Vorágine

22 Nov

Otto Preminger bajo el retrato de Laura Hunt. Vorágine, ordalía de una esposa alienada para el especial del terrible austríaco en Cinearchivo.

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voragine

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Año: 1949.

Director: Otto Preminger.

Reparto: Gene Tierney, Richard Conte, José Ferrer, Charles Bickford, Barbara O’Neil.

Tráiler

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            Como si se tratase de uno de los protagonistas de la obra, mucho esfuerzo le costaría a Otto Preminger despegarse del retrato de Laura Hunt. Durante la segunda mitad de los años cuarenta, el realizador austríaco prolongaría su relación con el cine negro –¿Ángel o diablo?, VorágineAl borde del peligro– y con los actores que habían estelarizado aquella cinta –Dana Andrews en la primera, Gene Tierney en la segunda, ambos de nuevo juntos en la tercera-.

De hecho, la sombra temática de aquel descomunal éxito -instigada por los deseos del productor Darryl F. Zanuck– se puede percibir en la presente Vorágine, puesto que, además de compartir el rostro de Tierney, la tragedia de Laura Hunt y la de Ann Hutton son semejantes: para su infortunio, ninguna de las dos puede satisfacer los atributos idealizados de los que les inviste la mirada masculina, obnubilada por su belleza etérea, casi metafísica. Si la primera caía en desgracia por no cumplir con el modelo de la estatua de Pigmalión, con la perfecta conquista de un playboy o con la esposa soñada que le asignaban respectivamente sus tres antagonistas -cada uno de manera acorde a su arquetipo de varón-; la segunda entra en una espiral de perdición debido a la frustración que le provoca no responder adecuadamente a los deseos de su marido de poseer una esposa “sana y adorable”.

Es la neurosis desencadenada, en definitiva, por una imagen nocivamente artificial y condicionada por las convenciones sociales, capaces de ahogar al individuo con unas imposiciones falaces que coartan su sentir y su moral. La dictadura de las apariencias, elemento clave de una cultura estadounidense contra ante la que el europeo Preminger -el terrible Preminger- nunca ocultó un agrio criticismo –El hombre del brazo de oro y Tempestad sobre Washington como muestras más evidentes-. 

            Así pues, la intriga criminal de Vorágine -la inculpación a una mujer por un crimen que no ha cometido y por una infidelidad que no es tal- es en realidad una intriga romántica en la que su pareja, Bill Sutton (Richard Conte), un afamado psicoanalista, deberá indagar en sus sentimientos profundos y hacer acopio de sus certezas sentimentales con el fin de probar, a la sociedad y a sí mismo, que su desdichada mujer es inocente de ambos delitos. 

            Tomado de una novela de Guy Endore -autor entre otros del clásico de terror El hombre lobo de París y del libro que daría lugar al guion nominado al Óscar de También somos seres humanos– y adaptado para la pantalla por Andrew Solt y Ben Hetch -rebautizado en Reino Unido como Lester Barstow a causa de sus soflamas antibritánicas en defensa de un territorio autónomo para Israel en Palestina-, el relato aborda esta disyuntiva por medio de una estructura maniquea en la que, situando a Ann Hutton en el centro de la disputa, contienden frente a frente dos fuerzas antitéticas: el esposo, psicólogo y potencia finalmente regeneradora, contra el depredador sexual y criminal, psíquico y fuerza destructora David Korbo (José Ferrer), quien, para mayor iniquidad, empleará para coger impulso durante la pugna las propias flaquezas de su adversario -esto es, la ceguera de Sutton tanto para aceptar la naturaleza humana de su esposa, con sus virtudes y sus defectos, como para posteriormente creer en su testimonio-.

En el fondo, Vorágine no deja de ser un duelo por la virtud de la doncella. Una ordalía. Su arquitectura visceralmente dual se podrá rastrear apenas un año después en el combate que librará interior y exteriormente el protagonista de Al borde del peligro, un tipo en conflicto mortal porque es detective y asesino bajo el mismo pellejo.

            Quizás no sea en absoluto casual que el villano de la función ejerza su poder sobre Ann Sutton a través de la hipnosis. A fin de cuentas, el dominio de la mente de su víctima es un recurso casi idéntico al que ejerce la sociedad contra ella, obligándole a aparentar ser una esposa perfectamente bella, fiel y feliz. No obstante, ese empleo de la hipnosis como herramienta delictiva, al estilo del doctor Caligari con su sonámbulo, enhebra una trama que, vista hoy, resulta bastante ingenua, cuando no directamente tramposa -defecto que cabría sumar a flagrantes incoherencias lógicas como, por ejemplo, que no se ordene directamente la destrucción de los vinilos incriminatorios-.

            Lamentablemente, la psicología es uno de los campos que, aplicados al cine, peor envejecimiento experimenta, damnificado por la constante revisión, actualización, desacreditación y refundación de una ciencia reciente, inabarcable y dificultosamente objetivable. Este hecho se puede apreciar a las claras en Recuerda, otro célebre thriller de la década con el que Vorágine comparte unos cuantos mimbres argumentales, amén de la firma de Hetch en el libreto. También en otra película más tardía de Preminger, El rapto de Bunny Lake, donde su reflejo de la esquizofrenia -o cual sea el trastorno en concreto- resulta grotesco o, en el mejor de los casos, caduco, tan solo salvado por la creación por parte del director de una estimulante atmósfera que navega entre el realismo, la fantasía, la sordidez y el cuento infantil tradicional. 

En la presente cinta -donde esta vez la elegancia formal, el pulso narrativo y el magnetismo de Tierney ejercen como eficaces paliativos-, la consecuencia es la pérdida de credibilidad y por tanto de atractivo de esa vertiente secundaria pero decisiva en su carácter conductor y propiciatorio que representa la historia policíaca, donde comparece un ejercicio de intriga de corte hitchcockiano -el espectador sabe de antemano la auténtica integridad de ella, en tanto que el personaje principal la desconoce- aderezada igualmente con detalles que se reservan para estimular la intuición y el interés del público -cómo se puede desmontar la aparentemente sólida coartada del malvado, esgrimida además por su lado con insultante explicitud y autosuficiencia-.

            Por el contrario, la evolución de Vorágine como filme romántico e intimista ofrece hallazgos estimables como la unión en la distancia de Tierney y Conte a través de detalles como la conservación de un halo fe inquebrantable que sobrevive contra la marea de acontecimientos que los abruma -la presión mental del estafador, las dudas sobre la culpabilidad de su enamorada y sobre el estado de la honra propia- o de la catársis final, desencadenada por la invencibilidad del amor puro, ese valor universal que en Fausto era capaz hasta de redimir por entero al género humano.

Es decir, que el término del filme significa, en sentido estricto, el cierre de la turbulenta búsqueda o investigación desarrollada por el azorado protagonista. 

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6.

2 comentarios to “Vorágine”

  1. Hildy Johnson 22 noviembre, 2016 a 20:05 #

    … pero siempre hay algo que me ata a las películas de Preminger. Es uno de esos cineastas que persigo su filmografía, porque siempre hay algo que me atrapa. Vorágine hace mucho, pero mucho que no la veo… Recuerdo sobre todo el personaje oscuro de Jose Ferrer.

    Beso
    Hildy

    • elcriticoabulico 24 noviembre, 2016 a 17:17 #

      Me temo que el paso de los años no le sienta especialmente bien… Aunque siempre nos quedará Gene Tierney.

      Besos.

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