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Llanto por un bandido

5 Oct

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Año: 1964.

Director: Carlos Saura.

Reparto: Francisco Rabal, Lea Massari, Philippe Leroy, Lino Ventura, Antonio Prieto, Fernando Sánchez Polack, Manuel Zarzo, José Manuel Martín, Rafael Romero, Agustín González.

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           Llanto por un bandido es el primero de lo que Carlos Saura vendrá a llamar sus “ensayos sobre personajes”, obras que se aproximan a figuras como el bandolero José María ‘El Tempranillo’ en esta, Lope de Aguirre (El Dorado), San Juan de la Cruz (La noche oscura), Francisco de Goya (Goya en Burdeos), Luis Buñuel (Buñuel y la mesa del rey Salomón) o Wolfgang Amadeus Mozart (Io, don Giovanni).

Precisamente, el cineasta invita a participar a sus dos compatriotas aragoneses en el filme. El primero, simbólicamente, a través de una reproducción de su Duelo a garrotazos. El segundo, de cuerpo presente, ya que realiza aquí un cameo como verdugo en una introducción que sería cercenada por la censura franquista y luego recuperada en 2018, es decir, 44 años después del estreno del filme. Junto a él, leyendo solemnemente la sentencia, aparece Antonio Buero Vallejo, quien llegó a ser condenado a muerte en las postrimerías de la Guerra Civil española y sufrió presidio y censura bajo la dictadura.

           En Llanto por un bandido subyace una evidente carga política. Dentro de estas referencias podría aventurarse una muerte a manos de la caballería del absolutista Fernando VII que parece emular la Muerte de un miliciano, de Robert Capa. En este contexto, El Tempranillo, en busca de conquistar el tratamiento de ‘don’, trata de mantenerse ajeno a los vaivenes de una España volátil, encaramado en las cumbres de la Sierra Morena desde donde cree haberse adueñado de un paisaje romántico, todo ruinas de poderosos castillos y eternos olivares en lontananza. Pero el retrato épico que pretende encarnar el bandolero es pura apariencia. No está subido a un caballo, sino sentado sobre un mísero tronco. Todo es política y, aunque El Tempranillo la rehúya, esta le dará pronto alcance.

Si bien esta última transición dramática -una toma de conciencia traducida en sacrificio redentor- se desarrolla de forma precipitada -tanto como las tajantes elipsis que hacen avanzar el relato, confiriéndole un aire de precariedad a la obra que se refuerza en las escenas de batalla-, Saura ya había diseminado antes elementos discursivos como el planteamiento del bandolerismo a modo de lucha de clases entre los desposeídos labriegos y los señoritos de cortijo, o el imperativo de la rebeldía contra las traiciones del poder establecido -ese Rey Felón que ajusticia a aquellos que le habían devuelto el trono combatiendo contra el Francés en la Guerra de la Independencia española-. El libreto, firmado por Mario Camus y el propio director, contiene pasajes elocuentes en el retrato social y personal, como el de los comensales de la venta.

           En unos tiempos en el que las producciones europeas empezaban a convertir Andalucía en un salvaje oeste alimentado de spaghetti, Llanto por un bandido comparte ese gusto por los rostros sucios y sufridos, incluso para los papeles protagonistas, con la contundencia de Paco Rabal y, en un papel más breve, Lino Ventura. No obstante, luce a la par composiciones pictóricas -esa cita a Goya, la visión romántica de la serranía andaluza, la estancia nupcial, las tétricas plañideras y el Cristo velado de la ejecución a garrote vil…- y un sentido lírico que arraiga en el dibujo de este bandolero sentimental, cuya visceralidad se acompaña desde los temas de la banda sonora, que son lamento racial.

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Nota IMDB: 6.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 6,5.

La isla de las mentiras

18 Sep

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Año: 2020.

Directora: Paula Cons.

Reparto: Nerea Barros, Darío Grandinetti, Aitor Luna, Victoria Teijeiro, Ana Oca, María Costas, Milo Taboada, Javier Tolosa, Leyre Berrocal, Celso Bugallo.

