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El asesino vive en el 21

8 Nov

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Año: 1942.

Director: Henri-Georges Clouzot.

Reparto: Pierre Fresnay, Suzy Delair, Jean Tissier, Pierre Larquey, Noël Roquevert, René Génin, Jean Despeaux, Marc Natol, Huguette Vivier, Odette Talazac, Maximilienne, Sylvette Saugé, Louis Florencie.

Tráiler

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          Curtido como guionista y como realizador de las versiones francesas de un par de películas alemanas, Henri-Georges Clouzot debutaba propiamente en la dirección de largometrajes con El asesino vive en el 21, donde lleva a la pantalla una novela del escritor e ilustrador belga Stanislas-André Steeman, quien, por su parte, se pondrá al frente de la adaptación del texto al libreto. Clouzot, de hecho, ya había trasladado un año antes al cine en El último de los seis, en calidad de guionista, otra aventura del inspector Wensceslas Voroboevitch, y regresará poco después a otro libro de Steeman con la colosal En legítima defensa.

          Muestra de las constantes de la filmografía del cineasta -cabe recordar su siguiente El cuervo-, los mimbres de estas obras son semejantes: arrojan una visión muy ácida de la sociedad que queda expuesta a través de un afilado detective encargado de investigar unos crímenes que revelan la naturaleza sórdida y mezquina de sus perpetradores, que no son monstruos extraordinarios, sino representantes comunes de un pueblo al que le encantan las historias morbosas y que valora como ninguna otra cosa la resonancia de un nombre, independientemente de la moral que represente. De una marca, como se insiste en estos tiempos de desaforado mercantilismo neoliberal.

En este caso, Monsieur Wens -de nuevo interpretado por Pierre Fresnay- es el último mono, como refleja hilarantemente la cadena de broncas que desciende vertiginosamente por los escalafones de mando; pero siempre va un paso por delante. Y eso que sufre detalles sorprendentemente desmitificadores, como que su novia le atosigue para extirparle las espinillas y los puntos negros.

          El retrato social, pues, es pesimista, aunque al mismo tiempo está aderezado con un cínico sentido del humor. Ni siquiera la diosa Fortuna se libra de la ironía. En este marco sarcástico se desarrolla una intriga en la que el inspector trata de averigüar quién es el asesino que se esconde tras las tarjetas de visita que regala a los cadáveres con los que siembra el Montmatre parisino. El relato detectivesco es lúdico, con una galeria de extravagantes sospechosos encerrados por momentos en una pequeña pensión, como si fuese el Cluedo.

El asesino vive en el 21 sigue por tanto las pautas tradicionales del whodounit, las cuales utiliza incluso para coquetear con elementos metalingüísticos -en una escena que, de nuevo, juega con la fascinación del ciudadano corriente por los misterios cruentos-. El relato evidencia algunos detalles de director primerizo -la sombra de un micrófono y su pértiga, como señal explícita-, si bien se sostiene con entereza y simpatía para dar las claves de lo que será una filmografía poblada de títulos verdaderamente reseñables.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6.7.

Nota del blog: 7.

Perfect Blue

30 Oct

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Año: 1997.

Director: Satoshi Kon.

Reparto (V.O.): Junko Iwao, Rica Matsumoto, Shinpachi Tsuji, Masaaki Ôkura, Yôsuke Akimoto, Yoku Shioya, Hideyuki Hori, Emi Shinohara, Masashi Ebara, Kiyoyuki Yanada, Tôru Furusawa, Shiho Niiyama.

Tráiler

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         Los sueños del éxito crean monstruos. Roger Waters volcaba en The Wall sus traumas como estrella de la música, oprimido por la exigencia del público -entre otros-; el escritor Stephen King somatizaba su sensación de estar cautivo de sus propios fans en Misery. Tanto el disco como la novela serían luego trasladados al cine, consagrando su relevancia argumental y estética.

