Tag Archives: Rusia

Batalla más allá del sol

8 Jun

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Año: 1959.

Directores: Mikhail Karzhukov, Aleksandr Kozyr, Francis Ford Coppola.

Reparto: Ivan Pereverzev, Aleksandr Shvorin, Konstantin Bartashevich, Larysa Borysenko, Valentin Chernyak.

Filme

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         Dura poco más de una hora y el guion apenas traza una historia de mínimos, pero hasta así Batalla más allá del sol se las arregla para resultar confusa hasta lo prácticamente incomprensible.

En esta película ni hay batalla ni se va más allá del sol. Hay una apropiación depredatoria, la de Roger Corman adquiriendo los derechos de una cinta original soviética, y una presa entregada a uno de sus cachorros para que vaya aprendiendo los rudimentos del negocio. Según los créditos, el secuaz es un tal Thomas Colchart. Pero, en realidad, su nombre es otro: Francis Ford Coppola. Su cometido será volver a montar la cinta remozando la trama y empotrarle una escena con marcianos de aspecto genital.

         Batalla más allá del sol -edición estadounidense- mantiene el futuro dual que imaginaba la producción rusa y lleva incluso su polarización a un sentido literal, enfrentando al hemisferio norte y el hemisferio sur en la conquista de Marte. En esta versión poco más ocurre, y aun así cuesta seguir la acción y saber dónde nos encontramos debido a ese remontado de piezas que termina por construir un puzle absurdo. En consecuencia, la narración es un desastre y cualquier conflicto que pueda plantear -la rivalidad política, el entendimiento científico, el peligro de la misión- nunca llega a adquirir cuerpo alguno entre personajes inexistentes y escenas irrisorias.

         La cinta posee, no obstante, un atípico mensaje final que podría otorgarle cierta distinción y es curioso y revelador comprobar que los héroes soviéticos y estadounidenses del cine -un medio de propaganda y aculturación, nunca conviene olvidarlo- son perfectamente intercambiables. Todo ello siendo generosos, claro.

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Nota IMDB: 4,5.

Nota FilmAffinity: 4,6.

Nota del blog: 2.

Iván el Terrible. Parte II (La conjura de los boyardos)

25 Mar

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Año: 1958.

Director: Sergei Eisenstein.

Reparto: Nikolai Cherkasov, Serafima Birman, Pavel Kadochnikov, Mikhail Kuznetsov, Amvrosi Buchma, Mikhail Zharov, Andrei Abrikosov, Aleksandr Mgebrov, Mikhail Nazvanov, Pavel Massalsky, Erik Pyryev.

Filme

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           Cuanto más cerca estás del César, mayor es el miedo. “Eres un buen bolchevique”, le había agasajado Josif Stalin a Sergei Eisenstein por Alexander Nevsky, película con la que recuperaba su prestigio como cineasta del Estado. La primera parte de Iván el Terrible, zar con el que el dictador soviético se identificaba y a quien pretendía eregir en figura inspiradora durante la Gran Guerra Patria contra el enemigo alemán, le proporcionará incluso el Premio Stalin. Pero la segunda entrega de esta pretendida trilogía defenestrará de nuevo al cineasta letón, hasta el punto que se cancelará su estreno, se interrumpirá el rodaje de la tercera parte y, a la postre, Eisenstein jamás volverá a realizar otra película. Finalmente, gracias al proceso de desestalinización emprendido en la Unión Soviética, este segundo episodio vería la luz en 1958. Es decir, una década después del fallecimiento del director y un lustro tras el entierro del autócrata.

           “El zar ha de ser duro y temible porque, si no, no es zar”, cavila Iván el Terrible en su palacio, que desde el boato y la majestuosidad anteriores se ha ido transformando progresivamente en poco menos que una sórdida cueva. Los ojos permanentemente desorbitados de Nikolai Cherkasov confirman en este segundo episodio que la desquiciada psicología de Iván IV es incontenible dentro de unas restricciones propagandísticas que liman las asperezas de un controvertido y sangriento reinado. Aunque los villanos siguen siendo pérfidos -la aristocracia feudal de los boyardos, capitaneados por su propia tía- e incluso caricaturescos -unos cortesanos polacos con bastante pluma-, al monarca ruso se le agrieta la determinación heroica que había consolidado su poder contra los enemigos locales y extranjeros.

