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Fe de etarras

12 Ene

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Año: 2017.

Director: Borja Cobeaga.

Reparto: Javier Cámara, Julián López, Gorka Otxoa, Miren Ibarguren, Ramón Barea, Luis Bermejo.

Tráiler

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         En El Quijote, la gran sátira humana de la literatura universal, Miguel de Cervantes deslizaba reflexiones desmitificadoras a propósito de como las novelas de caballerías obviaban pasajes de la vida ordinaria y sobre las necesidades fisiológicas de sus personajes, asuntos engorrosos en algunos casos pero tremendamente placenteros en otros, como la comida. Esas cuestiones que, en conclusión, componen la sangre y la carne de toda persona. Un aspecto fundamental e ineludible de la vida.

Fe de etarras es una película que habla de cuestiones terrenales. La música, el deporte, las incómodas servidumbres del trabajo, el sometimiento a las decisiones de la gente de poder, las relaciones de pareja… y sobre todo de comida. El pan nuestro de cada día. La única diferencia es que los protagonistas de Fe de etarras abordan estos temas desde una perspectiva singular, que es la que filtra su militancia en ETA. Su lista de superéxitos, pues, está liderada por las actuaciones del IRA y no saben cómo asimilar otros grupos de moda como el ISIS, que sienten advenedizos y prefabricados. El deporte marca una confrontación antagónica con ejércitos y uniformes propios de una guerra por otros medios. Por ausencia o por radicalidad, las órdenes de los jefes casan malamente con los deseos, los criterios y la realidad de sus subordinados. Un noviazgo informal tiene algo de estatuto de autonomía mal definido, inservible para solucionar problemas comunes. Y la comida -¡ah, la comida!- siempre era mejor antes, evidencia de un pasado idílico irremediablemente extraviado por la pérdida y destrucción de las tradiciones, de los ideales y de los presuntos paraísos de la infancia.

         En la escena introductoria de Fe de etarras, desarrollada alrededor de una mesa donde se apura un banquete, esta conversación gastronómica instaura con rotundidad unas nociones de tradición, identidad y nostalgia de un grupo humano reunido y arraigado entorno a los alimentos. Una aparente familia, por tanto, muy semejante a la que, más adelante, cantará y se emocionará junta con los goles de la selección española en el Mundial de fútbol de 2010; un concepto de unidad alrededor de un triunfo colectivo que ya había empleado precisamente otra comedia nacional, La gran familia españolaBorja Cobeaga y Diego San José llevan tiempo rondando el tema, desde su formación en Vaya semanita hasta la minimalista Negociador, pasando por el germen de serie que era Aupa Josu. En Fe de etarras, su sátira sobre la banda terrorista es ya frontal, con una mayor convencionalidad y una mayor sensación de libertad cómica que en Negociador, contenidamente respetuosa con el episodio histórico que abordaba.

El filme se basa en la premisa de que, por lo general, todo individuo debate su vida entre la necesidad de reforzar su autoestima dotando a sus acciones de una pátina de grandilocuencia y entre la tendencia al ridículo que predomina en una cotidianeidad que no entiende de los constructos épicos y las fantasías de grandeza que posee imaginario humano -enardecidas además por vehículos transmisores como el cine-. De esta paradoja es víctima cualquier hijo de vecino, pero también todo aquel que pretenda arrogarse un papel determinante, significativo o incluso providencial en el curso de la Historia.

         Pero, no obstante, con la debida perspicacia, talento y sentido de la humanidad, esta a priori humillante condición puede tornarse en una perspectiva liberadora en lo personal -saber reírse de uno mismo- y, además, en una violenta arma para combatir a quienes, de una forma u otra, pretendan tiranizar al prójimo otorgándose para sí más importancia de la cuenta. Una carcajada puede derribar al monstruo, cuyo poder depende en buena medida del miedo que infunde una imagen sublimada de diseño artificial. Hay ejemplos capitales en el séptimo arte, como El gran dictador o Ser o no ser. También otros recientes, como Four Lions, película que se atreve a hacer empáticos a un grupúsculo de desastrosos y entrañables yihadistas londinenses. Fe de etarras, decíamos, sigue esta línea para humanizar a otro comando terrorista, esta vez de ETA, y mostrar con ello las contradicciones, miserias y vacíos del gudari combatiente, al servicio de una causa difusa, paranoica y, en definitiva, esperpéntica.

