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Haz lo que debas

9 Mar

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Año: 1989.

Director: Spike Lee.

Reparto: Spike Lee, Danny Aiello, John Turturro, Rosie Perez, Ossie Davis, Ruby Dee, Bill Nunn, Giancarlo Exposito, Samuel L. Jackson, Richard Edson, Roger Guenveur Smith, Joie Lee, Steve White, Martin Lawrence, Leonard L. Thomas, Christa Rivers, Robin Harris, Paul Benajmin, Frankie Faison, Steve Park, Ginny Yang, Luis Antonio Ramos, Miguel Sandoval, Rick Aiello, John Savage.

Tráiler

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         Haz lo que debas está dedicada a las familias de seis afroamericanos víctimas de la brutalidad policial: Eleanor Bumpurs, Michael Griffith, Arthur Miller Jr., Edmund Perry, Yvonne Smallwood y Michael Stewart. También hay referencias a la violación de Tawana Brawley por cuatro hombres blancos. Eran sucesos recientes que impulsaron a Spike Lee a movilizarse y escribir el guion de un filme que, por tanto, hace crónica en tiempo presente de la explosiva tensión racial en los Estados Unidos. Pero es también crónica en tiempo pasado y, además, en tiempo futuro. Casi literal, vistas las similutudes entre la mecha que prende definitivamente el polvorín del barrio multiétnico de Brooklyn donde se ambienta la historia y el caso real de George Floyd, desencadenante tres décadas después de una oleada de protestas, manifestaciones y disturbios en todo el país. Entre medias, Rodney King y tantos otros nombres que van trazando una tragedia estructural que se perpetúa, con sutiles variaciones, a lo largo de los siglos.

         Haz lo que debas toma su título de una admonición de Malcolm X -referente en la defensa de los derechos de los afroamericanos a quien precisamente Lee dedicará un biopic tres años después-, de una llamada a tomar parte, posicionarse y actuar. La película se cerrará con dos citas, una de Martin Luther King en la que rechaza la violencia como método de lucha, abogando por conquistar las mentes y los corazones de los contrarios, y otra de Malcolm X en la que justifica el recurso a la violencia en base a determinados contextos, entre ellos una consideración de autodefensa. Una divergencia dentro de un mismo movimiento, una discusión entre vías de acción, sobre la que también gravita parte de la tensión dramática del relato. La eterna historia del amor y del odio, que recueda Radio Raheem emulando al sórdido predicador de La noche del cazador.

         Como hiciera Charles Burnett en el barrio de Watts en Los Ángeles en Killer of Sheep, Lee utiliza al repartidor de pizzas Mookie -interpretado por él mismo- como hilo conductor a través del cual dibujar una serie de viñetas cotidianas que van componiendo un fresco urbano y coral con el que se recoge una realidad tan variopinta como las personas que la habitan. Aunque, frente al naturalismo de trinchera de Burnett, Lee escribe con una caligrafía elaborada que se podría acercar incluso a los videoclips de la época, repletos de perspectivas y angulaciones forzadas, llamativas e impresionistas. Fight the Power atruena omnipresente, emblema de un hip hop que había asaltado a mano armada, con poderosa rebeldía y lengua agresiva, las listas de éxitos para escándalo de la burguesía caucásica. Es esta una expresión formal que en cierta manera resulta acorde a esa visión un tanto mitológica del barrio, con sus grandes personajes y sus pequeñas leyendas.

         A diferencia de algunas obras posteriores, Haz lo que debas no entra en lo panfletario, ya que explora un paisaje humano con sus correspondientes complejidades y contradicciones, lo que lleva a unas conclusiones que, dentro de su virulencia, no dan un mensaje mascado, idéntico a esa reconciliación, por su parte sucinta y tácita, que le sucede como un apunte ligeramente optimista, pues se combina con la actitud de las fuerzas políticas que manifiestan su preocupación por la seguridad de la propiedad privada. Siguiendo esta idea, en Haz lo que debas no hay una denuncia concreta, una proclama contra una injusticia, sino un reflejo que pretende ser fiel a una realidad para, a partir de ahí, tratar de leer las situaciones que se dan en ella. Dentro de este contexto, el locutor de radio encarnado por Samuel L. Jackson es el elemento más explícito, en su función de coro griego, a la hora de aportar una línea discursiva a una narración que concluye, decíamos, con una imagen de Martin Luther King y Malcolm X estrechándose la mano, unidos en su diferencia, diferentes en su unión, víctimas fatales ambos de un profundo conflicto que aún les sobrevive.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8.

