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Los señores del acero

11 Jul

“No concibo una película sin lujuria porque en la vida hay lujuria.”

Ben Wheatley

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Los señores del acero

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Los señores del acero

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Año: 1985.

Director: Paul Verhoeven.

Reparto: Rugter Hauer, Jennifer Jason Leigh, Tom Burlinson, Jack Thompson, Fernando Hilbeck, Susan Tyrrell, Ronald Lacey, Brion James, John Dennis Johnston, Simón Andreu, Bruno Kirby, Kitty Curbois, Marina Saura, Hans Veerman, Jake Wood.

Tráiler

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           El sexo es un elemento crucial de la filmografía de Paul Verhoeven, bien de forma explícita, como en Instinto básico –una de sus obras más exitosas-, Showgirls –una de sus obras más denostadas- o Elle -recientemente alabada en el festival de Cannes-; bien como un componente de fondo que completa un conjunto violento o incluso enfermizo.

El sexo es una de las armas con las que los personajes de Los señores del acero hacen la guerra, parte de una panoplia que abarca asimismo la violencia en sentido estricto, una religión transformada en fanatismo delirante o la inteligencia aplicada tanto al progreso como al engaño. Flesh+Blood, reza el título original: la carne y la sangre, que es la transustanciación de Cristo en la misa con la que se abre el filme y que es el material de lujuria donde se desarrolla el resto del metraje.

           Los señores del acero dibuja un Renacimiento extremado por las señales iluminadas y por las apetencias de la víscera, en el que la misión ominosa de Martín (Rugter Hauer), mercenario que sobrevive en el caos, y la utopía alcanzada mediante el pecado en la que embarca a su pelotón de desheredados, colisiona frontalmente con una princesa de retablo boticceliano, Agnes (Jennifer Jason Leigh).

La doncella representa aquí un contrapunto conflictivo en el que su inocencia es tan solo un disfraz que oculta un elemento perturbador de mucho mayor calibre: el deseo sexual, una tentación tangible por la que pueden arder compañeros, santos, ciudades, ideales y sueños. Más aún, este choque representa también, en cierto modo, el reencuentro perverso, despojado de toda ingenuidad, entre King Kong y la rubia -que no es sino una extrapolación de relatos tradicionales transmitidos desde centurias atrás-. “No fueron los aviones, fue la bella quien mató a la bestia”, decían entonces.

           Verhoeven, a su gusto, recompone un periodo de brutalidad, miseria y enfermedad, en el que conviven degradadas visiones religiosas con un sentido muy físico de la puesta en escena y de la violencia que contiene el relato. En coherencia con las premisas argumentales del libreto, el cineasta no se detiene en contenciones, puesto que, como se decía en párrafos anteriores, esta agresividad se extiende especialmente a partir del conflicto con el sexo y se formula, por ejemplo, en violaciones que son batallas grupales y duelos personales.

Esta combinación, estimulada además por un rodaje especialmente tenso –de hecho, propiciaría la ruptura artística entre Verhoeven y Hauer-, mantiene la aventura-venganza herzogiana de Martín y los suyos apegada a la tierra, al barro corrompido por la suciedad y las plagas. Y barniza todo de una mueca grotesca, que se ríe como se reía, irónica y victoriosa, incontestable en la consciencia de su triunfo, la calavera que centraba la atención en las danzas de la muerte que poblaban el imaginario europeo en tiempos de la peste negra.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7,5.

Los últimos días

23 Abr

“El cine español actual es cada vez más accesible para el resto del mundo.”

Sasha Grey

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Los últimos días

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Los últimos días

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Año: 2013.

Directores: David Pastor, Àlex Pastor.

Reparto: Quim Gutiérrez, José Coronado, Marta Etura, Leticia Dolera, Iván Massagué.

Tráiler

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            Cuando recuerdo mi formación como historiador, me da por teorizar sobre la crónica del momento presente. Y, entonces, llego a la conclusión de que el punto de inflexión decisivo del comienzo del milenio, por capacidad de influencia sobre la sociedad global, no es tanto los atentados terroristas del 11-S y su reordenación de las estrategias geopolíticas del mundo posterior a la Guerra Fría, sino la crisis económica estallada en 2008 –o como quieran ustedes calificarla- y los subsiguientes movimientos de neoconservadurismo económico y el ‘liberalicidio’ resultante.

