Tag Archives: Polinesia

Hawai

16 Oct

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Año: 1966.

Director: George Roy Hill.

Reparto: Max von Sydow, Julie Andrews, Manu Tupou, Richard Harris, Jocelyne LaGarde, Ted Nobriga, Gene Hackman, Lokelani S. Chicarell, Elizabeth Logue, Carroll O’Connor, Torin Thatcher, John Cullum.

Tráiler

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         En unos tiempos en los que el western revisionista iba a empezar a constituirse en corriente torrencial, Hawai se presenta como una pesimista mirada hacia el colonialismo estadounidense de una frontera aún más recóndita, todavía más al Oeste, donde la figura del pionero recae en un reverendo calvinista que, a través del drama que se desprende de su proceso de aprendizaje vital en contradicción con el integrismo de sus creencias, ofrece en paralelo una crítica contra el fundamentalismo religioso.

De hecho, la introducción está realizada desde la voz en off de un indígena, quien clama contra los problemas y la desatención de su gente, saqueada física y espiritualmente por el hombre blanco. Aunque, a partir de ahí, el arranque de Hawai -que en adelante ya se narrará desde el punto de vista del misionero norteamericano- posee un tono cercano a la sátira amable, tal es la caricaturización que sufre desde el comienzo el reverendo Hale, cuyas firmes convicciones, extraídas de una lectura literal de la Biblia y de la observancia de los preceptos de su Iglesia, acostumbran a chocar de pleno con los matices de lo terrenal.

         La discordancia entre ambas perspectivas, y los dilemas derivados de este conflicto, son constantes. Si su esposa Jerusah ofrece ya un contrapunto evidente desde su flexibilización del dogma en aras del consuelo y la esperanza que puede aportar la religión frente a aflicciones naturales del ser humano -probablemente el principal posicionamiento del discurso del filme-, la llegada del matrimonio al archipiélago polinesio, donde se dedicarán a consolidar el cristianismo entre los nativos, no hace más que acrecentarlo.

Ahí, el juego de contrastes prolonga la comicidad del relato, incluso a costa de cuestiones tan peliagudas como el incesto -hasta el punto de adoptar posturas de una extraña tolerancia-. La puesta en escena, que se amolda a un clasicismo de cine monumental de aventuras exóticas -género por el que el autor de la novela original, James A. Michener, mostraba verdadera querencia- quizás un tanto acartonado ya por entonces, refuerza esta oposición entre la frialdad cenicienta de Nueva Inglaterra y la exuberancia tropical de Maui, así como entre la estricta fealdad de Max von Sidow y la dulce belleza de Julie Andrews. Si hay mujeres en la congregación es que las intenciones son buenas, sentencia la gobernanta de la isla, exponiendo así una nueva dualidad.

         No obstante, a medida esta convivencia se encalla en un enfrentamiento sin vistas de lograr una confluencia debido a la inflexibilidad del protagonista, el filme trata de derivar hacia el melodrama, cada vez más oscuro, que incorpora además un triángulo amoroso que está planteado de forma endeble, disperso en su desarrollo y resuelto también con escasa fortuna, a la par de una narración desequilibrada en general, que parece apurarse con urgencia hacia su desenlace.

El cambio de tono no le sienta bien a la obra. Lo que inicialmente era caricatura se perpetúa en forma de personajes planos, con lo que la tragedia que afronta carece de fuerza y complejidad, a pesar de su voluntad de crónica de denuncia sobre un expolio histórico con huellas visibles en el presente.

         Dos anécdotas: Jocelyne LaGarde, que interpreta a la mandataria hawaiana de Lahaina, es la única persona en estar nominada a un Óscar por la única actuación de su vida. Y, al parecer, el dinero conseguido como extra en la película le valdría a Bette Midler para hacer despegar su carrera artística.

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Nota IMDB: 6,5.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 6.

Rebelión a bordo

8 Jun

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Año: 1962.

Directores: Lewis Milestone, Carol Reed.