Huérfano, viudo y traicionado, el zar se eleva como un personaje trágico, inestable y desesperado, que atraviesa entre dudas y tormentos las encrucijadas en las que le sitúa el peso de un trono cada vez más difícil de soportar. De ahí las ambigüedades que surgen en torno a su relación con el pueblo -erigido en su guardia personal- y con sus adversarios -su inocente primo Vladimir, otra víctima todavía más dramática de un destino que le ha sido impuesto, respaldado además por la inesperada ternura que desprenden algunos planos junto a su madre-. Elementos que condicionan y perturban su autoproclamación como protector de la nación.

           A medida que el protagonista gana en dimensión, la audacia formal de Eisenstein se dispara. Los fotogramas, ahora febriles, se abocan incluso a escenas musicales que funcionan como pesadillas alegóricas y que terminan por explosionar en un atrevido juego con el color, con el blanco y negro que domina el metraje reventado inesperadamente en violentos tonos rojos. Esta artificiosidad, propia de un delirio y espoleada por la mente desquiciada de Iván el Terrible, se manifiesta también en el empleo de la luz, que deforma una vez más los rostros con vaivenes inquietos. De igual manera, los rayos de sol que antes penetraban en las estancias para bendecir al zar ahora se cambian por unos decorados sobreiluminados, feistas en comparación con la suntuosidad que relucía en la primera parte.

           Esta atmósfera alucinada hace que La conjura de los boyardos sea una obra mucho más rica e interesante que la anterior, superando incluso las dificultades narrativas y el extravío de líneas argumentales que provocará el desmantelamiento de la producción y la extirpación de su colofón.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 8,1.

Nota del blog: 7.

Iván el Terrible. Parte I

23 Mar

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Año: 1944.

Director: Sergei Eisenstein.

Reparto: Nikolai Cherkasov, Ludmila Tselikovskaya, Mikhail Nazvanov, Serafima Birman, Pavel Kadochnikov, Mikhail Zharov, Amvrosi Buchma, Mikhail Kuznetsov, Andrei Abrikosov, Aleksandr Mgebrov.

Tráiler

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          El séptimo arte puede ser empleado como espejo mágico con el que invocar la inspiración y la protección de figuras de la mitología. Cuando el estallido de la Segunda Guerra Mundial podía percibirse en el aire, la URSS ya había acudido, con Sergei Eisenstein como médium, al Alexander Nevsky que en el siglo XIII había derrotado a los teutones. En 1941, con la Alemania nazi volcada en la Operación Barbarroja que decantaría la incorporación soviética al bando aliado, Josif Stalin recuperaría la cinta para enardecer la moral del pueblo. Y poco después, con la producción cinematográfica evacuada en Kazajistán, encargaría a Eisenstein -que gracias a la anterior había redimido su fama de autor formalista y espiritual que mal casaba con el realismo de hierro que el georgiano propugnaba para su cine oficial- que resucitase en fotogramas a otro de los padres de la patria: Iván IV el Terrible, el primero en emplear el título de zar de todas las Rusias a mediados del siglo XVI y enconado enemigo de la aristocracia terrateniente, los boyardos, con quienes mantuvo un enfrentamiento visceral y, como sugiere su sobrenombre, cruento. De nuevo, contará con Sergei Prokofiev para componer una banda sonora solemne y épica, y con el rostro de Nikolay Cherkasov para alentar vida al héroe.

          Concebida como una trilogía -de la que solo se estrenará en su tiempo esta primera parte, con la segunda repudiada por Stalin por la ambigüedad de la que se dota al retratado, causa de la desactivación posterior del último capítulo-, Iván el Terrible aplica conceptos ya presentes en Alexander Nevsky, como son la resistencia de la madre Rusia frente al asedio del enemigo extranjero y la influencia perniciosa de un villano todavía peor: el intrigrante y el conspirador que trata de destruir el país desde dentro solo para satisfacer sus malvadas aspiraciones. De este modo, el monarca se enfrenta a las maquinaciones palaciegas de los boyardos, a los guerreros tártaros del janato de Kazán, al bloqueo de las ciudades bálticas y hanseáticas, a las lejanas envidias de los reinos europeos y, por si fuera poco, a las tentaciones adúlteras de su mano derecha en el trono.

