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Solo ante el peligro

1 Feb

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Año: 1952.

Director: Fred Zinnemann.

Reparto: Gary Cooper, Grace Kelly, Katy Jurado, Thomas Mitchell, Lloyd Bridges, Lon Chaney Jr., Otto Kruger, Henry Morgan, Howland Chamberlain, Larry J. Blake, Robert J. Wilke, Sheb Wooley, Lee Van Cleef, Ian MacDonald.

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          Solo ante el peligro es la cosa más antiamericana que he visto en mi vida”, declararía John Wayne, indignado con que el protagonista de la película, sheriff de un poblacho dejado de la mano de Dios, se pasase todo el metraje caminando apurado de un lado a otro en busca de ayuda contra el malvado que llegará en el tren del mediodía a Hadleyville. Irritado por el simbólico cierre del filme, añadiría que incluso no sentía remordimiento alguno por que el guionista, Carl Foreman, hubiera tenido que irse de los Estados Unidos bajo el peso de las persecuciones anticomunistas lideradas por el senador Joseph McCarthy.

En la década de los cincuenta, sobre todo en su primera mitad, los Estados Unidos se miraban en el espejo y no les gustaba el reflejo que veían. La oscuridad política y moral de la caza de brujas, envuelta en el insoportable e insostenible Temor rojo, sembraba dudas en la identidad nacional del presunto adalid del mundo libre. Ese conflicto en la propicepción se trasladaba irremisiblemente hacia la mitología fundacional del país, hacia el relato épico de su construcción por medio de la voluntad del individuo honesto y sacrificado, que se impone frente a la hostilidad de la naturaleza salvaje y de sus moradores incivilizados. El western quedaba así herido de gravedad, atravesado por una corriente psicológica que explotaba los dilemas interiores de los personajes, las rugosidades de su motivación o la fragilidad de sus arquetipos, desde el más honorable al más despiadado.

          El sheriff Will Kane deambula azorado por las calles del pueblo, con el rostro cada vez más sudoroso y envejecido y el aliento más entrecortado, mientras el tic tac de los relojes, presentes en cada pared como una sentencia de muerte inapelable, apremian su desesperación. Solo ante el peligro es la enseña absoluta de este periodo en el que el ciudadano podía quedar desguarnecido de todo derecho ante una simple acusación infundada que lo condenase al escarnio y el ostracismo. Doliente y pesimista, su alegórico discurso se apoya en la cita histórica, propia y ajena, para examinar el comportamiento de la persona corriente cuando le acecha la responsabilidad moral de actuar en un contexto adverso y, además, cuando queda cobijado en la masa informe que da cabida a sus instintos de supervivencia más primarios, disfrazados bajo coartadas de cualquier tipo. El duelo en el que se bate el sheriff Kane, que ni siquiera es oficialmente el dueño de la placa que respalda su autoridad, es contra sus convecinos, que esgrimen como arma el interés egoísta, el pavor cerval, el resentimiento enquistado, la mezquindad pura, la insidia desacreditadora…

          Este tratado acerca del comportamiento colectivo de una comunidad humana se conserva vigente, pues como señalan sus referencias históricas se trata de una moneda común en tiempos de crisis moral y social, como puede ser este terminar de la segunda década del siglo, marcado por la reconcentración nacionalista bajo el ala de la extrema derecha más clasista, racista y xenófoba. Pero también arroja otro aliciente para el análisis contemporáneo, por su igual permanencia en el debate público, como es la perniciosa influencia que los tópicos machistas, consolidados por la tradición cultural común, tienen igualmente sobre el hombre. “Sí, quizás tenga miedo”, admite el sheriff Kane en una confesión aún insólita en un personaje de semejante naturaleza. El líder que siente el peso de las circunstancias y que puede verse doblegado ante ellas, que ha de apoyarse en el otro, en la empatía del prójimo. El héroe que no es imperturbable, ni siempre puede ponerse por encima de los acontecimientos que arrasan a los cualquiera. La continuidad de esta idea será literal en ese Tony Soprano que se desmorona en un ataque de ansiedad frente al inexorable agotarse del tiempo y de la vida, simbolizado por los patos que emigran, mientras se pregunta dónde ha quedado el tipo fuerte y silencioso que asumía sus problemas sin exteriorizarlos, como los vaqueros de Gary Cooper, decía precisamente.

