Tag Archives: Familia

Heroína

7 Sep

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Año: 2005.

Director: Gerardo Herrero.

Reparto: Adriana Ozores, Javier Pereira, Carlos Blanco, María Bouzas, Luis Iglesia, César Cambeiro, Camila Bossa, Carlos Sante, Daniel Currás, Lois Soaxe, Alfonso Agra, Cándido Pazós.

Tráiler

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          Con independencia de los resultados, situar en el centro del protagonismo a las víctimas de la droga es más pertinente que nunca en unos tiempos en los que el gran narcotraficante, retratado con espurio romanticismo cinematográfico, amenaza con convertirse en un icono de la cultura pop, tal es el fenómeno provocado por las producciones de ficción y documentales inspiradas por la figura de Pablo EscobarEl patrón del mal, Narcos, Escobar: Paraíso perdido, Loving Pablo…-, sus alrededores –Barry Seal: El traficante, Señores de la droga, Alias JJ, la celebridad del mal…- y entornos análogos –El Chapo, El Señor de los cielos, El Chema, El capo – El amo del túnel, Cuando conocí al Chapo…-.

          En España, el ejemplo lo pone Fariña, recreación con abundantes licencias del ascenso y caída de los clanes del contrabando de droga en las rías gallegas en los años ochenta y principios de los noventa. Este es precisamente el marco en el que se mueve Heroína, largometraje que se basa en la biografía de Carmen Avendaño, fundadora y portavoz de Érguete, asociación ciudadana que desempeñó un papel esencial para el cambio de la perspectiva de la sociedad gallega hacia el narcotráfico y la drogadicción. Curiosamente, su marido está interpretado por el actor y humorista vilagarciano Carlos Blanco, que en Fariña encarna a Laureano Oubiña, el capo del hachís contra el que Avendaño ha protagonizado sus principales acciones y enfrentamientos, incluidos algunos tan recientes como el juicio por la demanda que Oubiña presentó contra la madre coraje por una supuesta vulneración de su derecho al honor a raíz de unas declaraciones de esta en las que lo acusaba de haber traficado con otros estupefacientes además de la resina de cannabis. El pasado julio de 2018, el juez eximió a Avendaño de toda culpa y desestimó que debiera de indemnizar al exnarco con el simbólico euro que le reclamaba por estos supuestos hechos.

          Heroína, pues, aborda la problemática desde la perspectiva del drama social y familiar, puesto que el recorrido que sigue la protagonista en su lucha contra los capos -condensados aquí en un trasunto de Sito Miñanco responsablemente desprovisto de cualquier tipo de carisma- entremezcla la valentía pública e inspiradora, con la tragedia y el sacrificio personal. Poco más que correcta en lo argumental y académica en lo formal -apenas destaca un ocasional realismo urbano-, en ninguna de sendas vertientes se trata de una cinta que alcance una excesiva profundidad o intensidad, respectivamente.

Navegando entre ambas, el filme se queda entre dos aguas. Heroína prescinde de efectismos, pero tampoco logra agarrarle a uno por las solapas e inyectarle indignación o desgarro en la sangre. ¿A los buenos les cuesta fascinar el doble de trabajo que a los malos? Es posible que también sea una razón.

          Con libreto de Ángeles González-Sinde, Heroína muestra la tolerancia e incluso la connivencia social e institucional que, según suele recalcar Avendaño, predominaba durante el surgimiento de Érguete, aunque, en el balance general, a la película le falta complejidad para ampliar el foco sobre el fresco del que formaban parte las actuaciones del colectivo de madres y padres contra la droga.

Probablemente esto se deba al esfuerzo que destina a los citados conflictos familiares que experimenta la mujer -al menos interpretada con convicción por Adriana Ozores-, ya que a fin de cuentas Heroína tiende a desarrollar, esencialmente, un relato acerca del amor incondicional que una madre vuelca sobre su hijo, contra viento y marea, frente a todas las circunstancias. Pero el coste privado de esta rebelión naufraga en la simplicidad de las composiciones psicológicas y los diálogos que surgen de ellas.

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Nota IMDB: 5,7.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 6.

Green Fish

24 Ago

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Año: 1997.

Director: Lee Chang-Dong.

Reparto: Suk-kyu HanHye-jin ShimSeong-kun Mun, Kang-ho SongJae-yeong Jeong, Myung Gye-nam, Han Seon-kyu, Jung Jin-young, Ji-hye Oh.

