Tag Archives: Lugareños y nativos

Los siete magníficos

18 Jul

.

Año: 1960.

Director: John Sturges.

Reparto: Yul Brynner, Steve McQueen, Horst Buchholz, Charles Bronson, James Coburn, Eli Wallach, Robert Vaughn, Brad Dexter, Vladimir Sokoloff, Rosenda Monteros, Jorge Martínez de Hoyos, Pepe Hern, John A. Alonzo, Rico Alaniz.

Tráiler

.

          Las mitologías tienen unidades universales, invariables a través de las formulaciones de las distintas culturas. El ronin honorable japonés, antiguo samurai condenado a permanecer en los márgenes de la sociedad en la que hace justicia, conecta directamente con el arquetipo del forastero errante del western. Los siete magníficos es la simbiosis natural de un mito muñido en un todavía más lejano Oeste. En la década de los sesenta, el género, cada vez más desviado del clasicismo, enjugaba por entonces su evolución a través de relatos de duelos librados en las interioridades psicológicas del protagonista, de crónicas que cuestionaban la celebración histórica oficial de la conquista, de aproximaciones a un realismo sucio desmitificador, de elegías de redención crepuscular. También incorporará elementos procedentes de más allá de la frontera, a medio caballo entre el homenaje y la parodia, a raíz del éxito de la Trilogía del dólar de Sergio Leone, la cual se abría precisamente con Por un puñado de dólares, que Akira Kurosawa denunciará como un plagio de su Yojimbo (El mercenario) que, por su parte, reproducía un esquema muy similar al de Cosecha roja, referente de la literatura noir.

          Heredera de Los siete samuráis -una de las más grandes obras del séptimo arte-, Los siete magníficos entronca con esa citada noción del fin de una era, la cual estaba ya firmemente presente en la cinta de Kurosawa. En el lirismo agónico de unos hombres que arrastran consigo el peso de su pasado hasta que, conscientes de que se les ha agotado el futuro, deciden inmolarse cometiendo un acto ético; la reprobación última del perpetuo cinismo con el que han tenido que vivir su existencia de pistoleros. En un mundo en cambio -y no necesariamente a mejor-, es la conquista suicida y postrera de un botín estrictamente moral, análoga a las que estallan en los fotogramas de otros hitos del periodo como Los profesionales y Grupo salvaje.

          Los siete magníficos consigue tener personalidad y carisma propio. Tal es así que, si bien no fue un gran éxito de taquilla en los Estados Unidos, contará con numerosas secuelas e imitaciones. No es parco logro, dado el colosal antecedente que le precede. El reparto, sin duda, es una gran baza para ello, rebosante de virilidad y presencia: Yul Brynner, Steve McQueen, James Coburn, Charles Bronson, Eli Wallach… incluso a pesar de la célebre disputa que tuvieron los dos primeros durante el rodaje. El argumento incorpora ligeras modificaciones -la fusión de dos personajes en el joven arrogante que encarna Horst Buchholz, la variación de la estructura del asedio para evitar unas repeticiones que, todo sea dicho, no pesaban en la original- y mantiene la fuerza de su reflexión acerca de las vertientes del valor y de la cobardía, del orgullo y del miedo, de la humanidad y de la civilización.

Al mismo tiempo, Los siete magníficos observa la leyenda del género, juega con ella y la admira, pero también la expone a sus dudas, explora sus dobleces y debilidades. La mezcolanza entre la epopeya enardecedora y el fatalismo amargo está conjugada con sentido dramático y poético, lo que dota de claroscuros y profundidad a la épica intrínseca del relato.

          Una dignísima apropiación. Valga decir que, en esta ocasión, Kurosawa quedaría tan complacido que, en reconocimiento del trabajo realizado, le regalaría una catana ceremonial a Sturges.

.

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

Anuncios

Adiós al rey

4 Jul

.

Año: 1989.

Director: John Milius.

Reparto: Nick Nolte, Nigel Havers, Frank McRae, Marilyn Tokuda, Gerry Lopez, James Fox, Elan Oberon, Marius Weyers, William Wise, Aki Aleong, John Bennett Perry.

Tráiler

.

