Ladrón de bicicletas

4 Sep

¿Es justificado el estatus inmortal de las obras de referencia? La crítica original de Ladrón de bicicletas, para la sección DVD de CineArchivo.

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“El desempleo es la cuestión más importante…”

Charles Chaplin

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Ladrón de bicicletas

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Ladrón de bicicletas.

Año: 1948.

Director: Vittorio de Sica.

Reparto: Lamberto Maggiorani, Enzo Staiola, Lianella Carell.

Filme

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            Las obras de referencia de un movimiento cinematográfico, o del séptimo arte en general, siempre se encuentran especialmente expuestas, para bien y para mal. Es decir, abiertas a un rango de público quizás no demasiado especializado y que escoge estas enseñas para completar una cultura cinéfila básica y, por otro lado, también disponibles a una revisión y un cuestionamiento más continuado y minucioso que, en ocasiones, puede acabar conduciendo a su desacreditación, sea por motivos fundados o sea simplemente con el fin de sumarse con avidez a una moda posicionada a contracorriente. Por esta razón conviene aproximarse a los grandes clásicos y a los grandes nombres dejando a un lado el fulgor deslumbrante de su fama, desde una mirada neutra, escéptica y distanciada en su justa medida, para tratar de dilucidad si desde un punto de vista personal y honesto la obra merece semejante reconocimiento.

            Ladrón de bicicletas es la película más conocida del Neorrealismo italiano, ese movimiento que entendió la regeneración artística del cine trasalpino como una labor de regeneración moral de la sociedad de la que nacía, devastada material y psicológicamente por la dictadura fascista de Benito Mussolini y la Segunda Guerra Mundial, y cuyos principios esenciales defendían el anclaje en tramas sinceras, de ideología comprometida e inspiradas por y para la vida cotidiana, con personajes veraces interpretados por autores amateurs, capturados por medio de una realización sobria y naturalista, en rodajes desarrollados en escenarios exteriores cuya ruina simbolizaba el estado íntimo del país. El día a día convertido en historia. Ladrón de bicicletas es asimismo considerada como una de las joyas imperecederas del patrimonio filmográfico mundial. Lo es.

            I bambini ci guardano había supuesto un giro en la trayectoria de Vittorio de Sica, actor y director. En compañía de Cesare Zavattini, con quien firmará sus mejores obras, comenzaría a explorar las posibilidades de este cine crudo, exudación de una realidad humana catastrófica y, por tanto, de alto voltaje emocional. Después de caer en las tentaciones del moralismo en ésta, su estilo se iría refinando con El limpiabotas, donde el tándem demostrará su talento para registrar con extraordinaria fidelidad los caracteres y las costumbres de la calle, sin recurrir a ternurismos a pesar del efectista desenlace con el que condenaban en último término esta estimable cinta, que apunta ya la grandeza por venir. Las virtudes cosechadas gracias a la experiencia quedarían definitivamente plasmadas en Ladrón de bicicletas. En la sencillez de su argumento, combinada con la complejidad y la arrolladora viveza de las emociones que traslucen los fotogramas, se encuentra su inmarcesible belleza.

            Ladrón de bicicletas relata una tragedia mínima, cotidiana, desapercibida en el devenir del mundo, tan repetida y común que se ignora sin remedio: la desesperada lucha de un hombre contra el destino infausto que una sociedad deshumanizada vierte sobre él. En este caso, se trata de un hombre que, después de conseguir su primer empleo en años, ya al borde del abismo de la miseria absoluta, ve como su puesto de cartelista se le escurre entre los dedos cuando le roban la bicicleta que penosamente había rescatado de la tienda de empeños. El argumento sirve un drama social de primer orden, tanto o más vigente en estos tiempos de depresión económica y turbocapitalismo voraz. Desde su primera aparición, uno ya teme por la bicicleta del protagonista, zarandeado por el solapado suspense que el guion y la dirección imprimen a las situaciones reflejadas. Uno también es capaz de sentir en carne propia los sudores fríos y la insoportable tensión en la nuca que atenaza al personaje en el momento del robo, así como en su posterior fagocitación por la vorágine de la ciudad.

De hecho, pocas películas, cine negro incluido, son capaces de explicar con el poder expresivo de Ladrón de bicicletas el angustioso sometimiento del individuo dentro del inagotable ritmo diario de la megalópolis. Aquí, Roma es un monstruo de un millón de ojos que respira y devora, que fascina y aterra, hermoso y hostil, implacable e indiferente hacia los seres que la pueblan. Sin monumentos, únicamente escombros. Su pavoroso rugido está presente en cada escena. Sus odiosos bastardos, descendientes y víctimas de la bestia al mismo tiempo, florecen a medida que la persecución del ladrón se adentra en las entrañas de la urbe, enfangadas por esa degradación moral aludida: rateros arracimados en el mercado, pederastas que merodean al acecho, sucios prostíbulos, mendicantes irredentos, barrios enteros de desclasados protegidos en manada,…

            No obstante, a decir verdad, uno siempre piensa en Ladrón de bicicletas como una de las más emocionantes plasmaciones de la relación entre un padre y un hijo. El infortunado Antonio Ricci (Lamberto Maggiorani) no busca en solitario su desaparecida herramienta de vida, sino que en la tarea le acompaña el pequeño Bruno (Enzo Staiola), representación de esa mirada pura y optimista de la infancia por la que De Sica -excelente director de niños como había demostrado en los dos citados filmes precedentes-, sentía predilección. Pero esta terna de obras no es precisamente alegre en sus conclusiones, si bien, como sucede en la existencia misma, El ladrón de bicicletas, aun dentro de su tono sombrío, marcado por la imborrable banda sonora de Alessandro Cicognini, todavía encuentra espacio para recibir chispazos de humor –los secundarios amigos de Ricci, los seminaristas que corren bajo la lluvia, el capón en el confesionario, la rotunda sinceridad de la adivina-.

La suerte está echada. Al igual que en El limpiabotas, en Ladrón de bicicletas se percibe la leve aunque tangible influencia de lo sobrenatural por medio de la figura de una profetisa, que refuerza esa reconocible sensación de impotencia que domina a Antonio Ricci y, con él, al espectador. Por ende, el auténtico drama de Ladrón de bicicletas queda vertebrado a través de la correspondencia emocional que el comportamiento de Antonio desencadena en el pequeño Bruno: las reacciones de desesperación, de esperanza, de traición, de respeto, de solidaridad, de autoestima, de vergüenza, de amor verdadero. De ahí que, desde su extrema sencillez conceptual –nada que ver con la afectada grandilocuencia en los hechos que, como decíamos lastraba por desgracia a El limpiabotas-, el final de Ladrón de bicicletas contenga algunas de las imágenes más genuinamente conmovedoras jamás filmadas.

Pese a toda la montaña rusa de sensaciones y toda la incertidumbre existencial vivida (y por vivir) por parte de los protagonistas, de lo que no cabe duda es que, en ellas, todavía puede rastrearse esa cierta dignidad que se hará carne en Umberto D., otro magnífico pedazo de cine.

Nota IMDB: 8,4.

Nota FilmAffinity: 8,3.

Nota del blog: 10.

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8 comentarios to “Ladrón de bicicletas”

  1. antoniomartingarcia 4 septiembre, 2014 a 19:59 #

    Comparto tu admiración por esta obra maestra absoluta y ese 10 que le has otorgado como nota. Una crítica extraordinaria. Te has salido…

    • elcriticoabulico 5 septiembre, 2014 a 14:51 #

      Muchas gracias, Antonio. Aunque se intente, es difícil sacarle mácula a esta obra.

  2. plared 5 septiembre, 2014 a 01:36 #

    Muy buena critica de una de las mejores peliculas de la historia del cine y que funciona hoy en dia.

    Mucho mejor que la mayoría que pretenden revindicar o criticar la podredumbre moral que nos rodea. Mitica e inolvidable y como bien dices, bandera del neorrealismo italiano que crearia escuela. Aunque visto loa alumnos, no demasiado aventajados, Cuidate

    • elcriticoabulico 5 septiembre, 2014 a 14:52 #

      Funciona por su autenticidad. Desgraciadamente, mucho cine social tiende a la caricatura y el panfleto, lo que hace mal nombre de un género tan importante y concienciado.

  3. JVilloria 5 septiembre, 2014 a 18:37 #

    Excelente crítica de la que seguramente sea mi película italiana favorita. Y no puedo estar más de acuerdo con lo que comentas en el primer párrafo, aunque muchas veces sea difícil ver uno de esos grandes clásicos obviando la fama que les precede. Un saludo!

    • elcriticoabulico 5 septiembre, 2014 a 20:47 #

      Aquí, aunque se obvie su fama, es que no hay por donde hacerla mella. Siempre acaba poniendo el nudo en la garganta.

  4. ALTAICA 12 septiembre, 2014 a 00:41 #

    Una crónica para enmarcar. Extraordinario análisis de una de las sempiternas joyas del cine, que el paso del tiempo la hace más y más formidable en su extremada desnudez. Dos años después se estrenaría una de mis películas favoritas del autor, Milagro en Milán, con un registro totalmente distinto en su neorrealismo mágico, pero un cuento moral demoledor en su aparente registro fantástico. Un genio de Sica. Un fuerte abrazo.

    • elcriticoabulico 13 septiembre, 2014 a 10:51 #

      Solo el comienzo de Milagro en Milán, que es puro cuento tradicional, descubre que algo había cambiado en el Neorrealismo. A De Sica se le nota pronto que tanta crudeza formal y temática tampoco le interesa. A mí es un tipo que me gusta mucho. Un saludo, Altaica.

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