          El tiempo es el que imprime una cadencia sostenida e incesante a la intriga, que se construye no solo por la amenaza que se aproxima, sino también por la soga de socorro que se aleja de la mano, cercenada incluso por quienes habrían de sostenerla. Las agujas avanzan prácticamente en tiempo real, la  melodía de Dimitri Tiomkin marca un compás de pesaroso fatalismo y el montaje de Elmo Williams espolea el relato con precisión. La cobardía del sheriff no es completa como la del Lord Jim de Joseph Conrad -uno de los nuestros-, pues se sostiene en pie hasta que le alcance un destino que se presume funesto, ya que un verdadero hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer. Aunque esta resistencia es más ética que viril, al estilo por ejemplo del Henry Fonda de otro emblema del periodo como Doce hombres sin piedad. Y, de nuevo, la conclusión que encolerizaba a John Wayne advierte de que cualquier redención que pueda leerse de las acciones del desenlace es equívoca o, cuanto menos, dudosa.

          Unos años después, Wayne se uniría a Howard Hawks, otro indignado por Solo ante el peligro, para rodar una especie de versión del argumento desde su propio punto de vista: Río Bravo.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 9.

La favorita

28 Ene

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Año: 2018.

Director: Yorgos Lanthimos.

Reparto: Emma Stone, Rachel Weisz, Olivia Colman, Nicholas Hoult, Joe Alwyn, James Smith, Mark Gatiss.

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          Mientras la reina Ana de Gran Bretaña se atiborra a pasteles, un sirviente sostiene una lujosa copa de plata para que deposite sus regios vómitos. Su dama de compañía también hará lo propio en otra escena, esta vez empleando un jarrón de porcelana fina.

La favorita es un filme de época de fastuosa ambientación cortesana. No faltan los tapices, los pelucones ni las abigarradas estancias propias del palacio europeo de comienzos del siglo XVIII. Pero están ahí para constituir el decorado de un espectáculo de vulgaridad, de una carnavalada que examina desde la sátira cruel los resortes del poder y las tentaciones del arribismo. La opulencia material, la indigencia moral. Los lores británicos hacen la guerra contra el Francés de la misma manera que organizan carreras de patos; los habitantes de este microuniverso sórdido entre oropeles, alejado de toda realidad, lidian con los sentimientos como otro elemento propio de la política y de sus conspiraciones; la cabeza del Estado maneja el país como si se tratara de una finca particular.

          Los personajes de La favorita penan en el aislamiento dentro una trama psicológicamente opresiva; en una desesperación que lleva a la maldad; en la egoísta inmisericordia hacia el prójimo que se interpone en sus apetencias. Criaturas infantiles, lamentables, feroces, dignas de piedad. Yorgos Lanthimos, un autor a quien le fascina sumergirse y rebozarse en las entrañas podridas del ser humano, traslada este retrato grotesco a la imagen, donde se encuentran fotogramas deformados por grandes angulares y exagerados giros y movimientos de cámara. La combinación, que encuentra su naturaleza en el exceso, coquetea incluso con el surrealismo.

          En La favorita hay momentos de pavorosa hilaridad y espacios en los que brillan las contradicciones, en especial en esa reina encarnada con acierto por Olivia Colman y que inspira tanta lástima como repulsión, trágica por su vacío y por su condición que la aplasta; terrible por el poder que al fin y al cabo detenta, como demuestra el rotundo plano final. A pesar de ello, la marcadísima caricatura, la aparatosidad estilística y la estructura narrativa capitular provocan sin embargo que la película quede en conjunto demasiado sobrecargada.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 6,5.

La balada de Buster Scruggs

7 Ene

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Año: 2018.

Directores: Joel CoenEthan Coen.

Reparto: Tim Blake Nelson, Willie Watson, Clancy Brown, James Franco, Stephen Root, Liam Neeson, Harry Melling, Tom Waits, Sam Dillon, Zoe Kazan, Bill Heck, Grainger HinesTyne Daly, Brendan Gleeson, Jonjo O’Neill, Saul Rubinek, Chelcie Ross.