El último gran héroe

23 Ene

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Año: 1993.

Director: John McTiernan.

Reparto: Arnold Schwarzenegger, Austin O’Brien, Charles Dance, Robert Prosky, Anthony Quinn, Tom Noonan, Bridgette Wilson-Sampras, Frank McRae, F. Murray Abraham, Art Carney, Mercedes Ruehl, Toru Tanaka, Danny DeVito, Ian McKellen.

Tráiler

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          En El moderno Sherlock Holmes, Buster Keaton encarnaba a un desdichado proyeccionista que, milagros del surrealismo, conseguía adentrarse en la pantalla de cine para materializar sus fantasías mientras que luego, de vuelta a la realidad exterior, utilizaba los códigos aprendidos del cine como guía para actuar en ella. Aunque sin plasmarlo con esta literalidad -que volverá a tener gloriosos y emocionantes ejemplos como La rosa púrpura de El Cairo-, son los cineastas cinéfilos de la Nouvelle Vague quienes considerarían que el espectador podía elevarse a la categoría de protagonista de unas películas con las que lograba abandonar, por un mágico instante, su anodina vida cotidiana. Un salto cualitativo en el cine que reflexiona sobre sí mismo. La puerta abierta para una posmodernidad en la que ver y hacer cine son, en ocasiones, vertientes de un mismo juego. Quentin Tarantino es probablemente el autor que recogería esta herencia con mayor entusiasmo, con una apuesta todavía más decidida por los géneros populares, recombinándolos y recomponiéndolos a su antojo en su particular mesa de mezclas.

El último gran héroe también se adscribe a este territorio, donde al devoto se le concede el deseo de sumergirse de lleno en la experiencia a la que hasta ahora solo accedía de una forma delegada, a través de compartir las emociones de los personajes, e incluso, gracias a su condición de iniciado, tener en su mano la llave para resolver los entuertos y peligros que se le proponen en este juego en primera persona.

Y esta carta de amor al cine de evasión, en su categoría de películas de acción ochenteras y noventeras -podrían añadírsele gotas de las aventuras juveniles de la Amblin y de juegos de rol como Dragones y mazmorras-, está plasmada con las mismas técnicas y premisas que se homenajean, satirizan y analizan, llevadas a cabo, con plenitud de poderes, por sus propios artífices, como un Arnold Schwarzenegger que se metería a fondo en la producción y un John McTiernan que dirige con ironía pero sin cinismo, ambos dando una lección de cómo reirse de uno mismo y, a la vez, reivindicar un oficio que tampoco es capaz de hacer cualquiera con el éxito que ellos logran alcanzar. El tributo prima sobre la vocación y la agudeza ensayística, obviamente.

          Es decir, que El último gran hombre es una metaficción que se adentra en la entraña del cine popular sin mirarlo por encima del hombro, sin traicionarlo falsariamente desde la pedantería artística o las ínfulas ególatras que, por ejemplo, podría aplicar un presuntuoso onanista como Jean-Luc Godard, quien, por mucho que declare su pasión por él en algunos títulos de crédito, se ama a sí mismo por delante y a costa de cualquier otra cosa. En cambio, El último gran héroe eviscera las fantasmadas de este universo con sus propias leyes físicas y dramáticas pero guardándole el respeto que se merece, encomiando su poder para extraernos de nuestras penurias cotidianas y regalarnos un viaje a lo asombroso, por chusca que, en verdad, sea esta maravilla. Sin la profundidad humana y sentimental de las obras de Buster Keaton o Woody Allen, pero sin asomo de esnobismo y con un festival de guiños y cameos muy simpáticos de encontrar.

          Claro que cuando Jack Slater tiene que desarrollar sus dotes de héroes en la ‘realidad’ fuera de los fotogramas no es esta una realidad cruda, antiépica, como la que vivimos día a día, que desactivaría por completo unas habilidades que un guionista de saldo y un jefe de efectos especiales ha convertido en sobrehumanas. Pero es que tampoco hace falta que Michael Haneke o Albert Serra desciendan de sus torres intelectuales para reprendernos -o provocarnos- acerca de que estamos divirtiéndonos con una violencia frívola o con personajes un poco ridículos. Porque todos somos como Danny Madigan, que a sus 12 años sabe perfectamente que las explosiones que revientan bloques enteros, los tiroteos a bordo de descapotables o los chistes lapidarios forman parte de unas convenciones que, evidentemente, nada tienen que ver con lo que nos puede ocurrir en una jornada de oficina, yendo al súper a hacer la compra o quedando con los amigos a tomar unas cañas. Es parte de un juego que disfrutamos en mayor o medida, según cada cual, pero en el que todos conocemos las normas.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 5,3.