En este sentido, el juego de contrastes con un albaceteño anarquista metido a etarra para satisfacer sus fantasías mamadas del cine es, aunque un tanto manida, la muestra más significativa de todo este discurso. Además, cuenta con la interpretación de Julián López, que con su desternillante candor sabe hacer buenas un puñado de intervenciones demoledoras, capaces de desmontar hasta el último resquicio teórico de la lucha de sus compañeros, pobres etarras de tristes traumas. En Fe de etarras también hay gags trillados, más forzados y menos inspirados, y algún personaje, como el de Miren Ibarguren, termina por quedarse algo accesorio. Pero en la película se conforma un conjunto relativamente equilibrado, que escruta las complejidades sin asumir de España renunciando al folclorismo simplificador de estrenos recientes como Ocho apellidos vascos o Cuerpo de élite, valiente así en sus intenciones críticas y honroso en su calado humano.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 6,5.

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La tía Tula

11 Dic

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Año: 1964.

Director: Miguel Picazo.

Reparto: Aurora Bautista, Carlos Estrada, Carlos Sánchez Jiménez, Mari Lali Cobo, Irene Gutiérrez Caba, Laly Soldevilla, Enriqueta Carballeira, Paul Ellis, José María Prada.

Tráiler

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         Poco había avanzado la sociedad española entre 1907, fecha en la que Miguel de Unamuno escribe La tía Tula -que no se publicará hasta catorce años después- y 1964, fecha de estreno de su adaptación cinematográfica. Más bien al contrario. La tragedia de amor maternal y virginal del emblemático personaje podía quedar ahora, de manera todavía más turbulenta, envuelto en un maremágnum de machismo autoritario, represiones sexuales contra la mujer y religiosidad formal al servicio de un régimen tiránico, retrógrado, violento y férreamente patriarcal.

La tía Tula reconstruye el entorno nocivo para la mujer que representaba el franquismo, orgulloso potenciador de las esencias más reaccionarias de la cultura española; un aspecto en el que, por ejemplo, ya había indagado con crudeza Juan Antonio Bardem en Calle Mayor. Retratada con tanta mesura como rotundidad por el debutante Miguel Picazo, en esta atmósfera asfixiante vive Tula, una soltera que pretende mantener su autonomía y su dignidad frente a los embates del hombre -sus pretendientes, su cuñado-, a la vez que desea cumplir con el anhelo maternal que siente ante sus sobrinos.

         Comedido en su desarrollo pero cargado de electricidad estática, el relato juega con esa confrontación, azuzada por las pulsiones sexuales que afloran en la estrecha convivencia en el apartamento familiar y manifestadas en el carácter predatorial del macho de la casa, sobre el que recae un retrato fundamentalmente negativo, culminado con una agresión animal.

Frente a la naturaleza instintiva y primaria de Ramiro (Carlos Estrada, con una adecuada combinación de físico dominante y expresión anodina), infantilizado incluso por momentos, se opone la entereza maternal y piadosa, aunque estricta e inflexible, de Tula (Aurora Bautista, estrella de las producciones de posguerra y de gran presencia en los fotogramas). Uno se ocupa de las reprimendas por las transgresiones eróticas del hijo, la otra de calmar las necesidades sentimentales de la hija. Y, entre medias de ellos, restallan elementos religiosos -el sororato, la figura de la Virgen como madre también inmaculada-, lo que provoca cierta ambigüedad en la protagonista -la inmediata sustitución de su difunta hermana con la alimentación del sobrino y el arreglo de la chaqueta de su cuñado; su ascendencia y sus alusiones eróticas; la indecisión entre las dos vías que le plantea la situación, las dudas acerca de sus motivaciones, la preeminencia de su concepción subjetiva frente a las imposiciones de la realidad, la mirada cambiante hacia Ramiro-. Además, una ambivalencia semejante a la de Tula se observa en la independencia que muestran las integrantes del círculo femenino, felices y activas en la ausencia de los hombres aunque con el matrimonio, el emparejamiento y el sexo también como motivos centrales de sus conversaciones e inquietudes, con el velo añadido de la Iglesia como fondo de esta asociación.

