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Dolor y gloria

15 Abr

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Año: 2019.

Director: Pedro Almodóvar.

Reparto: Antonio Banderas, Asier Flores, Penélope Cruz, Asier Etxeandia, César Vicente, Julieta Serrano, Leonardo Sbaraglia, Nora Navas, Raúl Arévalo, Pedro Casablanc, Susi Sánchez, Cecilia Roth, Julián López, Rosalía.

Tráiler

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          “El arte es autobiográfico, del mismo modo que la perla es la autobiografía de la ostra”, que decía Federico Fellini. Y Pedro Almódovar, un autor que acostumbra a fundir su personalidad en su arte, a hibridar su vida con el cine, quizás firme su obra más felliniana en Dolor y gloria, que es, en cierto modo, un compendio de sus pulsiones e inquietudes cinematográficas y privadas.

          Ejercicio franco y honesto de autoficción -concepto con el que él mismo juguetea pícaramente-, Dolor y gloria parece componerse de pequeños retazos, de fragmentos seminales que pudieran aflorar en películas. Son retales que el cineasta manchego, que roza ya los 70 años con un poco de congoja, va repescando de su biografía, de su filmografía, de sus reflexiones, de sus remordimientos, de sus dudas, de sus miedos…

Transfigurado en un Salvador Mallo con la cara de Antonio Banderas pero con la estética inconfundible del director, en una etapa de desorientación, ante él se van apareciendo los fantasmas del pasado, que parecen somatizarse en afecciones presentes. Y trata de lidiar con ellos con la torpeza y la intuitividad con la que lo haríamos cualquiera -se podría añadir aquí un apunte bergmaniano al felliniano por los puntos de conexión con Fresas salvajes en esa mirada de recapitulación, incluso con sus análogos recursos expresivos-. Desde esa noción melodramática que le caracteriza, pero con una agradecida serenidad y, por qué no, también con un perceptible poso de luminosidad.

Puede entenderse por tanto que rodar una obra de semejantes características supone un acto terapéutico, como suele hacer otro autor de marcadísima identidad personal y creativa como Lars von Trier con sus propias neurosis.

          “No es mejor el actor que llora, sino el que contiene las lágrimas”, asegura Mallo-Almodóvar. Hay un compromiso y una sinceridad absolutos en esta apertura y autoexploración, que, a pesar de esta naturaleza visceral, se realiza no obstante desde una contención soberbia. A partir de ella se consiguen momentos muy hermosos y muy emotivos. La forma en la que se mira a la madre -el calor, la seguridad, la ternura, ese aura arcádica…-; la conexión del recuerdo con las distintas manifestaciones de la belleza, no solo artística -los brotes populares de genio que se entremezclan con el fetichismo hacia esos ídolos de universos fantásticos que son las estrellas de Hollywood, los cuadros y los libros como compañía necesaria-, sino también física -el poder vital del deseo-.

          Almodóvar demuestra una gran sensibilidad para retratar cómo se conforma y aflora la personalidad a través de esta construcción básica, de estos cimientos fundamentales que permanecen incólumes en el tiempo. Y que siguen palpitantes como la primera vez. La sexualidad que desprende el reencuentro del amor de toda la vida, el redescubrimiento de un pedazo de memoria que irrumpe como un precioso resto de un naufragio que llega a la orilla.

Además, dentro de una película que cuidadosa y elegantemente se pliega sobre sí misma, la expresión de todo ello -la manera de gestionarlo para Almodóvar, en definitiva- es puro cine.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

18 comidas

29 Mar

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Año: 2010.

Director: Jorge Coira.

Reparto: Luis Tosar, Esperanza Pedreño, Víctor Clavijo, Sergio Peris Mencheta, Juan Carlos Vellido, Camila Bossa, Víctor Fábregas, Federico Pérez Rey, Pedro Alonso, Cristina Brondo, Xosé Barato, Antonio Mourelos, Nuncy Valcárcel, María Vázquez, Xosé Manuel Olveira ‘Pico’, Ricardo de Barreiro, Mario Zorrilla, Gael Nodar Fernández, Jorge Cabezas, Milan Tocinovski, José María Pérez García, María del Carmen Pereira Pena.

