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Apuntes para una película de atracos

13 Nov

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Año: 2018.

Director: Elías León Siminiani.

Tráiler

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         El fuera de la ley que impone su voluntad sobre las normas de la sociedad es una de las fantasías esenciales que se extiende firme por la ficción, por el cine, luego más o menos matizado argumentalmente con coartadas morales -la estricta observación de un código ético propio- o sociológicas -la influencia de las circunstancias o del destino-. De esta fascinación y en las raíces de su naturaleza trata de adentrarse Apuntes para una película de atracos, documental en el que Elías León Siminiani investiga la figura de Carlos Iglesias, ‘el Robin Hood de Vallecas’, butronero condenado en 2015 a siete años y medio de prisión por el asalto de dos sucursales bancarias en Madrid, a las que accedió desde el alcantarillado de la ciudad.

         Aunque no sea un ‘heist film’, una película clave del cine de ambientes criminales como La evasión probaba que, en sí misma, la profesionalidad y el talento de un especialista en asuntos ilícitos -en este caso las fugas carcelarias- es lo suficientemente sugestiva e hipnótica como para crear una obra maestra de referencia. Precisamente, esta cinta francesa poseía cierto espíritu documental en su verista, rigurosa y minuciosa manera de describir el trabajo del preso encarnado por Jean Keraudy, que no por nada había llevado a cabo un escape real de la penitenciaría parisina de La Santé, donde coincidió con José Giovanni, firmante de la novela que da lugar al largomentraje. Algo de esta idea hay en Apuntes para una película de atracos, en la que Siminiani traza paralelismos entre la carrera criminal de Iglesias y la evocación cinéfila que le -nos- produce, manifestada en la comunión entre la reconstrucción de los hechos, participada por el propio protagonista, y la inserción de fragmentos de películas del género.

Aquí, Iglesias demuestra que, en efecto, es carismático material para una mitología moderna que se alimenta de la realidad y viceversa. Hitos como Rififi inspiran a los atracadores, y los atracadores inspiran nuevas piezas de arte. Es decir, que los recuerdos de Iglesias, y la manera en que los expone casi independientemente del trabajo de realización del documentalista, poseen esa capacidad característica del cine de que uno pueda adentrarse en una realidad a la que no tiene acceso desde su experiencia cotidiana; una ilusión de hecho enmarcada en el proyecto en un constante confrontación y diálogo entre clases sociales.

         Siminiani no oculta los trucajes de una elaboración que, por su naturaleza, no puede reflejar al cien por cien la realidad -el punto de vista, los vacíos de información, el montaje, la recreación…-, y además le concede al retratado una voz directa, casi en situación de igualdad, en la representación de su historia. Todo ello, dinamizado asimismo por la creatividad formal del cineasta, le otorga un tono divertido a Apuntes para una película de atracos, incluso con pinceladas de humor farsesco o irónico. Porque es obvio que Siminiani se lo pasa teta jugando con el filón que ha encontrado y que explota, a veces hasta con la sensación de que es a su costa. El morbo de juntarse con un malandro, que sabe el otro.

Esta disposición no es óbice para que el documental indague en la persona, donde su mirada se convierte en la narración de un interesante drama paternofilial y no tanto en un análisis socioeconómico o político. No obstante, aunque Siminiani declara su abandono de esta lectura de las andanzas de este bandolero del siglo XXI, que queda reducida a citas, la condición de Iglesias de especialista en la cara subterránea de la urbe, en esas cloacas donde paradójicamente acostumbran a operar los lustrosos poderes fácticos, arroja además una imagen metafórica de la España contemporánea.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Viaje al cuarto de una madre

5 Nov

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Año: 2018.

Directora: Celia Rico Clavellino.

Reparto: Anna Castillo, Lola Dueñas, Pedro Casablanc.

Tráiler

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         Viaje al cuarto de una madre parece configurarse como una de esas películas que se comportan como un pedazo palpitante de vida. Una captura indiscreta que observa la maravilla de la cotidianeidad para, desde la sensibilidad, extraer de ella su lirismo oculto, su emoción esencial, su trascendencia existencial.