         “¡Crom! Jamás te había rezado antes, no sirvo para ello. Nadie, ni siquiera tú recordarás si fuimos hombres buenos o malos, por qué luchamos o por qué morimos. No. Lo único que importa es que dos se enfrentan a muchos; eso es lo que importa. El valor te agrada, Crom. Concédeme pues una petición. Concédeme la venganza. Y si no me escuchas ¡vete al infierno!”, oraba Conan el bárbaro antes de la batalla decisiva, en la que exhibirá un arrojo rayano en el sacrificio ritual. Épico y sentimental, John Milius se siente un poeta guerrero de otros tiempos. Y, en ellos, consulta a sus dioses, y a estos no les complace la bomba atómica, símbolo último de la decadencia de un Occidente sin respeto hacia el mundo y hacia sí mismo, corrompido por la civilización, antigua y malvada.

Ya había contrapuesto en El viento y el león un choque de civilizaciones, maravillado en aquella ocasión por la vida indómita y orgullosa de los bereberes del Sáhara. En Adiós al rey, el botánico inglés que se adentra en las selvas incógnitas de Borneo para alzar a las tribus contra la ocupación japonesa en la Segunda Guerra Mundial caerá bajo el influjo de los dayak. Pero esta vez, Milius acrecienta esa sensación de contraste debido a que su interlocutor no es un nativo, sino ‘uno de los nuestros’ -un proletario idealista, además, todo lo opuesto al estirado clasismo británico- que ha reencontrado su espíritu olvidado en las costumbres atávicas y puras del lugar. Un hombre que, según narra, primero ha debido perder la vida para después renacer como buen salvaje -o algo así-.

         En Adiós al rey, las enseñanzas del gurú que se encuentra al final del camino -la iluminación- no son apocalípticas, como las del coronel Kurtz de Apocalypse Now o las del Thulsa Doom de Conan el bárbaro. Lejanamente inspirado en James Brooke, el primer rajá blanco de Sarawak, el Learoyd de Adiós al rey se asemeja más, por así decirlo, a un Daniel Dravot, de El hombre que pudo reinar, al que no hubiera condenado su irreparable sino de desclasado -y porque, en realidad, la convicción vitalista de este hacía que no necesitara reencontrar su senda con los kafiris, entre quienes seguía desentonando como un pulpo en un garaje-. “¡Vida, inglés!”, le saludan al extranjero. Vida que aquí, a diferencia de los dos ejemplos anteriores, no tiene por qué venir propiciada por la inmolación de la deidad ancestral. Aunque, como decíamos, sí describa una resurrección alegórica.

         Milius dota al relato de aromas de Rudyard Kipling, aunque su fascinación por lo salvaje, por la anarquía de los hombres libres, lucha enconadamente contra el avance inexorable del colonialismo imperialista. Con la mirada apasionada hacia el último rey digno de tal nombre -que encarna un Nick Nolte implicado a la altura de tal exigencia- la naturaleza británica del protagonista se va diluyendo gradualmente. Aunque el cineasta anuncia su melancolía con la voz profética del coronel Ferguson (James Fox), quien ya se ha leído este cuento y conoce su final.

Esta visión romántica, profundamente personal, destaca frente a unas secuencias bélicas encadenadas en un ascenso glorioso en el que parecen editadas a mordiscos, con la banda sonora de Basil Poledouris también desacompasada, lo que deja una sensación de pobreza de producción más allá del minimalismo del escenario de contienda. En esta línea, hay secuencias de calma tensa, como la del combate bajo la luz de la luna, que están mucho mejor resueltas. Por entonces, como adversario ya se ha configurado un mal absoluto, destilado y abstracto, lo que se manifiesta en una atmósfera fantasmagórica, puro terror sacado del cine mudo o incluso del delirio espectral de La noche del cazador, con la muerte a caballo y la columna que le sigue al infierno recortada en silenciosa silueta contra el horizonte nocturno, como si de la Santa Compaña se tratase.

         Milius acusaría a la productora de cercenar su película. Quizás haya que atribuir estas estridencias impropias a la tijera insensible de los contables, como también podría percibirse en la tosquedad de los flashbacks acerca del insólito ascenso al poder de Learoyd.

.

Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7.

Colossal

26 Ene

.

Año: 2016.

Director: Nacho Vigalondo.

Reparto: Anne Hathaway, Jason Sudeikis, Austin Stowell, Tim Blake Nelson, Dan Stevens.

Tráiler

.

