Tag Archives: España

Casi 40

2 Jul

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Año: 2018.

Director: David Trueba.

Reparto: Fernando Ramallo, Lucía Jiménez.

Tráiler

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          En cierta escena de Casi 40, la cantante que interpreta Lucía Jiménez, de vuelta a los escenarios -librerías e ínfimos centros culturales, en realidad- más como una excusa para salir de casa que para retomar su abandonada carrera artística, presenta una canción afirmando que le encanta interpretarla en cada concierto porque le sirve de excusa para volver a sus 19 años. La actriz segoviana acababa de alcanzar la mayoría de edad cuando se estrenó La buena vida, que protagonizó junto a Fernando Ramallo en el que supuso el debut de ambos en la pantalla. Su director, David Trueba, tenía apenas 27. En noviembre, Jiménez, como aquí su personaje, cumplirá los 40 años.

          Casi 40, por tanto, ejerce no solo de prolongación oficiosa de La buena vida, sino también de disculpa para el reencuentro y reconocimiento de los implicados en aquella película generacional. Tan generacional como lo es esta. Porque Casi 40 desarrolla igualmente varias reflexiones, nociones, inquietudes y apuntes que ya estaban presentes o ya latían en la última novela de Trueba, Tierra de campos, en la que se puede intuir un importante poso autobiográfico. Esto es, el micromundo de la música y el viaje por la España interior como coartadas para hacer un alto en la trayectoria existencial y otear los recuerdos, calcular el debe y el haber quizás por primera vez con la profundidad que otorga el ya notable peso de los años y la consciencia de que, a la altura del ecuador, la odisea no permite la vuelta atrás.

Pero el filme, al igual que el libro, no habla desde la nostalgia derrotada, ni desde el desencanto melodramático de lo que pudo ser y no fue. Las emociones que comparecen en Casi 40 no son absolutas. Afloran desde la complejidad de matices, desde la inseguridad del autoconocimiento, desde la duda de la memoria subjetiva. Son emociones que están abordadas y expresadas con naturalidad, con cierta melancolía pero sin afectación o tremendismos. De ahí la importancia, y a mi juicio el acierto, de cómo se manifiestan: a través de diálogos casuales, de apariencia tan cotidiana como los lugares donde paran los protagonistas -hoteles, bares, la carretera…-, plasmados en escenas de tempo relajado -en las que Trueba, melómano, respeta devota e innegociablemente las actuaciones musicales-, las cuales se engarzan a su vez en un viaje que, de la misma manera, se toma su tiempo, con ese reconfortante placer de perder la tarde hablando de todo y de nada con alguien a quien se aprecia.

          La puesta en escena es sencilla, si bien su claridad tampoco está exenta de ese lirismo aterciopelado que domina la obra. Trueba plantea Casi 40 como un paseo junto a amigos de confianza que comparten y disfrutan el atardecer. Aún no está del todo encima la oscuridad de la noche -en el sentido de los terrores que acompañan el fin del día-, aunque hay, como cualquier jornada, la sensación de que algo puede haberse quedado en el tintero, obviamente, pero también cierta satisfacción de que se ha hecho algo o, cuanto menos, de que en ese momento uno está apurando el día haciendo algo que le apetece con quien quiere.

          La cinta, pues, es cálida. Los personajes charlan, ríen, se entregan confidencias mientras toman una Mahou, matan las horas en parajes con aroma a olvido, gozan de un bolo… Aunque, al mismo tiempo, hay un tono de tristeza en determinadas palabras, una sombra vacilante en las confesiones a terceros, una tensión romántica que palpita en las miradas especialmente largas de él.

Transmitir todo este cúmulo de asuntos privados, esas grandes tragedias asumidas desde el ordinario día a día, es posible además por la interpretación de Jiménez y Ramallo, que hacen suyos los protagonistas con el mismo cuidado y cariño con el que están construidos. La complicidad entre ellos crece a medida que avanzan los kilómetros, como sucedería en cualquier reencuentro que se precie, y el espectador probablemente también seguirá esta tendencia, sentado en la parte de atrás de la furgoneta de Cosmética Ecológica Jenny, como uno más.

