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Deadpool 2

21 May

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Año: 2018.

Director: David Leitch.

Reparto: Ryan Reynolds, Josh Brolin, Zazie Beetz, Julian Dennison, Morena Baccarin, Stefan Kapicic, Brianna Hildebrand, Shioli Kutsuna, Eddie Marsan, Karan Soni, T.J. Miller, Leslie Uggams, Rob Delaney, Terry Crews, Bill Skarsgård, Lewis Tan, Jack Kesy, Brad Pitt, Matt Damon, Alan Tudyk.

Tráiler

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         Por lo general, la potencia de un chiste no está tanto en su contenido como en quién lo cuenta y en cómo lo cuenta. 

No lo vamos a negar, Deadpool 2 es un chiste repetido. Es cierto que incorpora renovados hallazgos -Peter-, pero al mismo tiempo repesca incluso unos cuantos gags calcados de la película inaugural que ejercen ya a modo de coñas internas, de compadreo entre personaje y espectador, unidos en un diálogo constante que, desde una autoconsciencia total y orgullosamente sarcástica, no respeta la barrera de la pantalla ni la narración en sí. Sin embargo, a quien cuenta los chistes se le da tan bien hacerlo que casi no importa. Porque sigue siendo importante saber reírse de uno mismo.

         Obviamente, la sorpresa estaba prácticamente agotada desde aquella primera parte, que, con todo, lograba sortear el desgaste mediante un hábil montaje del relato. Aquí, dado que es nula de inicio, puede concentrarse en explotar la idiosincrasia del personaje, irreverente hasta la parodia contra todo, con el mayor salvajismo posible, sin ahorrar escatología, sexualidad o slapstick sangriento. Aunque los mejores golpes siempre van destinados contra el resto de superheroes, contra Hollywood en sentido extenso -ojo a los cameos- y, por supuesto, contra el propio producto.

         Sigue funcionando, por tanto, la vis cómica del mercenario más macarra del universo de los X-Men. Deadpool sabe como mantener alta una fiesta. Su desfachatez permanece fresca gracias a la amplia y equilibrada combinación de impulsos humorísticos de diversa procedencia, paradójicamente, la suficiente suspensión de la incredulidad para seguir sus aventuras, si bien el hecho de que se trate de una prolongación implique necesariamente su progresiva conversión en fórmula. La dirección de David Leitch -uno de los dos coordinadores de especialistas que cosechó prestigio como renovadores del género de acción con John Wick (Otro día para matar)aporta también trabajadas coreografías en las secuencias más espectaculares. Además, los productores saben como dejar buen sabor de boca rematando la función con escenas poscréditos especialmente jugosas y delirantes, esencia concentrada de un antihéroe que confirma ser de lo más carismático.

Otra cosa es que aguante estirar el chicle una vez más -o las que vengan, pues su ironía al respecto de las sagas superheroicas interminables es bastante cínica-.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 6,5.

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Deadpool

18 May

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Año: 2016.

Director: Tim Miller.

Reparto: Ryan Reynolds, Morena Baccarin, Ed Skrein, T.J. Miller, Stefan Kapicic, Brianna Hildebrand, Gina Carano, Leslie Uggams, Jed Rees, Karan Soni, Stan Lee.

Tráiler

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         Qué importante es que un superhéroe se deje sodomizar con un strap-on por su pareja, con toda naturalidad. La escena podría estar sacada de Agárralo como puedas, pero pertenece a Deadpool, una cinta en cierta manera revolucionaria dentro del género superheroico por su absoluta desfachatez para sumergir un proyecto de blockbuster rompetaquillas en una calificación para adultos a priori completamente nociva de cara a estas pretensiones. La estrategia anticonservadora, basada en dar rienda suelta a la violencia explícita y a las alusiones sexuales directas -y con ello al humor negro y al humor escatológico- le sienta estupendamente desde el punto de vista cinematográfico y, a su vez, esta frescura y atrevimiento terminará revirtiendo en su cosecha de beneficios, ayudado también por hábiles campañas publicitarias que explotan su potencial para el meme.