De ahí que considere reseñable que, en una película por otro lado discreta como Los últimos días -este ejemplo del nuevo blockbuster español que mira desacomplejadamente hacia los referentes del otro lado del charco, por más que muchos de ellos estén bien caducos, eso sí-, la corriente del cine catastrófico americano posterior a los atentados contra las Torres Gemelas encuentre su reflejo directo en un escenario igualmente catastrófico pero donde, por el contrario, la marca de la Bestia parece asociarse a esa España acosada por los terribles y muy violentos efectos de la recesión.

            Siguiendo esta idea, si allí los momentos climáticos de destrucción reproducen con aproximada fidelidad las escenas mostradas por televisión en vivo y en directo –sobre todo la caída de los símbolos del imperio entre nubes de polvo y cadáveres reventados, ante el sacrificio de los pequeños ciudadanos y profesionales que mantienen viva la llama del Bien-, en la presente estas imágenes del trauma se asimilan a situaciones más cotidianas: la amenaza flotante del desempleo que ronda a un grupo de trabajadores, las estaciones de metros atestadas de cuerpos hundidos en la miseria, las tensiones interraciales e interclasistas en torno a las posesiones materiales, las frases tipo “con la que está cayendo” sumadas a indicaciones políticas frente a la calamidad orientadas a que los ciudadanos “sigan trabajando y comprando”, o, en la alegoría agorafóbica que construye los fundamentos del relato, la imposibilidad de escapar de una cárcel/oficina que, sin remedio, castra o vampiriza la existencia exterior a la misma del individuo común –el panda como logo y como muñeco-.

          Este aspecto es sin duda el más interesante de Los últimos días –aunque también le fija una fecha de caducidad, esperemos-. Luego, el filme resulta bastante más tópico en la expresión ritual del Acabose –la aniquilación necesaria de símbolos como el dinero o las hostias católicas, la orgullosa ciudad tomada por la naturaleza rediviva-, así como en su faceta de cine de supervivencia –los caracteres antagónicos obligados a cooperar, aquí muestra además de estas dos clases sociales contrapuestas pero hermanadas e incluso reconciliadas por el desastre- y, en especial, en su vertiente de acción posapocalíptica, con poca alma y originalidad.

Es de agradecer que el ritmo narrativo se encuentre sostenido con solvencia por los hermanos Pastor y que apenas un puñado secuencias queden realmente ridículas –la guerra en los grandes almacenes como ejemplo palmario-.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 5.

Soy leyenda

20 Ago

“Todo el mundo tiene su propia fantasía sobre el Apocalipsis, qué harían si el mundo se acabase.”

Simon Pegg

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Soy leyenda

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Soy leyenda.

Año: 2007.

Director: Francis Lawrence.

Reparto: Will Smith, Alice Braga, Charlie Tahan, Salli Richardson-Whitfield, Willow Smith, Dash Mihok.

Filme

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            En Soy leyenda, el escritor Richard Matheson establecía un poderoso juego psicológico con el lector, quien, a lo largo de las páginas, había establecido su identificación con Robert Neville, el único superviviente de la extinción de la raza humana enfrentado a los vampiros que han surgido de entre los innumerables cadáveres. Toda esta traslación de personalidad quedaba desmontada al final del relato, en un desenlace dueño de una fuerza reflexiva y moral apabullante donde ese desprevenido lector descubría que, en realidad, su punto de vista en la narración se había correspondido con la figura que más se aproximaba al papel de monstruo, y no al de héroe.

            Tercer largometraje sobre la novela de Matheson –obviaremos I am Omega, el ‘mockbuster’ de la temible The Asylum-, Soy leyenda reduce tamaño conflicto moral al sempiterno y maniqueo enfrentamiento entre el Bien y el Mal, entre luz y oscuridad. En este sentido, el Neville de la película de Francis Lawrence ahonda en el enfoque mesiánico que se le había conferido en El último hombre… vivo para, como sucedía en aquella con Charlton Heston, amoldarse de nuevo como un guante a las pretensiones de su estrella: aquí Will Smith, héroe campechano, familiar y religioso.

