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Blade Runner 2049

9 Oct

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Año: 2017.

Director: Denis Villeneuve.

Reparto: Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, Sylvia Hoecks, Mackenzie Davis, Robin Wright, Hiam Abbass, Carla Juri, Lennie James, Barkhad Abdi, Dave Bautista, Edward James Olmos, Sean Young.

Tráiler

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         Suelo asegurar que Blade Runner pertenece al top ten de mis películas favoritas. Igualmente, considero que se trata de uno de los grandes filmes de la historia del séptimo arte, ya que conjuga un fondo y una forma de extraordinaria calidad; entretenimiento, emoción, reflexión y lirismo; placer intelectual, placer estético y placer hedonista. El cine con mayúsculas, en definitiva. Al menos como yo lo siento.

Un punto de partida, pues, que se antoja virtualmente inalcanzable para una secuela, siquiera por el mero hecho de ser una continuación. Las comparaciones son injustas, se supone, pero no por ello dejan de ser pertinentes. Más allá de los previsibles guiños al original, Blade Runner 2049 es una obra íntimamente ligada a su antecesora, por más que, con acierto, sepa guardar cierta autonomía propia. Porque, obviando los presumibles objetivos de explotación económica que subyacen en el proyecto, también es verdad que el marco filosófico de la cinta de Ridley Scott -aquí codicioso productor ejecutivo- es lo suficientemente amplio y poliédrico como para soportar nuevas incursiones en este universo distópico, apesadumbrado, kafkiano y profundamente existencialista. Qué significa ser humano es una pregunta inagotable y eterna.

         De este modo, Blade Runner 2049 hereda, prolonga y confronta, casi de forma especular, la duda existencialista de Deckard, esta vez a través de la figura del ‘blade runner’ K (Ryan Gosling). De la mano de un guion que no teme explicitar determinados giros de la trama, desaparece prácticamente la ambigüedad en la asunción de las cuestiones ontológicas del relato: si en los sucesivos remontajes de Blade Runner se estimulaba el misterio acerca de la naturaleza de Deckard, hombre o pellejudo, la introducción de esta impulsa al espectador a que se identifique con la máquina; con su vida vaciada, huérfana de motivaciones. Ejecutar una función ajena, ingerir nutrientes, desactivarse. Repetir. Más robots que los robots.

         En Blade Runner 2049 permanece la megalópolis global sumida en una llovizna eterna y apocalíptica -ahora también bruma y desierto-, pero los lemas cambian y se reajustan a la evolución de la sociedad, de sus dilemas y sus inquietudes. Tan humanos como usted lo desee. Le dirá todo lo que usted quiere oír. La nueva Rachel de Blade Runner 2049 es un holograma erótico con los ultrasensuales rasgos de Ana de Armas y que parece desarrollar los sentimientos más intensos que se mostrarán en pantalla. El argumento incorpora así la cada vez más estrecha vinculación entre ser humano, tecnología y vida virtual que, desde el cambio de milenio, y en especial con el desarrollo de las redes sociales como vía de relación interpersonal, viene explorando hartamente la ficción. De Matrix a Her, pasando por los escenarios inmediatos que plantea la serie Black Mirror.

         Y se conserva el paralelismo y las lecturas religiosas del relato, aludidos igualmente sin reparo. El reino de los cielos, Dios padre, ángeles custodios y ángeles caídos; Raquel y su prodigio; un mesías en medio de la liberación de nombre José. En este apartado se incluye el villano de la función, que termina por quedar bastante desdibujado dentro de un conjunto que, por otro lado, tampoco posee una capacidad de transmisión de gran impacto. Se loa el milagro que constituye la vida en sí misma y se proponen complementos al recuerdo y la empatía como vigas maestras de la existencia consciente y plena. En concreto, se abunda en elementos subjetivos y sentimentales: sentirse amado, sentirse deseado, sentirse especial; la fragilidad frente a la extinción, la entrega altruista a unos ideales trascendentes, el alumbramiento de decisiones en el libre albedrío.

