Tag Archives: Comunismo

Alois Nebel

28 Jun

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Año: 2011.

Director: Tomas Lunák.

Reparto (V.O.): Miroslav Krobot, Marie Ludvíková, Karel Roden, Leos Noha, Alois Svehlik, Tereza Vorísková.

Tráiler

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          Una luz se abre paso entre la oscuridad. Ilumina la pantalla y devora al protagonista. Alois Nebel, personaje y película, camina pues entre la luz y la oscuridad mientras se ve atrapado en una espesa niebla -nebel, en alemán- que lo encadena a un recuerdo fijo, traumático e insuperable: la expulsión de la población germana de su pueblo, en la frontera checoslovaca de los Sudetes, tras la derrota del Reich en la Segunda Guerra Mundial, 44 años atrás.

          Basada en una novela gráfica repartida en formato de trilogía, Alois Nebel explora las cicatrices del pasado y la descomposición que mana de ellas en el presente, que se ubica en 1989, en plena demolición del Telón de acero y la disolución de un país entero. Su escenario es, por tanto, un campo de tinieblas, expuesto sobre el crudo contraste entre el blanco y el negro de una animación de trazo sólido, minimalista y preciso, y que recurre al rotoscopio para dotar a los personajes de la fluida e hipnótica movilidad que otorga esta técnica, fundada sobre una realidad que, camuflada, también aparece como parte del decorado en determinadas imágenes.

          Silenciosa, apesadumbrada y abstraída como su protagonista, hombre preso en una crisis muda, la película juega con las repeticiones en su arranque -la llegada del tren como un pequeño terremoto, la iluminación invasiva, la relación de horarios ferroviarios a modo de mantra…- para componer una atmósfera obsesiva y atormentada que se canaliza paralelamente por medio de una advertencia inicial: en una tierra hostil que no admite la soledad, el mudo regresó solo para vengarse.

De esta forma, las evoluciones personales del ferroviario Nebel, aparentemente arbitrarias e intrascendentes, y la amenaza latente de una vendetta sangrienta, avanzan envolviendo al espectador y confluyen hacia una catársis redentora, privada y nacional, toda una, dibujada en mitad del diluvio.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

Underground

29 May

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Año: 1995.

Director: Emir Kusturika.

Reparto: Miki ManojlovicLazar Ristovski, Mirjana Jokovic, Slavko Stimac, Ernst Stötzner, Srdjan Todorovic, Mirjana Karanovic, Mirena Pavlovic, Danilo Stojkovic, Bora Todorovic, Davor Dujmovic.

Tráiler

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           “El juego de las fronteras es tal en mi país que todas las generaciones que me siguen, han nacido en un país y muerto en otro sin cambiar de lugar. Somos el lugar donde mueren todos los imperios. La Roma antigua, el Imperio Otomano, el Imperio Austro-Húngaro se han estrellado en los Balcanes. Es por lo que no creo que nadie en Occidente pueda comprender verdaderamente lo que pasa allí abajo”, explicaba Emir Kusturika en una entrevista. Creador fascinado por la problemática existencia y la idiosincrasia de Yugoslavia, a la que reivindica como su auténtica patria, Kusturica se adentraba con Underground, siempre desde su irrenunciable prisma particular, en las cloacas de la historia reciente del extinto país balcánico, cuyos turbulentos episodios aportaban el fondo de escenario de ¿Te acuerdas de Dolly Bell? y en mayor medida Papá está en viaje de negocios -ambientadas en la Sarajevo de los sesenta y en el cisma con la Unión Soviética de Iósif Stalin a finales de los cuarenta, respectivamente-, y que de nuevo cobrarán protagonismo en La vida es un milagro -recreación privada de las Guerras yugoslavas-.

           En Underground, el tono de la narración lo delimitará el primer intertítulo, que abre el metraje con un explícito “Érase una vez…” La ternura ambigua del cuento tradicional como forma de aproximación a una realidad atroz y violenta. La fantasía como filtro intermediario del contexto hostil. El juego con la dualidad compone uno de los rasgos definitorios del cosmos autoral de Kusturica, cuyas películas suelen caminar sobre una tenue frontera que separa el costumbrismo del surrealismo y en la que el símbolo desempeña un papel primordial para la exposición del discurso. Una ambivalencia que, por extensión, el realizador aplica a su Yugoslavia doliente, admirable y despreciable, hermosa y caótica. Enclavada entre Oriente y Occidente, entre Rusia y el Mediterráneo, perteneciente a todas ellas y a ninguna, la geografía parece en sí misma un factor determinante en este irresoluble y desgarrado dilema balcánico, al que incluso insignes estadistas como Otto von Bismarck renunciaron a comprender no sin antes advertir acerca de la peligrosidad que semejante polvorín entrañaba para la estabilidad del continente.