Nota del blog: 8.

Clamor de indignación

4 Dic

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Año: 1947.

Director: Charles Crichton.

Reparto: Harry Fowler, Jack Warner, Alastair Sim, Valerie White, Jack Lambert, Stanley Escane, Douglas Barr, Joan Dowling, Gerald Fox, Ian Dawson, David Simpson.

Tráiler

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           Un niño que escribe con tiza en la pared una proclama contra la Policía, un cartel de la compañía bajo un rótulo que advierte contra los que pongan carteles en el muro, un insulto jocoso en forma de grafiti contra el productor Henry Cornelius… Peleas de piedras, caos de chavalería, ambiente de barrio… La Ealing arrancaba su primera comedia marcando ya a las claras un tono gamberro aunque al mismo tiempo familiar, fiel observador de la realidad social y, a la vez, amante de la influencia que la ficción puede tener sobre la vida -sobre todo en tiempos duros de posguerra-.

           Clamor de indignación es una película que se rueda a pie de calle, en los rincones aún arrasados por las bombas nazis y ahora transformados en felices escondrijos para los críos que abarrotan la ciudad para darle vitalidad y esperanza. Es decir, un escenario por completo realista donde, sin embargo, tiene lugar una trama que se comunica directamente, sin solución de continuidad, con la que va apareciendo en una historieta juvenil que leen los niños protagonistas y que, azares de la vida, les sirve para destapar una intriga criminal que medra ante las mismas narices de los adultos, gente por lo general miope para todo aquello que se salga de las aburridas rutinas cotidianas. En cierta manera, desembrollar este entuerto constituye un acto de rebelión, como se plasma en ese apoteósico final de calles invadidas por hordas de críos a la carrera, aliados sin fisuras para enfrentarse a los malvados.

De esta manera, este decorado naturalista de Clamor de indignación muta por momentos, filtrado por los códigos y las convenciones visuales del género policíaco -escaleras siniestras, rincones inquietantes, sombras amenazadoras, risas de espanto…-, adaptándose a la perspectiva, las apetencias y la ingenuidad -a veces retorcida y cruel- de los niños. Charles Crichton desarrolla un expresivo trabajo con las imágenes, acercándolas entre el homenaje y la parodia a los recursos visuales propios de este territorio de excitante intriga. Es interesante esa confrontación entre los barrios derruidos de Londres -un recuerdo sin cicatrizar de lo verdaderamente siniestro- y esas manifestaciones sacadas de una novela pulp, de una mitología popular que en el caso de los críos puede desbocarse ante el más remoto estímulo -una fantasía siniestra-.

           Asimismo, Crichton es ocurrente para plasmar este hermanamiento entre ambos mundos, como esos bocadillos que ilustran la imaginación en acción del protagonista mientras lee el tebeo, la cual además se traduce en estéticas propias del cine mudo. Uno puede quedarse tan abstraído por esa proyección como si fuera propia, hasta el punto de tropezar contra cualquier transeúnte, como le ocurre al muchacho.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6.

Playtime

23 Nov

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Año: 1967.

Director: Jacques Tati.

Reparto: Jacques Tati, Barbara Dennek, Yves Barsacq, Billy Kearns, Georges Montant, John Abbey, Reinhard Kolldehoff, André Fouché, Georges Faye.

Tráiler

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         ¿De dónde venía el señor Hulot, un tipo que parece eternamente ocioso, para pasar unas relajantes vacaciones junto al mar? De una sociedad tan agobiante y deprimente que exige a gritos poder salir de ella para conectar con esas sensaciones de placidez y dicha que tan bien supo transmitir Jacques Tati en la película que sirvió de presentación del personaje. En cambio, Playtime abunda en esa mirada desconfiada hacia la hipertecnologización y el extrañamiento humano que ya aparecía en Mi tío. Es, de hecho, como si la mitad que habitaba en aquella el señor Hulot, felizmente desordenada y cálidamente reconocible, hubiese quedado definitivamente fagocitada por la estética urbana de su contrario.

