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Matrix Reloaded

15 Ago

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Año: 2003.

Directoras: Lilly Wachowski, Lana Wachowski.

Reparto: Keanu Reeves, Laurence Fishburne, Carrie-Anne Moss, Hugo Weaving, Harold Perrineau, Jada Pinkett-Smith, Anthony Zerbe, Lambert Wilson, Monica Bellucci, Adrian Rayment, Neil Rayment, Harry Lennix, Helmut Bakaitis, Gloria Foster, Collin Chou, Randall Duk Kim, Clayton Watson, Nona Gaye, David Roberts, Nathaniel Lees, Ian Bliss.

Tráiler

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          El boom de Matrix había sacudido inesperadamente a todo el globo, dejando una profunda huella en la manera de abordar y entender la relación entre los ciudadanos e incluso las entidades colectivas con el proceso de expansión de las tecnologias de la comunicación y la información, que colonizaban la vida privada y los espacios públicos. El fenómeno se había plasmado asimismo en los más de 450 millones de dólares de recaudación cosechados en todo el mundo. De ahí que, cuatro años después de la primera entrega, el estreno de Matrix Reloaded supusiera un auténtico acontecimiento internacional, además de una enorme presión para las hermanas Wachowski y su decisión sobre hacia dónde conducir una saga tan influyente en lo cinematográfico y lo sociológico.

          Matrix Reloaded aboga por el camino de la circunspección y la trascendencia -esto es, la pretenciosidad-, y amplía además el escenario mitológico de la serie mostrando los decorados y el funcionamiento de Zion -liderada, entre otros, por un consejero al que presta rostro Anthony Zerbe, quien ya había combatido con fuego a las máquinas en El último hombre… vivo-. Se insiste por tanto en ese existencialismo esencial que se planteaba en Matrix -el sentido de la propia vida, la discusión entre determinismo y libre albedrío, la naturaleza de la realidad-, al mismo tiempo que se consolida la configuración dual del conflicto místico -el Mesías y su Némesis; la eterna lucha entre el Bien y el Mal-, todo ello enredado en una maraña de referencias filosóficas que parecen aglomeradas de una forma un tanto difusa o arbitraria, dentro de un envoltorio de empalagosa espiritualidad cercana al new age -esa estética de la ciudad humana, la unión ecuménica de sus variopintas gentes, sus cuevas de estalactitas y estalagmitas y sus moradores vestidos con prendas de tejido orgánico y aficionados a la batukada-. Es paradigmática la conversación con el Arquitecto, donde el engolamiento y la sobreelaboración del diálogo trata de disimular la sencillez conceptual del asunto.

          En cualquier caso, este fondo trascendental aparece debidamente ribeteado, por supuesto, de un nuevo salto en la espectacularidad de una acción sustentada en buena medida en el impacto de los efectos especiales, que es la otra marca característica de la saga, a la misma altura que lo anterior y con un nivel de influencia idéntico.

Hay una evidente paradoja en la trilogía Matrix que ahora se extrema: su reflexión acerca de la progresiva virtualización de la experiencia colisiona con la intensiva digitalización de las escenas de acción y la dependencia del chroma y del ordenador para componer el fotograma. El efecto bala se redobla, las artes marciales tienen cada vez más vuelo, la persecución de la autovía sacrifica fisicidad artesanal en aras del más difícil todavía, sentando un precedente de referencia para los blockbusters de la década. Pero, ¿qué es una mierda de sicario incorpóreo al lado de la tangible rotundidad de Monica Bellucci? Ya no vale con un agente Smith, han de ser cientos. El espíritu de novelilla de ‘elige tu propia aventura’, que es lo que daba gracia al original, queda por el trayecto.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 5,5.

Capitán América: Civil War

23 Jul

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Año: 2016.

Directores: Anthony Russo, Joe Russo.

Reparto: Chris Evans, Robert Downey Jr., Daniel Brühl, Scarlett Johansson, Elizabeth Olsen, Paul Bettany, Sebastian Stan, Anthonie Mackie, Chadwick Boseman, Jeremy Renner, Paul Rudd, Tom Holland, Don Cheadle, William Hurt, Martin Freeman, Emily VanCamp, Alfre Woodward, Marisa Tomei, John Slattery, Stan Lee.