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          Los Coen son unos cabrones. Y quienes mejor lo saben son sus personajes, que pese a que en su mayoría tratan de pasar por tipos corrientes , tienen tan mala baba como ellos. Pero, a diferencia de los hermanos, no se encuentran a los mandos de su propia historia, con las nefastas consecuencias que esto puede suponer. En La balada de Buster Scruggs, la segunda incursión de los Coen en el western tras Valor de ley, esta mirada vitriólica se aplica a la historia de unos personajes que, además, son partícipes de forja de la historia de un país. Es decir, que, a través del filtro de los Coen, la posible épica de la conquista del Oeste queda desmontada desde una crueldad que, de tan humana y cochambrosa, es incluso sarcástica.

En La balada de Buster Scruggs, los directores y guionistas a veces ejercen de demiurgos que se divierten haciendo perrerías a sus marionetas -el episodio de la caravana-, y en otras dejan que sean los instintos de sus criaturas, abandonadas al libre albedrío, las que desencadenen la tragedia -el capítulo del teatrillo itinerante-. Este último, de hecho, es realmente devastador.

          Rodada directamente para su comercialización en la plataforma de visionado en streaming Netflix y no en las salas de cine -aparte de su exhibición en el festival de Venecia, apenas hubo pases limitados en Estados Unidos-, La balada de Buster Scruggs es una cinta de episodios protagonizada por arquetipos del género, ora ligeros -en especial los dos primeros, si bien el combate del forajido contra la horca inexorable posee unas innegables lecturas existenciales-, ora reflexivos, ora lúgubres, ora siniestros.

El proyecto, como es sabido, se había anunciado como una serie que preveía confeccionarse a partir de retales de guiones que habían ido guardando en el cajón. A priori, no es este un impedimento para adaptar el concepto a un largometraje -véase Mulholland Drive-, pero quizás sí deja tras de sí una evidente irregularidad, rasgo casi inevitable de estas obras fragmentarias y que se acentúa aquí con las variaciones tonales y de metraje que impone cada una de las seis entregas que conforman la función.

          Precedida por el naif recurso al libro de cuentos que se abre desde un plano subjetivo, la apertura La balada de Buster Scruggs -que precisamente es la que da nombre al filme- es una especie de parodia de los cowboys cantantes que ya habían tratado en su anterior ¡Ave, César!, en aquella desde un punto de vista metacinematográfico, en una ficción desde fuera de la ficción. Aquí es una parodia pura que entremezcla elementos del cómic y del spaghetti western -su querencia por el estereotipo y la vuelta de tuerca al tópico-, siempre apropiados posmodernamente desde el característico estilo de los Coen y su dominio del lenguaje verbal y visual. Se trata de una introducción engañosa por su humor liviano y su brevedad, que irán desapareciendo en el resto de pasajes, en especial a partir del tercero, aquel citado del espectáculo que estalla con una enorme impiedad homicida y -avanzando una interpretación paralela- culturicida. El beneficio manda, ayer, hoy y probablemente mañana. Su análisis humano se puede reproducir en la coda a bordo de la diligencia, donde las disquisiciones sobre la especie -con ecos de aquella heterogénea diligencia seminal de John Ford– se sumergen en cambio en una atmósfera próxima al terror gótico.

Pero, incluso en esas dos ocurrencias que abren la función, está presente ese denominador común de crueldad que, en su naturaleza irreparable, puede abocar al absurdo cualquier acción que emprendan los personajes implicados.

          El talento formal de los Coen es otro de los puntos en común de los seis relatos de La balada de Buster Scruggs. En ella hay encuadres formidables, como también es espectacular la selección y el empleo de los paisajes, que pueden pasar desde una postal bucólica alterada por el impacto de lo humano -el capítulo del viejo minero- hasta sobrecogedoras barreras que empequeñecen todo cuanto osa desafiarlas -la tercera y la cuarta parte-. De hecho, en la aventura dramática de los caravaneros, los cineastas desarrollan una intensa poética romántica no demasiado frecuente en su filmografía, si bien, por supuesto, enmarcada dentro de este fondo cohesionador -visto independientemente, quizás sea esta el episodio más estimulante como semilla de película, aunque no menos cierto es que, inserto en este conjunto, también rompe demasiado el ritmo de la función-. En este sentido, La balada de Buster Scruggs es una cinta que luce una puesta en escena impecable.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7.

