Tag Archives: Ejército

Capitán América: El primer vengador

13 Jul

.

Año: 2011.

Director: Joe Johnston.

Reparto: Chris Evans, Hugo Weaving, Hayley Atwell, Tommy Lee Jones, Sebastian Stan, Stanley Tucci, Toby Jones, Dominic Cooper, Neal McDonough, Kenneth Choi, Derek Luke, Richard Armitage, Natalie Dormer, Samuel L. Jackson.

Tráiler

.

           Todas las películas de Marvel terminan con un “en el próximo episodio…”. A pesar de la apariencia autoconclusiva de cada entrega, todo filme de la factoría se encuentra encadenado a un engranaje de producción en el que, más que un fin en sí mismo, parece un medio que alimenta el consumo de las obras venideras. Fórmula que forma parte de una fórmula amplia, férreamente controlada por los agentes que se encuentran por encima de los directores, en una estructura no demasiado alejada, por así decirlo, del esquema futbolístico de entrenador -el realizador de turno-, director deportivo -un tipo que marca las pautas artísticas del conjunto y su futuro, como Joss Whedon– y presidente -el todopoderoso Kevin Feige-.

De este modo, en ocasiones estas cintas tienen un deje de tráiler alargado, con mayor o menor fortuna. Escasa, por lo general, en los capítulos de apertura, puesto que presentar las características, los prodigios, las motivaciones y los conflictos del héroe es, a pesar de sus frecuentes convenciones, un lastre importante para la agilidad de la narración. Capitán América: El primer vengador es buena muestra de ello.

           Por más que Joe Johnston trate de retrotraer la película a una atmósfera añeja que en cierto modo recuerda a la de su art déco RocketeerCapitán América: El primer vengador es un producto más académico que clásico, protagonizado por un superhéroe relativamente plano -el supermán de los pobres, nacido como humano y transformado en un supersoldado que enarbola los valores fundacionales y benignos de los Estados Unidos-, el cual se enfrenta a un villano estereotipado con la ayuda de unos personajes secundarios en su mayoría irrelevantes -apenas la agente Carter de Hayley Atwell le aporta carisma y presencia al asunto, lo que le valdrá luego para liderará su propia serie-.

           El nimio peso del héroe, de su antagonista y sobre todo de la aventura, provocan que en Capitán América: El primer vengador se acentúe esa citada sensación de simple trámite adornado con referencias para iniciados -en los cómics o en la saga cinematográfica de Los Vengadores-. Una sensación, pues, de rutinaria apertura funcionarial de un acta que, como consuelo, cuenta con una secuela netamente superior.

.

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 5,7.

Nota del blog: 4,5.

Anuncios

Adiós al rey

4 Jul

.

Año: 1989.

Director: John Milius.

Reparto: Nick Nolte, Nigel Havers, Frank McRae, Marilyn Tokuda, Gerry Lopez, James Fox, Elan Oberon, Marius Weyers, William Wise, Aki Aleong, John Bennett Perry.

Tráiler

.

         “¡Crom! Jamás te había rezado antes, no sirvo para ello. Nadie, ni siquiera tú recordarás si fuimos hombres buenos o malos, por qué luchamos o por qué morimos. No. Lo único que importa es que dos se enfrentan a muchos; eso es lo que importa. El valor te agrada, Crom. Concédeme pues una petición. Concédeme la venganza. Y si no me escuchas ¡vete al infierno!”, oraba Conan el bárbaro antes de la batalla decisiva, en la que exhibirá un arrojo rayano en el sacrificio ritual. Épico y sentimental, John Milius se siente un poeta guerrero de otros tiempos. Y, en ellos, consulta a sus dioses, y a estos no les complace la bomba atómica, símbolo último de la decadencia de un Occidente sin respeto hacia el mundo y hacia sí mismo, corrompido por la civilización, antigua y malvada.

