Tag Archives: Amnesia

Mulholland Drive

9 Jun

Hollywood a través del espejo, a campo abierto por el subconsciente de una actriz que sueña en la fábrica de los sueños, acosada por las Furias vengadoras. Incursión en el cine moderno para Bandeja de Plata.

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Vorágine

22 Nov

Otto Preminger bajo el retrato de Laura Hunt. Vorágine, ordalía de una esposa alienada para el especial del terrible austríaco en Cinearchivo.

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La próxima piel

31 Oct

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Año: 2016.

Directores: Isaki Lacuesta, Isa Campo.

Reparto: Àlex Monner, Emma Suárez, Sergi López, Bruno Todeschini, Igor Szpakowski, Greta Fernández.

Tráiler

           La sinopsis de La próxima piel invita a adentrarse en una estructura de thriller; un formato que serviría para sumarse a la resolución del misterio que da lugar al filme: la desaparición de Gabriel, un chaval de 9 años en un aislado pueblo pirenaico, reconstruida desde su inesperada vuelta a casa ocho años después.

La investigación que se desarrolla, sin embargo, es dramática e introspectiva, y sigue sus pesquisas a través de las relaciones familiares que van aflorando a partir de la presencia perturbadora del recién llegado, quien debido a su amnesia disociativaloable y fidedignamente abordada de acuerdo con expertos consultados, aunque en último término tampoco es un punto excesivamente interesante y deja cierta sensación de reiteración- debe emprender su autorretrato mediante descripciones ajenas, recogiendo fragmentos que o parecen completar partes difusas del cuadro, o parecen no encajar en el puzle, en ambos casos a causa de este sesgo subjetivo –el cual, en definitiva, es lo que resultará revelador sobre la verdad que se intenta recomponer a lo largo de la función-.

           Gracias al calculado sostenimiento de la ambigüedad, la duda sobre la identidad –esa gran cuestión existencial que compete a cada uno de nosotros y que no tendrá respuesta cierta para la mayoría- permanece siempre presente en la narración, tanto para los personajes como para el espectador. La puesta en escena busca profundizar en esta relación igualitaria a uno y otro lado de la pantalla empleando recursos naturalistas como el plano secuencia y una estética de apariencia inmediata en aras de potenciar la autenticidad del relato y la identificación con quien lo protagoniza; también en detrimento de convenciones formales propias de géneros relacionados centrados en una intriga criminal. Los experimentos con el montaje que aparecen en la introducción se desechan pronto, dejándolos un tanto descolgados.

A su vez, las emociones y los encuentros de estas criaturas mutiladas –el olvido, el remordimiento, la deuda, los dilemas, el miedo al ayer y al mañana,…- bullen y colisionan, ardientes, en contraste con el paisaje helado de la montaña, hermoso pero desapacible y azotado por la nieve, el abandono, la desidia y la opresión que mana de una convivencia constreñida por férreas convenciones internas y exteriores. Códigos, tradiciones y constructos que se imponen sobre la naturaleza emocional del ser humano, con sus correspondientes secuelas, y que acostumbran a magnificarse literariamente en comunidades pequeñas y cerradas en sí mismas como la que ejemplifica el pueblecito montés donde se escenifica La próxima piel.

           La evolución intimista del filme queda enhebrada por este juego con la dualidad y el contraste, que va oscilado y decantándose a partir de las inmensas necesidades vitales de los protagonistas, auténtico objeto de estudio de la obra. Y, de este modo, avanza a medida que se descongelan las capas de hielo que mantenían paralizado un trauma pasado en un insostenible instante presente, destinado a estallar en mil pedazos ante el violento cambio que se produce con el retorno de Gabriel -esa evidente metáfora del deshielo que trae el pasado hasta el presente que, por cierto, remite a otra cinta cercana sobre catástrofes sentimentales: la soberbia 45 años-.