Los duelistas

24 Oct

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Año: 1977.

Director: Ridley Scott.

Reparto: Keith Carradine, Harvey Keitel, Diana Quick, Cristina Raines, Albert Finney, Edward Fox, Robert Stephens, Tom Conti, Alun Armstrong, John McEneryMaurice Colbourne, Meg Wynn Owen, Jenny Runacre.

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          Ridley Scott dio un salto desde los anuncios de la televisión a las galas de premios del festival de Cannes, donde recogería el galardón al mejor estreno en la dirección gracias a su primer largometraje.

Scott apuntó alto con Los duelistas -un libreto tomado de un relato de Joseph Conrad, un trabajo de fotografía que emula los celebrados logros del Barry Lyndon de Stanley Kubrick– y la jugada no le pudo salir mejor. El realizador británico emplea en ella toda su capacidad técnica, con el desparpajo inconsciente del debutante. El pictoricismo de las imágenes, por composición, textura e iluminación, bordea el esteticismo -hasta se hace énfasis en señalar los bodegones- para ambientar el duelo incesante entre dos antagonistas en sentido absoluto.

          Al contrario que Vida y muerte del coronel Blimp, donde The Archers mostraban con emocionante optimismo que el amor puede ser el nexo común entre extraños enfrentados a lo largo de los tiempos, Los duelistas avanza a través de los gobiernos de Napoleón Bonaparte y su conquista de Europa utilizando como leit motivo los repetidos lances a muerte entre dos hombres de temperamento opuesto, racional y honorable el uno, obsesivo y virulento el otro; ambos entrelazados en una lucha inagotable a partir de la cual bien se pueden trazar paralelismos con la belicosidad del periodo que habitan y, por extensión, con la inclinación del ser humano al cainismo. Y esa disimilitud en el retrato de los caracteres parece asimismo una sugerencia hacia la dualidad espiritual de la especie.

          En ocasiones todavía tosco en el uso de la elipsis y en determinados movimientos de cámara que no casan del todo bien con ese citado estilo preciosista del plano, inspirado por lienzos románticos de emociones y tonalidades desatadas, Scott logra construir con mayor acierto la tensión de la lid, el crescendo de miedo y adrenalina e incluso de euforia que experimentan los rivales, coreografiada desde unas elogiadas pretensiones historicistas. Sosteniendo con solvencia el pulso narrativo frente a las amenazas del esquema propuesto por la novela corta original, el director explora el absurdo del enfrentamiento no solo mediante la delirante repetición del duelo -que Conrad había extraído anécdota verdadera protagonizada por dos húsares napoleónicos-, sino también reduciendo la figura de sus eternos combatientes en sobrecogedores paisajes y en imponentes ruinas.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7,5.

La octava mujer de Barba Azul

18 Oct

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Año: 1938.

Director: Ernst Lubitsch.

Reparto: Gary Cooper, Claudette Colbert, Edward Everett Horton, David Niven.

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         Dormir solo con la chaqueta del pijama, prescindiendo de los pantalones, propició el comienzo de una de las más prestigiosas colaboraciones del séptimo arte. O al menos eso cuenta la leyenda.

El guionista Billy Wilder había estado dando vueltas acerca de cómo emplear esta costumbre suya como material cómico. Y fue durante el primer encuentro de producción con Ernst Lubitsch cuando encontró la oportunidad: sería el arranque perfecto para una de las comedias sofisticadas del berlinés, en las que un chico y una chica se enzarzan en una batalla romántica de la que tanto pueden salir escaldados como perdidamente enamorados. Así, según Wilder, el flechazo inicial debía surgir cuando él desatase una pequeña revolución al intentar comprar solo la parte superior de su pijama, solucionada luego por la intervención de ella, que únicamente necesita la parte inferior. Y así empieza La octava mujer de Barba Azul, la primera película de Lubitsh y Wilder, unión que volvería a formarse en Ninotchka.

Pero también -e incluso principalmente- es el debut como tándem de Wilder y Charles Brackett, compañero guionista con el que compartiría las más altas cimas de la comedia -y el drama-.

