conflicto desde el punto de vista individual del soldado, cuyo arrojo guerrero -de acreditarlo- puede entremezclarse también con un riguroso y desengañado escepticismo. Curiosamente, otra película ambientada en el mismo escenario y periodo que esta, Objetivo: Birmania, también escogía esta perspectiva para recrear una situación que, aunque venga exigida por la lucha contra un enemigo insoslayable, no deja de ser aterradora.

         Esa antiépica del heroismo, por así decirlo, es la que también acompaña al pelotón de Invasión en Birmania en su penosa travesía por las junglas y montañas del país del sureste asiático, ocupado por las fuerzas del Imperio japonés. Desde un prólogo que recupera imágenes de las proyecciones de propaganda de la Segunda Guerra Mundial, la producción se presenta como un homenaje a este contingente de voluntarios implicados, más bien por una serie de engaños, en una hazaña bélica que, del mismo modo, también se honrará en el cierre con grabaciones de desfiles auténticos en su honor.

La primera incursión parece confirmar esta intención glorificadora, pues se trata de una acción llevada a cabo de forma impecable, entre estruendosas fanfarrias y movimientos grupales que, si bien escenificados al aire libre en las Filipinas, con la participación de auténticos miembros de las fuerzas armadas, vistos hoy tampoco logran tener mayor realismo que los clásicos rodados en plató -no obstante, dentro de la continuidad de rasgos tópicos como los barrocos escorzos de los enemigos abatidos, otras ofensivas posteriores sí lograrán tener más nervio y también una puesta en escena llamativa, como ese bruscamente introducido asalto a las líneas férreas que parece tener lugar entre siniestros ataúdes, o hasta la batalla radiada, recurso que sirve igualmente para disimular la carencia de medios-. No será esta la tónica del filme. El resto del metraje se desarrollará con unos tipos al límite de la resistencia física y psicológica, o al borde del infarto, en el caso de quien los lidera. 

         Invasión en Birmania abunda también en la soledad -e incluso la traición- que implica el mando. El sacrificio de las decisiones en favor del bien común, del fin trascendente. De ahí procede también buena parte del drama de la función, a partir de la relación entre un general de brigada y un teniente que, en su presentación, encarnaban a un líder paternal y a un líder natural, respectivamente. Ambos son parte de una familia -en su caso prácticamente literal- que es el Ejército, punto de unión de las gentes de un país tan heterogéneo como los Estados Unidos -un concepto muy grato para otro cineasta de querencia castrense como John Ford– y, aquí, hasta de una comunidad de naciones vinculadas por la ascendencia angloparlante y por unos valores y unas libertades compartidos.

Así, los merodeadores de Merrill tratan apenas de sobrevivir en el horror. Su único deseo explícito es regresar al hogar, no caer en el pantano, conseguir dar un paso tras otro mientras sufren el miedo extremo de un mundo donde el hombre es lobo para el hombre, y camina en manadas. Hay una escena preciosa para resaltar este espíritu humanístico que Fuller imprime a Invasión en Birmania: la incontenible reacción de un exhausto sargento ante la sonrisa de un niño y una anciana.

         Con todo, Invasión en Birmania no deja de exponer este pesimismo en aras de, en último término, resaltar la proeza conquistada. La voz objetiva del doctor, que es la que hace un diagnóstico de la locura que contiene todo este operativo, está ahí para ser contradicha por unos hechos extraordinarios -si bien estos, en otra decisión de nuevo aparejada a pobreza de la producción, ni siquiera se mostrarán en pantalla impresos en eufóricos y enardecedores fotogramas-. Invasión en Birmania, pues, es un drama humano sobre un esfuerzo sobrehumano.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

Predators

5 Oct

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Año: 2010.

Director: Nimród Antal.

Reparto: Adrien Brody, Alice Braga, Topher Grace, Walton Goggins, Oleg Taktarov, Mahershala Ali, Louis Ozawa Changchien, Danny Trejo, Laurence Fishburne.

Tráiler

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         Ya en un lejano 1994, Robert Rodriguez, un cineasta fascinado por el cine popular y por entonces a punto de alcanzar la fama gracias a cintas como Desperado o Abierto al amanecer, había presentado un guion a la 20th Century Fox para dar continuación a la saga de Predator, una criatura convertida en icono contemporáneo de la ciencia ficción y que cuatro años atrás había estrenado su primera secuela. Aunque no será hasta su (deplorable) revitalización, enfrentado a otro célebre alienígena como el xenomorfo de Alien, cuando Rodriguez consiga por fin sacar adelante el proyecto, que no obstante dirigirá, bajo su tutela como productor, Nimród Antal. Siempre me pareció una curiosa coincidencia que una entrega sobre este extraterrestre apasionado de la caza de todo tipo de criaturas, incluidas los humanos, recayese sobre un realizador que comparte nombre con el rey mesopotámico descrito en la Biblia como “robusto cazador ante Yahvé”.

         Predators devuelve el juego a la espesura de la jungla, con un mayor número de contrincantes extraterrestres y un mayor número de representantes de la especie humana; en este caso una heterogénea galería de asesinos de todo tipo y pelaje, y con su correspondiente colección de tópicos estereotípicos, como salidos de un cómic o de una tormenta de ideas en una junta de producción de serie B.

Pero esta premisa también arroja una vertiente reflexiva, ojo, puesto que a partir de este turbulento contingente de militares, guerrilleros y homicidas, la película abunda en ese concepto tan del malvado Zaroff, el del cazador cazado, que por un lado devuelve al orgulloso ser humano a los escalafones inferiores de la pirámide predatoria y, por otro, desenmascara su condición de despiadado agente de la muerte. El monstruo ante el espejo.