Neville, por tanto, es simplemente un hombre bueno que, como el santo Job, después de sufrir una pavorosa sucesión de castigos –producidos en origen porque el ser humano ha tratado precisamente de jugar a ser Dios con el ‘inicuo’ objetivo de curar el cáncer-, debe reencontrar el camino perdido, recuperar la fe y redimirse. Así pues, frente a él, los monstruos son monstruos, sin más vueltas, a pesar de incipientes matices de personalidad que, en última instancia, quedarán por desarrollar, sometidos a un desenlace tontorrón dictado por las normas de esa figura tiránica, pura falacia esgrimida por productores timoratos e incapaces, que es el ‘consumidor medio’ –el final alternativo propuesto sí apostaba en cambio por potenciar definitivamente estos rasgos-.

            De esta manera, el drama pierde complejidad y se convierte en rutinario y predecible; sensaciones que se acrecientan con la adscripción del filme a la plaga zombi –o de infectados, tanto da-, que reverdecía en los ‘blockbusters’ veraniegos durante la primera década del milenio. Las criaturas, además de tediosas, están animadas con unos efectos especiales impropios de una película de estas características y este presupuesto.

            No obstante, dejando de lado su conservador trasfondo ideológico, Soy leyenda tampoco es mal entretenimiento, en sentido estricto. Posee buen ritmo, sabe dosificar bien las dosis de intriga, exhibe algún detalle reivindicable –una muerte elegantemente ejecutada fuera de campo, con un rostro fijo y sonidos de fondo- y como vehículo de lucimiento sabe explotar el carisma y la intensidad de Will Smith, un actor decente, aunque su interpretación atraviese unos cuantos clichés. Y, más que nada, Soy leyenda es corta, con poco más de hora y media de metraje. No corre el riesgo de caer en la grandilocuencia y andarse por las ramas, un defecto que en vez de aportar seriedad y profundidad a las películas taquilleras, acaba sumiéndolas en el marasmo.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 5.

Perfect Sense

3 Feb

El amor en los tiempos del Apocalipsis. Para la sección DVD de Cinearchivo.

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Guerra mundial Z

5 Ago

“Me encantan las películas de verano.”

Brad Pitt

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Guerra mundial Z

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Guerra Mundial Z

Año: 2013.

Director: Marc Forster.

Reparto: Brad Pitt, Mireille Enos, Fana Mokoena, Daniella Kertesz, James Badge Dale, David Morse, Ludi Boeken, Pierfrancesco Favino.

Tráiler

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            Los caprichos de las estrellas son inescrutables. La iniciativa y el compromiso personal de Brad Pitt se encuentran en el origen de la producción de Guerra mundial Z, un proyecto que tras siete largos años de elaboración, incontables dificultades logísticas y presupuestarias, agrias decepciones con los primeros resultados y eternos retrasos en la fecha de estreno, comenzaba a arrastrar tras de sí un preocupante aroma de malditismo.

            El filme lleva a la pantalla una de las últimas sorpresas dentro del prolífico género zombi, un díptico novelesco escrito con estilo periodístico –un manual de crisis y la crónica del fin del mundo reconstruida a partir de entrevistas– y firmado por Max Brooks –hijo del cómico Mel Brooks y la actriz Anne Bancroft-. No obstante, del aplaudido material de base, que presenta la atractiva lectura geopolítica de una debacle de signo biológico y humano al mismo tiempo, tan solo permanecerá el título y la idea más primaria.

            La adaptación al celuloide de Guerra mundial Z contravine a su matriz en papel desde la misma naturaleza del zombi, aterradora amenaza que en los libros –donde su fuerza residía en su superioridad numérica y no en sus capacidades físicas- pasaba por una inteligente aproximación a la premisa de los zombis clásicos de George A. Romero. Es decir, que el ‘no muerto’, casi más que un peligro potencial, constituye un simple decorado sobre el que, una vez más, exponer desnuda a la maldad como rasgo intrínseco del egoísta ser humano, exacerbado hasta el límite por el irracional instinto de supervivencia que genera el argumento -concepto que aquí podría haber sido explotado a partir del secuestro y chantaje aplicado a los personajes para motivar su trabajo contra la pandemia-.