         Deadpool lleva un paso más allá el irónico gamberrismo del que hacían gala superhéroes como Iron Man o Peter Quill y por extensión a los trajes relaxed-fit de la casa Marvel para adentrarse en un terreno que, en muchas ocasiones, es abiertamente paródico, orgullosamente inmaduro allí donde otros buscan una pretendida e impostada madurez. No solo es que desmonte desde la comicidad los tradicionales puntos climáticos del género -el melodrama personal, el duelo frente al mal, el romance-, sino que recurre a estos desde una intención que es humorística de raíz. La lucha de Deadpool es por las risas.

El filme ataca al arquetipo desde principios presentes incluso en clásicos literarios -lidiar con problemas cotidianos que son obviados o elididos en la narración convencional, como los desplazamientos hasta los escenarios, que aquí se realizan en taxi-; la hipérbole definitiva de tópicos aceptados que fuerzan la credibilidad -por momentos uno parece estar viendo La máscara y no le extrañaría que bajo el traje rojo del protagonista estuviera Jim Carrey-, la contradicción estilística -el empleo sarcástico del lenguaje visual, la elección de la banda sonora-, el compadreo con el espectador a partir de una adoración común de la cultura popular -hay guiños, referencias y diálogos metatextuales que podrían venir firmados por Quentin Tarantino-, o, en definitiva, la autoconsciencia irreverente -que abarca desde el microcosmos del cine de superhéroes hasta el universo del séptimo arte en general, pasando con ahínco sobre el propio Ryan Reynolds y su relación particular con ambos, así como por la ruptura desinhibida de la cuarta pared-. Qué bueno es saber reírse de uno mismo.

         El recorrido de la sorpresa es limitado, por supuesto, pero Deadpool también demuestra inteligencia narrativa para alargar su aguante, como por ejemplo en el montaje paralelo de la presentación del personaje y su contexto -una espesa tarea que a veces hunde sagas desde su capítulo inicial- con la misión y las secuencias de acción pura de un antihéroe que, además, en un detalle puntual de profundidad crítica, no cree en los héroes porque él, antiguo soldado de las fuerzas especiales, proviene de donde presuntamente se forjan estos en la vida real y conoce la mentira de primera mano.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

Sueños de juventud

7 May

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Año: 1935.

Director: George Stevens.

Reparto: Katharine Hepburn, Fred McMurray, Fred StoneAnn ShoemakerFrank Albertson, Evelyn Venable, Charley Grapewin, Hedda Hopper, Jonathan Hale, Grady Sutton, Hattie MacDaniel.

Tráiler

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          Hay un cuento de hadas en Sueños de juventud, pero no se refiere esencialmente al romance potencial entre una muchacha de familia proletaria y un joven acaudalado. Escenificado en un pueblecito cualquiera de los Estados Unidos, este cuento apunta, en el fondo, a la conciliación entre clases sociales, entre capitalistas emprendedores y esforzados operarios. El cortejo entre Alice y Arthur es una de las ramas de este gran pacto social, la vía primero de intermediación y luego de posible sellado de la armonía y el compromiso entre ambos, por mor de la prosperidad del país de las oportunidades. Aquello que le distingue de ser una tragicomedia británica para ser plenamente norteamericana.

          Sobre esta concepción, George Stevens dota de un tono de cuento al relato, que plasma con pasión las ilusiones y anhelos de su personaje principal, y transmite sus sensaciones a través de una puesta en escena que bien puede lucir destartalada y asfixiante -la interminable cena llena de tratos, torpeza y calor-, bien idílica -la cena en el restaurante, algún encuentro en el porche-.

La influencia del punto de vista de Alice, pues, es determinante en el aspecto visual, pero Stevens también juega maliciosamente con él, atacándolo. Así pues, en determinada escena su hermano le recriminará que se relaje, ya que nadie la está mirando -es decir, que niega su condición de protagonista de una historia-. En otra, igualmente simbólica, su madre le cortará abruptamente la música que viste su suspirante ensoñación nocturna. A veces, la descastada Alice ni siquiera tiene derecho a banda sonora.

          Son detalles que sobresalen sobre un argumento al que le pesan los años, a pesar de que las tribulaciones de Alice Adams por encajar en un determinado contexto social no dejen de ser una constante generacional, un rito de paso casi obligado que atraviesa, con mayor o menor fortuna, todo adolescente. Las preocupaciones socio-sentimentales de la muchacha, un tanto reiterativas además, se sostienen con dificultad, dado que el envejecimiento afecta directamente a la generación de empatía. En paralelo, el conflicto de Sueños de juventud posee un planteamiento tan ingenuo como las conclusiones que llegan de la mano de una moraleja simplista.

De este modo, si la película se sostiene entera es gracias a la desbordante vitalidad juvenil de Katharine Hepburn, a la convicción con la que da vida a la dulce, entrañable, insegura y soñadora Alice.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6.

Lucky

6 May

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Año: 2017.

Director: John Carroll Lynch.

Reparto: Harry Dean Stanton, Barry Shabaka Henley, Yvonne Huff, Bertila Damas, James Darren, Beth Grant, David Lynch, Ron Livingston, Hugo Armstrong, Ed Begley Jr., Tom Skerrit.

Tráiler

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         El estreno de Lucky en las carteleras españolas se produce apenas una semana después con el de El león duerme esta noche. Y ambas comparten a la muerte como trasfondo trascendental del relato; cada una preguntándose a su modo, las dos trazando una línea de conexión casi literal, con el espectador como intermediario, por medio de una ruptura de la cuarta pared que tiene lugar en un momento y con un significado bastante cercano.

         El protagonista de la película de Nobuhiro Suwa, en manos de Jean-Pierre Léaud, tipo extravagante hasta el final, afirma que la edad más interesante de la vida transcurre entre los setenta y los ochenta años, pues es cuando uno se prepara para la muerte, que no es un apagarse, sostiene contradiciendo al joven director que trata de representar lo irrepresentable, sino un encuentro. El león duerme esta noche parece explorar sin explorar, reflexionar sin reflexionar, especular desde la completa incertidumbre, observando el curso del tiempo con naturalidad y sin dramatismo, atento a la vitalidad que persiste a pesar de la decadencia propia.

El camino que escoge Lucky es más clásico y, sobre todo, más evidente, por así decirlo. Se aferra a la arrolladora personalidad del protagonista, en este caso un Harry Dean Stanton que interpretativamente es lo opuesto a Léaud -sobrio, conciso, competente-, y en torno a él, alrededor de su toma de consciencia de la finitud -apenas una caída sin aparentes consecuencias-, orquesta una serie de hábitos, cavilaciones y diálogos que en ocasiones puntuales parecen metidos con un poco de calzador, y a los que sigue una teorización que, de nuevo, también a veces parece subrayar verbalmente las conclusiones meridianas que intuye el anciano en su tortuoso camino interior. Pero el filme lo acompaña fiel en su recorrido, con una narración cálida y cariñosa para hacer calar sus temores ante el último y verdadero horror, sus hallazgos existencialistas en su pulso contra la nada.

En Lucky, como en El león duerme esta noche, hay vitalismo frente al nihilismo pesimista y resignado.

         Lucky, la película, es Lucky, el personaje, y Lucky es Stanton en su papel póstumo. Su despedida coincide con el debut en la dirección del actor John Carroll Lynch, que acomete el trabajo con humildad artística, centrando su labor en la captura del cuerpo, de los rasgos, de los gestos de su protagonista absoluto. El caminar de este profesional secundario, estrella ocasional de películas marginales y de culto, es en sí mismo un poema de pie quebrado, una declaración de intenciones con el peso de los años, la determinación y la resistencia que se sienten en su zancada. Como lo son igualmente sus ejercicios de yoga revitalizante, su cabezonería por fumar en interiores, su autonomía recalcitrante o su descreimiento místico.

