Tag Archives: Hotel

El resplandor

9 Dic

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Año: 1980.

Director: Stanley Kubrick.

Reparto: Jack Nicholson, Shelley Duvall, Danny Lloyd, Scatman Crothers, Joe Turkel, Philip Stone, Barry Nelson.

Tráiler

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          A Stanley Kubrick puede considerársele un autor transformador de géneros. Es decir, que pone su sensibilidad, talento e intereses por encima de los códigos y las convenciones propias del terreno por donde escoge encaminar su filmografía. Por ello, a la hora de adaptar la novela El resplandor, de un escritor fundamental en el terror, Stephen King, el cineasta optaría por ahogar su dimensión sobrenatural en favor de una mayor ambigüedad, más vinculada a una exploración de la enajenación y los arrebatos de locura que pueden hacer en presa en una mente como la de Jack Torrance, arrasada por la frustración -su estancada carrera literaria-, el aislamiento absoluto -el hotel cerrado durante cinco meses de crudo invierno- y unos antecedentes que apuntaban a que el asunto se encontraba ya ahí latente -la alusión a un episodio de «exceso de fuerza» hacia su hijo-.

Pero, además, esta naturaleza maligna se enraiza a través del relato con el catálogo de depravaciones y atrocidades que se manifiestan a través de los espíritus del siniestro hotel -otro holocausto familiar, fantasmas con terribles heridas, grotescas escenas sexuales- y, de paso, con la cara B de la historia de la forja de la nación -el recuerdo de la expedición Donner, donde los pioneros hubieron de recurrir al canibalismo para sobrevivir en mitad de un territorio hostil-. Un conjunto a partir del cual se podría conformar una subrepticia mirada crítica hacia la sociedad estadounidense -la conminación a Jack para que pase a ser parte de los hombres que cumplen con su deber y que escarmientan a esposas e hijos-.

          De ahí que esos espectros no tengan entidad propia, como en el libro de King, sino que Kubrick los apunte como emanaciones de una psicología trastornada, bien la de un padre desequilibrado que vendería su alma por una cerveza, bien la de un niño con aparentes problemas de sociabilidad, bien la de una mujer al borde de un ataque de nervios. No obstante, esta premisa conduciría a ciertas contradicciones, como por ejemplo en la imposible apertura de la puerta de la despensa, o a momentos ridículos como el final del personaje de Scatman Crothers. Supongo que es complicado subvertir por completo el texto original.

          De igual manera, en el aspecto formal, Kubrick reemplaza los sustos, la impresión repentina, por una constante irritación sensorial -la estridente estética de los interiores, las desaforadas sobreactuaciones y la apariencia de los actores; la banda sonora deformada por el sintetizador y los registros sonoros que incluso convierten el rebotar aburrido de una pelota en metrónomo de lo que parecía música…-. El terror está en esa atmósfera antinatural, bajo la que se convoca la personalidad intangible y malsana del Overlook, prácticamente un estado mental. Mediante la steadycam, el objetivo se arrastra tras los pasos de los personajes en su agobiante recorrido de unos pasillos que son tan intrincados como ese laberinto de setos que les aguarda en el exterior congelado.

          En cualquier caso, esta superposición de Kubrick termina dando de sí todo y acaba siendo más divertido contemplar, mirándo desde fuera la historia al igual que él, qué recursos visuales desarrolla y aplica el cineasta, y no tanto el relato de terror y locura en sí mismo que se cuenta de fondo.

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Nota IMDB: 8,4.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 7.

Las vacaciones del señor Hulot

30 Oct

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Año: 1953.

Director: Jacques Tati.

Reparto: Jacques Tati, Nathalie Pascaud, Micheline Rolla, Valentine Camax, Louis Perrault, André Dubois, Lucien Frégis, Raymond Carl, René Lacourt, Marguerite Gérard.