           Distribuida en tres capítulos más un epílogo que abarcan desde 1941 hasta 1994 –Segunda Guerra Mundial, Guerra Fría y Guerras yugoslavas-, Underground se vertebra a través del duelo entre dos camaradas, Marko (Miki Manojlovic) y Negro (Lazar Ristovski), y del conflicto entre dos mundos paralelos: la Yugoslavia bajo la dictadura de Josip Broz ‘Tito’, héroe de la resistencia partisana contra el invasor nazi, y el sótano de Marko donde, mediante engaños, permanecen recluidos Negro y su gente, ignorantes de que la lucha ha terminado. Por supuesto, también existen bisagras y rendijas entre ellos, como Natalija (Mirjana Jokovic), la actriz de teatro que, como cierre del triángulo amoroso entre ambos amigos, ejerce de espita para el estallido del argumento, o hasta el propio Tito, férreo pater patriae que todo lo controla. Underground es así un relato de amor que se entrelaza y aparea con un relato de guerra en el seno de una historia que, proclamará la conclusión, “no tiene fin”.

           El mensaje es meridiano: la ignorancia como herramienta de sometimiento, común a cualquier nación y periodo. La falaz construcción de los mitos nacionales, los muertos ocultos en el armario y la corrupción subterránea que transcurre bajo la piel de un Occidente ahíto de autocomplacencia. Concebido a partir de una idea de Dusan Kovacevic -otro de los integrantes del denominado Grupo de Praga yugoslavo y partícipe de la incipiente corriente crítica hacia el titoísmo agonizante en los ochenta merced a la comedia El espía de los Balcanes-, el guion no ahorra golpes contra el régimen comunista local, respetado en el Primer Mundo por su orgullosa independencia frente al ogro soviético. La equivalencia entre afiliarse al Partido e ingresar en el prostíbulo, la correspondencia entre partisanos y gánsteres, la canción Lili Marlene emparentando las imágenes de archivo de la ocupación nazi y los funerales del Mariscal.

           Furibundo y desencantado, Kusturica combate la rabia que le provoca la revisión de pasado y presente por medio de su dionisíaco sentido de la épica. Los fotogramas, engarzados al arrollador compás que marca el folk romaní de Goran Bregovic, hacen equilibrios a un solo paso del delirio. Kusturica -y con él Underground, sus personajes y Yugoslavia-, danza y danza febrilmente en un sinsentido que, por desgracia, es por completo real. El cuidador del zoológico llora incrédulo en su retorno a la superficie porque, por arte de brujería, su Yugoslavia ya no existe. “Putos fascistas y putos comunistas”, concluye el atormentado Negro, modificando su mantra político para adaptarlo a un horror inhumano, ininteligible y eterno donde, a causa de su desolador abandono nacional y afectivo, decidirá servirse únicamente a sí mismo, su patria individual.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 7.

Che: Guerrilla

21 Abr

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Año: 2008.

Director: Steven Soderbergh.

Reparto: Benicio del Toro, Cristian Mercado, Franka Potente, Jorge Perugorría, Joaquim de Almeida, Othello Rensoli, Armando Riesco, Óscar Jaenada, Pablo Durán, Carlos Bardem, Lou Diamond Phillips, Jordi Mollà, Pedro Casablanc, Eduard Fernández, Yul Vázquez, Matt Damon.