         La ciudad que Tati construiría en un colosal estudio para satisfacer sus ansias perfeccionistas -y que implicarían una inversión multimillonaria y años de trabajo que, desafortunadamente, dejarían empeñado al cineasta durante mucho tiempo- es un desconcertante paisaje de moles, laberintos y urnas por donde transitan una marabunta de individuos cuyas costumbres han dejado reducidos a tristes monigotes de una coreografía absurda. Una babel de mil lenguas fundidas bajo el constante y malsano zumbido de los aparatosos armatostes tecnológicos que no hacen la vida más cómoda, sino que la complican irracionalmente. A veces para deleite de esos tipos presuntuosos y alienados que encuentran su razón de ser en una ostentación ridícula, por completo alejada de cualquier naturalidad. Su hogar es, casi literalmente, un escaparate.

         Playtime es una distopía feroz que maltrata al espectador con un juego cómico con el estrés y la frustración. Para espolearlo, se vale del tempo del gag, exasperantemente alargado, y de una opresiva impresión de que todos los movimientos de Hulot, arrastrado por las circunstancias a través de una trama que podría decirse que ni siquiera tiene entidad en sí misma, solo conducen a que se dé con la cabeza contra callejones sin salida, contra muros impensables.

Pero el elemento capital es una atmósfera por momentos asfixiante que compone por medio de esa visión megalómana de la producción, que le conduce a que algunas piezas queden sobredimensionadas -los tres cuartos de hora de la secuencia del Royal Garden- pero, asimismo, a entregar un despliegue visual prodigioso en su arrolladora potencia estética y en su sorprendente creatividad, capaz igualmente de extraer delicadas y líricas metáforas de entre el hosco brutalismo arquitectónico que, según se aprecia en las promociones turísticas, se extiende, como una plaga, por el mundo entero. Los grandes y preciosos monumentos no son más que reflejos fugaces en un cristal, a los que nadie hace ningún caso.

Huelga decir que, marca de la casa, Playtime va más allá del humor de herencia del cine silente, porque es una auténtica una oda al sonido y sus posibilidades humorísticas y expresivas. Una sinfonía marciana.

        Reforzando esa recurrente frustración -como observador, como personaje- y, por qué no, esa sensación futurística, Tati, como si fueran láminas de ¿Dónde está Wally?, también disemina por el escenario clones del señor Hulot, quien por su parte comparece como una figura prácticamente esporádica, aunque a la postre determinante. Si Hulot acostumbra a ejercer como agente del caos en una sociedad estrictamente desnaturalizada, en Playtime es casi un elemento que termina por configurar un orden festivo, devolviendo a París a la dimensión soleada, alegre y colorida que se identifica con su aura romántica. Transformándola en una feria con tiovivos y atracciones de todo tipo para deleite del visitante, del vecino. Del espectador.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

Berlín Occidente

6 Nov

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Año: 1949.

Director: Billy Wilder.

Reparto: Jean Arthur, John Lund, Marlene Dietrich, Millard Mitchell, Peter von Zerneck.

Tráiler

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         Como Roberto Rossellini, Billy Wilder también recorrió las ruinas de Berlín en su año cero tras la aniquilación del Tercer Reich. Austríaco expatriado, a él también le dolía en carne propia la reducción de Europa a un amasijo de hierro, polvo y miseria. Pero fiel a su naturaleza, su recorrido por las derruídas avenidas y monumentos de la capital alemana está relatado por medio de frases ingeniosas cuyo humor, negrísimo, está tiznado de una profunda tristeza.

Berlín Occidente no regatea la tragedia. La comedia se ambienta en la desolación más absoluta, allí donde no hay vida, sino simple supervivencia, y todo, hasta el amor -es decir, el sexo-, se convierte en mercancía de contrabando. Es un páramo creado -un término paradójico- por una máquina de destrucción como es el ejército, al que, en emulación de las películas de Hollywood, se le pide que esté conformado por una pandilla de nobles y valerosos soldados, tan prestos para la batalla sin cuartel contra el enemigo como para la camaradería y el restablecimiento de los valores más elevados. Un imposible, resuelve con honestidad Wilder, que retrata un ejército vencedor con una moral tan destrozada como la de los vencidos.

