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La mafia ya no es lo que era

30 Sep

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Año: 2019.

Director: Franco Maresco.

Tráiler

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         La mafia ya no es lo que era podría calificarse como un manifiesto de la indignación y el pesimismo de Franco Maresco, extravagante antropólogo de su Sicilia natal, que aborda aquí la celebración del veinticinco aniversario del asesinato de los jueces antimafia Giovanni Falcone y Paolo Borsellino.

Narrador prominente, va relatando con irónico engolamiento, musicalizado con un jazz que le acerca en cierta manera a la voz en off de Woody Allen, su recorrido por las calles palermitanas, invadidas por estudiantes festivos o sumidas en una pobreza endémica, acompañado bien de Letizia Battaglia, comprometida fotógrafa de la crónica negra local, bien de Ciccio Mira, dudoso organizador de modestos espectáculos callejeros al mejor postor, quien ya había comparecido en su anterior Belluscone. Una storia siciliana y, testimonialmente, en Lo zio di Brooklyn.

         Maresco no pretende revelar al espectador una verdad oculta. Más bien subrayar la obviedad que aprecia en sus conciudadanos en su posicionamiento respecto de la Cosa Nostra y su persistente influencia. Su posición es agresiva. Volcado en especial sobre el tratante de cantantes neomelódicos, sumido en un perpetuo blanco y negro, invade a sus entrevistados; los arrincona y ridiculiza. Afirma traicionarlos mediante cámaras ocultas y pone el montaje en su contra. Hasta los insulta directamente. Y eso a pesar de que alguno de ellos no está en condiciones de defenderse, lo que podría servir para cuestionar moralmente al director.

La mala baba rezuma, aunque como reacción airada contra el hartazgo y la tristeza. La mafia ya no es lo que era martillea a sus personajes, delirantes y toscos, hasta obtener un retrato grotesco y deforme. Uno llega a preguntarse, de hecho, si no todo esto no es un mockumentary satírico. El público de los conciertos es igualmente feo, hortera, vulgar. Pero, antes, Maresco ya había mostrado a la juventud congregada en el homenaje a los mártires de la lucha contra la mafia como una caterva de pijos preocupados por bailar y grabar la experiencia con sus móviles. Es decir, la síntesis de la frivolización y el vaciado de significado que la posmodernidad acostumbra a aplicar a cualquier cosa que pueda traducirse en consumo.

         ¿Está justificado el cabreo de Maresco? Probablemente. Quién sabe. Servidor, que vivió en Sicilia durante un curso académico, recuerda la ambigua relación, desde el veleidoso orgullo localista hasta el púdico gesto torcido, ante las menciones del tema. Al menos, siendo él palermitano, no se le puede acusar de regodearse en una mirada de obsceno y condescendiente pintoresquismo. En esta línea, no es particularmente explicativo o siquiera demasiado considerado hacia el espectador foráneo en bastantes detalles.

         En cualquier caso, La mafia ya no es lo que era es tan realista como Crónicas marcianas podría serlo en un ensayo sobre España. El emblema de lo que empezaba a tacharse de telebasura también era, a su modo, un retrato de una España. Por cierto, llevándolo al terreno cinematográfico, un puñado de sus frikis y sus colaboradores terminarían apareciendo a lo largo de la saga de Torrente, que por su parte se anclaba en otra excrecencia de otra sociedad mediterránea, esta vez la nostalgia del nacionalcatolicismo franquista en un ambiente tan depauperado como el que captura el cineasta sículo.

Pero, devolviendo los paralelismos a Italia, también podría decirse que La mafia ya no es lo que era es al realismo prácticamente lo que películas como Feos, sucios y malos son al neorrealismo de Ladrón de bicicletas. Un paso divergente, entre furibundo y apesadumbrado, o incluso torcido, dentro de la evolución de ese cine nacional que escarbaba en las crudezas y las falencias del país.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 6.

10.000 km.

6 Dic

“El cine español, como el francés o el alemán, es un montón de mierda del que, de repente, surgen cosas hermosas.”

Fernando Trueba

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10.000 km.

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10.000 km..

Año: 2014.

Director: Carlos Marques-Marcet.

Reparto: Natalia Tena, David Verdaguer.