Tráiler

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           A pesar de que en el festival de Cannes se proyectaron conectadas -con unos minutos de descanso entre ambos pases-, Che: El argentino y Che: Guerrilla, los dos episodios del díptico de Steven Soderbergh sobre la trayectoria revolucionaria de Ernesto ‘Che’ Guevara, pueden funcionar perfectamente como entes autónomos. Las diferencias estilísticas y prácticamente de tono son notorias entre sendas mitades. De inicio parecen trazarse ecos entre una y otra, como el saludo en fila a los combatientes de la guerrilla alzada contra una dictadura, en este caso el régimen militar del general René Barrientos en Bolivia. Sin embargo, parecen reflejos destinados a profundizar en la sensación de amargura y desesperación que domina esta segunda cinta en la que el revolucionario rosarino se adentra en las quebradas bolivianas persiguiendo las sombras del libertador Simón Bolívar, precisamente héroe epónimo del país andino.

           En Che: Guerrilla comparece la versión más quijotesca del Che, tanto en el sentido de su lucha idealista -de la que ya por entonces era un icono reconocido universalmente- como de su delirio patético, enmarcado en un proyecto que, a su propia manera, parece encontrarse más con antiepopeyas americanas como la que Ramón J. Sender narraba sobre Lope de Aguirre -luego traducida en fotogramas por Werner Herzog en Aguirre, la cólera de Dios-. Es decir, una aventura que, desde su nacimiento, se percibe con la urticaria del fracaso, condenada como un imposible por el mismo atrevimiento megalómano que lo origina.

Si Che: El argentino se había asentado sobre un relato de estilo visual desmitificado, aquí la gramática del director estadounidense se concentra en una todavía mayor austeridad, expuesta en esta ocasión a través de un esquema lineal que se adentra progresivamente en el descalabro de la misión de la guerrilla de Ñancahuazú, relatada en iluminación fría y colores apagados, entre parajes polvorientos, paupérrimos, degradados e incomprensibles para el ideólogo revolucionario. A tenor de esta formulación estética, es significativa entonces la lectura que pueda extraerse del empleo de un plano subjetivo en el desenlace de la película, cuando la mirada del Che es la mirada del espectador.

           Siguiendo este argumento, es destacable también que, pese que toma asimismo los hechos de los escritos de Guevara, el discurso político apenas aparece en el metraje, o cuando lo hace no posee ni por asomo la reverencia que se le concedía en Che: El argentino, en distinguido blanco y negro y con el público bebiendo sus palabras. Y, en paralelo, las tareas campesinas son penosas, pura supervivencia; alejadas pues de la comprometida entrega con la que el personaje histórico acometía sus labores facultativas y docentes en la anterior. La languidez narrativa que había lastrado la película inaugural aquí se torna un rasgo apropiado, acorde al fondo de lo que se cuenta. No molesto, a mi juicio, sino convertido en una pulsión inevitable y necesaria.

           Che: Guerrilla no es tampoco especialmente incisiva en su abordaje de las dudas que pudiera albergar el mito desconcertado, sometido a un inclemente derribo por las circunstancias adversas. Pero esta perspectiva terriblemente desilusionante adquiere una notable personalidad y proporciona una obra interesante por su clima desapacible, de punzantes sensaciones terminales, a cada paso más desesperada, que exponen que, en la realidad histórica, los crepúsculos no sobrevienen con duelos de romanticismo elegíaco o con un martirio inspirador, como ocurre por ejemplo con el pasional revolucionario Jesús Raza de Los profesionales -un personaje con el rostro rocoso de Jack Palance, quien precisamente había interpretado en Che! a un Fidel Castro con inquina contra Guevara-. El curso de la Historia no acostumbra a respetar iconos.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6,3.

Nota del blog: 7.

Che: El argentino

20 Abr


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Año: 2008.

Director: Steven Soderbergh.

Reparto: Benicio del Toro, Demián Bichir, Rodrigo Santoro, Santiago Cabrera, Edgar Ramírez, Unax Ugalde, Catalina Sandino Moreno, Julia Ormond, Oscar Isaac, Yul Vázquez.

Tráiler

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            Coincidieron en la década pasada, en apenas un lustro, una serie de coproducciones con participación estadounidense que se acercaban sin prejuicios -o incluso con prejuicios positivos desde un espectro antiimperialista- hacia figuras clave de la Revolución cubana. Ahí quedan los documentales de Oliver Stone Comandante y Looking for Fidel, o el recorrido por la juventud prerrevolucionaria y de sentimiento panamericano de Ernesto ‘Che’ Guevara en Diarios de motocicleta.

