Semilla de maldad

16 Sep

“Pensé que estos chicos, que aspiraban a ser mecánicos, iban a apreciar el Shakespeare que yo quería regalarles, pero se negaron a ello. Cada noche me iba a casa deshecho en lágrimas.”

Evan Hunter

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Semilla de maldad

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Semilla de maldad.

Año: 1955.

Director: Richard Brooks.

Reparto: Glenn Ford, Anne Francis, Sidney Poitier, Vic Morrow, Margaret Hayes, Louis Calhern, John Hoyt, Richard Kiley.

Tráiler

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            En cierto modo, se podría aunar tres de los grandes temas del cine popular estadounidense –la historia de superación personal, la victoria poética de los equipos de perdedores irreparables, los relatos de maestros que despiertan las ocultas ganas de aprender de un grupo de ovejas negras- bajo un mismo epígrafe en conexión con las raíces culturales del país: el de la corrección o enmienda del sueño americano truncado, olvidado o extraviado. La igualdad de oportunidades, la posibilidad de conseguir el todo desde la nada.

             Dentro de la última de las vertientes citadas, corresponde a Richard Brooks el honor de figurar como su inaugurador gracias a Semilla de maldad. Cineasta de mirada crítica hacia la realidad del presente, Brooks ya había tomado parte como guionista o escritor en la vertiente más social del cine negro (Fuerza bruta, Encrucijada de odios) y mostrado su voluntad de defensa de los valores democráticos y liberales en cintas como El cuarto poder –reflexión sobre la libertad de prensa-, Hombres de infantería –denuncia sobre el ultramilitarismo en el marco de la Guerra de Corea– o la presente Semilla de maldad.

Una actividad que lo sitúa como antecesor inmediato de la denominada generación del compromiso, grupo de jóvenes cineastas emancipados de los estudios televisivos a partir de la disolución del ignominioso mccarthismo y quienes también legarían alguna obra a propósito del sistema educativo estadounidense (Contra corriente, de Robert Mulligan, similar a esta que nos ocupa; Conrack, de Martin Ritt, siguiendo una línea más interesada en los conflictos raciales).

             Desde los títulos de crédito, Semilla de maldad esgrime la premisa de la concienciación pública acerca de la delincuencia juvenil -contenido muy popular en la época debido a enseñas como la ulterior Rebelde sin causa-, enmarcada aquí en el ámbito educativo y tratada como excepción a la norma –su plasmación de dicha condición anómala a través del contraste no será en absoluto delicada-.

El punto de vista del relato no será sin embargo el de los adolescentes desenfrenados, sino uno externo, ignorante y por ello en principio neutral hacia la problemática: el de un veterano de la Segunda Guerra Mundial en su primera experiencia como profesor de instituto –el guion se basa en la novela en parte autobiográfica de Evan Hunter, crónica de su experiencia en un centro del turbulento Bronx neoyorkino-.

Glenn Ford, responsable de abordar su tradicional papel hombre honesto y cercano cuyo único rasgo verdaderamente destacable reside en su capacidad de determinación, es el encargado de enfrentarse a la amenaza física, mental e incluso moral de su bienintencionado, vocacional y necesario trabajo –en un arranque en exceso melodramático se llega a poner en peligro su fidelidad matrimonial e, incluso, la maternidad en ciernes de su esposa-.

             La cinta se centra entonces en la enconada lucha del adulto idealista contra unos jóvenes descarriados y hostiles que no se sabe a ciencia cierta cuánto tienen de víctimas y cuánto de enemigos, si bien tampoco se olvida de apuntar con bastante idea hacia unas cuantas causas posibles, coyunturales y estructurales, de tal crisis –desestructuración familiar por el conflicto bélico, desarraigo de posguerra, problemas de integración racial, indefensión de la figura del profesor, falta de motivación a uno y otro lado de la pizarra, flagrante menoscabo de la labor y autoridad educativa,…-.

