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El golpe

24 Abr

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Año: 1973.

Director: George Roy Hill.

Reparto: Robert Redford, Paul Newman, Robert Shaw, Charles Durning, Eileen Brennan, Dimitra Arliss, Charles Dierkop, Ray Walston, Harold Gould, Dana Elcar, John Heffernan, Jack Kehoe, Robert Earl Jones.

Tráiler

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         El golpe ofrece todo lo que se le puede pedir a una gran producción del Hollywood de las estrellas. El glamour de dos astros plenos de fotogenia, una historia tan inteligente como divertida y una atmósfera atractiva y estimulante. Hasta con cierto aire de autohomenaje en esa apropiación del estilo visual de las películas de gángsteres de los años treinta, desde el logo de la Universal hasta las portadas de los capítulos, pasando por los recursos empleados para la transición entre escenas.

         Es decir, que El golpe es una película que invita al espectador a dejar atrás su grisácea vida cotidiana para viajar a través de los fotogramas a otra época y otro mundo, y participar así con dos pillos encantadores en el espectacular timo a un villano que, por violento y cruel, bien se lo tiene merecido. Esa hermandad de los buenos ladrones, constituida en industria seria, posee la fascinación que se desprende observar cómo unos especialistas hacen su trabajo de forma impecable. Con camaradería, con dignidad; valores que suscitan empatía frente a la brutalidad de ese irlandés que ni bebe, ni fuma ni va con mujeres. Humildes proletarios en un terrible contexto de Gran Depresión, en el que las promesas de prosperidad del país de las oportunidades han quedado desmentidas. Si acaso, solo puede aspirarse a ellas desde fuera de los cauces de este sistema que, al fin y al cabo, está igualmente amañado.

         Hay un sentimiento de entretenimiento en toda la trama que se reconoce abiertamente y se abraza. Los estafadores hablan de sus planes bajo el término ‘play’, que es el mismo que se utiliza tanto para definir el acto de jugar como las obras de teatro. Y es que, en el fondo, todo lo que hacen es un teatrillo, una representación. Tanto de cara al malvado Doyle Lonnegan como para el público al otro lado de la pantalla, a quien se puede decir que también le está reservado algún truco propio del oficio.

La belleza, el encanto y la química de Robert Redford y Paul Newman también está ahí para satisfacernos, para darnos el gusto -y, por qué no, para deslumbrar al igual que lo hace la ayudante de un mago-. George Roy Hill, clásico sin sacrificar el halo romanticismo, se entromete lo justo para afinar la orquesta y que todo suene bien. Sabe que no le corresponde demasiada cuota de protagonismo y se dedica a plasmar con perfecto saber hacer -elegante saber hacer- el relato. A gestionarlo con pulso, a que la tensión de la intriga quede bien distribuida y no decaiga nunca. A salvaguardar la autenticidad tanto del complot de los buenos como de la película que nos regalan.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,6.

Nota del blog: 9.

Historias de Filadelfia

17 Abr

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Año: 1940.

Director: George Cukor.

Reparto: Katharine Hepburn, Cary Grant, James Stewart, Ruth Hussey, John Howard, Virginia Weidler, Mary Nash, John Halliday, Roland Young, Henry Daniell.

Tráiler

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         En 1940, Katharine Hepburn llevaba un tiempo arrastrando la etiqueta de veneno para la taquilla de cine. Buscando refugio sobre las tablas del teatro, había triunfado protagonizando Historias de Filadelfia en Broadway, merced a un papel que su amigo Philip Barry había cosido a su medida, tomando el patrón de su personalidad independiente, decidida a romper las convenciones de género de la época, hasta el punto de resultar un tanto antipática o distante para aquellos que se sentían amenazados por su determinación transgresora. Luego, su amante por aquel entonces, Howard Hughes, compraría para ella los derechos de la obra a fin de llevarla a la gran pantalla. Además, Hepburn conseguiría un relativo control de la producción y rodearse así de gente de confianza, caso George Cukor y Cary Grant, con los que había trabajado en múltiples ocasiones anteriores. James Stewart redondearía una apuesta masculina destinada también a guardarse las espaldas en cuanto al gancho popular del proyecto se refiere.

