Tag Archives: Lugareños y nativos

La hechicera blanca

19 May

 

La hechicera blanca: en misión de martirio y redención hacia el corazón de las tinieblas. 1953, un año de aventuras exóticas para la primera parte del especial que Cine Archivo dedica al compositor Bernard Herrman.

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Narciso negro

18 Abr

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Año: 1947.

Directores: Michael Powell, Emeric Pressburger.

Reparto: Deborah Kerr, David Farrar, Kathleen Byron, Sabu, Jean Simmons, Judith Furse, Flora Robson, Jenny Laird, May Hallatt, Eddie Wahlley Jr., Esmond Knight.

Tráiler

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          El purgatorio de las monjas es un serrallo indio aislado en el Himalaya, poblado por objetos y lenguas paganas, ornado con pinturas eróticas, enfrentado a una diosa desnuda y a un santón de trascendencia inexpugnable, resonante de ecos de misterios ancestrales, a las puertas de los placeres de la carne, situado al borde del abismo.

Narciso negro es una película compuesta a través de terribles duelos: la mujer reprimida contra el hombre desengañado, el cristianismo contra las divinidades exóticas y arcanas; la fragilidad humana contra la hostil naturaleza que se manifiesta en los elementos y la orografía; la capacidad personal contra la presión del deber, la devoción contra la tentación, las cárceles psicológicas contra las liberaciones espirituales, las monjas contra sus jerarquías de poder y sus deseos enfrentados; cada una de ellas contra sí misma.

          Michael Powell y Emeric Pressburger, The Archers, componen con extraordinaria hermosura y con punzante profundidad la atmósfera del palacio donde cinco monjas pretenden levantar una escuela, un hospital y un convento. “No es lugar para fundar un monasterio”, les advierten. Los cineastas construyen para ellas un escenario de sobrecogedor poder telúrico y de desconcertante exuberancia, creación de deidades superlativas a las que nada interesa el recogimiento, el sacrificio y la contrición; sino que se regodean en la belleza natural y humana, en el deseo satisfecho, en la expresión desatada de los potenciales y las emociones.

Un universo desconocido y deslumbrante de luz, color y pureza en comparación con los tenebrosos muros donde las religiosas acostumbran purgar su vida terrenal al servicio de Dios. The Archers ponen a prueba la firmeza de sus convicciones infiltrando signos infieles en sus hábitos cotidianos, con frescos hindúes y campanas budistas. Atruenan los estímulos de vida ante la mirada de unas religiosas sometidas a un examen espiritual que se torna gradualmente en existencial, a medida que se presentan los fantasmas del pasado, de las ilusiones rotas, de las oportunidades aún posibles. Cada mañana, una de ellas ha de tañir la campana a los pies del colosal precipicio.

          Con idéntica habilidad expresiva, Powell y Pressburger cultivan y espolean la tensión del drama, abonada por esta sucesión de dilemas íntimos y colectivos, desencadenados por la pérdida de las referencias de una vocación obsesivamente abnegada que esconde traumas enquistados de tiempos pretéritos, enterrados pero no muertos.

En el encierro todo se magnifica. Especialmente en una celda desbordada de pasiones y gozos ante los que solo cabe ignorarlos, abstrayéndose en una búsqueda metafísica, o entregarse a su llamada primaria y visceral. Un lápiz de labios contra una Biblia.

El elemento sobrenatural palpita en este mundo fascinante y perturbador que la hermana superiora Clodagh es incapaz de comprender y frente al que no sabe reaccionar -algo semejante a lo que le ocurrirá de nuevo a Deborah Kerr en Suspense, donde encarna a otra mujer piadosa recluida en compañía de fuerzas irracionales y desasosegantes-. Ya se le percibía durante la presentación de la cuidadora del gineceo, quien aparece en perfecta conexión con los misterios naturales, precedida por el viento, en comunicación con las aves. También en el incesante azote de las corrientes que descienden desde las montañas. Pero con los ojos como espejo del alma -y con algunos planos realmente impactantes todavía hoy-, su clímax se alcanza en el desenlace, narrado con la gramática propia de un filme de terror, y luego ratificado de nuevo por la influencia de los fenómenos atmosféricos -la niebla, la lluvia-.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8.

La propuesta

3 Abr

La propuesta

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Año: 2005.

Director: John Hillcoat.

Reparto: Guy Pearce, Ray Winstone, Emily Watson, Danny Huston, David Wenham, John Hurt, Robert Morgan, David Gulpilil, Tom Budge, Tommy Lewis, Richard Wilson.