Ya había contrapuesto en El viento y el león un choque de civilizaciones, maravillado en aquella ocasión por la vida indómita y orgullosa de los bereberes del Sáhara. En Adiós al rey, el botánico inglés que se adentra en las selvas incógnitas de Borneo para alzar a las tribus contra la ocupación japonesa en la Segunda Guerra Mundial caerá bajo el influjo de los dayak. Pero esta vez, Milius acrecienta esa sensación de contraste debido a que su interlocutor no es un nativo, sino ‘uno de los nuestros’ -un proletario idealista, además, todo lo opuesto al estirado clasismo británico- que ha reencontrado su espíritu olvidado en las costumbres atávicas y puras del lugar. Un hombre que, según narra, primero ha debido perder la vida para después renacer como buen salvaje -o algo así-.

         En Adiós al rey, las enseñanzas del gurú que se encuentra al final del camino -la iluminación- no son apocalípticas, como las del coronel Kurtz de Apocalypse Now o las del Thulsa Doom de Conan el bárbaro. Lejanamente inspirado en James Brooke, el primer rajá blanco de Sarawak, el Learoyd de Adiós al rey se asemeja más, por así decirlo, a un Daniel Dravot, de El hombre que pudo reinar, al que no hubiera condenado su irreparable sino de desclasado -y porque, en realidad, la convicción vitalista de este hacía que no necesitara reencontrar su senda con los kafiris, entre quienes seguía desentonando como un pulpo en un garaje-. “¡Vida, inglés!”, le saludan al extranjero. Vida que aquí, a diferencia de los dos ejemplos anteriores, no tiene por qué venir propiciada por la inmolación de la deidad ancestral. Aunque, como decíamos, sí describa una resurrección alegórica.

         Milius dota al relato de aromas de Rudyard Kipling, aunque su fascinación por lo salvaje, por la anarquía de los hombres libres, lucha enconadamente contra el avance inexorable del colonialismo imperialista. Con la mirada apasionada hacia el último rey digno de tal nombre -que encarna un Nick Nolte implicado a la altura de tal exigencia- la naturaleza británica del protagonista se va diluyendo gradualmente. Aunque el cineasta anuncia su melancolía con la voz profética del coronel Ferguson (James Fox), quien ya se ha leído este cuento y conoce su final.

Esta visión romántica, profundamente personal, destaca frente a unas secuencias bélicas encadenadas en un ascenso glorioso en el que parecen editadas a mordiscos, con la banda sonora de Basil Poledouris también desacompasada, lo que deja una sensación de pobreza de producción más allá del minimalismo del escenario de contienda. En esta línea, hay secuencias de calma tensa, como la del combate bajo la luz de la luna, que están mucho mejor resueltas. Por entonces, como adversario ya se ha configurado un mal absoluto, destilado y abstracto, lo que se manifiesta en una atmósfera fantasmagórica, puro terror sacado del cine mudo o incluso del delirio espectral de La noche del cazador, con la muerte a caballo y la columna que le sigue al infierno recortada en silenciosa silueta contra el horizonte nocturno, como si de la Santa Compaña se tratase.

         Milius acusaría a la productora de cercenar su película. Quizás haya que atribuir estas estridencias impropias a la tijera insensible de los contables, como también podría percibirse en la tosquedad de los flashbacks acerca del insólito ascenso al poder de Learoyd.

.

Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 6,1.

Nota del blog: 7.

Mercenarios sin gloria

9 May

.

Año: 1969.

Director: André de Toth.

Reparto: Michael Caine, Nigel Davenport, Nigel Green, Harry Andrews, Aly Ben Ayed, Enrique Ávila, Takis Emmanuel, Scott Miller, Mohsen Ben Abdallah, Mohamed Kouka, Bridget Speet.

.

         Tanto el original Play Dirty (“juega sucio”) como el adaptado Mercenarios sin gloria son dos excelentes títulos para el último filme en el que el director André de Toth aparecería acreditado. Aunque el primero de ellos lo impugne el coprotagonista, que sostiene que él solo “juega seguro”.