Asentado en la vertiente minimalista, íntima y humana del indie, aquella que trata de adosarse a la realidad de personajes singulares, el filme captura con entrega las rutinas que definen al hombre, la ruptura de las mismas, su viaje de descubrimiento -el gran descubrimiento del final- que se realiza siempre a pie, siempre en los mismos lugares, siempre conversando en conversaciones cotidianas en las que, no obstante, logra rehuir la cháchara trivial para disertar acerca de “temas gordos”.

         El argumento maneja con habilidad el drama universal, el humor irónico y el miedo cerval que sobrevuelan la figura de Lucky ‘el afortunado’, así como el influjo de su inopinado remordimiento y de su romanticismo despertados por la luz del ocaso que, asimismo, envuelve un escenario de western más allá del crepúsculo. La subjetividad de todo este proceso o de toda experiencia real en la vida. Establecido a un paso del hecho más misterioso de la existencia, la realización compone un escenario que, dentro de su aparente costumbrismo, posee sin embargo un cierto alejamiento del verismo estricto para reconocer y dibujar dicha naturaleza terminal; situación que se refuerza por la presencia contaminante de David Lynch en el reparto, con líneas de diálogo acordes, al mismo tiempo, a su personalidad y a la personalidad de la producción.

Con todo ello, Lucky concentrado en Stanton, consigue ser carismático y entrañable, emocionar. La aceptación de la muerte en vida, no como derrota, sino como ciclo parejo a ella. La mirada conmovida y en paz de Stanton bajo la sombra del saguaro centenario. El colofón inmarcesible de un actor enorme, que fallecería apenas semanas antes del estreno de su última obra.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7,5.

Una hora contigo

27 Abr

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Año: 1932.

Director: Ernst Lubitsch.

Reparto: Maurice Chevalier, Jeanette MacDonald, Genevieve Tobin, Roland Young, Charles Ruggles, Josephine Dunn.

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          Una hora (y cuarto) con Ernst Lubitsch siempre es un placer.

Es cierto que en la actualidad, en unos cuantos detalles, la estereotipación de los personajes de Una hora contigo, enzarzados en una guerra de sexos con hasta cinco vértices implicados, posiblemente no pasara el filtro censor de los tribunales populares de las redes -aunque hay detalles que ridiculicen en parte el arquetipo de seductor masculino que encarna el precisamente mujeriego Maurice Chevalier, un infiel natural torpemente contenido, que llama cobardía al respeto conyugal y que se despide de su esposa para atender a una atractiva paciente femenina como quien se va a la guerra-.

Pero merece la pena dejarlos aparte, entendiendo que se trata de una comedia de principios de los años treinta, para disfrutar de la agilidad cómica de la obra, que hereda recursos del teatro -la ruptura de la cuarta pared con soliloquios que establecen una complicidad directa con el espectador- y que se sitúa en un periodo donde imagen y sonido aún están aclimatándose pero que, con todo y ello, prueba una vez más el talento del cineasta alemán para narrar mediante la fuerza expresiva, literal o sugerida, de la puesta en escena, en la que se juguetea hábil y coquetamente con los prejuicios y las presuposiciones del púbico.

          En cualquier caso, es necesario reconocer el mérito de unas chispeantes lineas de guion, con una velocidad y un punch realmente meritorios, que mantienen viva y fresca Una hora contigo, ayudado por el atrevimiento moral y la picardía sexual que se disfrutaba los tiempos previos al Código Hays. La sofisticación del filme abarca por tanto las insinuaciones eróticas y los hilarantes caretos de Chevalier. Además, el ritmo del diálogo está perfectamente imbricado en el carácter musical del filme a través de recitaciones sincopadas que introducen las canciones, que aquí no suelen tener el fastuoso despliegue coreográfico que mostrarán en futuras cintas como La viuda alegre, de nuevo con Lubitsch dirigiendo a la pareja Chevalier-MacDonald y con Samson Raphaelson en la redacción del libreto.

          Esta era la segunda vez que Lubitsch llevaba al cine la pieza de Lothar Schmidt, que tribula acerca de los enredos entre un hombre felizmente casado y la salaz mejor amiga de su media naranja, cazadora de hombres. Aunque, a decir verdad, en principio su cometido era la supervisión del proyecto y solo llegó a la silla de dirección por, entre otros problemas de producción, el enfrentamiento entre el astro francés -a quien ya había dirigido entonces en El desfile del amor y El teniente seductor– y George Cukor, que no obstante permanecerá en el set de rodaje, acreditado luego como ayudante de realización, no sin antes desarrollar una tensa disputa con la Paramount.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 8.