Tráiler

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           La propuesta, segunda colaboración entre John Hillcoat y Nick Cave después de Ghosts… of the Civil Dead -y obviando la filmación del concierto Live at the Paradiso y el video musical Baby I’m on Fire-, provino precisamente de una propuesta: la que director le hizo al músico -y guionista a tiempo parcial- para componer una banda sonora de corte westerniano que, al final, trajo consigo su propio libreto bajo el brazo.

Será un western, no obstante, en una frontera al Oeste del Oeste, acorde a la raigambre australiana de ambos. Los paisajes desérticos del Outback conforman así un escenario igual de sobrecogedor, dueño incluso de un esoterismo exótico y perturbador que deslizará el relato, poco a poco, hacia territorios metafísicos.

           El villano de La propuesta es un monstruo legendario que se guarece en las caprichosas formaciones rocosas del paisaje, en comunión y comunicación con la naturaleza, renegado de y repudiado por la incipiente civilización que ansía instaurar por lo civil o lo criminal el capitán Stanley, recién llegado a una colonia agreste, aún fiel a su origen como continente-penitenciaría.

Sin embargo, en La propuesta las categorías dramáticas se diluyen en una pátina de surrealismo cercano al acid-western y sus pulsiones de muerte, la cual se desarrolla a  lo largo del trayecto del forajido Charlie Burns (Guy Pearce), agente del destino histórico y personal, y el dilema que le plantea su misión forzada. Quizás hubiera sido mejor ubicar a un actor con más presencia que Danny Huston al final de esta cabalgada al corazón de las tinieblas.

           Se podría sospechar la influencia de la prosa solemne, telúrica y metafísica de Cormac McCarthy en los fotogramas del filme, reforzada por el hecho de que Hillcoat llevaría luego a la pantalla una de sus novelas: La carretera (The Road), otro itinerario apocalíptico.

La propuesta dibuja un universo ancestral y terrible contra el que trata de abrirse paso una no menos violenta sociedad moderna, cuya falta de piedad e incluso sinrazón se advierte en su primitiva concepción de la Justicia y, en especial, en el conflicto abierto y sangrante entre colonos y aborígenes. De este choque nacen asimismo detalles instalados en el absurdo -el jardín inglés, el vestuario del mayordomo, la celebración de la navidad…- y que refuerzan la atmósfera irreal que dominan una obra con encomiable personalidad.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 7,5.

Cobra Verde

21 Mar

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Año: 1987.

Director: Werner Herzog.

Reparto: Klaus Kinski, King Ampaw, José Lewgoy, Salvatore Basile, Peter Berling, Guillermo Coronel, Carlos Mayolo, Nana Agyefi Kwame II.

Tráiler

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           Una barcaza a la deriva con una plebe de monos; una victoria poética en la que la montaña termina viniendo hacia uno. Las aventuras de Werner Herzog y Klaus Kinski, insubordinados contra el destino que los oprime, se erigen como monumentos de blasfema rebeldía que conducen a desenlaces inciertos. Pero quizás esta noción de la Fortuna ineludible se encuentra más palpable en el último capítulo de esta especie de trilogía de odiseas desesperadas, protagonizado por un bandido que, siendo el más pobre de los pobres, probó suerte como señor de los esclavos y se hizo virrey de la nada, tratando de sacudirse la condena de que, en verdad, el esclavo de los hados era él mismo.

Repudiado por los hombres presuntamente decentes pero que solo son villanos con métodos hipócritas, comprendido y hermanado con los marginales atropellados o engañados por la mal llamada civilización, el forajido Francisco Manoel da Silva ‘Cobra Verde’ se yergue sobre los secos paramos que componen los sertones del Brasil septentrional y mira hacia al horizonte, escudriñándole en busca de la tierra fantástica de la nieve. Esa que representa el mejor de los mundos posibles que Brian Sweeney Fitzgerald ‘Fitzcarraldo’ hallaba en las arias de Enrico Caruso o Lope de Aguirre ‘el Loco’ en la traición a su castrante condición social. La aventura de Cobra Verde nace, pues, de intentar navegar a contracorriente de la muerte y el vacío, surgiendo de la tumba de su madre, partiendo de la tierra yerma. Nada tiene que perder en su combate contra todos y contra todo.