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         En 1997, en plena fiebre asiática en los festivales internacionales, el hasta entonces profesor de instituto, novelista y guionista Lee Chang-Dong -que andando el tiempo llegará incluso a ser ministro de Cultura y Turismo de Corea del Sur- se pondrá por primera vez tras las cámaras para entregar Green Fish, una cinta con esquema de cine negro pero que, en realidad, es una tragicomedia cruel que arremete contra la sociedad y la familia coreana.

         Fundada sobre la premisa del ciudadano común enmarañado en una trama mafiosa -en concreto a través de la variante de la atracción irresistible por ‘la mujer del gángster’-, Green Fish comienza, de hecho, con un aspecto de comedia costumbrista en la que, inmediatamente después de trazar el círculo de su destino por medio de un encuentro casual y de un pañuelo rojo al viento, el humor -físico y conceptual- hunde en un inmisericorde patetismo al protagonista del filme, un joven recién licenciado del ejército, más bien inocentón y devorado por la desidia de su lánguida vida en los márgenes rurales de Seúl. Y lo hace con insistencia. Ni siquiera había sido lírico el vuelo de la prenda fetichista, apretujada contra su cara pasmada desde una toma subjetiva.

Esta será la constante que predominará durante la primera mitad de una obra poblada por criaturas fallidas, maltrechas y tristes, que vagan en pos de unos sueños -la chica, la reconciliación familiar, la cúspide de la pirámide criminal…- de los que, a la hora de la verdad, solo obtienen desilusiones, humillaciones y palizas. Porque incluso el jefecillo mafioso que acoge al chaval en su organización -dedicada a poco más que a chanchullos casi infantiles- es un hombre impotente y lamentable ante determinadas circunstancias, de igual manera que su contacto en la policía no será más que un inspectorucho al que hay que pagarle el favor de arreglarle los cuernos que su mujer le pone en brazos de un diácono. Por no entrar en la triste figura de la sufrida cantante a la que el argumento le reserva la función, o así, de femme fatale.

         Sin embargo, de forma un tanto inconstante -si bien los restos de comicidad satírica no desaparecerán incluso en los clímax más violentos, como muestra la escena del baño-, Lee Chang-Dong conduce luego el tono de Green Fish hacia terrenos más dramáticos y oscuros, que quizás, con todo, no sean sino otra expresión del absurdo que ahoga la vida de los personajes, en evidente contraste con el luminoso epílogo de la película, que posee de fondo un toque casi irreal, dada la situación que refleja. Antes, en cierto punto de la narración, el cineasta ya había abierto un claro soleado entre la nocturnidad y los agresivos neones rojos y verdes de la gran ciudad donde el protagonista busca a su objeto de deseo mientras lidia como puede con los encargos del hampa. Un claro de luz que se abre en su regreso a la familia -es una vuelta también al espacio campestre alejado de la corrupción moral urbana, al modo del noir clásico-, pero que aun así terminaba sumido entre nubes.

La razón es que, a partir de esta combinación de sarcasmo y de lamento, de acidez y amargura, Green Fish se debate en los conflictos de una profunda tensión familiar, producto de la desestructuración del entorno íntimo del protagonista a raíz probablemente de la muerte del padre, y del vacío de motivaciones que le hace encontrar nuevos referentes y trasladar sus firmes fidelidades hacia círculos menos aconsejables -la figura del capo como, literalmente, “hermano mayor”-. La resolución de esta dicotomía es la que asesta el golpe final al relato.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7,5.

Nuestro hombre en La Habana

11 Jul

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Año: 1959.

Director: Carol Reed.

Reparto: Alec Guinness, Maureen O’Hara, Burl Ives, Ernie Kovacs, Noël Coward, Ralph Richardson, Paul Rogers, Jo Morrow, Grégoire Aslan.

Tráiler

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         Espionaje internacional, contrición católica. Elementos a partir de los cuales se acostumbra a bosquejar las líneas maestras del corpus literario de Graham Greene. En esencia, también están presentes en Nuestro hombre en La Habana, solo que esta vez abordadas desde un punto de vista satírico. En especial el primero de estos pilares -presuntamente inspirado aquí, no obstante, por los procedimientos de un agente doble español al que Greene decía haber conocido en Portugal-.

