Tag Archives: Rebelde

Lawrence de Arabia

15 Ago

El hombre que mira la llama y contempla su destino. T.E. Lawrence, Lawrence de Arabia, el puzle, el enigma sin resolver. Para la sección de cine clásico de Bandeja de plata.

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Cobra Verde

21 Mar

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Año: 1987.

Director: Werner Herzog.

Reparto: Klaus Kinski, King Ampaw, José Lewgoy, Salvatore Basile, Peter Berling, Guillermo Coronel, Carlos Mayolo, Nana Agyefi Kwame II.

Tráiler

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           Una barcaza a la deriva con una plebe de monos; una victoria poética en la que la montaña termina viniendo hacia uno. Las aventuras de Werner Herzog y Klaus Kinski, insubordinados contra el destino que los oprime, se erigen como monumentos de blasfema rebeldía que conducen a desenlaces inciertos. Pero quizás esta noción de la Fortuna ineludible se encuentra más palpable en el último capítulo de esta especie de trilogía de odiseas desesperadas, protagonizado por un bandido que, siendo el más pobre de los pobres, probó suerte como señor de los esclavos y se hizo virrey de la nada, tratando de sacudirse la condena de que, en verdad, el esclavo de los hados era él mismo.

Repudiado por los hombres presuntamente decentes pero que solo son villanos con métodos hipócritas, comprendido y hermanado con los marginales atropellados o engañados por la mal llamada civilización, el forajido Francisco Manoel da Silva ‘Cobra Verde’ se yergue sobre los secos paramos que componen los sertones del Brasil septentrional y mira hacia al horizonte, escudriñándole en busca de la tierra fantástica de la nieve. Esa que representa el mejor de los mundos posibles que Brian Sweeney Fitzgerald ‘Fitzcarraldo’ hallaba en las arias de Enrico Caruso o Lope de Aguirre ‘el Loco’ en la traición a su castrante condición social. La aventura de Cobra Verde nace, pues, de intentar navegar a contracorriente de la muerte y el vacío, surgiendo de la tumba de su madre, partiendo de la tierra yerma. Nada tiene que perder en su combate contra todos y contra todo.

           La impulsividad del relato y su montaje cinematográfico, sumado a la fuerza de su exotismo -las exuberantes selvas amazónicas que no obstante se filman en Colombia, las áridas costas del golfo de Guinea- y al hipnotismo de los ojos desencajados de Kinski, inducen en el filme una veta onírica que domina el escenario y el recorrido de Cobra Verde, que se mueve en el terreno de lo improbable, del cantar de ciego, de la gesta legendaria, de lo soñado. No obstante, si bien no se dirige hacia un objetivo tan prosaico como el oro que rastreaban en México los parias de El tesoro de Sierra Madre, tampoco se percibe romanticismo alguno en su periplo. No existe aquí el placer de la aventura -el camino transformado en meta-; aquel que en cambio gozaban otros pícaros, Daniel Dravot y Peachy Carnahan, embarcados en la conquista de su propio reino, que en su caso les aguardaba en la indómita Kafiristán. Cobra Verde ni siquiera queda hechizado por el choque frontal con lo bárbaro, puesto que él es tan bárbaro como las gentes en eterna guerra de Dahomey.

           En consecuencia, la historia que plasma el cineasta alemán se torna obsesiva a medida que el absurdo se cierne inexorable sobre su protagonista, siempre envuelto en un entorno degradado, acre. Solo con la compañía del desquiciado Kinski, su manifestación al otro lado de la realidad -y por su parte repudiado en el set de rodaje a raíz de unos estallidos de cólera que pondrían en fuga al director de fotografía original-, Herzog parece incluso abandonarlo a su suerte, más interesado en la antropología, en capturar los ritos y costumbres de los pueblos con los que topa, casi dejando de lado una narración poco limpia, enhebrada a trompicones y de ritmo arbitrario, como poseída por las fiebres africanas, con tenebrosas lagunas de memoria y salvajes estallidos de conciencia asociados a hechos alucinados o terribles.

