Tag Archives: Ejército

Z. La ciudad perdida

8 May

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Año: 2016.

Director: James Gray.

Reparto: Charlie Hunnam, Sienna Miller, Robert PattinsonTom Holland, Edward Ashley, Angus Mcfayden, Ian McDiarmid.

Tráiler

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            El oficial Percival Fawcett observa que el venado que ha cobrado momentos antes, en la partida de caza, preside la mesa de los prohombres militares y civiles, quienes lo dejan al margen. Mientras abandonan la sala, los potentados de los que depende su carrera comentan entre susurros la infamia que el padre del soldado ha vertido sobre su apellido familiar, justificación suficiente para mantenerlo fuera de su lado. Fawcett contempla como cierran la puerta delante suyo, delante de su figura reflejada infinitamente en el espejo, hacia el pasado y hacia el futuro.

Si bien el relato de Z. La ciudad perdida es una biografía, Fawcett es un personaje digno de una novela de Joseph Conrad. “Uno de los nuestros” que se encuentra atormentado por una mácula que es a la vez personal -el estancamiento de su progreso en el Ejército, su falta de condecoraciones aun cuando encara la recta final del periodo servicio- y heredada -el desprestigio de su progenitor-, esta última una constante temática en el corpus de James Gray. Un oprobio invisible para ojos ajenos pero que arde en las entrañas propias y que trata de lavar azarosamente en la itinerancia, en una búsqueda interior que se canaliza hacia una búsqueda exterior -el viaje incesante- que raya en lo obsesivo, que se torna en cuestión de vida o muerte por encima de otras consideraciones que, quizás, hubieran bastado para colmar su desaliento existencial -el amor de la familia-.

            La más célebre adaptación al cine de los textos de Conrad es Apocalypse Now, donde la ruta de Francis Ford Coppola seguía el curso marcado por El corazón de las tinieblas y, al mismo tiempo, tomaba tonalidades y atmósferas de Aguirre, la cólera de Dios, la traducción en fotogramas que Werner Herzog había realizado de la antiepopeya amazónica del conquistador Lope de Aguirre y sus marañones, según el estudio de Ramón J. Sender. Gray admite haber acudido a ambas fuentes, entre otras, para dar cuerpo a Z. La ciudad perdida, proyecto que el director llevaba madurando durante cerca de una década, con un recorrido que resulta casi paralelo a las sucesivas expediciones de Fawcett en pos de su El Dorado olvidado en las recónditas junglas disputadas por Brasil y Bolivia, henchidas de poderosas esperanzas y todavía más terribles frustraciones.

Sin embargo, Fawcett parece emparentarse más estrechamente con el Lord Jim incapaz de alejar a los demonios de sus actos pretéritospersonaje también adoptado para el séptimo arte por Richard Brooks– que con el Charlie Marlow que remontaba el río Congo para encontrarse con Kurtz y el horror. Y, más que al airado Lope de Aguirre que se alza en rebeldía para construir un reino a su medida, donde sea él quien determine los privilegios antes vedados, Fawcett recuerda al Francisco Manoel da Silva ‘Cobra Verde’ insubordinado contra su marginalidad de bandido y que anhela llegar a la tierra fantástica de la nieve para, acaso, hallar un mundo que lo reconozca y respete como ser humano.

Puede que de esta contradicción de referentes provengan las ambiguas sensaciones que deja el filme de Gray, que muestra con delicadeza a un individuo desorientado en una Inglaterra de luz trémula y ambientes cerrados pero que, en cambio, echa en falta un punto de intensidad, de locura, de delirio, de visceralidad o de magnificiencia incluso -esto es, de Herzog, de Coppola- en la repetida persecución que este hombre que brinda por la muerte hace de El Dorado, Z o la ciudad soñada en la inmensidad impenetrable del Amazonas. Una mayor fisicidad de las imágenes, más correosas y viscerales -al menos en determinados pasajes-, en contraste con la pátina nebulosa que atenúa los fotogramas de las escenas inglesas, bañándolas de melancolía y hasta de desidia. El protagonismo de un actor de aspecto apolíneo e impecable como Charlie Hunnam también contribuye a que no se transmitan esas pulsiones monomaníacas, irracionales o trascendentales que, a mi juicio, podría haber beneficiado a la narración.