           Por encima incluso del desarrollo de las acciones -orientadas a una catarsis de iracundo simbolismo que según cada cual puede percibirse bien inevitable y coherente, bien manido y rudimentario-, la solidez y la credibilidad en el tratamiento de los personajes principales –a partir del terapeuta suizo que acaba sumido en la irrelevancia, los secundarios quedan más desdibujados cuanto más alejados del foco están- permite a la película provocar una notable intensidad emocional sorteando al mismo tiempo su caída en los territorios sensacionalistas del telefilme, aquellos en los que terminaba por abocarse La habitación, otra apuesta reciente por esta premisa del trauma no de una desaparición, sino de una reaparición. De la imposible regeneración de una normalidad inexistente, que se desvela por tanto como puro artificio social.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

Baikonur

10 Oct

“Lo más importante en una película es lograr articular tus intenciones con la mayor precisión posible, tener la habilidad de saber explicarte, saber seducir a los guionistas, a los actores y también al equipo de marketing con tu idea.”

David Fincher

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Baikonur

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Baikonur.

Año: 2011.

Director: Veit Helmer.

Reparto: Alexander Asochakov, Marie de Villepin, Sitora Farmonova, Erbulat Toguzakov, Waléra Kanischtscheff.

Tráiler

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            Aseguraba Gabriel García Márquez que una de las tareas más arduas del escritor consistía en suprimir aquellas partes del texto que, pese a gustarle por la razón que fuera, debían ser erradicadas por el bien del conjunto de la obra.

            Quizás a los guionistas de Baikonur les pareciese una idea estupenda la de construir un romance poético entre el protagonista, un joven kazajo que sobrevive de recolectar la chatarra que cae entorno al cosmódromo que da título al filme, y una turista espacial francesa de imponente atractivo y afectada por la amnesia fruto de un accidente de aterrizaje. Pero, una vez dentro del filme, esta premisa, que además ocupa un lugar central y ejerce de bisagra para urdir la evolución del argumento –un recurso casi equiparable al deus ex machina de la dramaturgia clásica, dado su carácter cercano a lo mágico-, se revela como un lastre difícil de superar. Porque, en el punto en que despierta la muchacha, deja de funcionar, no hay por dónde cogerlo.

El asunto es que si los guionistas hubieran tomado la complicada decisión de prescindir de todo ello y, en cambio, se hubiera centrado más en el marco costumbrista que ofrece esa atávica tribu de las estepas que vive y muere bajo los desechos espaciales, Baikonur podría haber sido una película de lo más interesante. Sería acaso una película menos original –entendiendo la originalidad como sinónimo de ocurrencia extravagante-, pero no menos curiosa.

            A lo largo del metraje afloran varias muestras de la fuerza que poseería la historia en cuestión, con esos cuadros de surrealistas y guasones contrastes que dibuja el enfrentamiento abrupto entre modernidad decadente y tradición vigente –el sacerdote ortodoxo que bendice el despegue, los caballos al galope en pos de las carcasas de los cohetes, el uso de las suras del Corán para dirimir conflictos caídos de la estratosfera-. Contradicciones que, incluso, podrían dotarse de una lectura social crítica que aquí apenas se apunta, como este escenario agónico proveniente del ostentoso pasado soviético convertido ahora en, por un lado, un parque temático para diversión de millonarios y, por otro, en alimenticia y cancerígena escombrera para un puñado de desheredados olvidados por el progreso absoluto que otrora simbolizaba la carrera por la conquista del cosmos.

            Sea como fuere, Baikonur opta por confiar en exceso en el citado romance para componer un filme acerca del antagonismo entre los sueños estelares de su protagonista –ya predestinados por su sobrenombre, Gagarin– y la búsqueda de su lugar en el mundo, de conectar con su verdadera naturaleza, consigo mismo. Se intuye por tanto el mensaje que Baikonur pretende expresar, pero las acciones que articulan su discurso se encuentran sin pulir, lo que da lugar a una narración un tanto inconsistente, atropellada y con unas cuantas decisiones de lógica cuestionable en su haber.

            De este modo, a la propuesta le queda aferrarse a la entrañable simpatía que despiertan unos personajes construidos con solidez y carisma y que, cuanto menos, consiguen que el saldo de la función se mantenga en positivo.

 

Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 5,5.