La protagonista de Perfect Blue sufre una triple esclavitud: la obsesión posesiva de sus admiradores como ídolo del J-Pop, la explotación a la que le somete su agencia de representación y la de ser objeto de deseo sexual -Satoshi Kon siempre muestra de fondo a una audiencia o a una masa exclusivamente masculina-. A ello habría que añadir una cuarta, que es la de una autoexigencia que se convierte, literalmente, en patológica.

         Esta última, que juega con el desdoblamiento de la protagonista en un döppelganger, y de la que se apropiaría en parte la posterior Cisne negro -no por nada, Darren Aronofsky ya había homenajeado escenas suyas en Réquiem por un sueño-, es la que fundamenta y a la vez desequilibra el thriller psicológico que plantea la obra. Es cierto que el cineasta japonés consigue extraer momentos angustiosos de esa sensación de estar encerrada en una espiral de locura que sufre la protagonista, pero esto se consigue en buena medida a través de trampas en el uso del punto de vista de la narración.

Demasiado ambicioso en su acumulación de capas, la construcción sucumbe bajo su propio peso, anulando en parte los interesantes planteamientos que se habían logrado establecer. Kon, proclive a explorar las tenues fronteras que separan lo real de lo surreal, riza el rizo de forma espectacular, sin duda efectista y quizás sorprendente en sus giros para algunos; pero se excede en el artificio.

         Concebida inicialmente como una película de acción real, tendría un remake en 2002 en este formato.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 5.

Utoya. 22 de julio

28 Jul

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Año: 2018.

Director: Erik Poppe.

Reparto: Andrea Berntzen, Elli Rhiannon Müller Osbourne, Aleksander Holmen, Brede Fristad, Solveig Koløen Birkeland, Jenny Svennevig.

Tráiler

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          Tras las elecciones de septiembre de 2013, las primeras celebradas desde que Anders Behring Breivik asesinase a 77 personas en un doble ataque con explosivos ante edificios gubernamentales en el centro de Oslo y luego a tiros en un campamento de las juventudes del Partido Laborista en la isla de Utoya, en las afueras de la capital, el Partido del Progreso noruego, en el que militó en su día el autor confeso de los atentados y con el que comparte tesis antiinmigración y sobre la presunta islamización del país, consiguió entrar en el Ejecutivo de la mano de una coalición con el Partido Conservador. La alianza se reeditó después de los comicios de 2017, lo que le ha permitido trabajar en su agenda de tintes xenófobos, dentro de una corriente política que avanza en Europa.

Utoya. 22 de julio surge como un ejercicio de memoria que pretende hacer reaccionar al espectador frente a lo que ocurre en la actualidad fuera de la sala de cine. Para ello, su objetivo es convertir en víctima a quien simplemente observa arrellanado en la butaca del cine. Meterle en la piel de quienes tuvieron que huir del rifle del neonazi, de quien sufrió ante sus ojos la muerte de sus amigos, de quien quedó reducido a mera presa de la furia homicida de un individuo trastornado por un odio irracional hacia el otro. Una experiencia inmersiva. Terror en tiempo real. Así pues, escoge un único recurso: el plano secuencia, que es una herramienta de realismo porque renuncia a uno de los elementos esenciales de la ficción cinematográfica -el montaje- y porque establece con rotundidad un punto de vista análogo al de los personajes a  los que sigue. Aunque, cabe decir, Erik Poppe emplea este plano secuencia de forma un tanto irregular, ya que a veces es una toma fija puramente cinematográfica, y a veces literalmente actúa, agazapándose del atacante o levantándose para escudriñar el horizonte y comprobar si está despejado.

          Es una posición antitética, por tanto, a la que planteaba el documental Reconstruyendo Utoya, que, con evidente inspiración en Dogville, renuncia por completo a una representación realista para recrear lo sucedido. Este plano secuencia también guarda obvias diferencias con el que Gus van Sant aplicaba ya para reconstruir otra masacre, la de Columbine, en Elephant, donde está pensado para anular cualquier énfasis, introduciendo al público en una especie de cotidianeidad de intrascendencia sin filtrar, y que el propio realizador comparaba con la mirada de los videojuegos en primera persona, similar de hecho al que, momentos antes de la matanza, juega uno de los asesinos.

