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Lawrence de Arabia

15 Ago

El hombre que mira la llama y contempla su destino. T.E. Lawrence, Lawrence de Arabia, el puzle, el enigma sin resolver. Para la sección de cine clásico de Bandeja de plata.

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Master and Commander: Al otro lado del mundo

4 Ago

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Año: 2003.

Director: Peter Weir.

Reparto: Russell Crowe, Paul Bettany, Max Pirkis, James D’Arcy, Robert Pugh, David Threlfall, Lee Ingleby, Max Benitz, Bryan Dick, Chris Larkin, Billy Boyd.

Tráiler

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          La guerra en el mar parece gozar de un aura romántica de la que el combate en tierra firme carece. En ella no comparece el barro de la trinchera, el encontronazo desesperado entre batallones que se masacran entre sangre y mugre. Su lucha se libra en espacios abiertos e infinitos, bajo el limpio empuje de unos elementos que se tragan de inmediato a los que perecen, entre contingentes reducidos que parecen preservar códigos de honor y de reconocimiento mutuo desvanecidos sobre el campo de batalla terrestre, todo histeria y degradación -si acaso, cabría mencionar como excepción justas singulares como la que entablan los francotiradores de Enemigo a las puertas-.

Algo así reflejaban Michael Powell y Emeric Pressburger en La batalla del río de la Plata, un duelo donde sobrevivía una noción de caballerosidad entre combatientes a pesar de estar basada nada menos que en un episodio de la Segunda Guerra Mundial, el horror absoluto. Y algo de ello se percibe también en Master and Commander: Al otro lado del mundo, donde la persecución y huida recíproca entre la fragata británica Surprise y el buque de guerra francés Achelon, enfrentados por los avatares de las Guerras napoleónicas, deja a su paso evidentes paralelismos entre ambos contrincantes -“lucha como tú, Jack”- y cierta sensación de respeto recíproco, casi deportivo, dentro de una lid eterna.

          El filme se inspira en la serie de novelas históricas y náuticas de Patrick O’Brian protagonizadas por el capitán Jack ‘Lucky’ Aubrey y el naturalista y cirujano Stephen Maturin, aquí encarnados por Russell Crowe y Paul Bettany, respectivamente -quienes por cierto venían de triunfar como cabezas de cartel de la oscarizada Una mente maravillosa-. Master and Commander hace gala de abundante documentación para describir la vida cotidiana a bordo del navío con minucioso realismo, aunque insertándola asimismo como parte de la aventura. Esto se debe a que esta faceta a priori accesoria le sirve a Peter Weir para ir dibujando la personalidad, los vínculos y los rituales comunitarios que dan cuerpo a este colectivo en estrecha convivencia.

De este modo, dentro de la acción aventurera -la navegación y la contienda, quizás un tanto confusa en ocasiones-, la psicología de los personajes tampoco queda descuidada -los contrastes de la camaradería, la lealtad, la hostilidad y la volatilidad de la tripulación; el escepticismo racionalista de Maturin, intermediario del espectador para conocer los detalles de la jerga naval y ofrecer un punto de vista más moderno de la odisea; la complejidad de Aubrey, un hombre bajo la sombra del héroe Horatio Nelson, atado al deber con el Almirantazgo y sus hombres, al orgullo propio, a su leyenda afortunada, a la tentación de la hibris…-. Rasgos dramáticos que aportan madurez a la obra, en conclusión.

          No obstante, el verismo de la realización de Weir se combina con elementos propios del fantástico y el terror para crear suspense, en concordancia con el sobrenombre de “fantasma” que recibe el barco enemigo, el cual emerge de improviso desde las profundidades de un banco de niebla o aparece al acecho empleando el punto de vista subjetivo.

El conjunto se completa además con una reconstrucción histórica sobre un tiempo en el que el descubrimiento de la maravilla -el trabajo como biólogo de Maturin, con manifiestos ecos darwinianos; los avances técnicos, aunque sean de aplicación bélica- están aún en conflicto con pulsiones arcaicas -las supersticiones marineras, la defensa del autoritarismo como garantía del orden social-, lo que configura un doble escenario de lucha: el marcial y el científico.