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         La naturaleza del señor Hulot va contracorriente. No como forma de protesta voluntaria, es cierto, pero bien vale como posición frente a la locura del mundo, que abarca desde su terrible violencia bélica hasta sus tóxicas convenciones cotidianas.

El señor Hulot, decíamos, se estrena en el trabajo cinematográfico yéndose de vacaciones a la playa. Toda una paradoja. Unas vacaciones en las que, además, no se relajará junto al resto de huéspedes del hotel, sino que se dedicará a sembrar el caos y a propagar la tensión nerviosa. Para ello se vale de su despiste consustancial, de su genuina torpeza y de la franquza de sus sentimientos. No por nada, los personajes de corazón puro, como por ejemplo los niños, se identifican rápidamente con él y lo convierten en impagable compañero de aventuras y modelo para lidiar con la sociedad sin perder la inocencia y, por tanto, la esperanza.

         El humor que despliega Jacques Tati es conceptualmente sencillo, a veces algún gag queda incluso un tanto anticuado, pero en conjunto es muy eficaz. Nace del slapstick del cine mudo, del que hereda también esa posición marginal desde la que enfrentarse a la vida que poseían Charles Chaplin y Buster Keaton, que encarnaban antihéroes que, a diferencia de los protagonistas convencionales de las películas, de los héroes y de los galanes, deben hacer frente al doble de obstáculos para conseguir satisfacer cualquier anhelo, por pequeño que sea. Justo como cualquiera de nosotros.

Así pues, la coreografía del movimiento, combinado con un exagerado y estrambótico empleo del sonido, se acompaña de una atmósfera tierna y dulcemente melancólica en su seguimiento de los andares del señor Hulot. Su viaje en un desvencijado coche sirve, ya de primeras, como perfecta presentación del personaje: un tipo en clara desventaja frente a los arrogantes privilegiados pero perseverante en sus intenciones y, a pesar de las penurias, siempre amable con sus pares, como prueba su caricia al chucho que se resistía a renunciar a la siesta para cederle el paso.

         Las vacaciones del señor Hulot recopila una serie de escenas cómicas, amables, absurdas, plácidas… donde el costumbrismo, de la mano de esta subversiva presencia, llega por momentos a tener trazas de surrealismo solo por la simple exposición de la banalidad rutinaria, que se deforma y pierde sentido tan solo por representarla fuera de la realidad en sus múltiples formas, tan disparatada es en el fondo. La capacidad revolucionaria de Hulot es tal que puede transformar el duelo en carcajada. Porque, como decíamos, allá afuera el mundo es feo. La radio habla de problemas incomprensibles entre los que permanece el recuerdo de las últimas «tres» guerra mundiales. Pero esto no es nada si se compara con un baile con una joven guapa y agradable.

La sencillez de Tati es también una muestra de delicadeza. A partir de ella, consigue extraer lirismo. Ni siquiera se puede decir que su sátira es despiadada o cínica, o que trate de arremeter contra el espectador con maliciosa agresividad. En la torpeza y el despiste de Hulot descansa también una honda e inspiradora hermosura.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7,5.

El hotel a orillas del río

8 Sep

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Año: 2018.

Director: Hong Sang-hoo.

Reparto: Gi Ju-bong, Kim Min-hee, Kwon Hae-hyo, Song Seon-mi, Yu Jun-sang.

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         La nieve llega a transformar los fotogramas de El hotel a orillas del río en un lienzo en blanco. Apenas hay escenario tras los personajes. Las estancias de ese no-lugar que es el hotel, la ribera con una difusa ciudad al fondo, un par de calles entrevistas, nocturnas y prácticamente vacías. El autor también desliza sugerencias oníricas durante las vivencias de los protagonistas, concentradas en unas pocas horas y organizadas a través de dos núcleos -el padre que se encuentra con sus dos hijos presintiendo el final del camino; las dos amigas que lidian con el desengaño amoroso de una de ellas; uno masculino y el otro femenino- que se intercalan hasta terminar, inevitablemente, interrelacionándose.