           Cobra Verde sería el quinto y último viaje de Herzog y Kinski.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

Comanchería

7 Dic

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Año: 2016.

Director: David Mackenzie.

Reparto: Chris Pine, Jeff Bridges, Ben Foster, Gil Birmingham, Marin Ireland, John-Paul Howard.

Tráiler

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           Existe una cierta consciencia catastrófica a propósito de los efectos que, sobre los Estados Unidos, ha tenido la crisis económica oficializada en 2008; probablemente el acontecimiento más grave sufrido por el país norteamericano -y el mundo por extensión- durante el siglo en curso. En el cine, la Nueva Orleans arrasada por el huracán Katrina de Mátalos suavemente sería la representación más literal de este fenómeno. El fin del sueño y el despertar de pesadilla, la degradación del país de las oportunidades; una constante recurrente, por otro lado, en la ficción estadounidense, de aparición tan cíclica como las sucesivas debacles del sistema capitalista y sus posteriores regeneraciones -de hecho, siguiendo con el ejemplo, el filme de Andrew Dominik se basa en una novela de George V. Higgins publicada en 1970, en pleno desencanto tras el fracaso del idealismo de los contraculturales años sesenta-.

El escenario de Comanchería es todo polvo y ruinas, agonía y humillación; poblado de cartelones de crédito fácil que, como aves carroñeras, rondan el cadáver putrefacto de un pueblo caído en desgracia. Arroja prácticamente un territorio posbélico, asolado por una derrota en la que, esta vez, el papel de los indios desterrados de su hogar lo encarnarán los lugareños blancos que desde entonces dominaban la pradera; mientras que el rol del invasor, ataviado ahora con traje ejecutivo y atildados modales comerciales, queda en manos de las entidades bancarias, quesaquean hasta el último terrón de tierra disponible a través de hipotecas inversas y otras artimañas equiparables al contrabando de alcohol y las mantas infectadas de viruela de aquellas viejas guerras contra el piel roja.

           El título original del filme -conservado curiosamente para su distribución en España- explicita la filiación westerniana de la obra, que recorre en sus fotogramas la iconografía material -el forajido, el sheriff, el arma de fuego, la llanura libre, las manadas errantes- e inmaterial -los códigos éticos inquebrantables, la poética estoica, el duelo personal como forma de dirimir el conflicto- idiosincrásica del género.

En ocasiones, en su insistencia en la revisión y acumulación de símbolos de una época perdida, Comanchería se asemeja a un paseo melancólico por el museo de Historia del Oeste, en el que su aliento doloridamente terminal queda un tanto exagerado si se tiene en cuenta que el western asumió ya su propia crepuscularidad hace más de cincuenta años.

           Es en este punto de nostalgia irreparable donde el argumento del filme se apoya para rebelarse contra el presente, proclamando así un mensaje de orgullo que sirve tanto para alzarse contra el ultraliberalismo convertido en bandolerismo de guante blanco, como para reclamar el ‘Make America Great Again’ que enarbolaba en su campaña por la presidencia de los Estados Unidos el republicano Donald Trump -percibido por muchos electores como el verdadero candidato antisistema frente a los protegidos de Wall Street-, y mediante el cual el  magnate conservador invocaba a los valores fundacionales del país.

Ese credo que, en Comanchería, también representan los dos hermanos protagonistas, quienes deciden renunciar a las leyes de un sistema corrompido para, desde su iniciativa individual -la cual responde tan solo a su conciencia particular, su noción del Bien y el Mal y la relación de esta hacia su objetivo-, resolver la injusticia pagando al malhechor con su misma moneda. Esto es, asaltando bancos para saldar la deuda con los bancos. Combatir la anarquía amoral desde la anarquía presuntamente moral. Por ello, uno no sabe si se enfrenta a un círculo histórico irrompible, destinado a reproducirse una y otra vez, o a una espiral de constante depredación desregulada.

