Tag Archives: Nueva Orleáns

Down by Law (Bajo el peso de la ley)

14 Feb

Polos iguales que se repelen, cárceles exteriores e interiores y un personaje antijarmuschiano que revienta por los aires la soledad, la incomunicación y la desidia habituales en las criaturas del autor estadounidense. Down by Law (Bajo el peso de la ley), una neo-beat-noir-comedy. Tercera toma de Jim Jarmusch para Ultramundo.

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The Courier

20 Mar

“Hollywood es Hollywood. No hay nada que se pueda decir de ella que no sea verdad, bueno o malo. Y si te involucras en Hollywood, no tienes derecho a quejarte: fuiste tú solo quien se metió en esto.”

Orson Welles

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The Courier

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The Courier

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Año: 2011.

Director: Hany Abu-Assad.

Reparto: Jeffrey Dean Morgan, Josie Ho, Til Schweiger, Miguel Ferrer, Lily Taylor, Mark Margolis, Mickey Rourke.

Tráiler

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           Narraba Homero que el héroe Odiseo, fecundo en ardides, deseaba escuchar el canto de las sirenas y, además, salir indemne del maleficio unido a sus voces, capaz de enloquecer a los marinos más avezados hasta hacerlos arrastrar sus naves en los rompientes de su isla y devorar así los infortunados cadáveres. Sin embargo, pocas son las sogas lo suficientemente fuertes para retener la voluntad enajenada de muchos realizadores foráneos y hacerlos resistir la llamada tentadora de los brillos de Hollywood, el gigante antropófago que, a cambio de medios y promoción, succionará sin piedad su valioso espíritu artístico.

           Avalado por el reconocimiento internacional de Paradise Now, nominada incluso al Óscar a mejor película de habla no inglesa, el cineasta Hany Abu-Assad desembarcaba en Hollywood con The Courier, si bien a costa de la libertad de su obra, dependiente de un libreto ajeno -en este caso a cargo de los debutantes Brannon Coombs y Pete Dris en la que, esperemos, sea su última incursión en el cine- y por supuesto alejada de sus habituales retratos de la realidad de su Palestina natal.

           En vista de cómo venían dadas las cosas, la única posibilidad que le quedaba a Abu-Assad en la recámara para llevar a buen puerto el proyecto era la de trasladar el encargo a su propio terreno de juego, como al menos lograrían en esta misma época, aunque con desiguales resultados, el danés Nicolas Winding Refn con Drive o los surcoreanos Kim Jee-woon y Park Chan-wook con El último desafío y Stoker, respectivamente. Por desgracia, la incidencia de Abu-Assad no pasará de elaborar una factura visual que trata en vano de dotar dramatismo e intensidad al filme por medio de texturas sombrías que se amoldan a la personalidad apocalíptica y sobrenatural de la Nueva Orleáns post Katrina.

No obstante, esta convencional cinta de acción nacía agonizante a causa de la debilidad de su esqueleto. La trama, de escasa coherencia interna y graves lagunas de verosimilitud en el desarrollo de muchas de las escenas, confunde la complejidad con el enmarañamiento y el suspense con la trampa. Es complicado saber qué ocurre, por qué ocurre y qué pinta cada personaje en medio del desaguisado, a pesar de su tendencia a secuestrar lugares comunes de éste y otros géneros en el relato de las aventuras de un ascético correo de criminales que ha de abandonar su neutralidad amoral para tomar partido a riesgo de su propia vida. Pero ni con sus violentos volantazos de guion, The Courier, casi una versión seria y pretendidamente adulta del Transporter de Jason Statham y la factoría de Luc Besson, se zafa de resultar previsible.

 

Nota IMDB: 4,5.

Nota FilmAffinity: 4,2.

Nota del blog: 4.

Johnny el guapo

1 Sep

“Siempre pensé que a lo largo de mi vida conseguiría hacer algo especial, como robar un banco.”

Mickey Rourke

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Johnny el guapo

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Johnny el guapo

Año: 1989.

Director: Walter Hill.

Reparto: Mickey Rourke, Elizabeth McGovern, Morgan Freeman, Ellen Barkin, Forest Withaker, Lance Henriksen, Scott Wilson.

Tráiler

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            Walter Hill, que había sorprendido en sus comienzos con su nostálgico estilo aguerrido y masculino en películas como El luchador, Driver, The Warriors (Los amos de la noche), Forajidos de leyenda, La presa y Limite: 48 horas, veía afianzarse la decadencia de su trayectoria después de firmar despropósitos hiperhormonados como Traición sin límites y Danko: Calor rojo. Johnny el guapo vendría a confirmar esta tendencia descendente.