         En efecto, Historias de Filadelfia es una comedia sofisticada de alta sociedad donde, a partir de un cuadrángulo amoroso, se pone bajo la lupa la personalidad de una mujer que, según algunos de sus pretendientes escarmentados, pertenece a una nueva estirpe, las “doncellas casadas americanas”, definidas por su orgullo, arrogancia y altivez respecto de sus deberes para con sus maridos -es decir, lo opuesto a lo que posteriormente se denominará en el guion “actuar con naturalidad” o “como un ser humano”-. El célebre plano introductorio expone la situación de un vistazo: la protagonista parte en dos los palos de golf de su esposo mientras lo fulmina con la mirada desde lo alto de la escalera. Desde este punto de partida, el libreto pone en marcha una guerra de sexos que se dedica a minar la posición de Hepburn -generalmente situada por encima de sus compañeros en el encuadre- para, adentrándose en una exploración más íntima a medida que avanza el relato, descubrir que, en el fondo, es una chiquilla vulnerable que necesita amor verdadero, no adoración reverente.

         De haberlas, las afirmaciones sobre la modernidad temática de Historias de Filadelfia convendría ponerlas, pues, entre comillas. Al fin y al cabo, los juegos con los clichés hablan directamente a la sociedad de un tiempo concreto, expuesto por tanto al paso de los años y a los cambios de sensibilidad social -y humorística-. Aquí, las posiciones iniciales de autonomía y autorrespeto femenino quedan en entredicho a cambio de unos cruces de insinuaciones pícaras y sentimentales que son el material con el que se construye el enredo, siguiendo los patrones de ese subgénero denominado ‘comedy of remarriage’, que en aquella época tenía bastante tirón, con Grant como estandarte masculino -y acompañado de Hepburn ya en ejemplos previos como La fiera de mi niña-.

Los líos de acciones y de intercambios verbales se suceden a buen ritmo, con algunas muestras de chispeante ingenio. La química entre Hepburn y Grant estaba sobradamente probada, pero destaca igualmente la afinidad que la estrella luce con Stewart, en especial en una escena nocturna y climática. A pesar de que él mismo consideraba que su elección para el personaje no era demasiado adecuada, el bueno de Jimmy también demuestra que tiene talento para encarnar a cínicos desencantados y para hipar una borrachera.

         En cualquier caso, Hepburn lograría reconducir su carrera cinematográfica, nominación al Óscar incluida.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7.

El apartamento

13 Abr

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Año: 1960.

Director: Billy Wilder.

Reparto: Jack Lemmon, Shirley MacLaine, Fred MacMurray, Jack Kruschen, Naomi Stevens, Ray Walston, David Lewis, Edie Adams, Hope Holiday, Frances Weintraub Lax, Johnny Seven.

Tráiler

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         En cierta escena, C.C. Baxter, un tipo que como mucho tiene derecho a apodo, Buddy, presenta su caso como una historia de náufragos. El único hombre vivo entre 8.042.783 neoyorkinos, una nómina entre 31.259 trabajadores, el número 861 de la sección W de la Premium Accounting Division, departamento de pólizas ordinarias, piso 19. El apartamento posee una crueldad kafkiana. Por momentos, a pesar de la chispa cómica que todo lo alumbra, su oscuridad llega a ser terrible. Billy Wilder aplasta a un empleado supernumerario en un edificio colosal, sentado en una sala con mesas que se extienden hasta el infinito, padeciendo tics automáticos como los que sufría Charles Chaplin en Tiempos modernos, desquiciado ya en su reducción a pieza de engranaje de la maquinaria fabril. El gran Leviatán no es el Estado omínodo, es el sistema económico donde nuestra categoría existencial se define como unidad de producción y agente de consumo.

         La deshumanización que reduce a Buddy a mera cifra se revela en la toxicidad de su entorno. La mayoría de las relaciones que se establecen en torno a esta empresa de seguros son de depredación, sin atención alguna a las cualidades personales del sujeto. Hay quienes se aprovechan y quienes son víctimas. Además, esta jerarquía vertical, medida en altura, se expresa asimismo en la dominación de la escena. Cuando aparece el señor Sheldrake, macho alfa de lomo plateado, los gallitos subordinados parecen arrugarse. No obstante, Buddy no es ajeno a este sistema podrido. Es más, participa en él con convicción, motivado por un afán de superación con el que aspira a escalar planta por planta hasta alcanzar el techo de los poderosos. A Buddy lo explotan, pero él también se autoexplota, dentro y fuera de la oficina. La humillación que se dibuja en El apartamento es doble, porque es impuesta pero a la vez autoinfligida. Pese a su aspecto común y su carácter apocado -o acaso por ello mismo-, diseñado para contagiar empatía de inmediato por ser uno de los nuestros, Buddy es un asqueroso arribista.