             Pese a su brevedad, el tino con el que arroja sus dardos –alguno de ellos por desgracia perpetuados hasta la actualidad-, contribuye a que Semilla de maldad conserve una frescura nada desdeñable, teniendo en cuanta que su estructura se fundamenta sobre un esquema muy sobado y desgastado en lo posterior –entre ellas la británica Rebelión en las aulas, donde Sidney Poitier cambiará su rol aquí de estudiante por el de educador-, previsible por tanto en muchos pasajes para los ojos del espectador contemporáneo.

La mayor parte de este mérito cabe atribuirlo no obstante al excelente dominio de la tensión con la que Brooks aborda las relaciones entre el señor Dadier, inicialmente inseguro y vulnerable, y sus alumnos, verdaderos artistas de la maldad –aspecto en el que en ocasiones se abusará del subrayado morboso o, si acaso, adolecerá de falta de sutileza-. La fiereza de la misma, transmitida a su vez por los precisos matices interpretativos de Ford, logra convertir el choque entre quijotismo y realidad en una batalla por momentos terrorífica y sobrecogedora.

             Despertaría agrias polémicas en su estreno, lo cual tendría consecuencias en su dificultosa distribución en el mercado americano e internacional. Una de las más encendidas protestas la produciría su condición de ser la primera película en exhibir “subversiva” y “salvaje” música rock and roll en su banda sonora –escogida de entre los discos de Peter Ford, hijo del actor, de apenas diez años de edad-.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7.

7 comentarios to “Semilla de maldad”

  1. antoniomartingarcia 17 septiembre, 2013 a 16:21 #

    No es de lo mejor de su realizador (un tipo que hizo obras maestras como “El fuego y la palabra” o “A sangre fría”) pero pasará a la historia, como muy bien apuntas, por ser la impulsora en el cine del tema sobre el racismo y la delincuencia en las aulas. Por cierto, te has adelantado pues pensaba publicarla dentro de poco… La dejaré para más adelante…
    Un abrazo.

  2. plared 17 septiembre, 2013 a 21:27 #

    La película es muy buena. Pero el paso del tiempo en ella si ha hecho mella. Hoy en día, aunque vigente en su mensaje. Resulta muy desfasada. Cuidate

  3. plared 17 septiembre, 2013 a 21:27 #

    El fuego y la palabra. Eso si es un peliculón, totalmente vigente por cierto….

    • elcriticoabulico 17 septiembre, 2013 a 23:18 #

      No la encuentro tan desfasada, la densidad de su violencia aún impacta. Pero claro, uno ya la ve venir más de lo aconsejable, eso sí es cierto. El fuego y la palabra la tengo ahí a buen recaudo, a ver si aparece un día por estos lares.
      Un saludo, Plared.

  4. altaica 9 octubre, 2013 a 00:01 #

    Dentro de este subgénero de “aulas”, por otro lado, un tanto ambiguo, pues podrían entrar desde la magistral Esta tierra es mía o la notable Madadayo, pasando por la tramposa El club de los poetas muertos, la excelente la Lengua de las mariposas o qué se yo, sobresalientes como Adiós muchachos, El pequeño salvaje…

    En realidad, cuando hablo de este género, me refiere más específicamente a ese puñado de obras estrictamente vinculadas a profesor con nobles principios (no siempre), centros conflictivos, alumnos problemáticos y un entorno bastante cerrado, casi hermético en lo didáctico y claramente estereotipado. De ese género en concreto, esta obra de Brooks sería la mejor de entre las que conozco, pues la mayoría de las películas posteriores se sustentan esencialmente en ella, con menor talento y mucho más efectismo. En realidad no recuerdo ninguna a su nivel dentro, repito, de este subgénero, ya que si abrimos las posibilidades del mismo, entonces sí que hay obras magistrales, pero claro entonces los límites nos llevarían desde el drama, la comedia, el musical o otro subgénero como el del análisis-crítica a los sistemas educativos, por ejemplo, británicos del que hay notables películas, sin duda.

    • elcriticoabulico 9 octubre, 2013 a 13:06 #

      Brooks tiene bastante más talento que los encargados de perpetrar las sucesivas imitaciones de esta fórmula a la que nos referimos (que aunque son películas de aula quizás sean las que menos tengan que ver con ese tópico temático de la “enseñanza”.) Esa sensación de continua amenaza aún mantiene su firmeza, después de tantos años.

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