Tráiler

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          El cine gallego comenzó la década de 2010 con producciones que alcanzaron una notable repercusión dentro de Galicia (sitio distinto) e incluso trascendieron sus fronteras, como Crebinsky, Retornos, Todos vosotros sois capitanes o 18 comidas; anticipos de una cinematografía local que en adelante destacará especialmente en la producción de obras de corte experimental con querencia a explorar los límites genéricos y formales.

          18 comidas es una película que sobresale sobre todo en dos aspectos: un montaje muy bien resuelto y un soberbio trabajo actoral. Ambas son consecuencia del método de rodaje aplicado por el lucense Jorge Coira, que en apenas dos semanas de filmación acumuló 90 horas de material en bruto. La razón son las maratonianas sesiones a las que se sometía al elenco, con escasísimas indicaciones por parte del director y guionista, y con las cámaras siempre en activo, a fin de extraer de ellas una representación natural, inmediata, sin las artificiales imposiciones del libreto o del ensayo, ayudada igualmente por la elección de los intérpretes para su papel -como a Víctor Fábregas, que parece que lo han recogido del Maycar y han tirado para adelante-.

          Ese ‘laissez faire’ cinematográfico logra afinar una imitación bastante fidedigna de los ritmos y experiencias de la vida a través de seis historias repartidas a lo largo de las tres comidas de la jornada. La mesa como vértice de la comunidad, existencial e incluso litúrgico. Los relatos se entrecruzan y comunican por medio de los recorridos de los personajes -Santiago es en verdad una ciudad pequeña- y también de cierta visión de conjunto acerca de las relaciones humanas, de cierta búsqueda de la realización emocional y de sus conflictos por los distintos grados de éxito o frustración que puedan derivar de este atolladero diario. De ahí parte igualmente toda la gama de sentimientos y reacciones, desde la comedia a la tragedia, que concita la evolución de los acontecimientos.

          Y, mientras que en alguno de los episodios que podrían considerarse principales se aprecia más esa decisión de dejar transcurrir las secuencias -el de la esposa desencantada, que de regodearse en tanta indecisión termina por caer en un exceso de languidez- probablemente sean los de premisas minimalistas los que queden mejor redondeados, con mención destacada para el segmento de la pareja de abuelos -de una veracidad tierna, lírica y poderosa-, que es el que sublima las aspiraciones del filme.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

Mula

11 Mar

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Año: 2018.

Director: Clint Eastwood.

Reparto: Clint Eastwood, Bradley Cooper, Dianne Wiest, Michael Peña, Taissa Farmiga, Ignacio Serricchio, Alison Eastwood, Laurence Fishburne, Andy Garcia, Clifton Collins Jr., Lobo Sebastian, Eugene Cordero.

Tráiler

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            El pasado diciembre, Clint Eastwood presentaba oficialmente a su hija secreta de 64 años, Laurie, a quien había tenido en una infidelidad a su primera esposa, Maggie Johnson, y a quien no conoció hasta que ella cumplió la treintena. Fue durante la première de Mula, un evento que el veterano cineasta disfrutó además en compañía de los otros siete hijos que ha tenido de seis mujeres diferentes, unidos y sonrientes en lo que una de ellas, Alison -que precisamente encarna en el filme a una hija semiabandonada-, describió como una gran familia.

            Eastwood lleva tiempo ajustando cuentas. Durante esta etapa crepuscular de su carrera, tanto desde la silla de director –Sin perdón, Los puentes de Madison, Poder absoluto, Deuda de sangre, Space Cowboys, Million Dollar Baby, Gran Torino– como de simple actor asalariado –En la línea de fuego, Golpe de efecto-, sus apariciones en pantalla están marcadas, o como mínimo condicionadas, por los conceptos de redención y segunda oportunidad, especialmente en lo que a relaciones familiares se refiere. También por la revisión de su propio mito cinematográfico: el pistolero impasible y letal, el justiciero implacable, el tipo duro que no rinde cuentas a nadie. Aunque su excusa argumental –basada en la historia real de Leo Sharp– apunta al cine de género de la mano de un nonagenario que convierte en insólito transportista de droga para el cártel de Sinaloa, Mula, el regreso del californiano al protagonismo tras seis años de retiro, es por tanto una reincidencia en esta constante temática, que además muestra curiosos puntos de conexión con The Old Man and the Gun, el reciente colofón de otra leyenda viva: Robert Redford.