         En verdad, La octava mujer de Barba Azul parte de una exitosa obra de teatro francesa que ya había sido llevada al cine en 1923 con protagonismo de Gloria Swanson. Sin embargo, sus ambientes lujosos y sus idas y venidas se amoldan a la perfección a los cánones de la comedia del cineasta alemán, que pone en escena un libreto desbordante de réplicas rápidas y agudas, con una cota de ingenio muy alta -los diálogos están más cuidados, de hecho, que el retrato de los caracteres, que termina por ser un tanto caprichoso, especialmente en el caso de ella-. Una calidad a la par, claro, del talento de Lubitsch para expresar de un plumazo, con una imagen que también puede valer lo que mil palabras -y sin exhibicionismos autorales-

Chispea así el encontronazo entre un nuevo rico americano de la Bolsa (Gary Cooper) y una decadente y resabiada aristócrata francesa (Claudette Colbert), enzarzados en un duelo que es tanto amoroso como económico -y que siempre se mantiene en un nivel humorístico que no decae, con la dificultad que ello entraña-. La introducción del pijama, además de ser delirante, sentaba a la perfección la personalidad del personaje de Cooper, un hombre arrogante y decidido que, por medio del dinero, hace valer su determinación. Cualidades que en manos de Wilder y Brackett, intermediadas en pantalla por el encanto de Colbert, se subvierten por completo, tornadas en debilidad.

         De este modo, además de construir una screwball commedy ágil y vivaz que arremete frontalmente contra los roles de género, La octava mujer de Barba Azul lanza un vitriólico ataque contra los estamentos superiores de la sociedad, expuestos en sus suntuosos hoteles, playas y apartamentos de la Costa Azul como gente incapacitada para el trabajo o neurótica, totalmente alejada de la realidad. Otra subversión irreverente e inteligente.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 7,5.

Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia

12 Oct

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Año: 2016.

Director: Zach Snyder.

Reparto: Ben Affleck, Henry Cavill, Amy Adams, Jesse Eisenberg, Gal Gadot, Diane Lane, Laurence Fishburne, Jeremy Irons, Holly Hunter, Scoot McNairy, Callan Mulvey, Harry Lennix, Tao Okamoto, Jeffrey Dean MorganKevin Costner.

Tráiler

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          Ya lo planteaba El hombre de acero, donde Superman se presentaba ante el mundo sobre una Metrópolis completamente derruida. También El caballero oscuro, con Batman proscrito de la Gotham de la que es guardián silencioso y sufriente. Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia se abre con imágenes que reproducen el trauma del 11-S, apropiación recurrentísima del cine de catástrofes del nuevo milenio. El shock entre metal y hormigón desguazados, entre nubes blancas de asbesto, entre caos, muerte y miembros cercenados.

La realidad contemporánea, con la inocencia perdida en la concepción de una situación geopolítica fragmentaria, compleja y confusa, ya no admite héroes de una pieza, capaces de discernir el Bien del Mal y obrar en consecuencia. Una acción ejecutiva de Superman frente a la amenaza terrorista, atomizada en mil células, posee unas repercusiones que escapan al control de esta divinidad en potencia, erigida, por su poder y rectitud, en juez y verdugo. ¿Quién vigila a los vigilantes?, que se preguntaba -con bastante mayor fortuna- Watchmen.

          El material de base sobre el que se funda Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia exhibe la enjundia a la que suele aspirar Christopher Nolan, gran refundador de los héroes de la factoría DC. Las referencias al vigilantismo a pie de calle y al totalitarismo en la alta política, vinculadas a la naturaleza de estos superhombres, son constantes en el primer tercio de la cinta. Este tramo surge envuelto en la característica oscuridad que, en este sello, se cierne sobre estos pilares de lo establecido: figuras de interior atormentado, condenados, como herencia del antihéroe del western, a luchar por el sistema desde los márgenes de una sociedad aterrorizada por su propia vulnerabilidad que, en secreto o a voces, los teme y los repudia.