          Todo individuo carga con un monstruo a sus espaldas, como proclamaba literal y referencialmente Robert Louis Stevenson en El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. El plano enfoca una puerta al final de un pasillo solitario mientras la banda sonora ensaya un crescendo de tensión. La escena se sostiene y tras la puerta… irrumpe una mujer con resaca. La introducción de Colossal anticipa la premisa fundamental de la película: el misterioso desdoblamiento de una muchacha en problemas en una descomunal criatura que se aparece por el centro de Seúl destruyendo la ciudad a su paso.

          Al comienzo, el filme emplea la premisa con propósitos humorísticos, en lo que parece ser una comedia de reencuentros con el pasado, con las raíces -las amistades escolares en un tranquilo villorrio-, y de regeneraciones del presente, con los traumas incandescentes -el alcoholismo, el fracaso sentimental y profesional relacionado-. Sin quedarse en el puro macguffin que era la invasión alienígena de Extraterrestre, aquí la relación entre la protagonista y su alter ego -un monstruo que hace propósito de enmienda con modales regioses original y divertida, entrañable y dramática, y por todo ello reflexiva.

Más adelante, cuando la idea de base parece condenada a agotarse, Nacho Vigalondo la conduce progresiva y definitivamente hacia aguas más oscuras, hacia una turbulenta visión acerca de las relaciones de dominación entre sexos -o simplemente de toxicidad entre personas-, la cual, en su carácter de fantasía alegórica, podría conectarse con la reciente serie Jessica Jones, interesante y notable exploración del trauma y la reparación de la violación sexual. Esta transición resulta un tanto forzada o cuanto menos da la impresión de estar acometida con una brusquedad que dificulta posibles justificaciones argumentales, principalmente por los problemas en el tratamiento del antagonista masculino -amén de detalles que podrían haberse pulido para respetar una lógica mínima más allá de la licencia dramática, como que no se evacue el distrito donde aparecen los seres invasores, tanto o más cuando esto ocurre siempre a la misma hora-.

          De este modo, al igual que en Extraterrestre, aunque con mayor irregularidad, Colossal se arroja a componer un retrato amargo del comportamiento humano y de sus potencialmente terribles repercusiones. Porque, en conclusión, los verdaderos monstruos tienen el mismo aspecto que el vecino de enfrente, como advertía George A. Romero en sus cintas de zombies.

.

Nota IMDB: 6,2.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 6,5.

Western

20 Nov

.

Año: 2017.

Directora: Valeska Grisebach.

Reparto: Mainhard Neumann, Suleyman Alilov Letifov, Reinhardt Wetrek, Veneta Fragnova, Viara Borisova, Kevin Bashev, Aliosman Deliev.

Tráiler

.

         Género cinematográfico por excelencia, comparado tradicionalmente con la tragedia griega, el western es un territorio universal y atemporal  que en su dramaturgia, su mitología y sus códigos admite cualquier tipo de conflicto. Sus raíces, por tanto, pueden extenderse asimismo por otros campos del séptimo arte, por otras ambientaciones alejadas del Oeste norteamericano. Porque su esencia no depende del momento y del lugar.

         Con sus filiaciones expuestas desde el título -quizás con innecesaria explicitud, como le ocurría a Mi hija, mi hermana con los atuendos country-, Western traslada una serie de arcos argumentales característicos del género a un escenario contemporáneo y europeo: un valle búlgaro donde unos obreros alemanes preparan los cimientos de una central hidroeléctrica. Esta disposición le permite a la directora y guionista Valeska Grisebach tener unos forasteros -los alemanes- y unos indios -los búlgaros-, entre los que establece una relación fronteriza de recelo y contacto, de tensión y comprensión, desde la cual se dibuja un panorama más amplio que recuerda al western revisionista que tuvo su esplendor en los descreídos años setenta y en el que se reconstruía la epopeya de la conquista desde una perspectiva fiscalizadora, en la que se deslegitimaban las motivaciones del pionero heroico y providencial que persigue el Destino manifiesto en liza contra la adversidad de la naturaleza y el Otro, el enemigo. Este se tornaba una figura dudosa, parte de un contexto en el que arreciaban las corrientes críticas contra la política internacional intervencionista de los Estados Unidos, inmersos en el ardor de la Guerra Fría.

Una turbulenta situación, implantada incluso en el lenguaje popular -la expresión ‘la ley del Oeste’, empleada aquí en algún diálogo en su traducción como la ley del más fuerte-, y que, en el presente, se reajusta a la perfección al neocolonialismo económico derivado de la globalización y el ultraliberalismo.