Tráiler

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         De formación y orígenes profesionales en el periodismo, la incipiente trayectoria de Paula Cons como guionista, directora o desde el equipo de producción muestra una querencia a explorar la historia reciente -e incluso inmediata- de Galicia como contenido para sus proyectos, sean en formato documental, docudrama o ficción: la biografía de personalidades (Eduardo Barreiros, el Henry Ford español), el papel de la explotación del wolframio en la Segunda Guerra Mundial (Lobos sucios, La batalla desconocida) e incluso la crónica negra (El caso Diana Quer, 500 días). En coherencia con este recorrido, en La isla de las mentiras la coruñesa encuentra inspiración en el naufragio frente a la isla de Sálvora el 2 de enero de 1921 del buque correo de vapor Santa Isabel, en el que perdieron la vida 213 personas de las 268 que viajaban a bordo.

         Articulándolo desde el punto de vista -el de María Fernández Oujo, una de las cuatro mujeres condecoradas por su participación en el salvamento de las víctimas-, Cons encadena la tragedia náutica con la de las protagonistas isleñas hasta conformar una sola -el clasismo y la implacable depredación de los humildes, retrato de todo un país-. Para ello, las entreteje y retroalimenta mediante símbolos visuales -las luces de las antorchas, los apretones de manos, el calzado o la ausencia del mismo- y, en especial, por las contradicciones y turbulencias internas que dibujan el perfil de María -rebelde, testaruda e impetuosa, con unas miradas de una intensidad que roza lo obsesivo-. Está interpretada por una Nerea Barros cuya reconcentración, quizás un punto exagerada, en línea con algunas exigencias del tono que se le da a la historia -ese amor asilvestrado-, tampoco riñe por completo con la naturalidad y la esencia del personaje.

         Así pues, esta insinuada ambigüedad forma parte de la intriga -criminal, social e íntima- que se siembra sobre una isla dura, que recibe al espectador con un portentoso paisaje nublado, encerrado en rocas, barrido por el viento y el oleaje que aturden el oído, con un aura física y fantástica al mismo tiempo. Para dar consistencia a las tensiones que se entrecruzan en este grupo humano literalmente aislado, desconectado del mundo -la represión, la desconfianza, el fatalismo impreso en una existencia que es supervivencia-, La isla de las mentiras recurre a una atinada selección de cásting, con rostros curtidos y expresivos -otro elocuente paisaje-, que lleva a buen puerto el cuidado en la composición de caracteres y que tiene su cumbre en la estampa anacrónica de Victoria Teijeiro, un gran hallazgo.

En este entorno, el faro -con relevancia argumental y metafórica en la trama-, se erige por su estética y tecnología como un elemento tan desubicado como el maestro que lo ocupa mientras enseña a los lugareños conocimientos tan alejados de la realidad de la tierra -la fauna de la sabana africana- como lo está él mismo -su ignorancia y desorientación durante la organización del rescate-.

         Aunque en alguna ocasión el encadenado de planos no es del todo limpio, Cons sabe dosificar este suspense de múltiples aristas y termina resolviendo con relativa solvencia las estrecheces de la producción -la niebla como componente casi sobrenatural durante el socorro y del que surge un coro infernal, posteriormente replicado en otra de las rimas visuales que emplea la directora-, además de ofrecer imágenes de belleza pictórica como el abrazo final.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 5,8.

Nota del blog: 7.

Papicha, sueños de libertad

12 Ago

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Año: 2019.

Directora: Mounia Meddour.

Reparto: Lyna Khoudri, Shirine Boutella, Amira Hilda Douaouda, Zahra Manel Doumandji, Yasin Houicha, Marwan Zeghbib, Samir El Hakim, Amine Mentseur, Aida Ghechoud, Meriem Medjkrane, Nadia Kaci.

Tráiler

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         Dos amigas se escapan de un centro, saltando por una ventana y cortando la alambrada, mientras el almuecín llama la oración y se oye radiar un partido de fútbol. Desde su arranque, Papicha, sueños de libertad sirve la metáfora que resume el drama de Nedjma, una estudiante argelina que aspira a convertirse en diseñadora de moda en un momento, los años noventa, en el que el país magrebí amenaza con estallar en mil pedazos bajo el sangriento empuje del fundamentalismo islámico.