Tráiler

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         Hay voces que relacionan los picos de popularidad de los superhéroes con los periodos de auge de tendencias políticas fascistas. Responde esta teoría a la naturaleza del superhéroe como dios entre los hombres, cualidad que le inviste de atribuciones casi plenipotenciarias, por encima de la corruptibilidad de cualquier institución civil. Irrefutable policía, juez, verdugo. Pero ¿quién vigila a los vigilantes?, que se preguntaba Alan Moore con su causticidad y descreimiento de cuño europeo. Aunque el espectador de los Estados Unidos contemporáneos tampoco parece admitir ya la inviolabilidad sin mácula de la acción superheroica -aunque las conclusiones del discurso terminen por justificarla-. Así, con sus más y sus menos, Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia se atrevía a sentar al hombre de acero en el banquillo de los acusados. Los Vengadores: La era de Ultrón, precedente cronológico de Capitán América: Civil War en la saga de la Marvel, intercalaba preguntas acerca de la responsabilidad y las consecuencias de actuar de forma heroica, así como sobre la elasticidad de conceptos morales el Bien y el Mal. Capitán América: Civil War asienta de hecho su argumento sobre las secuelas de esas acciones. Los daños colaterales.

         Hay un dilema entre el remordimiento y la convicción. Entre las dudas de un tipo posmoderno como Tony Stark y las certezas morales del Capitán América, que es el abanderado de ‘la mejor generación’, aquella que no dudó en sacrificarse contra un enemigo a cara descubierta como era el nazismo -una firmeza en la encarnación del bando correcto que ya se exponía en El soldado de invierno, donde se le enfrentaba a tiempos de rivales inciertos y paranoia-. Aunque, a la postre, ambos encarnan sendas representaciones de los Estados Unidos, puesto que el primero no deja de ser un individuo sumamente emprendedor, un plutócrata decisivo, que, en esta ocasión, contradictoriamente decide someterse a los designios del Estado, frecuente coartador de la iniciativa ciudadana de acuerdo con los principios de la cultura nacional.

Los desencadenantes de la trama de Capitán América: Civil War, en definitiva, son las muertes en Sokovia e incluso una desclasificación arbitraria de documentos de Hydra por parte de la anárquica Viuda Negra. De ellos surge un enemigo, no obstante, con el que no cabe mano izquierda, pues -como era bastante previsible, sobre todo tratándose de este universo fantástico- nunca será su intención negociar. De ahí que el debate crítico que se proponía quede contaminado y de nuevo acabe entrando en constantes contradicciones y diluyéndose, esta vez trasvasado a una perspectiva más sentimental que política. Con todo, a través de los detalles que deja, no está exento de posibles lecturas alegóricas acerca de la escalada armamentística en un escenario global, similar a la protagonizada por el país norteamericano y la Unión Soviética durante la Guerra Fría: el desafío llama a adaptarse y replicar a la amenaza planteada.

         Sea como fuere, dado que en lugar de ensayar una pausa dramática y un poso de madurez la película se aboca al clímax del duelo épico y de autoafirmación siguiendo los cánones convencionales del género, el ritmo resulta dinámico a pesar del voluminoso metraje y la acción espectacular está resuelta con contundencia y posee cierta fisicidad -lo que uno percibe personalmente en la dolorosa falta de limpieza de las caídas al vacío-.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6,5.

Ant-Man

19 Jul

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Año: 2015.

Director: Peyton Reed.

Reparto: Paul Rudd, Michael Douglas, Evangeline Lilly, Corey Stoll, Michael Peña, Bobby Cannavale, Judy Greer, Abby Ryder Fortson, David Dastmalchian, T.I., Wood Harris, Martin Donovan, Hayley Atwell, John Slattery, Anthony Mackie, Stan Lee.

Tráiler

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          “Hollywood solo es capaz de estrenar películas con un número en el título o con la palabra ‘man’: Iron Man, Batman, Spiderman…“, censuraba Michael Douglas hace unos años, obviamente antes de convertirse en uno de los recurrentes nombres de prestigio que las películas de superhéroes acostumbran a deslizar entre los personajes secundarios de sus repartos. Hollywood, pues, no es un lugar donde convenga ponerse digno. Las deudas son las deudas, y la paga suculenta. Además, tal afirmación entraña un prejucio negativo hacia un subgénero que, como todo prejuicio, no está fundado. La vocación popular no tiene por qué estar reñida con la calidad. Aunque Ant-Man no sea el mejor ejemplo de ello.

“El despido de Edgar Wright en Ant-Man anticipa una era de turras Marvel considerables”, lamentaba el cineasta Nacho Vigalondo. La razón es que la cinta podría emplearse para criticar el sistema de producción liderado con mano de hierro por Kevin Feige y en el que no se cede demasiado espacio al impulso personal de los creadores contratados. La unificación contra cualquier atisbo de heterodoxia… y quizás con ello de originalidad. Y eso a pesar del apoyo expreso hacia el libreto de Wright por parte de uno de los hombres fuertes de la casa, Joss Whedon, guionista y realizador de Los vengadores y Vengadores: La era de Ultrón, y en cierta manera encargado de mantener las pautas artísticas de la serie. Sea como fuere, el británico quedaría reemplazado por un director ajustado al encargo: Peyton Reed.