La película también arroja esos fotogramas de pictoricismo sobresaturado de chroma y píxeles típicos del Zach Snyder, con los que compone barrocos cuadros extáticos sobre esta mitología pagana de dioses dubitativos, casi con raigambre de tragedia griega, a juego con la altisonante banda sonora de Hans Zimmer y Junkie XL.

          Siempre ampulosa, Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia trata de abarcar una miríada de traumas, complejos y reflexiones, algunos expuestos de forma tan burda y desconcentrante como las escenas oníricas de un Bruce Wayne en el que Ben Affleck, actor muy limitado, no logra llenar los zapatos del carismático Christian Bale, a pesar de no ser este uno de sus peores trabajos interpretativos -lo que tampoco es mucho decir- y de que lo verdaderamente irritante es el intento de Jesse Eisenberg de crear su propio Joker a partir de un joven Lex Luthor.

La narración que plantea Snyder se dispersa y disuelve inevitablemente entre debates y dilemas de todo cuño. Y, en mitad de este irresoluble nudo gordiano de unas voluminosas dos horas y media, parece decidirse por el sobado hilo de enfrentar en el clímax tres traumas familiares, concentrando el crescendo operístico de la función en la confluencia de todos ellos, lo que resulta en una sobrecarga emocional tan artificial que cortocircuita cualquier pretensión que tuviera en este sentido.

          A ello se añade además ese molesto tufo que tiene el filme de ‘capítulo intermedio’ para el inicio de nuevas franquicias: el renovado Batman, Wonder Woman, la Liga de la Justicia, Aquaman, Flash y Cyborg.

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Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 5,6.

Nota del blog: 4,5.

Depredador 2

3 Oct

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Año: 1990.

Director: Stephen Hopkins.

Reparto: Danny Glover, Gary Busey, Maria Conchita Alonso, Bill Paxton, Rubén Blades, Robert Davi, Adam Baldwin, Morton Downey Jr., Kent McCord, Calvin Lockhart, Elpidia Carrillo, Kevin Peter Hall.

Tráiler

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         Según los guionistas y padres del alienígena aficionado al ocio cinegético, Jim y John Thomas, el éxito de la serie de cómics basada en Depredador terminó de convencer a los ejecutivos de la Fox para el rodaje de una secuela de las andanzas del monstruo que se las había hecho pasar canutas a Arnold Schwarzenegger en la selva centroamericana de Val Verde. Sin embargo, esta vez no podrían contar con el gigante austríaco, que no estaba igual de atraído por las posibilidades de darle una segunda parte al asunto. Además, el escenario se trasladará a otra jungla, ahora de cristal pero en la que impera otra ley del más fuerte, dictada por las ultraviolentas bandas de narcotraficantes que luchan por dominar la degradada megalópolis, sumida en la anarquía y el caos.

         Más allá de esta variación que tiene como escenario Los Ángeles, el esquema es prácticamente calcado a la anterior, con un grupo de policías que reemplaza a los sufridos boinas verdes en su condición de presas del monstruo. También se reproducen los conflictos y traiciones jerárquicas con la intervención del presunto equipo de la DEA e incluso el personaje de Bill Paxton parece heredar los chascarrillos de aquel que interpretaba Shane Black -contratado como ‘script doctor’ en la primera y guionista y director de la nueva continuación estrenada este 2018-.

         No hay intención de darle una gran vuelta de tuerca a un factor sorpresa de por sí agotado, si bien la cinta sabe ser entretenida merced a un ritmo ágil y a unas eficientes escenas de acción. Ayuda aquí el recurso -también reivindicado por Predator– a una violencia explícita ahora prácticamente desterrada al irse atenuando en producciones de este tipo con el objetivo de lograr una calificación que permita acceder a un público más amplio.

Por otro lado, avanza detalles de curiosa ironía posmoderna -los tópicos en la relación de Harringan con sus superiores, dignos de un monólogo de Goyo Jiménez; la caracterización del cuarteto de agentes propia de un videojuego noventero, la limusina-submarino de los jamaicanos, el desenfundado general en el metro…- y unas astutas referencias que, andando el tiempo y los debates de los aficionados, abrirán la puerta a una mitología mixta con la saga Alien -con nefastos resultados-. Dos factores estos que le otorgan cierto encanto delirante a la película.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 5.

Nota del blog: 6.

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