            El filme repesca la tradicional sensibilidad nocturna del thriller del cineasta californiano. Sobre una lóbrega ambientación, en cierto modo envoltorio natural de la turbulenta y decadente Nueva Orleans, se desarrolla una trama en la que el Johnny el guapo epónimo (Mickey Rourke) dirimirá sus dilemas entre la redención de su carrera como ladrón de poca monta o cobrarse debida venganza de la cruenta muerte de su mejor amigo, traicionado junto a él mismo durante el transcurso de un atraco.

Es también, desde el lado de la ley, el enfrentamiento entre dos posturas divergentes, encarnadas por un médico (Forest Withaker) y un sheriff rural (Morgan Freeman): la creencia en la regeneración del criminal, aparejada en este caso a la cirugía correctiva –¡los guapos no delinquen, nada menos!-, y el cínico y conservador escepticismo partidario de la mano dura y defensor de que la vileza forma parte indisociable e irreparable del malhechor.

En consonancia con el contexto político –los coletazos ultraconservadores del recién finalizado mandato de Ronald Reagan– y cinematográfico –la edad de oro de los dinosaurios justicieros de la acción-, el guion se inclinará por supuesto hacia el segundo mensaje.

             A partir de este burdo intento de escapar de las convencionalidades de una base argumental -lo que también incluye los aparatosos prostéticos destinados a sepultar la por entonces cotizada imagen de ‘sex symbol’ de Rourke-, tratada con mayor fortuna en multitud de ocasiones, Hill construye una película de regusto comiquero y de serie B a causa de su libreto y, sobre todo, de su excesiva realización, mediante la cual el realizador obtiene sin embargo unos resultados más esperpénticos que agresivos.

             De nula intensidad o mordiente en el trazado psicológico de su protagonista –y daba para ello-, cabe salvar si acaso la fluidez del metraje, aislada virtud que convierte a Johnny el guapo en una cinta bobalicona e intrascendente aunque al menos no particularmente dolorosa de ver.

 

Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 4,5.

Déjà vu

21 Nov

“Con un buen guión puedes hacer una película buena o una película mala. Con un mal guión sólo tendrás películas malas.”

Akira Kurosawa

 

 

Déjà vu

 

Año: 2006.

Director: Tony Scott.

Reparto: Denzel Washington, Paula Patton, Jim Caviezel, Val Kilmer, Adam Goldberg, Bruce Greenwood.

Filme

 

 

             La originalidad es la esencia del cine. Es la materia que alimenta su evolución, que renueva su capacidad de maravillar, sugerir, descubrir mundos nuevos, maneras distintas y sugerentes de narrar una historia. La originalidad es válida tanto para incorporar un giro único y diferente a unos cánones clásicos, como para dinamitar por completo todo un género, una concepción o una manera de entender el relato cinematográfico. Lo malo es cuando una presunta trama original no es sino el astroso disfraz que pretende disimular una historia de lo más convencional o simplemente escasa de ideas y talento.

Déjà vu se aferra con desesperación a esta última tendencia.

            El siempre considerado ‘hermano malo’ de los Scott, Tony, aúna en ella la sensibilidad del thriller de principios de milenio, en el que se combina el trauma post-11S y post-Katrina con el halo sobrenatural y esotérico de las exitosas propuestas de Night Shyamalan, para levanta un circo con tres pistas de pura pirotecnia sobre la base de un policíaco corriente y plano en el que subyace la idea de la imposibilidad del ser humano de abstraerse a un destino que no puede controlar. Eso sí adaptado como un guante al gusto de su taquillera estrella, Denzel Washington, que impone una apuesta por la fe y la espiritualidad en esa lucha contra el fatalismo inherente al relato.

            El punto de supuesta originalidad, decíamos, se encuentra en el método de investigación policial de la relación entre el asesinato de una bella joven y un brutal atentado terrorista, inducido por una máquina secreta del FBI que permite abrir un túnel en el espacio-tiempo y conectar con el inmediato pasado; es decir, una copia lejana de las visiones precognoscitivas planteadas por Philiph K. Dick en El informe de la minoría.