         Buena parte de los defectos de Blade Runner 2049 son computables a una exposición que se hipertrofia hasta el punto de quedar un tanto dispersa, irregular y destensada tanto en discurso como en emoción. Denis Villeneuve, director de elevadas ambiciones, ofrece una puesta en escena elaboradísima en su juego con la geometría, el color, el espacio la sombra y la luz. De ella emergen algunos planos y secuencias hipnóticos, significativos e impresionantes, aunque otros tantos excesivos y sobrecargados. La atmósfera está fundada adecuadamente desde este aspecto visual, si bien este no es el único ingrediente que ha de tener la composición. El realizador canadiense es un portentoso creador de imágenes. Él lo sabe, lo que en ocasiones, como en la presente, deriva en la autocomplacencia. En una tendencia al esteticismo que descuida el pulso narrativo, la faceta de contador de historias que también ha de satisfacer todo gran cineasta.

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Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6,5.

Knight of Cups

28 Ago

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Año: 2015.

Director: Terrence Malick.

Reparto: Christian Bale, Cate Blanchett, Natalie Portman, Wes Bentley, Brian Dennehy, Imogen Poots, Antonio Banderas, Freida Pinto, Teresa Palmer, Isabel Lucas, Jason Clarke, Armin Mueller-Stahl, Clifton Collins Jr., Ryan O’Neal, Joe Manganiello, Ben Kingsley.

Tráiler

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         Ser uno de los directores más influyentes del presente siglo no le garantiza a Terrence Malick la distribución internacional de sus producciones, al menos en España. Y, más aún, uno diría que esta capacidad inspiradora de su estilo -marcado por una personal e irrenunciable manera de narrar y de entender el relato cinematográfico- está haciendo mella en un prestigio puesto ahora en tela de juicio con creciente frecuencia. La voz de un autor en entredicho.

Por ello, valoro la fidelidad hacia sí mismo, hacia su cosmovisión y su sensibilidad, que el texano mantiene en Knight of Cups, indiferente hacia el cuestionamiento o incluso hacia la ridiculización, elemento altisonante cada vez más habitual en una crítica ávida de atención dentro de un mundo con la concentración limitada a unos 140 caracteres. Ni me fatiga ni me molesta reencontrarme con los ecos recurrentes de su personalidad, ya que creo que pocos cineastas han sabido mirar como él la naturaleza, trazar con su precisión y su lirismo un mapa de recuerdos.

         Precisamente los recuerdos componen una etapa más de Knight of Cups, pues el filme trata de componer, con evidente ambición, el viaje existencial de un individuo en pos quién sabe si de la felicidad, del destino, de la trascendencia, del sentido de la propia vida o de qué cosa.

Malick aborda el asunto desde una espiritualidad humanista. El punto de vista es el del príncipe que ha partido al encuentro de un tesoro pero que, en el curso de la aventura, ha perdido la memoria sobre su meta, sobre su propósito. A pesar de las parábolas recurrentes y de la invocación de una voz paterna trascendente, la religiosidad del discurso está algo menos acentuada que en anteriores obras. Malick tampoco abunda en profundidad en sus impresiones ni, desde luego, pretende formular respuestas a semejantes interrogantes, más allá de una sentida preferencia por la esencia realizadora del amor correspondido o compartido -un universo en sí mismo con gran ascendencia sobre el corpus del autor-.

         Las intenciones y las palpitaciones de Knight of Cups, por tanto, no están demasiado alejadas de El árbol de la vida. De hecho, la presente podría complementarse con el documental Voyage of Time: Life’s Journey para completar la inmensidad abordada por aquella. Es decir, otra muestra de que el autor no renuncia a sus constantes existenciales y cinematográficas, a las inquietudes que desvelan su mente y su arte. Aunque, por otro lado, la abstracción de su exposición cinematográfica va en aumento y el largometraje renuncia a la narración aristotélica para sumergirse en cambio en un cúmulo de retazos tan enmarañados como el camino recorrido y por recorrer; en los bosquejos de una búsqueda a tientas. La lectura que efectúa, no obstante, tampoco es enconadamente críptica.

El personalismo radical de Malick no es elitismo. No voluntariamente, en todo caso.

         Knight of Cups parte de un autodesconcimiento, de una situación de desorientación absoluta, de una llamada al despertar de la autoconsciencia -el terremoto-, para emprender una odisea que atraviesa los capítulos de una vida. Un nuevo comienzo donde todo es posible, en referencia a uno de los mitos fundacionales de los Estados Unidos.