          El resultado es una cinta eminentemente convencional en sus parámetros de presentación del héroe -o mejor dicho, antihéroe, acorde a los cánones desenfadados y picarescos marcados por Iron Man– y de su condición de eslabón en la cadena serial de Los Vengadores. Además, esta introducción se conduce hacia un relato de redención que, de tan simple y marcada en su estructura paralela, resulta en exceso previsible. A la par, las escenas de acción acostumbran a ser bastante confusas en su planificación y montaje.

Sin embargo, no todo es negativo. El alejamiento de lo colosal hacia la miniatura, aparejado a la naturaleza del hombre-hormiga, suscita un interesante contrapunto respecto de las costumbres del subgénero. Su ejemplo más afortunado se producirá en el duelo final, donde el constante juego con el cambio de escala potencia un combate que es, al mismo tiempo, grandioso y satírico. Y, sobre todo, original y fresco.

          “Acepté el papel principalmente por mis hijos. Por primera vez, están entusiasmados con una película mía. Papá mola”, se justificaba Douglas en una entrevista.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 5.

Oro Negro

16 Jul

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Año: 1947.

Director: Phil Karlson.

Reparto: Anthony Quinn, ‘Ducky’ Louie, Katherine DeMille, Raymond Hatton, Elyse Knox, Thurston Hall, Moroni Olsen.

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          El prólogo de Oro Negro le pone a uno incondicionalmente a favor del filme. La voz en off informa al espectador de que el filme es una historia sobre purasangres para, a continuación, señalar como protagonistas a un chinoamericano y a un indio hermanados por la voluntad homicida del hombre blanco, autor del asesinato de los padres de ambos. El del primero, acribillado por la espalda ante la pantalla, en una plasmación de una ferocidad atroz.

Posteriormente se irá matizando esta imagen tremebundamente crítica del estadounidense anglosajón, concediéndole el perdón en su condición de garante de la justicia y de aliado amigable. Al fin y al cabo, son los años cuarenta y aún restan un par de décadas para que Hollywood comience a desacreditar sistemáticamente las idealizaciones del pasado de conquista del territorio. De hecho, este maquillaje no es óbice para perseverar en la idea de que lo que mueve a Charlie Eagle y al joven Davey en pos de la victoria es, respectivamente, una reivindicación de la dignidad del auténtico nativo y de la venganza contra el sustrato racista y xenófobo que anida en una sociedad que lo margina sin reparo.

          A pesar de que su construcción termina siendo excesivamente caricaturesca, con interpretación a juego de Anthony Quinn, Charley Eagle también ostenta otra mirada crítica hacia las convenciones culturales e ideológicas de la nación. Su manifiesta indiferencia hacia el dinero y hacia los bienes materiales es un atentado directo contra los principios socioeconómicos del país, y se expone en contraste con la estima que obtiene dentro de la comunidad a raíz de la explotación del petróleo en su exigua propiedad, perdida en la frontera entre Texas y México. No en vano, también hay una noción de muerte -que llega a ser literal- en la instalación de la torre de perforación, símbolo de un progreso que atropella a un hombre que vive y siente de acuerdo con las viejas y perdidas constumbres del indio. Porque qué importan en definitiva un millón de dólares en comparación con el poderoso galope de un hermoso caballo, con poder compartir ilusiones y sentimientos con aquellos a quien se quiere.

          Pero Oro Negro, inspirado en las aventuras del corcel del mismo nombre, campeón del derby de Kentucky de 1924, también contiene un puñado de efectismos que buscan la lágrima de forma demasiado sentimentalista, lo que echa a perder otros momentos donde la emotividad se logra desde maneras más elegantes y honestas, como las pacientes enseñanzas del padre adoptivo.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: -.

Nota del blog: 6,5.

Semáforo rojo (Cani arrabbiati)

5 Jul

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Año: 1974.

Director: Mario Bava.

Reparto: Riccardo Cucciola, Maurice Poli, Lea Lander, Don Backy, George Eastman.