         Sea como fuere, las intenciones de Predators se concentran en el entretenimiento, en la acción y el survival bajo la amenaza de terror de una amenaza que juega en casa -y que además, con la variedad de razas del extraterrestres y el uso de ‘perros’ en la montería, abre una nueva puerta mitológica que, en cierto modo, parece explorar la recientemente estrenada Predator-. En este aspecto, la acción está rodada con solvencia y, por fortuna, sin caer en las tentaciones de los espectáculos digitales del periodo -que de tan pixelados acostumbran a carecer de textura o entidad física-.

Esto contribuye a que Predators sea una cinta que se deja ver con facilidad pese a tener poca cosa que decir. De hecho, resulta extraño que esa presencia ejecutiva de Rodriguez no revista a la película de una mayor personalidad propia.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 4,8.

Nota del blog: 5,5.

Adiós al rey

4 Jul

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Año: 1989.

Director: John Milius.

Reparto: Nick Nolte, Nigel Havers, Frank McRae, Marilyn Tokuda, Gerry Lopez, James Fox, Elan Oberon, Marius Weyers, William Wise, Aki Aleong, John Bennett Perry.

Tráiler

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         “¡Crom! Jamás te había rezado antes, no sirvo para ello. Nadie, ni siquiera tú recordarás si fuimos hombres buenos o malos, por qué luchamos o por qué morimos. No. Lo único que importa es que dos se enfrentan a muchos; eso es lo que importa. El valor te agrada, Crom. Concédeme pues una petición. Concédeme la venganza. Y si no me escuchas ¡vete al infierno!”, oraba Conan el bárbaro antes de la batalla decisiva, en la que exhibirá un arrojo rayano en el sacrificio ritual. Épico y sentimental, John Milius se siente un poeta guerrero de otros tiempos. Y, en ellos, consulta a sus dioses, y a estos no les complace la bomba atómica, símbolo último de la decadencia de un Occidente sin respeto hacia el mundo y hacia sí mismo, corrompido por la civilización, antigua y malvada.

Ya había contrapuesto en El viento y el león un choque de civilizaciones, maravillado en aquella ocasión por la vida indómita y orgullosa de los bereberes del Sáhara. En Adiós al rey, el botánico inglés que se adentra en las selvas incógnitas de Borneo para alzar a las tribus contra la ocupación japonesa en la Segunda Guerra Mundial caerá bajo el influjo de los dayak. Pero esta vez, Milius acrecienta esa sensación de contraste debido a que su interlocutor no es un nativo, sino ‘uno de los nuestros’ -un proletario idealista, además, todo lo opuesto al estirado clasismo británico- que ha reencontrado su espíritu olvidado en las costumbres atávicas y puras del lugar. Un hombre que, según narra, primero ha debido perder la vida para después renacer como buen salvaje -o algo así-.

         En Adiós al rey, las enseñanzas del gurú que se encuentra al final del camino -la iluminación- no son apocalípticas, como las del coronel Kurtz de Apocalypse Now o las del Thulsa Doom de Conan el bárbaro. Lejanamente inspirado en James Brooke, el primer rajá blanco de Sarawak, el Learoyd de Adiós al rey se asemeja más, por así decirlo, a un Daniel Dravot, de El hombre que pudo reinar, al que no hubiera condenado su irreparable sino de desclasado -y porque, en realidad, la convicción vitalista de este hacía que no necesitara reencontrar su senda con los kafiris, entre quienes seguía desentonando como un pulpo en un garaje-. “¡Vida, inglés!”, le saludan al extranjero. Vida que aquí, a diferencia de los dos ejemplos anteriores, no tiene por qué venir propiciada por la inmolación de la deidad ancestral. Aunque, como decíamos, sí describa una resurrección alegórica.

         Milius dota al relato de aromas de Rudyard Kipling, aunque su fascinación por lo salvaje, por la anarquía de los hombres libres, lucha enconadamente contra el avance inexorable del colonialismo imperialista. Con la mirada apasionada hacia el último rey digno de tal nombre -que encarna un Nick Nolte implicado a la altura de tal exigencia- la naturaleza británica del protagonista se va diluyendo gradualmente. Aunque el cineasta anuncia su melancolía con la voz profética del coronel Ferguson (James Fox), quien ya se ha leído este cuento y conoce su final.

Esta visión romántica, profundamente personal, destaca frente a unas secuencias bélicas encadenadas en un ascenso glorioso en el que parecen editadas a mordiscos, con la banda sonora de Basil Poledouris también desacompasada, lo que deja una sensación de pobreza de producción más allá del minimalismo del escenario de contienda. En esta línea, hay secuencias de calma tensa, como la del combate bajo la luz de la luna, que están mucho mejor resueltas. Por entonces, como adversario ya se ha configurado un mal absoluto, destilado y abstracto, lo que se manifiesta en una atmósfera fantasmagórica, puro terror sacado del cine mudo o incluso del delirio espectral de La noche del cazador, con la muerte a caballo y la columna que le sigue al infierno recortada en silenciosa silueta contra el horizonte nocturno, como si de la Santa Compaña se tratase.

         Milius acusaría a la productora de cercenar su película. Quizás haya que atribuir estas estridencias impropias a la tijera insensible de los contables, como también podría percibirse en la tosquedad de los flashbacks acerca del insólito ascenso al poder de Learoyd.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7.

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