            De este modo, a través de una intriga criminal sencilla, con algún nexo bastante objetable -esa manera de entrar a formar parte del entramado mafioso-, pero realmente entretenida y narrada con un pulso narrativo ejemplar, Mula va componiendo el drama de un anciano que trata de reconciliarse con su familia, con la sociedad y consigo mismo por el camino del dinero fácil. Vender su alma para recuperar su alma. Esta vertiente intimista no está exenta de tópicos y de insistencia en el mensaje acerca del auténtico valor de las cosas, amén de algún ramal al que no se termina de dar cierre -la conexión pseudopaternal con el lugarteniente mexicano-; pero en los momentos en los que puede acercarse incluso a cierto sentimentalismo se sostiene gracias al carisma y la intensidad interpretativa de Eastwood. El papel se ajusta a la perfección a sus inclinaciones, dotado asimismo de esos detalles irónicos y metalingüísticos que pueden rastrearse en este último tramo de su filmografía y que, chisposos y efectivos, refuerzan el atractivo del personaje, perfectamente interrelacionado con el astro.

            Esta mirada personal se extiende además a otras lecturas críticas que Eastwood hace de la sociedad estadounidense, por supuesto siempre a su manera, con su característica autonomía ideológica. La inmersión de este civil cualquiera en el siniestro submundo del narcotráfico -que por sus métodos y lógica representa la cara B del capitalismo salvaje, no lo olvidemos- deja constancia de las dificultades que atraviesa el pequeño empresario y el trabajador corriente a consecuencia de la devastadora crisis económica y de su desprotección dentro de un sistema que nada garantiza a quien nada tiene, si bien esta vertiente de la solución desesperada de una clase media presa de las circunstancias está menos acentuada que en otras obras semejantes como la comedia británica El jardín de la alegría o las series Weeds y Breaking Bad.

Es más notoria todavía en su tratamiento del racismo, que aborda igualmente según lo entiende él, un señor mayor encuadrado toda su vida en una categoría social a priori privilegiada y que se declara harto de los ‘lloriqueos’ de las nuevas generaciones. Dentro de esta concepción se enmarca pues su denuncia contra la persistencia de los prejuicios étnicos -la manera en la que los agentes de la DEA filtran a sus sospechosos- y de los atropellos directos contra sus libertades ciudadanas y hasta su integridad física -la interceptación de un conductor latino, una escena tan directa que parece un apunte forzado-, las cuales se matizan de forma paralela en su protesta contra las imposiciones de la corrección política -el empleo de términos considerados vejatorios-. Es decir, que la visión del autor distingue y contrapone el racismo factual de unos hábitos quizás anticuados pero que no entiende ofensivos, pues no se encuentran respaldados realmente por hechos o actitudes denigrantes. En definitiva, una vuelta al agradecido Walt Kowalski del “¿qué tramáis, morenos?”, a los códigos westernianos del entendimiento, el respeto y la fidelidad entre los individuos de un país libre.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 7.

The Old Man and the Gun

29 Ene

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Año: 2018.

Director: David Lowery.

Reparto: Robert Redford, Casey Affleck, Sissy Spacek, Danny Glover, Tom Waits, Tika SumpterAri Elizabeth Johnson, Teagan Johnson, Elisabeth Moss, John David Washington, Keith CarradineIsiah Whitlock Jr.

Tráiler

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          Forrest Tucker cometió su último robo en 1999, casi octogenario y con un cuádruple bypass en el corazón; una cicatriz insignificante en comparación con las muescas de su innumerable historial de antecedentes penales -labrado desde los 15 años y en el que se contabiliza un botín total que rondaría los 4 millones de dólares- y con sus consiguientes 30 intentos de evasión de la cárcel, 18 de ellos exitosos. Los viejos rockeros nunca mueren, el verdadero artista se desploma sobre las tablas solo cuando cae el último telón, el héroe ha de morir con las botas puestas. Da igual lo que quieras ser en la vida, pero asegúrate de que es algo que te apasiona, le aconseja a su hijo pequeño un policía desencantado, en plena crisis de los cuarenta. La realización vital es el mayor tesoro, el impulso que alimenta y del que se alimentan los días.

          The Old Man and the Gun es una película existencialista, más que de atracos. Por así decirlo, el protagonista ejerce de gurú de vitalidad contagiosa, sobre todo en su relación antagónica con el detective que sigue su rastro. El primero acostumbra a aparecer en planos de colorido crepuscular pero de tonos dorados; el segundo, en el que Casey Affleck abusa de su eterno registro de tipo entre cariacontecido y desubicado, se ve envuelto en gamas grises y apagadas.