           La impulsividad del relato y su montaje cinematográfico, sumado a la fuerza de su exotismo -las exuberantes selvas amazónicas que no obstante se filman en Colombia, las áridas costas del golfo de Guinea- y al hipnotismo de los ojos desencajados de Kinski, inducen en el filme una veta onírica que domina el escenario y el recorrido de Cobra Verde, que se mueve en el terreno de lo improbable, del cantar de ciego, de la gesta legendaria, de lo soñado. No obstante, si bien no se dirige hacia un objetivo tan prosaico como el oro que rastreaban en México los parias de El tesoro de Sierra Madre, tampoco se percibe romanticismo alguno en su periplo. No existe aquí el placer de la aventura -el camino transformado en meta-; aquel que en cambio gozaban otros pícaros, Daniel Dravot y Peachy Carnahan, embarcados en la conquista de su propio reino, que en su caso les aguardaba en la indómita Kafiristán. Cobra Verde ni siquiera queda hechizado por el choque frontal con lo bárbaro, puesto que él es tan bárbaro como las gentes en eterna guerra de Dahomey.

           En consecuencia, la historia que plasma el cineasta alemán se torna obsesiva a medida que el absurdo se cierne inexorable sobre su protagonista, siempre envuelto en un entorno degradado, acre. Solo con la compañía del desquiciado Kinski, su manifestación al otro lado de la realidad -y por su parte repudiado en el set de rodaje a raíz de unos estallidos de cólera que pondrían en fuga al director de fotografía original-, Herzog parece incluso abandonarlo a su suerte, más interesado en la antropología, en capturar los ritos y costumbres de los pueblos con los que topa, casi dejando de lado una narración poco limpia, enhebrada a trompicones y de ritmo arbitrario, como poseída por las fiebres africanas, con tenebrosas lagunas de memoria y salvajes estallidos de conciencia asociados a hechos alucinados o terribles.

           Cobra Verde sería el quinto y último viaje de Herzog y Kinski.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 7.

Fitzcarraldo

28 Feb

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Año: 1982.

Director: Werner Herzog.

Reparto: Klaus Kinski, Claudia Cardinale, José Lewgoy, Paul Hittscher, Miguel Ángel Fuentes, Huerequeque Enrique Bohorquez, David Pérez Espinosa.

Tráiler

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         Abundan en la tradición los relatos coercitivos contra aquellos individuos capaces de mirar más allá de lo establecido, hasta el punto de relacionar directamente esta virtud con la blasfemia o el pecado. El Yahvé bíblico que desmorona la torre de Babel, erigida para unir a los pueblos y construir a su alrededor una comunidad capaz de conquistar toda empresa que se proponga por la fuerza solidaria del colectivo. El astuto y avaro Sísifo, condenado a cargar eternamente con una roca ladera arriba por haber conseguido burlar dos veces a la muerte, una encadenando a su mismísima personificación, Tánatos, y otra urdiendo una estratagema para abandonar el Hades. La presunta materialización histórica de este concepto griego de la hibris -la soberbia del hombre que trata de igualarse a los dioses- en el proyecto del rey persa Jerjes el Grande para construir un puente de naves sobre el Helesponto que le permitiera conquistar Grecia. La interpretación del mito del ángel caído como rebelde contra la tiranía de Dios omnímodo. El doctor Víctor Frankenstein que crea vida desde la materia corrupta. El capitán Ahab que entabla un duelo a muerte contra los poderes telúricos y divinos que toman forma de ballena blanca.

Sin embargo, sin visionarios que desafíen los límites de lo establecido, el hombre seguiría penando por su supervivencia escondido en cuevas y cubriéndose con pieles. La verdadera genialidad no reside en alcanzar cotas ya holladas por legiones, sino en medir fuerzas con lo imposible o, al menos, con lo impensable. El absurdo y la gloria suelen sentarse juntos a la mesa, a la que dicho visionario acude acompañado asimismo por el iluminado.

A diferencia de buena parte de esta tradición, el cine es un arte que pertenece a los soñadores. Es el milagro de la técnica y el ingenio puesto al servicio de prodigios asombrosos que son protagonizados tanto por el triunfador que se sobrepone a las vicisitudes para completar su destino preescrito -figura reverenciada y despreciada en su recurrente calidad de material propagandístico-, como por el perdedor que encarna esa supuesta dignidad de la derrota a la que loaba Jorge Luis Borges, seguido al igual que el anterior por una cohorte de incondicionales que, en las malas, también ha provocado la afloración de un antirelato de la victoria diseñado a partir de semejantes patrones emocionales. Y, entre todos ellos, Brian Sweetney Fitzgerald ‘Fitzcarraldo’, el hombre que quiso mover montañas para honrar a la música, deslumbra como uno de sus más elevados representantes.