Niebla en el pasado

19 Feb

“Las películas son fantasías realistas. Es fácil meter balas, porque son cosas que se pueden comprar. En cambio, las emociones no; su valor es incalculable.”

Sylvester Stallone

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Niebla en el pasado

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Niebla en el pasado.

Año: 1942.

Director: Mervyn LeRoy.

Reparto: Ronald Colman, Greer Garson, Susan Peters, Philip Dorn.

Tráiler

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            En paralelo al cine negro, el melodrama conformaría el otro pilar fundamental de la extensa y fructífera carrera de Mervyn LeRoy, campo donde destacan títulos como De corazón a corazón, Mundos opuestos y Mujercitas. Otra de las películas más relevantes de esta especialidad será Niebla en el pasado, la cual, como la primera de las previamente citadas, contaría con la participación de la actriz Greer Garson, experta en acumular nominaciones al Óscar –el galardón obtenido por La señora Miniver en la edición inmediatamente anterior rescindiría su candidatura al premio a la mejor actriz por la presente cinta-.

            Niebla en el pasado ofrece un esqueleto argumental más que cuestionable en su aspecto dramático y psicológico –un veterano de la Primera Guerra Mundial sufre dos episodios de amnesia consecutivos y solapados el uno sobre el otro- para construir sobre él una obra romántica que clama por el pañuelo moquero, sí, pero lo hace con tal elegancia e intensidad que uno no puede sino rendirse a sus incitaciones.

En otras manos, bien podría haber sido un empalagoso A propósito de Henry en el mejor de los casos, o un culebrón de sobremesa de Antena 3 en el peor de ellos.

            Asentada sobre estos dos capítulos de desmemoria, la película adopta una estructura especular en la que se sitúan, la una frente a la otra, dos visiones posibles y antagónicas de la vida del protagonista (Ronald Colman, perfecto caballero británico). A pesar de sus características divergentes –la primera refleja la realización íntima y socialmente reprimida del personaje; la segunda muestra otro tipo de progreso y prosperidad, si bien impuesto y atado a obligaciones sociales- ambos escenarios comparten dos factores de suspense.

Por un lado, se encuentra la inquietud externa producida por el entorno –la desconfianza popular hacia el combatiente enajenado y la amenaza de su reclusión en el psiquiátrico; las reservas de su familia hacia las intenciones verdaderas de un hombre “resurgido de entre los muertos”-. Por el otro, resuena obsesivamente en el interior del personaje un dilema sin resolver –el temor y la insatisfacción que produce respectivamente su identidad incompleta-. A juego, el tono de la narración variará sutilmente de uno a otro –cálido y optimista; frío y apesadumbrado-.

            Estas contradicciones y conflictos –en realidad universales al ser humano, más allá de la representación fantasiosa con la que aquí aparecen-, serán las principales herramientas de las que LeRoy se sirva para sostener y controlar a la perfección la tensión dramática y romántica del filme, exacerbada a lo largo de un crescendo que asciende imparable por medio de unos atronadores giros de guion.

El empleo de las instrucciones promulgadas por Alfred Hitchcock para la creación de la intriga –el protagonista desconoce un secreto crucial que el espectador en cambio sí sabe-, así como la descarnada concisión y la inusitada falta de énfasis con el que se aplican, confieren a estos golpes una fuerza demoledora, mientras que evitan a su vez su derrumbe en la obvia y vulgar pornografía emocional, lo que hubiera resultado sumamente fácil a causa de la naturaleza misma del relato, propenso a la tragedia folletinesca.

Es la importancia de lo que no se dice, o se calla (no ya de lo que no se proclama a gritos desgarrados, como es costumbre en este maltratado género). La dolorosa y doliente conversación entre patrón y secretaria será el mejor ejemplo de lo expuesto.

            De igual manera que la coartada psicológica, es probable que el desenlace sea el apartado que peor resista el paso del tiempo. Un hecho, no obstante, que no invalida en modo alguno la potencia conmovedora de esta preciosa obra.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8,5.

Mister Arkadin

10 Feb

Orson Welles protagoniza una nueva colaboración con Bandeja de Plata.