         El minimalismo poético de Hong Sang-soo, que procede también del carácter espartano y libre de proyecto, con ese toque casi de orgullosa instintividad, amateurismo e inmediatez que podría entroncar con la autónoma Nouvelle Vague francesa, escribe con atención caligráfica sobre ese lienzo en blanco sobre el que se reúnen los personajes. Esta austeridad sirve también para convocar una atmósfera de cercanía entre el espectador y los personajes -incluso con recursos propios de la mirada, como el barrido de cámara que se alterna con los planos fijos para filmar las conversaciones-, y eso a pesar de la distancia inicial que parecían marcar unos títulos de crédito atípicamente locutados.

         Así pues, sobre estos fundamentos estéticos, el cineasta surcoreano incide en el retrato de estas criaturas y sus circunstancias emocionales y existenciales por medio del diálogo. Con su estilo habitual, con naturalismo y fina sutileza -quizás demasiada para servidor-, casi como quien no quiere la cosa. Puntuado ocasionalmente con un no menos vaporoso sentido del humor, el melodrama se va desplegando a cuentagotas, con esa desafiante paciencia de Hong, que expone situaciones cotidianas que parecen de baja intensidad, en las que no ocurre nada, pero que en realidad contienen abundantes emociones soterradas -el amor, la distancia, la soledad, la melancolía, el deseo de reconciliación, las pulsiones de muerte, el duelo romántico…-.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FimAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

Detroit

16 Sep

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Año: 2017.

Directora: Kathryn Bigelow.

Reparto: John Boyega, Will Poulter, Algee Smith, Jacob Latimore, Jason Mitchell, Hannah Murray, Jack Reynor, Kaitlyen Dever, Ben O’Toole, John Krasinski, Anthony Mackie, Nathan Davis Jr., Peyton ‘Alex ‘ Smith, Malcolm David Kelly, Joseph David-Jones, Jeremy Strong, Gbenga Akinnagbe.

Tráiler

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          Algo hay que lamentar en los Estados Unidos cuando su cine recupera episodios históricos de la lucha contra el racismo y los movimientos por las libertades sociales para hacerlos dialogar con un presente en el que recobran una descorazonadora vigencia, tanto desde la reconstrucción ficcionada –Selma, Figuras ocultas, El mayordomo, 42, Loving…- como desde el terreno puramente documental –The Loving Story, I Am Not Your Negro, Enmienda XIII (13th)La violación de Recy TaylorBurn Motherf**ker, Burn!…-. Algo ocurre en la realidad del país norteamericano cuando se resquebraja su fachada extraordinariamente propagandística y es precisamente el cine, uno de los mayores contribuidores en la creación y promoción de esta imagen idealizada y falaz, la que reacciona en su contra, intentando erigirse en arma de denuncia y en agitador de la conciencia social frente a un atropello prácticamente endémico, manifestado en violentas explosiones cíclicas que constatan el fracaso, o el mero desinterés, en la búsqueda de soluciones.

          Precisamente, Detroit intercala con fluidez fragmentos de realidad -terribles fotografías, dramáticos segmentos de noticieros- en su recreación de los disturbios raciales desatados en la ciudad del motor en julio de 1967 -que se saldaron con 43 muertos y más de 2.000 heridos- y, en particular, de la tortura y asesinato de tres jóvenes afroamericanos en el hostal Algiers presuntamente a manos de la policía local.

Kathryn Bigelow continúa trazando su crónica de los Estados Unidos en conflictoEn tierra hostil (The Hurt Locker), La noche más oscura (Zero Dark Thirty)-, ya que, como se exponía antes, este capítulo de hace exactamente medio siglo encuentra sonoros ecos en la rabiosa actualidad, sembrada de escenas de brutalidad policial injustificada, en ocasiones mortales, y de la persistencia de un racismo estructural en la sociedad estadounidense, frente al que se alzan movimientos como el Black Lives Matter.