            La apertura de Z. La ciudad perdida es una llama que alumbra la oscuridad, revelando un destino. El descubrimiento, la iluminación. En su plasmación de las odiseas de Fawcett, Gray apuesta por una poética melancólica de menores revoluciones, elegante, con un vaporoso toque de misterio, pero que tampoco se sumerge en la abstracción. La formulación estética evoluciona además a cada capítulo, en paralelo a la vida del explorador: la tensión y el asombro del accidentado primer periplo; el placer aventurero del segundo, solo lastrado por la intromisión de herejes ajenos al hechizo ancestral del lugar -aunque sin alcanzar el mayestático grado de romanticismo y vitalismo que le conferiría un bardo legendario como John Huston, tótem absoluto en estos lares-, y la mirada más calmada, más reflexiva acerca de la belleza y la singularidad del espacio, del tercero. Son sus pasos en una trayectoria que avanza a tientas, o puede que a ciegas, haciendo equilibrio entre la perdición y la realización, entre lo que aprende y lo que se le escapa, hacia la llama.

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Nota IMDB: 7,1.

Nota FilmAffinity: 6,4.

Nota del blog: 7. 

Comando

25 Ene

comando

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Año: 1985.

Director: Mark L. Lester.

Reparto: Arnold Schwarzenegger, Rae Dawn Chong, Dan Hedaya, Vernon Wells, Bill Duke, David Patrick Kelly, Alyssa Milano, James Olson.

Tráiler

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          No es una cuestión relacionada con su trapacero guion, producto de la apuesta por la mano dura frente a la amenaza exterior propia del Hollywood bajo la Administración de Ronald Reagan y también rico en frases lapidarias características de este cine de acción hipertrofiado de los ochenta. Es un asunto de realización. Es interesante observar como las películas de objetivos estrictamente comerciales y diseño de saldo también experimentan una necesaria evolución formal. Mientras que las películas de John McTiernan aún sobreviven con suficiencia, los productos de otros directores menos hábiles parecen haber sido rodadas hace cien años.

          Es el caso de Comando, en la que Mark L. Lester conduce tras las cámaras las aventuras contarreloj de un exmilitar de élite (Arnold Swarzenegger, rey de este fornido microuniverso) que ha de salvar a su hija de las garras de los insurgentes latinoamericanos que la han secuestrado -hombres de la pérfida República de Val Verde, también presente en Depredador y La jungla 2: Alerta roja-. 

El factor ideológico es meridiano: el peligro de los comunistas en el patio trasero de los Estados Unidos, los traidores infiltrados en casa, su mezquindad para atacar a los inocentes desprotegidos, esa necesidad de apostar por la mano dura incluso a nivel individual, con un ‘one army man’ tipo el John Matrix de ésta, el John Rambo que reparaba las dudas de Vietnam en la menos atribulada segunda parte de su saga particular o el mayor Scott McCoy que en hora y media erradicaba el terrorismo árabe en Delta Force.

          Pero de nuevo, más allá de estos delirios belicistas del periodo -que se pueden tomar en serio o a mofa como parte de las mil fantasmadas que trufan la función-, la principal flaqueza de Comando es lo mal que está filmada. La acción se percibe rígida, con coreografias escasamente fluidas y pobremente montadas que podrían ser el equivalente al tosco cartón piedra del cine histórico de décadas atrás. Pesa demasiado la influencia de la saga Bourne en el rodaje de este tipo de secuencias y la correspondiente percepción de realismo por parte del espectador. Su comparación con cualquier película reciente de Jason Statham -gran guardián contemporáneo de las esencias del género- desnuda la obsolescencia formal de esta obra en la que, a modo de curiosidad, el bueno de Chuache demuestra su versatilidad como intérprete: si ya había encarnado a la versión adulta de Jorge Sanz en Conan el bárbaro, aquí actúa como si fuese el padre de Alyssa Milano, quien por entonces tenía 12 años.

          En su momento se proyectó una continuación, finalmente descartada por la falta de interés de Schwarzenegger en retomar el papel. El material desechado se reciclaría precisamente en la entrega inaugural de Jungla de cristal, otro icono del cine de acción ochentera que, sin embargo, goza de la distinción de estar protagonizado por un antihéroe más frágil, más humano y con 100 kilos menos de músculo y esteroides -el objeto al que precisamente rinde pleitesía Comando en la presentación del gigante austriaco, herencia alucinada del culto nacionalsocialista al físico que sería inmortalizado en fotogramas por Leni Riefenstahl-.

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Nota IMDB: 6,7.

Nota FilmAffinity: 5.

Nota del blog: 3,5.

Hasta el último hombre

12 Dic

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Año: 2016.

Director: Mel Gibson.

Reparto: Andrew Garfield, Teresa Palmer, Hugo Weaving, Rachel Griffiths, Sam Worthington, Vince Vaughn, Luke Bracey

Tráiler

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          Desterrado del Olimpo pagano de Hollywood a causa de su inflamado fanatismo cristiano, Mel Gibson abandona la agresividad de la espada para orientar su prédica hacia la identificación de Dios y el amor. A la espera de ver los derroteros que toma la continuación de la acusatoria La pasión de Cristo, todo tormento y culpa, Hasta el último hombre expone un nuevo testamento en el que un individuo común queda libre de pecado a través de hacer el Bien. En esta alegoría protagonizada por un santo cuya bondad es incomprendida en tiempos de la peste, como si de una segunda venida del Salvador se tratase, Gibson escoge la hagiografía del soldado Desmond D. Doss -el primer objetor de conciencia en cumplir la paradoja de obtener una Medalla de Honor por su heroismo en el campo de combate, del que rescató de la Parca a más de medio centenar de compañeros-, para pregonar un mensaje acerca de la preponderancia de la conciencia cristiana y humanística por encima de las turbulencias de lo temporal, producto de la corrupción de la carne.

A tal fin, presenta el conflicto de un puritano inquebrantable que ve cuestionado su credo en el Infierno en la Tierra; atrapado en un lugar donde no parece haber Dios y en el que los hombres niegan su sagrada palabra, entregándose a la perdición. Por ello, Hasta el último hombre abre sus fotogramas en los abismos de la razón, la batalla de Hacksaw Ridge en la cruenta campaña del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial, donde el hombre se ha entregado al homicidio de su par. No obstante, el soldado Doss (el cándido Andrew Garfield, que siendo Spiderman aprendió que todo héroe carga con un gran responsabilidad), experimentará dos cruzadas a lo largo del metraje: una ideológica, en la que lucha por la prevalencia de su moral en medio de los ataques de los incrédulos, y otra ya estrictamente bélica, donde con su sacrificio demuestra a los hombres de poca fe la verdad que descansa en la observación del mandato divino.

          Así pues, al estilo de la propagandística El sargento York, en la primera se reproduce el debate moral entre los límites de la conciencia y el deber patriótico del ciudadano, con incisión en conceptos como el mal mayor y la justificación de la violencia ante situaciones flagrantemente injustas o como simple reacción de supervivencia.

Y, como aquella, Hasta el último hombre tampoco es exactamente una película pacifista, a pesar de invocar el compromiso ético de este ser extraordinario y el sustrato firmemente cristiano del que procede. Tras las sucesivas pruebas de fe y su propia reinterpretación de las dudas de Jesús en el Getsemaní, la purificación de Todd -lastrado él también por el pecado original que encarna su padre y materializado en el trauma del atentado pseudocainita contra su mismísimo hermano-, es la purificación del Ejército en su conjunto, bendecido y legitimado por el mártir que vela por ellos, de rezo y de obra, por más de que hasta entonces se haya insistido en que del frente solo retornan cadáveres, sea en caja de roble, sea con monstruosas cicatrices físicas, sea con todavía peores huellas psicológicas, caminando pero con el interior desgarrado en jirones irreparables.