Mercenarios sin gloria es una cinta que se sitúa en el bélico sucio y desmitificado de Doce del patíbulo o Los violentos de Kelly, ese que transforma la guerra -y uno una cualquiera, sino la Segunda Guerra Mundial, de las pocas con un villano histórico manifiestamente explícito- en cine criminal. En prácticamente una heist film protagonizada por gángsters, que es precisamente como el resto de regimientos denomina a los soldados del coronel Masters, empeñados en una misión suicida para dinamitar las reservas de petróleo del mariscal Rommel en mitad del Sáhara. Aunque, en realidad, como apunta certero el propio Masters, su catadura moral no es sino la representación de la esencia misma de la guerra.

         De principio, el proyecto iba a estar realizado por el francés René Clément, que se bajaría finalmente de la silla de director a causa del abandono de Richard Harris, que por su parte pegaría el portazo bien tras un encontronazo con el productor, Harry Saltzman, bien tras no aceptar someterse a un corte de pelo de estilo militar, según quien lo cuente. El asunto es que De Toth -que por entonces estaba sufragando su vejez a golpe de péplum italiano- recogería las riendas de un rodaje que, en cualquier caso, se ajustaba a la perfección a su temperamental desencanto, a su independencia marginal, a su interés profundo por los perdedores y a su tendencia a la subversión de los géneros cinematográficos. “Todo el mundo juega sucio alguna vez en su vida, así que ¿por qué no reconocerlo?”, declararía en cierta ocasión, como jugando con el rótulo de esta película.

         La forma en que el cineasta húngaro trata el relato es análoga a la del personaje que iba a interpretar Harris y que acabaría recogiendo la mirada leonina de Nigel Davenport. La perspectiva que aplica se sobrepone al horror dándolo por sentado, con una expresión de la violencia concisa y sin regodeos, distante pero contundente, como experto que era en el cine de acción.

Muestra de ello es, por ejemplo, el funcionarial montaje con el que despacha el entierro de unos soldados o la crudeza en el retrato del escuadrón que se lanza a la misión suicida, una banda de filibusteros, ladrones y violadores a los que, no obstante, tampoco se les concede el beneficio de la simpatía, más allá del carisma que pueda tener el líder oficioso de este grupo salvaje, quien actúa movido por un cinismo nacido de su análisis del comportamiento humano y que simplemente pretende sobrevivir en la locura -si acaso con unas libras extra en el bolsillo-. La escena de la tentativa de violación es otra evidencia de este descarnamiento que, de forma insólita, ofrece cierto contrapunto de humor patético a través de una elipsis que recuerda a las que posteriormente empleará Takeshi Kitano -muchas veces también con un trasfondo violento o cruel-.

Hay sarcasmo en el material la obra -el cambio del oponente contra el que combaten, el caricaturesco retrato de los mandos…-, y De Toth lo aplica sin contemplaciones y sin concesiones hacia nadie. De hecho, este tono antibelicista, falsamente ligero o irónico, tremendamente escamoso y violento en realidad, se mantiene en sus trece hasta el desenlace. Esperable, sí, pero por completo consecuente y, además, expresado de nuevo con una acertada sequedad. El paisaje, áspero y hostil, es buena metáfora de este estilo visual y su correspondiente lectura ideológica.

.

Nota IMDB: 6,2.

Nota FilmAffinity: 6,8

Nota del blog: 7,5.

Mando perdido (Los centuriones)

12 Mar

.

Año: 1966.

Director: Mark Robson.

Reparto: Anthony Quinn, Alain Delon, George Segal, Maurice Ronet, Claudia Cardinale, Michèle Morgan.

Tráiler

.

          Mientras en la realidad exterior el Vietcong comenzaba a torcer a su favor la iniciativa de la Guerra de Vietnam, Mando perdido buceaba en los errores, las atrocidades y la inexorable derrota de los conflictos que recientemente, y aún por aquel entonces, los caducos imperios de la vieja Europa luchaban en unos territorios de ultramar inflamados de ardor anticolonialista.