Viaje al cuarto de la madre es una obra de íntimo realismo, cuya gramática no es tan cruda, por ejemplo, como la del naturalismo de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, sino que en cierta manera muestra intención de tender más hacia la calidez poética, de sentimiento contenido, de Yasujirô Ozu, el gran maestro de los vínculos familiares: de sus raíces y su forjado, de su pérdida y su transformación. Con todo, Ozu significa establecer un referente demasiado elevado: su profundidad formal, emocional y trascendental queda lejos de lo que aquí se alcanza -que no es en absoluto desdeñable-.

         Compuestos ambos por Celia Rico Clavellino -debutante en la dirección de largometrajes-, tanto el drama como la expresión visual de Viaje al cuarto de una madre apuestan por una sencillez verista, a partir de la cual se construye un retrato fidedigno de las dos protagonistas y de su relación, perfectamente respaldadas por los trabajos de Lola Dueñas y Anna Castillo, quienes desarrollan una imprescindible química. De ahí surge el principal baluarte de la función: la intimidad que transmite la cinta, los encuentros y desencuentros privados de un relato que se hace fuerte entre las paredes de la casa familiar -de maravillosa ambientación en objetos y costumbres-, entre los pequeños gestos, que se convierten en expresivas declaraciones, recogidos por la cámara con el mismo cariño que contienen ellos mismos.

         El núcleo hogareño, de confortables trazos frente a los inhóspitos o desconocidos exteriores, es de donde parten todos los caminos dramáticos del filme, dada la estrecha convivencia física y afectiva de las dos mujeres, paralela además a la ausencia profunda y lacerante que se percibe en este espacio: la del esposo, la del padre.

Viaje al cuarto de una madre no es tanto un filme sobre el encuentro de una madre y una hija, sino sobre su separación inevitable, marcada por los ritmos de la existencia, abismalmente traumática como el gran cambio, la gran tragedia emocional, que representa para las dos partes implicadas. El salto que hay que dar, aunque afuera haga frío. Por ello, la realizadora sevillana se adentra en ella desde ambos puntos de vista, que se relevan a partir de un giro de guion asentado sobre ese conflicto contemporáneo que atañe a una generación perdida por las circunstancias socioeconómicas.

De nuevo, se trata de asuntos que se abordan desde la estricta y verosímil sobriedad, desde la que extrae una compleja pátina de sensaciones: amargura, sí, aunque también insondable amor. Pero, respecto de la evolución del duelo por la viudedad, la sencillez de Rico Clavellino quizás se torne un tanto más simple en su concepción.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7.

Quién te cantará

29 Oct

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Año: 2018.

Director: Carlos Vermut.

Reparto: Najwa Nimri, Eva Llorach, Carme Elías, Natalia de Molina.

Tráiler

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         Dos mujeres atrapadas. El éxito y el fracaso como fronteras antojadizas y, sobre todo, dudosas. Lila y Violeta, dos nombres que designan prácticamente el mismo color. Resuenan ecos de Persona y Mulholland Drive en la relación privada de las protagonistas de Quién te cantará: una diva que ha perdido la memoria y una madre cuya vida hace aguas. Su melodrama tiene asimismo un deje almodovariano en su posmodernidad pop y su fascinación por la tragedia de alma femenina. Pero el conjunto es un pedazo más del universo de Carlos Vermut, que sigue madurando como un joven autor con voz propia y reconocible, definida a través de elaboradas apuestas cinematográficas.

         En Quién te cantará las personalidades de las dos mujeres, que de por sí tienen mucho de constructo ficticio, se emparentan y se difuminan a través de constantes simetrías de texto y de puesta en escena. Desde esta dualidad permanente se trasluce un minucioso trabajo en la articulación de la estructura argumental y en la correspondiente composición de las imágenes, con lo que puede pesar la sensación de ser una película cerebral, algo efectista en su insólita asociación de dos existencias angustiadas, y que incluso su dimensión simbólica y el discurso aparejado es en ocasiones un tanto evidente o no especialmente complejo, con la turbulenta relación maternofilial como ejemplo más notorio.