Tráiler

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            ¿El mundo es realmente un pañuelo? A causa y a pesar de la globalización, los programas internacionales de intercambio formativo, cultural y laboral, de los vuelos low-cost y de la conexión universal a través de internet, quien más o quien menos ha experimentado -o como poco lo ha visto reflejado en alguien cercano- las dificultades que suscita mantener una relación de pareja desde la distancia. Si el roce hace el cariño, la lejanía cultiva el desapego.

            10.000 km., debut en el largometraje del editor y cortometrajista Carlos Marques-Marcet, escribe la crónica de uno de estos amores marcados por la distancia que brotan en la nómada juventud contemporánea. ¿Puede ser satisfactorio el romance si se le cercena su expresión física?

En cierto modo, la relación planteada en el filme contiene un grado de frustración equivalente al del amor platónico, aquel jamás realizado de esta manera material. Es decir, plasmado en una caricia cómplice, en un cuchicheo al oído, en el olor particular del cuerpo deseado, en un polvo apasionado, en planes de futuro compartido; y amenazado en cambio por prioridades que se reconfiguran y mutan, por la pérdida de estímulos comunes, por el descubrimiento de realidades distintas que se superponen y sustituyen a las anteriormente establecidas, por el surgimiento de desacuerdos en el modo de interpretar y entender la existencia en pareja,…

            A partir de este concepto, el guion del propio Marques-Marcet explora en paralelo la insatisfacción emocional producto de las redes sociales, de utilidad relativa como medio de contacto aséptico; ineficaces, vacías y desilusionantes a poco que se las compare con el vis a vis de toda la vida. De ahí las metáforas nada sutiles que arrojan las fotografías del Silicon Valley abandonado, epicentro de la realidad virtual; más afortunadas por el contrario en la forma en la que los protagonistas muestran y ocultan porciones de su nueva realidad al otro en esas conversaciones intermediadas por el ordenador.

            Además de la capacidad para captar con verosimilitud este conflicto actual y componer dos personajes vivos, empatizables y comprensibles, el realizador catalán demuestra también un notable talento en la construcción visual de la obra.

Los fotogramas reflejan la paulatina pérdida de intimidad y el nacimiento de fricciones y frialdades, mientras que su sentido de la narración sostiene con firmeza durante todo el metraje una tensión dramática que, en ausencia de exteriores y personajes secundarios, emana de simples retazos de conversaciones y no conversaciones, de estados de ánimo cambiantes, del juego con la proximidad física y sentimental, del recorrido en la carrera divergente en pos un presente/final feliz de estos dos amantes que encarnan con química y acierto, bien orientados, Natalia Tena y David Verdaguer.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

Lejano

3 Nov

“La decepción es una especie de bancarrota: la bancarrota de un alma que gasta demasiado en esperanza y expectativas.”

Eric Hoffer

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Lejano

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Lejano.

Año: 2002.

Director: Nuri Bilge Ceylan.

Reparto: Muzaffer Özdemir, Emin Toprak, Zuhal Gencer, Nazan Kirilmis, Feridun Koc, Fatma Ceylan.

Tráiler

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            Cabeza del nuevo cine truco al que la Seminci ha reivindicado durante esta edición de 2014 recién concluida, Nuri Bilge Ceylan surgía de las cenizas de la industria otomana -representada por los estudios Yeşilçam y sentenciada por el golpe de Estado de 1980-, gracias a su iniciativa y autonomía de autor, ya que el cineasta estambulita asume las funciones de director, guionista y productor de todos sus proyectos –incluso aparecerá como actor en Los climas-. El tercero de sus largometrajes, Lejano (Uzak), sentaría con su Gran premio del jurado la primera piedra de la longeva y excelente relación del realizador con el festival de Cannes, culminada esta temporada con la obtención de la Palma de oro con Sueño de invierno (Winter Sleep), estrenada hace escasas semanas.

            De crisis, precisamente, es de lo que habla Lejano. La película parte de la depresión económica turca de los noventa y principios de milenio para, progresivamente, tornarla en metáfora sobre la profunda crisis existencial, amorosa y de ideales que en paralelo –o al mismo tiempo- sufren Mahmut, un fotógrafo residente en Estambul, y Yusuf, su primo recién llegado de provincias.