Knight of Cups escudriña en rincones íntimos -vacíos interiores, traumas familiares sin cicatrizar, el vínculo familiar y la enseñanza transmitida, fracasos afectivos, aventuras incompletas, banales exploraciones hedonistas, frustraciones románticas, conexiones emocionales puras, resonancias místicas…- y también en circunstancias o escenarios externos -la sociedad del aislamiento a través de la hiperexhibición, el caos de la megalópolis, el culto a la estética, los disfraces del individuo, el materialismo, la comercialización de todo, las necesidades que acucian hasta en la vida del anacoreta que ha logrado contemplar la vida contemporánea desde fuera, como si se tratase de una maqueta a escala; la confusión entre realidad y representación en el juego social, manifiesta en encadenamiento de paisajes urbanos con decorados de cine…-. La inasible abundancia de temas, de piezas de este puzle irresoluble, deja cierta sensación de que se pasa de soslayo por muchos de ellos.

         Malick acompaña el periplo con su tradicional steadicam, liberada a un movimiento constante cuyo ritmo queda modulado por el estado emocional, muy próxima a los personajes y a su línea de mirada -a escasa altura, por ejemplo, en las evocaciones infantiles-. Son planos personales y casi cerrados por momentos, pero al mismo tiempo elaborados con gran angular, que genera un efecto de ojo de pez en los fotogramas. Siempre dotados de contenido, más allá de la belleza.

En concordancia con el soliloquio inicial acerca del viaje del peregrino hasta alcanzar el Paraíso, desarrollado bajo la apariencia de un sueño, el elemento onírico se infiltra en las escenas para sublimar los encuentros que experimenta el protagonista, perceptible en la constitución contemplativa de las escenas, en la cadencia amortiguada de las conversaciones, reducidas a su esencia, aisladas del entorno, potenciadas por la voz interior que se manifiesta a través de la voz en off, otro de los elementos característicos del director norteamericano. Esta recitación interna es preponderante sobre el diálogo -abandonado a la improvisación de los actores, según la información del rodaje- y su expresión es más poética o metafísica que explícita o explicativa, con la pretenciosidad y el riesgo que ello conlleva.

         Malick no engaña a nadie, ni quiere hacerlo. Él invita a quien lo desee a sumarse a su búsqueda, que es eterna e inagotable. A echar un vistazo sin guía y sin facilidades; pero con tesón y con sentimiento. Con la honestidad de quien es respetuoso consigo mismo, independiente frente a las consideraciones del resto.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 7,5.

El jinete eléctrico

25 May

El jinete eléctrico es una cinta típicamente pollackiana, dueño de una reivindicación sensible de la dignidad de un mundo que se marcha -el del salvaje Oeste- y con un romance entre caracteres contrapuestos -una estrella del rodeo desahuciada y una ambiciosa reportera-. Para la segunda parte del especial Sydney Pollack en Cine Archivo.

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El jugador

8 Feb

“La vida es un juego de azar.”

Voltaire

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El jugador

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El jugador

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Año: 1974.

Director: Karel Reisz.

Reparto: James Caan, Paul Sorvino, Lauren Hutton, Morris Carnovsky, Jacqueline Brookes, London Lee.

Tráiler

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           Una de las pulsiones principales que late en el cine negro, si no la principal, es el sometimiento del hombre a la fatalidad. El destino escrito e inapelable que convierte al individuo en un títere impotente que trata en vano de sacudirse los hilos que dominan contra su voluntad un futuro escrito de antemano. Son, en muchos ejemplos, emocionantes historias de una rebelión quizás inútil pero siempre necesaria, acometida por pura fuerza de personalidad, por obstinada resistencia contra Dios, los Hados o quien quiera que esté riendo cruelmente mientras contorsiona la cruceta. En las tragedias criminales, el protagonista busca por lo general reconducir y dominar su camino futuro enmendando un recorrido pasado, torcido sin remedio. Una expiación moral, en definitiva.

           En el caso del Axel Freed de El jugador -en cuyo guion el debutante James Toback entremezcla su experiencia personal como docente y jugador compulsivo además de rastros reconocidos del clásico homónimo de Fiódor Dostoyevski-, el arma escogida en ese intento de imponer la voluntad personal sobre el destino que condena a la existencia al puro sinsentido es, paradójicamente, una presunta transgresión moral.