Reparto: Marlon Brando, Trevor Howard, Richard Harris, Tarita, Hugh Griffith, Richard Haydn, Percy Herbert, Duncan Lamont, Gordon Jackson, Chips Rafferty, Noel Purcell, Eddie Byrne, Frank Silvera.

Tráiler

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         Contratar a una superestrella no es una apuesta segura, bien es sabido. Y más cuando su carisma proviene del Método, con sus procedimientos obsesivos y sus tics aparentemente naturalistas pero siempre plegados a reforzar el lucimiento del actor.

Marlon Brando, consciente de su poder en el set de rodaje, no era una persona a la que se podía dirigir. Su comportamiento en Rebelión a bordo es uno de los ejemplos de ello, ya que, con sus caprichos, convertiría la producción en un infierno para los directores -primero Carol Reed, al que se enfrentó hasta su despido; luego al veterano Lewis Milestone, a quien ninguneaba y se imponía-; para el reparto -desde profesionales como Trevor Howard, ante quien se tapaba los oídos para no escuchar sus réplicas, hasta a admiradores suyos como Richard Harris-, y para el equipo en general -que debía someterse a sus designios, que iban desde cortar la escena cuando a él le apetecía hasta fletar aviones a Tahití para abastecer de lujos y alcohol sus parrandas polinesias-. Milestone, que jamás volvería a ponerse al frente de otro largometraje, calculó que el mito viviente generaría un coste de unos seis millones de dólares a la producción.

Y todo ello para que, finalmente, el público y la crítica hicieran mofa de su fingido acento británico, hasta el punto de acusarle poco menos que de sabotear la película. No obstante, Rebelión a bordo obtendría siete nominaciones a los Óscar en una edición que, en cualquier caso, quedaría dominada por Lawrence de Arabia.

         Rebelión a bordo es una superproducción que llevaba a la pantalla por cuarta vez el motín de la tripulación de la Bounty contra el tiránico mandato del capitán William Bligh, ocurrido en 1789 -todavía quedaría una quinta versión, Motín a bordo, dirigida por Roger Donaldson y con Anthony Hopkins y Mel Gibson liderando el elenco-. El boato de la recreación histórica no es óbice para el cuidado de las relaciones íntimas de los personajes y el retrato de la vida en cubierta, que se torna opresiva hasta estallar definitivamente en unas asfixiantes semanas de tormenta en el Cabo de Hornos, contraste abrupto frente a la calidez y la sensualidad que se respirará luego durante la aparente tregua de Tahití.

Aunque esta ambición quizás derive en un metraje excesivamente dilatado y descompensado -probablemente por los citados avatares de la producción-, de este modo se consigue una evocadora ambientación al mismo tiempo que se perfila adecuadamente la distancia entre Bligh (Howard) y la marinería. La cuña que los separa agresivamente proviene un mando cruel que, dentro de una misión antiépica -transportar unos esquejes de árbol del pan a Jamaica para nutrir a una mano de obra esclava que luego se negaría en redondo a comer tal cosa y de hecho también se amotinarían por ello-, parece atender a unas obcecadas razones maquiavélicas, pero razones al fin y al cabo, y cuya presencia perdura incluso cuando desaparece del plano.

En paralelo, divo y etéreo a uno y otro lado de la cámara, los aires que Brando le confiere a este segundo oficial Fletcher Christian componen un retrato ambiguo y equívoco que resulta bastante sugerente en su contraposición con el rocoso e inflexible Bligh. Aunque, en cambio, no termina de funcionar en el desenlace de la obra.

         Al menos, Brando conoció y se casó con su tercera esposa, Tarita, con quien mantendría un también tormentoso matrimonio hasta 1972.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 7,3.

Nota del blog: 7.

Kon-Tiki

15 Jun

“No he hecho nada por ansia de aventura, todas mis expediciones han tenido un objetivo científico.”

Thor Heyerdahl

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Kon-Tiki

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Kon-Tiki

Año: 2012.

Directores: Joachim Rønning, Espen Sandberg.

Reparto: Pål Sverre Hagen, Anders Baasmo Christiansen, Tobias Santelmann, Gustaf Skarsgård, Odd Magnus Williamson, Jakob Oftebro, Agnes Kittelsen.