          El resultado es una película muy equilibrada, de agradecido sentido aventurero, fundada sobre principios adultos y elaborados; estimulante en su ambientación y aderezada con detalles reflexivos de interés.

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Nota IMDB: 7,4.

Nota FilmAffinity: 6,9.

Nota del blog: 8.

Fitzcarraldo

28 Feb

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Año: 1982.

Director: Werner Herzog.

Reparto: Klaus Kinski, Claudia Cardinale, José Lewgoy, Paul Hittscher, Miguel Ángel Fuentes, Huerequeque Enrique Bohorquez, David Pérez Espinosa.

Tráiler

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         Abundan en la tradición los relatos coercitivos contra aquellos individuos capaces de mirar más allá de lo establecido, hasta el punto de relacionar directamente esta virtud con la blasfemia o el pecado. El Yahvé bíblico que desmorona la torre de Babel, erigida para unir a los pueblos y construir a su alrededor una comunidad capaz de conquistar toda empresa que se proponga por la fuerza solidaria del colectivo. El astuto y avaro Sísifo, condenado a cargar eternamente con una roca ladera arriba por haber conseguido burlar dos veces a la muerte, una encadenando a su mismísima personificación, Tánatos, y otra urdiendo una estratagema para abandonar el Hades. La presunta materialización histórica de este concepto griego de la hibris -la soberbia del hombre que trata de igualarse a los dioses- en el proyecto del rey persa Jerjes el Grande para construir un puente de naves sobre el Helesponto que le permitiera conquistar Grecia. La interpretación del mito del ángel caído como rebelde contra la tiranía de Dios omnímodo. El doctor Víctor Frankenstein que crea vida desde la materia corrupta. El capitán Ahab que entabla un duelo a muerte contra los poderes telúricos y divinos que toman forma de ballena blanca.

Sin embargo, sin visionarios que desafíen los límites de lo establecido, el hombre seguiría penando por su supervivencia escondido en cuevas y cubriéndose con pieles. La verdadera genialidad no reside en alcanzar cotas ya holladas por legiones, sino en medir fuerzas con lo imposible o, al menos, con lo impensable. El absurdo y la gloria suelen sentarse juntos a la mesa, a la que dicho visionario acude acompañado asimismo por el iluminado.

A diferencia de buena parte de esta tradición, el cine es un arte que pertenece a los soñadores. Es el milagro de la técnica y el ingenio puesto al servicio de prodigios asombrosos que son protagonizados tanto por el triunfador que se sobrepone a las vicisitudes para completar su destino preescrito -figura reverenciada y despreciada en su recurrente calidad de material propagandístico-, como por el perdedor que encarna esa supuesta dignidad de la derrota a la que loaba Jorge Luis Borges, seguido al igual que el anterior por una cohorte de incondicionales que, en las malas, también ha provocado la afloración de un antirelato de la victoria diseñado a partir de semejantes patrones emocionales. Y, entre todos ellos, Brian Sweetney Fitzgerald ‘Fitzcarraldo’, el hombre que quiso mover montañas para honrar a la música, deslumbra como uno de sus más elevados representantes.

         Como una matrioshka, Fitzcarraldo encierra en su seno un cúmulo de historias de luchas utópicas, una dentro de la otra, y quizás todas ellas irracionalmente fútiles. Fitzcarraldo, emulando a Sísifo, carga con un barco de vapor ladera arriba por la inexpugnable orografía de la Amazonía peruana para hacer efectiva su propiedad sobre el último reducto de producción de caucho en torno a la ciudad de Iquitos. Su motivación no es menos alucinada: levantar entre la jungla un palacio de la ópera y estrenarlo con la actuación estelar de Enrico Caruso. Pero, a su vez, la narración forma parte de uno de los empeños colosales, dionisíacos y turbulentos pergeñados por el cineasta alemán Werner Herzog junto a su actor fetiche Klaus Kinski; ambos temperamentos volcánicos y excesivos que aquí encierran sus pugnas egomaníacas en el infierno verde de la selva amazónica, en una reproducción, casi se diría que masoquista, de su aventura una década atrás a bordo de Aguirre, la cólera de Dios, la antiepopeya de otro hombre que tuvo el sueño -o mejor dicho la alucinación- de alzarse en armas contra el poder terrenal y divino para arrogarse su propio reino en la nada.