Axel (rotundo James Caan) apuesta de forma frenética, aparentemente sin lógica alguna, para demostrarse a sí mismo que puede imponer su voluntad impertérrita a la realidad que lo circunda. Para constatar que, en efecto, está vivo, en un sentido pleno y satisfactorio.

           El jugador emplea como herramienta de exploración en la psicología de Freed y sus censurables acciones –la relación con su madre, su novia y su alumno, la tendencia autodestructiva de su proceder- las referencias a Dostoyevski y a otros literatos que cuestionan la percepción de la vida y de uno mismo –el deseo como fuente de vida; la complaciente y decepcionante ambigüedad de la visión de George Washington-.

De igual manera, el discurso traza agudos paralelismos entre esa ruptura contra las imposiciones de lo racional que defiende Freed y el concepto del sueño americano, paradigma y fundamento falaz del capitalismo que personifica su abuelo, inmigrante lituano que logró cumplir el ideal del millón de dólares a partir de un centavo. En cierto modo, la rebelión del personaje no deja de ser una lucha equivalente a la del western de la conquista del territorio, con esa raíz de sometimiento de la amenaza y de la creación de un espacio controlado y libre de inquietantes incertidumbres que, desde el punto de vista del propio Freed, es aquello que define la personalidad colectiva de los Estados Unidos.

           El recurso al texto es eficaz, pero se antoja incompleto. Aunque goza de decisiones expresivas y poderosas –la intermitente intercalación de recuerdos en diálogo con el presente-, por momentos se echa en falta cierta víscera y cochambre en esa descripción física y moral que, desde la realización de Karel Reisz, complete el aguerrido y angustiado retrato pretendido por Toback. Le falta concretar definitivamente esa furia que aguarda para explosionar desde el fondo del relato.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

Ruta suicida

5 Sep

“Yo solo hago las películas y luego funcionan como funcionan. Si a la gente le gustan es bonito y si no les gusta, pues mala suerte”

Clint Eastwood

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Ruta suicida

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Ruta suicida.

Año: 1977.

Director: Clint Eastwood.

Reparto: Clint Eastwood, Sondra Locke, Pat Hingle, William Prince, Michael Cavanaugh.

Tráiler

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            Clint también tenía que pagar facturas. Embarcado en su aprendizaje como cineasta, aun sin el reconocimiento unánime de la crítica pese contar en su haber con producciones tan recomendables como Infierno de cobardes o El fuera de la ley, Eastwood alternará proyectos personales y arriesgados junto con otros destinados a cosechar buenos números en taquilla, amparado en su prestigio como héroe de acción.

Si en el western tendía a reciclar su personaje característico del fantasmagórico hombre sin nombre leoniano, en el presente género recurrirá a experimentar con diversas metamorfosis del no menos icónico Harry Callahan. El hombre de justicia todopoderoso, implacable y marginal.

            En Ruta suicida -obvio miembro del segundo de los citados grupos-, Eastwood queda a cargo de trasladar a la única testigo disponible contra la mafia (Sondra Locke, su lánguida musa y amante) en una carrera mortal contra los despiadados gángsters de Las Vegas y, además, un estamento policial reducido a la condición de despersonalizada arma ejecutora en manos de un putrefacto laberinto de dirigentes corruptos.

            Cinta alimenticia y ramplona donde las haya, Ruta suicida sustenta su apuesta sobre la acción de aguerrida violencia de los setenta, aderezada en este caso con variaciones tonales típicas de las ‘road movies’ románticas y las ‘screwball commedies’. Notas de humor que se plasmarán incluso en el póster promocional del filme, firmado por el ilustrador Frank Franzetta -leyenda de la espada y brujería-, y en especial al carácter de las escenas de tiroteo, hiperbólicas hasta la parodia –alguna interpretación cogida por los pelos apuntará a ellas como representación alegórica de la Guerra de Vietnam-.

El libreto se transforma entonces en un simple vehículo de lucimiento de la estrella protagonista, destinado a satisfacer por la vía rápida y sin miramientos las servidumbres populares derivadas de su imagen de tipo duro, al mismo tiempo que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, le garantiza un legitimado y confortable punto de encuentro con Locke. No se encuentra otra explicación aparte de esta mera excusa, porque por mucho que se emperre el bueno de Clint, la actriz carece del magnetismo suficiente como para subyugar en esos papeles de mujeres fascinantes por su vulnerabilidad o su inopinada fortaleza que el californiano solía regalarle.

            En lo que respecta a la trama, frente a un notable cúmulo de incongruencias y despropósitos lógicos que acechan tanto a detalles nimios como a cuestiones de peso, se puede mirar en cambio con cierta benevolencia a esa figura de macho alfa mucho más vulnerable y patético de lo que trata de aparentar con su pose chulesca y desdeñosa –similar proceso desmitificador se repetirá en la frecuentemente malinterpretada El sargento de hierro-. Asimismo, la amarga visión de la policía como garante de la ley –que no de la justicia-, característica de esta cínica y desilusionada década, deja elementos de reflexión a pesar del imprescindible proceso de redención personal -colectiva, por extensión- emprendido por el protagonista.

             Sumado a ello, el férreo rodaje de la acción, el consistente ritmo y por supuesto el carisma de Clint permite salvar una película que, de otro modo, caería sin remedio en el cajón de los suspensos gordos.

 

Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 5.

21 Black Jack

14 Jun

“Soy un escritor de Hollywood, así que me pongo mi chaqueta deportiva y me quito el cerebro.”

Ben Hetch

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21 Black Jack

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21 Black Jack

Año: 2007.

Director: Robert Luketic.

Reparto: Jim Sturgess, Kate Bosworth, Kevin Spacey, Aaron Yoo, Liza Lapira, Jacob Pitts, Laurence Fishburne, Josh Gad, Sam Golzari.

Filme

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            El giro sorprendente de guion compone uno de los elementos imprescindibles en el cine de picaresca y timos; esto es, aquel en el que un grupo de personas aspira a conseguir por pura habilidad intelectual un cuantioso botín que, por otros medios –intimidación física, acción expeditiva, tecnología puntera- sería imposible de obtener. Robos de intrincada y limpia cirugía que fascinan y atrapan sin remedio –El golpe, Nueve reinas,…- pero cuyo satisfactorio resultado cinematográfico depende de un valor contradictorio a lo que se expone en su trama: la honestidad de esos citados giros argumentales, la ausencia de argucias, que el guionista no se convierta en un simple pícaro más que roba la cartera al espectador distrayendo su atención con un truco barato.

            21 Black Jack presenta un atractivo número de feriante: un cruce entre los espectaculares asaltos a casinos de la saga de Ocean’s Eleven, entremezclado con las habilidades matemáticas de Rain Man y la reivindicación (seria) del nerd sin vida social de las comedias juveniles de los ochenta.

Chicos guapos que, bajo el liderazgo carismático de Kevin Spacey -enrollado profesor de ecuaciones no lineales y antiguo contador de cartas de Las Vegas-, conocen los inalcanzables lujos del sistema regido por el dios dólar gracias a la estafa cometida contra las desopilantes catedrales de neón de la ciudad del pecado. Un escenario de sueño dorado de la MTv que Robert Luketic, artesano a disposición de productos por lo general precocinados y de consumo rápido, compone en consecuencia con un estilo de gusto contemporáneo, videoclipero.

            El arco dramático que dibuja 21 Black Jack le aleja de los turbios procesos de ascenso, caída y redención del cine de fascinación gangsteril marca Scorsese, ya que prefiere echar el ancla en el moralismo por medio, en primer lugar, de la justificación teleológica de los actos del protagonista –el robo por necesidad, fruto de la elitista educación norteamericana que rechaza el intelecto y solo admite el talonario-.

Presupuestos que conforman un viaje iniciático, con sus respectivas tentaciones, desvíos del camino inicial, posteriores aprendizaje y rectificación, que lo asemejan más en su desarrollo a los ejemplarizantes esquemas argumentales de la Disney y sus personajes que pasan de la nada al todo, ‘from zero to hero’.

            Como decíamos, la historia, bastante convencional y ya por momentos difícilmente creíble –extraño que ningún miembro de la plantilla de algún casino se pregunte porqué los siempre mismos tipos ganan tanto, siempre van juntos y siempre hacen tanto gesto raro-, trata de evitar la previsibilidad absoluta mediante la anteriormente mencionada trampa, el indeseable as en la manga. Lo malo es que el mago no es bueno, el truco está muy gastado, se le ve venir a la legua y el público ya pasa del número.

            Que al menos no sea aburrida a pesar de lo poco interesante de su propuesta, permite a 21 Black Jack conservar el estatus básico de película de usar y tirar.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 5.

Sidney

23 Mar

“La idea de ser director de cine fue algo muy personal. Digamos que vino de mí. Probablemente fue mi madre la que más me animó a dedicarme al cine. Recuerdo que tras ver Rocky le dije, para su disgusto, que quería ser boxeador. Y ella me dijo algo muy inteligente: ‘Ten en cuenta que Rocky también rodó la película’. Así, desde los siete años ya tenía clara mi vocación de cineasta. Nada más. Nunca he tenido plan B. Por mi parte, creo que era algo psicótico incluso. No es que fuera lo único que quisiera hacer, es que, en realidad, no hubiera podido hacer nada más.”

Paul Thomas Anderson

 

 

Sidney

 

Sidney

Año: 1996.

Director: Paul Thomas Anderson.

Reparto: Philip Baker Hall, John C. Reilly, Gwyneth Paltrow, Samuel L. Jackson.

Tráiler

 

            Hay un veterano jugador de vuelta de todo, un pardillo con el que se establece una relación de tutoría, una femme fatale de vida turbia que rompe con sus encantos el próspero equilibrio de los hombres y un sombrío pasado que se muda al incierto presente para cobrar con creces su ineludible deuda de sangre.

            Sidney, estreno en el largometraje de Paul Thomas Anderson, parece cine negro de manual. Pero no hablamos de un realizador cualquiera, sino del director de su generación que posiblemente más amerite el apelativo de autor. Es un hombre de cine que se implica en todas las fases del proceso de construcción de la película, desde la concepción de su historia hasta su escritura en imágenes con identificable estilo, pasando también por el control de una banda sonora a menudo compuesta antes del filme pero con unas intenciones bien definidas, conformada por pistas que se asemejan más a una amalgama de registros sonoros que a una melodía destinada al subrayado de estados emocionales.

            Por mucho que sus premisas indiquen lo contrario, no estamos hablando, por tanto, de cine negro de manual. Lo que propone Anderson en Sidney, opera prima pequeña pero ambiciosa, es una serie de claves clásicas del género de las que hace acto de apropiación, con las que juega desde una óptica particular e intransferible, retorciendo sus fundamentos, trasteando con sus convenciones, rechazándolas, reformulándolas, amoldándolas o incluso afirmándolas desde un proceso de revisión íntima y privada de las mismas.

            El eje vertebrador del relato, el Sidney del título (Philip Baker Hall, con el carisma impreso en los insondables surcos de su rostro), surge como un etéreo ángel de la guarda, aunque también como esa figura tan clásicamente cinematográfica que es forastero del western, que emana de la nada, cambia la vida de la gente allí por donde transita y regresa al amparo de una oscuridad enigmática que podría definir, con ligeras pero sustanciales variaciones –un halo turbio, benefactor, embaucador, redentor-, tanto su pasado como su futuro.

Sidney supone de este modo una figura magistral y paterna de inescrutables motivaciones que enmienda y encauza, apuestas en Las Vegas mediante, al joven John (John C. Reilly, acertada elección por su aspecto cándido), un personaje que por su parte ostenta todas las cartas que definen la jugada existencial de un perdedor.

Una reinterpretación del correspondiente estereotipo que Anderson extenderá asimismo y en consecuencia a la figura de la dulce y lánguida femme fatale de eterno rimmel corrido encarnada por Gwyneth Paltrow, cuyo poder de desestabilización sentimental y material proviene de actos involuntarios y accidentales, víctima inconsciente de sus desfavorables circunstancias. Un recorrido acaso paralelo al de John que obligará al protagonista, una vez más, a ejercer de enigmática fuerza sanadora.

            Sostenido y desarrollado sobre la base de unos diálogos sugerentes, intensos y perfectamente planificados, el filme se contagia de la sutileza y mesura de su personaje principal, que parece levitar sobre el escenario. El atractivo guion se conjuga entonces con una realización de cuidada puesta en escena, repleta de movimientos de cámara suaves y elegantes, con escasos cortes de montaje y un ritmo sosegado y fluido que dota a la obra, con una notable abstracción ya de por sí, de un aura especial, hipnótica; un estilizado atrevimiento que no cede ni ante la violenta llamada del clímax en su desenlace.

             Un debut decididamente fuera de la norma, tan atípico, y estimulante como su creador.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

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