         En este contexto, el cineasta contrapone que, contra la devastación bélica, una ciudad, un país, solo puede reconstruirse mediante el sexo, mediante una atracción tan primaria como humana. A veces de conveniencia, a veces honesta. Una ‘fräulein’ con un carrito de bebé adornado con dos banderas estadounidenses.

Este es el panorama contra el que choca frontalmente la estricta congresista de Iowa encargada, junto con otros colegas del Congreso varones y más despreocupados, de inspeccionar la “malaria moral” que podría haber cundido entre las tropas encargadas de asegurar la frágil paz de posguerra en el Berlín dividido en sectores. Marca de la casa, la presentación del personaje es magnífica, con un soberbio sostenimiento del tempo del gag, extendido exageradamente mientras Jean Arthur ordena sus cosas de forma meticulosa. Berlín Occidente es la primera de las dos únicas películas en las que la actriz, estrella de la comedia, aceptaría participar después de que, en 1944, hubiera vencido su contrato con la Columbia -la segunda, además, sería un western hondamente melancólico: Raíces profundas-.

         La señorita Frost -esto es, “helada”- es uno de los vértices entre los que se desarrolla esta trama de enredos románticos. Pero el tópico juego del hombre atrapando entre la femme fatale y la chica ingenua queda superado, de nuevo, desde la amargura, puesto que las dos mujeres -los dos países- se encuentran igualadas por una desesperada necesidad de afecto -sea por meros motivos de supervivencia, sea por una descorazonadora soledad; ambos motivos terribles-. Con esta turbulenta amalgama de sentimientos, Wilder demuestra su talento para combinar el humor con el patetismo y la tragedia, en un equilibrio complejo que se sostiene con inteligencia, sensibilidad y poderoso sentido cómico.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 8.

Las vacaciones del señor Hulot

30 Oct

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Año: 1953.

Director: Jacques Tati.

Reparto: Jacques Tati, Nathalie Pascaud, Micheline Rolla, Valentine Camax, Louis Perrault, André Dubois, Lucien Frégis, Raymond Carl, René Lacourt, Marguerite Gérard.

Tráiler

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         La naturaleza del señor Hulot va contracorriente. No como forma de protesta voluntaria, es cierto, pero bien vale como posición frente a la locura del mundo, que abarca desde su terrible violencia bélica hasta sus tóxicas convenciones cotidianas.

El señor Hulot, decíamos, se estrena en el trabajo cinematográfico yéndose de vacaciones a la playa. Toda una paradoja. Unas vacaciones en las que, además, no se relajará junto al resto de huéspedes del hotel, sino que se dedicará a sembrar el caos y a propagar la tensión nerviosa. Para ello se vale de su despiste consustancial, de su genuina torpeza y de la franquza de sus sentimientos. No por nada, los personajes de corazón puro, como por ejemplo los niños, se identifican rápidamente con él y lo convierten en impagable compañero de aventuras y modelo para lidiar con la sociedad sin perder la inocencia y, por tanto, la esperanza.

         El humor que despliega Jacques Tati es conceptualmente sencillo, a veces algún gag queda incluso un tanto anticuado, pero en conjunto es muy eficaz. Nace del slapstick del cine mudo, del que hereda también esa posición marginal desde la que enfrentarse a la vida que poseían Charles Chaplin y Buster Keaton, que encarnaban antihéroes que, a diferencia de los protagonistas convencionales de las películas, de los héroes y de los galanes, deben hacer frente al doble de obstáculos para conseguir satisfacer cualquier anhelo, por pequeño que sea. Justo como cualquiera de nosotros.

Así pues, la coreografía del movimiento, combinado con un exagerado y estrambótico empleo del sonido, se acompaña de una atmósfera tierna y dulcemente melancólica en su seguimiento de los andares del señor Hulot. Su viaje en un desvencijado coche sirve, ya de primeras, como perfecta presentación del personaje: un tipo en clara desventaja frente a los arrogantes privilegiados pero perseverante en sus intenciones y, a pesar de las penurias, siempre amable con sus pares, como prueba su caricia al chucho que se resistía a renunciar a la siesta para cederle el paso.