Siguiendo esta línea, el filme arranca con una estética de apariencia urgente e inmediata, próxima de este modo al documental, para condensar la naturaleza quasibélica de los acontecimientos. El planteamiento logra asentar las crispadas e inquietantes bases de lo que, en adelante, se transformará en una película de terror escenificada en el recibidor del edificio en cuestión. Aunque puede que sea una situación un tanto extensa y reiterativa -cabe reconocer que los hechos son los hechos, unos extraídos del acta judicial y otros completados mediante testimonios-, la cineasta demuestra pulso para invocar una sesión inmersiva, para hacer palpable la tensión y el nerviosismo de una asfixiante situación de estricta supervivencia. La indefensión, la injusticia, se siente.

          Pero lo que funciona a la perfección en un aspecto estrictamente cinematográfico, quizás de cara a la composición de este discurso de denuncia no lo haga de forma tan absoluta, probablemente a causa de errores de cásting como el de Will Poulter, un actor cuyos rasgos de por sí caricaturescos redundan en un villano excesivo, un simple psicópata con aspecto de poder unirse incluso a los sádicos allanadores de Funny Games, y que se contrapone a unos melodramas igualmente elementales -en especial el del aspirante a estrella de la Motown-.

Son factores relevantes que, sumados a otros detalles resueltos de forma bastante tosca -el rol de la policía estatal, por ejemplo-, provocan que las posibilidades de un retrato coral pierda complejidad y por ende fuerza y capacidad de convicción, a la par que el resto del metraje -un juicio en el que se desinfla la potencia narrativa e indignante previamente exhibida- se resiente y deja tras de sí cierta sensación de irregularidad.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 6,5.

Anomalisa

26 Mar

“Todos somos científicos locos y la vida es nuestro laboratorio.”

David Cronenberg

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Anomalisa

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Anomalisa

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Año: 2015.

Directores: Charlie Kaufman, Duke Johnson.

Reparto: David Thewlis, Jennifer Jason Leigh, Tom Noonan.

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            La humanidad y la sociedad retratadas por Charlie Kaufman, ya sea como guionista o también como director, están dominadas por el desconcierto y el desencanto frente a las normas establecidas, el trazado de hipersensible de relaciones anticonvencionales y complejas, y la permanente búsqueda del sentido de ese enigma sorprendente y aterrador que supone el hecho de estar vivo.

Anomalisa, su segunda película para el cine como realizador después de la ambiciosísima Synecdoche, New York –una pretensión de capturar el milagro mismo de la vida entremezclada con la fantasía metaficcional-, parte de un escenario sonoro que se hace materia a través de marionetas y animación stop motion gracias a la colaboración de Duke Johnson. Una significativa metáfora de base –no maneja alegorías sutiles el filme, quizás por ese origen limitado a los sonidos-, adelantada en ejemplos precedentes de su filmografía –Cómo ser John Malkovich– y sobre la que se narra la imposible huida frente a todo de un experto en motivación y autoayuda que, paradójicamente, es incapaz de sacarse a sí mismo del oscuro pozo psicológico en el que pena sus días.

            El Michael Stone de Anomalisa (David Thewlis) es un extranjero en medio de sus congéneres, muy semejante al Bob Harris de Lost in Translation, una cinta donde el exotismo marciano de Japón potenciaba la profunda sensación de aislamiento, alienación y desarraigo del protagonista. Pero el lugar es indiferente, porque bien valdría para ambientar la obra la Suecia sombría de Ingmar Bergman. En Anomalisa no hace falta recurrir a los neones y los karaokes de Tokio, sino que el argumento está ambientado en Cincinnati, de por sí una localización anodina. O, más en concreto, en un no-lugar por antonomasia: un hotel, aséptico y homogeneizado para el confort impersonal de una clientela indefinida.