La burla contribuye a contrarrestar el presunto glamour de una actividad dudosa, exaltada por unos tiempos de Guerra Fría en los que, aunque sea de reojo, el abismo se observaba siempre desde el filo. No por nada, en 1958, cuando se publica la novela, las aventuras del agente 007 creado por Ian Fleming llegaban a su sexto volumen. También posibilita reforzar el dolor y la tristeza que provocan las consecuencias de este juego funesto a las órdenes de poderes leviatánicos, indiferentes a la suerte del individuo.

A pesar de ser nominalmente una comedia, la adaptación de Nuestro hombre en La Habana transcurre desde una ensoñación tropical hasta una noche de planos torcidos y embriagados, oscuros y nerviosos. Sombrío expresionismo marca de Carol Reed, emparentado con la angulosidad y la tiniebla que había aplicado a otra aproximación anterior a Greene, la célebre El tercer hombre. Otra inmersión en el descalabro moral de unos tiempos desquiciados y confusos.

         Nuestro hombre en La Habana, pues, parece material escrito para el Alfred Hitchcock más travieso o para los hermanos Joel y Ethan Coen. La persona corriente a la que el azar o el infortunio enreda en una trama que, a priori, excede a sus capacidades naturales. El apocado señor Wordmold (Alec Guinness) es un gris vendedor de aspiradoras que queda atrapado entre las fuerzas subterráneas que enfrentan al mundo a una lucha a muerte. Pero igualmente, en un plano privado, es un varón de mediada edad asfixiado por su propio envejecimiento y su propia molicie existencial, condensadas principalmente en su relación con una hija caprichosa que está a punto de abandonar el nido familiar, ya quebrado por la desaparición de una esposa que, se entiende, huía de estos mismos terrores.

         En cierta forma, Nuestro hombre en La Habana es la revolución del tipo común contra estas fuerzas visibles u ocultas que juegan con él como un peón sobre el tablero de ajedrez, arrojándolo al enfrentamiento sin empacho alguno o sacrificándolo si es menester. Y en paralelo, por supuesto, es su alzamiento contra la vida misma que lo devora. Esta revolución, además, converge con la Revolución cubana, otra manifestación de este combate fratricida y sin cuartel, de este enloquecimiento histórico que baña en sangre y miedo a los individuos “torturables”, como observa el capitán Segura, ‘el Cuervo Rojo’, en su análisis social de la Cuba agónica del dictador Fulgencio Batista, exportable al resto del escenario internacional.

         Reed logra conservar la potencia destructiva de la combinación y confrontación de la corriente desmitificadora -el espía reducido a una vulgaridad circunstancial, la torpeza humana y práctica del reclutador, la estupidez de un alto mando que no sabe mirar un mapa, la irrisoria eficacia del espionaje en definitiva-, y la vertiente de denuncia del argumento -los crímenes que, con todo ello, se cometen a resultas de esta actividad, por falaz o absurda que sea-. En ella, podría aventurarse igualmente una lectura metalingüística acerca de la responsabilidad del escritor sobre los textos que crea, tanto o más cuando surgen de hechos y personas reales.

Pero, en cualquier caso, Nuestro hombre en La Habana se sostiene como una apasionada defensa del ciudadano de a pie frente a los necios y destructivos poderes fácticos que tratan de imponerse política o económicamente sobre su libertad, independencia y capacidad de amar al prójimo. De amar a un amigo, a una hija, a una pareja.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

Coco

11 Jun

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Año: 2017.

Directores: Lee Unkrich, Adrián Molina.

Reparto (V.O.): Anthony González, Gael García Bernal, Benjamin Bratt, Alanna Ubach, Renee Victor, Jaime Camil, Alfonso Arau, Herbert Sigüenza, Selene Luna, Sofía Espinosa, Edward James Olmos, Natalia Cordova-Buckley, Cheech Marin, Ana Ofelia Murguía.

Tráiler

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         Parece darse una tendencia contemporánea en el cine de animación, de público mayoritariamente infantil, que lidia con la aceptación de la pérdida y de la muerte, temas siempre presentes en el género pero quizás abordados ahora con mayor atención y con una interesante madurez psicológica. Del revés (Inside Out) y Kubo y las dos cuerdas mágicas son grandes ejemplos.