Aunque si la situación de Buddy es demoledora, la de la señorita Kublik es todavía más trágica, ya que, aparte de todo esto, ella, como mujer, es un bien de consumo. Un producto de ocio de usar y tirar. De hecho, la señorita Kublik sí es un personaje enteramente positivo, de moral íntegra aunque arrastrada por los suelos a causa de las malas elecciones sentimentales. El alquiler del piso de Buddy bien puede constituirse en metáfora de la prostitución, pero él lo asume voluntariamente dentro de una estrategia laboral trazada con mucha dedicación. En el caso de ella, recibir un simbólico billete de 100 dólares es la gota que colma el vaso, el elemento precipitante de unas medidas radicales. Que, a su vez, despertarán una reacción también radical en el adormecido Buddy.

         La descripción de El apartamento es la de un drama con todas las letras. Wilder hace de él una comedia deformándolo con diálogos y situaciones ingeniosas, con las que disecciona y eviscera los ritmos vitales de la sociedad. Las lágrimas brotan por la carcajada, si bien su gusto es profundamente amargo. La mueca en el rostro puede ser de risa o de llanto, indistintamente.

En este escenario tan ponzoñoso, expresado en rotundo blanco y negro, el maestro es capaz también de cultivar un romance delicado y frágil, y por todo ello especialmente hermoso. Aun por más que su materialización sea improbable, como saben perfectamente los propios protagonistas. “¿Por qué no me enamoro de alguien como usted?”, admite ella, cuya sonrisa angelical, cuya belleza etérea, está tiznada de tristeza. “Así son las cosas”, responde él, simpático, fiel, pero dolorosamente corriente. Gran analista de la condición humana, Wilder no lleva a engaños. Su comedia es una tragedia disimulada.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,4.

Nota del blog: 9.

El cochecito

27 Mar

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Año: 1960.

Director: Marco Ferreri.

Reparto: José Isbert, Pedro Porcel, María Luisa Ponte, José Luis López Vázquez, Chus Lampreave, Lepe, Ángel Álvarez, Antonio Gavilán, Carmen Santonja.

Tráiler

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         A partir de mediados de los cincuenta, el régimen franquista trataba de promocionar cierto tipo de propiedad material para intentar, de una vez por todas, de revertir la imagen de pobreza y carestía de una España mutilada tras la Guerra Civil. El fomento de la compra de vivienda fue su imagen más característica. También fruto de su contacto con el escritor y guionista Rafael Azcona, el italiano Marco Ferreri, que había llegado al país como comercial de artículos de óptica, vio en este contexto socioeconómico un caldo de cultivo muy semejante al que el cine de su tierra había mostrado desde el Neorrealismo y su variante posterior, el Neorrealismo rosa, donde había una mayor tolerancia, o un mayor gusto, por el humor como herramienta de vivisección. Su primer golpe, El pisito, ya iba dirigido a la frente, con una contundencia capaz de corroer cualquier línea de defensa trazada por el sistema oficial. Un año después -y con Los chicos entremedias-, con El cochecito, la censura se lanzó a pararles los pies. La obra tardaría seis décadas en recuperar un desenlace rabiosamente violento, incómodo, misántropo, con las voces originales de sus perpetradores delante y detrás de la cámara.

         Basado en uno de los relatos del libro Pobre, paralítico y muerto de Azcona, El cochecito narra una historia de obsesión. La de Anselmo, un anciano emperrado en que su hijo le compre un triciclo a motor para personas con discapacidad que le permita sumarse al grupete de amigos que gasta gasolina por el castizo Madrid y la campiña de alrededor. Ferreri exhibe con crudo realismo y verosimilitud el paisaje urbano y humano de la época, si bien entre sus fotogramas podrían encontrarse, infiltrados, determinados detalles delirantes, caso de la procesión de sanitarios del comienzo. La cámara circula a pie de calle, así como en los interiores domésticos de una España que parece no despojarse de modos de vida atávicos pese al incipiente desarrollismo. Los movimientos del objetivo no son precisamente elegantes y hasta llega a vislumbrarse la silueta del operador, proyectada sobre los pasillos.