De este contraste se genera un contacto explosivo entre ambos, incómodos al compartir el encuadre, distanciados en ocasiones, violentos en la aproximación. Se trata de una confrontación idéntica a la que se da a través del vestuario, en el choque del negro luctuoso de Tula en el blanco y negro de los fotogramas, que recuerda al del Neorrealismo y el cine italiano, repleto de mujeres fuertes que tratan de redimir a la sociedad e, igualmente, de figuras femeninas acosadas por el machismo mediterráneo.

         Los avatares sentimentales de Tula conservan su fuerza en el presente. Si bien sus aspiraciones de virtuosismo religioso son ya caducas, su defensa del respeto hacia sí misma y de su autosuficiencia no pierde vigencia en un contexto familiar y sexual cambiante pero que, por desgracia, mantiene como común denominador una posición de la mujer todavía no plenamente igualitaria.

Pieza clave del Nuevo Cine Español, sometida a la tijera de la censura por su contenido contrario a la doctrina moral y política, La tía Tula sería galardonada en el festival de San Sebastián con el premio al mejor director y a la mejor película de habla hispana.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

Oro

14 Nov

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Año: 2017.

Director: Agustín Díaz Yanes.

Reparto: Raúl Arévalo, José Coronado, Barbara Lennie, Óscar Jaenada, Antonio Dechent, Juan José Ballesta, Anna Castillo, José Manuel Cervino, Luis Callejo, Andrés Gertrúdix, Diego París, Juan Carlos Aduviri, José Manuel Poga, Josean Bengoetxea, Juan Diego.

Tráiler

          Es un lugar común, pero no por ello deja de ser cierto -si bien supongo que el asunto no es demasiado diferente a lo que ocurre en otros países-. España no concilia bien con su historia, ora idealizada como enseña de su destino trascendental como nación, ora repudiada exactamente por esta misma utilización patriotera y su ensalzamiento de unos valores rancios y caducos. La visión épica del pasado crea monstruos de muy diverso tipo. Quizás por ello no abunden los relatos acerca de episodios como la conquista del Nuevo Mundo, un periodo espinoso por las implicaciones políticas que, con evidente descontextualización, se le otorgan desde el presente; pero realmente interesante desde el prisma del sentido aventurero -piénsenlo: el anuncio de un descomunal territorio por completo desconocido y el atrevimiento de lanzarse a descubrir qué maravillas u horrores puede contener-. No abundan al menos al estilo y la cantidad de las reconstrucciones históricas procedentes de Hollywood o Reino Unido, vara de medir popular en lo que al cine-espectáculo se refiere.

          En Oro, Agustín Díaz Yanes repite, tras la calamitosa Alatriste y aquí con un texto inédito, en su aproximación al corpus del escritor y exreportero bélico Arturo Pérez-Reverte; un tipo que precisamente, y se esté de acuerdo con él o no -en este blog se tira por lo segundo-, no le teme a la polémica -todo lo contrario- para encarar, entre otros temas, la historia del país. También es verdad que, en su escrito de presentación, el filme trata de mediar contexto -o de disculparse- por el conjunto humano que protagonizará la función: hombres toscos y altivos, agresivos y sin escrúpulos, que encarnan cierta naturaleza varonil por la que el literato acostumbra a manifestar cierta querencia -en ocasiones bastante trasnochada al pretender trasplantarla de la mera fantasía a la realidad contemporánea-. Sobra. En primer lugar porque una película, o cualquier otra creación artística, no ha de tener en sus obligaciones la de dar ejemplo o fomentar ningún mensaje ideológico o social -otra cosa es que así lo desee-, tanto o más cuando se le exige forzar el anacronismo garganta abajo de los personajes –hay artículos sobre esta cuestión-. Y, en segundo, porque el de Oro está lejos de ser un canto a las hazañas de los antepasados. Si esta es la gloria de la conquista, bastarda gloria es.