           Comanchería propone en definitiva una relectura contemporánea del romántico Jesse James y su hermano Frank que, irreductibles, asaltaban a la compañía ferroviaria que extorsionaba sin piedad a los pioneros de los territorios vírgenes, de acuerdo con la escritura para la leyenda que efectuaban dípticos como Tierra de audaces y La venganza de Frank James -un ente expoliador supraindividual, no lo olvidemos, tras la que se guarecía el Estado, la gran figura opresiva en el imaginario colectivo estadounidense-. “La pistola es la única ley que protege a los pobres”, sentenciaban en la segunda.

De igual manera, el obsoleto marshall que emprende la caza del hombre, botas en lo alto de la balaustrada y pesaroso fatalismo en la mirada, podría considerarse una reencarnación del pensativo Wyatt Earp de Pasión de los fuertes, con un toque de cinismo desencantado sustituyendo al taciturno ensimismamiento del original.

           En cualquier caso, el guion de Comanchería es inteligente, y cuestiona constantemente a sus antihéroes, sus acciones e incluso la propia visión novelera del Viejo Oeste que plantea la obra, sin que ello perjudique la carga de lirismo elegíaco que baña un relato que se sabe herido de muerte.

Es más, consigue que se convierta en una película con sabor y personalidad autónoma, desarrollada por personajes con cuerpo y carisma, y que por tanto no quede reducida una simple y vacía imitación de unas constantes antiguas, en lamentable desuso.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7,5.

Doña Clara

16 Nov

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Año: 2016.

Director: Kleber Mendoça Filho.

Reparto: Sonia Braga, Maeve Jinkings, Irandhir SantosZoraide Coleto, Humberto Carrão.

Tráiler 

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           La rebautización española de Aquarius como Doña Clara parece poner el acento en que esta es una película de personaje. Y de actriz. Porque Doña Clara -o lo que es lo mismo, una inmensa Sonia Braga enseñoreándose del papel y del escenario- es el epicentro desde el que Kleber Mendoça Filho explora temas como la mirada desde el final del camino, la importancia del recuerdo y de su conservación; el consiguiente repaso de las cicatrices de la vida, la construcción, pérdida o consolidación de los vínculos afectivos; el filtro existencial que proporciona la vivencia de la muerte -tanto en el pasado como en el presente-, o la autorreivindicación de la persona en el aspecto profesional, social, emocional e incluso sexual -en especial desde una tercera edad relegada a la desaparición en silencio-.

           Es un retrato complejo, pues, al que aspira el cineasta brasileño, que no obstante cuenta a su favor con la guía artística e íntima de Braga, a los mandos de una crítica de música retirada que, atravesando la sesentena, viuda por largos años y habiendo superado un cáncer de mama, observa el mundo que le rodea, donde comparecen influencias positivas -la familia, las amistades, el deseo y la ilusión que no se malogran- y negativas -la soledad que acecha, las deudas con una misma y con los que le rodean, la progresiva pérdida de oportunidades, el acoso de una inmobiliaria para que venda su apartamento donde se ha escenificado su vida, los miedos que no cesan-.

           Como asumiendo el carácter de su protagonista, el filme aborda con elegancia, serenidad y madurez el desafío de reflejar y transmitir este arrollador cúmulo de sensaciones. En paralelo a la semblanza de la mujer -minuciosa y paciente a partes iguales, subyugante en su conclusión-, la lucha del individuo desamparado contra la omnipotencia impune de la gran empresa aporta intriga dramática y crítica social al desarrollo del argumento, descubriendo a su paso la podredumbre que aún persiste en la médula del país sudamericano.