El símbolo obvio del muro será recurrente a lo largo de una película en la que Mounia Meddour, quien sufrió el exilio con su familia durante esta denominada Década negra y que debuta aquí en el largometraje de ficción, arde en voluntad de denuncia. Tanto que, asegurando inspirarse muy libremente en hechos reales, termina por formularla de manera artificiosa. De tan guapas, orgullosas, alocadas y valientes, las escenas que protagonizan Nedjma y sus amigas, en la plenitud de su inocencia y su pujanza adolescente, se transforman en anuncios o videoclips. El lirismo que trata de alcanzar los planos más íntimos, acariciando la piel de las chicas, suena algo sobado y convencional.

Es verdad que la cineasta lo emplea para lanzar su arsenal por contraposición -la alegría frente la opresión, la modernidad frente al arcaísmo, las imágenes luminosas frente a los oscuros hiyabs de ese grupo de asalto femenino que es hasta un poco ridículo en sus acciones, el contrapicado hacia el novio durante la discusión… la amistad absoluta frente a la desgarradora violencia, en definitiva-; aunque también lo hará por aplastamiento -a las imposiciones que intentan aplicar los integristas se le suma otras formas de opresión machista como el acoso callejero, los abusos sexuales, el maltrato, los matrimonios concertados…-, hasta conformar un agobiante asedio que cerca a la protagonista.

         La falta de finura y el talante discursivo, que ata demasiado a los personajes a lo que quiere decir el mensaje -si bien se compensa en parte con la convicción que le ponen las actrices-, puede restarle emoción a un tema que, sea como fuere, no deja de ser muy impactante, también por las implicaciones que sus imágenes trazan con el presente. Igualmente, hay citas al pasado, a la guerra anticolonialista contra Francia, que precisamente tiene una pieza de la vestimenta, el haik, como emblema de la lucha.

Desde la dirección y la escritura, Meddour dibuja una mirada doliente, que defiende su sentir nacional, tanto verbalizándolo como a través de elementos alegóricos, ya que el desfile que pretende realizar la joven contra viento y marea se basa en vestidos confeccionados con esa misma prenda tradicional. Asimismo, y sin perder la coherencia con la tragedia contra la que se rebela, lanza una mirada esperanzada al futuro, fundada sobre una sororidad por encima de todas las cosas y todas las atrocidades, oasis de humanidad frente a lo inhumano.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 6,5.

Mi vida es mi vida

7 Ago

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Año: 1970.

Director: Bob Rafelson.

Reparto: Jack Nicholson, Karen Black, Susan Anspach, Lois Smith, Billy Green Bush, William Challee, Toni Basil, Helena Kallianiotes, Sally Ann Struthers.

Tráiler

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           En Easy Rider (En busca de mi destino), Jack Nicholson interpretaba a un joven burgués que, después de años de ahogar la desidia en alcohol, se unía a la marcha de los moteros protagonistas hacia el Mardi Grass prometido. Se pueden trazar paralelismos entre aquel George Hanson de trágico final y el Robert Dupea que en Mi vida es mi vida vuelve a encarnar Nicholson en la segunda de sus constantes colaboraciones con Bob Rafelson y en otro testimonio de su prolijo rol en el despertar de un Nuevo Hollywood a partir de un cine independiente de las convenciones y directrices de los viejos estudios, apegados a la crisis existencial de un país que atraviesa un periodo especialmente traumático.

           Mi vida es mi vida tiene también un notorio componente de road movie, configurada como un viaje hacia los orígenes -el regreso a la casa familiar- que, en realidad, sirve para evidenciar que el protagonista es un hombre en constante huida. De su herencia de clase medio-alta culta, de las expectativas, del compromiso emocional, de la simpleza de la clase baja, de uno mismo. No por nada, será allí donde este desarraigado y nihilista trabajador de refinería se reencuentre con su segundo nombre, Eroica, tomado de la Sinfonía número 3 de Ludwig van Beethoven y que revela el camino que, a priori, le aguardaba como concertista. El peso de un nombre.