            Esta idea de gente sin rostro –o con la máscara uniformadora que impone la vida en comunidad- y que solo habla por hablar –todos con la misma voz, todos uno-, es una de las principales premisas con las que Anomalisa arremete contra una sociedad contemporánea estandarizada, deshumanizada, limitadora y castradora que rechaza de pleno la divergencia crítica y voluntaria, así como la búsqueda de caminos alternativos hacia la realización personal –la pesadilla-. Un concepto que quedará plasmado en la inexpresiva sencillez de las facciones de los muñecos y en la subactuación de voz de Tom Noonan, igualadora para todos ellos independientemente de su sexo o su condición.

De este modo, Kaufman prepara un terreno grisáceo, monocorde y depresivo donde la voz de Lisa, prestada por Jennifer Jason Leigh, penetra como un resplandeciente y revolucionario rayo de sol: la necesidad de una anomalía idealizada que remueva el interior marchito, manifestado en secuencias cargadas de electricidad emocional, caso de una sorprendentemente conmovedora interpretación del Girls Just Want To Have Fun de Cyndi Lauper, nada menos, y sus secuelas posteriores.

            Sin embargo, Kaufman no crea un discurso victimista o que se regodee en la autoconmiseración del marginal vulnerable e incomprendido por el resto de borregos que, considera, son sus compañeros de especie. La desesperada mirada del filme pertenece a su protagonista en exclusiva, sí, pero asimismo se le cuestiona –el eterno desengaño romántico, el diálogo con la esposa, el cambio de perspectiva que arroja la última escena-. Por más que uno pueda percibir e incluso compartir con plenitud el hastío de su espíritu, repleto de miedo, frustración y soledad, éste no tiene por qué estar en lo cierto. Depende de cada cual indagar en pos de respuestas propias, si acaso las hubiera, dentro de este misterio abisal que es la existencia.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

Mystery Train

23 Feb

Jim Jarmusch peregrina al corazón cultural de América, Memphis, patria de Elvis, oronda deidad. Y en ella encuentra templos en ruinas, repleta de cochambre y viajeros perdidos en la nada, pero todavía con cierto romanticismo ‘cool’ que sobrevive en forma de ecos lejanos. Mystery Train, cuarta toma de Jim Jarmusch para Ultramundo.

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La juventud

26 Ene

“No hay un final. No hay un principio. Solo existe la infinita pasión por la vida.”

Federico Fellini

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La juventud

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La juventud

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Año: 2015.

Director: Paolo Sorrentino.

Reparto: Michael Caine, Harvey Keitel, Rachel Weisz, Paul Dano, Jane Fonda, Alex Macqueen, Roly Serrano, Madalina Ghenea.

Tráiler

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            La vejez, la soledad, el remordimiento, la ilusión, el desencanto, la trascendencia tras la muerte. Paolo Sorrentino prosigue el itinerario existencialista que, a tientas pero con honestidad –otra cosa son sus resultados-, traza desde Un lugar donde quedarse, prolongado a continuación por su exitosa La gran belleza. Obviamente ya poblaban su filmografía precedente personajes en eterna duda, como el mortecino Titta di Girolamo de Las consecuencias del amor, quien se dejaba arrastrar por la vida hasta que, inesperadamente, encontraba en el amor el deseo redivivo de luchar por sí mismo.

            El director de orquesta Fred Ballinger (Michael Caine) y el director de cine Mick Boyle (Harvey Keitel), protagonistas de La juventud, son, al igual que los anteriores, personajes inmersos en las garras de la crisis existencial, encerrados en una especie de bucólico purgatorio de los Alpes suizos donde, de mejor o peor gana, agonizan a la espera de sus respectivos dos metros de tierra, sea con el anhelo de dejar algo tras de sí a modo de testamento –le importe a alguien o no- sea en cambio con la desidia de quien, como Di Girolamo -que también agostaba sus días en un hotel-burbuja-, afronta vacío de emociones y entusiasmos el otoño de una vida que quizás no haya tenido sentido ninguno, por más que pareciera por momentos capaz de intuirse como una hermosa sinfonía.

