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Narciso negro

18 Abr

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Año: 1947.

Directores: Michael Powell, Emeric Pressburger.

Reparto: Deborah Kerr, David Farrar, Kathleen Byron, Sabu, Jean Simmons, Judith Furse, Flora Robson, Jenny Laird, May Hallatt, Eddie Wahlley Jr., Esmond Knight.

Tráiler

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          El purgatorio de las monjas es un serrallo indio aislado en el Himalaya, poblado por objetos y lenguas paganas, ornado con pinturas eróticas, enfrentado a una diosa desnuda y a un santón de trascendencia inexpugnable, resonante de ecos de misterios ancestrales, a las puertas de los placeres de la carne, situado al borde del abismo.

Narciso negro es una película compuesta a través de terribles duelos: la mujer reprimida contra el hombre desengañado, el cristianismo contra las divinidades exóticas y arcanas; la fragilidad humana contra la hostil naturaleza que se manifiesta en los elementos y la orografía; la capacidad personal contra la presión del deber, la devoción contra la tentación, las cárceles psicológicas contra las liberaciones espirituales, las monjas contra sus jerarquías de poder y sus deseos enfrentados; cada una de ellas contra sí misma.

          Michael Powell y Emeric Pressburger, The Archers, componen con extraordinaria hermosura y con punzante profundidad la atmósfera del palacio donde cinco monjas pretenden levantar una escuela, un hospital y un convento. “No es lugar para fundar un monasterio”, les advierten. Los cineastas construyen para ellas un escenario de sobrecogedor poder telúrico y de desconcertante exuberancia, creación de deidades superlativas a las que nada interesa el recogimiento, el sacrificio y la contrición; sino que se regodean en la belleza natural y humana, en el deseo satisfecho, en la expresión desatada de los potenciales y las emociones.

Un universo desconocido y deslumbrante de luz, color y pureza en comparación con los tenebrosos muros donde las religiosas acostumbran purgar su vida terrenal al servicio de Dios. The Archers ponen a prueba la firmeza de sus convicciones infiltrando signos infieles en sus hábitos cotidianos, con frescos hindúes y campanas budistas. Atruenan los estímulos de vida ante la mirada de unas religiosas sometidas a un examen espiritual que se torna gradualmente en existencial, a medida que se presentan los fantasmas del pasado, de las ilusiones rotas, de las oportunidades aún posibles. Cada mañana, una de ellas ha de tañir la campana a los pies del colosal precipicio.

          Con idéntica habilidad expresiva, Powell y Pressburger cultivan y espolean la tensión del drama, abonada por esta sucesión de dilemas íntimos y colectivos, desencadenados por la pérdida de las referencias de una vocación obsesivamente abnegada que esconde traumas enquistados de tiempos pretéritos, enterrados pero no muertos.

En el encierro todo se magnifica. Especialmente en una celda desbordada de pasiones y gozos ante los que solo cabe ignorarlos, abstrayéndose en una búsqueda metafísica, o entregarse a su llamada primaria y visceral. Un lápiz de labios contra una Biblia.

El elemento sobrenatural palpita en este mundo fascinante y perturbador que la hermana superiora Clodagh es incapaz de comprender y frente al que no sabe reaccionar -algo semejante a lo que le ocurrirá de nuevo a Deborah Kerr en Suspense, donde encarna a otra mujer piadosa recluida en compañía de fuerzas irracionales y desasosegantes-. Ya se le percibía durante la presentación de la cuidadora del gineceo, quien aparece en perfecta conexión con los misterios naturales, precedida por el viento, en comunicación con las aves. También en el incesante azote de las corrientes que descienden desde las montañas. Pero con los ojos como espejo del alma -y con algunos planos realmente impactantes todavía hoy-, su clímax se alcanza en el desenlace, narrado con la gramática propia de un filme de terror, y luego ratificado de nuevo por la influencia de los fenómenos atmosféricos -la niebla, la lluvia-.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 8.

Horizontes perdidos

25 Dic

“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”

Eduardo Galeano

 

 

Horizontes perdidos

 

Año: 1937.

Director: Frank Capra.

Reparto: Ronald Colman, Jane Wyatt, John Howard, Edward Everett Horton, Thomas Mitchell, Isabel Jewell.

Tráiler

 

 

           A finales de la década de 1930, el cine de aventuras se erigía como uno de las producciones más recurrentes entre las majors de Hollywood debido a su tirón entre el público de entreguerras, aún saliente a duras penas del trauma del crack del 29 y con el recuerdo reciente de la Gran Guerra y que ahora observaba de reojo el polvorín que comenzaba a formarse en la crispada Europa. Espectadores ávidos de aventuras exóticas que los alejaran de su realidad cotidiana para transportarlos a lugares recónditos repletos de insospechados misterios, encantos, pasiones y emociones que solo entrañaban peligro dentro de una sala oscura. De la magia del cine en definitiva.

Una popularidad que evidencia el éxito de cintas como Tres lanceros bengalíes, La carga de la brigada ligera, Gunga Din,… películas donde el héroe civilizado sometía el salvajismo de la Naturaleza o del bárbaro al mismo tiempo que, de paso, conquistaba a alguna beldad de dorados cabellos.

            Horizontes lejanos, traslación al celuloide de la famosa novela de James Hilton, será uno de los grandes éxitos de este cine, si bien posee un fondo más cercano al cuento moral que a la novela de aventuras.

Frank Capra, director que nunca perdía de vista, dentro del espectáculo, una posible lectura moral o un apelativo a la conciencia de la platea, escogía rebajar el peso de la acción y ceder paso a los procesos internos y a las reflexiones de su personaje principal, Robert Conway (Ronald Colman), egregio diplomático británico en el Lejano Oriente, un hombre racional, humanista, curioso, mesurado y flemático al que la casualidad y una enigmática mano negra lleva a dar con sus huesos, junto con sus heterogéneos acompañantes de huida de la China en rebelión, en un refugio utópico en las montañas del Tíbet: el icónico Shangri-la.

Son un grupo de personas representativas de las fútiles y vacuas ilusiones que ofrece la decadente cultura occidental –un diplomático desterrado por la guerra, un hermano que vive de su estela, un vilipendiado hombre de negocios arruinado por la crisis, un científico que vertebra su existencia en torno a un pasado insustancial, una mujer moribunda- hijos de un mundo desorientado, alienado, abocado a despeñarse, y que son recibidos, o encerrados, en la jaula de oro de un paraíso perdido, una ecuménica arca de Noé de fundación belga –se exige una mano occidental en tiempos todavía coloniales, al fin y al cabo- donde se vive con moderada felicidad, sin las ataduras, esfuerzos, egoísmos, vicios y preocupaciones que envejecen y matan al hombre –el “suicidio indirecto”-.

            Un sueño, una oposición antitética del hostil y cruento mundo del otro lado de las montañas en el que, para integrarse, es necesaria conservar una cierta dosis de la bondadosa y natural ingenuidad humana –constante muy capriana-, un idealismo que crea que es posible esta versión adulta de Nunca Jamás.

Es esta una dualidad que se repite y ejemplifica en los hermanos Conway. Robert es capaz de creer, de imaginar ese reducto edénico, mientras que George (John Howard), pragmático y terrenal, lo rechaza desde su mirada de hombre del siglo XX. La inocencia perdida como pecado más terrible de aquel siglo, aún joven y ya cansado.

El final será esclarecedoramente metafórico.

            Capra aporta su mejor elegancia y pasión de cuenta cuentos para narrar un viaje introspectivo que tampoco rechaza el empleo de la escenografía majestuosa propia del género, apoyado en un guion que conserva un gran sabor aventurero a la vez que deja por el camino unas cuantas concienciadas perlas sobre la sociedad de su tiempo, aún convaleciente de una y mil penurias y en la que se presentía ya el hedor de un posible retorno a horrores pasados.

Muy interesante.

 

Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 8.

El hombre que pudo reinar

18 Jul

“La película tiene sus defectos, supongo, pero ¿a quién le importa? Se lanza sin miedo hacia delante, nada a contracorriente hacia la catarata.”

John Huston

 

 

El hombre que pudo reinar

 

Año: 1975.

Director: John Huston.

Reparto: Michael Caine, Sean Connery, Saeed Jaffrey, Christopher Plummer, Shakira Caine.

Tráiler

 

 

             John Huston no era un director perfecto, así como nunca tuvo la intención de serlo. Pero sí se puede reconocer indefectiblemente en su obra una inaudita pasión por narrar, por el viejo arte de contar historias, lo que es, en definitiva, la esencia del denominado Séptimo Arte. Huston vivió su vida como una aventura disfrutada al máximo, según le venía, exprimiendo hasta la última gota de su sabor, unas veces dulce, otras amargo; un espíritu vitalista que supo transmitir a muchas de sus películas. Y a esta como a ninguna.

            Gran conocedor y admirador de la obra del británico Rudyard Kipling, Huston escogió un texto corto basado en las casi legendarias aventuras del americano Josiah Harlan, quien viajo y llegó a ser coronado Príncipe de la agreste región afgana de Ghor. Tras varios intentos infructuosos, Huston conseguía por fin sacar su película adelante en 1975, no atravesar de nuevo numerosos problemas. Una obra esta en la que se relata el viaje de dos inolvidables pícaros, Peachy Carnehan (Michael Caine) y Daniel Dravot (Sean Connery), ex soldados del imperio británico, farsantes, timadores, ladronzuelos y, sobre todo, amigos y vividores, en su propósito de conquistar primero y más tarde ser proclamados reyes, ídolos o dioses para saquear a placer alguna remota región del Kafiristán. Dos desheredados del mundo en busca de un tesoro que les haga cambiar su destino y les coloque en el lugar donde se merecen –Huston conocía bien esas motivaciones, que recuerdan mucho, entre otras, a las de los protagonistas de otra cumbre del cine de aventuras y de su filmografía, El tesoro de Sierra Madre– por medio de un plan tan loco e imposible como genial.

            El hombre que pudo reinar es una película hecha a la vieja usanza, una obra confeccionada artesanalmente, con un profundo amor por ese sentido aventurero y por unos personajes adorables, bribones que tampoco eran perfectos pero que conocían la vida como pocos, con una sabiduría propia y exclusiva de personas que han atravesado las mil y una batallas de este valle de lágrimas y cuya impronta van dejando a lo largo de todo el metraje, de toda su epopeya de demente conquista y gloria gracias al maravilloso guion de Gladys Hill, escrito en colaboración con el propio Huston; una verdadera obra de arte que destila una mayúscula adoración y amor por la vida y la aventura, lleno de matices irónicos, de lírica melancolía, de emoción, de humor, de velado pesimismo, de alegría, de tristeza; como la existencia misma.

            Una perfección que se extiende a todos los niveles, desde la magnífica partitura de Maurice Jarre, que toma como leitmotiv el popular The Minstrel Boy, hasta la inconmensurable realización y puesta en escena de Huston, que combina la enormidad de los parajes épicos, sobrecogedores y terribles que recorren, disfrutan y padecen riendo y cantando Peachy y Daniel, junto con el intimismo en el que se presenta esa relación de amistad entre dos dignos representantes de lo mejor y lo peor del ser humano. Por su parte, Caine y Connery redondean a sus dos enormes personajes con una de las mejores interpretaciones, sino la mejor, de sus carreras, lo que no es decir poca cosa; un ejemplo de química en pantalla, de carácter y sensibilidad histriónica, de adueñamiento y disfrute, propio y ajeno, de unos roles imperecederos.

El hombre que pudo reinar es la esencia de la vida, es el cine.

 

Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 10.

Camino a la libertad

18 May

“Cuando todo indica que por un lugar no se puede pasar, es necesario pasar. Se trata precisamente de eso”

Alfred Mummery

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Camino a la libertad

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Año: 2010.
Director: Peter Weir.
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          Director de grandilocuentes historias de tintes épicos, con gusto por los grandes escenarios panorámicos, Peter Weir retornaba tras siete años de inactividad para ponerse a las órdenes de la National Geographic en la recreación del libro del polaco Slavomir Rawicz, obra que narra la historia pseudobiográfica –muchos analistas y casi cualquier persona con sentido crítico dudan de su veracidad- de la huida del propio autor y otros seis acompañantes de un gulag soviético a través de Siberia, Mongolia, China y Tíbet hasta la India británica.

          Dentro de esa enormidad paisajística, desde luego mostrada con belleza y con una buena puesta en escena, Weir aleja la historia de casi cualquier intención de simbolismo o profundidad, pese al rechazo simplón del totalitarismo comunista de fondo, para un concepto de viaje que siempre es elemento de sencilla y expresiva metáfora en muchas otras obras, ya sea en sentido iniciático de cambio físico y mental del protagonista (cualquier variación de la Odisea como O brother! y otros como Masacre: ven y miraEl verano de Kikujiro, El viaje de Chihiro), de liberación y descubrimiento personal o nacional (Easy Rider, Una historia verdadera, Diarios de motocicleta, Hacia rutas salvajes), alegóricos e iluminados descensos al infierno (Moby Dick como modelo fundacional; Aguirre, la cólera de Dios, Apocalypse Now) o de experiencias humanas límites, con afloramiento de las bajas pasiones del ser humano o, más parecidas a ésta y generalmente con situaciones más crudas y tratamientos menos amables, de supervivencia extrema (búsqueda aventurera de botines como El tesoro de Sierra Madre, Montaña siniestra; reducción al salvajismo también en una cárcel natural en Tasmania).

Un relato inundado por la épica que es más bonita que interesante, más un espectáculo visual que un alegato de cualquier cosa; un viaje vacío de significado más allá de la capacidad de cabezona supervivencia de los protagonistas, totalmente planos e interpretados con superficialidad por unos actores que no transmiten demasiado a excepción, obviamente, de un Ed Harris al que siempre es de agradecer ver en cualquier tipo de producto.

          Bien presentada, Camino a la libertad es un espectáculo medianamente fluido de sucesión de sobrecogedores parajes naturales dignos de la fotografía de su productora, pero poco más.

 

Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,5.

Nota del blog: 5.

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