La intimidad, el intimismo, se conquista con cuidado, paso a paso, perfilados con unas conversaciones que suenan bien al oído y a la mente, dotadas de unas cuantas observaciones agudas y sentidas acerca de la sociedad, del arte, de los instantes que se atesoran en el recuerdo, de las deudas con uno mismo y con los demás; de los desencantos de todo pelaje, sea este profesional o amoroso. De la vida y sus circunstancias, en definitiva.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 7,5.

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A estación violenta

25 Jun

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Año: 2017.

Directora: Anxos Fazáns.

Reparto: Alberto Rolán, Nerea Barros, Xosé Barato, Laura Lamontagne, Xiana Arias, Antonio Durán ‘Morris’.

Tráiler

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         Anxos Fazáns pega la cámara a sus personajes, sigue sus movimientos encuadrándolos estrechamente, de igual manera que ellos se relacionan con un contacto constante, entrelazados por momentos. Más que con las palabras, es esta cercanía la que revela, a retazos sueltos, la intimidad de los protagonistas, tomados de la novela homónima de Manuel Jabois e inmersos en un relato de reencuentros y desencantos generacionales. Los fotogramas logran exudar la permanente y desorientada resaca que padece el escritor, el influjo magnético con el que Claudia atrae hacia sí los cuerpos, las emociones y, parece, el drama. Las imágenes son sensitivas, casi tangibles, lo que constituye la principal baza de una cineasta novel que, en la fecha del estreno en salas de este primer largometraje, acababa de cumplir los 26 años.

         Si esa fisicidad parece aspirar a no dejar nada sin revelar -la desnudez literal-, el libreto, en cambio, apenas permite intuir los ocho años de vacío, en un sentido narrativo que es también existencial, que transcurren entre dos baños capitales en la trayectoria vital de los personajes. De nuevo, el presentimiento de los conflictos, de las piezas faltantes su interior y de los atisbos de regeneración personal proceden del contacto directo de la cámara con los protagonistas, trasladados ahora a un limbo de música y naturaleza que, observa ella, es incluso demasiado ideal.

         En este contexto, hay decisiones de dirección que rompen con la reconcentración en este trío de amigos y su situación particular -y conjunta-, pero les falta afinación. Algo semejante ocurre con unas líneas de diálogo un tanto envaradas en su formulación y su declamación, con un aire teatral que contrasta con la acertada elección del físico de los actores, en especial de Nerea Barros. Al igual que el regodeo en los clichés del realismo sucio que contiene la historia -la autodestrucción con aroma a alcohol, droga y sexo del potencial artista maldito-, este es uno de los factores que provocan que A estación violenta no termine de cuajar narrativamente e impiden uno consiga sentirse del todo parte de este drama a tres.

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Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,3.

Nota del blog: 5,5.

Dhogs

22 May

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Año: 2017.

Director: Andrés Goteira.

Reparto: Melania Cruz, Antonio Durán ‘Morris’, Iván Marcos, Miguel de Lira, Carlos Blanco, María Costa, Alejandro Carro, Xosé López, Roi Gantas, Enrique Lojo, Milo Taboada.

Tráiler

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         Últimamente me ocurren dos cosas con el cine de corte ensayístico, y ambas están relacionadas con que cada vez me da más pereza enfrentarme a sus pretensiones vanguardistas. La primera es que su planteamiento teórico suele resultarme interesante para debatir en una terraza de bar, pero no para atender una hora y media a una pantalla fija -como poco-. La segunda, puede que en parte derivada de la anterior, es que me da la impresión de que ese contenido metalingüístico también se puede despachar en veinte o treinta minutos de metraje, que es lo que se tardaría -y siendo generosos- en sentar la premisa, en el supuesto de que el autor decida no ser dadivoso con el espectador -o cinematográficamente talentudo- e integrarla hábilmente en un relato que, incluso, pudiese funcionar con autonomía.

         Ópera prima de Andrés Goteira -escritor, director, montador-, abundantemente premiada por la academia gallega, Dhogs enfoca constantemente su cámara hacia una platea donde un grupo de espectadores contempla la acción y las reacciones de los personajes. Incluso hay tomas realizadas desde el propio patio de butacas. Desde la cuarta pared, por así decirlo. Los espectadores como parte de la película, tanto presuntamente pasiva como oficiosamente activa. Voyeurs tentados por el morbo, críticos que suben o bajan el pulgar como césares romanos, tiranos silenciosos que imponen sus apetencias a los personajes y sus vivencias. 