En ese sentido, Oro recuerda a la olvidada La conquista de Albania, cinta generosamente sufragada por el Gobierno de Euskadi en virtud de las recién cedidas competencias presupuestarias de la Transición y que invitaba a pensar a priori en el enaltecimiento de un capítulo de expansión internacional del Reino de Navarra medieval –el acometido por la Compañía blanca en las costas del Adriático-, pero que, sin embargo, se transformaba andando los fotogramas en una antiepopeya delirante e irracional, similar por tanto a la de Aguirre, la cólera de Dios. Y, de hecho, Oro comparte con la referencial obra maestra de Werner Herzog la ambientación selvática equinoccial y la composición de los expedicionarios, calcada a la de Pedro de Ursúa por el curso del río Marañón en busca de la ciudad de El Dorado -hechos que también serían abordados por Carlos Saura en la excesivamente contenida El Dorado-. Aunque, fundamentalmente, queda ligada a ella a través de una acertada presentación en la que se muestra a una cohorte de hombres condenados, encadenados como galeotes a una aventura ilógica y tremebunda, fracasada de antemano. A un camino hacia el absurdo y la muerte.

          En conclusión, Oro posee el mismo sino que Aguirre, la cólera de Dios. En cambio, el trayecto que escoge para avanzar hacia él es completamente opuesto. Se aleja de la abstracción hacia la que tendía la alemana, onírica y alucinada, y encara la ruta por la vía de lo terrenal, de lo físico. La de Díaz Yanes es una cinta de supervivencia -con resabios de western-; un trayecto de desesperación embuchada y escondida entre actitudes de hosca hombría y que, en persecución de una vil riqueza material -el oro-, se dirime entre el lodo, el sudor y la sangre. Conceptos que se remiten literalmente a otras descripciones de Pérez-Reverte, que ha visto trinchera y, en su novela El húsar, resumía la batalla en “barro, sangre y mierda”.

Esta concepción física está adecuadamente asimilada a los parlamentos del libreto, descarnados, recios y con un atractivo empleo del lenguaje de época -circunstancia esta última realmente infrecuente-, así como a la selección de rostros del reparto -otra virtud que también poseía La conquista de Albania– y a una exposición seca y concisa. Con ello, Díaz Yanes logra modelar una jugosa atmósfera patibularia, amoral y destructiva, en la que se tiene la sensación de que ni siquiera se avanza por el laberinto de una jungla que aprieta y donde, por ende, lo único que cuenta es salvar un pellejo que poco o nada vale. Así las cosas, eran innecesarios regodeos como el tópico fanatismo del sacerdote, las proclamas folclóricas -los enfrentamientos regionales y la loa a los hermanos en armas-, el testicular duelo a pecho descubierto o que Raúl Arévalo y Óscar Jaenada exageraran el gesto.

          Oro brilla en cuanto sitúa la épica a la altura de la mugre, en cuanto su relato de violencia primaria y desencantada no se avergüenza de inclinarse a la recuperación de una virilidad de otro tiempo. Que, en este caso, no es la histórica del siglo XVI, sino la cinematográfica de la década de los setenta, tan ruda como desesperanzada -aunque carezca de su aliento sentimental y elegíaco-.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 7,5.

Negociador

3 Nov

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Año: 2014.

Director: Borja Cobeaga.

Reparto: Ramón Barea, Josean Bengoetxea, Carlos Areces, Melina Matthews, Jons Pappila, María Cruickshank, Santi Ugalde, Gorka Aguinagalde, Alejandro Tejerías, Secun de la Rosa, Raúl Arévalo.

Tráiler

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         La vida, por lo general, y quizás para dolor de nuestro pequeño orgullo, es tragicómica. Posee suficientes ratos amargos como para congelar la sonrisa y, de igual manera, las grandes situaciones de drama y romance, personales y colectivas -esas que son carne de película épica o ampulosa-, suelen chocar con la desmitificadora irrupción del absurdo y del ridículo, despiadados agentes nihilistas.

Por ello, no hay nada como la comedia para templar los ánimos de aquellos bastardos que pretenden imponerse desde una imagen de poder intocable, de terror invencible, de excelencia impecable. Porque esta perfección, esta invulnerabilidad, no es humana. De ahí el valor de sátiras como El gran dictador, Ser o no ser, ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, La vida de Brian, La tercera generaciónFour Lions…. “¡No son monstruos extraordinarios, no vamos a regalarles esa grandeza!”, que se desgañitaba Fermín Muguruza en Veintegenarios, a su vez, por supuesto, debidamente escarnecido por la parodia consustancial de este álbum en falso directo. La necesidad de la caricatura.