Tráiler

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         Semáforo rojo (Cani arrabbiati) tardó 23 años en estrenarse. No por la crudeza de su relato -un tipo común secuestrado en su coche por una banda de ladrones a la que se le ha torcido al huida- o la violencia de su expresión, sino porque la muerte de uno de sus productores condujo el proyecto a una situación de quiebra que paralizó su distribución. No sería hasta 1997 cuando una de sus protagonistas, Lea Lander, la rescatase del olvido y patrocinase su lanzamiento en DVD. Con todo, el hijo del director Mario Bava, Lamberto, descontento con cómo había quedado el filme tras su resurrección, volvió a reeditarlo en 2002.

         Semáforo rojo -que renuncia a la traducción literal del “perros rabiosos” original- se ancla en el florecimiento de un cine criminal italiano que, impulsado por la turbulenta inestabilidad sociopolítica del país, escarbaba en sus reductos más violentos y despiadados, que medraban entre las grietas de la sociedad para desamparo y paranoia del ciudadano de a pie. Esta es precisamente la esquemática premisa argumental sobre la que se asienta este viaje desesperado, agresivo y delirante donde los tres secuestradores someten a un constante hostigamiento -agresivo, sexual, maníaco- al vulnerable y estoico conductor, al crío que lleva consigo en el vehículo y a otra chica a la que los malvados han raptado como escudo humano.

         Semáforo rojo es una película de sudor, de picores, de agobio. Aunque Bava no se muestra ducho en la acción -sobre todo por el burdo empleo del montaje, en el que influye también las pírricas condiciones de rodaje-, la cámara, empotrada dentro del atestado vehículo, se adosa en primeros planos a los viajeros, de lo que consigue extraer una atmósfera de sofocante y volátil febrilidad, a merced de los erráticos impulsos homicidas de los bandidos. En este escenario se desarrolla el via crucis del apocado protagonista, que a duras penas ha de contener el avance de la mecha hasta el polvorín y mantener una integridad no solo física, sino también moral, en una situación en la que todo parece jugar en su contra, incluso los destellos de esperanza -la posible intervención de terceros en su socorro-.

De este modo, Bava ejecuta un espectáculo tortuoso, hábil en explotar la incomodidad y la humillación -con ejemplo álgido en el plano donde concluye la persecución en el maizal- hasta conducir el asunto hasta un turbio giro final que, a la postre, revela sin paños calientes una concepción tremendamente pesimista. La estética sucia y fea, llevada en ocasiones a lo grotesco, termina jugando a su favor en este sentido.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 6,5.

Los muertos no mueren

2 Jul

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Año: 2019.

Director: Jim Jarmusch.

Reparto: Bill Murray, Adam Driver, Tom Waits, Tilda Swinton, Chloë Sevigny, Steve Buscemi, Danny Glover, Caleb Landry Jones, Maya Delmont, Taliyah Whitaker, Jahi Di’Allo Winston, Rosie Pérez, RZA, Selena Gomez, Austin Butler, Luka Sabbat, Larry Fessenden, Eszter Balint, Iggy Pop, Sara Driver, Carol KaneSturgill Simpson.

Tráiler

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         Es probable que Jim Jarmusch se haya tropezado por la calle en alguna ocasión con un smombie, una de las especies que camina por el entorno urbano cada vez en mayor número, hasta el punto de que, en algunos lugares, han merecido señalización específica para regular su presencia. También conocido con su nombre en extenso, el ‘smartphone zombie’, el smombi es uno de los protagonistas de Los muertos no mueren, en la que el cineasta estadounidense, sempiterno habitante independiente de los márgenes de la sociedad, al igual que el ermitaño de la película, observa con sus prismáticos la decadencia del ciudadano occidental y augura el avecinamiento de un apocalipsis absurdo, empujado por el negacionismo homicida del cambio climático por parte de las autoridades pero rematado por las insaciables ansias materialistas de una masa humana sin alma, tan solo animada por impulsos de consumo, cuando no por la orgullosa y desacomplejada mezquindad que, como plaga, se extiende por el país bajo el grotesco pelucón de Donald Trump.

         No es esta una interpretación aventurada. La lectura sale de cajón viendo las imágenes, por lo que Jarmusch no la esconde -del mismo modo que no esconde al filme en sí como obra de ficción, que contiene un nuevo catálogo de filias y abundante metarreferencialidad-. Es más, la manifiesta de palabra y por triplicado, incluída síntesis final. Si algo distingue al autor es su manera de dejar su sello particular, de leer con su propia voz aquellos géneros por los que transita -sin reverencia o con desapego hacia los códigos tradicionales-, como el western (Dead Man) o el noir (Ghost Dog, el camino del samurái; Los límites del control). También puede decirse lo mismo de su empleo de otros figuras clásicas del terror como los vampiros, a quienes convertía en Solo los amantes sobreviven en guardianes de las esencias más elevadas de la humanidad. Al igual estos, el zombie de Los muertos no mueren funciona como elemento alegórico, aunque en este caso con intenciones antitéticas, como representación de la degradación del ser humano crítico y sintiente.