Esta cuestión del realismo cobra además una nueva dimensión ante el hecho de que, el pasado marzo, los autores de los atentados islamófobos de Nueva Zelanda utilizaron una cámara GoPro para retransmitir en directo por las redes sociales cómo perpetraban sus fusilamientos. Y, más aún, el propio Breivik sostuvo en su momento que había grabado en vídeo la masacre de Utoya. ¿Qué sentido tienen entonces unas imágenes totalmente verosímiles pero compuestas y diseñadas cuando la realidad absoluta, sin rebajar en su crudeza, se encuentra expuesta? Parte de esta reflexión podía interpretarse con Demasiado cerca (Tesnota), donde se mostraba una filmación auténtica en la que las guerrillas islámicas del Daguestán pasaban a cuchillo a varios soldados rusos, lo que trastoca por completo el voltaje del drama que hasta entonces se estaba contemplando.

Al respecto, Utoya. 22 de julio apuesta por el realismo como arma de denuncia. La conseguida angustia que domina numerosos pasajes es el mecanismo con el que pretende despertar o reactivar conciencias. Una vivencia sensorial armada sobre un esquema donde apenas es posible bosquejar a los personajes, más allá de una protagonista suficientemente construida, y con un trabajo actoral a la altura, para que se pueda empatizar con ella. Las muestras de humanidad que se desprenden de su huida desesperada -la búsqueda de la hermana, el esfuerzo por el desvalido, la piedad hacia la víctima, el apunte de esperanza incluso romántica, la desorientación de una resistencia mental al límite- aparecen como recursos bastante elementales para puntear esta identificación, así como para aportar variedad a las situaciones de peligro. La tensión es efectiva y, desde luego, consigue absorber totalmente la atención.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

Instinto básico

17 Jul

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Año: 1992.

Director: Paul Verhoeven.

Reparto: Michael Douglas, Sharon Stone, Jeanne Tripplehorn, George Dzundza, Denis Arndt, Leilani Sarelle, Bruce A. Young, Dorothy Malone, Daniel von Bargen, Wayne Knight.

Tráiler

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         El thriller erótico -esas producciones que explotaban crimen, sexo y dominación, en especial durante la década de los noventa y bajo unas formas en buena medida inadmisibles en la era del ‘me too’- tiene un nombre propio: Instinto básico. O más todavía: Sharon Stone. Un cruce de piernas que se graba a fuego en un género y en la historia del cine.

El alto voltaje sexual de las imágenes de Instinto básico fundiría su huella en la memoria colectiva de unas cuantas generaciones. En realidad, el efecto es exactamente idéntico al que Catherine Tramell, literata envuelta en una densísima niebla de misterio homicida, suscita al grupo de machos que se enfrenta a ella en la escena. El peso de la autoridad policial, legal, moral y patriarcal que intenta empujar contra la pared a la sospechosa termina subvertido por la simple y arrolladora potencia de la carne; de la tentación y la lujuria. El deseo, apenas entrevisto, es capaz de derribar cualquier convención construida por la sociedad, tal es la fuerza primaria que alberga.

         Catherine Tramell es un símbolo. La femme fatale explícita. La devoradora de hombres. La diosa ancestral que somete a los mortales ofuscando su razón a través de una llamada animal. El eros y el tánatos colisionando bajo una mirada insinuante, bajo la provocación incesante. La investigación que emprende Nick Curran, policía de la ciudad de San Francisco, es una carrera de resistencia contra ese impulso prácticamente irrefrenable, dada la magnitud de los cantos de sirena que, cree, envenenan sus oídos.