Tráiler

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            Uno, que en su día estudió para arqueólogo, sabe un tanto acerca de la abismal distancia  existente entre ser Indiana Jones –figura recurrente en las justificaciones de tan especial materia frente a escépticos extraños, que en mi caso era sustituida por eventuales encuentros con una sosias de Lara Crofty realizar un trabajo de campo real, todo rutina y paciencia excavadora, mundano devaneo cerebral e incontables horas de laboratorio, lectura y moreno de flexo.

Sin embargo, de vez en cuando surgen ejemplos que reconcilian al arqueólogo con su espíritu aventurero. La expedición de la Kon-Tiki, la más célebre muestra de arqueología experimental, es uno de esos casos deslumbrantes.

Con ella, el antropólogo noruego Thor Heyerdahl trataba de probar la posibilidad de que la colonización de la Polinesia hubiera sido efectuada por parte de oriundos de Sudamérica y no de Asia, como sostenían las principales corrientes teóricas del momento. El método de investigación: navegar a la deriva los 8.000 kilómetros que separaban el puerto peruano de El Callao de los atolones coralinos de la PolinesiaRaroia acabaría por ser su destino- a bordo de una balsa de troncos. 

            Arqueología épica, realizada por un equipo de convicción sobrehumana -aparecen entre los tripulantes héroes de la Segunda Guerra Mundial como Torstein Raaby, partícipe en el hundimiento del acorazado Tirpitz, y Knut Haugland, que había saboteado la creación de la bomba atómica alemana en Telemark-, y que necesariamente era carne de Séptimo Arte. Prueba de ello es su conexión con los Oscar por medio de Kon-Tiki, filmación del periplo por sus partícipes y galardonada en 1950 con el premio a mejor largometraje documental, y la nominación de esta segunda Kon-Tiki, ya relato de ficción y parte de la terna seleccionada para la estatuilla a mejor película de habla no inglesa en la última gala de la Academia.

            Todavía pendiente de estreno en las salas españolas, Kon-Tiki recupera con firmeza, estilo, buen pulso y alguna que otra licencia dramática la epopeya marina de estos intrépidos escandinavos.

El apreciable –que no espectacular- sentido aventurero, superviviente del posible acartonamiento derivado de la cuidada atención estética y la aridez propia de su reducido escenario y argumento, convierte al filme en un entretenido acercamiento a esta hazaña científica moderna, en la que se identifica al descubridor con una obstinación y perseverancia privilegiada pero que posee el reverso amargo de la soledad sentimental.

La aventura como pulsión existencial e innata, la vida como búsqueda incesante e insaciable.

           No alcanza toda la trascendencia metafísica que se podría extraer de esta odisea homérica, del conflicto del hombre contra barreras colosales como son los elementos naturales o las convenciones científicas y sociales, mientras que la exploración de personajes queda en el bosquejo superficial, pero ello tampoco es óbice para disfrutar de este interesante y didáctico relato.

           Finalmente, las hipótesis de Heyerdahl sobre la colonización sudamericana de la Polinesia serían refutadas.

 

Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

La taberna del irlandés

5 Jul

“Nunca pensé en lo que hacía en términos de arte, o esto es grande o estremecedor, o cosas por el estilo. Para mí siempre fue un trabajo, que yo disfruté enormemente, y eso es todo.”

John Ford

 

 

La taberna del irlandés

 

Año: 1963.

Director: John Ford.

Reparto: John Wayne, Elizabeth Allen, Lee Marvin, Jack Warden, César Romero, Dorothy Lamour, Jacqueline Malouf.

Tráiler

 

 

            El director John Ford y John Wayne, su alter ego ante las cámaras, emprendían la última de sus numerosas y memorables aventuras. Será esta una aventura tropical apacible, sencilla y desenfadada, de suaves y cálidos tonos crepusculares, que encuentra a un otoñal John Wayne, veterano de guerra, regentando una cochambrosa cantina en una recóndita isla de la Polinesia francesa, lugar que Ford ya había transitado en Huracán sobre la isla –de la que del mismo modo recupera para un pequeño papel a Dorothy Lamour, cantante y actriz ligada a ambiente exótico y hawaiano-.