Porque, enseña Doña Clara, el cáncer no está en el pueblo, sino enquistado en el sistema -a pesar de que, por medio de la corrupción de los ideales humanos en ideales materiales, extienda su metástasis hacia o junto a determinados individuos-.

           Curiosamente, Doña Clara resulta más inspiradora en su calado existencial, tan melancólico como enérgico, si bien su compromiso político, trascendido ruidosamente fuera de la pantalla -el equipo artístico de la producción escogería el altavoz del festival de Cannes para calificar de golpe de Estado el ‘impeachment’ contra la presidenta Dilma Rousseff-, le costaría sus aspiraciones a liderar la candidatura brasileña al Óscar a la mejor película de habla no inglesa.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

Lady Macbeth

14 Nov

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Año: 2016.

Director: William Oldroyd.

Reparto: Florence Pugh, Cosmo Jarvis, Naomie Ackie, Christopher Fairbank, Paul Hilton, Golda Rosheuvel, Anton Palmer.

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           Es inevitable sentir fascinación por las femmes fatales: las han dibujado así. Son parte de una fantasía a la que el cine ha sacado excelentes réditos, generalmente enmarcándolas en tramas desbordadas de adrenalina y erotismo. Y, por tanto, dentro de las convenciones de esa fantasía, se acepta sentir complicidad hacia sus terribles actos, destinados a condenar a la perdición a los incautos que escuchen sus cantos de sirena.

           En Lady Macbeth, su segundo largometraje, el británico William Oldroyd juega precisamente con la empatía hacia este arquetipo femenino que, como recuerda el título del filme, encuentra raíces en figuras literarias como la conspiradora noble escocesa de William Shakespeare. Como aquella, la protagonista del filme se rebela contra los rasgos de carácter que se le suponen a la mujer -la obediencia, la fidelidad, la ternura, la fragilidad-, reforzados además por las estrictas imposiciones de la sociedad victoriana, que esclavizan al individuo -lo que se aplica tanto a ella como prácticamente al resto de habitantes de la mansión-. 

           Un alzamiento contra el patriarcado, pues, que el cineasta plantea argumental y visualmente para que el espectador se ponga de su parte, divertido por el comportamiento anacrónico y por tanto comprensible de la joven Katherine Lester, interpretada además por una magnética Florence Pugh -igualmente actriz de belleza anticanónica-. Retrata de inicio como una pieza de mobiliario o una simple cabeza de ganado, encerrada en la cuadrícula de un sistema represivo -los planos interiores calculadamente simétricos y pictoricistas-, esta violenta escalada se legitima -dentro de los códigos de la ficción, insistimos- al proyectarse prácticamente como una liberación de los corsés literales y metafóricos que la constriñen -un matrimonio comprado, un encarcelamiento doméstico, una obligación conyugal, social y sexual-.

Hasta que, como Michael Haneke en Funny Games -aunque con menor petulancia y mayor elegancia-, Oldroyd da la vuelta al espejo para enfrentar al público contra su propio reflejo, distorsionado por las emociones a las que le mueve el relato pero, a fin de cuentas, real.

           Este cambio desconcertante y demoledor se plasma por medio de una variación puntual -y talentuda- del lenguaje cinematográfico por la cual la narración se torna cruelmente cruda, gélida. Una aguda y desasosegante evolución que sirve, en definitiva, tanto para desarrollar una reflexión sobre la naturaleza social de la violencia como, en paralelo, una exploración de los mecanismos que rigen las fantasías humanas.

           Premio Fipresci en el festival de San Sebastián.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Quadrophenia

15 Abr

“La gente trata de menospreciarnos / (hablando de mi generación) / Simplemente porque vamos donde queremos / (hablando de mi generación) / Las cosas que hacen parecen horriblemente frías / (hablando de mi generación) / Espero morir antes de hacerme viejo / (hablando de mi generación)”

The Who (My Generation)

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Quadrophenia

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Quadrophenia

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Año: 1979.

Director: Franc Roddam.

Reparto: Phil Daniels, Leslie Ash, Philip Davis, Mark Wingett, Sting, Ray Winstone, Garry Cooper, Gary Shail, Toyah Willcox.

Tráiler

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            Mirar atrás sin ira hacia la propia adolescencia supone ya de por sí un esfuerzo contra la vergüenza ajena y particular al constatar la patética aunque necesaria lucha que uno emprende contra los demás y contra sí mismo, arrastrado por unas hormonas alzadas en armas y con el cerebro derrotado por un ciclotímico estado de enajenación mental transitoria. Si esta mirada se vuelve hacia generaciones anteriores, es posible percibir el carácter cíclico, eterno e irrompible de esta saludable rebeldía, si bien en cada época domina una seña de distinción característica que, por lo general, se puede percibir en aspectos exteriores como la moda o la música.

            Quadrophenia es un himno a esa generación a la que cantaban The Who en su sexto álbum de estudio, publicado seis años antes, en 1973. Aunque, en realidad, es un acto calculado de nostalgia en acción a mayor gloria de la banda inglesa, productora e ideóloga del proyecto, y con el que se trata de capitalizar la estrecha fusión entre cine y música que se operaba desde finales de la década de los sesenta, muy propicia para capturar la atención y el dinero de los jóvenes en un periodo de entusiasta mitomanía melómana, especialmente en un territorio británico donde se asistía a la decisiva irrupción de grupos como The Beatles y The Rolling Stones, los cuales también aprovechaban entonces para traducir su ascendencia popular en fotogramas.

            Así pues, Quadrophenia se vertebra como una suerte de ópera rock enhebrada por las letras de The Who, que ya habían practicado el género en la precedente Tommy, donde incluso su vocalista, Roger Daltrey, lideraba frente a las cámaras el heterogéneo elenco de la función. Parte de las angustias existenciales y sociales del torturado Pete Thownsend se manifiestan de nuevo en la presente obra, protagonizada por Jimmy (Phil Daniels), un ‘mod’ encargado de encarnar el espíritu inconformista y contestatario de esta juventud coetánea en el filme a la ensalzada por los Angry Young Men de los estertores del Imperio y que, en el séptimo arte, habían representado iconos como el Arthur Seaton de Sábado noche, domingo mañana, cuyas victorias contra el sistema asfixiante se conquistaban con la libertad hedonista del fin de semana, o el Colin Smith de La soledad del corredor de fondo, capaz de carcajearse a mandíbula batiente de las grandes preocupaciones del Reino Unido vomitadas por la pantalla de la televisión.

Quadrophenia pretende interpretar con vivacidad el día a día cotidiano de estos chavales ahogados todavía por los valores decrépitos que otrora sustentaban la grandeza británica: las imposiciones de unas familias desestructuradas, la decrepitud de la jerarquía militar como símbolo del clasismo indestructible de la sociedad local, la negación del futuro prometido por los poderes fácticos inmutables. Contra ello, se erige el estilo impecable en el vestuario, el pop rabioso, la evasión por las drogas de diseño, el aire en la cara a los mandos de la scooter, las peleas absurdas con los ‘rockers’ y la policía, y, por supuesto, factor común de cualquier tiempo, la conquista de la chica deseada.

            Más interesante como idealizada retrospectiva histórica y estética que como drama íntimo  -compuesto éste por apenas retazos eléctricos que ponen en serios aprietos la consistencia interna de la narración-, la película muestra con pasión ese halo romantizado de la época de los ‘mod’ y los ‘rockers’ asimilándose a la perspectiva de sus protagonistas, a pesar de la deriva hacia el desencanto que podría identificarse con el inevitable proceso de maduración del atribulado Jimmy. Y, por tanto, puede resultar tan arrebatadora como ridícula o insoportable, según cada cual. Pero, sea como fuere, el paso del tiempo, que ha ido despegando progresivamente a Quadrophenia de la inmediatez de su concepción y su sensibilidad original, la hace tender más hacia lo segundo.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 5.

Zabriskie Point

5 Abr

“Estaba enamorado de una chica. Fuimos al cine a ver Zabriskie Point y nuestro romance se acabó por completo.”

James Caan

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Zabriskie Point

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Zabriskie Point

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Año: 1970.

Director: Michelangelo Antonioni.

Reparto: Mark Frechette, Daria Halprin, Rod Taylor, G.D. Spradlin, Paul Fix.

Filme 

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            Embarcado en el segundo episodio de su trilogía de películas en inglés bajo órdenes del productor Carlo Ponti, Michelangelo Antonioni viaja desde el éxito de la influyente Blow-Up (Deseo de una mañana de verano) hasta la contracultura de los convulsos Estados Unidos del cambio de década entre los sesenta y los setenta que trata de capturar en fotogramas Zabriskie Point.

Para infiltrarse en este ambiente alzado en rebeldía contra el status quo, Antonioni, creador del armazón fundacional de la historia, solicitaría la ayuda de un nativo: el actor, escritor y dramaturgo Sam Shepard, hombre concienciado con los problemas de su tiempo. No obstante, el libreto contaría asimismo con aportaciones de Tonino Guerra, Franco Rosetti y de Clare Peploe. A esta intención de asimilación al momento y el espacio se sumará la banda sonora presidida por Pink Floyd –que por entonces se prodigaba en el cine con filmes como El Comité, More o El valle– y aderezada además con piezas escogidas de The Rolling Stones, Grateful Dead, Roy Orbison o Patti Page, entre otros.

            Quizás esta escritura múltiple del guion sea un indicativo de esa desorientación de extranjero pisando tierra desconocida que parece dominar Zabriskie Point, de igual modo que su argumento menos críptico -en comparación con la petulante Blow-Up– y hasta su ritmo ligeramente menos desafiante también podrían ser pistas acerca de la superficialidad general de la obra.

Incluso por encima de la retórica política de esta generación militante y reprimida por la violencia fascista de lo establecido, el fresco del cineasta italiano a propósito de la búsqueda de libertad de la juventud hippie a través del viaje existencialista se limita a ofrecer una enumeración bastante típica de los males de la nación a la cabeza del mundo libre: la desigualdad social, el racismo, el cinismo, el desprecio de la cultura, la adoración del arma, el mercantilismo sobre todas las cosas, la herida sangrante de Vietnam,… Calamidades en permanente contraste con las postales residuales del American Way of Life que emergen casi marcianas –la alucinada urbanización en medio de la nada que proyecta una inmobiliaria repleta de enormes banderas y ambiciones materiales-.

El propio rodaje, repleto de incidentes relacionados con la política y con las acusaciones de antiamericanismo del proyecto, serviría como buena muestra del inflamable contexto subyacente.

            Con la inmensidad extraterrestre del desierto de Mojave como paraíso perdido donde unos nuevos Adán y Eva, forajidos románticos, puedan regenerar a la humanidad a golpe de sexo entregado y puro, Zabriskie Point pretende retratar la extinción del sueño desde una espiritualidad tópica, en exceso deudora de su época y hoy evidentemente avejentada.

La cinta no consigue por tanto ser abstracta e hipnótica al estilo de otros alzamientos análogos, caso de Punto límite: Cero, ni tan fervorosa y carismática como Easy Rider (Buscando mi destino), icono absoluto del periodo. Zabrinskie Point puede llegar a despertar interés por las resonancias de unos tiempos turbulentos y decisivos, así como por algún apunte visual de Antonioni -las explosiones-. Pero es una cinta roma, sin demasiada mordiente crítica o de poder de seducción emocional –una cuestión ésta para la cual este autor suele verse limitado-. No prende su rebeldía ni su desencanto.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6.

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