Así, tras el dilema que se le plantea al niño protagonista de Coco -la entrega a la pasión vocacional frente al respeto hacia la pertenencia familiar, confrontación desarrollada a través de una narración un tanto trillada y previsible- subyace una oda a la memoria -tanto íntima como colectiva- de los seres queridos que nos han dejado, pues estos ancestros forman, literalmente, parte de uno mismo. Porque ¿quién no se ha sorprendido tomando decisiones idénticas a las que hubiese optado su padre?

         La herencia familiar, pues, es el gran tema de Coco, si bien imbricado en un hermoso canto a la música como elemento primordial de la existencia y, decíamos en el párrafo anterior, como monumento histórico para la trasmisión y pervivencia oral del pasado. Una apología, en cualquier caso, que es extensible a todo arte. A la denostada búsqueda de la belleza, en definitiva; propósito intrínseco a la naturaleza humana y acaso cada vez más sepultado por la cortedad de miras y la interesada necedad del materialismo, que es un erial repleto de espejismos que no contiene respuestas de nada.

         En el pueblo de Santa Cecilia, patrona de los músicos, el pequeño Miguel persigue su camino por la pragmática realidad física y por su fantasioso reflejo en negativo, el inframundo, merced al Día de Muertos -una festividad que también centralizaba recientemente, y con similitudes en la premisa argumental, otra cinta de animación: El libro de la vida-. Coco despliega un fastuoso y colorista decorado que se fundamenta en la imaginería del fascinante folclore mexicano, dentro del cual, fruto de un persistente sustrato mesoamericano y su sincretismo con las costumbres católicas, la muerte posee una dimensión diferente. Más cercana, más tangible, más presente; equivalente a la vida. El Mictlán, con su propio Dante que lo acompaña y guía en el viaje por el más allá.

Pero, a pesar de las abigarradas miniaturas, los simbolismos mitológicos y las referencias culturales -en ocasiones dotados de un arriesgado toque lisérgico que, junto a otros detalles, ayuda a que el filme trascienda el apropiacionismo acomodado al paladar globalizado-, pocas imágenes hay más bellas y cálidas, más palpables y amorosas, que el rostro arrugado de la bisabuela Coco.

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Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7.

La gran prueba

30 May

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Año: 1956.

Director: William Wyler.

Reparto: Gary Cooper, Dorothy McGuire, Anthony Perkins, Phyllis Love, Richard Eyer, Peter Mark Richman, Robert Middleton, Joel Fluellen, Walter Catlett.

Tráiler

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         La gran prueba se estrenaría en tiempos de la crisis del canal de Suez y de la invasión soviética de Hungría, y apenas tres años después del armisticio entre las dos Coreas. Por su parte, el filme se ambienta históricamente en tiempos de la Guerra de Secesión estadounidense. El conflicto bélico, pues, es el tema que circunda y acosa una obra que posee un engañoso aspecto de comedia familiar costumbrista, centrada en los avatares de una familia de cuáqueros de la Indiana meridional.

De hecho, el primer filme comercial en color de William Wyler se abre en una granja casi idealizada, donde la voz en off de un niño relata su humorística enemistad contra el ganso de su madre. Y, a continuación, se traza el retrato de los Birdwell y sus preocupaciones cotidianas: robar los dulces de la despensa, conseguir la atención de los chicos, las carreras de caballos con el vecino, el liderazgo espiritual de la comunidad… Será este el punto de vista desde el que afronte la guerra La gran prueba, una retitulación española de fuertes reminiscencias religiosas e ideológicas, análogas no obstante a las que ya tenía Friendly Persuasion -“persuasión amistosa”, en traducción literal-, referencia a la actitud con la que los cuáqueros abordan los conflictos.

         De este modo, la intriga acerca de esta gran prueba de fe se mantiene permanentemente de fondo, si bien el relato parece estar más centrado en el drama familiar e intimista, en la descripción de sus circunstancias existenciales y psicológicas, y en su confrontación frente a la sociedad que la rodea. En una constante de la película, este último punto no es monolítico, como se aprecia en una comparativa amable -la iglesia vecina, desbordante de música y color frente al silencio y las tonalidades apagadas de los cuáqueros- y en otra algo más turbia -la feria de las vanidades, donde habitan maravillas y vicios a partes iguales-.