            Un pacífico paraíso en el que los últimos y testimoniales rescoldos de un pasado violento y azaroso, traslación también en la propia carrera del director y el actor, son una tradicional pelea que se repite y perpetúa cada año como celebración de una onomástica compartida entre Wayne y un viejo compañero de fatigas interpretado por otro de los grandes tipos duros del cine, Lee Marvin, en la que se diría una reproducción entrañable y amistosa del épico y arcaico duelo entre Tom Doniphon y Liberty Valance.

            John Ford entremezcla así dos de sus temas favoritos, las postales idílicas y las peleas de bar, con una trama familiar y romántica de herencias millonarias y encontronazos explosivos entre la fría rigidez del urbanita y la cálida tolerancia isleña con engaños bienintencionados y aprendizajes vitales de por medio.

Una línea argumental modesta, previsible, con detalles un poco caducos –los detractores de Ford encontrarán munición de sobra, y con razón aquí, para tacharle de machista- y en la que Wayne no queda ya demasiado creíble como galán, pero que, a pesar de todo, no impide que La taberna del irlandés resulte una obra simpática y disfrutable, rodada con el buen gusto característico del cineasta.

            Aún así, permanece la sensación de que lo mejor del filme no es la relación entre Wayne y la chica, sino aquella más escueta entre Wayne y Marvin, pura dinamita apaciguada por la somnolienta y melancólica calma del trópico paradisíaco.

 

Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 7.

Los descendientes

25 Feb

“Quizás haya un problema en el mundo si hacer películas pequeñas, simpáticas y humanas es considerado un logro. Debería ser la norma.”

Alexander Payne

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Los descendientes

Año: 2011.

Director: Alexander Payne.

Reparto: George Clooney, Shailene Woodley, Amara Miller, Nick Krause, Robert Forster, Judy Greer, Matthew Lillard

Tráiler

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            Los continuos sinsabores de una existencia que promete lo sublime y en demasiadas entrega lo patético crean sobre el hombre una coraza de aislamiento, destinada a proteger la fragilidad de su espíritu, sedándolo en vida, convirtiéndole en mero espectador de su propio devenir. Sin embargo, ante las verdaderas tragedias de la vida, materializadas en la desorientadora viudez (A propósito de Schmidt), en la soledad desesperada por la continua frustración (Entre copas), en el infortunio imprevisible y devastador, el desengaño ante una felicidad ilusoria y no sentida y el desarraigo (Los descendientes), siempre definidas por el peso abrumador de la soledad, estas endebles defensas se desvanecen, se reactivan los resortes del individuo, devolviéndole, con cruel dureza, la consciencia de su propia vida.

En el caso de Matthew King (George Clooney), último de un linaje de terratenientes blancos de Hawaii, será la agonía de su esposa, en coma irreversible tras un accidente náutico. Un drama que propicia la posibilidad de viaje catárquico, salvaguardado por la excusa de encontrarse cara a cara con el hombre con el que ella le era infiel.

           El fin de una vida que acabó por tornarse en un misterio indescifrable fruto de esa barrera profiláctica contra la dura cotidianeidad, el fin de un narcotizado y aparente sueño, el fin imperdonable de una tierra idílica. Sobreponerse a la oscuridad, encontrar los rayos de luz que discurren entreverados en ella. Respirar hondo, retomar el timón y encontrar de nuevo el rumbo. Replantearse la odisea, trazar nuevos mapas, encontrar nuevos tesoros. Desentrañar el sentido de algo que parece no tenerlo, si es que acaso lo tiene.

            Payne observa, captura y reproduce la complejidad del sentir humano, con lucidez, sin falsedades, sin recursos melodramáticos baratos, con profundidad escondida tras una engañosa sencillez. Porque un grito de dolor no es más desgarrado por sonar más alto.