          La narración, por tanto, queda simplificada hasta el esquematismo para servir a estos propósitos propagandísticos. Los personajes son estereotipos puramente alegóricos que los actores, dotados de expresivas caracterizaciones, encarnan mediante máscaras exageradas con las que, al menos, Eisenstein explota el dramatismo de los rostros mediante sombras y contrapicados.

La barroca atmósfera que concibe el cineasta consigue otorgarle cierto relieve a la producción. La iluminación y la solemnidad con la que refleja los símbolos de dignidad y autoridad del zar, los imponentes decorados que recorre, las dimensiones de su silueta… La imagen consigue manifestar por sí misma el poder con el que está investido Iván al Terrible, e intensifica la resistencia y la fuerza con la que hace frente a unas circunstancias de las que no siempre está avisado -el resbaladizo príncipe Andrei Kurbsky-. Una situación quizás sorprendente esta y que otorga ciertas cualidades terrenales, y empatizables, a un personaje que, para cumplir su destino trascendente, ha de apoyarse en los anchos hombros del pueblo.

          En cualquier caso, las profusas referencias históricas provocan que en ocasiones sea complicado seguir el relato aun a pesar de su concepción elemental. Un rasgo que, en combinación con ese permanente éxtasis en el que se desarrolla la consagración providencial de Iván el Terrible, provoca un importante envejecimiento a la película, que parece anclada a medias -y no para bien- en el cine silente.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 6.

Una gran mujer (Beanpole)

18 Nov

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Año: 2019.

Director: Kantemir Bagalov.

Reparto: Viktoria Miroshnichenko, Vasilisa Perelygina, Andrey Bykov, Igor Shirokov, Konstantin Balakirev, Kseniya Kutepova, Olga Dragunova, Timofey Glazkov.

Tráiler

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         Iya trabaja en un hospital del Leningrado un año posterior a la Gran Guerra Patria, la victoria de los aliados sobre el nazismo. El catálogo de combatientes destrozados, física y mentalmente, parece extraído de Los mejores años de nuestra vida, el clásico hollywoodiense que homenajeaba a los hombres que regresaban de la batalla y a lo que se habían dejado en ella. No era, desde luego, el primer filme en explorar el estrés postraumático del soldado. De la Primera Guerra Mundial figuraban ya enseñas como Sin novedad en el frente o Remordimiento, esta última de hecho reinterpretada en la reciente Frantz, demostración de la vigencia de un trauma que se perpetúa y renueva con cada conflicto armado. La oposición popular a la Guerra de Vietnam, y su consiguiente presencia en el cine, probablemente haya dejado el mayor puñado de ejemplos de ello. Pero, por lo general, son obras que tratan de averiguar qué ve el guerrero trastornado con esa característica “mirada de las mil yardas”. Qué mella ha dejado en su cuerpo el horror absoluto. Son menos, pues, la que abordan el asunto desde un punto de vista femenino.

La periodista y escritora Svetlana Alexiévich -premio Nobel de Literatura de 2015 y relanzada al público por la adaptación de su estremecedor libro Voces de Chernóbil en la elogiada serie Chernobyl-, recogía en La guerra no tiene nombre de mujer la primera de sus recopilaciones de testimonios que, desde una perspectiva polifónica extraída a partir de entrevistas particulares, reconstruyen una tragedia común, en este caso el papel de las mujeres rusas en la Segunda Guerra Mundial. Una gran mujer -poco atinada retitulación española de un Dylda que, a grandes rasgos, viene a significar “larguirucha”- está inspirada en una de esas memorias de posguerra.

         Una gran mujer hurga en el vacío que queda tras la victoria, incluso a pesar de ella. La muerte y la esterilidad -es decir, la pérdida y la imposibilidad de regenerar una vida despedazada, con sus cicatrices y secuelas perfectamente visibles- son las constantes que encadenan en una turbia y tóxica relación a dos excompañeras del frente que comparten espacio en una Leningrado fantasmagórica, en ruinas materiales y espirituales. El soberbio empleo del color -la conjunción de las gamas de verde y de rojo, entreveradas con los dorados- es esencial no solo para componer pictóricamente el plano, sino también para saturar la atmósfera del relato y para expresar la personalidad y las emociones de las protagonistas. La belleza de secuencias como la del juego infantil -la calidez que envuelve la ternura que une a Iya y el pequeño Pashka- colisionará con la estrechez del espacio que, en ocasiones, encierra a Iya y Masha, asediadas por desconchones, sombras y frío.