De nuevo, Fitzcarraldo será un rodaje que constituye otro monumento a la locura en el nombre del arte, puesto que, según las crónicas, las calamidades se manifestaron a través de sangrientos ataques de nativos aguaruna, de mordeduras de serpiente que acabaron en miembros cercenados, de manos despedazadas en accidentes, de abandonos forzados del reparto -inicialmente encabezado por Jason Robards y Mick Jagger– y, por encima de todos ellos, de la ira del mercurial Kinski, a quien, si hacemos caso de la leyenda, se ofrecieron a matar generosamente los indios que formaban el grueso de los extras de la filmación. La locura en el nombre del arte que, regresando al principio, es la fuerza que impulsa las acciones de Fitzcarraldo.

         Hijo del fracaso, Fitzcarraldo es un fanático que actúa en el nombre de Dios, quien posee la voz Caruso y reside en el vergel edénico de la ópera, el mejor de los mundos posibles y del que la realidad es tan solo una corrupta caricatura. Su odisea, por momentos mesiánica -al menos a ojos de los indígenas campa-, es una cruzada épica que reverencia a la música como elemento relevado y trascendente, que puede ser palabra de guerra -los tambores y coros tribales- pero es esencialmente palabra de paz y concordia -la admiración de niños y animales por el fonógrafo, su empleo en determinados puntos decisivos del recorrido-.

         La sangre, el sudor y las lágrimas vertidas por el personaje en su gesta particular, digna en sí de una ópera romántica, se plasman en fotogramas vibrantes, que anidan en el espacio real, natural y ancestral del río y de la selva para elevarse metafísicamente sobre las cuitas de este mundo prosaico y miserable, donde la única audacia que se permiten sus moradores es, en verdad, simple vulgaridad atiborrada por el arrogante dinero -los caballos que beben champán, la colada que cruza un océano, los billetes que se arrojan como alimento de los peces-.

La desesperación de Fitzcarraldo, preso en un averno huérfano de bel canto, se transmite en la febril relación de unos hechos donde a cada paso, contra los pronósticos de los ordinarios y los descreídos, lo demente se fusiona de forma cada vez más estrecha con lo posible, de lo cual nace la esperanza universal y tremendamente emocionante de que, en efecto, el idealismo radical es el único camino aceptable de estar vivo. Independientemente de que, al final, uno haya conseguido mover la montaña o no.

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Nota IMDB: 8,2.

Nota FilmAffinity: 7,6.

Nota del blog: 9,5.

Drácula, la leyenda jamás contada

17 Feb

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Año: 2014.

Director: Gary Shore.

Reparto: Luke Evans, Sarah Gadon, Dominic Cooper, Art Parkinson, Charles Dance, Diarmaid Murtagh, Paul Kaye, William Houston.

Tráiler

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           La protagoniza Drácula, pero la película tiene el espíritu de la criatura de Frankenstein, cosido de mil pedazos. Pese a los generosos fondos de la producción, Drácula, la leyenda jamás contada es pura serie B, extraída de un cóctel de fórmulas y con el CGI de saldo como sustituto del maquillaje grotesco, el cartón piedra y las telarañas de pega del cine de terror de bajo presupuesto del Hollywood clásico.