         Precisamente, un gag de Negociador se basará en arremeter contra la retórica del cine, que tiene el poder de sublimar e infundir glamour o grandilocuencia a cualquier asunto terrenal que plasme en fotogramas. Criado en la sátira sobre la identidad nacional vasca de Vaya semanita, Borja Cobeaga, que como director ganó popularidad desde la comedia romántica con notable oído para reproducir el lenguaje actual de la calle (Pagafantas, No controles), parece haber encontrado un filón de inspiración en ETA, que se manifiesta en la protoserie televisiva Aupa Josu y las películas Negociador y Fe de etarras.

Negociador, de hecho, se apropia de un episodio auténtico: las negociaciones secretas del presidente del Partido Socialista de Euskadi, Jesús Eguiguren, y la cúpula de la banda terrorista, las cuales han sido traídas recientemente a la actualidad por el documental El fin de ETA, complemento recíproco de esta. Porque la relación de hechos y los testimonios recogidos por Justin Webster dejan tras de sí cierta impronta de estupefacción y desconcierto que Cobeaga consigue capturar al menos parcialmente. En especial, con la irrupción de Carlos Areces transmutado en Francisco Javier López Peña ‘Thierry’, que en su irritante puerilidad compone un personaje tan veraz y humorístico como aterrador.

         La de Areces es la aparición más altisonante -amén de divertida- de una comedia que, hasta entonces, había mantenido un perfil bajo, fundada precisamente sobre la sensación de desconexión de la realidad que posee el encuentro, de la incredulidad pasmada ante el sinsentido que ha conducido hasta esta reunión entre tipos corrientes y molientes. Del reír por no llorar.

Cobeaga escoge ser respetuoso por este trasfondo y circunstancias históricas, a pesar de que contienen potencial para una farsa virulenta, para una sátira más penetrante. No se pone folclórico ni sainetero, y es hábil para humanizar a los contendientes y convertirlos en gente identificable, para igualarlos haciéndolos compartir estupor y miserias. Deforma humorísticamente su imagen creada para devolverlos, paradójicamente, a su imagen humana. Pero también adopta decisiones desafortunadas o pasadas de rosca, en especial en lo que respecta a la traductora que interpreta Melina Matthews.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6.

Morir

13 Oct

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Año: 2017.

Director: Fernando Franco.

Reparto: Marian Álvarez, Andrés Gertrúdix.

Tráiler

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         En una escena de Blade Runner 2049, un holograma de compañía implora a su propietario que cargue el programa que la contiene en un dispositivo portátil para poder viajar junto a él a lo desconocido. El hombre duda, por el riesgo de perderla que supone tal decisión. Ella replica que esa terrible incertidumbre le permitirá igualarse, de forma efectiva, a una chica de carne y hueso. Uno de los matices que esta secuela agrega a Blade Runner en su exploración de la cartografía del ser humano es el de la fragilidad. El ser humano es un ente inestable y vulnerable, finito y fugaz.

La carrera de Fernando Franco como director de largometrajes parece adentrarse en esta fragilidad tan humana, tan desoladora. La prisión en la que vive una mujer atrapada por la enfermedad psicológica que padece en La herida; la irreparable agonía del ser amado, contagiosa y desesperante, en Morir -precisamente estrenada en las salas españolas en la misma semana que Blade Runner 2049-.

         Franco se mantiene minimalista y apegado a las vivencias de los personajes, crudo pero nunca frío, atento a la evolución interna que producen en ellos los acontecimientos externos. Su protagonistas se aplastan en los fotogramas, con escasa profundidad de campo, sin cortes de montaje que despiecen artificialmente la secuencia. Los tempos de la dolencia, de la existencia pendiente de un hilo, se recortan mediante hábiles elipsis y se enmarcan mediante objetos y acciones simbólicos que establecen una puntuación entre capítulos.