La narrativa textual y visual de La gran prueba demuestra una notable inteligencia expresiva para exponer las dudas, contradicciones e impulsos de los protagonistas, con por ejemplo en el acertado empleo de la elipsis para sugerir referencias sexuales -en la finca de las amazonas Hudspeth, en la noche en el granero de los Birdwell, en su ático…-. Ayudados además por un reparto bien dirigido -desde la vis cómica de clásicos como Gary Cooper hasta la actuación más moderna de Anthony Perkins, promocionado como parte de la nueva ola que personalizaba James Dean-, se trata de detalles, rugosidades y contrapuntos que contribuyen a dotar de complejidad a los personajes y a su historia, siempre de camino al dilema último que antecede a las conclusiones. Unas reflexiones que, como decíamos, enfilan directamente hacia una interrogación acerca de la naturaleza bélica o pacífica del ser humano, acerca de la discusión entre el deber social y la convicción moral, acerca de la firmeza de la doctrina y la flexibilidad de actuación frente al mal mayor -con un escobazo como clave resolutiva-.

         Dentro de este estilo, hay contadas situaciones que, por otro lado, a día de hoy se perciben como más naifs -el gag del órgano y el consejo de ancianos-, lo que se extiende a determinadas extracciones morales del relato. Ocurre por ejemplo con la simplista manifestación de la diferencia entre teoría y práctica de un fundamentalista religioso y su comparación con la comprensión de otros individuos alejados en principio de estos sólidos preceptos de fe y humanísticos, o con su lectura a propósito del perdón y la reconciliación, aun así de potente impuso emocional. Según cada cual, serán rasgos entrañables o reconfortantes en el mejor de los casos; reblandecidos o avejentados en el peor.

Pero todo ello forma parte igualmente del intento de matización del conflicto, que posee otros puntos más rotundos a través de determinados aldabonazos del guion firmado por el interesante ‘blacklisted’ Michael Wilson -“los rebeldes son gente como nosotros”, reflexiona el soldado; “¿y aun así los disparas?”, inquiere sorprendido el niño-; de la plasmación de la batalla como un cúmulo de horrores sin heroismo dominado por el miedo y la lástima; de los poderosos clímax interpretativos que entrega Perkins en estas estruendosas aunque antiépicas escenas, o del silencio en el que se dirime la disyuntiva que atenaza al cabeza de familia, un Cooper que, a pesar de haber rodado años atrás Solo ante el peligro -o quizás por ello-, no estaba demasiado convencido sobre el perfil de su personaje, para el que se había barajado otros nombres de virilidad menos tajante, como el de Montgomery Clift.

         Una de las películas favoritas de Ronald Reagan, se la regalaría en VHS al jefe de Estado de la Unión Soviética Mijaíl Gorbachov en las postrimerías de otro conflicto, la Guerra Fría. Además, cosecharía la Palma de oro en el festival de Cannes.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8.

Paris, Texas

2 Abr

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Año: 1984.

Director: Wim Wenders.

Reparto: Harry Dean Stanton, Nastassja Kinski, Hunter Carson, Dean Stockwell, Aurore Clément.

Tráiler

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        No parece casual que Wim Wenders abra sus fotogramas en los desiertos del Texas occidental. Gran narrador de road movies, un género que en buena medida bebe de las tradiciones del cine del Oeste, alrededor de Paris, Texas sobrevuela el espíritu del western, posado como polvo del páramo sobre un forastero que, al igual que el tío Ethan, surge de una nada de años de profundidad en una difusa reclamación de sus vínculos familiares. Un espectro errante, ni vivo ni muerto, que por sus pecados pretéritos ya solo puede pertenecer a ese vacío sin nombre ni destino.

        Bajo este esquema, Wenders recorre el melodrama de una familia rota por una ofensa pasada, tan tremenda que ni siquiera tiene memoria. Travis huye obsesivo de su propio rostro camino hacia el horizonte, pero en su eterno peregrinar se topa de nuevo con el conflicto, con una segunda oportunidad de dignidad y redención. Ante el retorno temporal de la consciencia, la fuga se convierte en búsqueda. En búsqueda de las causas de una maldición que también se intuye incesante, heredada -los orígenes en una finca yerma-; en búsqueda de la reparación sanadora e improbable.

        Aparte de por los espacios desérticos y urbanos -igualmente extraños y en absoluto acogedores-, el cineasta alemán apuesta fuerte al color. El juego con las combinaciones y los contrastes cromáticos alimenta el estado de los personajes y, al mismo tiempo, los introduce por momentos en una cierta atmósfera abstracta, como de sueño lúcido o de visión hopperiana. Transitan arropados además por la justamente célebre banda sonora de Ry Cooder, minimalista e intensa, melancólica y sentimental, derrotada y evocadora como las melodías de Dark Was the Night, Cold Was the Ground y de Canción mixteca que predominan en los acordes.