La de El cochecito es, pues, una atmósfera cruda y en cierta manera inhóspita, prácticamente carente de lazos de humana ternura, a pesar de enclavarse en el piso donde vive la familia del protagonista y en escenarios que habita junto a un grupo de personajes bien definidos. De este modo, en sus secuencias anida el consumismo, la servidumbre, el elitismo, la picaresca, la insolidaridad, el egoísmo… A Pepe Isbert -grande como siempre, de matiz tan fino como preciso y categórico- no dudan en dejarlo abandonado para ir a echar unos chatos de vino a una venta, se le ignora cuando reclama un alivio para sus penas de vejez.

         Es entonces, después de invocar esta empatía esencial hacia el desdichado Anselmo, cuando El cochecito se revuelve hasta tornarse una película tremendamente agresiva que espantaría a los responsables de vigilar la moralidad de las películas españolas. Tal vez la deriva puede percibirse incluso algo exagerada. Pero esa negrísima crueldad nunca deja de ser ajustada al retrato.

A Ferreri, por cierto, no le renovaron el permiso de residencia.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

El show de Truman (Una vida en directo)

16 Mar

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Año: 1998.

Director: Peter Weir.

Reparto: Jim Carrey, Ed Harris, Natasha McElhone, Laura Linney, Noah Emmerich, Holland Taylor, Brian Delate, Blair Slater, Paul Giamatti, Una Damon, Philip Baker Hall, Peter Krause, O-Lan Jones, Krista Lynn Landolfi, Terry Camilleri, Joel McKinnon Miller, Tom Simmons, Harry Shearer, Philip Glass.

Tráiler

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        Las distopias pueden darse prácticamente a tiempo real. El show de Truman se estrena apenas un año antes de la primera emisión en Países Bajos de Gran Hermano, el reality show quintaesencial, enseguida adaptado a una miríada de televisiones del resto del mundo. La idea llevaba tiempo en el aire, como podía apreciarse en Estados Unidos con el pionero The Real World de la MTV o mismamente en España con la llegada de Telecinco y el corte de su programación -al respecto, cabe recuperar el cortometraje paródico Te lo mereces, que prefigura alguno de los temas principales aquí abordados, que en cualquier caso se inspira en el capítulo Special Service de The Twilight Zone, a su vez basado en el libro de Philip K. Dick El tiempo desarticulado-.

En la actualidad, pasadas más de dos décadas, esta lectura acerca de la fascinación voyeurística del ciudadano se encuentra superada en los tiempos de la hiperexposición voluntaria en las redes sociales. Pero El show de Truman es una película con numerosas capas, que va mucho más allá de esta llamativa premisa que sirve como base para el relato. Porque Truman es mucho más que la representación de esa noción subconsciente de que somos tristes protagonistas de una vida simulada, como poco después vendría a replantear Matrix desde un punto de vista de fantástica espectacularidad.

        En realidad, El show de Truman recuerda que esta idea es cierta, pero es mucho menos glamourosa y mucho menos satisfactoria para nuestro ego de lo que solemos creer. Porque al fin y al cabo, a pesar de sus desesperados deseos por volar a Fiji a encontrarse con el amor de su vida y quizás así satisfacer el vacío existencial que le corroe por dentro, Truman -el papel que descubriría a Jim Carrey como actor dramático, en un giro por entonces muy comentado- es un hombre encadenado a su pequeña isla por las obligaciones financieras que le imponen un trabajo mediocre y una hipoteca absurda; por las convenciones sociales que le han conducido a emparejarse con otra persona que parecía cumplir con los pertinentes requisitos de belleza y calidez; por los miedos de una sociedad que reprime a los disidentes mediante círculos de silencio y exclusiones autogestionadas por la propia comunidad de individuos y que diseña para todos una vida pautada en función de unos intereses homogéneos. 