Son rasgos que ya estaban presentes en Magical Girl, pero Quién te cantará muestra a mi juicio progresos para atenuar la frialdad que puede derivarse de este detallismo de la autoría. Podría decirse que Vermut se adentra en un mayor clasicismo. No guarda tanto las distancias hacia sus personajes. Encuadra, desencuadra y deja fuera de campo; aproxima la cámara y siente su tacto, recorre su piel y descubre, íntimo, lo que miran, cómo miran y qué perciben.

         El cineasta madrileño expresa con gran fuerza visual y narrativa las aflicciones de sus criaturas: el peso de la fama que emana de un retrato que parece sacado de la señora de Rebeca frente a la pureza transitoria de la retratada; lo caprichoso y lo banal del triunfo; la ausencia de romanticismo que también posee la vida del fracasado; la profunda cicatriz que deja la frustración de la vocación y las ilusiones;  la marca análoga que procede de vivir sin estar de acuerdo con uno mismo; la proyección de la imagen personal en modelos ajenos; la construcción de personajes para adecuarse a las relaciones con los otros y los deseos impuestos por estos… Es decir, los fundamentos de la identidad, de quién somos de verdad cada uno cada uno, y de si esta cuestión capital está en nuestras manos o no.

         En un movimiento que es igualmente útil para disimular los equilibrios del libreto, Vermut dota a la atmósfera de una textura por momentos onírica, que a pesar de esa atención a lo sensitivo no es exactamente real, sino casi propio de un encantamiento que puede romperse con solo pronunciar el hechizo. De ahí mana el hipnotismo y el misterio de esas personalidades que, de tan interrelacionadas, parece que van a colisionar la una contra la otra. Y de este territorio también se extraen las lecturas más oscuras acerca de la naturaleza de ambas, como madres y como hijas, como fuerzas creadoras incluso -de vida, de arte-. Para ello, la elección del reparto es acertada, con ese aire etéreo de Najwa Nimri en contraste con la potencia de la mirada de Eva Llorach -un descubrimiento-, o la elegancia de la veterana Carme Elías en contradicción con la violencia posadolescente de Natalia de Molina.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

El reino

8 Oct

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Año: 2018.

Director: Rodrigo Sorogoyen.

Reparto: Antonio de la Torre, Josep Maria Pou, Nacho Fresneda, Bárbara Lennie, Luis Zahera, Ana Wagener, Mónica López, María de Nati, Paco Revilla, Francisco Reyes, David Lorente, Sonia Almarcha, Andrés Lima.

Tráiler

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         En El reino surgen tipos con el trabajado moreno de Eduardo Zaplana, actores conocidos por su parecido con Alberto Núñez Feijóo a quienes se pasea maliciosamente en yate, lideresas con el acento andaluz de Susana Díaz y maneras autocráticas como las de Esperanza AguirreLibretas de contribuciones en B al partido repletas de iniciales y sobrenombresmuertes misteriosas entre quienes podrían provocar que se destaparan las cloacas.

El reino escarba en la crónica politicocriminal de la España reciente y, desde su bochornosa sobreabundancia de episodios de corrupción y absoluta ausencia de respeto hacia lo público, señala a diestro y siniestro, sin ahorrar direcciones ni munición. El reino se adentra en las bambalinas de la élite política con determinación de denuncia de un endémico sistema delictivo “engrasado desde tiempo de los abuelos”, cuyo desmantelamiento puede derribar “al país entero” tal es la flor y nata que participa de él; protegido por la salvaguarda que ofrece la cúpula de poderosos que lo circunda y en el que, a pesar de su condición de víctima, el ciudadano común ofrece la medida ética necesaria para perpetuarlo.