En Morir, la tosquedad con la que se introduce la premisa de la enfermedad terminal del protagonista -un diálogo poco elegante, quizás subrayado por la interpretación de Andrés Gertrúdix en ese fraseo- puede revestir de una pátina telefilmera a un argumento que, por lo demás, está abordado con contención y respeto, ajeno al sentimentalismo o a los consejos vitalistas de tres al cuarto que ayuden a pasar el mal trago al espectador. Es cierto que, por otro lado, Morir tiene una aspereza que puede ser agotadora a ratos -parte del juego, en cualquier caso- y que no logra atravesar de costado a costado, como hacía otro filme de premisas semejantes, Amor. Pero claro, para ser justos, la obra maestra de Michael Haneke marca un listón difícilmente alcanzable.

         La veracidad con la que carga Morir supone una renuncia a la complacencia. La honestidad hacia las personas que retrata obliga a trazarlas inconstantes, desorientadas, caprichosas, contradictorias. No siempre positivas. La presencia de la muerte, el temor cerval que despierta en quien presiente cercano su aliento y en quien lo percibe también por efecto de la empatía natural, redoblado por el amor hacia la víctima, desencadena consecuencias traumáticas que Franco consigue capturar a través del luto en vida de la pareja.

El realizador y guionista expone una existencia contaminada irremediablemente, ante la que surgen un puñado de consternadores interrogantes. ¿Cómo encarar un proceso inminente pero que, a la postre, por mucho que lo ignoremos al estar en plenitud de condiciones, es inexorable para cada uno de nosotros? ¿A quién pertenece la decisión sobre cómo afrontarlo? ¿Donde termina el deber hacia el ser amado y comienza el egoísmo irreflexivo, en ambos sentidos? ¿Cabe dignidad alguna ante la muerte o la decadencia física o psicológica, como ya se podía entrever en La herida? ¿Qué importancia o qué significado puede tener cualquier actividad cotidiana cuando se siente el peso abrumador de la extinción cierta? 

Las respuestas solo pueden tantearse a ciegas, sin comprender siquiera si se han obtenido contestaciones satisfactorias. Vivir es también morir. 

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7.

Los límites del control

15 Sep

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Año: 2009.

Director: Jim Jarmusch.

Reparto: Isaach de Bankolé, Alex Descas, Jean-François Stévenin, Óscar Jaenada, Luis Tosar, Paz de la Huerta, Tilda Swinton, Yûki Kudô, John Hurt, Gael García Bernal, Hiam Abbass, Bill Murray.

Tráiler

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           Aunque el protagonista podría pasar por un pariente de su homólogo de Ghost Dog: el camino del samurái -el asesino a sueldo ultraprofesional que varía el ascetismo del arquetipo melvilliano con inclinaciones hacia el misticismo oriental-, Los límites del control es una película que recuerda más a Dead Man o incluso a Flores rotas en el sentido de que desarrolla un viaje abstracto hacia el interior del personaje, hacia un universo subconsciente y existencialista que posee trazos oníricos y metaficcionales, especialmente cinéfilos.

           Los limites del control encadena su acción, primordialmente estática, mediante una serie de repeticiones y rimas que se establecen a través del encuentro de un hombre con una misión -o un hombre que es una misión, tal es el dibujo maquinal del personaje con sus rutinas, sus ‘cambios de piel’ y su impasibilidad absoluta- y el resto de individuos implicados en la trama, los cuales, desde su naturaleza conceptual y su respectivo diálogo -prácticamente monólogo, ya que la interacción entre ellos es sui generis-, ofrecen pistas que encaminan al desenlace de este jeroglífico que es tanto de intriga cinematográfica -puro mcguffin- como, en efecto, existencial -los aforismos, las parábolas y las reflexiones en las que se insiste directa o indirectamente; su incorporación literal por el sicario con la deglución de las notas-.

Un trayecto en el que se depuran las ideas temáticas para conducirlas al lienzo en blanco. ¿Que Jim Jarmusch podría ahorrarse renglones de este estribillo de situaciones y cavilaciones reiteradas? Pues probablemente también.