Pero Paul Verhoeven, un agitador holandés que había conseguido infiltrarse en los cuarteles de Hollywood como si fuese un agente doble, un cineasta al que le apasiona hurgar en las relaciones de poder que se establecen por medio de la sexualidad desatada, no se detiene en las evocaciones atávicas de la guerra de sexos. A partir de la novela original de Joe Eszterhas, Verhoeven empareja las pulsiones de violencia sexual y criminal de la presunta asesina con las del presunto garante de la ley, de manera que va desnudando la hipocresía que la sociedad trata de ocultar bajo ropajes de falsa dignidad. La mirada provocativa de Tramell también sirve para aplicar dosis de corrosiva ironía a la hora de estimar la respetabilidad como asunto político o de trazar un retrato del policía como psicótico brazo ejecutor.

         Hay abundante sarcasmo en el juego del ratón y el gato que desarrolla Instinto básico, a pesar de los matices de duda que, en el desenlace, devuelven el personaje de Tramell desde la figura abstracta hacia cierto comportamiento humano, digno de un análisis psicológico que no le hacía falta y, peor aún, que tampoco le convenía demasiado. Hasta entonces, su estrategia para fustigar a sus perseguidores había sido enfrentarles a un espejo. Una imagen que, como reflejo contrario, evisceraba sus instintos más elementales. Y los arrojaba asimismo contra una reproducción mimética de sus actos y consecuencias, incluso puestas negro sobre blanco en textos literarios. La tensión de ese choque constante, sumado a la insoportable temperatura alcanzada por el caldeamiento erótico de la protagonista, es la que conduce a aquellos hombres que siguen su rastro al desquiciamiento, la locura y la muerte. En el caso de Curran, se plasma en resonancias autodestructivas. El eros y el tánatos.

Desde ese juego laberíntico de incertidumbres, perturbaciones y dualidades, Verhoeven consigue que uno se divierta tanto como la malintencionada Catherine Tramell. La electricidad erótica se transmite también febril a la intriga policíaca. La fusión de ambas, con ejemplos paradigmáticos como el celebérrimo y ya citado interrogatorio, convoca planos de una privilegiada energía expresiva. Incluso, al igual que la ayudante sexi del mago, puede distraer la atención respecto de unos procedimientos policiales harto cuestionables -no se practica ni una sola prueba de ADN en unos escenarios que desbordan fluidos de toda índole- o de que el desopilante enredo de la trama termine siendo excesivo por necesidad.

         Aunque, regresando otra vez a una perspectiva contemporánea, en la que el rol de la mujer dentro de la industria y dentro de la pantalla de cine ha tenido una transformación tan importante como indispensable, cabe preguntarse de nuevo si, en vista de la carrera de Sharon Stone, catapultada como icono sexual y objeto de deseo -esa elocuente expresión-, era ella quien dominaba la función a su antojo. Aun con las vueltas de tuerca que pueda tener, la sirena no deja de ser en el fondo una criatura mitológica construida desde un punto de vista muy concreto.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota Filmaffinity: 6,5.

Nota del blog: 7,5.

El jardinero fiel

5 Jun

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Año: 2005.

Director: Fernando Meirelles.

Reparto: Ralph Fiennes, Rachel Weisz, Danny Huston, Hubert Koundé, Bill Nighy, Gerard McSorley, Pete Postlethwaite, Donald Sumpter, Archie Panjabi, Richard McCabe, Anneke Kim Sarnau, Sidede Onyulo, Nick Reding.

Tráiler

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           “Gracias por el regalo que me has hecho”, se le ocurre decir, torpemente, al manso diplomático Justin a la impetuosa activista Tessa después de haber hecho el amor. El jardinero fiel es una película que trata de cómo un hombre adormecido recibe un presente de vida -más heredado o transmitido que regalado- e intenta honrarlo hasta las últimas consecuencias. Porque es un presente envenenado: la capacidad de estar despierto significa tener acceso una realidad en la que, precisamente, la vida es un bien que se depreda, que se mercantiliza.

           Basado en una novela de John Le Carré, en El jardinero fiel la trama romántica -la construcción retrospectiva de este romance entre personalidades contrapuestas- confluye, como parte de una misma corriente, en un relato de denuncia en forma de thriller político acerca de las prácticas criminales de la industria farmacéutica en el África subsahariana, apoyadas en la lógica de un ultracapitalismo amoral que hace fortuna, literal y figuradamente, en los modelos de neocolonialismo que perpetúan las relaciones de dominación entre la antigua metrópoli y su antiguo imperio.