El cine alemán concibió igualmente su propio western: los ‘bergfilms‘ o películas de montaña, una serie de relatos en los que se loaba igualmente el sometimiento del territorio, la supremacía del pueblo elegido sobre el orbe postrado a sus pies, y que significativamente alcanzarían su auge e iniciarían su decadencia a la par que el nazismo. “¡Que sepan que estamos de vuelta setenta años después!”, bromean los operarios durante una excursión etílica, que sigue al izado de la bandera en el monte extranjero y a una actitud de abierta prepotencia respecto a los nativos del pueblo. Las alusiones al pasado imperialista germano son meridianas, y desde el otro lado de la pantalla se ven reforzadas por la preeminencia de la política del país en el marco de la Unión Europea -e incluso su indisimulada arrogancia moral sobre los miembros más afectados por la crisis financiera de 2008-. Aunque los protagonistas de Western son, como eran los colonos del Oeste, otro grupo de personas arrinconadas por este mismo sistema predador.

         Este es el trasfondo en el que se mueve Western, y con el que se interrelaciona el segundo gran elemento del género que sostiene su argumento, esta vez circunscrito a un ámbito más intimista. Es el del concepto de la familia encontrada, el del desarraigado que se lanza al camino, hacia la tierra desconocida, y que en el curso de su peregrinación halla -o choca con- el anhelo emocional que le faltaba –Yuma o Bailando con lobos como ejemplos fundados en el encuentro entre culturas antagónicas-. Aquí es donde surge el protagonismo de Meinhard, autodescrito como un exlegionario con agrias experiencias en rincones recónditos del mundo y que se ha reciclado en obrero en Bulgaria solo por dinero.

A través de este personaje, Grisebach introduce un relato de comunicación y entendimiento entre obstáculos -hay cierta conexión ‘milagrosa’ en los saltos de idiomas que parece inspirada en Jim Jarmusch-, reconfortante en su lectura en cierta manera redentora pero no ahogado en costumbrismo y buenismo, con la insoslayable sensación de incomodidad que persiste, necesariamente, en un proceso de conexión tan volátil.

         Para lograrlo, la cineasta se basa en la sensibilidad de su composición humana y en el impecable naturalidad de su reparto, sin experiencia cinematográfica previa y comandado por la particular y expresiva estampa de Meinhard Neumann, quien en determinadas escenas, apoltronado con los pies en alto en el porche, parece un taciturno y digno Henry Fonda de derribo; decidido en el duelo, de misteriosa introspección en la paz.

Grisebach ofrece un cine de rostros, de presencias, de vibraciones. Sentimental y melancólico, como buen western fordiano, si bien con un velado toque irónico en su mirada hacia este entorno viril -además de económica, social y ecológica, la depredación es también sexual- y, a pesar de la belleza del paisaje escogido, con una estricta contención del nostálgico endulzamiento de la lírica visual, pues la obra se asienta sobre una realidad contemporánea declaradamente hostil a la poesía.

.

Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 8,5.

Oro

14 Nov

.

Año: 2017.

Director: Agustín Díaz Yanes.

Reparto: Raúl Arévalo, José Coronado, Barbara Lennie, Óscar Jaenada, Antonio Dechent, Juan José Ballesta, Anna Castillo, José Manuel Cervino, Luis Callejo, Andrés Gertrúdix, Diego París, Juan Carlos Aduviri, José Manuel Poga, Josean Bengoetxea, Juan Diego.

Tráiler

          Es un lugar común, pero no por ello deja de ser cierto -si bien supongo que el asunto no es demasiado diferente a lo que ocurre en otros países-. España no concilia bien con su historia, ora idealizada como enseña de su destino trascendental como nación, ora repudiada exactamente por esta misma utilización patriotera y su ensalzamiento de unos valores rancios y caducos. La visión épica del pasado crea monstruos de muy diverso tipo. Quizás por ello no abunden los relatos acerca de episodios como la conquista del Nuevo Mundo, un periodo espinoso por las implicaciones políticas que, con evidente descontextualización, se le otorgan desde el presente; pero realmente interesante desde el prisma del sentido aventurero -piénsenlo: el anuncio de un descomunal territorio por completo desconocido y el atrevimiento de lanzarse a descubrir qué maravillas u horrores puede contener-. No abundan al menos al estilo y la cantidad de las reconstrucciones históricas procedentes de Hollywood o Reino Unido, vara de medir popular en lo que al cine-espectáculo se refiere.