         Como una matrioshka, Fitzcarraldo encierra en su seno un cúmulo de historias de luchas utópicas, una dentro de la otra, y quizás todas ellas irracionalmente fútiles. Fitzcarraldo, emulando a Sísifo, carga con un barco de vapor ladera arriba por la inexpugnable orografía de la Amazonía peruana para hacer efectiva su propiedad sobre el último reducto de producción de caucho en torno a la ciudad de Iquitos. Su motivación no es menos alucinada: levantar entre la jungla un palacio de la ópera y estrenarlo con la actuación estelar de Enrico Caruso. Pero, a su vez, la narración forma parte de uno de los empeños colosales, dionisíacos y turbulentos pergeñados por el cineasta alemán Werner Herzog junto a su actor fetiche Klaus Kinski; ambos temperamentos volcánicos y excesivos que aquí encierran sus pugnas egomaníacas en el infierno verde de la selva amazónica, en una reproducción, casi se diría que masoquista, de su aventura una década atrás a bordo de Aguirre, la cólera de Dios, la antiepopeya de otro hombre que tuvo el sueño -o mejor dicho la alucinación- de alzarse en armas contra el poder terrenal y divino para arrogarse su propio reino en la nada.

De nuevo, Fitzcarraldo será un rodaje que constituye otro monumento a la locura en el nombre del arte, puesto que, según las crónicas, las calamidades se manifestaron a través de sangrientos ataques de nativos aguaruna, de mordeduras de serpiente que acabaron en miembros cercenados, de manos despedazadas en accidentes, de abandonos forzados del reparto -inicialmente encabezado por Jason Robards y Mick Jagger– y, por encima de todos ellos, de la ira del mercurial Kinski, a quien, si hacemos caso de la leyenda, se ofrecieron a matar generosamente los indios que formaban el grueso de los extras de la filmación. La locura en el nombre del arte que, regresando al principio, es la fuerza que impulsa las acciones de Fitzcarraldo.

         Hijo del fracaso, Fitzcarraldo es un fanático que actúa en el nombre de Dios, quien posee la voz Caruso y reside en el vergel edénico de la ópera, el mejor de los mundos posibles y del que la realidad es tan solo una corrupta caricatura. Su odisea, por momentos mesiánica -al menos a ojos de los indígenas campa-, es una cruzada épica que reverencia a la música como elemento relevado y trascendente, que puede ser palabra de guerra -los tambores y coros tribales- pero es esencialmente palabra de paz y concordia -la admiración de niños y animales por el fonógrafo, su empleo en determinados puntos decisivos del recorrido-.

         La sangre, el sudor y las lágrimas vertidas por el personaje en su gesta particular, digna en sí de una ópera romántica, se plasman en fotogramas vibrantes, que anidan en el espacio real, natural y ancestral del río y de la selva para elevarse metafísicamente sobre las cuitas de este mundo prosaico y miserable, donde la única audacia que se permiten sus moradores es, en verdad, simple vulgaridad atiborrada por el arrogante dinero -los caballos que beben champán, la colada que cruza un océano, los billetes que se arrojan como alimento de los peces-.

La desesperación de Fitzcarraldo, preso en un averno huérfano de bel canto, se transmite en la febril relación de unos hechos donde a cada paso, contra los pronósticos de los ordinarios y los descreídos, lo demente se fusiona de forma cada vez más estrecha con lo posible, de lo cual nace la esperanza universal y tremendamente emocionante de que, en efecto, el idealismo radical es el único camino aceptable de estar vivo. Independientemente de que, al final, uno haya conseguido mover la montaña o no.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 9,5.

El romance de Murphy

8 Feb

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Año: 1985.

Director: Martin Ritt.

Reparto: Sally Field, James Garner, Brian Kerwin, Corey Haim.

Tráiler

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            Si el concepto de sueño americano posee la misma mecánica que la lotería -la falaz ilusión de que a cualquiera de nosotros puede tocarnos-, las películas de segundas oportunidades en el país de las oportunidades equivaldría entonces a jugar el reintegro. Martin Ritt, cineasta del compromiso, aplicará esta premisa en sus dos últimas películas románticas, El romance de Murphy y Cartas a Iris, las cuales adquieren por tanto un cariz un tanto más convencional y conformista que los triunfos de otros personajes de su obra, caso del presunto pirómano Ben Quick de El largo y cálido verano o de la intrépida trabajadora del algodón Norma Rae, ambos erigidos contra las imposiciones de lo establecido.

            La historia de una mujer hecha a sí misma -otra más dentro de la feminista filmografía de Ritt- que trata de labrarse un nuevo porvenir en un decrépito rancho de caballos ofrece de este modo un filme amable, que pese a los aguijonazos concienciados del director neoyorkino -respaldado por sus habituales guionistas Harriet Frank Jr. e Irving Ravetch-, tampoco desea buscar líos, de igual forma que Murphy Jones se descalará el sombrero vaquero de su posición agresiva para acomodarlo en cambio a una más satisfecha y apacible. Su objetivo, en definitiva, es narrar con calidez y simpatía este potencial amor maduro entre solitarios -el viudo y la forastera- que se desarrolla a la par de la reconquista laboral de la protagonista.