         Los contrastes afloran igualmente en el turbulento retrato de estas dos mujeres, desafiando la comodidad de un espectador que se enfrenta a una psicología descompuesta por las inefables crueldades de la guerra, interpretada con precisión por Viktoria Miroshnichenko y Vasilisa Perelugina, quienes con su fragilidad y su obcecación encarnan, respectivamente, sendas manifestaciones de un trauma idéntico. Las deudas y fidelidades que las entrelazan espolean la angustiosa intensidad de este drama de interiores, narrado con una cadencia deliberada y excesivamente parsimoniosa.

         Premio a la mejor dirección y premio Fipresci en la sección Un Certain Regard del festival de Cannes.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7.

Donbass

27 Abr

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Año: 2018.

Director: Sergei Loznitsa.

Reparto: Lyudmila Smorodina, Boris Kamorzin, Irina Plesnyayeva, Vadim Dubovsky, Thorsten Merten, Oleksandr Techynskyi, Sergey Russkin, Alexander Zamuraev, Georgiy Deliev, Valeriy Antonyuk, Evgeny Chistyakov, Konstantin Itunin, Sergey Kolesov, Svletana Kolesova.

Tráiler

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          “Fue una farsa digna de Ionesco”, exclamaba Sergei Loznitsa, director nacido en Bielorrusia pero criado en Ucrania, acerca de las purgas stalinistas que recordaba en su documental The Trial. Loznitsa, que asimismo había dejado testimonio gráfico del Euromaidan ucraniano que se llevaría por delante el gobierno prorruso de Víktor Yanukóvich, parece querer encadenar estos fraudes históricos con el presente de la posverdad y las ‘fake news’, un neologismo que no deja de hacer referencia a unos bulos de toda la vida que, en la actualidad, encuentran nuevos medios de expresión y difusión -y que, precisamente, abrían también aquella Maidan-. De este modo, en esta introducción del filme, lo que parece el rodaje de una película de saldo se convierte de repente en la portada de un informativo de televisión que graba una crónica sobre la presunta vida de los ciudadanos bajo asedio de Nueva Rusia o, desde el otro bando, de los óblasts de Donetsk y Lugansk sometidos a ocupación rusa.

Contra la mentira y la escenificación oficial, aparece la verdad desenmascarada desde un plano general, sostenido durante el tiempo justo, para recoger la secuencia al completo. Este es el principio que domina los doce pequeños episodios -más epílogo circular- que, a modo de collage, componen la visión de Loznitsa sobre un conflicto candente y en el cual la desinformación desempeña un papel capital dentro de una guerra civil que, por momentos, se antoja poco menos que incomprensible desde el exterior. Una ‘verdad’ que, no hay que olvidar, está servida por una película, por otra obra de ficción que igualmente es todo guion y puesta en escena; una dramatización elaborada además desde una clara postura contraria a las injerencias rusas en su calidad, especialmente, de heredera del imperialismo soviético, cuya retórica, organización y simbolismo están muy presentes en esta autodenominada unión de repúblicas populares. Estamos por tanto ante una denuncia envuelta en una paradoja que puede perfectamente desacreditarla de raíz. O cuanto menos suscitar el debate.

          Ahora bien, este punto de vista determinado y parcial no es óbice para que Donbass posea una contundente verosimilitud -inspirada en ocasiones en vídeos domésticos- en su retrato del absurdo que anida en este pavoroso escenario bélico, extrapolable por supuesto a prácticamente cualquier lugar que atraviese una tesitura semejante. Loznitsa organiza este absurdo con una estructura de autoconfesos ecos buñuelianos, a través de la cual eviscera los profundos males que aquejan este país que se construye sobre su desintegración, con toda autoridad institucional, legal y moral suspendida.