Al igual que esta última, Che: El argentino -primera parte del díptico en el que Steven Soderbergh aborda la biografía guerrillera del personaje histórico- cede directamente la palabra al protagonista, pues adapta sus propias memorias del periodo. En el filme, su voz subraya el idealismo de la batalla, silenciando el ruido de la artillería y el fragor de la lucha. Debido a ello, Che: El argentino es una película que está rodada desde una perspectiva terrenal y casi se podría decir que antiépica, pero no es una obra desapasionada o huérfana de romanticismo. Más bien al contrario. Las imágenes del realizador muestran el mismo grado de entusiasmo en rodar el asalto al cuartel de Moncada que en el tesón del Che por acometer el servicio público que identifica, al mismo nivel que la confrontación armada, con los ideales revolucionarios: la educación de los compañeros iletrados, el trabajo médico en zonas abandonadas a su suerte. Todo en aras del bienestar del pueblo. Un mito en una película formalmente desmitificadora.

De hecho, dentro de este montaje fragmentado que intercala los avances del alzamiento contra la dictadura de Fulgencio Batista con el discurso del Che en la sede de Naciones Unidas en calidad de representante de la República de Cuba, es esta última reconstrucción la que parece estar infundida de una atmósfera más épica, con el político ungido por las poderosas sombras del blanco y negro, prolongando verbalmente, desde las ideas, una contienda que prosigue, esta vez orientada hacia una audiencia embelesada por su verbo, por su razón, por su carisma natural.

            Incólume en su fortaleza moral, expuesta desde una mirada que posee la lógica autocomplacencia de unas memorias bélicas, en Che: El argentino no aparecen demasiados contrastes hacia una figura tan controvertida y sobre la que es prácticamente imposible emprender una exégesis suficientemente objetiva, de tan masacrada que se encuentra por las interpretaciones extremistas. Probablemente su dimensión más prosaica se queda en los ataques de asma.

Para ejemplificar esta tesitura, valga la evolución de Benicio del Toro, encargado de interpretar al hombre, durante sus indagaciones preparatorias para el papel, que, desde una óptica influida por la monolítica tradición estadounidense de Guerra Fría -aquella pueril y maniquea que se puede apreciar precisamente en cintas pretéritas como Che!-, parte de una consideración de villano absoluto para virar de forma paulatina hacia “una mezcla de Gregory Peck y Steve McQueen“, en explicaciones del actor puertorriqueño. Es decir, un icono de cine, digno de imprimir y comercializar como logo de camiseta.

            Dejando de lado esta cuestión, pues exigirla podría pasar por quimera, como decíamos, es más reprobable que, de tanto esfuerzo de didactismo y contención, el pulso narrativo del filme se espese progresivamente, atascando en exceso el itinerario y haciendo de la toma de la ciudad de Santa Clara un episodio donde la función empieza a percibirse ya como bastante plúmbea. Un delito habida cuenta de la vigente capacidad de fascinación, tanto entre adeptos como en detractores, que suscita el Che Guevara.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6.

Soy Cuba

19 Abr

La potencia estética es la potencia de la Revolución cubana. Soy Cuba, una obra monumental incluso en su malditismo, donde la belleza cinematográfica expresa la belleza de las ideas; un atronador rayo propagandístico en medio de la asepsia del mensaje político contemporáneo. Para la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

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¡Ave, César!

21 Feb

“Ser director de un estudio de cine es mejor que ser chulo en un burdel.”

Harry Cohn

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¡Ave, César!

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¡Ave, César!

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Año: 2016.

Directores: Joel Coen, Ethan Coen.

Reparto: Josh Brolin, George Clooney, Alden Ehrenreich, Ralph Fiennes, Scarlett Johansson, Jonah Hill, Tilda Swinton, Channing Tatum, Frances McDormand, Headen Goldenhersh, Max Baker, Veronica Osorio, Christopher Lambert, Michael Gambon.

Tráiler

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            Joel y Ethan Coen son unos cineastas absolutamente mordaces cuando diseccionan la sociedad estadounidense caricaturizándola mediante el filtro de distintos géneros cinematográficosel noir, el drama social capriano, el policiaco rural, la intriga hitchcockiana, el musical sureño, el drama existencial, el drama de superación personal en pos del sueño americano,…-;  filtros que, en paralelo, retuercen hasta extraer de ellos esa esencia absurda la cual, parecen indicar, hermana a la realidad del hombre contemporáneo con los pedazos de celuloide que tratan de reproducirla, interpretarla o sublimarla.