Sin embargo, este recurso de ciencia ficción deja de ser aquí un elemento para reflexionar sobre los conceptos de justicia, moral, tecnología y poder para transformarse en una burda e inagotable fuente de toscas trampas y giros inverosímiles que no solo no se sostiene desde un principio –en el que, antes de ser revelada la verdadera naturaleza de ciencia ficción del invento en cuestión se abría una posible vía de debate más realista, finalmente despreciada, sobre unos tiempos en el que se tendía a que toda intimidad personal quedara plegada ante un difuso concepto de seguridad nacional-, sino que va de mal en peor según avanza el metraje.

             Los firmantes del guion serían en parte conscientes de la catadura de semejante embrollo cuando se ven en la obligación de verbalizar cada proceso con el fin de sostener lo insostenible. Y es que el argumento demandaba más bien, al modo que hará Looper y sus viajes en el tiempo –que no obstante, presentaba un libreto mucho más inteligente, menos rebuscado dejando aparte ese planteamiento de fantasía futurista y desarrollado con mucho más sentido común y solidez-, una abstracción y distanciamiento que evite tomarse el producto demasiado en serio y plantearse las excesivas contradicciones y puntos flacos del mismo. Pero no, Déjà vu se toma en serio, con vocación de trascendencia, desde el primer al último minuto.

             También Scott, un director de clara vocación populista, pone su granito de arena para llenar de aire la carpa del circo mediante su particular estilo, agitando la cámara sin descanso, arrojando zooms raudos y bombardeando mil planos por minuto para distraer la atención del respetable o, en ciertos casos, evitar que, una vez desconectado del asunto, de dedique a actividades bastante más provechosas como conciliar el sueño.

Porque desprovista de sus emperifollados y artificiosos adornos, tan solo estamos ante un thriller más que vulgar.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 3.

Mátalos suavemente

16 Oct

“No es nada personal, Sonny. Solo negocios.”

Michael Corleone (El padrino)

Mátalos suavemente

Año: 2012.

Director: Andrew Dominik.

Reparto: Brad Pitt, Richard Jenkins, Scout McNairy, Ben Mendelsohn, James Gandolfini, Ray Liotta, Vincent Curatola.

Tráiler

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             La devoción de la mafia por el sistema es cosa conocida desde tiempos de Al Capone, capitalista de éxito, paradigma del sueño americano, el de hacer un millón a partir del primer centavo. Al fin y al cabo, y como bien ha reflejado el cine en tantas ocasiones, no es algo personal, sino solo negocios. Una empresa de manufacturas, con ambiciones de cuotas de mercado, directores generales, vicepresidentes, asesores legales y financieros, marketing y asalariados supernumerarios.

Por otro lado, el Estado norteamericano, otro ente organizado y jerarquizado, es visto con recelo por aquellos que se dicen garantes de los valores de libertad, individualismo y prosperidad idiosincrásicos del país. Los mismos que reclaman que su gestión eficaz solo puede ser llevada a cabo por un empresario. Es decir, que sea tratado como un organismo destinado a producir superávit económico, engrandecido a sinónimo de libertad.

             Mátalos suavemente no expone, por tanto, nada nuevo –acudiendo tan solo al icono de iconos del cine de mafia, la trilogía de El padrino, ya se puede seguir la evolución paralela de una familia, de los Estados Unidos y de un modo de hacer negocios-, pero lo que dice lo hace con clase, eficacia y contundencia, a veces a costa incluso de ser explícito en alguna ocasión, como en la ya renombrada sentencia final –cosa que no quiere decir que esté de más-.

             Auspiciado por Brad Pitt -satisfecho por los resultados de la colaboración en El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, western de desigual acogida-, Andrew Dominik remoza la novela de George V. Higgins respetando su fondo (según los expertos, un servidor desconoce el original) y con una cierta estética setentera (fotografía, gafas de sol dignas de Punto límite: Cero) pero barnizándola de actualidad de plazo medio-corto; la del Estados Unidos ante las orejas del lobo financiero, post-Irak, post-Katrina y del amanecer del fenómeno Obama.

Así, la campaña de imagen de las elecciones presidenciales de 2008, que enfrentaría al entonces senador por Illinois contra el republicano John McCain, sirven el decorado y, casi, narrador de otra campaña de imagen, de una empresa diferente. La mafia no puede consentir una agresión flagrante en territorio propio como es la de el asalto a sus timbas de póquer. Urge la acción, la demostración de fuerza.