Isla de perros

23 Abr

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Año: 2018.

Director: Wes Anderson.

Reparto (V.O.): Bryan Cranston, Koyu Rankin, Liev Schreiber, Edward Norton, Bob Balaban, Bill Murray, Jeff Goldblum, Kunichi Nomura, Akira Takayama, Greta Gerwig, Scarlett Johansson, Frances MacDormand, Akira Ito, Harvey Keitel, F. Murray Abraham, Tilda Swinton, Ken Watanabe, Yoko Ono, Courtney B. Vance.

Tráiler

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          Las posibilidades casi ilimitadas de la animación, donde las leyes de la física no suponen una barrera, se ajustan como un guante al cine de Wes Anderson, el cual pertenece a un universo abiertamente subjetivo que parece encontrarse ubicado entre el recuerdo y la fabulación ensimismada. Su estética refinadísima, su pasión por el color, su textura naif… Un artificio orgullosamente deliberado que, en consecuencia, halla un perfecto vehículo de expresión en las detallistas maquetas y las marionetas a las que se insufla vida por medio del stop-motion.

Y asimismo, dentro de este patio de recreo particular, el marco fantasioso e imaginativo de la animación permite que el vehemente tributo a la sensibilidad y la pureza de la inmadurez que, en contraste con la crueldad de los códigos de comportamiento adulto, caracteriza el punto de vista del cineasta texano, no desbarre en ñoñería, infantilismo y amaneramiento autocomplaciente, como en ocasiones ocurre en sus filmes protagonizados por niños grandes, incomprendidos y marginados a causa de su naturaleza anómala y resistentemente tímida, afectiva y soñadora -y, por tanto, refugiados a duras penas en sí mismos-.

Fantástico Sr. Fox fue el primer indicio; Isla de perros es la confirmación.

          Isla de perros es un cuento repleto de fascinación por el arte y la estética japoneses en el que tiene lugar un relato de rebeldía y humanidad en tiempos de tribalismo, intolerancia y odio; uno de los principales temas del cine de los ultimísimos años.

El diseño de producción es una auténtica preciosidad. El aspecto, la expresividad y la ternura de las figuras; el nivel de elaboración y perfeccionismo de los decorados y las miniaturas; la grata fisicidad artesana de los efectos visuales, la plasticidad de los movimientos y el montaje; las distintas mezcolanzas de la animación -mediante muñecos o tradicional, en el caso de las imágenes retransmitidas por pantallas-, los guiños devotos a la magistral filmografía de Akira KurosawaEl ángel borracho, El perro rabioso, Los siete samuráis, Yojimbo (El mercenario)…- con alientos incluso del ‘kaiju eiga‘ y también de Hayao Miyazaki en su sentido de los valores morales y de la dignidad de quien no se doblega ante la iniquidad dominante…

Anderson ha volcado en ello todo su entusiasmo de creador, probablemente, en una idea acorde con la esencia de su obra, como un niño encantado con su juguete. Y con su juguete construye una maravilla formal donde contar la historia que quiere contar.

          Es cierto también que este fervoroso recargamiento puede saturar el ritmo narrativo de una película que, no obstante, mantiene durante el metraje al completo la simpatía, la originalidad y el cariño con el que está realizada. Es decir, que Anderson comparte amistoso el juguete gracias a la cuidada definición y el carisma de las personalidades -caninas y humanas- que protagonizan la historia, de su combinación de comicidad y corazón; de sus travesuras con el lenguaje para paradójicamente redondear la magia inmersiva del cuento; de su hábil equilibrio entre el viaje de aventura y (auto)conocimiento y la protesta concienciada ante un futuro que parece haber comenzado ayer.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

La muerte de Stalin

25 Mar

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Año: 2017.

Director: Armando Ianucci.