Con el foco puesto en las cuitas de Francia en Indochina y Argelia, Mando perdido empotra además a un militar-historiador para proporcionar al espectador el juicio de la Historia, que es poco favorable para con el imperialismo occidental. Aunque, en una decisión que rebaja la tensión historicopolítica de la trama, el argumento traslada y resuelve estos asuntos desde una esfera individual, en un drama en el que quedan aprisionados un teniente coronel que afronta la última oportunidad de su carrera, el historiador que contempla con distancia crítica los acontecimientos y la tropa que, sin mayores consideraciones, se entrega a aquello que demanda sus vísceras.

          A partir de ahí, Mando perdido compone un escenario despedazado por múltiples e irreconciliables fracturas: la oposición entre colonizadores y colonizados -los antiguos hermanos de armas ahora enfrentados-, la imposibilidad de quebrantar los estamentos sociales -el hábil oficial de trinchera que se mueve como un pulpo en un garaje en los salones palaciegos-, la discusión entre el éxito marcial y el sentido de humanidad -las vistas gordas y los sapos por tragar en aras del cumplimiento de la misión-…

A medida que avanza la trama, la visión desencantada se cierne sobre el teniente coronel que encarna Anthony Quinn, contaminándolo de una ambigüedad sufriente y desesperada que es acorde a sus facciones, tan bastas como sensibles. Encarnación de la deriva de la guerra en barbarie, el relato lo aleja del hogar, de su naturaleza -la presentación bucólica y eufórica de la casa familiar; la destrucción del bastón-. Bajo la sombra de otros imperios perdidos y olvidados -la noción del Ozymandias de Percy Shelley que transmiten las ruinas romanas-, la suerte de los contendientes se dirime, pues, desde este punto de vista individual.

          El planteamiento es sugerente, aunque el drama no alcanza la debida potencia, en exceso rígido y con los dilemas del teniente coronel finalmente diluidos por la vorágine de esos mismos acontecimientos que condicionan su posición, paulatinamente relegado asimismo en favor del personaje de Alain Delon, más artificial.

El filme queda lastrado también por la falta de brío de sus escenas bélicas. El envejecimiento de su formulación queda en evidencia ante su comparación con ejemplos coetáneos como la furibunda La batalla de Argel, cuya fiereza queda enardecida, cabe reconocer, por las pavorosas resonancias contemporáneas de sus imágenes.

.

Nota IMDB: 6,6.

Nota FilmAffinity: 5,9.

Nota del blog: 6.

La última bandera

5 Mar

.

Año: 2017.

Director: Richard Linklater.

Reparto: Steve Carell, Bryan Cranston, Laurence Fishburne, J. Quinton Johnson, Yul Vazquez.

Tráiler

.

          “Cada generación tiene su guerra”, sentencia uno de los protagonistas de La última bandera. Viendo la reciente The Punisher, en la que un veterano de Afganistán trata de saldar los pecados que lo atormentan aniquilando tramas mafiosas, me dio la impresión de que la serie parecía sacada de los años setenta. Tiene esa decepción, esa paranoia alimentada por el fin de la inocencia que trajeron consigo los magnicidios de la década anterior, la constatación del fracaso de la integración en un país de aluvión, la inseguridad social y la tumoración mortal de la Guerra de Vietnam. La posguerra de Afganistán e Irak -dos conflictos que uno no termina de saber si están sellados o continúan abiertos-, sumada a la presunta estrategia de lucha contra el terrorismo global, atomizado e indetectable -la cual abarca también un notorio y puede que premeditado asalto a las libertades civiles que encuentra su máxima expresión en la Patriot Act-; amén de la devastadora impronta de la crisis económica de 2008 y la decadencia industrial, laboral y neoimperialista asociadas, deja tras de sí una impronta análoga que el cine reproduce cada vez con mayor frecuencia.