           Su relato afirma asentarse sobre la figura histórica del príncipe Vlad de Valaquia -es un decir, como el Hércules improcedentemente pseudorealista que protagonizase The Rock– para luego mezclar en sus fotogramas los tratamientos digitales y la estructura maniquea Occidente/Oriente y libertad/tiranía del tecnopeplum 300 -además del protagonista caucásico, guapo y cachas contra el extranjero de estética dudosa-, el héroe atormentado del Batman nolaniano -aunque por el contrario Vlad no es el héroe que Transilvania merece, pero sí el que necesita- y, en definitiva, la tópica investigación psicológica acerca de la naturaleza trágica del monstruo tan del gusto de las precuelas contemporáneas. Incluso, con cierta desfachatez, acude puntualmente a los ecos románticos de la revisión de Francis Ford Coppola.

           De este modo, Vlad el Empalador (Luke Evans, al menos un actor con presencia), aparece convertido en amoroso esposo, padre dedicado y monarca juicioso, y por lo tanto se le presenta en el filme como una suerte de Príncipe Valiente que no duda en sacrificarse personalmente, hasta las últimas consecuencias, por su sufrientes pueblo y familia, todo uno.

Errática en el drama y confusa en la batalla, Drácula, la leyenda jamás contada fracasa en los dos frentes abiertos -el psicológico y el de la épica espectacular- a través de un guion desorientado y con abundantes lagunas que, a la par, se plasma en pantalla por medio de una realización carente de talento firmada por el irlandés Gary Shore, debutante en el largometraje y que apenas logra dotar de ritmo a la narración, en buena medida gracias a la ligereza del argumento. La imagen, pues, es tan inane como el material de base.

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Nota IMDB: 6,3.

Nota FilmAffinity: 4,9.

Nota del blog: 4.

Gangs of New York

11 Feb

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Año: 2002.

Director: Martin Scorsese.

Reparto: Leonardo DiCaprio, Daniel Day-Lewis, Cameron Diaz, Jim Broadbent, John C. Reilly, Henry Thomas, Liam Neeson, Brendan Gleeson, Gary Lewis, Stephen Graham, David Hemmings.

Tráiler

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           Toda nación reclama su forja mítica. Para los Estados Unidos, su representación tradicional proviene de la conquista del Oeste, materialización del Destino manifiesto que Dios reservaba para sus elegidos. Martin Scorsese, por el contrario, escoge su ciudad natal, la oriental y heterogénea Nueva York, para escenificar su propio capítulo de la construcción del país, que no obstante se desarrolla en uno de los periodos clave de su Historia, la Guerra de Secesión, y en ella comparecen patriarcas antiguotestamentales equivalentes a los iluminados fundadores que en su día mostraron filmes como Río Rojo.

Al igual que en aquella, Gangs of New York expone el crepúsculo de unos tiempos genéticos, pertenecientes a la leyenda oral, cuyo final queda desencadenado definitivamente por un freudiano conflicto paternofilial destinado a romper simbólica y catarquicamente con el pasado. Pero, en paralelo, se asiste a la transmisión de unos rituales que trazan una herencia que se perpetúa, configurando así la esencia eterna de la comunidad que los acoge y difunde de generación en generación -el corte de navaja, la marca de la vergüenza-; tanto o más importantes, en conclusión, que otra liturgias ajenas como las relacionadas con la religión -el perdón, por ejemplo, palabras aún vanas para estas gentes, señala el guion tras la introducción-.

Aunque rivales en la guerra santa entre clanes de gánsteres que acontece a la par que la guerra civil, la película hermana constantemente, en especial como oficiantes de estos ritos repetidos, a las figuras del cura Vallon (Liam Neeson) y del carnicero Bill Cutting (Daniel Day-Lewis), erigidos en progenitores biológico y putativo del protagonista, Amsterdam (Leonardo DiCaprio), representando asimismo el sustrato importado y nativo -en su concepción etnocéntrica anglosajona que reduce al indio a la curiosidad antropológica- que caracteriza al país norteamericano, formado mediante el aluvión de razas y lenguas.