             Sin embargo, Mátalos suavemente se salta los patrones clásicos de acción-reacción brutal. El sindicato del crimen ya no es lo que era. En esa comparación de mafia con políticas de Estado y Estado con políticas de mafia, y ambas con métodos de corporación multinacional, la malavita, tan solo para resolver una anécdota nimia, se empantana en decisiones de comités, trámites inacabables, gestiones engorrosas, corruptelas, chapucillas, errores de estimación, apuros de fin de mes en tiempos de crisis, gelidez estadística y cúpulas directivas avariciosas sin respeto por el currante.

             Poco a poco, la película va tomando cuerpo desde un comienzo con poca fuerza. Las conversaciones triviales y naturalistas –muchos apuntan aquí al recuerdo del gángster tarantiniano- que rigen este espectáculo no basado en los tiros y las sangrías criminales –aunque de aguerrido hiperrealismo cuando viene al caso- van funcionando progresivamente, desvelando el reflejo de un país –una nación, un pueblo, una compañía- en el que sus individuos, también divididos y clasificados en estratos, clases y funciones, tratan de sobrevivir en la jungla; desamparados, solos, corrompidos moralmente, desheredados y sin futuro, piezas capitalizadas por el omnipresente y omnipotente Mercado.

             La realidad es cruda, de un estudiado feísmo, sin espacio apenas para una escueta banda sonora que cuando aparece lo hace con mala baba, aunque con una poco sutil tendencia al subrayado. Dominik, siempre atento a la forma, hace ostentación de creatividad rayana en el esteticismo en solo dos actos, de los pocos también adornados con música: un asesinato a cámara lenta, coreografiado casi como un vals al son de Love Letters, de Ketty Lester; y una conversación adulterada por un chute de la heroína –campo en el que el cineasta neozelandés había experimentado en su debut, Chopper– con precisamente Heroin, de The Velvet Underground, de fondo, en este caso llegando a imponer el regodeo en la retórica visual por delante de mantener el ritmo del filme.

             El resultado, sin ser perfecto, logra tener alma, estilo, sentido y mensaje.

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7,5.

Fascinación

4 Dic

“Hitchcock destila la esencia del cine.”

Brian de Palma

 

 

Fascinación

 

Año: 1976.

Director: Brian de Palma.

Reparto: Cliff Robertson, Geneviève Bujold, John Lithgow.

Tráiler

 

 

            En el cambio de década entre los sesenta y setenta, el denominado Nuevo Hollywood traía vientos de cambio a una industria acartonada y en crisis por medio de la renovación estilística –mayor realismo en la temática, personajes, escenarios, en tabúes como la sexualidad violencia, nuevos códigos y formas narrativas- y generacional –los Coppola, Scorsese, Lucas, Altman, Malick, Spielberg,… jóvenes, de formación universitaria y académica, con nuevas ideas y gran respeto y asunción de los clásicos-. Brian de Palma será uno de sus principales representantes, ejemplificando como nadie esa mezcolanza entre lo clásico –una adoración por Hitchcock que bordea el plagio- y lo novedoso –violencia exagerada y gusto por la hemoglobina, excesos visuales-. Surgido del mundo del cortometraje underground, el primer acercamiento de de Palma a la obra del director inglés, desde un cine de suspense al que se le añade una mayor dosis de terror, se produce ya en 1972 con Hermanas, construida a partir de las referencias de Psicosis y La ventana indiscreta.

            Con Fascinación, el filme de base para el relato pasará a ser Vértigo. Los traumas sentimentales y apariciones fantasmagóricas juegan ahora con la mente y las manías de un ambicioso promotor inmobiliario al que la vida se le detuvo en 1959 con la trágica muerte de su mujer y su hija durante un oscuro secuestro. Remordimientos de pecados pasados y posibles redenciones de un hombre cuya existencia ha ido a caer entre lo real y lo alucinado, envuelta en una fotografía brumosa, onírica, irreal.

            Cuando se manifiesta una influencia de manera tan obvia es inevitable la comparación con el original, y es esta una batalla que de Palma tiene perdida. Todo suena a imitación de admirador juvenil, carente de la fuerza expresiva de la puesta en escena del orondo maestro, capaz de crear tensión de la nada aparente, de lo más cotidiano, y, en el caso de Vértigo, de hacer vívida la pesadilla diurna de una psique atormentada como la de su protagonista –también influye que cuentes con la ayuda de James Stewart, de quien Cliff Robertson está, con su economía gestual, lejos de parecerse-.