Y, ante ellos, Goteira expone las desventuras de una joven en apuros a través de tres episodios en los que, aparte de esta abrupta y consciente disociación entre los dos lados de la pantalla, el transcurso convencional de la narración -que además está compuesto con cuatro estereotipos apenas enhebrados y más simples que abstractos- se perturba o desactiva con tratamientos de sonido que parecen venir del mundo onírico de David Lynch y una estructura que recuerda en parte al Holy Motors de Leos Carax. También, por ejemplo, con ambientaciones e interpretaciones exageradas y recursos estilísticos discordantes como una cortinilla lateral en el caso del capítulo del desierto.

       Dado que la hipnosis cinematográfica esta rota de partida, la constante interpelación al auditorio resulta redundante, cada vez más explícita en su hincapié en subrayar los momentos más incómodos, violentos y sórdidos que retrata la presunta ficción que observa este púbico simbólico. Como significativamente decía la protagonista en cierta escena, a Dhogs le gusta provocar. Nos gusta que nos provoquen. Es divertido. El título juega con los vocablos ingleses ‘dogs’ y ‘hogs’, perros y cerdos: animales sumisos y obedientes, y animales sucios y perversos, respectivamente.

       La reflexión acerca del papel del espectador, de la turbia naturaleza que muestra como agente fingidamente pasivo de sus fantasías, podría haberse solventado en media hora. O en una discusión en la terraza de un bar. Pero es una opinión personal, insisto. Y quizás solo temporal.

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 4,5.

Territorio comanche

2 May

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Año: 1996.

Director: Gerardo Herrero.

Reparto: Imanol Arias, Carmelo Gómez, Cecilia Dopazo, Mirta Zecevic, Gastón Pauls, Bruno Todeschini, Natasa Lusetic, Ecija Ojdanic.

Tráiler

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           “Durante la época dura, en Sarajevo, a eso le llamaban ir de shopping. Se ponían el casco y los chalecos y se pegaban a una pared en la ciudad vieja, a oirlas venir. Cuando alguna caía cerca, iban corriendo y grababan la humareda, las llamas, los escombros. Los voluntarios sacando a las víctimas”. Territorio comanche traslada al cine la recopilación de reflexiones, nociones, atmósferas, anécdotas y pesares de las dos décadas como corresponsal de guerra, con siete participaciones en guerras civiles, que Arturo Pérez-Reverte había condensado en el libro del mismo título, escenificado en la Sarajevo asediada por los serbios en las Guerras yugoslavas de los noventa, la resurrección del monstruo en el satisfecho continente europeo. En torno al puente de Bijelo Polje.

           La fotografía plomiza y la iluminación tenebrosa de los fotogramas, cernidos sobre una ciudad mortuoria y fantasmagórica, se asimila al desencanto pesimista del periodista y escritor, con gotas de cinismo autoprotector y cierta voluntad ecuánime en el rescate de los restos humanos bajo las ruinas del horror. Hombre que siempre ha procurado cultivar y defender bien su personaje público, esa es la composición a partir del cual se modela a su alter ego, aquí caracterizado sobre Imanol Arias, y, con sus variaciones personales, a su visceral compañero de fatigas bélicas, un homenaje a José Luis Márquez que por su parte asume Carmelo Gómez, sempiterna cámara al hombro. Sin embargo, es una ambiciosa presentadora recién llegada (la argentina Cecilia Dopazo) la que detenta el punto de vista del relato, puesto que su condición de novata con pretensiones frente a estos perros tristes y viejos es la que ofrece las condiciones ideales para, a través de la pantalla, introducir al espectador, virgen en estas lides, en lo más crudo de un conflicto que, como todos los conflictos, es sinrazón, barbarie, caos, abuso y miseria.

           Por su credibilidad y viveza, la captura de la acción bélica en la que se mueven este circo ambulante de reporteros de guerra -la tensión, la amenaza y la fatiga e impotencia moral que se respira- ofrece una de las principales virtudes de la cinta.