La grandeza de los pequeños detalles, que son los que sirven para dar forma y ensamblar la incomprensible y angustiosa realidad, trazada por miles de situaciones, sentimientos y reflejos, complementarios y contrapuestos entre sí. La evolución de la marea de emociones que embarga el corazón de quien no encuentra el camino o simplemente lo ha olvidado, ya siempre está ahí, empedrado de nuevas esperanzas que permanecían invisibles, ocultas, o no apreciadas en todo su valor.

Un trabajo de fina artesanía, de una delicadeza exquisita en la forma y en el fondo, acompasados a la perfección, con sutileza y elegancia; engrandecido por un reparto en estado de gracia encabezado por un Clooney que llena de matices a un personaje rico de por sí –perfección en el retrato de caracteres que se traslada también a los secundarios y accesorios, incluidos los que se presumían de inicio más extravagantes- en su búsqueda de algo a lo que aferrarse en su deriva, en su peregrinación por un paraíso sombrío –Hawaii como simple extrapolación de un universo contradictorio para un relato prácticamente atemporal y aespacial-.

             Un sensible canto existencialista sobre un segundo nacimiento, también marcado por las lágrimas y el llanto. Lidiar con lo malo, disfrutar con lo bueno. Decidir, sentir, vivir.

Payne consigue de nuevo una cinta que consigue calar en el sentimiento, que conmueve, que deja huella.

 

Nota IMDB: 7,7.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 8,5.

Huracán sobre la isla

9 Feb

“La más estricta justicia no creo que sea siempre la mejor política.”

Abraham Lincoln

Huracán sobre la isla

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Año: 1937.

Director: John Ford.

Reparto: Jon Hall, Raymond Massey, Dorothy Lamour, Thomas Mitchell, Mary Astor, C. Aubrey Smith, John Carradine.

Tráiler

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            En cierto punto de la película, el sacerdote cristiano del ficticio atolón de Manakoora, en la Polinesia Francesa, descerraja al gobernador que lo hostiga, ley en mano: “hay cosas más grandes que los gobiernos, algo más profundo, más real”.

Y es que no, Huracán sobre la isla no es una cinta de aventuras exóticas en los Mares del Sur. Es un drama que refleja, como tantas otras posteriores en su trayectoria, el conflicto entre el individuo y el Estado desde el prisma del declarado humanismo liberal que el libertario John Ford ejercía e impregnaba a sus películas, pese a no escribir prácticamente nunca el guion de las mismas.

            Ese entorno idílico de la Polinesia no es sino la excusa para enfrentar la bondad natural del ser humano como individuo contra la supuesta civilización. Así, el simbólico nativo Terangi (un caucásico Jon Hall), un hombre bueno, el último de los hombres libres, será oprimido primero por la cárcel tahitiana, a la que va a dar por defender su honor frente a un prohombre colonial, racista, y más tarde por la excesiva rectitud del gobernador DeLaage (Raymond Massey, el hombre que se parecía a Karloff), que se niega a liberarlo o dejarlo escapar una vez fugado.

Son ambos, representantes de una metrópoli occidental cuyos valores y principios no tienen ni sentido ni cabida en esas islas paradisíacas donde el buen salvaje prefiere regir su vida por bailes más que por perversiones de creación “civilizada” –el poder público en todas sus formas y extensión-, que solo consiguen subyugar o minar la bonhomía original de este.

            Ford, siempre cuidadoso en la construcción de personajes, no hace de DeLaage un villano al uso. Él es también un buen hombre. De hecho, es tan íntegro con aquello que defiende –el Estado, el verdadero Leviatán, en suma-, se encuentra unido indisociablemente a su escala moral. Esta consideración es lo que le lleva a perder la perspectiva lógica con la que debería funcionar una legislación al servicio del individuo, como simple instrumento garante de la convivencia. Antepone, pues, la Ley, entendida como principio pero también como fin, al sentido común de los valores humanos. Hace de un asunto público un conflicto personal –está es una de las razones por las que se reserva a los tribunales un margen de interpretación de la legislación-.

En cierta manera, Huracán sobre la isla recuerda a ese sentido de Justicia injusta, derivada de su aplicación literal e inflexible, cuyo acoso padecía Paul Muni en Soy un fugitivo. No es casual que, donde aquel se había visto forzado desde su carácter inicial de hombre honrado a robar para sobrevivir en la parte final del filme, aquí aparezca otra frase en boca de ese mismo cura (C. Aubrey Smith) dedicada al prófugo Terangi: “Tu no eres perverso, te hicieron perverso”.

            Un crescendo de tensión y enconamiento en el que el director del parche aplica su pulso de hierro hasta que deriva finalmente en un huracán como metáfora de la inutilidad de la civilización en un entorno al que no pertenece -reforzando y quizás llevando demasiado al extremo la idea planteada anteriormente mediante la alegoría del sombrero de seda en medio de un tornado-, clímax también reservado a la concesión de una espectacularidad –y qué espectacularidad, difícilmente superable en su potencia sobrecogedora pese a su antigüedad- necesaria como gancho para un público que asistía a un aparente nacimiento del cine catastrófico –San Francisco, Chicago, Vinieron las lluvias, Tifón,…-.

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Nota IMDB: 7,3.

Nota FilmAffinity: 6,8.

Nota del blog: 7,5.

Rapa Nui

7 Oct

“El hombre es la criatura que Dios hizo al final de una semana de trabajo, cuando ya estaba cansado.”

Mark Twain

 

 

Rapa Nui

 

Año: 1994.

Director: Kevin Reynolds.

Reparto: Jason Scott Lee, Sandrine Holt, Esai Morales, George Henare, Eru Potaka-Dewes, Anzac Wallace.

Tráiler

 

 

            Kevin Reynolds, habitual director de Kevin Costner en películas como ¿Dónde dices que vas?, Robin Hood, príncipe de los ladrones y, más tarde, Waterworld, hace uso ahora de su buen entendimiento y amistad con el popular actor, aquí en labores de producción, para llevar a cabo un proyecto en el que tomará los mandos desde la idea original hasta la dirección para elaborar una película en clave de fábula que retrata la decadencia de la paradisíaca isla de Rapa Nui, la Isla de Pascua, en los momentos previos a su descubrimiento por el hombre blanco. Un nombre que significa “el ombligo del mundo” y que, como tal, propone una representación extensible a todo el ser humano, el ser elegido por Dios para gobernar el Universo a su antojo, como hijo único.

            Más allá de la probada autenticidad de muchos de los hechos recogidos –no tanto la exactitud histórica de las tradiciones que aparecen representadas-, Rapa Nui, como todo cuento moralizante que se precie, presenta unos elementos arquetípicos y una lugares comunes -cosa que otorga al filme un indudable sabor Disney-, como el héroe sensible pero ingenuo que ha de aprender y madurar sobre el conocimiento de la dura realidad, su enfrentamiento contra el antiguo amigo que toma un camino opuesto, en principio noble en sus motivos pero luego cada vez más torcido, fruto de su indignación frente a la injusticia y su amor compartido e imposible por la dama, o las intrigas palaciegas como verdadera muestra de la malvada ambición humana, alimentadas por la cerrazón mental de un dirigente bondadoso pero estúpido, obnubilado por cuestiones ultraterrenas alejadas de toda realidad.

Es así que se ha de dar una lucha entre el Bien y el Mal, la cual vendrá de la pérdida de lo que hace al ser humano merecedor de tal nombre o de su perpetuación, de la mano de otro elemento clásico como es el de la unión amorosa entre dos mundos enfrentados, unos Romeo y Julieta aborígenes que representan la última esperanza de reconciliación entre todos los habitantes de esa isla-mundo, a la vez que se expone un mensaje ecologista sobre el imparable poder depredador de la ignorancia y el salvajismo humano contra la Naturaleza y contra sí mismo.

            No es, por tanto, la película más original de la historia, pero la dirección con buen pulso de Reynolds, un guion que tampoco cae demasiado en el infantilismo a la hora de tratar los temas y unos espacios naturales preciosos hacen que Rapa Nui suponga, cuanto menos, un entretenimiento consistente.

 

Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 6,5.

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