          En Oro, Agustín Díaz Yanes repite, tras la calamitosa Alatriste y aquí con un texto inédito, en su aproximación al corpus del escritor y exreportero bélico Arturo Pérez-Reverte; un tipo que precisamente, y se esté de acuerdo con él o no -en este blog se tira por lo segundo-, no le teme a la polémica -todo lo contrario- para encarar, entre otros temas, la historia del país. También es verdad que, en su escrito de presentación, el filme trata de mediar contexto -o de disculparse- por el conjunto humano que protagonizará la función: hombres toscos y altivos, agresivos y sin escrúpulos, que encarnan cierta naturaleza varonil por la que el literato acostumbra a manifestar cierta querencia -en ocasiones bastante trasnochada al pretender trasplantarla de la mera fantasía a la realidad contemporánea-. Sobra. En primer lugar porque una película, o cualquier otra creación artística, no ha de tener en sus obligaciones la de dar ejemplo o fomentar ningún mensaje ideológico o social -otra cosa es que así lo desee-, tanto o más cuando se le exige forzar el anacronismo garganta abajo de los personajes –hay artículos sobre esta cuestión-. Y, en segundo, porque el de Oro está lejos de ser un canto a las hazañas de los antepasados. Si esta es la gloria de la conquista, bastarda gloria es.

En ese sentido, Oro recuerda a la olvidada La conquista de Albania, cinta generosamente sufragada por el Gobierno de Euskadi en virtud de las recién cedidas competencias presupuestarias de la Transición y que invitaba a pensar a priori en el enaltecimiento de un capítulo de expansión internacional del Reino de Navarra medieval –el acometido por la Compañía blanca en las costas del Adriático-, pero que, sin embargo, se transformaba andando los fotogramas en una antiepopeya delirante e irracional, similar por tanto a la de Aguirre, la cólera de Dios. Y, de hecho, Oro comparte con la referencial obra maestra de Werner Herzog la ambientación selvática equinoccial y la composición de los expedicionarios, calcada a la de Pedro de Ursúa por el curso del río Marañón en busca de la ciudad de El Dorado -hechos que también serían abordados por Carlos Saura en la excesivamente contenida El Dorado-. Aunque, fundamentalmente, queda ligada a ella a través de una acertada presentación en la que se muestra a una cohorte de hombres condenados, encadenados como galeotes a una aventura ilógica y tremebunda, fracasada de antemano. A un camino hacia el absurdo y la muerte.

          En conclusión, Oro posee el mismo sino que Aguirre, la cólera de Dios. En cambio, el trayecto que escoge para avanzar hacia él es completamente opuesto. Se aleja de la abstracción hacia la que tendía la alemana, onírica y alucinada, y encara la ruta por la vía de lo terrenal, de lo físico. La de Díaz Yanes es una cinta de supervivencia -con resabios de western-; un trayecto de desesperación embuchada y escondida entre actitudes de hosca hombría y que, en persecución de una vil riqueza material -el oro-, se dirime entre el lodo, el sudor y la sangre. Conceptos que se remiten literalmente a otras descripciones de Pérez-Reverte, que ha visto trinchera y, en su novela El húsar, resumía la batalla en “barro, sangre y mierda”.

Esta concepción física está adecuadamente asimilada a los parlamentos del libreto, descarnados, recios y con un atractivo empleo del lenguaje de época -circunstancia esta última realmente infrecuente-, así como a la selección de rostros del reparto -otra virtud que también poseía La conquista de Albania– y a una exposición seca y concisa. Con ello, Díaz Yanes logra modelar una jugosa atmósfera patibularia, amoral y destructiva, en la que se tiene la sensación de que ni siquiera se avanza por el laberinto de una jungla que aprieta y donde, por ende, lo único que cuenta es salvar un pellejo que poco o nada vale. Así las cosas, eran innecesarios regodeos como el tópico fanatismo del sacerdote, las proclamas folclóricas -los enfrentamientos regionales y la loa a los hermanos en armas-, el testicular duelo a pecho descubierto o que Raúl Arévalo y Óscar Jaenada exageraran el gesto.

          Oro brilla en cuanto sitúa la épica a la altura de la mugre, en cuanto su relato de violencia primaria y desencantada no se avergüenza de inclinarse a la recuperación de una virilidad de otro tiempo. Que, en este caso, no es la histórica del siglo XVI, sino la cinematográfica de la década de los setenta, tan ruda como desesperanzada -aunque carezca de su aliento sentimental y elegíaco-.