Territorio comanche también puja por trasladar la convivencia, las motivaciones y las turbias cicatrices detrás de este grupo de seres perdidos y encontrados, obsesivamente inmersos en un cometido que ni siquiera tienen la certeza de que sirva para algo, para ese objetivo que no es tanto cambiar la tragedia como conocerla, desenmascararla y comprenderla -y eso por aquel entonces, ya que ahora probablemente se les pueda considerar una especie extinta-. Para este propósito, que probablemente fuese uno de los principales intereses de la prosa de Pérez-Reverte, el filme compone con solidez la superficie pero no logra rascar mucho más allá de ella, no termina de extraer el calado o la entidad que se puede intuir en el material de base, lo que hace cojear un tanto al conjunto, lastrado asimismo por decisiones artísticas poco pulidas, como el uso de la banda sonora que termina por rematar negativamente la estridencia de una especie de escena climática que tiene lugar llegando al desenlace.

Algo semejante ocurre con las deliberaciones y exposiciones acerca de la impotencia del observador y de la función del periodismo en la guerra, del papel de los medios -los domingueros contra los que gusta arremeter ferozmente al cartaginés, que a buen seguro hubiera arrojado más artillería de mortero sobre ellos- y en consecuencia del espectador que los alimenta; cuestión que se queda en un buen apunte -que puede que tampoco sea poca cosa-.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 6,5.

Martín (Hache)

12 Feb

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Año: 1997.

Director: Adolfo Aristaráin.

Reparto: Juan Diego Botto, Federico Luppi, Eusebio Poncela, Cecilia Roth, Sancho Gracia.

Tráiler

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         No es de extrañar que uno de los personajes principales de Martín (Hache) sea guionista. Martín (Hache) es una película que, fundamentalmente, habla. Apenas tiene escenarios y sus conflictos se plantean, desarrollan y quizás resuelven a través del diálogo. A través de la reflexión y la teorización, no siempre conciliadas con unos sentimientos que tampoco acostumbran a expresarse mediante acciones, aunque las que se llevan a cabo sean radicales y, por lo general, expresen distintas formas de huida o, cuanto menos, de ruptura o reafirmación -la droga, el viaje, el plante, el suicidio…-.

El proceder del drama, pues, parece acorde al de ese guionista inmóvil, resguardado en su hostilidad ermitaña, al que le aterra ser padre, ser marido, ser amante y ser cineasta.

         A raíz de la exploración que se le impone al joven protagonista en su obligatorio paso a la edad adulta -¿es casualidad que uno de sus tres autoerigidos guías se llame Dante?-, en un camino de autoanálisis y autodescubrimiento que en realidad será transferido a su progenitor -víctima igualmente de una desorientación existencial que no se remedia con el paso de los años-, Martín (Hache) habla, por tanto, de cuestiones que son colectivas y privadas al mismo tiempo -la patria, la familia… el sentimiento de pertenencia en definitiva- y que se somatizan en el ánimo y el afecto del individuo -el rechazo, el autoencierro, el distinto uso evasivo de las drogas, las elecciones de fidelidad…-.

Y también habla de luchas por utopías imposibles, como Un lugar en el mundo, aunque desde ópticas tenidas por la derrota -que no necesariamente derrotadas-.

         Puede que el conjunto termine por ser demasiado teorizante como para diseccionar el componente humano que albergan estos personajes, demasiadas veces puestos al servicio de las meditaciones que se pretenden exponer desde su punto de vista particular, incluso forzando cualquier naturalidad del diálogo en pos de conseguir el impacto y la adhesión del espectador.

Dada esa distancia que se marca, porciones más viscerales o telenovelescas, como la de Alicia, acaban por resentirse. Aunque el retrato más agresivo es el que paradójicamente menos se ve afectado por ella y, en consecuencia, el que resulta más conseguido.

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Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6,5.

Fe de etarras

12 Ene

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Año: 2017.

Director: Borja Cobeaga.

Reparto: Javier Cámara, Julián López, Gorka Otxoa, Miren Ibarguren, Ramón Barea, Luis Bermejo.

Tráiler

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         En El Quijote, la gran sátira humana de la literatura universal, Miguel de Cervantes deslizaba reflexiones desmitificadoras a propósito de como las novelas de caballerías obviaban pasajes de la vida ordinaria y sobre las necesidades fisiológicas de sus personajes, asuntos engorrosos en algunos casos pero tremendamente placenteros en otros, como la comida. Esas cuestiones que, en conclusión, componen la sangre y la carne de toda persona. Un aspecto fundamental e ineludible de la vida.