De hecho, el tempo narrativo del filme, calmado y apacible, es equivalente a los procedimientos delictivos de Tucker, que prácticamente emplea artimañas de seducción en sus golpes. David Lowery, que también coescribe el libreto, no apura nunca el ritmo. Ni siquiera en escenas de persecución, desarrolladas al compás de una balada melancólica -una utilización atípica de la banda sonora que el cineasta mostraba también en A Ghost Story-. Quizás hasta se le vaya un poco la mano en esta dulce parsimonia.

Por otro lado, la estética abunda en la ambientación de la historia a comienzos de los años ochenta, principalmente a través de la fotografía de grano duro y de algún recurso estilístico puntual como el uso del teleobjetivo.

          “Creo que quería morir siendo una leyenda, como Bonnie y Clyde“, declararía el comisario de Florida que ofició el último arresto del ladrón impenitente. Ya presente en la anterior En un lugar sin ley, la cinta reconoce y reverencia la imaginaría a la que pertenece Tucker. El forajido del Salvaje Oeste, el gángster que recorre la Gran Depresión de pillaje en pillaje, de emoción en emoción, con la adrenalina como combustible. Como John Dillinger, un asaltador de bancos que, de tan cinematográfico, encontró el fin de sus aventuras a la salida de un cine. Figuras que, en la memoria colectiva de los Estados Unidos, representan una libertad sublimada que se contrapone a las vulgares ataduras de la vida en sociedad.

Y, en paralelo, The Old Man and the Gun homenajea a otro mito, este cinematográfico y viviente: Robert Redford, a quien se le ofrendan guiños a El golpe y Dos hombres y un destino, e incluso se le recupera en el esplendor de su glamour reutilizando fotogramas de La jauría humana.

          En este sentido, el relato tiene asimismo cierto barniz de idealización, como si este se tratase de la proyección que Tucker quería arrojar de sí mismo, más que una relación fidedigna de los hechos criminales que llevó a cabo. Se percibe un evidente cariño hacia el personaje, modelado con un tratamiento propio de un héroe. Su retrato es acorde a la elegancia y el carisma de Redford, a fin de cuentas no demasiado distinto al personaje encantador que se le regalaba a su sempiterno colega artístico Paul Newman en Donde esté el dinero, donde el lucimiento del viejo ídolo, la admiración que suscita su fotogenia inmortal, supone en definitiva un de los fundamentos de la obra.

Apoyado en el aura extraordinaria de la estrella, las intervenciones de Tucker está tocadas de gracia y atractivo, de igual manera que sus compinches redondean su entorno con anécdotas con chispa, con exhibiciones de ingenio y de simpatía. Se arroja alguna sombra sobre su naturaleza, pero nada que empañe su magnetismo innato. The Old Man and the Gun es una película amable que, al mismo tiempo, sabe esquivar las tentaciones de regodearse en el lirismo crepuscular que irradia.

          Paradójicamente, The Old Man and the Gun marca el retiro de la interpretación de Redford, a quien no le interesa morir sobre las tablas. Al menos, como defiende su personaje, cabalga hacia el horizonte final con una sonrisa satisfecha en el rostro.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7,5.

Poesía

21 Dic

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Año: 2010.

Director: Lee Chang-dong.

Reparto: Yun Jeong-Hie, Ahn Nae-Sang, Da-wit Lee, Kim Hee-Ra, Park Myeong-Shin, Kim Yong-Taek.

Tráiler

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        El río fluye plácido y eterno; los niños juegan alegres y vitalistas en la orilla; el cadáver de una adolescente se posa junto a la orilla. Entre otras cosas, Poesía se pregunta precisamente sobre si es posible hacer poesía en un mundo desbordado de horrores íntimos y colectivos, e incluso, partiendo igualmente del cuestionable principio teórico de que la esencia de la poesía es la búsqueda de toda belleza, sobre qué función puede tener este u otros artes ante este contexto terrible en el que el individuo apenas ejerce como espectador, las más de las veces incapaz de ofrecer consuelo o reparación -y eso en el mejor de los casos, dada la visión crítica que Lee Chang-dong ofrece sobre el estado moral de la sociedad coreana-.