          De tono cercano al de una tragicomedia que se ha quedado desangelada por el desastre, aparecen viñetas donde el humor brota de la pura incredulidad frente a lo grotesco de la situación, combinados con otros en los que el estallido de una violencia despiadada en mitad de ese contexto costumbrista y cotidiano hiela la sangre. El realismo de Donbass adquiere así tintes surrealistas. Las tomas son largas -algunas en exceso-, con abundantes planos secuencia que renuncian al montaje -no por nada un recurso definitorio del cine-, y se mantienen atentas a ese naturalismo bajo el que se tambalean los frágiles cimientos de los engaños. Una gramática que, por otra parte, deja tras de sí un pulso narrativo depresivo que, en algún instante, puede ahogar un tanto el relato.

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Nota IMDB: 7.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 7.

Leto

19 Nov

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Año: 2018.

Director: Kirill Serebrennikov.

Reparto: Teo Yoo, Roman BilykIrina Starshenbaum, Aleksandr Kuznetsov, Filipp Avdeev, Alexander Gorchilin, Nikita Efremov, Andrey Khodorchenkov.

Tráiler

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          “No future”, proclamaba el punk británico. No hay futuro, exclaman los jóvenes de Leto, ambientada en las postrimerías de una Unión Soviética a la que precisamente se le ha agotado el futuro. Una de las virtudes que más aprecio en el cine es su capacidad para azuzar la curiosidad y estimular la exploración; su llamada a descubrir elementos que permanecen ocultos en ocasiones detrás de una visión estereotipada que, paradójicamente, el cine contribuye a tipificar. Ya saben, la Rusia de las películas de Hollywood siempre estará ambientada bajo cielos plomizos, en casuchas comunales donde ancianas con pañuelo hierven col entre las toses de sus coinquilinos y donde los comisarios políticos o la mafia, según la época, domina con puño de hierro y estética hortera una sociedad decadente.

Leto retrata -y da a conocer al profano- las figuras de pioneros del rock soviético como Mike Naumenko y Viktor Tsoi, líderes de las bandas Zoopark y Kinó, respectivamente. Independientemente de su fidelidad -cuestionada por parte de varios partícipes de esta corriente underground rusa-, solo este hecho, descubrir las sensaciones que surgen de sus letras y sus melodías, ya justifica un filme que, por otra parte, posee unos resultados muy irregulares.

          Dentro de esa recreación de época y personalidades, sumida en el tono de fatalista y apesadumbrada cólera que emanan las composiciones de TsoiLeto avanza moviéndose entre tres vertientes argumentales, que en orden de rendimiento son la reconstrucción crítica del ya caduco régimen soviético desde la perspectiva liberadora del punk, una versión de Ha nacido una estrella entre un artista que declina tras chocar contra el muro de cristal y da la alternativa al deslumbrante talento de quien viene detrás suyo -tal vez para estamparse contra la misma barrera, eso sí-, y un triángulo amoroso.

En el primero de los casos, Leto atiende con nostalgia a ese espíritu contestatario, anárquico y rabioso de este movimiento ideológicomusical y rompe con los márgenes de la narración convencional para integrar videoclips de batalla, locutados de hecho por una especie de DJ/coro griego y elaborados con un aspecto urgente, fresco y creativo. A través de ellos, se ensalza el potencial de la música como válvula de escape de una realidad hostil u opresiva, como universo paralelo en el que buscar la realización frente al desencanto cotidiano, como instrumento para intentar alcanzar un mundo mejor, en definitiva. Aunque en ocasiones la expresión de estas set pieces es incluso demasiado cruda -el desdén por cualquier tipo de afinación por parte de los extras-, funciona su contraste abrupto con una Leningrado en riguroso blanco y negro -a excepción de las imágenes procedentes de una cámara amateur que filma para a seres excepcionales para la posteridad-, donde se trata de someter hasta la pasión primitiva que despierta el rock.

          Sin embargo, este recurso de los videoclips ‘improvisados’ -el primer encuentro en la playa también tenía bastante de este lenguaje, si bien desde una exposición tradicional y no distanciada- se desarrolla de forma un tanto inconstante. Se pierde a medida que Leto se adentra en un relato se centra ya, casi en exclusiva, en los dramas privados de los personajes, que están compuestos desde la simplicidad y la superficialidad, en especial ese affaire romántico planteado sin ninguna credibilidad desde el primer momento y que, a partir de ahí, avanza entre chirridos, metido con calzador.

A pesar de ello, el conjunto no queda del todo malparado, dado lo interesante que es esta dimensión musical probablemente desconocida, y que logra mantenerse desde una narración fluida y no demasiado exigente.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,6.

Nota del blog: 6.

La muerte de Stalin

25 Mar

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Año: 2017.

Director: Armando Ianucci.

Reparto: Steve Buscemi, Simon Russell Beale, Jeffrey Tambor, Michael Palin, Andrea Riseborough, Jason Isaacs, Dermot Crowley, Paul Whitehouse, Paul Chahidi, Rupert Friend, Olga Kurylenko, Paddy Considine, Adrian McLoughlin.

Tráiler

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         La epopeya gloriosa la escriben los vencedores; la épica lírica y romántica, los perdedores. La comedia, los bufones, que somos todos. Es decir, aquellos que no protagonizamos las mentiras anteriores. Hacen falta redaños y un frustrante ejercicio de madurez para asimilar que lo más probable es que nuestra existencia no sea suficiente para que los aedos canten los milagros de nuestros días, ni que miles de espectadores se conmuevan o inspiren contemplando la película de nuestra vida, como en cambio sí puede ocurrirles a quienes detentaron o detentan el poder y los privilegios, ya que son quienes se encargan -o al menos tratan- de escribir la Historia. Frente a ellos -que en su mayoría están hechos de la misma carne, los mismos huesos y la misma mierda que nosotros-, la sátira y parodia es nuestra primera línea de defensa y la principal arma de contraataque.

         El escocés Armando Ianucci lo tiene bien asumido, pues lleva años trabajando en un campo de batalla que ha tenido en la política su trinchera prioritaria. Ahí se encuadran el falso documental Clinton: His Struggle with Dirt, las series The Thick of It y Veep, y el largometraje In the Loop, una especie de prolongación del universo de The Thick of It. Así, después de someter a escarnio a las altas esferas británicas y estadounidenses, se lanza ahora a devorar a la Unión Soviética.

La diferencia salta a la vista respecto a las anteriores: este es un cadáver putrefacto y las detonaciones explosivas de su material cómico se oyen desde lejanos ecos del pasado. Resulta cómodo y sencillo ridiculizar a un leviatán al que se le conoce fundamentalmente por los tópicos, sean estos propagandísticos, verídicos o ambas cosas a la vez. La mordiente de la parodia, en consecuencia, es menor. E incluso no demasiado original, puesto que la esencia humorística de La muerte de Stalin puede equipararse a otras numerosas parodias acerca del totalitarismo. Del nazismo, por ejemplo, son legión, e incluso han contribuido a frivolizar a Adolf Hitler, las SS o la Whermacht hasta convertirlos en una especie de arquetipo de la cultura popular. En España puede citarse como muestra el perfil de twitter Norcoreano, ya fuera del cine, obviamente, pero emparentado con esta veta humorística -y puede que aquí con el mérito de su coexistencia con su caricaturizado, si bien queda el factor de la tremenda lejanía, que impone todavía una evidente barrera de fantasía exótica-.

En resumen, no es complicado revertir regímenes tan excesivos. En este sentido, a través del hilo narrativo -un tanto deslavazado-, un buen puñado de los chistes de La muerte de Stalin son bastante previsibles. Por ello, algunos de ellos se quedan sin punch y otros son hasta repetitivos. Aunque, con todo y ello, muchos otros no dejan de ser medianamente resultones.

         Lo que sí es más complicado, y este es uno de los méritos de la obra de Ianucci -arropado además por notables actores de comedia-, es conseguir desvelar que el terrible mago es, en realidad, un tipo corriente astutamente oculto detrás de una cortina. Que el torturador y el dictador son funcionarios y no monstruos extraordinarios; burócratas armados que pierden su empleo si no cumplen con eficiencia su tarea, tal y como los describía, con tono bastante más pesaroso, Eduardo Galeano. La muerte de Stalin logra, pues, que se perciba la esencia humana, miserable y cainita en base a sus impulsos primarios -la supervivencia, la avaricia, la maldad retorcida en ciertos casos-, pero también carismática, de este esperpéntico politburó soviético, aun y cuando se le enfrenta puntualmente, pero sin paños calientes y dejando congelada toda sonrisa, contra las consecuencias del desaconsejable poder que acumulan en sus manos. Que son manos como las de cualquier hijo de vecino.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6,5.

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