De igual manera, el enemigo japonés está construido con características que bordean lo sobrenatural y lo abstracto, surgido en legión del averno subterráneo, entre la ira y el fuego. Satán se le denomina en el guion; su dogma es la muerte. Muerte en la victoria y muerte en la derrota. Apenas se le personaliza, si bien la reverencia con la que Gibson filma un seppuku podría considerarse por su parte una cierta muestra de reconocimiento e incluso respeto hacia otra creencia, esta vez rigurosamente marcial y terrible.

          Tratada la angustia y el dilema del hombre como ente espiritual frente a la barbarie deshumanizada de la guerra con mayor profundidad y lirismo en La delgada línea rojaHasta el último hombre se emplea por su parte con inmisericorde crueldad en el retrato de las miserias bélicas, llevando un paso más allá el sanguinolento hiperrealismo de Salvar al soldado Ryan para arrojar contra el espectador pasivo un diluvio de vísceras y miembros cercenados.

No es una truculencia inadecuada en vista del discurso que esgrime el cineasta, que necesita mostrar el calvario para enaltecer el coraje de su héroe y que sutileza intelectual tiene poca. Pero otros planos épicos de contrapicados con música a juego o las conclusiones verbalizadas del desenlace sí resultan más pueriles en este aspecto, en especial si se comparan con la fuerza narrativa que posee el preludio del horror -representada mediante rostros desencajados, miradas vacías e inmundicia terrenal- y la fuerza temática que aporta al relato esa figura ambigua, tempestuosa y patética del progenitor.

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Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6,5.

Senderos de gloria

29 Oct

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Año: 1957.

Director: Stanley Kubrick.

Reparto: Kirk Douglas, Ralph Meeker, Adolphe Menjou, George Macready, Wayne Morris, Timothy Carey, Joseph Turkel, Susanne Christiane.

Tráiler

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          Al coronel Dax le hubiera sido útil disponer de un ejemplar de El buen soldado Švejk, de Jaroslav Hašek, para defender a sus compañeros de pelotón en el consejo de guerra que centra Senderos de gloria. Siguiendo los pasos del protagonista del libro -un personaje antikafkiano inmerso en el estallido de la Primera Guerra Mundial– hubiera constatado que a un sistema absurdo,  diseñado para devorar al ser humano, solo se le puede combatir empleando sus propias armas: ese mismo absurdo desquiciado por el patrioterismo, el belicismo, el clasismo y el totalitarismo. Pero Dax, como por el contrario le ocurre a las criaturas de Franz Kafka, pretende hacer acopio de lógica, razón y humanidad para enfrentarse al monstruo, insensible ante semejantes ideales.

          Inspirada en hechos reales -reconstruidos por el veterano de la Gran Guerra Humphrey Cobb en una novela publicada en 1935-, Senderos de gloria plantea en su argumento la última afrenta parida por la mayor abominación del mundo, la guerra: el procesamiento, bajo pena de muerte, de varios soldados acusados de cobardía ante el enemigo en las zanjas del Somme. Es decir, un pedazo vívido de aquel horror moral que décadas más tarde el coronel Kurtz instaría a aliarse con él para triunfar en el ‘ars belli’, despedazado como estaba por su febril enajenación vietnamita. Diezmar a los nuestros para la gloria de los nuestros.

Stanley Kubrick, apoyado en el guion por el despiadado Jim Thompson, descerraja una sucesión de golpes coléricos, injusticia tras injusticia, que atentan contra el falaz romanticismo bélico, la estupidez sádica del alto mando siempre entusiasmado por practicar anacrónicos juegos de guerra o los violentos arrebatos patrióticos de las naciones. Con un presupuesto relativamente limitado, el cineasta neoyorkino filma la suciedad y la miseria de las trincheras con una fotografía dueña de una textura que recuerda a los revelados en plata del periodo, y por medio de la cual captura la tensión, el miedo, la inmundicia y la muerte que domina episodios como la penosa y terrible ofensiva que ejerce de punto de inflexión en el relato.

La expresividad del blanco y negro quedará de manifiesto especialmente en el desenlace, añadidura tenuemente esperanzada sobre el material original de Cobb y que, como si de cine silente se tratase, recurre al paisaje de los rostros de los actores, subrayados con una dulce canción popular, para cargar de una palpitante emoción el cierre de la películaLa narración de Kubrick funciona perfectamente en este espacio enjuto, constreñido en 88 minutos de metraje, contradiciendo la tendencia expansiva que dominará su obra posterior, liberada de corsés gracias a su prestigio cosechado y, en ocasiones, para perjuicio de los resultados.

          Dentro de un contexto histórico de Guerra Fría, desde la independiente y desengañada generación de la violencia de Hollywood comenzaba a mirarse de manera crítica las soflamas belicistas con filmes como Casco de acero, de Samuel Fuller; ¡Ataque!, de Robert Aldrich, o, más tardía, La cruz de hierro, de Sam Peckinpah. Al igual que en esta última, también comparecen aquí militares de cuna ávidos de colgarse en la pechera medallas bañadas en la sangre de sus subordinados, concepto desde el que parte otra clase de cobardía paralela a la que se denuncia en el juicio sumario: la que exhibe una jerarquía militar que huye despavorida en lugar de hacer frente a las consecuencias morales que conllevan sus delirios marciales.

La rabia con la que lucha Dax alumbra a su paso un reguero de seres patéticos y deformados que empujan el discurso bien hacia cierto maniqueísmo –quedaría discutir si justificado-, bien hacia cierto humor negro tremendamente ácido por su naturaleza involuntaria aunque furibunda, especialmente condensada en el general Broulard (el aparentemente apacible Adolphe Menjou), firme representante de la banalidad, o no, del mal.

          Productor y estrella de la función, Kirk Douglas consolidaba con Senderos de gloria su icono contestatario y comprometido, necesario para la regeneración de un país enfangado por los lodos de la paranoia maccarthista. Una postura que, de hecho, de nuevo con Kubrick a su servicio, le permitiría luego rescatar del ostracismo a Dalton Trumbo merced Espartaco, otra figura histórica de potente y extrapolable significado social contemporáneo.

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Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 8,5.

Nota del blog: 9,5.

Nacido el cuatro de julio

27 Oct

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Año: 1989.

Director: Oliver Stone.

Reparto: Tom CruiseKyra Sedgwick, Caroline Kava, Raymond J. Barry, Frank Whaley, Jerry Levine, Willem Dafoe, Tom Berenguer.

Tráiler

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           Después de consagrarse como una de las principales voces críticas del Hollywood del final del milenio con Platoon, Oliver Stone, un cineasta firmemente posicionado contra la tendencia imperialista de los Estados Unidos contemporáneos, continuaba con su revisión crítica de la Guerra de Vietnam con Nacido el cuatro de julio, segunda entrega de una serie que se convertiría más tarde en trilogía merced a El cielo y la tierra.

           Si en la primera había echado mano de sus propias memorias bélicas de veterano, en esta ocasión Stone recurre a otro punto de vista que, curiosamente, acerca aún más su objetivo a la primera persona. Así, el director y guionista neoyorkino traslada a la pantalla las experiencias traumáticas del excombatiente Ron Kovic –cuyo relato ya habían tanteado William Friedkin y Al Pacino una década atrás- para ofrecer un nuevo matiz sobre este horror absurdo que representó la guerra en el sureste asiático.

Un escalpelo afilado por la muerte y la sinrazón por medio del cual diseccionar la esencia de una nación guerrera que se encuentra casi en permanente estado de lucha, en constante enfrentamiento contra unos enemigos frente a los que encuentra justificaciones insoslayables –la Segunda Guerra Mundial– o bastante más dudosas –Vietnam dentro de la Teoría del dominó que caracterizará varios de los puntos calientes de la Guerra Fría; la inminente Guerra del Golfo, apenas un año posterior al estreno de la película-.

           Nacido el cuatro de julio recompone el recorrido de Kovic entre los distintos círculos del infierno que, paradójicamente, parten de un engañoso paraíso: el de la América idílica e idealista, familiar y amable, orgullosa del soldado, admirada por una supuesta gloria marcial que ya se advierte turbia desde el primer desfile, y que cría a generaciones enteras para sacrificarlas en los lodos de su insaciable maquinaria bélica, al servicio de un poder corrompido y deshumanizado –el cual, en un avance de la filmografía de Stone, alcanzará su punto álgido personificado en la figura del presidente Richard Nixon-.

De este modo, el filme contrapone la postal del sueño prometido contra la miseria escatológica de la pesadilla; el elogio del soldado noble y valiente del Boinas verdes de John Wayne contra la muerte y el caos indiscriminados de la refriega verdadera; la noción romántica del heroísmo individual contra el patetismo de la realidad movida por intereses terrenales; la alta política con la vida del ciudadano común al que se exige derrochar una épica carente de sentido, supuestamente predestinado por los designios falaces que esgrime la filosofía del país.

           La historia de Kovic -interpretado por un poco convincente Tom Cruise, luego nominado al Óscar y cuya elección para el papel se entiende no obstante como una parte más de la postal bucólica del planteamiento inicial; esto es, como revisión del Maverick de Top Gun (Ídolos del aire)-, es la de un hombre cualquiera zarandeado por esta terrible dicotomía y por los acontecimientos que lo atropellan.

Y funciona por tanto como una exposición de los males de la cuestionable política exterior estadounidense y, en cierta manera, como un camino de redención personal -y deseablemente nacional- en el que la progresiva adquisición de conciencia y compromiso por parte del protagonista viene a simbolizar una odisea de vuelta a casa.

         Rodada con un estilo más clásico de lo habitual en Stone –Óscar al mejor director-, a veces su ambición expansiva se torna en redundancia, pero también consigue propinar golpes duros y certeros en su discurso antibelicista y en su cuestionamiento de la naturaleza de los Estados Unidos.

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Nota IMDB: 7,2.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 6,5.

El último deber

24 Oct

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Año: 1973.

Director: Hal Ashby.

Reparto: Jack Nicholson, Randy Quaid, Otis Young.

Tráiler

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           Hay un elefante en los fotogramas de El último deber. Enorme, al que apenas se le cita de pasada, pero que ejerce sobre ellos todo el peso de su tonelaje.

           Dos soldados de la marina, desengañados y rebeldes, conducen a un tercero, cleptómano inocentón, a la cárcel militar de Portsmouth, donde pagará con ocho años de su vida –en el mejor de los casos- el hecho de haber robado 40 dólares de la colecta solidaria contra la polio organizada por la mujer del Almirante.

Es decir, una condena manifiestamente estúpida, culpable de arruinar la vida a un muchacho en la flor de la juventud, y que en realidad se erige como una versión camuflada y reducida de la sentencia que, con mayor crueldad, impone en esos momentos la Guerra de Vietnam sobre toda una generación de estadounidenses, sacrificada por la tendencia del país a meterse en conflictos de manera compulsiva.

La voluntad subversiva del filme, común a personalidades destacadas del equipo como el cineasta Hal Ashby o el protagonista Jack Nicholson, no se restringe por tanto a la procacidad verista del lenguaje empleado por sus insumisos personajes –responsable por cierto de la demora en la producción del proyecto inicial-, sino que se extiende por un argumento que, bajo su apariencia sencilla y casi inocua, termina por dejar tras de sí un sabor de boca de intensa amargura.

           Ashby, que en su carrera encontraría en la convivencia de personalidades extremas y marginales uno de sus mayores filones –Harold y Maude-, maneja con fortuna esa gama de emociones que, desde la aventura naif de buddy movie, se van tornando hacia el punzante pesimismo que se impone a medida que se aproxima el inexorable desenlace del itinerario. Aunque conocido desde el comienzo del viaje, su desapacible frialdad ya estaba presente hasta en las escenas más frívolas y engañosamente triviales –la sal de la vida que este par de pícaros descubre altruistamente a su nuevo compañero-, en forma de un temporal de nieve y viento que no cesa.

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Nota IMDB: 7,6.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7.

Encrucijada de odios

24 Jun

La guerra tras la guerra, el odio que no cesa. Encrucijada de odios para la sección de cine clásico de Bandeja de Plata.

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