         Las vacaciones del señor Hulot recopila una serie de escenas cómicas, amables, absurdas, plácidas… donde el costumbrismo, de la mano de esta subversiva presencia, llega por momentos a tener trazas de surrealismo solo por la simple exposición de la banalidad rutinaria, que se deforma y pierde sentido tan solo por representarla fuera de la realidad en sus múltiples formas, tan disparatada es en el fondo. La capacidad revolucionaria de Hulot es tal que puede transformar el duelo en carcajada. Porque, como decíamos, allá afuera el mundo es feo. La radio habla de problemas incomprensibles entre los que permanece el recuerdo de las últimas “tres” guerra mundiales. Pero esto no es nada si se compara con un baile con una joven guapa y agradable.

La sencillez de Tati es también una muestra de delicadeza. A partir de ella, consigue extraer lirismo. Ni siquiera se puede decir que su sátira es despiadada o cínica, o que trate de arremeter contra el espectador con maliciosa agresividad. En la torpeza y el despiste de Hulot descansa también una honda e inspiradora hermosura.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7,5.

Corazonada

26 Oct

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Año: 1981.

Director: Francis Ford Coppola.

Reparto: Frederic Forrest, Teri Garr, Raul Julia, Nastassja Kinski, Harry Dean Stanton, Lainie Kazan.

Tráiler

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         “Si me dieran un dólar por cada vez que me he arriesgado…“, canta Tom Waits en la apertura de Corazonada, el salto al vacío en forma de musical romántico con el que Francis Ford Coppola no solo no ganó un dólar, sino que se fue directamente a la ruina, llevándose por delante su estudio, Zoetrope, que había estrenado precisamente con este rodaje. El cineasta de impulsos, que aspiraba tanto a rodar colosales producciones como a ser un autor a la europeo, pagó cara su corazonada, que tuvo que saldar durante más de una década sometiéndose a las películas de encargo. Tras regresar de Vietnam con Apocalypse Now y El cazador, Coppola y Michael Cimino se estrellaron con la debacle de Nuevo Hollywood con esta y La puerta del cielo. El primero, para mayor ironía, con una obra que quería realizarse recordando en parte el sistema de estudios que su generación había contribuido a desmontar.

         Coppola, que ya conocía el musical de El valle del arco iris, escogía regresar al género más artificial del cine encavándolo en la ciudad más artificial de los Estados Unidos, Las Vegas, recreada además, sin disimulo, en un set de cine en el que dar rienda suelta a las posibilidades artísticas, libres de las limitaciones de la realidad, que ofrecen los decorados de Dean Tavoularis. El escenario se despliega en una luminosa y caótica magnificiencia, aunque en otras ocasiones semeja un imperio en ruinas, enterrado bajo la arena y el tiempo, decadente y melancólico.

La decisión es coherente con el espíritu de un filme que rechaza toda naturalidad, adentrándose en lo fabuloso. Es decir, como las sensaciones que producen las luces de neón, ajenas toda relación con la naturaleza, de sedosa textura onírica. Con Vittorio Storaro al frente, Corazonada es, en buena medida, una cinta fundamentada sobre el trabajo con la iluminación, que sirve para manifestar emociones e incluso introducir elipsis sin cambiar de plano, con un aire teatral. Ante el amor, todo resplandece. En su ausencia o en su conflicto, los tonos azules pugnan con los amarillos, los rojos con los verdes… subrayando todo. Pero bajo el influjo de estas luces cegadoras, nada es auténtico, se lamenta el hombre despechado.

         En contraste, los protagonistas son personas comunes interpretadas por dos actores, Frederic Forrest y Teri Garr, que no poseen aura de estrella. De hecho, él ni siquiera es un personaje agradable, con un comportamiento hipócrita, mezquino y agresivo. En un relato de este tipo, es arriesgado no sentir simpatía por el amante herido que debe reconquistar a su enamorada, preferir incluso que no triunfe y que se dé la puntilla a este romance de trazas tóxicas -quizás le afecte, pues, el paso de los años y la evolución de las sensibilidades-. Aunque puede que, en el fondo, se trate de eso mismo; de una vulgar derrota fantasiosamente travestida de victoria rutilante.

Desde la banda sonora, como si se tratase de un coro griego, Tom Waits y Crystal Gayle desnudan los sentimientos que no aparecen en pantalla. Pero, al final, la verdadera belleza de Corazonada, el hechizo, no se encuentra tanto en la historia que se cuenta como en las imágenes que la cuentan. Lo que, para suscitar emociones de una u otra manera, también puede jugar en su contra.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6,5.

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