           No es extraño, por otro lado, que Scorsese escoja estos círculos paleomafiosos y marginales para sintetizar el nacimiento de los Estados Unidos, elección que reproducirá en calidad de productor con la serie Boardwalk Empire, otro verso más de la misma canción. En una nación que rinde culto a la empresa individual como elemento de progreso, ajeno a las imposiciones burocráticas, coaccionadoras e inmovilizadoras del Estado, el forajido rebelde e irreductible se convierte en padre prócer. 

Bajo su influencia se advierten, embrionarias y defectuosas, las raíces que sustentarán la arquitectura presente de la nación, probablemente a estas alturas todavía imperfectas a pesar de la propaganda de prepotencia y triunfalismo de los descendientes de estos terribles y decisivos pioneros. Reflejo de las reflexiones de John Ford en la primordial El hombre que mató a Liberty Valance, el rasgo definitorio de los incipientes Estados Unidos que plantea Gangs of New York es la noción del espectáculo. El show como fundamento integrador de la Justicia, de las garantías sociales, de la democracia misma. El trabajo de los bomberos se transforma en un teatro de títeres y cachiporras; los juicios a muerte, en un arreglo con declamaciones y aplausos fervorosos; los enrolamientos de inmigrantes a pie de muelle, en un musical melodramático con entradas y salidas metafóricas; las votaciones electorales, en un circo de tres pistas con disfraces y magos.

           A juego, Scorsese monta un espectáculo monumental -un tanto irregular en sus elevadas pretensiones y en su nervio trágico- que se condensa en el Five Points neoyorkino, reducción y al mismo tiempo sublimación del gran cuadro estadounidense, territorio presuntamente a espaldas del progreso general y semillero de ideas y revoluciones, campo de barro, grasa y miseria y enclave habitado por protagonistas del gran relato americano que, sin embargo, acaban subsumidos por el curso de los acontecimientos narrados por la Historia oficial, como quedará escenificado en su reconstrucción de los disturbios del reclutamiento de Nueva York.

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Nota IMDB: 7,5.

Nota FilmAffinity: 6,7.

Nota del blog: 7,5.

Gladiator

18 Ene

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Año: 2000.

Director: Ridley Scott.

Reparto: Russell Crowe, Joaquin Phoenix, Connie Nielsen, Oliver Reed, Richard Harris, Djimon Honsou, Derek Jacobi, Ralf Moeller, Tomas Arana, David Schofield, John Schrapnel, Spencer Treat Clark.

Tráiler

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            Convertida ya en clásico popular moderno, con sus incondicionales y sus detractores, Gladiator recuperaba y actualizaba al comienzo del milenio la fascinación del cine colosal de reconstrucción histórica que prácticamente se había perdido tras el desplome de los estudios de Samuel Bronston; del mismo modo que, presumiblemente respaldado por esta iniciativa exitosa, Piratas del Caribe: La maldición de la perla negra hará lo propio apenas tres años después con su respectivo subgénero -aunque a mi juicio con mucho menor calidad, sabor y empaque-.

            La alusión a las descomunales producciones de Bronston no es casual cuando, precisamente, el argumento de Gladiator saqueará sin pudor La caída del imperio romano, ambientada en idéntico periodo -la transición entre el césar intelectual Marco Aurelio y el césar vicioso Cómodo– y con semejantes premisas dramáticas inspiradas en relatos históricos, unos de naturaleza apócrifa y otros deformados por intereses de la historiografía de la época.

            El libreto se configura así a partir de una asequible historia de venganza situada en el marco de las conspiraciones palaciegas por el poder, la cual en su sencillez revela una raigambre casi propia del peplum europeo -Máximo Décimo Meridio llega a ser incluso un vengador enmascarado que busca resolver su conflicto mediante el duelo personal y directo-, combinada con la espectacularidad propia del kolossal, de fastuosos escenarios -si bien el CGI empleado se percibe ya caduco-, bulliciosas batallas de cruda violencia -hay cierta pasión hiperrealista por la víscera y el ralentí equiparable al desembarco de Normandía de la coetánea Salvar al soldado Ryan– y fornidas escenas de acción a espada.