Por el contrario, esta versión cinematográfica opta por poblar sus fotogramas con unas criaturas que pertenecen a esa clase de zombis (o infectados, tanto da) contemporáneos reformulados definitivamente en el Amanecer de los muertos, aberraciones sobrehumanas irrisoriamente ágiles y fuertes. Suficientemente espeluznantes y expresivos podrían haber resultado esos gigantescos planos de insaciables hormigueros (no) humanos, ya insinuados en los títulos de crédito.

            Es, en definitiva, la conversión de un interesante punto de partida literario en una convencional y voluminosa película de sustos, monstruos y apocalipsis que, para salir adelante, se enroca en una de las máximas esgrimidas por su protagonista, la de la supervivencia mediante el movimiento continuo, lo que la convierte en un indoloro entretenimiento epidérmico a pesar de su estructura deslavazada –producto en parte de esos inacabables problemas de producción- y de las situaciones que juegan con los límites de la verosimilitud más elemental.

            Aun con todo y ello, el metraje ha de aferrarse a la carismática presencia de Brad Pitt, con una solvencia de auténtico profesional digna de mejor causa, como apoyo fundamental para el sostenimiento de una construcción con apariencia de poder derrumbarse en cualquier momento, hecho especialmente apreciable en un tercio final apresurado y sin mordiente que uno diría destinado a quitarse de encima un producto que no tenía ninguna pinta de conseguir llegar a buen puerto.

La indefinición y la pobreza del libreto, reescrito y reensamblado más veces de lo aconsejable, se apunta como el principal culpable de tal endeblez. La penosa y concienzuda investigación del comisario de la ONU y amantísimo padre de familia acaba por tomar derroteros con regusto a postizo añadido de mala manera en aras de una espectacularidad de tono más comercial (y menos estimulante) que el que albergaba su original, si bien durante el proceso Forster logra demostrar cierto nervio para el rodaje de la acción.

            Así las cosas, lo mejor que se puede decir de ella es que su inofensiva agitación no deja espacio para el aburrimiento.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,3

Nota del blog: 5,5.

12 monos

21 Jun

“No se puede rehacer el pasado, aunque desde luego tampoco conviene repetirlo.”

Bruce Willis

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12 monos

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12 monos

Año: 1995.

Director: Terry Gilliam.

Reparto: Bruce Willis, Madeleine Stowe, Brad Pitt, Christopher Plummer, David Morse.

Tráiler

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            En 1962, Chris Marker, uno de los más importantes investigadores del poder de la imagen y el lenguaje visual, estrenaba La Jetée, fotonovela de ciencia ficción narrada por medio de un hipnótico puzle de fotografías fijas y voz en off. Un subyugante mediometraje en el que, partiendo de un París postapocalíptico, un individuo encadenaba su infancia pasada a su propia muerte futura dentro del trazo circular de su mismo destino.

Tres décadas después, Terry Gilliam, cineasta eternamente fascinado por universos paralelos, fantasías apocalípticas y la delgada línea que separa la realidad física y objetiva de la realidad mental y subjetiva, escogía La Jetée como núcleo sobre el que experimentar con una nueva forma de distopía destructiva, con las paradojas del viaje en el tiempo y con el inabarcable enigma que encierra todo hombre dentro de sí mismo.

           Así, en 12 Monos, el exintegrante de los Monty Python sustituye la Tercera Guerra Mundial de aquella por un atentado de terrorismo biológico -supuestamente perpetrado por el misterioso Ejército de los Doce Monos que bautiza a la cinta-, como desencadenante del fin de la hegemonía humana sobre la faz de la tierra, recluida por su causa en un tétrico y totalitario enjambre subterráneo.

Un instante pasado que reconstruir y descifrar desde la mente de un hombre (Bruce Willis, menos cínico y más seco que en su papel entonces típico, orgullosamente calvo en pantalla por primera vez) atormentado por una imagen de su infancia: un opaco asesinato ocurrido en los momentos previos al desastre.

           Gilliam abunda en su característico barroquismo en la puesta en escena para expresar la agobiante pesadilla en la que se enmarca el relato –recurso evidente en su anterior ensayo de futuro apocalíptico, la orwelliana y kafkiana Brazil-. Estética manierista que se refuerza con planos retorcidos y forzadas angulaciones de cámara para representar la percepción entre confusa y alucinada de su protagonista. Un tono lóbrego y desquiciado que no excluye la eventual aparición de detalles humorísticos de irónica autoconsciencia, también tradicionales en el estilo del director norteamericano.