Aún reconociendo que Hitchcock tampoco hacía ascos a incluir ciertas trampas argumentales, el guion de Fascinación, escrito por el propio director en colaboración con Paul Schrader, otro de los rostros del Nuevo Hollywood, experto en personajes torturados, resulta mucho más inconsistente, mucho menos eficaz en su cometido de implicar en la trama, endeble en la intriga, alejado de sus pretensiones de transmitir el desgarro de una historia cuya falta de capacidad para hacerse creíble –en parte eso es el cine, hacer creíble lo increíble-, para impactar en el espectador, reduce en mucho su potencial atractivo.

            No, de Palma no es Hitchcock. Es un director hábil, sin duda, pero da lo mejor de sí mismo cuando se aleja de la gigante figura del rey del suspense, cuando toma caminos propios.

 

Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 4.

Un tranvía llamado Deseo

29 Nov

“¿Me aplaudirían si fuese un buen fontanero?”

Marlon Brando

 

 

Un tranvía llamado Deseo

 

 

Año: 1951.

Director: Elia Kazan.

Reparto: Vivien Leigh, Marlon Brando, Kim Hunter, Karl Malden.

Tráiler 

 

 

            En camiseta ceñida, sudoroso, viril, con el brillo de una impetuosidad irreflenable y salvaje marcado a fuego en su mirada. Marlon Brando hacía su irrupción en la memoria colectiva del cine como mito –había debutado el año anterior con Hombres-. Para muchos, será el mejor intérprete de todos los tiempos. El Actor.

 

Venía a desterrar a los antiguos modelos de galanes de la época dorada de Hollywood. Con un magnetismo universal pero más ambiguo, más versátil, más radical, rostro visible de un estilo que llevaba al actor a desarrollar en su interior las vivencias de los personajes, en experiencias extremas y extenuantes. Dueño de un carisma arrebatador, que lo alzaría a las más altas cimas de su arte, así como a preguntarse por el sentido y el fondo de un espectáculo a menudo ingrato y vacío, a cuestionar su propio trabajo, y  a no pocos pozos de decadencia, alquilado al mejor postor, “como una puta”, según sus propias palabras.

 

            Elia Kazan hará de Brando su actor fetiche. Esta será la última película del director de origen griego antes de caer en la ignominia de las delaciones de la caza de brujas del mccarthismo.

 

            Un tranvía llamado deseo, con la que Kazan había triunfado en su traslado a las tablas de Broadway, es la adaptación de la obra de teatro homónima de Tennessee Williams, todo un dramón sureño que traslada al espectador un final, el de la cordura de Blanche DuBois (Vivien Leigh), imagen de toda una parte de la sociedad de su tiempo. La decadencia de un estilo de vida y unos valores representados en una mujer incapaz de dejar atrás un pasado que no volverá, incapaz de afrontar el presente, no digamos cualquier tipo de futuro, refugiada en el último bastión de su belleza, a punto de comenzar a marchitarse, y en el exilio forzoso en la modesta casa de su hermana en Nueva Orleans, esposa de Stanley Kowalski, brutal tirano de sentimientos ajenos, insensible, rudo, impulsivo y con el atractivo de lo indómito. El papel que había encumbrado a Brando en Broadway y que, ahora, lo haría famoso en Hollywood, con total merecimiento.

 

Una ciudad asolada por el calor de estío, donde afloran pasiones incendiadas entre seres perdidos en una moral decrépita, retratados con una crueldad inusitada, con una verborrea que desgrana antiguos rencores, viejas heridas, arcaicos pecados, ahogados en su egoísmo, en su inaguantable sufrimiento, cuya posibilidad de huida que pasa por resistir lo inaceptable o hundirse en el abismo de la locura.

 

            Kazan mantiene la esencia teatral de la obra sobre todo en el guion, denso, con largos y arrebatados –y aligerables, desde luego- soliloquios, exagerados por interpretaciones como la de la muy afectada Leigh –merecedora del Oscar y la Copa Volpi en Venecia-, para una cinta de la que no se puede negar una inmensa capacidad para provocar la sensación de claustrofobia de unos personajes al límite, cuya angustia exuda a través de poderosas imágenes que aportan lo cinematográfico, pero que, desde mi punto de vista, sufre ya un poco disfrutable acartonamiento folletinesco, cosa habitual en el melodrama clásico más exaltado (y plúmbeo).

 

            Lo mejor, Brando desde luego, clavando un personaje de una terrible violencia que va mucho más allá de lo físico.

 

 

Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 6.

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