Las concesiones de épica fácil a la platea vienen de la mano de proclamas heroicas -¿qué imbecilidad se querrá expresar con “fuerza y honor”, tan del gusto de cualquier valentón de medio pelo?-, las grandilocuentes arengas castrenses y las invocaciones de manual a la trascendencia de la existencia de cada individuo; irritante patrimonio del cine histórico contemporáneo y chuscas llamadas todas ellas a que el espectador, víctima de la desaforada tragicomedia de la adolescencia o pobre diablo destinado por lo general a gastar su existencia en cualquier currito insignificante -cosa que debidamente asumida no tiene nada de malo-, se sienta partícipe de la épica universal que se arroga esta aventura asombrosa que atraviesa los siglos. Recursos tópicos que, en demasiadas ocasiones, pretenden sustituir a debidas herramientas cinematográficas como la empatía de los personajes o la adecuada filmación de sus emociones y su traducción en actos.

            Por fortuna, Gladiator consigue atesorar un protagonista de carisma, encarnado con rotundidad por un Russell Crowe que se ganaría aquí el estrellato, y articular a su alrededor una serie de tramas confluyentes que se siguen con interés -la evolución en la arena del protagonista, los desmanes en el trono del emperador, las intrigas para derrocarlo-, ayudadas por la presencia de secundarios que también poseen una personalidad viva -el torturado Cómodo de Joaquin Phoenix, la ambigua Lucila de Connie Nielsen, el taciturno Marco Aurelio de Richard Harris, el atractivo Próximo de Oliver Reed en su interpretación póstuma-.

            Ridley Scott hace buena la herencia de serie B de la narración y demuestra una agraciada capacidad de síntesis a la hora de retratar la identidad y las relaciones de los personajes implicados, a la vez que mantiene equilibrado el pulso entre la vertiente de acción guerrera y la de las confabulaciones políticas, que están expuestas con solidez y sin caer en esa puerilidad que sí domina las presuntas sentencias épicas antes citadas.

Apoyado por un buen diseño de producción y por importantes elementos auxiliares como la banda sonora de Hans Zimmer -muy recordada por sí misma-, el director británico consigue componer con imágenes potentes y vibrantes, enlazadas con afinado sentido del ritmo, un filme capaz de sumergir al público en esta fantasía tradicional y momentáneamente olvidada que, con la más loable de las intenciones, aspiraba a ofrecer un viaje maravilloso al público al otro lado de la pantalla. A hacer que, durante un modesto pero embriagador lapso de tiempo, se desvanezca de su aburrido y prosaico mundo para evadirse a universos paralelos repletos de emociones, peligros, prodigios e ilusiones.

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Nota IMDB: 8,5.

Nota FilmAffinity: 7,9.

Nota del blog: 8.

Hasta el último hombre

12 Dic

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Año: 2016.

Director: Mel Gibson.

Reparto: Andrew Garfield, Teresa Palmer, Hugo Weaving, Rachel Griffiths, Sam Worthington, Vince Vaughn, Luke Bracey

Tráiler

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          Desterrado del Olimpo pagano de Hollywood a causa de su inflamado fanatismo cristiano, Mel Gibson abandona la agresividad de la espada para orientar su prédica hacia la identificación de Dios y el amor. A la espera de ver los derroteros que toma la continuación de la acusatoria La pasión de Cristo, todo tormento y culpa, Hasta el último hombre expone un nuevo testamento en el que un individuo común queda libre de pecado a través de hacer el Bien. En esta alegoría protagonizada por un santo cuya bondad es incomprendida en tiempos de la peste, como si de una segunda venida del Salvador se tratase, Gibson escoge la hagiografía del soldado Desmond D. Doss -el primer objetor de conciencia en cumplir la paradoja de obtener una Medalla de Honor por su heroismo en el campo de combate, del que rescató de la Parca a más de medio centenar de compañeros-, para pregonar un mensaje acerca de la preponderancia de la conciencia cristiana y humanística por encima de las turbulencias de lo temporal, producto de la corrupción de la carne.