Reparto: Steve Buscemi, Simon Russell Beale, Jeffrey Tambor, Michael Palin, Andrea Riseborough, Jason Isaacs, Dermot Crowley, Paul Whitehouse, Paul Chahidi, Rupert Friend, Olga Kurylenko, Paddy Considine, Adrian McLoughlin.

Tráiler

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         La epopeya gloriosa la escriben los vencedores; la épica lírica y romántica, los perdedores. La comedia, los bufones, que somos todos. Es decir, aquellos que no protagonizamos las mentiras anteriores. Hacen falta redaños y un frustrante ejercicio de madurez para asimilar que lo más probable es que nuestra existencia no sea suficiente para que los aedos canten los milagros de nuestros días, ni que miles de espectadores se conmuevan o inspiren contemplando la película de nuestra vida, como en cambio sí puede ocurrirles a quienes detentaron o detentan el poder y los privilegios, ya que son quienes se encargan -o al menos tratan- de escribir la Historia. Frente a ellos -que en su mayoría están hechos de la misma carne, los mismos huesos y la misma mierda que nosotros-, la sátira y parodia es nuestra primera línea de defensa y la principal arma de contraataque.

         El escocés Armando Ianucci lo tiene bien asumido, pues lleva años trabajando en un campo de batalla que ha tenido en la política su trinchera prioritaria. Ahí se encuadran el falso documental Clinton: His Struggle with Dirt, las series The Thick of It y Veep, y el largometraje In the Loop, una especie de prolongación del universo de The Thick of It. Así, después de someter a escarnio a las altas esferas británicas y estadounidenses, se lanza ahora a devorar a la Unión Soviética.

La diferencia salta a la vista respecto a las anteriores: este es un cadáver putrefacto y las detonaciones explosivas de su material cómico se oyen desde lejanos ecos del pasado. Resulta cómodo y sencillo ridiculizar a un leviatán al que se le conoce fundamentalmente por los tópicos, sean estos propagandísticos, verídicos o ambas cosas a la vez. La mordiente de la parodia, en consecuencia, es menor. E incluso no demasiado original, puesto que la esencia humorística de La muerte de Stalin puede equipararse a otras numerosas parodias acerca del totalitarismo. Del nazismo, por ejemplo, son legión, e incluso han contribuido a frivolizar a Adolf Hitler, las SS o la Whermacht hasta convertirlos en una especie de arquetipo de la cultura popular. En España puede citarse como muestra el perfil de twitter Norcoreano, ya fuera del cine, obviamente, pero emparentado con esta veta humorística -y puede que aquí con el mérito de su coexistencia con su caricaturizado, si bien queda el factor de la tremenda lejanía, que impone todavía una evidente barrera de fantasía exótica-.

En resumen, no es complicado revertir regímenes tan excesivos. En este sentido, a través del hilo narrativo -un tanto deslavazado-, un buen puñado de los chistes de La muerte de Stalin son bastante previsibles. Por ello, algunos de ellos se quedan sin punch y otros son hasta repetitivos. Aunque, con todo y ello, muchos otros no dejan de ser medianamente resultones.

         Lo que sí es más complicado, y este es uno de los méritos de la obra de Ianucci -arropado además por notables actores de comedia-, es conseguir desvelar que el terrible mago es, en realidad, un tipo corriente astutamente oculto detrás de una cortina. Que el torturador y el dictador son funcionarios y no monstruos extraordinarios; burócratas armados que pierden su empleo si no cumplen con eficiencia su tarea, tal y como los describía, con tono bastante más pesaroso, Eduardo Galeano. La muerte de Stalin logra, pues, que se perciba la esencia humana, miserable y cainita en base a sus impulsos primarios -la supervivencia, la avaricia, la maldad retorcida en ciertos casos-, pero también carismática, de este esperpéntico politburó soviético, aun y cuando se le enfrenta puntualmente, pero sin paños calientes y dejando congelada toda sonrisa, contra las consecuencias del desaconsejable poder que acumulan en sus manos. Que son manos como las de cualquier hijo de vecino.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6,5.

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