         La obviedad de la sátira, pues, se subraya con inesperada insistencia. Debido a ello termina por dar una sensación de simpleza, de que la cinta poco más tiene que aportar aparte de esta caricatura de base, por acertada que pueda ser la idea -que además ya estaba, a su manera, en el espíritu de los zombies modernos invocados por George A. Romero-. Y en consecuencia, más allá de ese tono entre cotidiano y absurdo en el que se mueve todo con parsimonioso estupor, Los muertos no mueren parece una obra extrañamente convencional para ser de Jarmusch. O quizás solamente perezosa. El amplio despliegue de personajes es caprichoso, casi se diría más enfocado a dar espacio a amigos y conocidos que a proporcionar pinceladas de color o matices al conjunto. Muchos no van a ningún lado, son mera presentación de un personaje y una situación, sin mayor desarrollo y hasta sin conclusión. Unos se desaprovechan, otros tan solo abultan el relato, desequilibrándolo, todo con un leve desapego, con una leve dejadez.

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Nota IMDB: 6.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 6.

Alphaville (Lemmy contra Alphaville)

26 Jun

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Año: 1965.

Director: Jean-Luc Godard.

Reparto: Eddie Constantine, Anna Karina, Akim Tamiroff, László Szabó, Howard Vernon.

Tráiler

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         Alphaville es la idea que tenía Jean-Luc Godard, autoproclamado rompedor de cadenas cinematográficas, de hacer cine de ciencia ficción en la cresta de la Nouvelle vague, esa corriente tan cinéfila como iconoclasta. Es decir, sintetizar las pulsiones del género -entremezcladas además con las del cine negro, territorio donde debutaba con Al final de la escapada, a partir del empleo del personaje pulp de ese Lemmy Caution con el sempiterno rostro ajado de Eddie Constantine y que además se enfrenta de nuevo contra su primer enemigo en el cine, Howard Vernon- para después deconstruirlas formalmente, contaminándolas de metaficción y fetichismo, y acabar finalmente poniéndolo todo al servicio de su egomanía.

         Las andanzas de un agente secreto en la capital de una galaxia lejana y deshumanizada, que curiosamente se asemeja mucho en su urbanismo y sus objetos al París de los años sesenta, se enfocan hacia la investigación de un caso existencialista. En lo profundo de la noche, en lo inhóspito de los interminables pasillos llenos de puertas, en las lóbregas calles donde tanto hace sol como nieva según el desvío que se tome, Lemmy Caution trata de escapar de los tentáculos de la máquina definitiva: Alpha 60, el paso inexorable de la evolución de la especie hacia un futuro regido por la lógica pura de la tecnología. Matemático, aséptico, libre de la intromisión de los humores, las apetencias, las emociones. Libre del sentimiento y de la ternura. Del amor.

         Hay cierto hipnotismo onírico en los escenarios que crea Godard, quien, arropado por la poderosa fotografía en blanco y negro de Raoul Coutard, consigue dotar al mundo contemporáneo de una sugerente evocación futurística por medio un montaje que traza amplios planos secuencia y extrañas y repentinas fugas; de una iluminación que ataca directamente a los ojos del espectador y de sonido que agrede sus oídos -la voz de laringófono del superordenador-.

         En esta atmósfera distópica, en esta indagación aparentemente pulp, va deslizando interrogantes filosóficos acerca de las opresiones de la vida en la sociedad coetánea, situada en mitad de la lucha entre los grandes poderes de la Guerra Fría; a propósito de la delimitación de la naturaleza humana; sobre el tiempo a la vez fijo en el presente y mortalmente inexorable en su transcurso.

Pero, en su recalcitrante insistencia en la vanguardia formal, Godard termina por ahogar todas estas cuestiones en un festival a mayor gloria de su ingenio rupturista, un asunto especialmente grave cuando, precisamente, se denuncia la carestía de emociones. El caos del cineasta francés -que también puede entenderse como una reacción propia dentro de esa denuncia contra la existencia planificada que imponen los totalitarismos de todo cuño- es un caos medido a la perfección, intelectualoide, falsamente cinéfilo, egoísta, sin empatía. Aunque tal vez sí logre apreciarse verdaderamente ese resplandor cegador del amor cuando Godard filma el rostro de su pareja, Anna Karina.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 6.

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