        De inicio, Poesía muestra la enfermedad, la guerra o la muerte como componentes indisociables de la cotidianeidad de la vida humana, situados en el mismo plano, carente de énfasis por parte del director, que la hermosura de las flores y el placer de recibir los rayos del sol de la mañana o que sonreír y ser compasivos con el prójimo. Esta es la realidad que descubre la protagonista del filme desde la perspectiva a la que le arroja una dificultosa encrucijada personal: los primeros signos del alzhéimer, la ruptura emocional y la incomunicación con su nieto; el descubrimiento de un atroz crimen que apunta al concepto de la banalidad del mal…

Ahí, la nueva mirada que le aporta el curso de poesía en el que se inscribe, le sirve a Lee Chang-dong para plantear una serie de dilemas existenciales y hasta artísticos, como decíamos. En cierta manera, la mujer intenta resolver sus profundos conflictos desde un punto de vista poético, apreciando la belleza que surge ante ella, siempre insertada en ese ciclo existencial ambiguo y turbulento -el paso del tiempo, la soledad, el olvido la muerte-, y tratando de enderezar a tientas los versos torcidos de esta tormentosa realidad.

        Lee Chang-dong explora estas cuestiones con una gramática modesta y controlando con mano de hierro las pulsiones del melodrama, tomándose su tiempo en desarrollar el universo interior de la protagonista, sus circunstancias y finalmente sus reacciones, dentro de un relato que también posee una estructura cíclica, prácticamente circular, acorde a esa noción de eterna e inexorable cotidianeidad, en la que la percepción y aproximación a esta belleza y a este horror dependen en buena medida de la mirada personal de quien la vive.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7,5.

El hombre sin edad

22 Jun

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Año: 2007.

Director: Francis Ford Coppola.

Reparto: Tim Roth, Alexandra Maria Lara, Bruno Ganz, André Hennicke, Marcel Iures, Alexandra Pirici, Matt Damon.

Tráiler

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          El comienzo y el final de la filmografía de Francis Ford Coppola parecen tocarse a través de la experimentación y de la libertad creativa, marginal y casi, o aparentemente, indiferente a las consideraciones exteriores, si bien en este último trecho con el alivio económico de los prósperos viñedos californianos que posee el cineasta y empresario. Desde el estreno de Legítima defensa en 1997, diez años tardó en retomar la cámara el que, independientemente ya de lo que haga o deje de hacer, es uno de lo grandes titanes del cine contemporáneo -y eso en Estados Unidos, puesto que El hombre sin edad no llegó a España hasta 2012 y en formato DVD-. Y, después de esta dilatada espera, desconcertó con una película fragmentada y azarosa, recogida entre retazos de sueños, recuerdos e ilusiones, y fundada sobre profundas inquietudes filosóficas, religiosas e intelectuales.

El hombre sin edad se basa en la novela Tiempo de un centenario, del pensador e historiador rumano Mircea Eliade, pero el guion adaptado lleva, por derecho, la firma de Coppola. Desde los títulos de crédito y la introducción se pueden rastrear constantes presentes en su corpus. Los relojes como doliente símbolo de muerte de La ley de la calle, los océanos de tiempo atravesados para encontrar al ser amado de Drácula de Bram Stoker. Son las herramientas con las que se compone el drama del anciano profesor Dominic Matei, quien atravesado por un rayo en el Domingo de Resurreción de 1939, rejuvenece milagrosamente para, tal vez, poder completar la obra de su vida.

          Coppola sumerge el proceso sobrenatural en una textura onírica y ambigua, en la que se duda sobre la naturaleza del prodigio, sea concesión divina de una segunda oportunidad inesperada, sea frustrante condenación mitológica, sea alucinación póstuma, como el remordimiento del individuo que repasa su vida y ajusta cuentas consigo mismo que comparecía en la saga de El padrino. El curso inexorable del tiempo, la existencia que se escurre entre los dedos sin saber aprehenderla ni aprenderla, The End.