            El romance de Murphy no es una cinta en absoluto sorprendente -como mucho cuando se detecta el micrófono de pértiga sobrevolando las cabezas de los actores en un par de escenas, quizás un símbolo apropiado de la falta de fuerza del cineasta-, ni muestra demasiada mordiente en la exposición de conflictos sociales y personales, pero sí resulta bastante agradable.

Le ayuda a ello el equilibrio entre comedia costumbrista y drama sentimental, la cuidadosa construcción de caracteres -presentada con gran conocimiento de la narración de cine- y la buena química establecida en el reparto, encabezado por el galán otoñal James Garner –nominado al Óscar al mejor actor principal por este papel- y Sally Field -que precisamente había conseguido su primera estatuilla como mejor actriz protagonista por Norma Rae-.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 6,5.

El cielo y la tierra

24 Nov

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Año: 1993.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Hiep Thi Le, Tommy Lee Jones, Haing S. Ngor, Joan Chen, Thuan Le, Dustin Nguyen.

Tráiler

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           El cielo y la tierra es una película que parece encontrarse en medio de dos corrientes del cine hollywoodiense: la reivindicación de los combatientes de la Guerra de Vietnam desplegada desde el belicista mandato de Ronald Reagan –a la que Oliver Stone contesta desde su antiimperialismo militante- y la admiración por el misticismo budista y oriental que se diría aflora cinematográficamente en la década de los noventa –Pequeño Buda, Kundun, Siete años en el Tíbet,…-. El controvertido cineasta neoyorkino, que completaba con ella su trilogía crítica sobre el conflicto en el sureste asiático –le anteceden Platoon y Nacido el cuatro de julio-, desarrolla así una narración sobre la que convergen ambos vectores gracias al punto de vista del relato, que pertenecerá a Le Ly Hayslip, vietnamita afincada en los Estados Unidos y autora de dos libros de memoria sobre sus experiencias y sentimientos a uno y otro lado del océano Pacífico, del Este y Oeste.

           El filme indaga en la dificultad para cicatrizar las heridas abiertas por la guerra –el matrimonio intercultural, expresión última de esta voluntad de conciliación entre civilizaciones- y apuesta por la vía espiritual como manera de abordar este camino circular de sanación y regeneración de la protagonista.

Pero lo hace con una cursilería atroz, que parte desde un primer momento desde las tópicas estampas bucólicas con las que se pretende reflejar la milenaria idiosincrasia superviviente del oprimido Vietnam rural –presuntamente auténtico por su costumbrismo y esoterismo de manual occidental de autoculpabilidad- y prosigue luego a lo largo de un melodrama que adopta las formas de un cuento de princesas destrozado por los embates de una realidad inmisericorde hacia los inocentes, desprovista de finales felices. Y donde, además, la pastelosa banda sonora no deja nunca de sonar y subrayar un pretendido lirismo y trascendencia que nunca es tal.

           Incluso su visión antimaniquea del enfrentamiento –dos monstruos que con crueldad se esfuerzan en poblar cementerios donde ya no habrá enemigos- se antoja incluso ingenua, o simplemente burda, a causa del tono del relato, que hace hincapié en la humillación de un pueblo y la noción kármica de la vida individual y la Historia universal. Su vergüenza es nuestra vergüenza.

En consecuencia, el sentimentalismo ahoga las emociones y siembra el desapego hacia las desgarradoras vivencias sufridas por la mujer, que son las de dos países al mismo tiempo, enfrentados y encontrados, íntimos y extraños, heridos y culpables.

         Con todo, El cielo y la tierra aporta encolerizados apuntes, de abundante moralismo por otro lado, que denuncian el papel de los Estados Unidos en la lucha y, sobre todo, siguiendo la línea emprendida por Nacido el cuatro de julio –donde el antagonista que llevaba al desastre al soldado Kovic era precisamente era la América de postal rockwelliana- cuestionan a la sociedad norteamericana en general, presentada a ojos de Le Ly, mediante un potente juego de contraste conceptuales y gramáticos, como una nación de gordos infantiloides dueños de neveras obscenamente inmensas.

          Fuera de categoría queda el ridículo recurso, inexplicable ya en el momento del estreno, de hacer que los nativos se comuniquen entre ellos en inglés con acento local.

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Nota IMDB: 6,8.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 3.

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