Es curioso por tanto que en las ocasiones donde priman los elementos puros de la comediaCrueldad intolerable, Ladykillers, Quemar después de leer,…- los Coen no encuentren con la misma precisión el pulso del relato –con la salvedad de El gran Lebowski, por supuesto- y se merme su potencial subversivo.

            ¡Ave, César! es, posiblemente, la menos inspirada de todas estas comedias fallidas, y eso que aquí existencia y cine conforman un ente indivisible incluso desde la perspectiva del espectador, dado que, con frecuencia, los directores expresarán en pantalla la ficción que se filma en los rodajes sin distinguirla de la ficción que acontece en su exterior –es significativo aquí el empleo del narrador omnisciente, tradicional en su filmografía-.

Los Coen parecen querer completar con este filme su visión personal de Hollywood –la  fábrica de los sueños, otro mito propagandístico a derribar- emprendida con la apocalíptica y surrealista Barton Fink, compendio de lamentaciones del guionista comprometido con el arte y las ideas e inevitablemente sometido a la tiranía del Gargantúa californiano. De hecho, no costaría esfuerzo imaginar al atribulado Fink como parte del grupo de guionistas-secuestradores que, en la aquí comentada, han abrazado el comunismo por puro rencor hacia la cicatera remuneración de los grandes estudios -así como, secundariamente, por su defensa de aquel “hombre común” para el que Fink pretendía crear un teatro completamente renovado y “vivo”-.

            De esta forma, ¡Ave, César! aspiraría a ofrecer un retrato coral del Hollywood de los años cincuenta y su esquizofrenia entre las producciones de fasto y la opresión hacia la disidencia política en el contexto de uno de los puntos más calientes de la Guerra Fría. Pero, en vez de eso, la película termina por entregar una colección de escenas deslavazadas que, sin éxito, se intentan enhebrar por medio de la figura de Eddie Mannix (Josh Brolin), factótum de la major Capitol Pictures –otro hilo de conexión con Barton Fink-. Sus paseos por los platós, las oficinas, las avenidas y las callejuelas de Los Ángeles para desfacer los entuertos en los que se meten sus veleidosas divas -en especial en pos de resolver el rapto del actor Baird Whitlock (George Clooney)- son la endeble argamasa con la que los Coen agolpan una multitud de estrellas del presente que, a su vez, emulan sombras estelares del pasado –Tyrone Power, Gene Kelly, George CukorEsther Williams, Roy RodgersCarmen MirandaLouella Parsons y Hedda Hopper, el propio Eddie Mannix,…-.

Y solamente eso son: sombras. Pese a que alguno logra despertar simpatía –el entrañable vaquero Hobie Doyle (Alden Ehrenreich)-, en su inmensa mayoría no poseen siquiera entidad como personaje, ni su participación en el libreto les conduce a ellos o a la trama a ninguna parte, diluidos además en un argumento difuso, escasamente desarrollado y en el que se filtran ideas puntuales, poco más que formuladas, a propósito del sometimiento del creador de historias dentro del engranaje colosal de la industria o de la capacidad del séptimo arte para saciar la necesidad de fantasía del espíritu humano, con radical independencia frente a cualquier corriente ideológica en boga.

            Entretenidos en elaborar deslumbrantes piezas-homenaje a cada género correspondiente –el western familiar, el musical, el melodrama, el drama bíblico,…- hasta se diría que la marcada personalidad de los Coen se difumina como nunca antes les había sucedido, abrazados, sin desdeñar el sentido paródico, a la nostalgia cálida por el cine clásico y sus fastuosos métodos -otra faceta de su magia-, leit motiv exclusivo de una función sostenida por un ritmo narrativo fluido y unas contadas chispas de humor que restallan diseminadas por entre el metraje y las caras conocidas.

En ¡Ave, César! el guion es alocado pero no explosiona el fascinante delirio que caracteriza sus mejores obras, y apenas se saborea su vitriolo desengañado –por ejemplo, si la trama de Quemar de después de leer tampoco conducía a ningún lado era en aquel caso con objetivo de desnudar el terrible absurdo de personajes, sociedad, instituciones y convenciones cinematográficas-.