A tal fin, presenta el conflicto de un puritano inquebrantable que ve cuestionado su credo en el Infierno en la Tierra; atrapado en un lugar donde no parece haber Dios y en el que los hombres niegan su sagrada palabra, entregándose a la perdición. Por ello, Hasta el último hombre abre sus fotogramas en los abismos de la razón, la batalla de Hacksaw Ridge en la cruenta campaña del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial, donde el hombre se ha entregado al homicidio de su par. No obstante, el soldado Doss (el cándido Andrew Garfield, que siendo Spiderman aprendió que todo héroe carga con un gran responsabilidad), experimentará dos cruzadas a lo largo del metraje: una ideológica, en la que lucha por la prevalencia de su moral en medio de los ataques de los incrédulos, y otra ya estrictamente bélica, donde con su sacrificio demuestra a los hombres de poca fe la verdad que descansa en la observación del mandato divino.

          Así pues, al estilo de la propagandística El sargento York, en la primera se reproduce el debate moral entre los límites de la conciencia y el deber patriótico del ciudadano, con incisión en conceptos como el mal mayor y la justificación de la violencia ante situaciones flagrantemente injustas o como simple reacción de supervivencia.

Y, como aquella, Hasta el último hombre tampoco es exactamente una película pacifista, a pesar de invocar el compromiso ético de este ser extraordinario y el sustrato firmemente cristiano del que procede. Tras las sucesivas pruebas de fe y su propia reinterpretación de las dudas de Jesús en el Getsemaní, la purificación de Todd -lastrado él también por el pecado original que encarna su padre y materializado en el trauma del atentado pseudocainita contra su mismísimo hermano-, es la purificación del Ejército en su conjunto, bendecido y legitimado por el mártir que vela por ellos, de rezo y de obra, por más de que hasta entonces se haya insistido en que del frente solo retornan cadáveres, sea en caja de roble, sea con monstruosas cicatrices físicas, sea con todavía peores huellas psicológicas, caminando pero con el interior desgarrado en jirones irreparables.

De igual manera, el enemigo japonés está construido con características que bordean lo sobrenatural y lo abstracto, surgido en legión del averno subterráneo, entre la ira y el fuego. Satán se le denomina en el guion; su dogma es la muerte. Muerte en la victoria y muerte en la derrota. Apenas se le personaliza, si bien la reverencia con la que Gibson filma un seppuku podría considerarse por su parte una cierta muestra de reconocimiento e incluso respeto hacia otra creencia, esta vez rigurosamente marcial y terrible.

          Tratada la angustia y el dilema del hombre como ente espiritual frente a la barbarie deshumanizada de la guerra con mayor profundidad y lirismo en La delgada línea rojaHasta el último hombre se emplea por su parte con inmisericorde crueldad en el retrato de las miserias bélicas, llevando un paso más allá el sanguinolento hiperrealismo de Salvar al soldado Ryan para arrojar contra el espectador pasivo un diluvio de vísceras y miembros cercenados.

No es una truculencia inadecuada en vista del discurso que esgrime el cineasta, que necesita mostrar el calvario para enaltecer el coraje de su héroe y que sutileza intelectual tiene poca. Pero otros planos épicos de contrapicados con música a juego o las conclusiones verbalizadas del desenlace sí resultan más pueriles en este aspecto, en especial si se comparan con la fuerza narrativa que posee el preludio del horror -representada mediante rostros desencajados, miradas vacías e inmundicia terrenal- y la fuerza temática que aporta al relato esa figura ambigua, tempestuosa y patética del progenitor.

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Nota IMDB: 8,6.

Nota FilmAffinity: 7,5.

Nota del blog: 6,5.

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