         El discurso de El reino es claro y directo, incluso burdo. Este defecto lo anticipan ya escenas como su crítica, precisamente, al potencial de inmoralidad del individuo de a pie, que de tan remarcada resulta zafia. Pero su manifestación radical tendrá lugar en la escena que remata la película, que es una confrontación de dos discursos más bien fáciles y expuestos de una forma atroz: sendas invectivas verbales que, de nuevo, terminan por mirar literalmente al espectador al que (también) abronca. Hasta este punto había conducido todo el dispositivo argumental y discursivo compuesto por Rodrigo Sorogoyen y su colaboradora habitual, Isabel Peña, que no obstante arranca con bastante mayor fortuna.

Sobresale la naturalidad de los diálogos y las interpretaciones, desde las que se conforma la base de la trama y el notable retrato humano de los personajes que la protagonizan. Empotrado en las gestiones subterráneas del vicesecretario autonómico Manuel López Vidal (un correctísimo Antonio de la Torre), Sorogoyen atraviesa a matacaballo despachos, pasillos y localizaciones de la piel de toro, impulsado por un ritmo narrativo frenético, una cámara inquieta que acompaña el paso del protagonista y la música electrónica que aguijonea la banda sonora. El movimiento entre escenarios, y dentro de la propia escena, es constante, a juego con la tensión de quienes habitan el relato.

La red corrupta se despliega así nervuda y absorbente, con un sinfín de ramificaciones e implicaciones, pero también es por momentos tremendamente vulgar, casposa y patética. Con acierto, puesto que, más que probablemente, la realidad se asemeja más a La escopeta nacional que a House of Cards.

         A partir de ahí, el coste social de la (interesada) defenestración pública está más logrado que la paranoia del perseguido, que se exacerbará a partir del episodio de Andorra, el cual posee una atmósfera turbia y febril, muy inquietante, aunque al mismo tiempo deja una sensación un tanto forzada, como de una intriga que ya se ha dado de sí. Es la antesala de ese grosero descabello, que trata de ser complejo y categórico y es simplemente bruto.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 6,5.

A esmorga

12 Sep

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Año: 2014.

Director: Ignacio Vilar.

Reparto: Miguel de Lira, Karra Elejalde, Antonio Durán ‘Morris’, Melania Cruz, Covadonga Verdiñas, Patxi Bisquert, Alfonso Agra, Ledicia Sola, Mela Casal, Mónica García, Sabela Arán.

Tráiler

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         Obra fundamental de la literatura gallega contemporánea, ya llevada a la gran pantalla -aunque trasladada fuera de sus fronteras originales- por Gonzalo Suárez en Parranda, la recuperación de A esmorga era un hito casi obligado en la floreciente producción cinematográfica gallega actual, reverenciada por la crítica por la audacia formal de unas propuestas que acostumbran a cabalgar entre el documental y la ficción, pero también poseedora de otros largometrajes de narrativa más clásica, entre los que Ignacio Vilar se revela como uno de los realizadores más activos.

         Rodada en gallego y ubicada en la ruta por donde transcurre la novela de Eduardo Blanco Amor, una odisea etílica que abarca alrededor de una jornada y que se convierte en un tremendista descenso a los infiernos en un país opresivamente tormentoso, A esmorga escarba entre los restos de esta herencia idiosincrásica y ubica al Castizo, el Bocas y el Milhomes en un régimen franquista que es todo miseria, frío, crueldad, sabañones y desesperación.

En ocasiones comparada con El extranjero de Albert Camusque también consta de su propia adaptación al cine-, A esmorga muestra a unos seres abandonados en la nada, sometidos a la opresión de las circunstancias que simbólicamente pueden reflejarse en el azote de la lluvia, el cual, de hecho, condiciona en parte el arranque de la aventura de Cibrán ‘O Castizo’: un tour de force de marcados tintes fatalistas del que el protagonista no logra -o subconscientemente no quiere- despegarse. Cabeza de un buen cásting, al personaje lo interpreta Miguel de Lira, actor de probada popularidad en Galicia al igual que Antonio Durán ‘Morris’, mientras que cierra el terceto un agente foráneo, Karra Elejalde, que puede ejercer de llave para la venta exterior de la cinta.

         Arropado por la pictórica fotografía, Vilar encuadra la travesía de los tres amigos bajo cielos siempre encapotados, en una perpetua humedad que cala hasta los huesos, subrayada en sus sensaciones por una banda sonora demasiado obvia. Los espectaculares escenarios naturales y urbanos conducen sus pasos, que se resuelven en un basural de aspecto apocalíptico, hacia una dimensión casi fabulosa o legendaria, lo que refuerza ese sentido de destino irreparable y lo dota además de un halo atemporal. 

Bajo estas condiciones se expone un relato de angustiosas pulsiones autodestructivas en el que, en un caldo violento, se recuecen trastornos sociales, económicas y sentimentales. Sin embargo, se echa en falta sentido de la embriaguez, de la alucinación dipsómana, para que A esmoga bulla definitivamente y la espiral de este impío via crucis, de esta huida hacia delante, arrastre con todo.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

Las distancias

10 Sep

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Año: 2018.

Director: Elena Trapé.

Reparto: Alexandra Jiménez, Miki Esparbé, Isak Férriz, Bruno Sevilla, María Ribera.

Tráiler

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            La persistencia a lo largo de unas cuantas generaciones del ya por derecho propio subgénero cinematográfico del reencuentro entre amigos como terapia existencial desde la que examinar las ilusiones pasadas y la realidad presente sugiere, primero, que el desencanto es un denominador común de la sociedad occidental posmoderna y, segundo, que aunque a todos tendamos a erigirnos en personalidades excepcionales, no pertenecemos tampoco a una quinta que experimente en último término sensaciones únicas e intransferibles, incluso -o especialmente- cuando estas son negativas.

La generación golpeada por la crisis económica de 2008, actualmente entre la treintena y la cuarentena, y posiblemente una de las pocas que no alcanzará de forma general el nivel de vida de sus progenitores, tan solo sufre unos matices particulares dentro de este persistente estado de decepción vital.

            Estas variables concretas -la precariedad laboral, la emigración, la inmadurez afectiva, el romance 2.0, la frustración sentimental que solo empeora con huidas hacia adelante basadas en caducas estructuras tradicionales…- están a la vista, en compañía de otras más clásicas -las cicatrices románticas sin resolver, la incomunicación…- en Las distancias, una nueva aproximación a esta premisa en la que, esta vez, un cuarteto de amigos de la universidad viajan a Berlín para felicitar por sorpresa el 35 cumpleaños de otro miembro del grupo, esquivo en su última visita a Barcelona por motivos que, sin embargo, podría compartir con el resto -incompatibilidad de agendas, compromisos múltiples, alegaciones de falta de tiempo…-.

La interpretación de Miki Esparbé, que encarna a este último, es la que subraya -de forma probablemente excesiva- la tonalidad en la que se va a mover un drama por momentos un tanto sobresaturado: su rostro mustio desde la primera imagen no varía ni siquiera para simular alegría por la irrupción inesperada de los supuestos seres queridos de otros tiempos, a buen seguro más felices, en vista de los mohínes del actor.

          La fuga/desaparición del homenajeado sirve como desencadenante definitivo del misterio emocional y narrativo de la película, a partir del cual se evisceran, en una composición un poco tremenda, las miserias de un grupo humano con incontables averías, ahogado en la luz cenicienta y moribunda de la capital alemana, que de por sí implica un desarraigo que, en definitiva, trasciende lo geográfico.

Elena Trapé, directora y guionista -en este último apartado en colaboración con Miguel Ibáñez Monroy y Josan Hatero-, presta cuidadosa atención a sus criaturas con primeros planos que observan sus sentimientos -sean empatizables o mezquinos, son frecuentemente comprensibles, aunque puede que también amargos de más-; el dolor que se les acumula hasta escapárseles por los poros, y hasta el leve patetismo que destila su desesperación. Al mismo tiempo, continuando con este celo en la puesta de escena, los separa literalmente cerrando puertas, negándoles el contacto o enfrentándolos de espaldas, perdidos no saben dónde, sin saber hacia dónde mirar con ira.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6,5.

Heroína

7 Sep

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Año: 2005.

Director: Gerardo Herrero.

Reparto: Adriana Ozores, Javier Pereira, Carlos Blanco, María Bouzas, Luis Iglesia, César Cambeiro, Camila Bossa, Carlos Sante, Daniel Currás, Lois Soaxe, Alfonso Agra, Cándido Pazós.

Tráiler

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          Con independencia de los resultados, situar en el centro del protagonismo a las víctimas de la droga es más pertinente que nunca en unos tiempos en los que el gran narcotraficante, retratado con espurio romanticismo cinematográfico, amenaza con convertirse en un icono de la cultura pop, tal es el fenómeno provocado por las producciones de ficción y documentales inspiradas por la figura de Pablo EscobarEl patrón del mal, Narcos, Escobar: Paraíso perdido, Loving Pablo…-, sus alrededores –Barry Seal: El traficante, Señores de la droga, Alias JJ, la celebridad del mal…- y entornos análogos –El Chapo, El Señor de los cielos, El Chema, El capo – El amo del túnel, Cuando conocí al Chapo…-.

          En España, el ejemplo lo pone Fariña, recreación con abundantes licencias del ascenso y caída de los clanes del contrabando de droga en las rías gallegas en los años ochenta y principios de los noventa. Este es precisamente el marco en el que se mueve Heroína, largometraje que se basa en la biografía de Carmen Avendaño, fundadora y portavoz de Érguete, asociación ciudadana que desempeñó un papel esencial para el cambio de la perspectiva de la sociedad gallega hacia el narcotráfico y la drogadicción. Curiosamente, su marido está interpretado por el actor y humorista vilagarciano Carlos Blanco, que en Fariña encarna a Laureano Oubiña, el capo del hachís contra el que Avendaño ha protagonizado sus principales acciones y enfrentamientos, incluidos algunos tan recientes como el juicio por la demanda que Oubiña presentó contra la madre coraje por una supuesta vulneración de su derecho al honor a raíz de unas declaraciones de esta en las que lo acusaba de haber traficado con otros estupefacientes además de la resina de cannabis. El pasado julio de 2018, el juez eximió a Avendaño de toda culpa y desestimó que debiera de indemnizar al exnarco con el simbólico euro que le reclamaba por estos supuestos hechos.

          Heroína, pues, aborda la problemática desde la perspectiva del drama social y familiar, puesto que el recorrido que sigue la protagonista en su lucha contra los capos -condensados aquí en un trasunto de Sito Miñanco responsablemente desprovisto de cualquier tipo de carisma- entremezcla la valentía pública e inspiradora, con la tragedia y el sacrificio personal. Poco más que correcta en lo argumental y académica en lo formal -apenas destaca un ocasional realismo urbano-, en ninguna de sendas vertientes se trata de una cinta que alcance una excesiva profundidad o intensidad, respectivamente.

Navegando entre ambas, el filme se queda entre dos aguas. Heroína prescinde de efectismos, pero tampoco logra agarrarle a uno por las solapas e inyectarle indignación o desgarro en la sangre. ¿A los buenos les cuesta fascinar el doble de trabajo que a los malos? Es posible que también sea una razón.

          Con libreto de Ángeles González-Sinde, Heroína muestra la tolerancia e incluso la connivencia social e institucional que, según suele recalcar Avendaño, predominaba durante el surgimiento de Érguete, aunque, en el balance general, a la película le falta complejidad para ampliar el foco sobre el fresco del que formaban parte las actuaciones del colectivo de madres y padres contra la droga.

Probablemente esto se deba al esfuerzo que destina a los citados conflictos familiares que experimenta la mujer -al menos interpretada con convicción por Adriana Ozores-, ya que a fin de cuentas Heroína tiende a desarrollar, esencialmente, un relato acerca del amor incondicional que una madre vuelca sobre su hijo, contra viento y marea, frente a todas las circunstancias. Pero el coste privado de esta rebelión naufraga en la simplicidad de las composiciones psicológicas y los diálogos que surgen de ellas.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 6.

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