Más allá de los risibles anuncios que insertan los personajes secundarios en pleno rostro de Truman, el decorado de la ciudad construida para él parece estar concebido por Norman Rockwell, a la vez que su recorrido vital sigue escrupulosamente los principios del American Way of Life. Su celebridad es paradójica: Truman es un don nadie. Es uno de nosotros. La crítica, infiltrada en el colorido del diseño de producción y el tono tragicómico de las andanzas del personaje, se mantiene perfectamente vigente, absolutamente poderosa.

        Porque, en esta línea, el desenlace es además sumamente engañoso. El último plano, con la cámara girada de nuevo hacia el espectador, desliza un último golpe terrible, que desmonta el júbilo y los vítores que lo antecedían, jaleando esa conquista de la libertad personal, de la independencia frente a los designios de un falso dios -soberbio Ed Harris- que obra con una mirada paternal hacia su criatura pero que, en el fondo, opera bajo unos parámetros comerciales, de producto. El ser humano como un elemento más en el engranaje del sistema capitalista. Aunque en este caso, pese a estar registrado como propiedad empresarial, no como simple pieza de una cadena de producción, como lo era Charlot en Tiempos modernos, sino, en una otra idea terrorífica que se ha visto plenamente confirmada, como bien de consumo.

Esta demoledora conclusión también puede leerse como una ácida pulla a las ficciones sentimentalistas, destinadas a provocar emociones superficiales y por tanto nada conflictivas o capaces de mover a la reflexión a un espectador pasivo y acomodado. Un poco en el sentido del culebrón, del que toma parte de su estructura el guion firmado por Andrew Niccol, escritor que había tenido un destacado debut con una distopía más pura, Gattaca, filme de ciencia ficción intimista, y que volverá a pulsar el signo de los tiempos con Simone, que habla, entre otras cosas, acerca de la capacidad de la técnica para simular las emociones, en concreto a través de una actriz digital -recuerdo que el año anterior a su lanzamiento se había incidido en el debate sobre la posible caducidad de los intérpretes de carne y hueso a propósito de la animación digital de Final Fantasy: la Fuerza Interior-.

        Así pues, en El show de Truman subyace asimismo una discusión acerca del cine, de la falsedad de sus representaciones y de su artificialidad para aproximarse al sentimiento. Peter Weir planifica con una estética artificiosa, repleta de tomas que emulan de forma grotesca las formas de la cámara oculta y el documental de incógnito, en contraste absoluto con un escenario de postal. La contradicción, a la par de satírica, es siniestra por visionariamente atinada. Si algo imitan las fotos de Instagram es la luminosidad y la fastuosidad del lenguaje publicitario y cinematográfico.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

Sinónimos

6 Mar


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Año: 2019.

Director: Nadav Lapid.

Reparto: Tom Mercier, Quentin Dolmaire, Louise Chevillotte, Uria Hayik, Olivier Loustau, Yehuda Almagor.

Tráiler

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          Yoav renace simbólicamente en una bañera de París. Sinónimos puede entenderse como un filme de fugas. Fuga de un país, fuga de uno mismo. El joven israelí, empeñado en renunciar a su pasado y ser francés de pura cepa, arrastra un trauma -privado, nacional- que parece conducirle al autodesprecio y con el que lidia mediante un proceder visceral y enloquecido. Por lo visto, Nadav Lapid, director y guionista de la obra, vuelca una importante carga personal en las experiencias de Yoav en la metrópoli gala -cuyo retrato, extensible quizás a toda Europa, tampoco es misericorde-.

          El cineasta despliega una narración caótica hasta lo deslavazado, con episodios y situaciones que, en muchos casos, no conducen a ningún lado -ni en términos de relato ni, prácticamente, de significado-. Comparecen insertos delirantes que provocan que Sinónimos navegue entre lo veraz y lo fabulado. Por momentos, resulta averiguado complicar qué está contando, qué se pretende con todo ello. Se podría considerar un reflejo el propio protagonista, quien, profundamente sumido en su desarraigo y su enajenación, tampoco evoluciona más allá del punto de partida. Tiene parte de concepto abstracto, al igual que, en buena medida, sus compañeros de aventura. De ahí que dos horas de película semeje un volumen desmesurado para lo que se expone.