Entre hipermnesia iluminada, sueños lúcidos y dualidad psicológica y moral, Matei avanza hacia un dilema esencial, situado en la encrucijada entre la realización romántica o emocional y la realización intelectual o filosófica. El amor, el conocimiento. El sacrificio de la tragedia griega, el retrato de Dorian Grey, el eterno retorno, la metempsicosis, la filosofía oriental que subvierte la perspectiva y las concepciones occidentales acerca del tiempo y la materia. Cuestiones envueltas en un mundo igualmente inestable, al borde o abocado al abismo pero que, en cierta forma, parece conectado a la experiencia subjetiva del protagonista -su enfrentamiento con el doctor Rudolf y la sucesiva evolución de la guerra-.

          La poliédrica carga metafísica del argumento desemboca en lo que parecen ramales deshilvanados que se entremezclan con algunos problemas de coherencia narrativa, los cuales derivan en confusión fortuita y ocasional distanciamiento. El hombre sin edad es a ratos indagación existencial o ensayo reflexivo, a ratos cine de género, pero sin conjuntarse ambas partes demasiado bien.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5,5.

Nota del blog: 6,5.

Logan

4 Jun

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Año: 2017.

Director: James Mangold.

Reparto: Hugh Jackman, Dafne Keen, Patrick Stewart, Boyd Holbrook, Stephen Merchant, Elizabeth Rodriguez, Richard E. Grant, Eric La Salle.

Tráiler

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         Hay una constante aparición de tebeos de los X-Men en Logan. El superhéroe revisa el relato de sus hazañas, deformadas por puntos de vista ajenos y maravillados por su poder sobrenatural. Su testimonio de primera mano puntualiza las diferencias entre la leyenda y la ‘realidad’ de los hechos, la cual posee rugosidades, dobleces y amarguras de imposible cabida en la epopeya heroica.

En Logan, después de que una pandilla de cholos casi lo aniquilen en un aparcamiento a causa de unas yantas cromadas, Lobezno, el mutante indestructible, colérico y cínico, combate contra la presbicia, las infecciones de pus y un asesino implacable que parece una formación cancerígena que lo carcome por dentro, brotando de su mismo interior que lo hacía aparentemente inmortal. El profesor Xavier, dueño del cerebro más prodigioso del orbe, chochea y lo deben meter a pulso en el baño para que mee. El crepúsculo de los héroes es tan degradante como el de cualquier hijo de vecino.

Sin embargo, desde este planteamiento antiépico, Logan termina desarrollando un western elegíaco de superhéroes en peligro de extinción individual y colectiva, en el que enarbola como referencia directa Raíces profundas. Porque si Logan mira los cómics desde el exterior, a Raíces profundas sí que la asume y corporeiza no solo a través de las imágenes y el argumento, sino mediante la reproducción literal de sus diálogos. En efecto, Logan reproduce el tópico de la confrontación entre el antihéroe desencantado y atormentado frente un símbolo potencial de inocencia y redención. Pero, para realojar en su seno la inocencia perdida, el antihéroe debe abrir la espesa coraza de cinismo que lo protege del enemigo.

         No obstante, a pesar de esta alusión evidente, el recorrido de Logan se asemeja incluso en mayor medida al de otro western mayúsculo, esta vez firmado por Clint Eastwood, cineasta que precisamente se había apropiado de los cimientos de Raíces profundas para dotarlos de una pátina más cruda y desolada en El jinete pálido. Logan, decíamos, sigue un trayecto muy similar a Sin perdón, obra agónica que se detenía asimismo en la discusión entre el Oeste novelado y el Oeste auténtico, debatida entre los propios protagonistas de los hechos y el cronista que los reconstruye desde su perspectiva fantasiosa. Y también Lobezno, al igual que el otrora sanguinario William Munny, debe recurrir aquí a un brebaje para recuperar su ira enterrada bajo capas de remordimientos.

         Aunque contiene algún punto de guion más dudoso -la pernocta en la granja alentada por Xavier, principalmente- y a que por momentos esta comunión entre antihéroe, infancia y distopía parece llevar la cinta hasta Mad Max 3, más allá de la cúpula del trueno, Logan realiza un buen trabajo en la composición de la atmósfera terminal y de perpetua frontera que habitan los personajes, sus relaciones desnudadas por la vida y las pulsiones de muerte que dominan la psicología del protagonista, así como la interacción con un universo cruel y desprotegido. De este modo, la falta de concesiones no se limitan a lo gráfico de la violencia; abarcan igualmente a la observación de su naturaleza ambigua -la niña que degolla sin parpadear, las ejecuciones a sangre fría del bueno de la película, la reacción última del granjero-.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7.

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