En este sentido, La última bandera se mimetiza con El último deber, película de 1973 firmada por Hal Ashby, un auténtico francotirador especializado en operar desde los márgenes de todo. El esquema de road movie, la terrible contienda de fondo, la composición de sus tres personajes principales e incluso su estética; la reflexión desencantada sobre los Estados Unidos entre gotas de indagación existencialista. Quizás La última bandera incida en mayor medida en este último aspecto desde su punto de partida, que siguiendo con la comparativa constituiría una especie de continuación de la anterior. Un reencuentro de sus personajes, que son treinta años más viejos y, por tanto, portan nuevas cargas a sus espaldas, fruto de las complejidades de la vida. De hecho, la película de Richard Linklater se inspira en la secuela de la novela de la que partió aquel primer largometraje.

          Hay muchas deudas en estos tres tipos crepusculares, numerosas cicatrices que aún supuran y que cada cual trata de sanar a tientas, con su propia medicina improvisada -el alcohol, la religión, el recuerdo-. Cuentas sin saldar que proceden de la hoja de servicio castrense, aunque solo en la misma medida que de las elecciones vitales, por lo que estas aflicciones trascienden las implicaciones bélicas para equipararse a las del individuo cualquiera, y que es de donde surgen los momentos más humanos de la función; los más luminosos, los más taciturnos, los más conmovedores de un filme que avanza por la fuerza del diálogo, de la convivencia, de las interpretaciones de un reparto muy bien dirigido.

Pero, en cualquier caso, el hilo narrativo de este viaje pretende pone rostro a un soldado muerto que, literalmente, no tiene rostro. El caído anónimo, que llega a brazos de su padre.

          La última bandera posee un discurso crítico, decíamos. Con doloroso sarcasmo, se cuestiona la dialéctica del sacrificio patriótico y del homenaje heroico; se arremete contra el daño que produce toda guerra con indiferencia del bando en el que uno se encuentre; se explora en la necesidad del perdón y la redención; se explora la naturaleza del consuelo, distinta como distinta es la manera en la que cada persona asimila y gestiona el sufrimiento.

          Y el discurso es crítico, pero sus conclusiones apuntan hacia la reconciliación íntima y colectiva, expresada por medio de símbolos y valores -el uniforme, la bandera, la camaradería del ‘semper fi’-. Ambas vertientes constan, además, de su respectiva escena enfática que Linklater se podría haber ahorrado -la procaz transmisión de órdenes al escolta y la lectura de la carta-. Desde luego, esta reconciliación regeneradora no se refiere a las élites dirigentes, quienes personalizan los vituperios del mensaje -el tradicional reduccionismo del ‘mal del político’ que puede traerse a la conversación en cualquier lugar del mundo-. En consecuencia, el sistema en sí mismo queda más salvaguardado.

En los Estados Unidos, donde el puritanismo idiosincrásico de su cultura también cala en la obediencia de la corrección política, los espíritus disidentes suelen respetar unas líneas rojas bien delimitadas. Una especie de discrepancia desde la fidelidad de raíz. En este tema concreto, que gravita alrededor de las contradicciones propias de un país que se autoproclama defensor de a libertad y que sin embargo es una nación guerrera y en la que la batalla se ha tornado hasta cuestión comercial, se reproduce una paradoja que ya se percibía antaño en cineastas como John Ford, esquinados pero con inquebrantable fe en los valores nacionales -e incluso con una nostálgica también presente en la obra de Linklater, si bien de forma más modulada-, perceptible así en producciones de ambientación militar como Fort Apache. El saludo solemne se le niega al coronel, pero se le regala con honor al soldado raso, al ciudadano de a pie, que a fin de cuentas es, fundamentalmente, sobre quien se habla y a quien se habla en La última bandera.

En este sentido, la amargura y la rabia del ácrata Ashby era más firme y profunda.

.

Nota IMDB: 6,9.

Nota FilmAffinity: 6.

Nota de blog: 7,5.

La chaqueta metálica

27 Oct

.

Año: 1987.

Director: Stanley Kubrick.

Reparto: Matthew Modine, R. Lee Ermey, Vincent D’Onofrio, Arliss Howard, Kevin Major Howard, Adam Baldwin, Dorian Harewood, John Terry.

Tráiler

.

          Apocalypse Now no era una película sobre la Guerra de Vietnam, sino que era la Guerra de Vietnam, insistía Francis Ford Coppola. Su textura alucinada abstraía el horror y transportaba a los personajes a un mundo casi alternativo, propio de una pesadilla nacida de la droga psicotrópica, de la malaria o de ambas. Su horror, pese a ser absolutamente inmersivo, posee esa distancia de separación, que es la que media entre la aberrante realidad y el sueño febril -y sin embargo siempre tan palpable y pegajoso, tan reconocible como producto del hombre-.

En La chaqueta metálica, Stanley Kubrick, autor de una enseña antibelicista como Senderos de gloria, se adentra en ese mismo horror de Vietnam. Pero, a pesar de un par de escenas nocturnas y gélidas en los barracones, acompañadas música de tétrico minimalismo, apenas registro sonoro -los puntos clave de la desolación moral de la obra-, el cineasta neoyorkino no concede al delirio de la masacre una entidad onírica, que se encuentre más allá de lo humano o de lo terrenal, que en cierta manera podría hasta verse como exculpatoria.

A partir de la novela de Gustav Hasford, veterano del conflicto, el cineasta dibuja una caricatura grotesca, semejante a la que se le podría ocurrir al recluta Bufón -periodista militar al igual que el autor del relato- con su pátina de humor negro y cínico con la que pasa por encima de los terribles hechos que presencia. Aunque esa caricatura tiene una firme base humana, que apunta a individuos infantilizados por un desvarío de épica y testosterona promocionado por intereses ajenos, incomprensibles e inescrutables; despersonalizados hasta encontrarse abandonados en medio de un juego o de una juerga que consiste en matar y follar.

          La estrategia puede considerarse oportuna, o cuanto menos a contracorriente, en vista de la reivindicación del excombatiente de Vietnam que se promulgaba desde la conservadora y belicista Administración de Ronald Reagan, impresa en fotogramas a través de multitud de filmes ambientados en el conflicto y donde destaca, en especial, la saga protagonizada por John Rambo y el uso que se realiza de su figura, transferida incluso al contexto coetáneo del Afganistán invadido por la Unión Soviética. Aunque, por otro lado, el muchacho estadounidense común mutado en ministro de la guerra también asomaba por el cine en otra cintas como Platoon, firmado por otro veterano, Oliver Stone.

En La chaqueta metálica, Kubrick corre el riesgo -y a mi juicio fracasa en buena medida- de que ese retrato satírico dote de una personalidad excesivamente deslumbrante a quien debería ser el mayor objeto de su crítica: un sistema castrense que basa su fuerza en la deshumanización del individuo, reducido a un impulso homicida que no cavila y que, por tanto no siente la duda ni el miedo. Porque lo que aniquila no es un fusil, sino un marine bien entrenado, con el corazón de piedra. Y ese sistema brutal está personificado precisamente por el autor de dicha sentencia, el sargento mayor Hartman (R.Lee Ermey, haciendo algo parecido a su anterior ocupación como instructor militar). Y resulta imposible no admirar su capacidad para encadenar insultos ingeniosos, por más que el director lo envuelva en un contexto absurdo y, en su presentación, lo siga a través de un escenario desangelado, frío, sin siquiera banda sonora.

La prueba es que, al igual que sucede con el Gordon Gekko de Wall Street, el sargento mayor Hartman es quien realmente ha dejado su impronta en la memoria colectiva del séptimo arte y se ha transformado en un icono no necesariamente negativo, sino más bien ‘cool’.

          Después del fundido a negro que divide el relato entre el proceso instrucción y la puesta en práctica sobre el campo de batalla, quizás tampoco termina de ser completamente efectivo el lavado de cerebro del recluta Bufón -su definitiva conversión en el John Wayne de Boinas verdes-, en exceso sostenido y escondido tras su guasa. Acaso Kubrick podría haber retratado la acción con un contrapunto de mayor crudeza, la cual no consigue obtener mediante los ralentís peckinpackianos y el lenguaje descarnado, pretendidamente ofensivo.

Sea como fuere, durante esta segunda mitad –un tanto más convencional y menos punzante en su expresión– los guerreros, perdidos en el absurdo marcial y moral, miran al espectador como si fuese un cuerpo moribundo, sometido a la cerrilidad de una institución, el Ejército, responsable de la eterna miseria del ser humano. Senderos de gloria ya lo había ubicado, en su desenlace, entre los rostros del público que asistía un infame y humillante cabaret. Aquí, en otro rotundo colofón, lo invita a marchar al son de la marcha de El club de Mickey Mouse, mientras avanza entre el olor a cadáveres y las llamas de una ciudad arrasada, y piensa en el polvo que echará al regresar a casa.

.

Nota IMDB: 8,3.

Nota FilmAffinity: 8,2.

Nota del blog: 7,5.

Máquina de guerra

20 Sep

.

Año: 2017.

Director: David Michôd.

Reparto: Brad Pitt, Anthony Hayes, John Magaro, Anthony Michael Hall, Emory Cohen, Topher Grace, Daniel Betts, Aymen Handouchi, RJ Cyler, Alan Ruck, Nicholas Jones, Will Poulter, Lakeith Stanfield, Scoot McNairy, Meg Tilly, Ben Kingsley, Griffin Dunne, Tilda Swinton, Russell Crowe.

Tráiler

.

         La dualidad del cine. Desde ¡Armas al hombro! del genio Charles Chaplin, el séptimo arte lleva clamando contra el absurdo de la guerra a la vez que otras producciones ensalzan la épica del servicio a la patria, exaltan la emoción del combate en este u otros tiempos, o perpetran propaganda belicista directa o indirecta. Patton, por ejemplo, puede pasar bien como un retrato comprensivo y veladamente satírico de un alto mando anacrónico y pintoresco, o bien por una reconstrucción de la Segunda Guerra Mundial fascinada por la cosmovisión y el punto de vista de ese personaje, un poeta-guerrero homérico. Valga como dato que, al parecer, Richard Nixon encontró inspiración en el biopic para decidir el refuerzo de la ofensiva estadounidense en Vietnam

         Inspirado por el megalómano y lenguaraz general Stanley McChrystal, el general Glen McMahon de Máquina de guerra (Brad Pitt, puro y excesivo cartoon) juega a ser George Patton en una Guerra de Afganistán tan ridícula como insalvable. El filme se basa en el libro The Operators, de Michael Hastings, y su lectura del contexto marcial en suelo afgano, así como de los resortes que accionan la política internacional de los Estados Unidos -especialmente en su faceta bélica-, no es en absoluto ambigua, sino denodadamente crítica. La primera imagen del país norteamericano lo encuadra en la cara oscura del planeta, a lo que le sigue un plano de un váter. Sin embargo, un tanto roma en su expresión visual y entumecida en el tempo cómico, el principal potencial argumentativo de la película proviene del discurso, esencialmente de la extensa voz en off.

         De este modo, Máquina de guerra arroja violentas andanadas contra la misión estadounidense en Afganistán y, por extensión, contra su presunta lucha frente a la amenaza terrorista global, la dicotomía que, desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, sustituye a la caduca polarización global de la ya agotada Guerra Fría en este cuento de nunca acabar. Pero inserta estas interesantes y pertinentes reflexiones dentro de una obra con una poco lograda vis cómica y descompensada en la construcción del hilo argumental, en los tiempos narrativos de la misma y en el empleo de los personajes, con una galería de secundarios bastante difusos en comparación con la presencia invasiva de McMahon.

Las encomiables intenciones del director y guionista, el australiano David Michôd, se ven mermadas por este desequilibrio de base, que ralentiza demasiado el despliegue ofensivo, ralentiza el ataque y rebaja su efectividad corrosiva, aquella que detrás del humor debería dejar vislumbrar el perturbador horror.

.

Nota IMDB: 6,1.

Nota FilmAffinity: 5,1.

Nota del blog: 6.

A %d blogueros les gusta esto: