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El puente sobre el río Kwai

16 Sep

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Año: 1957.

Director: David Lean.

Reparto: William Holden, Alec Guinness, Sessue Hayakawa, Jack Hawkins, Geoffrey Horne, James Donald, André Morell, Ann Sears, Percy Herbert, Harold Goodwin, Keiichirô Katsumoto, M.R.B. Chakrabandhu, Vilaiwan Seeboonreaung, Ngamta Suphaphongs, Kannikar Dowklee, Javanart Punynchoti.

Tráiler

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         Un grupo de prisioneros entra en un campo de concetración japonés, perdido en mitad de una jungla infernal, en perfecta formación y silbando la Marcha del coronel Bogey que, desde su comienzo sin arreglos, termina resonando sinfónica mientras el coronel Nicholson permanece cuadrado frente a sus hombres. Hay un sentido de gloriosa dignidad marcial en un pelotón que se resiste a someterse moralmente al pérfido enemigo. Una batalla psicológica en la que el soldado del Imperio británico, haciendo gala de su estoica flema, debe demostrar al salvaje asiático de qué pasta está hecho. Una arrogancia que lanza su órdago definitivo al reemplazarlo en la construcción de un estratégico puente que comunique Bangkok y Rangún a través del ferrocarril.

El puente sobre el río Kwai no esconde la ironía con la que va deformando este reflejo heroico que, observado desde la suficiente altura -no por nada el filme concluye como se abría, a vuelo de pájaro sobre una selva sobrehumana-, se contempla trasnochado, racista y homicida. El mismo procedimiento se aplicará al mayor Warden, precisamente encargado, al frente de un pequeño destacamento de comandos, de volar toda la infraestructura junto con el convoy que prevé inaugurarla. Y, en su caso, esa desfiguración se produce desde su comportamiento obsesivo, que va adquiriendo tintes más oscuros y violentos a cada paso que da. Podría decirse que los paralelismos y diferencias entre ambos altos mandos son análogos a los que se trazan entre aquellos que, en contraposición, ejercen de brújulas morales del relato: el soldado estadounidense Shears, un buscavidas capaz de anteponer una cita con una muchacha a su deber militar, y el oficial médico que, sobrio y racional, admite no comprender los procederes de Nicholson, lo que se enfatizará con la idéntica réplica que, por su parte, este le dedica en los diálogos.

         El enfrentamiento dialéctico es una herramienta fundamental para establecer las posiciones de los personajes, en especial en ese duelo que libran Nicholson y su par en grado Saito, que concentrará gran parte de la fuerza dramática del filme. Las interpretaciones de Alec Guiness y Sessue Hayakawa aportan los perfectos matices para ir desarrollando la figura del primero como explotador y la del segundo como derrotado. En el clímax, David Lean lo muestra como un hombre cabizbajo que sigue al inglés en silenciosa sumisión, con el peso del harakiri sobre los hombros. Antes, la paz sobre el atardecer en el puente construido ya arrojaba sombras sobre los dos, igualados en esa sensación terminal que embarga el discurso del uno y la posición del otro. Visto el recorrido argumental y la situación histórica del momento, con los procesos de descolonización avanzados, quizás podría considerarse una imagen simbólica tanto de la defección del nacionalismo japonés como de la decadente soberbia imperial. Regresando a las actuaciones, en esta línea también destaca la de Jack Hawkins para dibujar la evolución monomaníaca de un personaje que, de primeras, aparecía afable ante el espectador.

         A diferencia de la novela de Pierre Boulle, adaptada en primera instancia por Carl Foreman y luego, tras las objeciones de Lean y el productor Sam Spiegel, reconducida por otro ‘black listed’, Michael Wilson -aunque ninguno de ellos sería acreditado por un guion que recibiría uno de los siete Óscar conquistados por la película-, la versión cinematográfica, que altera diametralmente el desenlace, redime en última instancia a los personajes -ya sea parcial o totalmente-, dejando hueco a una cierta ambigüedad que ya podía achacarse a esa amable vida del campamento de prisioneros o a algún toque triunfalista en las pequeñas victorias de Nicholson ante su oponente nipón. En cambio, el empleo de la música, a veces a contrapelo de lo que expresa la escena, contradice esta aparentemente honorable rigidez de los militares. Y, en especial, el laconismo con el que resuelve la violencia -bien fuera de plano, bien en un triste silencio- contagia de pesimismo la acción bélica más estricta que rematará en la locura, en el horror.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 7,5.

Aliens: El regreso

12 Sep

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Año: 1986.

Director: James Cameron.

Reparto: Sigourney Weaver, Michael Biehn, Carrie Henn, Paul Reiser, Lance Henriksen, Bill Paxton, William Hope, Jenette Goldstein, Al Matthews, Mark Rolston, Ricco Ross, Colette Hiller, Daniel Kash.

Tráiler

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         La continuación de Alien, el octavo pasajero es el tránsito de una película con espíritu de serie B lustrosa a un blockbuster espectacular. Al frente de esta evolución en la saga se hallaba James Cameron, avalado por otro clásico moderno de la ciencia ficción, Terminator, del cual importaría a los actores Lance Henriksen, Bill Paxton y Michael Biehn. Si en la primera son un puñado de camioneros del espacio los que deben hacer frente a una amenaza sobrehumana, en Aliens: El regreso serán unos marines galácticos los que, con sus músculos definidos por el sudor, sus grandes cañones y sus chascarrillos cuartelarios, tengan la misión de borrar al monstruo de la faz del universo. El terror atmosférico de espacios angustiosos y oscuros, donde el mal acecha escondido, deja su lugar a una sinfonía de explosiones, ametrallamientos y lanzallamas con los que atajar a las hordas enemigas.

         La relativa naturalidad de esos personajes abandonados en un entorno extraño y hostil, que era uno de los principales puntos fuertes de la primera, se pierde en favor de unos caracteres más convencionales pero que se ajustan a las necesidades de esta variación en el tono. Cameron trata de asimilar al espectador a los soldados con una cámara que, en escenas de tensión como la entrada al nido, opera como si fuese un integrante del pelotón, así como con las tomas que proceden de los cascos de los marines, que refuerzan ese punto de vista subjetivo. No obstante, permanece esa noción de que, a la postre, la criatura más peligrosa es el ser humano. “Ellos no se putean los unos a los otros a cambio de un porcentaje”, se llega a sentenciar, en reproche a la personificación de esta multinacional que, en la inauguración, conformaba un abstracto villano de fondo.

En parte, desde ese punto de vista de territorio fronterizo -la colonización espacial- y con la recuperación del tema del asedio que ya establecía conexiones hawksianas en la anterior, Aliens: El regreso conserva lejanas notas de western futurista en una cinta que no trata de reincidir tramposamente en las claves del original, sino en buscar nuevos caminos por los que abrirse paso. Con ellos, se da su forma definitiva a la mitología de la serie, con un desarrollo de la naturaleza del xenomorfo. De hecho, a modo de muestra, es aquí donde se emplea el término por primera vez.

         La acción de corte bélico ochentero, en definitiva, reemplaza a la inquietud constante, a la par que la salvación de una niña ofrece la medida del drama. Sigue manteniendo una espectacularidad visual que evita que se note demasiado la hipertrofia de la narración, rematada con un hiperbólico duelo de reinas, mano a mano, pasado de rosca. El estrépito contradice la posibilidad de lo onírico, puesto que el argumento nace con Ripley como una bella durmiente -las alusiones a los cuentos tradicionales continuarán luego cuando se le llame sarcásticamente “Blancanieves”, aunque no venga precisamente de convivir con siete enanitos en la Nostromo, y con la conversación con su protegida sobre los relatos de monstruos-. Una bella durmiente que, además, se deshace en pesadillas.

La caracterización de Sigourney Weaver, con el cabello más corto, el rostro más duro y empuñando armatostes militares para emprender el contraataque, evidencia también los cambios entre una y otra entrega, con un proceso que hasta anticipa al que Cameron aplicará a la Sarah Connor de Terminator -confianza en los androides incluida, por cierto, en la presente estará interpretado, y con mucho tino, por Lance Henriksen, un experto en papeles de malo-.

         El éxito en la taquilla propiciaría el rodaje de nuevas continuaciones.

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Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 7,4.

Nota del blog: 6,5.

Cuatro de infantería (Westfront 1918)

30 Mar

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Año: 1930.

Director: Georg Wilhelm Pabst.

Reparto: Gustav Diessl, Hans-Joachim Möbis, Fritz Kampers, Claus Clausen, Jackie Monnier, Hanna Hoessrich, Else Heller.

Filme

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         La exigencia del espectador frente al relato bélico ha ido tendiendo hacia una creciente demanda de realismo que transcurre paralela a la evolución técnica del cine y, al mismo tiempo, a la lejanía del público respecto de la experiencia militar. En 1930, Cuatro de infantería se dirigía a gente que perfectamente podía haber vivido en primera persona el terror y la miseria de las trincheras. Que sabían de lo que se hablaba, que conocían esas violentas emociones que intentan expresarse.

         Obviamente, los medios de entonces no logran reproducir el impacto de la batalla para alguien acomodado en su butaca casi cien años después. Películas con intenciones inmersivas como 1917, también ambientada en la Primera Guerra Mundial, muestran que es inevitable que las pequeñas y aisladas explosiones del filme, y la teatralización con la que perecen los infortunados soldados, han quedado ya muy atrás. Es de reconocer que no se huele la pólvora ni estremece la herida sangrante del enfrentamiento a granadas, pistolas y bayonetas. Pero sí hiela la sangre la colección de gritos desesperados, patéticos y por ello realistas; de rostros desencajados, deformados por el horror; de fría muerte, de absurdo infierno, que Georg Wilhelm Pabst desencadena en el desenlace de su obra. Las ojeras de Claus Classen mientras exclama hurras sin sentido, retratadas en un desquiciado contrapicado, en un escenario de pesadilla -qué paisaje fantasmagórico y alucinado han proporcionado siempre las trincheras, qué juego de oscuridad ofrecen en los fotogramas del cineasta germano-, son memoria pura de la guerra.

         Para llegar allí, Pabst guía al espectador introduciéndolo en un grupo de soldados al que se retrata desde un punto de vista estrictamente humano. Juegan, ríen y aman hasta que, de improviso, un bofetón -sarcástico bofetón- les devuelve cruelmente a una realidad monstruosa. En sus tratos ingenuos con los lugareños franceses, es una escena quizás incluso idealiza. El esfuezo bélico es una atrocidad capaz de interrumpir, maleducadamente, las cosas importantes de la vida: la partida de cartas con los amigos, el polvo con la novieta.

Cuatro de infantería expone asimismo que la guerra no es sitio para héroes. Cuando se demandan voluntarios para salvar la patria, conviene apartar la mirada y no tentar a la suerte. Ni siquiera el enemigo posee gran entidad. Son franceses que parecen repeler agresivamente a unos invitados que se han hecho indeseables. Dada la época, posiblemente incida en esta idea que el único enemigo con el que se traba una lucha mortal cuerpo a cuerpo sea un hombre de rasgos africanos.

         Cuatro de infantería establece además un doble frente trágico. El primero está en la lejana y exótica Francia. El segundo, queda en casa. Los sacrificios son análogos en ambas, con la moral subastada para la supervivencia. Es lo que tratará de explicar la mujer de uno de los protagonistas, a la que se dibuja con un insólito esfuerzo comprensivo que redondea la firmeza pacifista del discurso. La guerra lo destroza todo, hasta el hogar que teóricamente se proclama defender. Tal vez la camaradería entre iguales -esto es, entre la carne de cañon- sea el último baluarte de una humanidad asediada por las bombas.

         Poco tiempo después, el ministro de propaganda de la Alemania nazi, Joseph Goebbels, despreciaría Cuatro de infantería considerándola un acto de cobarde derrotismo.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 7,5.

Los confines del mundo

26 Feb

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Año: 2018.

Director: Guillaume Nicloux.

Reparto: Gaspard Ulliel, Lang Khê Tran, Guillaume Gouix, Gérard Depardieu, Vi Minh Paul, Hiep Nguyen, Anthony Paliotti, Jonathan Couzinié, Kevin Janssens.

Tráiler

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         Clint Eastwood logró sacarle mucho partido al personaje del vengador de ultratumba, muy explotado por la ficción pulp. Lo había conocido de la mano de Sergio Leone en Por un puñado de dólares y lo había vuelto a encarnar en su regreso a los Estados Unidos con la italianizada Cometieron dos errores. Luego, lo aprovecharía como director en Infierno de cobardes, El fuera de la ley y El jinete pálido. Incluso el desenlace de Sin perdón, puro terror gótico, lo retomaba.

El soldado Robert Tassen vuelve a la vida desde la fosa común donde los japoneses apiñan cadáveres vietnamitas y galos durante los estertores de la Segunda Guerra Mundial, que es también la génesis de otra agonía, la del Imperio francés en una Indochina que se subleva ante los colonizadores. Renace entre sangre y vísceras, dejando tras de sí su identidad, inscrita en su chapa identificativa y su documentación. Los confines del mundo narra la odisea de un hombre vaciado, simple carcasa en la que ya solo alberga rencor y sed de venganza.

         Guillaume Nicloux sumerge la Guerra de Indochina en fotogramas húmedos, de colores deslavados entre el verde cegador de la jungla. A juego, los personajes parecen representar una historia de fantasmas, que es la que lleva desde ese hombre retornado del más allá hasta un enemigo sin rostro, sin cuerpo y prácticamente sin presencia alguna. En contraste se expone la explicitud de la violencia y del sexo, expresados de forma gráfica.

         Hay múltiples imágenes e ideas en el fondo de Los confines del mundo -el declive colonial, el entendimiento imposible tanto entre extraños como entre propios-, pero no terminan de concretarse. El soldado Tassen se diluye en una atmósfera que no consigue manifestar con la suficiente expresividad su interior obsesivo y atormentado, en el que la mujer y el padre herido se apuntan como un verdadero renacimiento como ser humano, como resarcimiento de una deuda de vida.

El relato muestra el absurdo de su odisea circular. Pero esa tendencia a la abstracción queda desvaída desde una cierta frialdad, desde una distancia antipática y no exactamente efectiva.

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Nota IMDB: 6,4.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota del blog: 5,5.

Platoon

5 Feb

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Año: 1986.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Charlie Sheen, Tom Berenger, Willem Dafoe, Keith David, Francesco Quinn, Forest Whitaker, Mark Moses, Kevin Dillon, John C. McGinley, Reggie Johnson, Tony Todd, Johnny Depp, Corey Glover, Corkey Ford, Chris Pedersen, David Neidorf, Richard Edson, Bob Orwig.

Tráiler

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          En unos tiempos en los que, al amparo del conservadurismo de Ronald Reagan, una corriente del cine estadounidense -sobre todo de corte popular- comenzaba a reivindicar la figura del veterano de la Guerra de Vietnam -e incluso a ganar simbólica y estrafalariamente el conflicto-, Oliver Stone, que había estado allí, planteaba el traumático conflicto en el sureste asiático como una lucha entre el bien y el mal. Pero ambos conceptos antagónicos no quedaban representados en el ejército propio y el enemigo, sino a través de una exposición de la dualidad del ser humano, encarnada por dos sargentos antitéticos que, en un sentido alegórico, se disputan el alma y la inocencia del soldado Chris Taylor.

          En Platoon, el vietnamita del norte es, a lo sumo, sombras que se mueven en la noche. Despojarle de rostro y personalidad no es una estrategia para deshumanizar al adversario, sino para desnudar al monstruo que acecha tras el rostro del compañero. No hay paños calientes en el recuerdo de la actuación militar norteamericana, si bien cierta compasión hacia los parias a quienes las circunstancias -otra crítica a un sistema fraudulento- empujan a la batalla, reclutamiento clasista mediante, en presunta defensa de la seguridad y de los valores nacionales. No parecen casuales las bajas por fuego amigo -esa expresión tan paradójica como clarificadora-.

          En este contexto, Taylor, voluntario idealista, aprende la verdad que entraña toda guerra a través de las enseñanzas -compasivas o destructivas- del sargento Elias y del sargento Barnes. Charlie Sheen -cabeza de un reparto bastante irregular en sus prestaciones- emula en parte el recorrido que había trazado su padre, Martin, que remontaba el Mekong para encontrarse cara a cara con el horror.

Dentro de este planteamiento maniqueo, Stone sitúa a Elías como bastión de la humanidad a pesar de las circunstancias extremas, mientras que su opuesto se erige en el producto pluscuamperfecto de esta crueldad absoluta. El resto de personajes, así como los ambientes en los que conviven, orbitan en torno a estos dos focos. Es tal vez una visión tosca, pero el cineasta la desarrolla con honestidad, determinación y eficacia para dar cuerpo a ambos personajes y transmitir el poder que ejerce cada uno, a su manera, y lo que la guerra puede hacerle al ser humano. Alrededor, la selva aparece como un elemento sobrehumano en el que los movimientos del pelotón son torpes, violentos y absurdos, atrapados sin remedio en una masacre en la que son víctimas y victimarios, y que se manifiesta en batallas caóticas y desesperadas. Su expresión más dramática, envuelta en ropajes líricos por el emotivo Adagio para cuerdas de Samuel Barber, es posible que sea excesivamente recargada y haya quedado afectada por el paso del tiempo y de las parodias.

          La visión convencería a público, crítica y académicos, que le concederían cuatro premios Óscar -entre ellos los de mejor película y mejor dirección- y otras tantas nominaciones.

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Nota IMDB: 8,1.

Nota FilmAffinity: 7,7.

Nota del blog: 7,5.

La vida de Émile Zola

3 Feb

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Año: 1937.

Director: William Dieterle.

Reparto: Paul Muni, Joseph Schildkraut, Gale Sondergaard, Gloria Holden, Donald Crisp, Henry O’Neill, Louis Calhern, Robert Barrat, Harry Davenport, Robert Warwick, Gilbert Emery, Walter Kingsford, Grant Mitchell, Morris Carnovsky, Florence Roberts, Vladimir Sokoloff.

Tráiler

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         En La forma de lo que vendrá, publicada en 1933, H.G. Wells pronosticaba un futuro inmediato condicionado por un extensísimo conflicto bélico -presentimiento acertado de la Segunda Guerra Mundial– en el que, no obstante, España se mantenía al margen gracias a la influencia en pro de la paz y en contra de las ideologías del odio por parte de intelectuales como José Ortega y Gasset -a quien había conocido personalmente- o Miguel de Unamuno -a quien defendería después de que muriera en torturado conflicto consigo mismo-. Aunque esta última predicción estuviese rematadamente errada -al final España sería la primera en dar cuerpo a este clima bélico protagonizando una guerra civil con toda esa virulencia fratricida que el escritor inglés no veía tan acentuada en el país-, la posición de Wells sirve para ejemplificar la relevancia de los pensadores y de las personas de cultura para calibrar y advertir sobre la deriva moral de la sociedad, un debate candente en una actualidad marcada por el relativismo -moral, histórico- y en la que el debate público se encuentra más vulgarizado que democratizado -las posiciones estridentes tienden a quedar sobrerrepresentadas- de la mano de las redes sociales o, en el ámbito público, las tertulias entre opinólogos para todo.

En la coda de La vida de Émile Zola, se describe al literato francés como “un momento de la conciencia del ser humano”. El filme reconstruye la acción suicida y a contracorriente que Émile Zola acometió, poniendo en juego su propia persona, en defensa del capitán Alfred Dreyfuss, procesado y condenado por alta traición en un consejo de guerra sin garantía alguna y que, en el fondo, revelaba el profundo antisemitismo de la Europa del periodo -cuestión esta última, por desgracia, atemperada desde el aparato de producción-. Así pues, la película muestra la intervención de Zola -Paul Muni, con su habitual e intensa convicción- en el caso Dreyfuss como la culminación épica y definitiva de un recorrido biográfico marcado por el compromiso con el ser humano y con la verdad frente a cualquier forma de poder -imperio, república…- y frente a las injusticias de la sociedad, que William Dieterle presenta en una París sucia, brutal y despiadada a través de escenas tan hondamente demoledoras como la del suicidio en el Sena. El novelista revolucionario queda emparejado, de esta forma, con el intelectual comprometido.

         La vida de Émile Zola es por tanto el reflejo de esta lucha por sacar a la luz lo feo, lo desagradable y lo verdadero aun a costa de un innegociable sacrificio personal -económico, de prestigio-, tan solo en aras de la honestidad y de la dignidad. Frente a la entereza de Zola -que también necesita de su propia brujula para recuperar el sendero, en este caso el pintor Paul Cézanne que viene a recordarle el hambre como acicate esencial del artista independiente- se contrapone una jerarquía militar que obra con arrogante impunidad, hasta convertir valores absolutos como la Justicia en una atroz farsa -las contradicciones de la justicia militar, ese tema tan apropiado para entregar obras mayores como Senderos de gloria, Rey y patria o Consejo de guerra-. Y no digamos ya conceptos tan interesados y fraudulentos como el de la patria.

         A pesar de esa citada timidez para hacer hincapié en la cuestión racial, el fondo de La vida de Émile Zola es rotundo y contundente en su médula subversiva y su cuestionamiento de la autoridad establecida. El libreto ofrece reflexiones de calado y profundidad de la boca de un hombre que osó poner en negro sobre blanco los atropellos criminales de un sistema que se ceba con los parias, los diferentes o los discriminados. Un hombre que desenmascaró las atronadoras vergüenzas que se esconden detrás de proclamas con las que se manipula torticeramente la voluntad de unas masas que, por su parte, hacen dejación de todo espíritu crítico. Unas lecciones que sirven tanto para practicar el recuerdo del pasado como para mirar con perspectiva fiscalizadora los movimientos sociopolíticos del presente. Prueba de su vigencia puede ser el reciente estreno de El oficial y el espía, un nuevo acercamiento al caso Dreyfuss que, en algunos planos, como la degradación del capitán alsaciano, cita directamente el trabajo de Dieterle.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 7,1.

Nota del blog: 8,5.

El mensajero del miedo

22 Ene

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Año: 1962.

Director: John Frankenheimer.

Reparto: Frank Sinatra, Laurence Harvey, Angela Lansbury, James Gregory, Janet Leigh, Leslie Parrish, John McGiver, Khig Dhiegh, Henry Silva, Albert Paulsen.

Tráiler

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         “Un poco de humor, Zilkov, siempre un poco de humor”, aconseja constantemente el psiquiatra Yen Lo a su atribulado enlace soviético en Nueva York mientras afinan los cables de su arma humana definitiva: un veterano de la Guerra de Corea, condecorado con las máximas distinciones, que, después de un intenso lavado de cerebro, se convierte en un títere en sus manos comunistas.

El humor convierte al monstruo en un ser de carne y hueso, y por tanto lo hace más terrible. También desnuda el trágico patetismo que se esconde detrás de las acciones humanas, envueltas en un devenir de los acontecimientos en el cual los intentos de ordenar el caos mediante razones, ideas y valores son simples lazos que tratan de atrapar un absurdo inasible.

         El mensajero del miedo es un thriller de una nueva era, en la que John Fitzgerald Kennedy construía un Camelot prometido para limpiar la corrupción con la que el macarthismo había mancillado al autoproclamado país de la Libertad. Pero es un tiempo, no obstante, en el que la Guerra Fría se agitaba con virulencia y la inquietud por el enemigo quintacolumnista, aunque no tan exacerbada, continuaba vigente en la psicología colectiva. Haciendo palanca en esta tensión solapada, el filme apunta como ese antagonista encubierto a un héroe de historial aparentemente intachable para, según arrecia la paranoia, desvelar cuáles son los verdaderos detractores de las libertades sociodemocráticas. El tono abiertamente satírico con el que Richard Condon escribía su novela reaviva hoy sus llamas cuando en Estados Unidos intentan dilucidar las conexiones de su palurdo presidente, Donald Trump, con la Rusia del no menos tosco Vladimir Putin.

Con independencia de lo grave o superficial que sea esta relación entre ultranacionalistas alfa, merece la pena revisar los vínculos que comparte el trumpismo con el iselinismo, que es el estilo político que, en El mensajero del miedo, abandera ‘Big John’ Iselin, estridente senador con aspiraciones vicepresidenciales que, aún por entonces, emulaba los desafueros anticomunistas, chabacanos y etílicos del inefable Joseph McCarthy. La campechana e inepta vulgaridad que desprende James Gregory es magnífica.

         Iselin es otra de las piezas que convergen en una trama verdaderamente enrevesada, con algunos principios y cabos tan forzados como ese flechazo de una atractiva pasajera por un compañero de cabina neurasténico y sudoroso, aunque bien vale darlo por bueno solo con tal de llegar a una delirante conversación entre vagones, con un insólita partenaire femenina rebosante de ingenio -no recuerdo demasiados ejemplos de este arquetipo con semejante agudeza en el manejo a bocajarro del comentario absurdo- en la que la Janet Leigh demuestra, además, una extraordinaria capacidad cómica -e interpretativa-.

Este sentido del humor, que tanto defiende el doctor Yen Lo, contribuye a acrecentar la sensación de delirio que envuelven las pesadillas del comandante Marco (Frank Sinatra), que se van tornando desconcertantemente ciertas. Tan ciertas y probables, tan absurdas, como la vida real, donde las imágenes son todavía más torcidas, sombrías y borrosas que las que compone John Frankenheimer.

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Nota IMDB: 7,9.

Nota FilmAffinity: 7,2.

Nota del blog: 8.

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