Las muestras de música clásica o quedan cercenadas o directamente están ridiculizadas -el desprecio hacia una interpretación sentida, el vaciado de sentimiento de una pieza sencilla-. En cierta escena, Robert, borracho después de su despido y atrapado en un sofocante atasco de carretera, se sube a una camioneta que carga un piano hasta que se lo lleva por un desvío. El personaje siempre va en dirección contraria -el cruce en el embarcadero; el poderoso y desolador último plano-.

           Rafelson expone este viaje mediante un montaje raudo, de planos de breve duración y cortes tajantes que trasladan una impresión de que la historia de Robert es un puzle recompuesto, a veces de forma un tanto arbitraria o errática. Como en lo argumental, los rasgos estéticos anclan en cierta manera el drama a su época. Mi vida es mi vida engarza encuentros que tratan de retratar ese espíritu de un periodo inquieto hasta lo delirante, caso de la peculiar pareja que se dirige a Alaska en busca del último territorio sin contaminar por una suciedad producto del materialismo -un papel para el que, al parecer, Nicholson quería a Janis Joplin-. Se encuentran en consonancia con los personajes secundarios que orbitan en torno al protagonista: el ligue que sintetiza esa sensación de que todos son personas con la marca del repudio de Dios, la rígida camarera obsesionada con cumplir las normas del establecimiento, el compañero de trabajo al que se le niega absurdamente el presente por un error del pasado, su pareja embobada frente al televisor, esa intelectual que categoriza fríamente cada individuo y su destino prefijado; esa novia tan vulnerable como vulgar que, en plenas contradicciones, tiene el rostro entre hermoso y grotesco de Karen Black -otra actriz que, al igual que Toni Basil y Helena Kallianiotes, participaba también en Easy Rider-.

           Curiosamente, partiendo de esa órbita marginal conseguiría el éxito en la taquilla y las nominaciones al Óscar a mejor película, guion original, actor principal y actriz secundaria.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 6,5.

Easy Rider (Buscando mi destino)

2 Mar

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Año: 1969.

Director: Dennis Hopper.

Reparto: Peter Fonda, Dennis Hopper, Jack Nicholson, Luke Askew, Luana Anders, Sabrina Scharf, Toni Basil, Karen Black, Warren Finnerty, Antonio Mendoza, Phil Spector.

Tráiler

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         En el cambio de las décadas de los sesenta y setenta, los Estados Unidos afrontaban una profunda crisis de identidad en la que, entre otros factores como la lucha por los derechos civiles y la igualdad racial, la Guerra de Vietnam se estaba convirtiendo en una cuña que partía por la mitad una sociedad neurótica que no había estado tan polarizada desde la Guerra de secesión. Con huellas todavía visibles en el presente, medio siglo después, surgía entonces un intenso cuestionamiento de conceptos como el patriotismo, la libertad, las garantías individuales o la honestidad del sistema oficial. En este contexto, Easy Rider brotaría como una película radicalmente conectada con las pulsiones del momento, enraizada en esa contracultura que reinventaba las posturas tradicionales en cuanto a la estética, el lenguaje, la música, las drogas y, sobre todo, la mirada hacia el país. También, por supuesto, el cine, en el que nacía un Nuevo Hollywood.

         Los moteros que emprenden el viaje en Easy Rider son melenudos, han hecho fortuna con el trapicheo de cocaína y rechazan las comodidades burguesas que les puede ofrecer el American Way of Life, así como las esclavitudes de una vida corriente, con un reloj de pulsera como simbólica cadena opresora. Aunque el statu quo también los repudia a ellos por insubordinados, lo cierto es que entroncan con una esencia nacional ya olvidada o marchita. Son herederos del ‘hobo’ que se lanza al camino en busca de la última frontera virgen, que a su vez se emparenta con el jinete que avanza hacia el Oeste que busca su propio Destino manifiesto en el país de las oportunidades.