Un Coen menor.

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Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6.

El puente de los espías

14 Dic

“Si ahora no hay forma de rodar películas que posean los valores e ideales que reflejaban mis obras, quizás también deberíamos darnos todos por vencidos.”

Frank Capra

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El puente de los espías

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El puente de los espías

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Año: 2015.

Director: Steven Spielberg.

Reparto: Tom Hanks, Mark Rylance, Amy Ryan, Scott Shepherd, Mikhail Gorevoy, Sebastian Koch, Austin Stowell, Jesse Plemons, Will Rogers, Alan Alda.

Tráiler

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            Algo huele a Frank Capra en El puente de los espías. Su argumento es en esencia una historia paradigmáticamente americana, en la cual el sacrificio personal del individuo concienciado e irreductible es capaz de redimir las corrupciones que provocan las circunstancias adversas sobre la sociedad y reconducirla hacia sus valores primigenios: aquellos que –propagandísticamente- le definen como el país de la libertad y de las oportunidades.

            El quijotismo que exhibe la película de Spielberg en su tramo inicial, con la defensa del espía soviético Rudolf Abel (Mark Rylance) por parte del por entonces abogado de seguros James Donovan (Tom Hanks), es valiente y contagioso, tan firme en sus convicciones que puede amenazar con caer en lo puramente discursivo, al igual que les sucedía a las obras más comprometidas de Capra de finales de los años treinta y principios de los cuarenta –La locura del dólar, Caballero sin espada, Juan Nadie,…-.

Su espíritu ‘americano’ –aunque universal- surge aquí tanto o más necesario cuando en la distancia histórica se trazan reflejos entre el pasado de Guerra Fría y el presente de guerra global contra el terrorismo y entonces, con determinación y arrojo, el filme esgrime su humanista propuesta de combate –en este sentido, ofrecería una interesante sesión doble con La noche más oscura (Zero Dark Thirty), donde la incidencia de las torturas practicadas por la CIA deja aún un regusto bastante ambiguo y turbio, carne de debate-.

            Spielberg, apoyado en el guion original de Matt Charman, luego revisado nada más y nada menos que por Joel y Ethan Coen, va desarrollando la lucha épica y solitaria de este héroe incomprendido –como deben ser los héroes, posicionados contra todo y contra todos- agregándole notas de calor íntimo y familiar para componer en Hanks –como otrora podía ser Jimmy Stewartla perfecta imagen del americano medio: afable, decidido, idealista y que no se deja amilanar por absolutamente nada ni nadie. Empalagoso de tan bonachón.

Ese optimismo incombustible, que se cree capaz de cambiar el mundo hasta conducirlo a la utopía, va tornando el idealismo del comienzo en cierto maniqueísmo de manual -¿es irónico, andando los Coen por ahí?, no lo parece- a medida que Donovan se adentra en la frontera política de la Guerra Fría: el muro de Berlín en proceso de construcción. Los rusos son muy rusos; los alemanes orientales muy alemanes orientales. En el metraje previo también se vislumbraba un notable dibujo crítico de los estadounidenses bajo la propaganda bélica del momento, todo adoración de los símbolos de la patria y reacciones viscerales a la política del terror, pero, como decíamos, al menos ellos sí tienen a quien les redima; una condición que alcanza una temperatura un tanto bochornosa -¿ironía coeniana de nuevo?- en la coda en suelo americano.

            Quizás adoptando la óptica del estoico Abel El puente de los espías sí se hubiese convertido en un filme coeniano de pleno derecho. Es decir, un hombre cansado de realismo que observa cómo un individuo común se embrolla en un plan enloquecido que, a priori, supera en mucho sus competencias. Resulta significativo entonces ese entendimiento y esa relación –uno de los puntos más logrados del filme- entre esos dos universos políticos –Estados Unidos y la Unión soviética- y cinematográficos –los Coen y Capra/Spielberg-.

La cinta, en conclusión, tiene músculo visual y nervio narrativo, porque Spielberg sabe muy bien qué quiere contar y sobre todo cómo quiere contarlo, si bien El puente de los espías está lejos de la madura oscuridad de Lincoln –otra obra carne de debate entre fin y medios, como La noche más oscura– o de la lúgubre frialdad del espionaje de Munich.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 6,5.

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