Desde el silencio, el pequeño gesto costumbrista y los detalles que jalonan los altibajos y tensiones en la relación entre ambos hombres, Ceylan destila una desoladora sensación de decepción, aislamiento y melancolía. Como ese país en plena e infructuosa intentona de dar la espalda a Asia y sumarse a Europa, siempre a medio camino entre dos mundo. Naves varadas, retratos de tejas y baldosas, el admirado Andrei Tarkovsky sustituido por vulgar pornografía, las heridas de un divorcio que trajo como única consecuencia una esterilidad figurada y literal, trabajar como tripulante convertido en quimera, las mujeres transformadas en fantasmas inalcanzables,…

            Ceylan trata con cariño y comprensión a sus protagonistas, pero con la justa compasión. Sus lánguidas andanzas no se libran de recibir malintencionados aguijonazos de ironía, sobre todo los impulsos de Don Juan del inmigrado, que poco a poco, como la función en general, adquieren una deriva un tanto siniestra, dentro de esa naturaleza lamentable que en principio las definen.

            Además de la sobria aunque admirablemente expresiva descripción del escenario social y sentimental que envuelve la obra, apresando en ella a los personajes, destaca aquí la citada composición de caracteres, que establece una curiosa rima entre dos individuos que, por mucho que lo intenten –en especial el nuevo urbanita-, poseen una esencia idéntica.

La actitud dominante y de cada vez mayor y más fingida superioridad moral –la verbalización de normas de convivencia, la reclusión del huésped al fondo de la vivienda, la limpieza y guardado clandestino de sus zapatos– subraya ese ingenuo repudio y alejamiento del pasado rural pretendido por Mahmut -ya expresado con economía y precisión en la llamada de teléfono que supone la primera escena hablada del filme-. Siguiendo esta idea, es él quien ahora trata de imponer a Yusuf ese mismo proceso de asimilación a la impersonal Estambul padecido en sus propias carnes, con el único impedimento esporádico de los rescoldos de compasión que todavía es capaz de despertar en él el reconocimiento de la incontestable semejanza que une a ambos–colocar con cuidado sus odiados zapatos durante una triste llamada a casa-.

Del mismo modo que la alegoría económica, esta imposición de reglas de comportamiento se ramifica con sutileza en una imposición psicológica donde la adaptación a la megalópolis significa la renuncia a los sueños e ilusiones y el abrazo del cinismo como medio de supervivencia.

            Lejano es un retrato intimista, agrio y complejo, fundamentado en la cotidianeidad más prosaica; paciente, cocinado a fuego lento con planos largos y ritmo pausado –quizás demasiado en ocasiones-, y que encuentra un precioso estímulo en la talentosa elocuencia de sus fotogramas, herramientas excepcionales para capturar el desaliento y la desorientación de un país en continua búsqueda de sí mismo.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7,5.

Blow-Up (Deseo de una mañana de verano)

25 Ago

“Antonioni seguro que es un gran director, un gran artista. Pero en lo que a mí se refiere, soy incapaz de mantenerme despierto.”

Billy Wilder

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Blow-Up (Deseo de una mañana de verano)

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Blow-up

Año: 1966.

Director: Michelangelo Antonioni.

Reparto: David Hemmings, Vanessa Redgrave, Sarah Miles, John Castle, Peter Bowles, Jane Birkin, Gillian Hills.

Tráiler

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            Siempre se plantea la misma discusión ante ese tipo de cine intelectualizado, próximo al arte y ensayo, rico en alegorías e interpretaciones y parco en respuestas, críptico, denso y circunspecto. ¿Es una pose elitista, una pretenciosidad vacía? ¿Está reñido con el viejo y desprestigiado arte de contar una historia atractiva? ¿Está justificado su frecuente ritmo moroso, su estilo ensimismado, su exigencia desafiante? ¿Por qué no expresar con mayor claridad esas ideas en un ensayo literario en vez de excusarse con ligereza en la necesidad de la participación del espectador cinéfilo?

La filmografía de Michelangelo Antonioni, adalid del vanguardismo, la sofisticación estiística y la independencia radical del autor, quizás podría concitar muchos de estos debates. Blow-Up, película en la cual trasladaba sus indagaciones teóricas y estéticas al Swinging London, ofrecería un claro punto de referencia en la polémica.

             Inspirada en el relato corto Las babas del diablo -campo de juegos en el que el escritor argentino Julio Cortázar experimentaba, entre tantas cosas posibles, con la intromisión de la creatividad en el espectro cotidiano, la interferencia entre realidad y ficción y la función de la obra artística como nueva perspectiva para medir el mundo-, Blow-Up toma prestada la figura protagonista del fotógrafo para dar pie a una película en la que se reproducen algunas de las cuestiones citadas y otras muchas nuevas fruto de la inquieta sensibilidad del realizador italiano.

En el filme, el artista, cronista de su universo particular -una figura polimórfica que desarrolla su actividad demiúrgica con fruición sexual, hosquedad altiva, modos autoritarios, maneras de estrella y otras mil variantes distintas-, explora el mundo escogiendo como punto de partida la sugerencia de su propia obra, un ente amorfo que, mediante el análisis y la relectura, arroja poco a poco asideros, ciertos o ilusorios, que le servirán para interpretar la realidad.

Una realidad que, en este caso, se corresponde con un supuesto asesinato desentrañado a través de la ampliación de una serie de fotografías tomadas al azar, por el instinto primario e impetuoso de su olfato creador. Sombras en el papel que, como el monolito de 2001: Una odisea espacial, pueden significarlo todo o pueden ser nada.

            A partir de esta base autorreflexiva y fuertemente teórica, sustentada sobre una breve anécdota argumental, Antonioni, un cineasta que por lo general escasa atención dedicaba al tempo del filme, se las ingenia para estirar –”sumar capas a”, dirán otros- lo que hubiera sido un interesante, hipnótico y enigmático cortometraje -más didáctico por su carácter asequible, al menos en lo que al esfuerzo de paciencia se refiere-, en una película con el metraje inflado a golpe de presuntuosas divagaciones, investigaciones formales y narrativas, escenas de apariencia trascendente que tratan de disimular su verdadera naturaleza de relleno y un sinfín de símbolos y metáforas envueltos en pedante hermetismo que, en su mayor parte, quedarán por el camino ante la mezcla de desinterés y hastío que produce un conjunto aburrido porque sí.

Es entonces cuando uno se acuerda de El fotógrafo del pánico, otra cinta de la Inglaterra de los sesenta también de pronunciado contenido metalingüístico, y constata que para sentar exposiciones y debates teóricos no es imprescindible anestesiar o irritar a la platea.

            Galardonada con la prestigiosísima Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1967.

 

Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 4.

El fotógrafo del pánico

20 Sep

El fotógrafo del pánico y Fellini 8½ dicen todo lo que hay que decir sobre el proceso de hacer cine, sobre la objetividad y la subjetividad y la confusión entre ambas. capta la parte de glamour y el disfrute, mientras que El fotógrafo del pánico muestra su agresividad, el carácter violador de la cámara… Estudiándolas se puede aprender todo sobre los cineastas, o al menos lo que estos expresan en sus películas”.

Martin Scorsese

 

 

El fotógrafo del pánico

 

Año: 1960.

Director: Michael Powell.

Reparto: Karlheinz Böhm, Anne Massey, Maxine Audley, Jack Watson.

Tráiler

 

 

            En junio de 1960, sir Alfred Hitchcock revolucionaba el thriller de terror con Psicosis, en la que la mutante, retorcida y siniestra personalidad de su protagonista, un individuo retraído de apariencia inofensiva, marcaba un antes y un después en la construcción del perfil del psicópata asesino.

En abril de 1960, Michael Powell estrenaba una nueva diana, esta vez como arquero solitario al separarse por diferencias profesionales de Emeric Pressburger, su habitual pareja artística. En ella, apuntaba sus dardos, como poco después hará Hitchcock, hacia los sórdidos laberintos de la locura y el asesinato en serie a través de un personaje, Mark Lewis (complejo trabajo de Karlheinz Böhm), fotógrafo de cine, que coincide en su concepción con Norman Bates, con una enajenación producto de una influencia familiar de interpretación freudiana, somatizada en una personalidad frágil e infantil que se desdobla mediante pulsiones irrefrenables que lo llevan al homicidio.

            Sin embargo, a diferencia de Psicosis, la naturaleza del sujeto queda revelada desde la primera secuencia, prescindiendo de prólogos o paños calientes. Es un mirón –clara transposición metalingüística del oficio de cineasta y, a la vez, del propio espectador; fascinados por la violencia y la víscera-, hijo y amante del terror, que usa la cámara como herramienta de exploración de sus obsesiones, como refugio de seguridad frente a sus propios demonios y como instrumento de goce morboso, de fuerte significación sexual.

No en vano, los asesinatos de mujeres en situaciones de encuentro amoroso; en ocasiones acaricia compulsivamente el instrumento; un fuerte contraste con esa personalidad de hombre apocado, pueril y asexuado que luce cuando se encuentra alejado del influjo perverso de su otro yo, cuando lucha por una inesperada segunda oportunidad con el apoyo de esa intromisión de ‘lo normal’ que es la inquilina Helen Stephens (Anne Massey).

            A pesar de que algunos de sus elementos no han encajado demasiado bien el paso del tiempo, El fotógrafo del pánico todavía resulta una obra de más que notable pegada, en la que Powell retoma esa característica, sugerente y fascinante combinación de intensidad cromática y sustrato siniestro, muy bien ajustada al espectro mental del fotógrafo, bordeando la alucinación o lo irreal, y, al mismo tiempo, a ese reflejo de lo malsano que se oculta tras esa misma apariencia preciosista, creando así un conjunto que parece una reversión tenebrosa del universo Disney, cuya marca de estilo tanto inspiraba al cineasta británico.

            No obstante, su acogida por público y crítica no sería buena, defenestrando la carrera futura del director. El valor de El fotógrafo del pánico no se reivindicaría hasta años más tarde.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8.

Palermo Shooting

10 Mar

“El tiempo es muy lento para los que esperan, muy rápido para los que temen, muy largo para los que sufren, muy corto para los que gozan; pero para quienes aman, el tiempo es eternidad.”

William Shakespeare

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Palermo Shooting

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Año: 2008.

Director: Wim Wenders.

Reparto: Campino, Giovanna Mezzogiorno, Milla Jovovich, Dennis Hopper.

Tráiler

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           La reflexión sobre el espacio y, en especial, sobre el tiempo, así como el paradigma del viaje simbólico y existencial que aúna ambos conceptos a través del proceso de búsqueda y transformación que experimenta su protagonista, son elementos indisociables de la obra del alemán Wim Wenders, miembro de la generación del denominado Nuevo Cine Alemán que se hizo un nombre en el panorama internacional allá por la década de los setenta con obras como En el curso del tiempo, El amigo americano y, más tardíamente, Paris, Texas o Cielo sobre Berlín.

            Ya adentrado en la decadencia de su obra, Wenders recupera de nuevo estas premisas a través de la figura de Finn (Campino, líder de la banda punk Die Toten Hosen, célebre en Alemania), un prestigioso fotógrafo cuya existencia se ha hundido en la falta de estímulos, que ha perdido la emoción por la vida atrapado por la conciencia de la finitud del tiempo, de la acechante proximidad de la Parca.

Las visiones de muerte que residen en sus sueños lo llevarán a explorar, dentro de esa búsqueda del sentido de la vida, del reencuentro con los sentimientos que hacen que merezca la pena, la belleza fatigada de Palermo y al encuentro casual, o no, con Flavia (Giovanna Mezzogiorno), otro ser que, como él mismo, aún se lame las cicatrices de un funesto pasado.

            Palermo Shooting indaga en la fugacidad del tiempo, inasible e inexorable por más que pueda inútilmente arañarse, expresa la necesidad de aprovechar el momento descubriendo los poderosos motivos que permiten siempre alzar de nuevo el vuelo, ocultos en el interior de nuestro propio ser, verdadero constructor de una identidad propia forjada a partir de esa horma que ofrece el tiempo.

El cineasta alemán traza un viaje alegórico prolijo en simbolismo –el fotógrafo, en parte como el cineasta, un hombre que congela y retoca el momento hasta conseguir una perfección irreal e inalcanzable- y en el juego con la percepción surrealista, emanada de la mente narcotizada por la abulia y el insomnio del protagonista, que ofrece desde imágenes sugerentes hasta otras bastante tópicas, poco logradas o, directamente algo ridículas –con apariciones que incluyen nada menos que a un Lou Reed transmutado en ectoplasma o a un sobreactuado Dennis Hopper dando vida a la muerte, cura misericordiosa o verdugo despiadado-.

            Una irregularidad que se extiende a toda la película, en su total más insulsa que reflexiva o hipnótica, poseedora de esa cadencia pausada hasta lo extenuante -por vocación propia- característica de Wenders, si bien cuenta en su haber con un notable uso de la banda sonora, surgida directamente de los auriculares del protagonista, y un interesante recorrido por fascinantes imágenes de la muerte que la otoñal capital siciliana atesora en sus entrañas.

            Y es que el espectador, en efecto, descubre la maleabilidad del tiempo y se encuentra cara a cara con la muerte por aburrimiento. 

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Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 5,3.

Nota del blog: 4.

El año que vivimos peligrosamente

6 Ene

“A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante.”

Oscar Wilde

 

 

El año que vivimos peligrosamente

 

Año: 1982.

Director: Peter Weir.

Reparto: Mel Gibson, Linda Hunt, Sigourney Weaver, Bembol Roco.

Tráiler

 

 

            ¿Puede haber algo más estimulante para un licenciado en historia apasionado de los procesos de la política internacional en el siglo XX, periodista en ciernes y emigrante ocasional que El año que vivimos peligrosamente?

            Un inexperto reportero australiano, Guy Hamilton (Mel Gibson), se enfrenta a su primera corresponsalía en la Indonesia de Sukarno, tiempos convulsos e impredecibles, de miedos y de esperanzas, entre los que se abría paso un país recién nacido en un mundo totalmente nuevo, simbolizado a su vez en la nueva vida de ese periodista en su sentido más romántico.

Una aventura exótica y urbana, con el sabor de los dramas coloniales clásicos y una realización impecable, maravillosamente lírica y jugosamente profunda, empapada de antiguos misterios y pasiones a flor de piel, en la que el hombre blanco es un ser impostado, ajeno a un lugar al que no pertenece y en el que vive ignorante e impotente como un niño engreído, fatuo y malcriado.

Es el fotógrafo Billy Kwan (Linda Hunt) el único capaz de imbuirse en cuerpo y alma en los secretos de esas tierras ignotas, de comprender los ocultos hilos que mueven la existencia, quien guía los pasos de Hamilton en el despertar de su conciencia a la realidad inapreciable a los ojos del orgulloso y decadente Occidente, al mismo tiempo que le descubre, titiritero omnisciente oculto tras el telón, las puertas que conducen a la verdadera felicidad: el amor incondicional y sin barreras. Es el sabio humilde y lúcido al que los atrevidos y engreídos representantes de la superioridad del Primer (y único) Mundo ningunean y tachan de ingenuo, si bien encarna al mismo tiempo el ascenso de las ilusiones y la caída en la amarga decepción de ese último idealismo que creía que esta vez sí todo era posible.

Simples siluetas en el gran teatro de la vida.

            Weir vuelve a demostrar que, aparte de un director dueño de una encomiable sensibilidad y elegancia, es también único captando y creado ambientes, como ya había logrado con el onirismo hipnótico, turbadoramente plácido pero pegajoso que impregnaba Picnic en Hanging Rock, el más inquietante, anuncio de la pesadilla, de La última ola o la tensión, el miedo latente y la camaradería de la amarga Gallipoli. Se experimenta ese nerviosismo, excitación y ansiedad del contacto con lo extraño, con la aventura; se palpa ese romance torrencial en el calor del trópico; se siente la desolación de los sueños rotos y el vacío de las ilusiones perdidas.

             Linda Hunt –galardonada con un Oscar– está formidable en su papel del pequeño Billy, cuya complejidad colma mediante una actuación llena de matices e inflexiones, aportando desde ese extraño travestismo un cierto halo en su mirada a Hamilton que sugiere algo más que la pura devoción y expectación. Tanto Gibson –en su consagración definitiva, y con quien Weir ya había trabajado en Gallipoli– como Weaver también están magníficos.

Excelente película.

 

Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 10.

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