Fernando Meirelles, que venía de inflamar el mundo con su retrato de la vida y la muerte las favelas brasileñas, combina las imágenes suaves del recuerdo con la textura dura que sucede al crudo golpe contra la verdad que experimenta el protagonista. Sin embargo, ambas vertientes ya se revelan parte de un mismo todo a partir de la inquietud de la cámara, de la apariencia de inmediatez e inestabilidad de la que se dota a los fotogramas. El verismo de la realización -aunque con detalles muy ligados a estilos del periodo y decididamente entregada a la gente a la que retrata- consigue otorgar autenticidad a las escenas filmadas a pie de calle en Kenia.

           El jardinero fiel configura una lucha prácticamente en pareja -aunque no coordinada, debido a la necesidad de imponer un trauma para agitar la conciencia del diplomático-, tal es la magnitud de la conspiración a la que se enfrentan. “El objetivo del demonio no es la posesa; somos nosotros… los observadores…, Y creo…, creo que lo que pretende es desesperarnos, hacernos rechazar nuestra propia humanidad, Damien; reducirnos, en definitiva, a un estado bestial, irremediablemente vil y putrefacto, carente de dignidad, asqueroso… Inútil. Tal vez esté aquí el meollo de la cuestión: la inutilidad. Pues yo creo que la fe en Dios no es cuestión de lógica; creo que, definitivamente, es una cuestión de amor; de aceptar la posibilidad de que Dios nos ama…”, reflexionaba el padre Merrin en una escena -eliminada- de El exorcista. El jardinero fiel es una rebelión desencadenada por el amor -primero hacia el ser amado, luego por extensión hacia la humanidad- que se enfrenta de forma suicida contra los descomunales poderes fácticos que mueven los hilos de un sistema plutocrático y globalizado. Si bien el romance no es particularmente profundo y termina por quedar algo descompensado, es un ingrediente útil y suficiente para que la combinación dote de emoción a la denuncia.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

Acero azul

29 May

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Año: 1989.

Directora: Kathryn Bigelow.

Reparto: Jamie Lee Curtis, Ron Silver, Clancy Brown, Elizabeth Peña, Louise Fletcher, Philip Bosco, Kevin Dunn, Richard Jenkins, Tom Sizemore.

Tráiler

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         Los títulos de crédito recorren con devoción y reverencia la superficie de un revolver. Recuerdan a los de Harry el fuerte, como la resolución del filme podría recordar en cierto modo a la de Harry, el sucio. Una magnum 44 también desempeñará un icónico papel en la trama. Hay cierto fetichismo en cómo Katrhyn Bigelow filma el arma, herramienta que empodera definitivamente como policía a la protagonista. Su juramento como agente también tiene una evocación de ceremonia religiosa, fervor con lágrima brotando incluida, que da paso a un definitivo bautismo de fuego en la jungla urbana del Nueva York de los ochenta, por lo que el caso criminal en el que se ve envuelta la mujer adquiere ecos de ritual de iniciación.

El villano se articulará en oposición, como un reflejo en negativo de la capacidad ejecutora de la patrullera. Surge de ahí una idea interesante acerca de la tendencia homicida de la Policía, brazo armado de un Estado que se arroga el monopolio de la violencia. Es un chispazo que primero se abandona y que luego no es que se descarte, sino que se revierte mitificado en una conclusión cuya ambigüedad desprende tintes fascistoides, propios de la exaltación del justiciero.