          En paralelo, hay tomas impetuosas hasta la exageración. El plano puede mutar asimismo hacia una inestable cámara en mano que ofrece un falso punto de vista subjetivo, porque luego evidencia a las claras que la mirada no es la del protagonista, sino la del operador. Puntualmente, ocurre algo similar con la música. Como en La profesora de parvulario -donde esta decisión parecía tener más sentido-, Lapid no solo no tiene inconveniente, sino que propicia la desenmascaración del artificio que hay detrás de los fotogramas, fomentando una distancia que entra en contradicción directa con otras escenas donde la apuesta es por una plasmación rotunda y física. No solo por la impulsividad que logra manifestar Tom Mercier encarnando a Yoav -que además somete a su cuerpo al frío, el hambre y la degradación-, sino también por la proximidad que le adosa ocasionalmente, como si estuvieran a punto de liarse a besos o a golpes, a otros habitantes de este mundo extraño, entre naturalista y alucinado.

          Conquistaría el Oso de oro y el premio de la crítica internacional en el festival de Berlín.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6.

Mamá es boba

4 Mar

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Año: 1997.

Director: Santiago Lorenzo.

Reparto: José Luis Lago, Faustina Camacho, Eduardo Antuña, Cristina Marcos, Ginés García Millán, Juan Antonio Quintana, Adrián Gil, José Luis Baringo.

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         Estoy convencido de que era Fernando Fernán Gómez el que aseguraba que lo que verdaderamente define a España como pueblo no es la envidia, sino la crueldad. Tal premisa sería válida para caracterizar, a grandes rasgos, el universo creativo en el que se mueve Santiago Lorenzo, que primero empezó en el cine y luego, a partir de un guion no cuajado en película –Los millones-, recalculó el rumbo hacia la novela.

Después de dirigir un puñado de cortos, Lorenzo se lanzaría al largometraje con Mamá es boba, aunque sin variar un ápice los parámetros en los que se movía: absoluta independencia y, como pago, una carestía de medios que se deja ver en una factura técnica más bien cochambrosa, en especial en las pistas de sonido y la incesante banda sonora. Un feísmo que, pese a las severas limitaciones que impone, es acorde a los personajes que retrata, al escenario donde se mueven, al argumento que los aprisiona. De hecho contiene, infiltrados, repentinos arrebatos surrealistas que potencian esta desconcertante sensación de extrañeza.

         Mamá es boba se enclava en un lugar a priori improbablemente cinematográfico, Palencia, como representación de la pequeña ciudad de provincia dejada de la mano de Dios y despreciada por el poder establecido, que reside en las grandes capitales y desdeña la España vaciada donde, precisamente, Lorenzo ambientará su último texto, Los asquerosos, pura resistencia rebelde que, como este filme, atenta con bombas de racimo contra la “mochufa” que pretende encarnar las virtudes de la sofisticación. Así pues, los directivos de televisión desplazados a la Castilla profunda a abrir TeleAquí para pegar un pelotazo chanchullero son mucho más lamentables que aquellos “paletos” de los que se ríen a mandíbula batiente. Hasta el punto de que Lorenzo termina por recargar en exceso la caricatura. Pero, además, Mamá es boba es al mismo tiempo una imagen de los arranques de la telebasura y del escarnio público del friki, sea este civil o famoso.

         Lo cierto es que hay muchas cosas que no están demasiado bien medidas en esta farsa negrísima, que escarba con saña en los ridículos inexorables de la vida cotidiana y enuncia juicios terribles pero que, a la vez, es extrañamente tierna, protagonizada por unos tipos cualquiera que sufren los embistes de unos poderes fácticos que los utilizan a su antojo, sin escrúpulo alguno, corrompiendo sus espíritus ingenuos con promesas de bisutería y oropeles.

Frente a ellos, Lorenzo, que demuestra oído y talento para capturar y reproducir registros orales, contrapone como figura de madurez y dignidad a un niño torturado por el bullying -como lo había sido él mismo en su condición de chaval autónomo y diferente- pero tremendamente estoico en su aparente fragilidad. Esta voz, que fruto de la descompensación se antoja incluso desaprovechada, es la que más se asemeja a la voz narradora de la que Lorenzo sacará notable provecho desde la literatura.

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Nota IMDB: 6.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6.

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