La naturaleza de Travis, sus circunstancias y su proceder, posee un halo surrealista del que, no obstante, manan emociones tangibles y penetrantes, como en el progresivo contacto con su hijo o en las escenas en una desopilante cabina de peepshow que, de repente, se torna íntimo confesionario donde el pasado y el futuro del drama se unen en una sola imagen. En algunos instantes, especialmente en su segunda mitad, el filme también divaga y se destensa.

        La masculinidad, el amor, la familia, el desarraigo, la alienación, el existencialismo… Son múltiples los temas filosóficos, sociales, psicológicos y sentimentales que se filtran a través de un relato concebido por el actor y dramaturgo Sam Shepard, y que muta a la par que su protagonista, materializado por el atípico rostro de Harry Dean Stanton, al mismo tiempo común y misterioso, ausente y desolado, tímido y dudoso.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,8.

Nota del blog: 7,5.

Un oso rojo

28 Mar

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Año: 2002.

Director: Israel Adrián Caetano.

Reparto: Julio Chávez, Soledad Villamil, Agostina Lage, René Lavand, Luís Machín.

Tráiler

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         Uno de los asuntos capitales del western es la dignidad. Con frecuencia, recobrar la dignidad olvidada es la única recompensa posible para el antihéroe westerniano, errante a través de una sociedad presuntamente civilizada en la que ya no tiene cabida. La prosperidad sedentaria o la felicidad del núcleo familiar estable son premios irremediablemente vedados. De ahí que el alejamiento hacia el horizonte o la inmolación altruista sean desenlaces propicios para sus desventuras. Una especie de triunfo dentro del triunfo imposible, pero igualmente de derrota dentro de la victoria. Raíces profundas es la obra que sintetiza el paradigma. El éxito reciente de películas como Drive prueba la vigencia que aún posee su intenso potencial dramático.

         Un oso rojo también asienta su relato sobre estos cánones y estos arquetipos, si bien su protagonista no es un eterno forastero, sino que su viaje proviene de un origen concreto: la cárcel. Aunque cabe reconocer que la mirada con la que Jean Arthur recibía a Alan Ladd en Raíces profundas dejaba flotando la idea de que Shane tampoco era precisamente un extraño, lo que iguala las cosas. Neonoir argentino de los turbulentos tiempos del corralito, Un oso rojo asume los códigos del género para eviscerar la miseria de un país -de hecho el empleo de los símbolos nacionales, aquí el himno, es similar al que hará cierto cine negro americano posterior al 2008, como ocurre en Mátalos suavemente, Dolor y dinero o Comancheríay exponer su influencia condenatoria sobre segmentos vulnerables de la sociedad, en este caso la familia de este asaltador que ha encontrado como pater familias sustitutorio a otro individuo con idéntica falta de futuro a la de él mismo.

Pese a los atisbos de redención que impone el relato, Adrián Caetano, director y guionista, no hace víctimas a los hombres, cuya naturaleza está teñida por el claroscuro, y sí a las mujeres -madre e hija, secuestradas por el infortunio-. Con todo, en este bosquejo de duelo de machos, Caetano enfatiza -probablemente con excesivo celo- la superioridad paternal, viril e incluso moral del expresidiario.

         El filme posee esa cierta melancolía lacónica del polar francés, así como un pesimismo propio del cine criminal de la Gran Depresión, otro instante de desconcierto económico en el que la verdadera violencia no proviene de los individuos que tratan de sobrevivir en el arroyo con todos los medios a su alcance, lícitos o ilícitos, sino del contexto social que los ahoga. La reutilización de preceptos del cine negro se extiende a los símbolos visuales, como las vallas que, desde la puesta en escena, insisten en separar al protagonista de aquellos a los que quiere.

Un oso rojo no es una cinta en absoluto sorprendente, pues. Pero sí es una cinta que asimila bien sus herencias, que está narrada con solvencia y que cuenta con la participación de actores de mucha entidad como Julio Chávez, cuya presencia en el plano es descomunal, o Soledad Villamil, que ofrece un perfecto contrapunto de sentido trágico y también, a su propia manera, de fuerza.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7.

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