De igual manera quedan por el camino la construcción del antagonista como un retrato deformado sobre la omnipotencia del yuppie en la década del ultraliberalismo económico estadounidense; una pulsión constante en la ficción del periodo. Andando el guion -coescrito por la directora californiana- se preferirá desarrollarlo como un psicópata de manual -con escenas de locura un tanto ridículas que al menos se compensan con otros arrebatos de ferocidad bestial como el asalto en el dormitorio-, prácticamente destinado a desempeñar el papel del acosador tradicional del slasher, subgénero del que precisamente Jamie Lee Curtis se erige en una de las grandes ‘scream queens’ gracias a la fundacional La noche de Halloween.

Los tópicos se extienden a la participación del ciudadano corriente -con un desprecio prejuicioso y mezquino contra las fuerzas del orden-, los superiores en la jerarquía policial -miopes y timoratos-, y los representantes del sistema judicial -el abogado cínico y amoral que entorpece la verdadera justicia… que es la que se cobra por la propia mano, a punta de pistola-.

         Curtis le pone empeño a su personaje, mientras que Bigelow imprime fuerza en las imágenes, sombrías, melancólicas, amenazadoras e incluso oníricas, en su forma de sobrevolar de noche la ciudad que nunca duerme. Pero la evolución del relato y los personajes es tosca y deriva hacia una escena final ya demasiado inverosímil.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 6.

El asesino anda suelto

6 May

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Año: 1956.

Director: Budd Boetticher.

Reparto: Joseph Cotten, Rhonda Fleming, Wendell Corey, Michael Pate, Virginia Christie, John Larch, Dee J. Thompson, Alan Hale Jr.

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          Ella era más grande que la propia vida, confiesa abatido el villano. El asesino anda suelto muestra por primera vez una premisa argumental -el duelo irreparable por la pérdida del ser amado- con la que, en adelante, Budd Boetticher trabajará en otras ocasiones dentro del encomiable ciclo Ranown, esta vez en los polvorientos villorrios del viejo oeste -y desde otra perspectiva bastante distinta-.

          Un doble castigo, una doble pena máxima, subyace en El asesino anda suelto. En primer lugar, la condena desproporcionada que recibe el apocado cajero Leon Poole (Wendell Corey), que se ha involucrado en el atraco a su propia sucursal y que, andando la trama, resultará en la muerte accidental de su esposa. El segundo, que adopta el disfraz de la venganza contra el detective que apretó el gatillo homicida, es la revancha que Pool, paradigma del perdedor marginado, emprende contra una sociedad que no admite a quienes no son capaces de colmar las expectativas creadas en su contra.

          El asesino anda suelto es un noir dotado de un enemigo atípico. “Nos está ganando por la mano un cegato vestido de granjero”, se retuerce una de las voces fuertes de la jefatura de Policía. Entre risas, su antiguo sargento en la campaña del Pacífico ya había descrito al sujeto como un manazas inútil que no sabía ni dónde tenía el pie derecho. Sobre esta base anómala, el filme construye un personaje que inunda sus escenas con una atmósfera tremendamenta violenta por lo inesperado de su reacción, tan visceral como obsesiva, siempre en contraste con el minimalismo altamente inestable que Corey imprime a su gestualidad. Porque, como sentencia Poole cada vez que recuerda la memoria de su difunta, aquella infausta bala mató a dos personas. Es un muerto en vida.

La coartada sentimental alcanza de este modo una explosiva virulencia, que unida a los matices de fragilidad que puntean la interpretación del actor -las inflexiones de la voz del agotado forajido en su diálogo con la señora Flanders-, da lugar a escenas de enorme tensión, como la de la cocina del matrimonio.

          Con su concisión narrativa y su habilidad en el manejo del pulso del relato, Boetticher dosifica de manera ejemplar el crescendo de inquietud, distribuyéndolo a cada paso que progresa una amenaza que, por momentos, parece delirantemente implacable, para desasosiego del curtido agente puesto en la diana -otro tipo de apariencia corriente como Joseph Cotten-. La auténtica lástima es que, para hacer avanzar la historia, el libreto recurra a decisiones de lógica muy cuestionable, si no tramposa -el nombre delator, la presencia de la pareja del policía en la sala de juicio, su actitud posterior-, lo que afecta de manera especialmente grave al desenlace.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

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