El arte, el sexo, el intelecto, los lazos sentimentales, la huella creada en el prójimo, la discreta alegría de la frivolidad. Ballinger y Boyle repasan su hoja de servicio, filtrada por una memoria que no se sabe si es olvidadiza, prejuiciosa o sabia, y tratan de evaluar qué cosa de todo ello aporta, al menos mínimamente, cierta satisfacción en el proceloso mar de incertidumbres, cierto orden dentro del caos más desalentador, cierto consuelo contra la arbitrariedad del cosmos.

            La exploración que traza La juventud es más interesante -o, dicho de otra forma, está planteada con mayor refinamiento y sensibilidad- que la de La gran belleza, una obra tendente a la obviedad en los aparatosos retablos con los que se ilustraba el retorno de Gambardella a su Rosebud perdido y ansiado –el romance límpido y juvenil como esencia de la vida, en aquel caso-. La cinta arranca con determinación, excelentemente envuelta en una niebla de melancolía, desengaño, tristeza y vulnerabilidad, apuntando asimismo certeras y conmovedoras ideas en el paso de los fotogramas, y todo ello potenciado por la colosal interpretación de Caine.

Pero, andando el metraje, en vez de profundizar o despegar definitivamente –como le sucede simbólicamente al descontento actor que encarna Paul Dano-, el drama tiende a la redundancia, a dar vueltas en círculo en su recorrido desorientado. Da la impresión de que no es tanto una reproducción de los palos de ciego de los personajes –dueños de inquietudes y terrores universales que abarcan desde el individuo más insignificante hasta un orondo y falible dios sobre la Tierra como Diego Armando Maradona-, sino más bien por la impotencia para alzar la vista por encima de las descomunales montañas que encierran el balneario y aprisionan a los dos amigos, presos también de un sinfín de achaques físicos o espirituales. Entonces, la pesadumbre se torna pesadez; la aventura introspectiva, ensimismamiento; las ideas entreveradas, explosiones de explicitud verbal; el vigor, flaccidez.

            Probablemente se le pueda imputar aquí a Sorrentino, quien aún no alcanza los 45 años, la falta de una necesaria experiencia vital propia –acusación que bien valdría, reconozcámoslo, para un servidor en su cometido de comentar la propuesta-. El cineasta napolitano se muestra expresivo en la puesta en escena, elocuente y elaborada. Es hasta más precisa dentro de ese onirismo felliniano que, no obstante, todavía tiene mucho de autocomplaciente y con cuya exhibición orgullosa evidencia filiaciones evidentes y trata de impulsar esa concepción mediterránea –y con ello concupiscente, circense y voluptuosa- de la existencia –en este sentido, no hay más que contraponerla por ejemplo con la asexualidad y la asepsia afectiva de los pavorosos intelectuales del nórdico Ingmar Bergman-.

Pero divaga sin concisión, abandonando a la orfandad personajes y caminos, y deambulando al albur de la ocurrencia y sus limitaciones por un terreno que se siente siempre importante, elevado y grandilocuente y donde el autor, cuando no encuentra la salida dentro del misterio en el que ha osado penetrar –cosa natural, imposible de echársela en cara a nadie-, lanza a bulto, en un torpe intento de escape, un par de frases de autoayuda acerca del deseo –otra demostración de la cojera del personaje-observador de Dano, puesto que la idea ya había quedado sintetizada de manera mucho más contundente, que no elegante, por la lubricidad de Madalina Ghenea-. Eso sí, ya con consciencia y dignidad recobradas, Sorrentino se repliega luego para no ofrecer más respuestas groseras, concediendo al espectador ese margen de maniobra imprescindible para que él también emprenda por su cuenta una posible autorreflexión.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 6.

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