Fe de etarras es una película que habla de cuestiones terrenales. La música, el deporte, las incómodas servidumbres del trabajo, el sometimiento a las decisiones de la gente de poder, las relaciones de pareja… y sobre todo de comida. El pan nuestro de cada día. La única diferencia es que los protagonistas de Fe de etarras abordan estos temas desde una perspectiva singular, que es la que filtra su militancia en ETA. Su lista de superéxitos, pues, está liderada por las actuaciones del IRA y no saben cómo asimilar otros grupos de moda como el ISIS, que sienten advenedizos y prefabricados. El deporte marca una confrontación antagónica con ejércitos y uniformes propios de una guerra por otros medios. Por ausencia o por radicalidad, las órdenes de los jefes casan malamente con los deseos, los criterios y la realidad de sus subordinados. Un noviazgo informal tiene algo de estatuto de autonomía mal definido, inservible para solucionar problemas comunes. Y la comida -¡ah, la comida!- siempre era mejor antes, evidencia de un pasado idílico irremediablemente extraviado por la pérdida y destrucción de las tradiciones, de los ideales y de los presuntos paraísos de la infancia.

         En la escena introductoria de Fe de etarras, desarrollada alrededor de una mesa donde se apura un banquete, esta conversación gastronómica instaura con rotundidad unas nociones de tradición, identidad y nostalgia de un grupo humano reunido y arraigado entorno a los alimentos. Una aparente familia, por tanto, muy semejante a la que, más adelante, cantará y se emocionará junta con los goles de la selección española en el Mundial de fútbol de 2010; un concepto de unidad alrededor de un triunfo colectivo que ya había empleado precisamente otra comedia nacional, La gran familia españolaBorja Cobeaga y Diego San José llevan tiempo rondando el tema, desde su formación en Vaya semanita hasta la minimalista Negociador, pasando por el germen de serie que era Aupa Josu. En Fe de etarras, su sátira sobre la banda terrorista es ya frontal, con una mayor convencionalidad y una mayor sensación de libertad cómica que en Negociador, contenidamente respetuosa con el episodio histórico que abordaba.

El filme se basa en la premisa de que, por lo general, todo individuo debate su vida entre la necesidad de reforzar su autoestima dotando a sus acciones de una pátina de grandilocuencia y entre la tendencia al ridículo que predomina en una cotidianeidad que no entiende de los constructos épicos y las fantasías de grandeza que posee imaginario humano -enardecidas además por vehículos transmisores como el cine-. De esta paradoja es víctima cualquier hijo de vecino, pero también todo aquel que pretenda arrogarse un papel determinante, significativo o incluso providencial en el curso de la Historia.

         Pero, no obstante, con la debida perspicacia, talento y sentido de la humanidad, esta a priori humillante condición puede tornarse en una perspectiva liberadora en lo personal -saber reírse de uno mismo- y, además, en una violenta arma para combatir a quienes, de una forma u otra, pretendan tiranizar al prójimo otorgándose para sí más importancia de la cuenta. Una carcajada puede derribar al monstruo, cuyo poder depende en buena medida del miedo que infunde una imagen sublimada de diseño artificial. Hay ejemplos capitales en el séptimo arte, como El gran dictador o Ser o no ser. También otros recientes, como Four Lions, película que se atreve a hacer empáticos a un grupúsculo de desastrosos y entrañables yihadistas londinenses. Fe de etarras, decíamos, sigue esta línea para humanizar a otro comando terrorista, esta vez de ETA, y mostrar con ello las contradicciones, miserias y vacíos del gudari combatiente, al servicio de una causa difusa, paranoica y, en definitiva, esperpéntica.

En este sentido, el juego de contrastes con un albaceteño anarquista metido a etarra para satisfacer sus fantasías mamadas del cine es, aunque un tanto manida, la muestra más significativa de todo este discurso. Además, cuenta con la interpretación de Julián López, que con su desternillante candor sabe hacer buenas un puñado de intervenciones demoledoras, capaces de desmontar hasta el último resquicio teórico de la lucha de sus compañeros, pobres etarras de tristes traumas. En Fe de etarras también hay gags trillados, más forzados y menos inspirados, y algún personaje, como el de Miren Ibarguren, termina por quedarse algo accesorio. Pero en la película se conforma un conjunto relativamente equilibrado, que escruta las complejidades sin asumir de España renunciando al folclorismo simplificador de estrenos recientes como Ocho apellidos vascos o Cuerpo de élite, valiente así en sus intenciones críticas y honroso en su calado humano.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 6,5.