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La ardilla roja

27 Ago

“Entre tanto, níveo, con arte felizmente milagroso, esculpió un marfil, y una forma le dio con la que ninguna mujer nacer puede, y de su obra concibió él amor.”

Ovidio (Pigmalión. Metamorfosis, Libro X)

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La ardilla roja

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La ardilla roja

Año: 1993.

Director: Julio Medem.

Reparto: Emma Suárez, Nancho Novo, María Barranco, Karra Elejalde, Chete Lera, Carmelo Gómez.

Tráiler

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            El universo de Julio Medem pertenece a este mundo y, a su vez, a otros muchos más misteriosos y extraños. Es un cosmos definido y delimitado no por el tiempo o el espacio, sino por los vínculos personales establecidos entre sus moradores, embarcados en una carrera a través de intrincados laberintos emocionales que se edifican tanto sobre la realidad cotidiana como a partir de la ensoñación ora romántica, ora perturbadora.

            Después de sorprender y hechizar con Vacas, una ráfaga de viento fresco en el mortecino panorama cinematográfico español del momento, Medem rescataba un relato propio confeccionado durante la preproducción de su debut para dar lugar a su segundo largometraje, como el anterior, también dueño de un destacado componente zoomórfico, La ardilla roja.

El filme revisa con sarcástico surrealismo la tradicional relación de sometimiento y subordinación entre hombres y mujeres, descrita por medio de los misterios que envuelven el vitalista y travieso romance, sincero y deshonesto a partes iguales, entre Jota (Nancho Novo), un músico al borde del suicidio por sus desengaños amorosos, y Lisa (Emma Suárez), su oportuno ‘deux ex maquina’ en forma de chica amnésica.

            La compleja arquitectura de La ardilla roja, cuidada hasta el mínimo detalle, construye un enorme patio de recreo o un escenario teatral en el que, al igual que los hijos del taxista, emperrados en comportarse como un matrimonio adulto, los personajes juegan entre sí con sus mentiras optimistas, sus escarceos sentimentales y sus interpretaciones ficticias, mientras que, al mismo tiempo, el espectador juega con ellos y, por su parte, Medem juega con el espectador.

Sobre el primer engaño de Jota, fingido novio de una muchacha sin recuerdos pasados, Medem desnuda a un grupo de individuos traumatizados que tratan de labrase cierta esperanza de futuro mediante el engaño propio y ajeno. Son constructos frágiles por definición y sometidos a la constante amenaza de la realidad, hecho que envuelve el argumento en un halo de misterio e inquietud entremezclado con luminosos destellos de felicidad, ligeros y enviciados no obstante por su inconsistencia ilusoria y la escasa transparencia de su origen y naturaleza.

            Como decíamos, se trata de un contexto en el que el hombre –Jota, el psicótico exmarido de Lisa-, naufraga en el patetismo a pesar (o a causa más bien) de sus toscas exhibiciones de masculinidad: la egoísta y artera vocación de Pigmalión del primero, la execrable violencia del segundo. En cambio, la apariencia desvalida de Lisa oculta a una mujer compleja –seductora, inocente, sexual, vulnerable, dominante,…- que es quien en realidad mueve los hilos del relato, quien controla el devenir dramático de aquellos que la rodean.

Un dominio que se fundamenta tanto sobre su magnetismo personal y la fuerza de su enigma –potenciado por una Emma Suárez arrebatadora-, como por la concesión a lo mágico y esotérico que supone su conexión espiritual con una pequeña ardilla -de insinuaciones físicas incluso, según sugieren las imágenes compuestas por Medem- convertida en espíritu tutelar y justiciero, expresión puntual pero explícita de las verdaderas intenciones de la protagonista.

            Absorbente por su vertiente de intriga intimista, con un destacable empatía emocional en su dimensión romántica y muy refrescante en su originalidad, La ardilla roja acusa por el contrario la peor resistencia al paso del tiempo de ciertos detalles de la realización, en especial aquellos más arriesgados o vanguardistas –las repeticiones, el uso de la cámara lenta, el estrafalario videoclip firmado por Ana Medem, pintora y hermana del cineasta-, al igual que la desafinación de algunos detalles satíricos, en exceso esperpénticos.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

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