La road movie es una de las enseñas del periodo. Los caballos ahora son de acero. La carretera es el último territorio verdaderamente libre en una nación que ya no es nueva, que no está por construir, que muestra ya las corrupciones de la edad. “Este solía ser un país cojonudo”, lamenta el picapleitos en la deriva de su marasmo alcohólico, devorado por una desidia terminal. Porque, en realidad, Easy Rider es un recorrido por los Estados Unidos. De costa a costa. De Los Ángeles hasta Nueva Orleáns, donde el Destino manifiesto es el Mardi Gras. Es decir, el carnaval, que no es sino la fiesta de la subversión por antonomasia. Y donde las máscaras permiten vivir sin máscaras.

         Mientras sigue la ruta de gasolina y estupefacientes, Dennis Hopper rastrea símbolos. La bandera que ornamenta el casco y el depósito de la moto, las catedrales de piedra del Monument Valley, Paul Bunyan, los pueblecitos de los pioneros. Ahora, a ellos se unen las comunas hippies que tratan de llenar de flores y frutos el desierto; el rock que proclama que nacimos para ser buenos salvajes.

Solo el recorrido a través de los paisajes con la banda sonora de fondo ya valdría como justificación de la obra, que deja otros detalles estilísticos propios de la época como esas elipsis marcadas mediante un ‘parpadeo’ de planos o una escena lisérgica un tanto más anticuada. Entre medias, se intercalan encuentros que se exponen a través de esa mirada entre optimista y melancólica del Capitán América de Peter Fonda. También dan pie a un desarrollo que parece ligado al acid-western del periodo, pues el viaje se dirige hacia la pesadilla, hacia la muerte premonitoria. Trágica y violenta, como un estallido. Las utopías son asuntos venusianos.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7.

Nota del blog: 8.

Vida oculta

10 Feb

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Año: 2019.

Director: Terrence Malick.

Reparto: August Diehl, Valerie Pachner, Maria Simon, Karin Neuhäuser, Johannes Krisch, Karl Markovics, Tobias Moretti, Franz Rogowski, Matthias Schoenaerts, Bruno Ganz, Ulrich Matthes, Michael Nyqvist, Martin Wuttke.

Tráiler

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         En La delgada linea roja, el soldado Witt, el desertor renacido a la humanidad que es devuelto a rastras al frente bélico, consigue ejercer una militante objeción de conciencia en medio de la barbarie, aun a coste de su vida. El conflicto que se le plantea al Franz Jägerstätter de Vida oculta, campesino austríaco que se niega a jurar fidelidad a Adolf Hitler y a asesinar al prójimo en defensa de su causa, se mueve en similares términos morales. De hecho, hay una estrecha similitud en la llegada de un destructor estadounidense a la isla melanesia donde se refugia Witt con el sonido de los motores de avión que invaden el bucólico valle alpino donde Jägerstätter trabaja la tierra y saca adelante a su familia junto a Fani, su mujer. Es, de nuevo, la civilización torcida que contamina el paraíso ancestral; la corrupción del buen salvaje, como se describía igualmente en El nuevo mundo con los indios algonquinos que afrontan la violenta llegada del colono europeo.

         El dilema de Vida oculta se plantea a la vez como un acto de resistencia de la dignidad humana y como una prueba de fe, análoga a la que se enfrentaba la familia de cuáqueros de La gran prueba, cuyas pacifistas convicciones religiosas quedaban confrontadas por el conflicto fratricida y sin cuartel de la Guerra de secesión. A través del martirio de un hombre justo, Terrence Malick traza múltiples paralelismos entre Jägerstätter y Jesús, entre otras lecturas cristianas, lo que también le sirve para interpelar directamente al espectador -ubicado en un presente crispado en el que rebrotan las ideologías del odio-, por boca de otro artista, un pintor que reflexiona acerca de su limitación para reproducir experiencias y ejemplos no vividos en carne propia y, además, del restringido poder de unas creaciones que son capaces de despertar simpatía y convocar admiradores, pero no verdaderos seguidores de las enseñanzas morales que residen en ellas.

         En este marco se desarrolla el sacrificio decidido -y un tanto reiterativo desde un libreto que empuja el metraje hacia las innecesarias tres horas- de Jägerstätter, tentado como Cristo en el desierto por las múltiples voces que polemizan con él, así como la crisis espiritual que, en cambio, sufre su esposa, atormentada por el silencio de Dios. Frente al pozo seco en el que se adentra ella, la visión del hombre parece reflejar esta presencia, el misterio, en las aguas que fluyen eternas, en la primavera que reverdece aun a pesar del horror en el que se ha enzarzado el ser humano; con la naturaleza como expresión inagotable e inabarcable del milagro de la vida como otro elemento estético y argumental recurrente en la obra del cineasta texano.

Así, Malick despliega su talento para capturar la sobrecogedora belleza del paisaje, en la que se incluye su sensibilidad para mostrar la ternura y la intimidad cotidiana de una existencia plena, con vínculos que arraigan en el otro y en la misma tierra, pues las conclusiones derivan el discurso hacia un amor absoluto, inmarcesible y vencedor. También es cierto que sus movimientos de cámara parecen mas impetuosos que en anteriores ocasiones, una relativa agresividad que a veces delata demasiado el aparato técnico, plastificando y por tanto restando emoción al relato.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 7.

El Mesías

30 Nov

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Año: 1975.

Director: Roberto Rossellini.

Reparto: Pier Maria Rossi, Mita Ungaro, Raouf Ben Amor, Luis Suárez, Hedi Zoughlami, Carlos de Carvalho, Toni Ucci, Antonella Fasano, John Karlsen, Jean Martin, Yatsugi Khelil, Vittorio Caprioli, Vernon Dobtcheff.

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         No hay milagros en El Mesías de Roberto Rossellini. No hay ecos solemnes, ni coros celestiales. Por no haber, apenas se cuentan con los dedos de la mano los primeros planos. El Mesías de Roberto Rossellini está desprovisto de todo énfasis cinematográfico o dogmático, integrado en planos medios en condición de igualdad con la gente que, en un escenario naturalista, realiza sus quehaceres cotidianos. Que amasa la harina, que repara las redes de pesca y los aperos de labranza, que levanta un muro de barro. Sobre la tierra escueta en dones, bajo el imponente cielo raso, entre el trisar de las golondrinas. Ahí se enmarca su prédica, que Jesús enuncia con idéntica sencillez y humildad.

         Desde este alejamiento de la ceremoniosidad religiosa, la épica histórica y las convenciones narrativas, El Mesías surge como uno de los filmes que probablemente más se aproximen a la dimensión humana de Cristo. Un Cristo revolucionario en su mensaje de igualdad, de paz, de respeto, de amor por encima de todas las cosas. Un Cristo que rechaza la corrupción aparejada al poder político y económico, patrimonio de una minoría privilegiada y, en consecuencia, corrompida -un idealismo que, por tanto, no queda demasiado lejos del manifestado por otro autor italiano y además comunista, el de El evangelio según San Mateo de Pier Paolo Pasolini-. De ahí la relevancia que, desde esta perspectiva de base, Rossellini le entrega a la palabra, al mensaje que trata de hacer calar. La exposición incisiva y clara de las parábolas, las polémicas con los apóstoles, la relación dialéctica y personal que se traba entre Juan Bautista y Herodes Antípatro -quizás la más cargada de emoción del filme, en un sentido tradicional-.

         Esta desnudez, esta distancia respetuosa de un cineasta agnóstico que entregaba por encargo su última contribución al séptimo arte, no siempre funciona a la perfección. Por momentos, El Mesías parece una frugal ilustración del Nuevo Testamento -que Rossellini ya había abordado en la miniserie Los hechos de los apóstoles-. Y ni siquiera bonita, dada la fotografía televisiva, los movimientos de cámara y los acercamientos y alejamientos con el zoom que de vez en cuando traza la cámara. En significativo contraste, destacará la mayor elaboración formal, de tintes pictóricos en la composición y la luz, con la que recogerá la Piedad.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 6,5.

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