Más infrecuente resulta que Gilliam, por lo general incapaz de controlar adecuadamente el tempo de sus películas, consiga mantener un ritmo uniforme y absorbente a lo largo de todo el metraje. Quizás aquí se encuentre el hecho inusual de que no se trate de un argumento original suyo y que la escritura del libreto corra a cargo de Janet y David Webb Peoples, firmante este último de guiones tan apabullantes como Blade Runner y Sin perdón.

            De este modo, 12 monos, denostada y defendida a partes iguales por la crítica en su estreno, se convierte en un atractivo filme postapocalíptico sobre la agonía que provoca el destino irrompible, dotado de una atmósfera bien construida y refrendado por el notable desempeño de sus intérpretes principales, incluida la divertida sobreactuación de Brad Pitt.

 

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8.

The Navigator: Una odisea en el tiempo

18 Ene

“En los momentos de crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento.”

Albert Einstein

 

 

The Navigator: Una odisea en el tiempo

 

Año: 1988.

Director: Vincent Ward.

Reparto: Hamish McFarlane, Bruce Lyons, Marshall Napier, Noel Appleby, Chris Haywood, Paul Livingston.

Tráiler

 

 

            A tiempos desesperados, medidas desesperadas. La aterradora crisis, ente casi metafísico, suele ser la excusa favorita para que los poderes fácticos y sus lacayos desaten medidas draconianas contra quienes se encuentran a sus pies. Disposiciones que suelen tener mucho de pragmatismo (para quienes las emiten directa o indirectamente) y poco de humanistas. Suelen ser voluntariamente ciegas y de una efectividad probada, de nuevo, para los intereses de estos mismos sujetos, a los que no les hace falta inventar nada porque ya está todo inventado a su favor desde la noche de los tiempos, desde la primera crisis.

            The Navigator: Una odisea en el tiempo ofrece, a tiempos de penurias, miserias y muerte acechante –el apocalíptico siglo XIV de la peste, el hambre y la guerra; el final de los ochenta del siglo XX de decadencia económica y últimos e inquietantes coletazos de Guerra Fría-, una solución que parte de una base diametralmente opuesta: la florida imaginación de un niño, el paradigma de lo ingenuo, de la bondad humana natural no corrompida.

Un chiquillo de un poblado minero del norte de Inglaterra que encuentra, a través de sueños premonitorios, la salvación ante la inminente llegada de la peste negra. Son imágenes y alucinaciones de futuros improbables que, sin embargo, representan la posible apertura de una ventana en color frente al blanco y negro de grano grueso, grave, bergmaniano, de un presente funesto.

            Lo que propone el filme es la salvación a través de un viaje simbólico, místico e iniciático del niño y un grupo de escogidos delegados del pueblo en busca de coronar una lejana y legendaria catedral con una cruz hecha del cobre extraído de las entrañas de su pueblo, de su corazón, internándose en esas ensoñaciones que en realidad son el Auckland de 1988 y que impregnan la estructura del relato, con una línea temporal quebrada, confusa, de sueño febril cortado y retomado confundido con pasajes de realidad.

            No juega Ward la baza del cómico choque cultural entre el medioevo y la modernidad ya que, al fin y al cabo, para un habitante de una remota aldea que nunca ha pisado suelo más allá de sus lindes, cualquier cosa es extraña y mágica, sea una gran urbe de la época, sea una caótica metrópolis contemporánea.

No es sino que el marco accesorio de la odisea que proporciona las pruebas y rituales a superar por el aventurero, las necesarias etapas de transformación interna en ese rito de paso a la madurez o de esa salvación que han de ser superadas por medio del conocimiento y la práctica de virtudes tales como la valentía, la solidaridad, la amistad, el ingenio, la imaginación y la generosidad.

Idealismo y valores altruistas que comienzan en lo personal y van destinados al bien colectivo, con especial sacrificio a favor de quien más lo necesita, del débil.

            Una película realizada con honestidad, encanto y talento, original, especial; de visión recomendable para especuladores, banqueros, concejales de urbanismo, potentados y similar calaña.

 

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7,5.

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