.

Nota IMDB: 5,9.

Nota FilmAffinity: 5,4.

Nota del blog: 7,5.

Demasiado cerca (Tesnota)

12 Nov

.

Año: 2017.

Director: Kantemir Bagalov.

Reparto: Darya Zhovnar, Atrem Cipin, Olga Dragunova, Veniamin Kac, Nazir Zhukov.

Tráiler

.

         No corren buenos tiempos para ser un espíritu libre. La tendencia a una polarización cada vez más extrema entre el Nosotros y Ellos que se percibe tanto en las relaciones geopolíticas como en la opinión pública general conforma una pinza opresiva para cualquier individuo de conciencia crítica, celoso de su autonomía singular.

En Demasiado cerca (Tesnota), un documento real, reproducido en VHS, ejerce como punto de inflexión de la historia: la ejecución a cuchillo de varios presos de guerra rusos en el Daguestán por guerrillas locales de corte islamista. El visionado de las grabaciones, que el espectador comparte en crudo con la protagonista, con el tiempo dolorosamente sostenido, trastoca la dimensión de todo lo que ha ocurrido antes y de la trama que queda por recorrer. Ni siquiera un acto terrible como el secuestro de una joven pareja había provocado semejante mazazo de realidad.

         Revelando el pavoroso contexto hasta entonces solo sugerido, estos atroces hechos, producto de un mundo enfrentado a muerte y sin cuartel entre dos facciones aparentemente irreconciliables, reacondicionan por tanto las vivencias de Iliana, una joven judía que trata de labrar su propio camino en las tumultuosas entrañas del Cáucaso, donde ha emigrado su familia. Es el descubrimiento que despoja de cualquier rastro de inocencia que pudiera quedar hasta entonces en un relato que, en su introducción, apuntaba hechuras de drama de autoafirmación femenina mediante la emancipación frente a los usos y costumbres heredados de la sociedad, escenificado en un entorno costumbrista y familiar, e incluso de un incipiente romance entre unos Julieta y Romeo que adaptan el tópico a la situación de este territorio a la espalda de los grandes focos internacionales.

Precisamente, su ambientación a finales de los noventa comporta una advertencia añadida en la proyección global de unos hechos aún aparentemente localistas y exóticos. Ajenos.

         Amparado por el cineasta Aleksandr Sokúrov -productor del proyecto-, una de las virtudes que hay que atribuirle a Kantemir Bagalovcabardiano él mismo, debutante en el largometraje a sus apenas 26 años y coautor del guion- es que este atentado contra la ficción vía videocasete y televisor no desnaturalice o desvalide sin remedio la narración que le sigue. Parte de ello se debe a la fuerza interpretativa de la también primeriza Darya Zhovner. Pero, desde luego, a una rotunda labor de dirección, en la que, como indica el título de la obra, desempeña un papel fundamental el juego con el espacio, manifiesto en la estrechez del formato de los fotogramas, casi cuadrado, y las relaciones a las que somete a los personajes.

La fluidez con la que se mueven en el plano el padre y la hija, comprensivos y complementarios el uno con el otro, y la intimidad sin barreras que se establece entre los dos hermanos, son así opuestas -como luego se recalcará con el filtro de color de las ventanillas del coche- a la serie de contactos que emergen ante la figura materna, que en cierto modo ejerce como personificación de la tradición judía. Vigilante y severa, la madre no sacude el pelo, sino que borra y despersonaliza el rostro; no acaricia la boca, sino que la silencia; no abraza, sino que asfixia y ahorca.

         A partir de este entorno opresivo, enrarecido y amenazador, en medio de la huida de todo y de todos que anhela la veinteañera Ilana, Demasiado cerca plantea y afronta turbulentos conflictos morales en los que unos personajes creíbles en sus dudas, contradicciones y fidelidades humanas se reencuentran con la tragedia griega en su violenta confrontación entre el individuo y la comunidad; entre el sacrificio personal cierto y un bien colectivo bastante difuso; entre la diferencia y la pertenencia.

Premio Fipresci en la sección Un certain regard del festival de Cannes.

.

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 8.

La hechicera blanca

19 May

 

La hechicera blanca: en misión de martirio y redención hacia el corazón de las tinieblas. 1953, un año de aventuras exóticas para la primera parte del especial que Cine Archivo dedica al compositor Bernard Herrman.

.

Sigue leyendo

A %d blogueros les gusta esto: