Archivo | enero, 2016

El que recibe el bofetón

29 Ene

“Ríe y el mundo reirá contigo; llora y llorarás solo.”

Ella Wheeler Wilcox (Soledad)

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El que recibe el bofetón

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El que recibe el bofetón

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Año: 1924.

Director: Victor Sjöström.

Reparto: Lon Chaney, Norma Shearer, Marc MacDermott, John Gilbert, Tully Marshall, Ruth King, Ford Sterling.

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            El que recibe el bofetón es el primer filme desarrollado íntegramente –que no estrenado- por la ‘major’ hollywoodiense Metro Goldwyn Mayer. Se trata de una obra de prestigio compuesta a partir de un texto del dramaturgo ruso Leonid Andréiev, dirigida por un cineasta importado por el imperio del cine, el sueco Victor Sjöström –Seastrom, a este lado del Atlántico-, y protagonizada por un elenco de estrellas de aquel entonces encabezadas por uno de los actores más expresivos y talentosos del periodo mundo como Lon Chaney; todo ello bajo la atentísima mirada del mandamás Irving Thalberg –tal será su control que acabará convirtiendo en su mujer a la joven actriz Norma Shearer, más tarde conocida como ‘la Primera dama de la MGM’-.

            Nadie como ‘el hombre de las mil caras’ para encarnar el descenso a los infiernos de la locura de un científico parisino desgarrado por la doble traición perpetrada por el pérfido barón Regnard (Marc MacDermott), quien en su absoluta iniquidad acomete el robo de sus revolucionarias ideas sobre antropología y la conquista artera de la amada esposa del estudioso. De eminencia a las puertas de la inmortalidad a triste payaso sin consuelo, incapaz de ser tomado en serio.

Este planteamiento inicial, desarrollado de manera un tanto ingenua –como lo es buena parte del argumento, un tanto envejecido-, se articula como uno de esos melodramáticos desmoronamientos de la dignidad humana que con tanta fuerza personificaría el histrión alemán Emil Jannings en dramas como El último, La última orden o El ángel azul. Es decir, la condena justa para una especie que, apunta con extremada crueldad el discurso, parece definirse por su placer ante el sufrimiento de sus semejantes, materializado en los bofetones físicos, mentales y espirituales que recibirá el protagonista de la función. Pero el indiferente mundo sigue girando, y el caprichoso Destino con él, advierte Sjöström en los expresivos fotogramas ajenos a la acción y que actúan a modo de signos de puntuación y elipsis.

            En este sentido, más allá de las palizas evidentes que recibe en su número el infortunado payaso, se husmea en El que recibe el bofetón una violencia electrizante, que dibuja un fondo de escenario crispado y malsano donde, a pesar de la aparente comedia del primer plano, palpita con rotundidad la inminencia del estallido definitivo, de la tragedia catárquica. En este caso de una tragedia redentora, con el protagonista ya con la suficiente lucidez para percatarse por fin del funcionamiento de este universo condensado bajo la carpa del circo –en parte al estilo de las grandgignolescas producciones coetáneas de Tod Browning, muchas de ellos también con Chaney en el rol principal- y así actuar en consecuencia como una fuerza cósmica benéfica y reparadora.

            Sostiene a la película el vigor de las imágenes arrojadas por Sjöström, fundadas sobre una simbología tan obvia como, cabe decir, poderosa. El corazón deshilachado, el vil dinero, el león que clama por ser liberado –curiosa coincidencia, puesto que ésta en la cinta donde precisamente aparece por primera vez del icónico león Leo como logo de la casa-. A partir de su confrontación y confluencia por medio del argumento o directamente del montaje –el collar de perlas y el collar de flores; los besos apasionados y el padre que manosea un fajo de billetes-, surge una intensa narración que también regala imágenes de notable lirismo y significancia –el festín campestre devorado por las hormigas-.

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Nota IMDB: 7,8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 7,5.

Límite: 48 horas

28 Ene

La madre de las buddy movies y uno de los mayores éxitos de su director, que además dispararía al estrellato a Eddie Murphy (tiempos…). Límite: 48 horas para la primera parte del especial Walter Hill de Cinearchivo.

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La juventud

26 Ene

“No hay un final. No hay un principio. Solo existe la infinita pasión por la vida.”

Federico Fellini

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La juventud

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La juventud

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Año: 2015.

Director: Paolo Sorrentino.

Reparto: Michael Caine, Harvey Keitel, Rachel Weisz, Paul Dano, Jane Fonda, Alex Macqueen, Roly Serrano, Madalina Ghenea.

Tráiler

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            La vejez, la soledad, el remordimiento, la ilusión, el desencanto, la trascendencia tras la muerte. Paolo Sorrentino prosigue el itinerario existencialista que, a tientas pero con honestidad –otra cosa son sus resultados-, traza desde Un lugar donde quedarse, prolongado a continuación por su exitosa La gran belleza. Obviamente ya poblaban su filmografía precedente personajes en eterna duda, como el mortecino Titta di Girolamo de Las consecuencias del amor, quien se dejaba arrastrar por la vida hasta que, inesperadamente, encontraba en el amor el deseo redivivo de luchar por sí mismo.

            El director de orquesta Fred Ballinger (Michael Caine) y el director de cine Mick Boyle (Harvey Keitel), protagonistas de La juventud, son, al igual que los anteriores, personajes inmersos en las garras de la crisis existencial, encerrados en una especie de bucólico purgatorio de los Alpes suizos donde, de mejor o peor gana, agonizan a la espera de sus respectivos dos metros de tierra, sea con el anhelo de dejar algo tras de sí a modo de testamento –le importe a alguien o no- sea en cambio con la desidia de quien, como Di Girolamo -que también agostaba sus días en un hotel-burbuja-, afronta vacío de emociones y entusiasmos el otoño de una vida que quizás no haya tenido sentido ninguno, por más que pareciera por momentos capaz de intuirse como una hermosa sinfonía.

El arte, el sexo, el intelecto, los lazos sentimentales, la huella creada en el prójimo, la discreta alegría de la frivolidad. Ballinger y Boyle repasan su hoja de servicio, filtrada por una memoria que no se sabe si es olvidadiza, prejuiciosa o sabia, y tratan de evaluar qué cosa de todo ello aporta, al menos mínimamente, cierta satisfacción en el proceloso mar de incertidumbres, cierto orden dentro del caos más desalentador, cierto consuelo contra la arbitrariedad del cosmos.

            La exploración que traza La juventud es más interesante -o, dicho de otra forma, está planteada con mayor refinamiento y sensibilidad- que la de La gran belleza, una obra tendente a la obviedad en los aparatosos retablos con los que se ilustraba el retorno de Gambardella a su Rosebud perdido y ansiado –el romance límpido y juvenil como esencia de la vida, en aquel caso-. La cinta arranca con determinación, excelentemente envuelta en una niebla de melancolía, desengaño, tristeza y vulnerabilidad, apuntando asimismo certeras y conmovedoras ideas en el paso de los fotogramas, y todo ello potenciado por la colosal interpretación de Caine.

Pero, andando el metraje, en vez de profundizar o despegar definitivamente –como le sucede simbólicamente al descontento actor que encarna Paul Dano-, el drama tiende a la redundancia, a dar vueltas en círculo en su recorrido desorientado. Da la impresión de que no es tanto una reproducción de los palos de ciego de los personajes –dueños de inquietudes y terrores universales que abarcan desde el individuo más insignificante hasta un orondo y falible dios sobre la Tierra como Diego Armando Maradona-, sino más bien por la impotencia para alzar la vista por encima de las descomunales montañas que encierran el balneario y aprisionan a los dos amigos, presos también de un sinfín de achaques físicos o espirituales. Entonces, la pesadumbre se torna pesadez; la aventura introspectiva, ensimismamiento; las ideas entreveradas, explosiones de explicitud verbal; el vigor, flaccidez.

            Probablemente se le pueda imputar aquí a Sorrentino, quien aún no alcanza los 45 años, la falta de una necesaria experiencia vital propia –acusación que bien valdría, reconozcámoslo, para un servidor en su cometido de comentar la propuesta-. El cineasta napolitano se muestra expresivo en la puesta en escena, elocuente y elaborada. Es hasta más precisa dentro de ese onirismo felliniano que, no obstante, todavía tiene mucho de autocomplaciente y con cuya exhibición orgullosa evidencia filiaciones evidentes y trata de impulsar esa concepción mediterránea –y con ello concupiscente, circense y voluptuosa- de la existencia –en este sentido, no hay más que contraponerla por ejemplo con la asexualidad y la asepsia afectiva de los pavorosos intelectuales del nórdico Ingmar Bergman-.

Pero divaga sin concisión, abandonando a la orfandad personajes y caminos, y deambulando al albur de la ocurrencia y sus limitaciones por un terreno que se siente siempre importante, elevado y grandilocuente y donde el autor, cuando no encuentra la salida dentro del misterio en el que ha osado penetrar –cosa natural, imposible de echársela en cara a nadie-, lanza a bulto, en un torpe intento de escape, un par de frases de autoayuda acerca del deseo –otra demostración de la cojera del personaje-observador de Dano, puesto que la idea ya había quedado sintetizada de manera mucho más contundente, que no elegante, por la lubricidad de Madalina Ghenea-. Eso sí, ya con consciencia y dignidad recobradas, Sorrentino se repliega luego para no ofrecer más respuestas groseras, concediendo al espectador ese margen de maniobra imprescindible para que él también emprenda por su cuenta una posible autorreflexión.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 6.

Los odiosos ocho

25 Ene

“La moda es la manada, lo interesante es hacer lo que a uno le da la gana.”

Luis Buñuel

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Los odiosos ocho

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Los odiosos ocho

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Año: 2015.

Director: Quentin Tarantino.

Reparto: Samuel L. Jackson, Jennifer Jason Leigh, Kurt Russell, Walton Goggins, Tim Roth, Michael Madsen, Demián Bichir, Bruce Dern, Channing Tatum.

Tráiler

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            Supongo que el asunto con Quentin Tarantino es hasta qué punto uno es capaz de soportarle a él, a su personalidad invasiva, a cambio de disfrutar de una de sus ingeniosas historias, representadas con abrumadora torrencialidad e incontenible pasión. Porque, a la par que desarrolla su excepcional capacidad para contar, refundir y alumbrar relatos, Tarantino también abrasa a su audiencia con cargantes apartes en los que explica cuáles son las películas con las que alimentaba su cinefagia en el videoclub, destripa repelentes y onanistas autorreferencias, cuela canciones con calzador para seguir dando gusto a su fetichismo nostálgico –las cuales, cabe reconocer, suelen aportar momentos de disfrute a posteriori, escuchándolas ya en casa-, invita a participar a lamentables amigotes –como Michael Madsen-, se le va la mano con hipérboles innecesarias –el gore- y siente la necesidad de elevarse por encima de la historia en cuestión dando la nota con exhibicionismos tales como los capítulos señalados con intertítulos, una repentina voz de narrador omnisciente o el ensayo de variaciones tonales –el flashback de la mercería- que, por un momento, rompen el hechizo creado y devuelven la atención del público hacia este demiurgo egoísta que le recuerda que, si está jugando con uno de sus juguetes, es únicamente porque así le sale a él de la entrepierna.

            Hasta ahí, las cartas sobre la mesa. Luego, dicho esto, si a Tarantino uno le quiere como es –o al menos le tolera-, eso significa que puede disfrutar de varias horas –aquí casi tres- de entretenimiento trepidante, gamberro y dueño de un extraño y particularísimo sabor que proviene de la acertada mezcla de ingredientes olvidados o despreciados con una sensibilidad propia, desarrollada por el estudio minucioso y obsesivo del cine, sus rudimentos y su potencial de fascinación. Los odiosos ocho supone una nueva inmersión del cineasta en el universo del western sucio, aunque a decir verdad, como uno de sus sempiternos y agitados pastiches, en ella confluyen mimbres del noir y la intriga al estilo de El bosque petrificado o Cayo Largo –o incluso su opera prima Reservoir Dogs-, películas claustrofóbicas, planteadas en un único escenario y con un amenazador suspense que resolver por lo civil o por lo criminal –ante tanta violencia y misterio no está de más citar tampoco La cosa (El enigma de otro mundo), filme de terror nevado que protagonizaba precisamente Kurt Russell y mencionada insistentemente por el mismo Tarantino, ansioso por desmenuzar su imaginario y su proceso creativo, para variar-.

            Fundada a partir del cobro de la recompensa por la cabeza de una peligrosa mujer (Jennifer Jason Leigh) como eje vertebrador, y con reverberaciones audibles de los traumáticos e irreconciliables cañonazos de la Guerra de Secesión estadounidense, todavía sin sofocar, Los odiosos ocho arroja contra la pantalla una elaborada pieza de cine donde la cuidadosa construcción de cada personaje y de su ambigüedad, confrontada a continuación en una especie de partida de Cluedo o de Risk -todo estrategias, alianzas y giros que atañen asimismo al espectador, progresivo conocedor de la naturaleza de los contendientes-, fructifica en una propuesta por completo absorbente y divertida.

En este aspecto, la poderosa dirección de Tarantino aporta siempre la atmósfera apropiada para cada fase de la función, engrasando su férrea evolución dramática para que la maquinaria avance sin piedad, sin hacer prisioneros y sin que nadie se acuerde en la sala de que lleva un reloj en la muñeca. Las evocaciones del guion se subliman así por una puesta en escena de enorme fuerza visual, dominio de la sensorialidad en sentido amplio –el sonido, la música de Ennio Morricone, la sordidez palpable- y carisma interpretativo por parte de una troupe entonada en líneas generales –algo más tópica Leigh, Madsen con su incompetencia habitual, Walton Goggins caricaturesco en su tradicional rol de sureño ‘red neck’ pero atractivo y no inadecuado a efectos prácticos-.

            De este modo, aunque todavía imperfecto por la incidencia de los irrefrenables excesos del autor y que lastran su consagración definitiva como indiscutible obra mayor, el artefacto consigue conservar el equilibrio entre sensatez, talento artístico, temperamento propio y delirio desatado que quizás se echaba en falta en la precedente Django desencadenado –poseedora de una soberbia primera mitad que se tornaba un tanto fatigosa una vez atravesado el ecuador del metraje-.

Imagino pues que, para un servidor, el precio a pagar es justo.

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Nota IMDB: 8.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 8.

La batalla de Argel

24 Ene

“A medida que envejeces te resistes a volverte pesimista, pero tienes que entender el viejo dicho: si no prestas atención a la Historia, estás destinado a repetirla. Y es verdad, porque la mayoría de la gente no presta atención a la Historia.”

Clint Eastwood

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La batalla de Argel

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La batalla de Argel

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Año: 1965.

Director: Gillo Pontecorvo.

Reparto: Brahim Hadjiadj, Jean Martin, Yacef Saadi, Samia Kerbash, Ugo Paletti, Fusia El Kader, Mohammed Ben Kassen.

Filme

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            Vista desde hoy, con los atentados del 14 de noviembre en París aún calientes, La batalla de Argel se convierte en una experiencia pavorosa. La radicalización irracional, el cisma cultural irreconciliable, el combate a muerte y sin cuartel plasmado en explosiones terroristas en estadios abarrotados. Uno contempla el fruto del odio, tan vívido hace cincuenta años como antes de ayer, y se estremece al ver reflejado el presente de manera tan directa y tan brutal –la secuencia del hipódromo, la de la ambulancia secuestrada, las ejecuciones a sangre fría,…-. Pero queda perturbado también por la comprensión de que aquella guerra de hace medio siglo es, sino la misma, cuanto menos una descendiente casi calcada, apenas con cambios puntuales en la localización del tablero en lo que respecta a algunas de sus piezas.

De aquellos polvos estos lodos. El eterno retorno de la sinrazón. El caos que no cesa. La incapacidad para cerrar heridas que se infectan progresivamente; la perpetuación de injusticias travestidas con distintos disfraces.

            La batalla de Argel, producción italiana y argelina, es la reconstrucción de parte de la lucha de descolonización y recién obtenida independencia del país magrebí contra la metrópoli francesa, por entonces un imperio agonizante –sobrevuela el escenario el fantasma Dien Bien Phu, derrota que había significado el traumático fin para las posesiones coloniales de Indochina- pero que todavía consideraba este territorio norteafricano prácticamente como una parte integral del núcleo de la nación. Su espíritu inicial, dado el origen de la producción, es esencialmente propagandístico, de homenaje hacia la sublevación heroica de un pueblo contra sus ilegítimos ocupadores –postura considerada perfectamente lícita, a ojos de la Historia-. Su realizador, Gillo Pontecorvo, es además una de las figuras más destacadas del cine de compromiso italiano de la época, que mostrará de nuevo su conciencia antiimperialista tres años después del estreno de la presente en una película relativamente olvidada como Quemada! amén de su inquebrantable posicionamiento antifascista en su recreación del asesinato del almirante José Carrero Blanco en la posterior Operación Ogro.

            Con todo, el posicionamiento del filme ante los hechos no es inmaculadamente maniqueo, a pesar de recurrir a ciertas artimañas propias del cine épico politizado hollywoodiense –por ejemplo, la sensiblera utilización de la banda sonora o que los guerrilleros argelinos de uno u otro sexo sean tan fotogénicos-. Una tendencia que, en ocasiones, queda en parte secundada por el estilo y el espíritu neorrealista de la cinta, corriente que se arroga la defensa del desfavorecido o el incomprendido por el sistema hegemónico y donde la crudeza formal –incluidos insertos documentales, principal arma de combate de Pontecorvo- se fusiona violentamente con la sensibilidad emocional que consiguen plasmar los fotogramas –es capital el empleo de los rostros y la expresividad sin filtrar de estos actores no profesionales, entre los que aparece hasta uno de los fundadores del Frente de Liberación Nacional argelino, Saadi Yacef; así como el potente dramatismo que proporciona el juego con los afilados contrastes del blanco y negro, con la luz, la cal y la tiniebla-.

            Sin embargo, decíamos, dentro de esa naturaleza glorificadora, la cinta arroja unas penetrantes e incómodas sombras que se van apoderando de la narración según se avanza en la guerra de liberación, conducida por la férrea mano del cineasta –aparte de descarnada, la función es entretenida, compuesta con encomiable pulso-. La conciencia humana de Pontecorvo y el guionista Franco Solinas -otro de los abanderados del compromiso- están también fuera de toda duda, más allá de su óptica política por entonces asimilada, como la de la izquierda socialista y comunista en general, a la par de los movimientos de descolonización y contrarios al neocolonialismo.

En consecuencia, desde la presunta pureza de los nativos levantados por su libertad –ya amenazados por el siniestro moralismo que barniza escenas como la del hombre borracho-, se asoma el cabo de una espiral obsesiva y desalentadora. Lacerante y horrenda. No solo exacerbada por el bando colonial, que mantiene la posición parapetado tras numerosos abusos y torturas admitidas como consecuencia inevitable para un objetivo falaz o (solo) egoístamente justificado -tanto o más cuando los brazos ejecutores de la contrarevolución son antiguos miembros de la heroica Resistance y supervivientes del horror nazi, apuntarán Pontecorvo y Solinas, quienes habían abordado precisamente ese imperio del mal absoluto en Kapo y que parecen reflexionar ahora, con profundo pesar, las tornas cambiantes que propicia la historia, la política y la voluble moral de los hombres-. Así pues, aunque tampoco sea con exacta simetría, el bando supuestamente loado se empareja al verdugo en esta danza macabra que iguala en crueldad y locura a ambos, describiendo una paulatina destrucción de ideales y deshumanización del conflicto a medida que comienzan a aparecer fotogramas paralelos a uno y otro lado –las víctimas civiles, encarnadas en último término por la inocencia infantil-.

            De aquellos polvos estos lodos. El eterno retorno de la sinrazón. El caos que no cesa.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 8.

Nota del blog: 9.

Permanent Vacation

22 Ene

Comienza aquí el itinerario por la primera obra de un director de itinerarios: Jim Jarmusch. Desde este debut con Permanent Vacation hasta su obra cumbre, Ghost Dog: el camino del samurái, los capítulos de este camino irán apareciendo en Ultramundo, maquetaditos y con fotogramas selectos.

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Fuga sin fin

20 Ene

“Al final, el mundo viejo sucumbe a la vitalidad del mundo nuevo, como debe ser.”

Omero Antonutti

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Fuga sin fin

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Fuga sin fin

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Año: 1971.

Director: Richard Fleischer.

Reparto: George C. Scott, Tony Musante, Trish van Devere, Colleen Dewhurst, Aldo Sambrell.

Tráiler

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           En realidad, tampoco importan demasiado las (escasas) variables argumentales que posee ese subgénero de criminales rocosos, honestos y sobre todo crepusculares que, desde el fin cierto de sus días, se abocan a tumba abierta a la última de sus correrías. Es una vertiente firmemente pautada, con unos códigos y una liturgia muy delimitada que condiciona de manera inexorable un relato que por lo general se fundamenta en la combinación, en distintos grados, de fatalismo y tempus fugit.

Y aun así, a pesar de esta reconocible previsibilidad, es éste uno de los rincones del cine que un servidor disfruta con mayor fruición. El porqué, probablemente, se encuentre así en la potencia del lirismo elegíaco que se logre imprimir en los fotogramas, la melancolía exudada por el antihéroe agotado y por el combate entre su escepticismo de superviviente y la postrera llama de furia o pasión que, de improviso, le devuelve a la contorsionada dimensión de los vivos.

           De título evocador, Fuga sin fin es una nueva revisión de este universo terminal, puro melodrama masculino que bien vale tanto para el western –al fin y al cabo también raíz de la estructura de road movie que posee la presente cinta- como para el noir. Asimismo, su protagonista es un conductor especializado, el más zen de los delincuentes marginales, condenados a cobrarse en B el sueño americano vetado para la mayoría de nosotros -y sí, la vigencia de su mística atraviesa las décadas para encontrarse recientemente en Drive, reflejo en charcos nocturnos y neón de precedentes casi homónimos como Driver-. Como le iluminará la jovencita en el asiento de copiloto, más vale escapar constantemente de la autoridad y de los gánsteres que languidecer a lo largo de otra penosa huida: a la que someten los poderes establecidos –el banco, las facturas, el trabajo, el consumismo- al individuo común.

Si no hay nada que perder, por qué no intentarlo todo una última vez, por más que se marche a combatir contra espejismos improbables –la forma en la que entrega el dinero a su confidente, en la que quema la foto y acomete sus rituales de preparación-.

           El filme conjuga con acierto la elocuente dirección de un artesano dotado como Richard Fleischer –sustituto de John Huston, que abandonó el proyecto por diferencias artísticas con George C. Scott-, una cuidada factura estética –fotografía de Sven Nykvist, banda sonora de Jerry Goldsmithy un guion dueño de una notable ración de frases afiladas y expresivas; todo ello condensado en el rostro de Scott, que aúna en sus hombros el vigor de su pasado criminal y, en sus arrugas, la decepción de un matrimonio hundido y el desgarro de un hijo enterrado.

Aquí, la sempiterna oportunidad de redención para este hombre retirado en el apacible Algarve portugués, lugar donde no pertenece por mucho que lo intente, proviene precisamente de la oportunidad de cerrar estas heridas a partir de un tardío regreso al trabajo –transportar a un preso fugado desde el sur de España hasta la frontera francesa- y de las vicisitudes derivadas de la misión –la inmadurez de este joven que sueña con los grandes gánsteres de los años treinta; el atractivo de la mujer que lo acompaña-.

           De esta forma, la inmersión en la agonía espiritual del conductor, su dignidad inquebrantable y los fulgores de esta resurrección insospechada, concitan el interés de una propuesta donde Scott se halla bien acompañado de Tony Musante y de Trish van Devere, una atípica femme fatale que agrega a su encanto físico una profunda comprensión de la psicología humana. Para el temperamental actor, que accedió a interpretar el papel principal porque le recordaba a las viejas películas de Humphrey Bogart, el proyecto supondrá el salto entre su matrimonio con Colleen Dewhurst –que encarna aquí a la prostituta de buen corazón, el amor melancólico entre desclasados e iguales- y Van Devere, con quien luego compartirá reparto en unas cuantas películas, como El día del delfín, The Savage is Loose o Al final de la escalera

           El vibrante existencialismo de Fuga sin fin, encadenado al rumor del motor de un BMW 506 convertible de 1957, palpita en verbos e imágenes y se funde con el desencanto característico del thriller de los setenta, sin caer además en las tentaciones espurias de una ambientación extranjera caricaturesca –con bastante elegancia dentro de lo exigible, tratándose de territorio ibérico-.

Sobria y doliente, concisa y estilizada a su modo, Fuga sin fin es un pedazo de cine jugoso y con personalidad, disfrutable sin reparo alguno.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6,2.

Nota del blog: 7,5.

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