           Los límites del control es una exploración metafísica, pues, en la que se perciben reminiscencias de David Lynch -el pictoricismo de las imágenes, los ensayos cromáticos, el surrealismo, los juegos con el reflejo figurado-, del A quemarropa de John Boorman -la estilización de los estereotipos, el empleo de la geometría urbana y la iluminación, la cadencia onírica de las escenas- e incluso del libertinaje metarreferencial de Jean-Luc Godard -los guiños velados o explícitos, las alusiones a los códigos que rigen el cine y que se integran automáticamente en la propia dinámica del filme-.

La obra se mueve entre no lugares, entre localizaciones marginales y entre colores átonos, alejado de la postal pero atento a las posibilidades que ofrece el diseño arquitectónico y los espacios de ciudades como Madrid y Sevilla. Hasta en la representación de elementos folclóricos como el flamenco, Jarmusch consigue burlar el pintoresquismo de su mirada extranjera y dotarla de brío y potencia, perfectamente asimilada a la atmósfera del conjunto. Porque, por así decirlo, la exploración de Los límites del control acontece en una realidad alternativa -el plano subconsciente que predomina- y al mismo tiempo hiperrealista -los rincones ocultos, vivos y habitualmente despreciados por los cánones cinematográficos, tendentes a la sublimación romántica de lo mundano-.

           Los límites del control, si bien no tan redonda como otras muestras de su filmografía, es misteriosa e hipnótica, otra atractiva y coherente pieza que compone reconocible cosmos del cineasta estadounidense.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 7,5.

Mar de fondo

6 Sep

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Año: 1931.

Director: John Ford.

Reparto: George O’Brien, Marion Lessing, Steve Pendleton, Henry Victor, John Loder, Walter C. Kelly, Warren Hymer, Walter McGrail, Larry Kent, Mona Maris.

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          John Ford parecía sentir fascinación por los submarinos en el arranque de su andadura en el cine bélico. A comienzos de los años treinta, encadena la dirección de Tragedia submarina, una terrible historia de naufragios, y Mar de fondo, acerca de una misión secreta para hundir un sumergible alemán U-172 frente a las costas canarias en la Primera Guerra Mundial.

          Aunque todavía toscos y demasiado artificiosos, Mar de fondo muestra algunos rasgos dramáticos cercanos al concepto de heroicismo presente en la obra del autor, donde se conjuga el sentido del deber llevado hasta el sacrificio, la comicidad cotidiana del contingente militar tornado en familia -el humor como muestra de humanidad- y cierta pátina de melancolía que aparece incluso en la victoria. Por ejemplo, el Mike Costello que aquí interpreta Walter C. Kelly prefigura los contrapuntos cómicos que, más adelante, encarnará Victor McLaglen en el ocaso de su carrera, repletos de tempestuosidad irlandesa, batallitas fantasiosas, querencias etílicas y entrega tan abnegada como crítica. El patoso marinero Kaufman también pertenece a esta estirpe de bufones entrañables que aportan un toque de color al grueso de la tropa, aunque su desarrollo es tan primario, o el conjunto que le rodea está tan acartonado, que su función no se completa adecuadamente.

El dibujo de los personajes de Mar de fondo es demasiado romo, consecuencia de un guion -firmado por Dudley Nichols, un habitual de Ford y ya coautor del libreto de la citada Tragedia submarina– no exento de importantes lagunas -el incomprensible entierro flotante, la ingenuidad de unos alemanes a los que se les suponía debidamente informados- y con pegotes tan abrumadoramente innecesarios como cursileros -la subtrama romántica inconstante y sin pies ni cabeza, a la que al menos se esconde en un segundo plano-. En cambio, mejor fortuna corre el retrato digno del enemigo, dueño también de sentido de la camaradería y del honor, de sentimientos y motivaciones -¡si hasta preguntan preocupados por su madre!-. La guerra en el mar siempre ha gozado de una reputación de mayor caballerosidad que los cruentos combates en tierra firme.

          En lo relativo al estilo visual del filme, algo semejante ocurre con una puesta en escena por lo general un tanto plana, convencionalidad que se rompe con la crudeza de algunos momentos próximos al verismo documental, en incursiones exóticas como la pintoresca y seductora escena de baile en la taberna y, especialmente, en el dramatismo contenido que se respira durante la resistencia frente al bombardeo, expuesta con una acción bastante elemental pero un gran dominio de la tensión narrativa.

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Nota IMDB: 5,8.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6.

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