La tía Tula

11 Dic

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Año: 1964.

Director: Miguel Picazo.

Reparto: Aurora Bautista, Carlos Estrada, Carlos Sánchez Jiménez, Mari Lali Cobo, Irene Gutiérrez Caba, Laly Soldevilla, Enriqueta Carballeira, Paul Ellis, José María Prada.

Tráiler

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         Poco había avanzado la sociedad española entre 1907, fecha en la que Miguel de Unamuno escribe La tía Tula -que no se publicará hasta catorce años después- y 1964, fecha de estreno de su adaptación cinematográfica. Más bien al contrario. La tragedia de amor maternal y virginal del emblemático personaje podía quedar ahora, de manera todavía más turbulenta, envuelto en un maremágnum de machismo autoritario, represiones sexuales contra la mujer y religiosidad formal al servicio de un régimen tiránico, retrógrado, violento y férreamente patriarcal.

La tía Tula reconstruye el entorno nocivo para la mujer que representaba el franquismo, orgulloso potenciador de las esencias más reaccionarias de la cultura española; un aspecto en el que, por ejemplo, ya había indagado con crudeza Juan Antonio Bardem en Calle Mayor. Retratada con tanta mesura como rotundidad por el debutante Miguel Picazo, en esta atmósfera asfixiante vive Tula, una soltera que pretende mantener su autonomía y su dignidad frente a los embates del hombre -sus pretendientes, su cuñado-, a la vez que desea cumplir con el anhelo maternal que siente ante sus sobrinos.

         Comedido en su desarrollo pero cargado de electricidad estática, el relato juega con esa confrontación, azuzada por las pulsiones sexuales que afloran en la estrecha convivencia en el apartamento familiar y manifestadas en el carácter predatorial del macho de la casa, sobre el que recae un retrato fundamentalmente negativo, culminado con una agresión animal.

Frente a la naturaleza instintiva y primaria de Ramiro (Carlos Estrada, con una adecuada combinación de físico dominante y expresión anodina), infantilizado incluso por momentos, se opone la entereza maternal y piadosa, aunque estricta e inflexible, de Tula (Aurora Bautista, estrella de las producciones de posguerra y de gran presencia en los fotogramas). Uno se ocupa de las reprimendas por las transgresiones eróticas del hijo, la otra de calmar las necesidades sentimentales de la hija. Y, entre medias de ellos, restallan elementos religiosos -el sororato, la figura de la Virgen como madre también inmaculada-, lo que provoca cierta ambigüedad en la protagonista -la inmediata sustitución de su difunta hermana con la alimentación del sobrino y el arreglo de la chaqueta de su cuñado; su ascendencia y sus alusiones eróticas; la indecisión entre las dos vías que le plantea la situación, las dudas acerca de sus motivaciones, la preeminencia de su concepción subjetiva frente a las imposiciones de la realidad, la mirada cambiante hacia Ramiro-. Además, una ambivalencia semejante a la de Tula se observa en la independencia que muestran las integrantes del círculo femenino, felices y activas en la ausencia de los hombres aunque con el matrimonio, el emparejamiento y el sexo también como motivos centrales de sus conversaciones e inquietudes, con el velo añadido de la Iglesia como fondo de esta asociación.

De este contraste se genera un contacto explosivo entre ambos, incómodos al compartir el encuadre, distanciados en ocasiones, violentos en la aproximación. Se trata de una confrontación idéntica a la que se da a través del vestuario, en el choque del negro luctuoso de Tula en el blanco y negro de los fotogramas, que recuerda al del Neorrealismo y el cine italiano, repleto de mujeres fuertes que tratan de redimir a la sociedad e, igualmente, de figuras femeninas acosadas por el machismo mediterráneo.

         Los avatares sentimentales de Tula conservan su fuerza en el presente. Si bien sus aspiraciones de virtuosismo religioso son ya caducas, su defensa del respeto hacia sí misma y de su autosuficiencia no pierde vigencia en un contexto familiar y sexual cambiante pero que, por desgracia, mantiene como común denominador una posición de la mujer todavía no plenamente igualitaria.

Pieza clave del Nuevo Cine Español, sometida a la tijera de la censura por su contenido contrario a la doctrina moral y política, La tía Tula sería galardonada en el festival de San Sebastián con el premio al mejor director y a la mejor película de habla hispana.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

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